Cuando el sol caiga: Capítulo 1


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[Fortaleza del Vuelo del Ángel, al oeste de Kraicos, en Invicto]

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Todo lo que toca la luz es nuestro Imperio.

Las dos lunas de éste mundo son las madres de los mares y son las esmaltadas perlas del iridiscente cielo nocturno.

El Dios Sol es el padre de la tierra y de la vida. Alto señor del cielo azul del día y amo de los pueblos que viven bajo su cálido manto.

Yuri Plisetsky es el Duque de Vóinnok, Príncipe Imperial de la Casa Katsuki, Inmortal Sangre Icor, y Ejecutor del Emperador.

Sus cabellos han sido bendecidos por Dios, y sus ojos han sido bendecidos por la lluvia, dándole fertilidad a su color y fuerza a su mirada.

Su hijo, primogénito y heredero, es el Príncipe Lev Plisetsky, a quien tuvo con su esposa, Alevka Altin, hermana menor del General Imperial, Otabek Altin.

Ella murió durante el parto, y apenas dos días después, el Emperador le ordenó a Yuri casarse y tomar a una nueva mujer como esposa.

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«Tu hijo necesita una madre».

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Le había dicho el Sagrado Emperador.

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«Un Príncipe no puede encargarse de un bebé. Un hombre no puede encargarse de un hijo. Solo las mujeres se dedican a eso».

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Yuri había aceptado con la condición única de que su nuevo matrimonio fuera lo más privado posible, con solo la presencia del Emperador y de un sacerdote.

Ahora, desde hace cinco años, vivía junto a Mila Babicheva, sobrina del Emperador.

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«Sus cabellos son de sangre, están manchados con el pecado».

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Murmuraban sus sirvientes cuando la veían caminar por los pasillos de su Fortaleza.

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«Sus ojos son de agua y la purifican».

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Decían.

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«Es mujer».

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Pensaba Yuri.

Una mujer en Invicto solo sirve para ser madre y dar vida a los hijos. Solo sirve para criarlos hasta que su padre pueda disponer de ellos.

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«Una mujer no me hace ni me deshace».

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Piensa. Mientras la ve jugar con Potya, el mimado y esponjoso gato de la Fortaleza.

La verdad es que él no había querido casarse nunca, ni la primera vez, ni mucho menos ésta segunda.

Quizá era porque les tenía miedo.

Temía lastimarlas.

Quizá era porque su padre, el Emperador Sacro, había tomado a su madre por la fuerza hace casi treintaisiete años, cuando ella era apenas una niña de trece.

Meses después, al dar a luz a uno más de los bastardos del Emperador, ella se lanzó por el acantilado junto a la Fortaleza que hoy lleva su nombre y que es el hogar de Yuri.

Su vida como hijo del Emperador había sido lujosa.

Su vida como hijo VARÓN del Emperador había sido algo que él siempre agradecía cada mañana al Dios Sol.

Y es que Yuri está seguro de que si hubiera tenido la desdicha de haber nacido como mujer, su rostro precioso, su cintura estrecha y sus hombros esbeltos hubieran sido su peor maldición.

Una que probablemente le habría encadenado a la cama de su padre, obligándolo a servir carnalmente al culpable de la muerte de su bellísima madre.

Habría terminado como ella, decidiendo voluntariamente ser golpeada y lastimada por las olas y las rocas del acantilado para luego yacer inerte sobre la playa.

Él estaba de acuerdo en que después de haber sufrido dolor en el corazón y llanto en los ojos, ése definitivamente era el final más reconfortante.

—Alteza… —le llama de pronto uno de sus guardias—. La esposa del Comandante Leroy, la Princesa Imperial Isabela Yang, ya ha sido preparada y lo espera.

Yuri asiente en silencio.

Mientras va cruzando el balcón que lo llevará hacia el patio más pequeño de la Fortaleza, recuerda lo que sucedió hace un par de horas, cuando Isabella llegó a su hogar.

Quizá debió sospechar algo desde el principio, es decir, es extraño que una mujer visite sola una casa. Normalmente el lugar de una esposa es en la casa de su esposo, y no sale de allí sin que él lo ordene o sin que él la acompañe.

Pero Yuri no le había prestado atención a ése detalle, y es que Isabella era amiga tanto de su primera como de su segunda esposa, e incluso podría decir que era su propia amiga.

