Green light: Capítulo 15


.

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«Di algo».
«Estoy renunciando a ti».
«Lamento no haber podido tenerte».
«A donde sea te hubiera seguido».
«Y yo…».
«Voy a tragarme mi orgullo».
«Tú eres el único…».
«El único al que amo».
«Y te estoy diciendo “Adiós”».
«Di algo».
«Estoy renunciando a ti».
[A great big world – Say something]

.

—Dime, ¿Por qué tiemblas? ¿Por qué lloras? —le pregunta Otabek, pero no obtiene ninguna respuesta.

Yuri se aleja, se desvanece dos segundos y aparece recostado en el sillón más largo del departamento.

—Yura… mi amor… háblame, por favor. No soporto verte así… —le suplica Otabek.

Yuri niega, se gira y le da la espalda.

—Yura… —insiste él, pero los objetos vibrando en la sala le indican que no debe seguir, que debe callarse.

Ha dejado de ir al trabajo para estar allí, con Yuri.

Se la pasa horas llamándolo hasta que aparece y deja que lo abrace.

Le comentó de esto a Yuuri Katsuki, y él le aseguró que era extrañísimo que pudiera verlo incluso de día.

Y era cierto.

Éstas cosas no suceden bajo la luz del día.

Pero no importaba.

A Otabek le valía un reverendo comino lo que Yuri era o lo que significaba.

Lo amaba.

Y amarlo le hacía acercarse a él y besarlo, acariciar su piel fría, casi congelada, y observarlo directamente a los ojos, aquellos ojos inertes y opacos.

Y también le temía.

La primera noche, cuando vio en el piso de su sala aquella cosa ensangrentada, enmarañada, con cabellos deshechos sobre el tapete, el cráneo abierto y goteante, las vísceras al aire y las piernas inservibles hechas añicos difícilmente antropomorfos, el susto inicial le impidió vomitar.

Poco a poco, cuando reconoció a Yura en aquella cosa espeluznante que se arrastraba manchando su alfombra y el piso, lo llamó.

Su voz salió suavecita, tuvo que aclararse la garganta y volver a llamarlo.

Entonces la cosa se movió más, elevó la cabeza rota y sus ojos se encontraron con los de Otabek. Solo en ese instante Beka corrió hacia él, le sostuvo desesperadamente el rostro entre las manos, y al segundo en el que sus pieles se tocaron la muerte se desvaneció.

La piel impecable, los cabellos brillantes, las piernas hermosas y la cintura perfecta, todo eso estaba frente a Otabek, completo y palpable.

Él no había esperado más y lo había abrazado con mucha fuerza, envolviéndolo ansiosamente entre sus brazos, casi estrujándolo, para luego besarle incontables veces la frente y los labios.

Olvidó por varios minutos interminables que Yura ahora estaba al mismo tiempo en alguna plancha fría y metálica de la morgue.

Cuando reparó en eso, Yuri no lo dejó seguir pensando. Se abalanzó a sus labios, casi como si quisiera devorarlos, le mordió allí y se bebió su sangre, casi marcándolo como suyo y decretando que le pertenecía.

Lucharon un poco por ver quién iría encima. Yuri ganó.

Tenía una fuerza inimaginablemente aterradora, fue fácil para él montársele y obligarlo a yacer en el piso tendido y quieto.

Otabek solo se dejó hacer, quizá demasiado aturdido, demasiado confundido, como para preguntarse qué rayos estaba pasando.

Solo reaccionó cuando Yura empezó a cabalgar sobre su miembro ya despierto por el reciente beso.

Era precioso y era suyo.

Era su Yura.

No había otro como él. Nunca lo habría.

Entonces…

A qué se refería Yuuri Katsuki al decir «Victor lo ama y busca la forma de traerlo dentro». ¿Dentro de qué?

Yura ya no pertenecía a éste plano, se había ido a algún otro lugar y al mismo tiempo permanecía de alguna extraña forma allí, en su departamento, temblando y visiblemente aterrado.

Otabek sentía que Yura lo veía como un escape a algo que lo acechaba desde las esquinas oscuras.

Y es que Yuri paseaba por las calles, deambulaba por las aceras buscando consuelo o buscando castigo.

