Green light: Capítulo 9


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«Sí, puedes empezar de nuevo».
«Puedes correr libre».
«Puedes encontrar otro pez en el mar».
«Puedes pretender que está destinado a ser».
«Pero no puedes estar lejos de mí».
«Aún puedo escucharte haciendo ese sonido».
«Llevándome abajo, rodando por el suelo».
«Puedes pretender que era yo».
«Pero no».
[Maroon 5 – Animals]

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—No dejaré mi carrera, Victor. Es lo que hago, así me conociste. De otra forma te aseguro que ni siquiera hubieras volteado a verme en la calle… —le afirma Yuuri.

Apenas llevaban unos meses de casados y las peleas eran pan de cada día, pero eran peleas pequeñitas, no valían la pena, ¿O sí?

—No te pido que dejes tu trabajo, Yuuri, eso jamás. Si te gusta hacerlo entonces está bien… —le dice Victor—. Solo quiero que… dejes de verte con ellos.

—¿Ellos?

—Sí, ellos. Te dan cosas y esperan que les des algo a cambio. No me gusta.

—Escúchate cuando hablas, Victor. Son regalos, nada del otro mundo… —le dice Yuuri—. Y no les daré nada a cambio porque yo no se los pedí, ¿Me escuchas? Yo no pedí que me dieran cosas, sencillamente ellos lo hacen porque quieren.

—Te gusta, ¿Cierto?

—No sé de qué hablas.

No habían querido discutir más aquella vez. Se habían guardado sus opiniones y habían dejado el tema pasar.

Tan solo un par de semanas después, Yuuri fue al médico por unos malestares. Le dijeron que estaba esperando un bebé.

La noticia había sido maravillosa.

¡Era la mejor noticia del mundo!

¿No?

Es decir, lo era para cualquier pareja.

¿Verdad?

Su trabajo tendría que esperar.

Los regalos también.

Las citas, las salidas con Phichit. TODO.

Todo tendría que esperar.

Todo su modo de vida. Absolutamente toda su rutina. TODO.

Y todo por nueve largos, malditos y desesperantes meses.

—No quiero tenerlo… —le había dicho Yuuri un día mientras desayunaban juntos.

Victor alejó su vista del periódico y lo miró. Yuuri tomaba un jugo mientras revisaba su celular.

—¿Qué cosa no quieres tener?

—Ya sabes. La cosa. «Esto» que tengo dentro.

—¿Estás bromeando, Yuuri? —le preguntó Victor—. «Esto» es nuestro bebé.

—Sí. Lo sé. Y es lindo. Pero… es mi cuerpo y hago lo que quiero con el, lo que me plazca y lo que me convenga. Así ha sido siempre, Victor… —le dijo Yuuri, sin dejar de mirar su celular y evitando sus ojos a toda costa—. No cambiaré por «Esto», y «Esto» me arruina, lo sabes bien.

—No te entiendo. Buscábamos tener un bebé, ¿Recuerdas? No usamos protección durante tu celo por eso.

—Me equivoqué, Victor. Todos se equivocan en algún momento, por dios. No hagas un mundo de esto, ¿Estás tratando de hacerme sentir mal? Porque si es así, sabes que es muy sencillo lograrlo, mi ánimo es frágil y mi autoestima aún más.

—Está bien. Tranquilo, yo… Yuuri… sé que es tu cuerpo. Y no sé qué decirte, serás tú quien lo lleve durante éste tiempo y serás tú el que tenga los dolores, las incomodidades y todo eso, pero… es NUESTRO bebé, por favor… no puedes solo buscar tenerlo y luego arrepentirte, no…

—¿Disculpa? ¿Que no puedo? —le preguntó Yuuri, ésta vez mirándolo fijamente—. Tú lo has dicho, seré YO el del problema. Tú siempre estarás allí para mí, sí, pero no es suficiente. ¡Nadie me querrá con esto, Victor! No querrán contratarme, no les interesaré, no querrán verme, no me darán cosas, ¿Entiendes?

Tenía un problema, lo admitía.

Después de años siendo un patito feo, después de años siendo el torpe tímido que usa lentes de pasta gruesa y no sale a jugar con nadie… ser modelo es… la cima de todo.

De pronto le dijeron que era bellísimo, que si se ponía esto o si usaba esto otro, que si se peinaba así y actuaba así… lo sería aún más.

De pronto le dijeron que aquel paquete era para él, que aquel ramo de rosas tenía una tarjeta con su nombre, que le había llegado una botella de vino y chocolates, que había una cajita muy pesada con un reloj de diamantes esperándolo.

Eso era… realmente grandioso.

Ninguno de ellos lo amaba, eso estaba claro para Yuuri, y fue justo por eso que no le entregó a ninguno absolutamente NADA a cambio de sus obsequios.

Con Victor fue diferente.

Victor lo amaba.

—Está bien… —le dijo Yuuri, volviendo su vista al celular—. No quiero discutir por esto, no vale la pena. Lo tendré, ¿Sí? Ahora relájate.

Le dio un vistazo fugaz cuando terminó de decir aquello, fue un error hacerlo.

Lo supo al ver que Victor lo miraba con la expresión más dolida y confundida que jamás le había visto tener.