Al pasar junto a uno de los pilares, observa a Mila apoyada en el.

Mila es una mujer maravillosa.

Yuri se siente afortunado de haberse casado con ella y no con cualquier otra.

Es una mujer ejemplar.

Callada, dulce, sonriente y complaciente.

Es sociable, agradable, buena y hermosa. Única, en lo posible.

Seguramente ella lo odiará después de éste día.

Ella y el esposo de Isabella, aunque él no le preocupa tanto.

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«Es hombre».

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Piensa Yuri.

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«Los hombres son monstruos».

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Piensa.

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«Hacen y deshacen todo a su manera, a su conveniencia, a su antojo».

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Piensa, mientras baja las escaleras y rememora las pequeñas manos de Lev. Su tacto suave y frágil. La forma tranquila en la que se duerme entre sus brazos. Su vocecita alegre al hablarle del mar turquesa y de lo mucho que quiere salir de la Fortaleza y ver el mundo más allá de su ventana.

Segundos después ya está en el patio en donde Isabella aguarda de pie, vestida con una túnica blanca muy delgada.

—¿Cómo está Mila? —le pregunta Isabella, viéndolo fijamente.

—Bien.

—¿La embarazarás pronto?

—No. Quiero que cuide a Lev primero.

Isabella sonríe. Normalmente un hombre le exige muchos hijos varones a su esposa lo más pronto posible.

—Ella es muy afortunada al haberse casado contigo… —susurra Isabella, mientras observa el sol en lo alto del cielo—. Dios la bendijo.

—Soy yo el afortunado. Ella es preciosa y es una mujer ejemplar.

Isabella se ríe un poco al escucharlo.

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«Una mujer ejemplar».

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Para los hombres de Invicto ése es el mayor cumplido que pueden darle a una persona nacida con el género femenino cuando es obediente y sonriente.

—Fui al norte hace unos días… —le dice Isabella, como recordando hechos de una vida pasada, hechos simples que la alejen del momento actual—. Vi cosas y hablé con personas. El otoño ya está empezando en las tierras del norte. Sus vientos huracanados obligaron a mis caballos a descender y galopar por tierra sobre las hojas marchitas y muertas. Fue interesante ir por tierra, ¿Sabes? La gente común no suele ver caballos alados, son un lujo que solo la Sangre Icor puede darse. Fue divertido ver sus expresiones.

Yuri la escucha en silencio mientras con un asentimiento da la orden para que preparen la bebida de su prisionera.

—¿Dónde pasarás el otoño? —le pregunta Isabella, girándose y mirándolo fijamente—. He oído decir que mañana, cuando vayas al Festival de la Cosecha en la Capital, te quedarás allí y pasarás todo el otoño en los Jardines Acuáticos.

—No planeo hacer eso… —le responde Yuri—. De hecho, cuando el Festival finalice, Mila, Lev y yo volveremos al Vuelo del Ángel y nos quedaremos aquí.

—¿Crees que esto empañe la celebración? —le pregunta ella, y Yuri niega.

—Hago esto ahora para que no sea así. Mantener tranquilo y alegre al Emperador, y por lo tanto al Festival de la Cosecha, es mi prioridad, lo sabes bien.

—Es una lástima que se lleve a cabo en los Jardines Acuáticos.

—¿Por qué?

—Bueno, los Jardines son un atractivo elitista en Invicto, un bello atractivo que solo la Sangre Icor puede disfrutar. No verás a muchos amigos allí, es una suerte que Otabek Altin, tu excuñado, sea General Imperial, de lo contrario no tendría permitido ingresar.

Entonces uno de los hombres llama a Yuri, dándole a entender que la bebida está hecha.

—El tiempo de un gobernador asciende y desciende como el sol. Ése debe ser el orden natural de las cosas, Yura… —le asegura Isabella, negándose a ver la copa que uno de los soldados lleva en sus manos.

—Hablas como mortal… —susurra Yuri.

—Invicto es cruel. Pocos somos los que lo hemos notado… —le dice Isabella—. El Emperador Sacro morirá, y junto a él su débil heredero, Yuuri Katsuki. Eso es todo lo que sé. No sé la forma, ni el tiempo, no me lo dijeron.