Luego llegaba a él con el rostro aterrado y el cuerpo entumecido. No hablaba, tan solo se envolvía entre sus brazos y repartía besos sobre su rostro, se le trepaba encima y lo obligaba a bajar la guardia, lo obligaba a dejar de hacer preguntas.

Y había tantas preguntas.

—¿Victor y tú tenían algo? —le pregunta Otabek, y Yuri levanta la cabeza del sofá y lo mira atentamente—. Dime la verdad, por favor. No voy a enfadarme.

¿Cómo enfadarse si ya todo había terminado?

—¿Tenías algo con él? —le vuelve a preguntar, pero Yuri tan solo lo mira en silencio—. Yuuri Katsuki me ha dicho que sí. Me ha dicho que te diga que Victor te ama, que lo esperes. Que busca traerte dentro. ¿Dentro de qué?

Yuri se pone de pie y se le acerca, envuelve sus brazos en la cintura de Otabek y recuesta su cabeza en su pecho, mientras tararea alguna canción antigua y lejana.

Otabek llora.

Recuerda a Yuri con sus ojitos ansiosos mientras se daban sus primeros besos en un salón vacío de la escuela, recuerda el exacto brillo en su mirada y la sonrisita nerviosa.

Recuerda el primer «Te amo» y recuerda la primera vez que se tomaron de la mano.

Recuerda sus conversaciones largas sobre películas, videojuegos, libros y series, los debates interminables sobre personajes ficticios y las risas después de alguna travesura.

Yuri era su mundo en aquel entonces.

Con el tiempo las cosas se habían complicado. Él creció y Yuri también.

Las preocupaciones actuales eran otras. Casarse y tener hijos iban dentro de esas preocupaciones. Yuri no.

Yuri era aquello que siempre había tenido, desde el principio. Él no era una preocupación, era algo fijo, algo indudable, algo que ya era suyo.

Ambos se pertenecían, no debían dudar de lo que sentían sin importar todo lo demás.

Otabek está pensando en eso cuando las luces de la sala empiezan a titilar, hay un sonido chispeante en ellas, como si las lámparas fueran a quemarse y explotar.

Entonces Yuri se aleja de él.

Otabek ve sus ojos clavados en algo a sus espaldas, así que se gira, pero ese algo es algo que Otabek no puede ver.

Yuri llora.

Sus manos se juntan en una súplica, una plegaria agónica, todo sin dejar de ver lo que sea que está en aquella esquina oscura de la sala.

Es ahí cuando por primera vez Otabek escucha su voz.

.

«Por favor…».

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Le dice Yuri, suplicándole con miedo y dolor.

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«Por favor… haz que se vaya, por favor…».

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—¿Qué es? —le pregunta Otabek, y se acerca hasta Yuri hasta tomarlo entre sus brazos—. Dime qué ves. A qué le tienes tanto miedo.

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«Su piel…».

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Le dice Yuri, sin dejar de temblar y con la voz aterrada.

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«Su cuerpo. Todo. Su ropa… todo está cubierto de muerte… es horrible… por favor… dile que ya me deje en paz».

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Otabek no puede ver aquello tan aterrador que Yuri ve, de hecho él no ve nada en ese lugar, así que se lo dice.

—No hay nada allí, Yura. Solo estamos tú y yo aquí.

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«¡No! ¡No lo entiendes! ¡Esa cosa me sigue a todas partes!».

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—¡Eres tú, Yuri! ¡Solo eres tú! —le afirma Otabek, sacudiéndolo por los hombros para que deje de temblar—. Tú viniste así la primera noche. La ropa hecha jirones, el cráneo roto y sangre por todas partes. Eres tú. Te atormentas a ti mismo, es todo, ¿Es que no lo entiendes?

Yuri niega, se aleja.

No le cree.

Y entonces se marcha en apenas un parpadeo.

Otabek no entiende de éstas cosas, nadie lo hace.

Yuri sufre.

Pero él no encuentra la forma de hacer que deje de temblar y llorar.

Así que al día siguiente, a primera hora de la mañana, se dirige al departamento de Yuuri Katsuki y se para frente a la puerta con la firme intención de averiguar qué rayos está pasando.

Cuando Yuuri abre, Otabek no espera ni un solo segundo y entra sin permiso, empujándolo un poco en el proceso.