—Solo quiero que lo pienses bien, Yuuri… —le dijo Victor, esquivando su mirada y pasando sus manos por su rostro, intentando limpiarse las lágrimas que apenas se formaban en sus ojos—. No es un juego, ¿Sabes? Ni es un perrito que adoptas y luego devuelves cuando te ensucia la casa. Es un hijo. No durará un mes, será eterno. Yo estoy listo. Si tú no… yo puedo esperar todo lo necesario e incluso más, incluso… si es por tu trabajo, podemos adoptar.

Adoptar era buena idea.

Las personas del círculo de Yuuri lo hacían y se jactaban de ello, y más si adoptaban a alguien de otra nacionalidad o color. Era una razón más para ser admirado, un tema más de conversación.

—Lo pensaré… —le había dicho Yuuri.

Pero no había nada para pensar.

Phichit vino a su casa días después, como la mayoría de los fines de semana. Fueron a beber, a jugar por ahí solos o acompañados, luego a beber más.

Cuando Yuuri logró regresar a su departamento estaba ebrio, drogado, quizá incluso medio dormido.

Victor no estaba, así que él siguió bebiendo. Se quitó la ropa y se metió en la bañera con agua helada.

Para cuando Victor llegó, la ambulancia ya estaba llevándoselo.

Lo había perdido en un parpadeo.

Como si nunca hubiera estado allí, como si nunca hubiera existido.

Y estaba bien. No importaba. Era… una cosita de nada. No tenía importancia.

Pero dolía.

Dolía tanto que todo dejó de importar.

Levantarse cada mañana era una tortura. El trabajo era tedioso, complicado y estúpido. Y Victor era aterradoramente indiferente.

—¿No me odias? —le había preguntado Yuuri un día mientras lo observaba arreglarse la corbata en el espejo del baño.

Victor negó en silencio. Se dio media vuelta y salió de allí apenas rozándolo.

Yuuri supo entonces que conocer los obsequios y los halagos había sido una enfermedad terrible.

Conocer el amor había sido veneno.

No uno dulce, sino uno doloroso, solitario y mortal.

Moriría con ese veneno, estaba seguro de eso.

Lo sabía, lo notaba y lo sentía cuando lo perdía día con día. Y no tenía ni idea de qué hacer o cómo actuar para obtener un antídoto.

La marca en su cuello ahora era casi… una cicatriz que ya no sentía.

Se distanciaron incluso más que cuando no se conocían.

Ahora eran muchísimo más que solo desconocidos. Ahora se repelían por completo.

—¿Eso pasa con las almas gemelas, Yurio? —le había preguntado Yuuri al rubio ruso cuando éste fue un día a su departamento a dejar unos documentos que Victor debía revisar.

—No lo sé, Yuuri, yo no tengo una alma gemela, y Otabek es complicado… —le había dicho Yurio—. Lo que sé del amor es… tú y Victor.

—Ya no hay un «Yo y Victor», Yurio. Él me odia.

—¿Sabes? Yo estoy convencido de que necesitan vacaciones o algo así. Sé que si…

No pudo terminar de hablar.

Yuuri se le había echado encima y lo estaba besando.

Yura iba a apartarlo, pero sintió aquello.

El aroma de la marca de Yuuri era como de rosas. Como de Victor.

Cuando se separaron, Yura besó su mejilla, le hizo girar el cuello para poder olerlo mejor.

—Huele a rosas… —le susurró Yurio, y Yuuri se rió. Le preguntó si le gustaba, y Yurio asintió.

Hicieron el amor.

Empezaron en la sala y terminaron en el dormitorio.

Los documentos quedaron olvidados por completo y las horas pasaron.

Cuando Yuuri quedó exhausto y dormido, Yurio se vistió con prisa.

Estaba aterrado.

Victor había sido tan bueno de mil maneras posibles con él. Conocerlo había sido tan grandioso.

Primero lo había sacado de un orfanato. Le había dado educación, le había dado la mitad de todas sus acciones en la empresa, porque eran primos y porque eran quizá la única familia cercana que tenían el uno del otro.

Todo eso sin contar que había sido un oyente silencioso de sus quejas y dolores cada vez que iba a emborracharse por Otabek, cuando éste lo empujaba si alguien venía mientras se besaban, o cuando besaba el cuello de Sara Crispino y le susurraba cosas frente a todo el maldito mundo.

Victor había sido como un padre, un hermano y un amigo. Todo al mismo tiempo. Había sido perfecto.

Y se lo pagaba durmiendo con su esposo.

Eso estaba tan mal de tantas maneras.

—Diablos, diablos, diablos… —dijo Yurio, mientras recogía su abrigo y su corbata del piso con muchísima prisa, como si el mismísimo diablo lo persiguiera.

Cuando salió, allí, sentado en la sala, estaba Victor, mirándolo fijamente.

No pudo emitir ni un sonido, ni una disculpa. De hecho se quedó como de piedra, completamente quieto, viendo cómo Victor se ponía de pie y se acercaba lentamente a él.

Yuri tragó saliva cuando estuvo a medio metro de distancia, y recibió en silencio la bofetada que le dio en todo el costado de la cara, sin decir ni una sola palabra, ni emitir una sola queja.

—Lárgate… —le había dicho Victor después de golpearlo, en un susurro tranquilo pero certero, como un arpón directo al pecho.

Entonces Yuri se fue.

Se fue por tanto tiempo.

Tanto, que Victor tuvo que ir, buscarlo y traerlo.

Solo él, porque solo a él lo seguiría.

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Publicado por ArikelDT

Un comentario en “Green light: Capítulo 9

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