—Sí, ya me has dicho eso… —le dice Yuri, viendo cómo el soldado que sostiene la copa la deja sobre una mesita frente a la prisionera—. Ya tengo toda la información que requiero de ti, y ya he ordenado la ejecución de todos los implicados, así que…

—Si Jean te pregunta, dile que fui yo quien decidió venir a verte y revelarte todo esto.

Yuri asiente.

—Como Ejecutor del Emperador Sacro, te acuso, te enjuicio y te sentencio en el día presente con la pena máxima por los cargos de traición al Imperio y a la Corona Imperial… —le dice Yuri, mirándola fijamente—. Beberás Fuego Azul y tus ojos no verán ni un solo amanecer más.

—El Emperador es frívolo. Su ley es agria, su luz es distante, y su favoritismo es malvado… —le afirma Isabella, mientras sostiene entre sus manos la copa de agua mezclada con Fuego Azul—. No pensarás que como tú eres el que blande la espada y el que ordena la ejecución, estás perdonado y eres inmune a su amargura.

—En realidad pienso todo lo contrario, Princesa… —le susurra Yuri—. Como soy yo el Ejecutor, soy yo el que tiene más atadas las manos.

Ella asiente, dándole la razón.

Luego acerca sus labios a la fría copa.

—Cuando el sol caiga… —dice, y justo cuando termina de decirlo se bebe el letal contenido.

Yuri ve cómo la mezcla hace arder en llamas azuladas la garganta de la amiga de su esposa.

Ve cómo ella aprieta la copa hasta quebrarla mientras su cuerpo empieza a arder y a flamear. Algunos de sus guardias retroceden para evitar cualquier chispa. Yuri le sostiene la mirada, ella no grita.

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«Busco tu apoyo en ésta misión porque sé que no eres frívolo, Yuratchka».

«Sé cómo miras a Otabek Altin».

«Sé que entiendes de amor».

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Ella le había dicho eso hace unas horas, cuando le revelaba el atentado que tenía planeado contra el Emperador junto a un grupo de insurgentes.

Cuando le dijo todo eso, cuando le dijo aquello último, él la golpeó.

Ella cayó al piso y los guardias de Yuri habían ingresado a toda prisa a la sala al sentir la energía de su Inmortal señor manifestarse alterada.

El rostro de Isabella en ese momento era impasible y sereno.

Su mejilla, rojiza después de la bofetada de Yuri, empezaba a retomar su color natural, y el labio partido se curaba rápidamente como es normal en los Inmortales de Sangre Icor.

Él, en cambio, lucía visiblemente alterado, casi aterrado.

Las cosas que ella le había dicho eran terribles, ningún ser vivo debía saberlas.

No la había sentenciado a muerte por eso, pero le daba cierta paz saber que alguien que sabía los secretos de su corazón, ahora ardía ya inerte sobre la piedra fría.

Apenas media hora más tarde, Jean Leroy llegó al fin. Por su rostro parecían haber pasado mil años de cansancio y resignación, y sus pasos eran lentos y débiles mientras era guiado hacia el patio en el que las cenizas de su esposa habían sido colocadas dentro de una urna de madera finamente tallada y adornada con pequeñas perlas blancas.

—¿Debo agradecerle por éste detalle, Alteza? —le pregunta Jean.

—Ejecuté a una mujer acusada de alta traición al Imperio, Comandante… —le dice Yuri, mirándolo fijamente—. Una persona cuyas cenizas ahora deberían ser llevadas en una bolsa cualquiera a cualquier lugar de cualquier bosque y echadas allí sin mayores ceremonias.

—Eran dos… —le dice Jean, sosteniendo con firmeza la urna—. Mi esposa y mi hijo. Él tenía dos meses de vida apenas, y ahora nunca verá la luz y nunca lo veré crecer.

Yuri lo mira sin saber qué más decirle.

—Me pidió que te dijera que fue ella quien decidió venir a verme.

—¿Por qué? —le pregunta Jean—. ¿Por qué Isabella me haría esto? ¿Acaso ella no sabía que yo la amaba? ¿No sabía que amaba a nuestro hijo?

Yuri baja la mirada.

Jean jamás le ha simpatizado del todo, pero verlo en una situación así es complicado e incómodo.

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«Los hombres no sienten cariño. Son bestias. Son monstruos. Son fuertes».

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Piensa Yuri, e intenta convencerse de eso.

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«La dulzura y el amor solo lo sienten las mujeres. Y eso se llama debilidad».

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Piensa.