—Yura sufre… —le dice Otabek, sentándose en uno de los sofás y viendo a Yuuri cerrar la puerta y acercársele—. Llora y tiembla, cuando no estamos haciendo el amor solo sabe llorar.

Yuuri suspira.

Se sienta frente a él y no sabe cómo empezar.

—¿Sabes algo que yo no? —le pregunta Otabek—. ¿A qué te referías ayer con lo que me dijiste? Explícalo claramente.

—Tampoco sé mucho… —le afirma Yuuri—. Mila me dijo que Victor y Yurio dormían juntos. Es todo.

—No.

—Dijo que fue desde hace un tiempo, casi tres años… de hecho, la hija que Yurio esperaba era de Victor.

Otabek apoya los codos sobre las rodillas y se cubre la cara con las manos. Intenta protegerse de la información.

Yuri esperaba un bebé. Lo supo la última vez que lo vio por el aroma que Yuri envolvía con recelo en su cuerpo, creyó que era suyo.

—¿Nos lo merecemos? —le pregunta Otabek, y Yuuri se queda inmóvil frente a él—. No importa, ¿Verdad? Ellos ya no están, así que ya no hay nada qué hacer.

—Yo regreso a Hasetsu… —le dice Yuuri, sacándose los lentes para limpiarlos un poco—. Y me llevo a mi esposo conmigo.

Otabek asiente.

.

«Yura se quedará aquí, conmigo».

.

Piensa, pero no lo dice.

—Dime qué puedo hacer para que Yura deje de llorar.

—No lo sé. Victor no llora cuando me ve… —le dice Yuuri, mirándolo fijamente.

Los ojos de ambos están rojos e hinchados, rodeados de piel lastimada y sensible por las veces que estuvieron pasándose las manos intentando secar las lágrimas.

—¿Acaso quieres que deje a mi esposo aquí? —le pregunta, y Otabek niega suavemente—. No lo haré. Me llevaré a Victor. Me lo llevaré a donde sea que vaya.

—¿Él te ha dicho algo más?

—Le pregunté qué necesita. Dijo que nada de mí.

—¿Entonces por qué aún está aquí?

—Por Yurio, creo. No lo sé. Dijo que Yurio está afuera, y él está adentro.

—Yura dijo que hay algo que lo sigue a todas partes. Creo que es él mismo, su propia muerte o algo así… —le dice Otabek, para luego apoyarse sobre el espaldar del sillón y empezar a reír—. Esto es una locura… ¿Por qué somos los únicos que los vemos? ¿Por qué están aquí? ¿Qué es lo que quieren? ¿Qué podemos hacer?

—Nada… —susurra Yuuri, bajando la vista.

—Ese fue nuestro error al principio, ¿No? —le dice Otabek, y Yuuri lo mira en silencio—. No hicimos nada. Los teníamos en la palma de nuestras manos, eran nuestros, nos pertenecían, dábamos todo por hecho. Ahora están tan lejos… y volvemos a lo mismo, a no hacer nada. ¿Eso está bien?

—¿Y qué quieres que haga, Otabek?

—No, ¿Qué quieres tú que yo haga?

—¡No lo sé!

—¡Pues yo tampoco! No sé qué hacer, pero no dejaré que Yura siga llorando.

—Perfecto, arréglatelas solo entonces. Yo saldré del país pase lo que pase.

—No seas cruel, te conozco, Katsuki, tú eres todo menos cruel.

—No es verdad… —le dice Yuuri, y se pone de pie para poder acercarse a la ventana abierta y así respirar mejor—. Fui tan cruel con Victor. Yo no era el único que daba por hecho todo, él también. Me tenía en sus manos y lo sabía. Había tantos errores en nuestro matrimonio. Nunca debimos casarnos tan pronto, apenas nos conocíamos.

—Eran almas gemelas.

—Exacto. Almas destinadas a estar juntas, almas gemelas, similares, casi idénticas. Yo tenía tantos miedos y tantos silencios, creí que él no. Creí que él era un dios, lo idealicé tanto de tantas maneras, al igual que él conmigo. Me trataba como si yo fuera de porcelana, temía contradecirme, temía romperme. Y yo temía que se aburriera de mí. Fuimos unos idiotas. ¿Sabes?

—¿Lo odias?

Yuuri asiente, asiente con firmeza, asiente tantas veces que termina girándose y mirando fijamente a Otabek.