Y al ver la urna que Jean sostiene, reafirma el pensamiento que desde pequeños se les enseña a todos los Príncipes de Sangre Icor.

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«Una mujer no me hace ni me deshace».

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Basta con ver el rostro demacrado de Jean Leroy, un hombre de sonrisas y bromas, para que sus creencias se tambaleen.

—Márchate… —le dice Yuri al fin—. Llévate las cenizas de tu esposa y tu hijo, y sé feliz. Tu Emperador y su Imperio descansan en paz ahora. Y recuerda siempre que tu deber como Máscara Invicta es mantener tu cabeza, tu alma y tu corazón inalterables y fríos. Imperturbable, es así como el Emperador te quiere.

—Es así como me tendrá… —le asegura Jean, como una amenaza dicha con la voz llena de algo que Yuri descifra como odio. Para luego colocarse la máscara dorada que todo soldado tiene, y salir de allí con la cabeza en alto y con su capa ondeando fieramente.

Cuando Yuri se fue y se encontró con Mila, vio sus ojos rojizos y su mirada dolida.

Isabella era su amiga de toda la vida, casi eran como hermanas. Ambas eran hijas bastardas que las hermanas menores del Emperador Sacro y el propio Emperador habían engendrado.

—Mañana antes del alba partiremos a la Capital, no nos quedaremos allí más que un par de días… —le dice Yuri, y Mila asiente para luego darle una reverencia.

Yuri no almorzó con ella.

Estuvo mirando a Lev, quien jugaba feliz y apacible en su pequeña cama con los cristales mágicos que echaban chispas y que uno de sus tíos le había regalado. Lev se sabía querido, adorado y protegido, por eso era feliz.

Yuri por su parte, lloró toda la tarde.

Lloró porque no deseaba que su hijo viviera en un mundo así. Eran varones, tenían lujos y tenían poder, tenían gloria y tenían brillo. Pero amor no.

Tanto el amor como la sangre roja, aquella que sentía, vibraba y pecaba… se reservaban para los Mortales, aquellos que no eran poderosos y no tenían la sagrada e Inmortal Sangre Icor, la sangre dorada del Dios Sol.

Por la noche, justo antes de que Yuri se quedara dormido de rodillas, apoyando la cabeza en la cama de su hijo mientras éste dormía, un par de fuertes y firmes brazos lo tomaron, lo levantaron y lo subieron, recostándolo junto a su pequeño.

Era Otabek.

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«Maté a un bebé por ti».

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Le susurró Yuri, mientras lo miraba somnoliento con esos ojos frescos y bonitos que siempre sonreían para Otabek, y que ahora lucían opacos y tristes mientras el General le acariciaba el cabello, la frente y las mejillas con muchísima suavidad y veneración, intentando relajarlo y volverlo a dormir.

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«Lo maté para que estuvieras a salvo».

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Le dijo Yuri.

Otabek no lo entendió.

Así como tampoco entendió cuando Yuri se acercó a él con miedo, buscando sus labios para intentar probarlos y así darle un solo beso. Tan solo uno. Uno puro y pequeño.

Otabek no lo entendió y lo apartó de un solo empujón.

Yuri se aterró.

—¡Perdón! —le dijo, enderezándose de golpe y mirando a todos lados, despertando de verdad y dándose cuenta de que Lev dormía justo a su lado—. Lo siento tanto. No sé en qué estaba pensando. Me voy a dormir, mañana partiremos temprano. Gracias por venir a llevarnos. Duerma bien, General.

Sus palabras salían apresuradas de sus labios temblorosos.

Mentiría si dijera que en ese preciso y congelado instante su alma no había besado ya a Otabek Altin.

La verdad era que su mente lo había saboreado tanto en tan solo un mísero segundo, que el corazón se le desbordaba en un galopar incesante y desbocado.

Temía que Otabek escuchara esa explosión en él, así que salió de la habitación y le ordenó a uno de los guardias que esperaban afuera que acompañara al General Imperial a su habitación de siempre, la de invitados.

Otabek se quedó mudo.

Ni siquiera tenía idea de lo que sus manos habían hecho al empujar a Yuri e impedir aquel contacto llamado beso. Pero tenía muy claro que mañana habrían muchas, qué digo muchas, muchísimas cosas que aclarar.

Sería un día festivo, un día ajetreado.

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Publicado por ArikelDT

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