—Lo amo… —le dice, y Otabek observa en silencio todas esas lágrimas que adornan las mejillas de Yuuri—. Y lo extraño… lo adoro tanto, tanto… y lo odio por dejarme, lo odio por irse así. Lo odio porque no vino por mí, no vino a llevarme con él. Lo odio porque me odia.

—Él no te odia.

—Oh, claro que sí. Lo hace. Y tú también… tú también porque… Yurio murió por mi culpa, Otabek… —le dice Yuuri, y al ver que Beka no le entiende, continúa—. Victor iba a dejarme, entonces yo le pagué a alguien y ese alguien empujó a Vitya con su moto, al final dos autos le pasaron por encima… ¿Entiendes? Todo eso mientras yo tomaba relajantes para que la marca no me doliera cuando Victor muriera.

—Qué pasó con Yura.

—Yurio murió por eso. Se suicidó porque Victor estaba muerto. Quizá su hija no iba a sobrevivir por culpa de eso, así que él…

Yuuri no puede continuar, Otabek se lanza contra él y gruñe mientras toma su garganta entre sus manos.

—Yo no lo sabía… —le afirma Yuuri, intentando apartarlo pero tan solo logrando que Otabek aumente la fuerza de su agarre, impidiéndole respirar pero no gesticular algo más—. Está bien… sí… sí lo sabía…

—¿Quieres reunirte con tu esposo? —le pregunta Otabek, casi alzándolo del piso—. ¿Quieres verlo?

Yuuri cierra los ojos.

Inconscientemente sus uñas arañan los brazos de Otabek, aunque por dentro desearía poder decirle que sí. Que ver a Victor es la única cosa que quiere hacer en todo el mundo, y que irse con él sería un sueño hecho realidad.

Imagina el momento en el que observó a Victor por primera vez, sentado en medio del restaurante, con los ojos igual de confundidos que él. Recuerda la sensación suavecita que sintió crecer en su pecho al verlo. Y luego la punzada en el corazón, recuerda la palabra exacta que se formó en su cabeza en ese preciso instante.

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«Destinados».

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Si uno moría el otro también.

Al final, cuando Otabek lo suelta, Yuuri se queda inmóvil en el piso.

Una vida sin Victor es aterradora.

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«Lo harás bien».

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Le dice su propia voz en su cabeza.

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«Si sigues tomando muchos de esos relajantes».

«Si sigues adelante sin mirar atrás».

«Si sigues recordando que él salía con alguien más, entonces, y solo entonces, lo harás bien».

«Eventualmente, algún día, te casarás, tendrás hijos, te enamorarás, y vivirás».

«Eventualmente, serás feliz».

«Eventualmente, lo olvidarás».

«Olvidarás su nombre, su rostro y sus besos.

«Olvidarás que lo amas».

«Olvidarás que él lo es todo, que lo fue siempre».

«Lo olvidarás por completo y seguirás de frente».

«Eventualmente, “Victor” no significará nada para ti».

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—No te daré el gusto de morir, ¿Sabes? —le dice Otabek, moviéndolo un poco con el pie hasta verlo empezar a toser y ahogarse con el aire que ingresa precipitado a sus pulmones—. Mataste a tu pareja y mataste a la mía, vivirás con eso. Vivirás arrepintiéndote, deseando retroceder el tiempo. Deseando nunca haberlo hecho.

—Igual… tú… —le amenaza Yuuri, sin mirarlo y tratando de normalizar su respiración.

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«Igual tú».

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Repite su mente.

Definitivamente no había verdad más cierta que esa.

Y es que quizá, a partir de ahora, ambos vivirían en una contradicción, intentando alcanzar aquel precioso espejismo de los días en los que el sol parecía brillar sin lluvias y sin tormentas, y al mismo tiempo intentando olvidar el pasado y todo lo que perdieron al dejarse llevar sin frenos y sin casco en una vía que parecía segura.

Susurrarán nombres en la oscuridad.

Esperando.

Deseando.

Anhelando.

Casi rezando por oír un solo sonido o sentir una sola caricia.

Vivirán en vigilia, atentos a la menor señal, atentos al menor reflejo fantasmal en cualquier espejo.

Esperando a verlos  tan solo una vez más.

.

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Fin.

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Publicado por ArikelDT

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