Green light: Capítulo 14


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«Puedes fingir que no me extrañas».
«Puedes fingir que no te importa».
«Todo lo que quieres hacer es besarme».
«Oh, qué pena, no estoy allí».
«Alguien nuevo te va a consolar».
«Como tú quieres que yo lo haga».
«Alguien nuevo me va a consolar».
«Como nunca lo haces».
[Billie Eilish – Bitches broken Hearts]

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—Puedes decirme al menos quién es… —le pregunta Yuuri, y al no obtener respuesta le arroja la primera cosa que encuentra a la mano.

Victor trata de esquivar el florero, pero el agua dentro de éste le salpica al romperse el cristal, mojándole el abrigo.

Observa a Yuuri en silencio.

Los ojos que tanto amó se han llenado de tanta furia y decepción que se sobreponen a la mirada necesitada de un Omega en su último día de celo.

Victor no entiende por qué está molesto.

—Debo ir al trabajo… —le dice, y la mirada de Yuuri ahora denota odio inmenso—. Escucha, si tienes ganas de conversar sobre las cosas que HEMOS hecho a espaldas del otro, bien, adelante. Te escucharé en la noche cuando regrese.

—Claro… —le dice Yuuri, siguiéndolo hacia la puerta—. Vete, ¿Por qué no? Buscaré a alguien que sí pueda satisfacerme, alguien que sí me entienda de verdad.

—Perfecto… —le dice Victor, pero un pequeño y pesado pisapapeles va a parar justo a su espalda.

—¡No me hables así, Victor! No sabes las cosas que he hecho por ti.

—Tienes razón, no las sé, ¿Por qué no me ilustras un poco?

—¡Perdí un bebé! ¡Imbécil! —le grita Yuuri—. ¡¿Por qué no puedes entender eso?!

—¡¿Y yo qué?! —le pregunta Victor, completamente alterado—. ¡¿No lo perdí yo también?! ¡Y fue tu culpa, no te hagas la víctima conmigo! ¡Tú lo mataste! ¡Mataste a mi hijo, Yuuri!

Las cosas que se dicen jamás las hablaron porque Yuuri es frágil, dependiente.

Trabaja duro con demasiadas cosas en la cabeza. Se esfuerza, se esfuerza por no caerse, por no tropezar, porque si toca el suelo no se levanta y lo sabe.

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«Victor es mi apoyo».

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Siempre ha pensado eso.

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«Por él me levanto»

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Probablemente siempre lo pensará.

Cuando decidieron tener al bebé fue porque Victor quería un hijo, quería tener una familia. Su propia familia no había estado muy unida ni presente a lo largo de su niñez y juventud y por eso quería disfrutar de un hogar cálido con su pareja destinada, con su alma gemela.

Y claro, fue también porque Yuuri no le negaría nada, no se atrevería a contradecir al único hombre que le daba amor, amor de verdad.

Amor, comprensión y seguridad.

Pero luego «Recapacitó».

Su trabajo y su vida se irían al caño por un niño, un niño que, seamos sinceros, Yuuri no podría cuidar.

Es decir, apenas puede mantener estable su amor por sí mismo y por su pareja, ¿Cómo darle seguridad y amor a alguien que dependerá de él?

Él no sirve para cuidar.

No sirve para proteger.

Lo hace fatal.

Prueba de eso es la conversación actual.

Había creído que protegía a Victor de la preocupación al fingir que perder al bebé era algo que no dolía, algo pequeño, tonto y sin importancia.

Jamás fue así a pesar de lo conveniente que haya sido.

Pero entonces Yuuri piensa que perder a la pequeña razón de ésta discusión no debería ser relevante ya que había sido un problema, y los problemas debían eliminarse, debían acabarse de tajo cuando no valían la pena.

—¿No te ibas? —le pregunta Yuuri, esquivando su mirada y alejándose de él para ir hacia la sala—. Ah, solo una cosa más. Quiero el divorcio. Ya no nos complementamos, ¿Entiendes? Acabemos con esto. Quiero terminar.

Victor suspira cansado. Se pasa las manos por el cabello y mira el techo, intentando quizá buscar paciencia.

—Bien… —le dice, y Yuuri, de espaldas a él, cierra fuertemente los ojos con dolor.

—¿Bien? —le pregunta, y Victor asiente aun sabiendo que no lo está viendo, luego se gira y se va—. Bien.

No sirven para querer.

No saben amar.

Y Yuuri se pregunta si aquella otra persona, aquella tercera en discordia, sabe hacerlo.

¿Acaso esa persona sabe decir cada cosa que le molesta sin temor a ser despreciada?

¿Acaso sabe vivir sin importarle el qué dirán y el cómo lo verán?

¿Acaso es fuerte?

Había sucedido lo que se predijo desde el primer instante, desde que vio a Victor por primera vez en aquel restaurante.

Victor se había cansado de él, de sus silencios, de su condescendencia, de su apática forma de ser.

Pocas cosas lo hacían reír y lo hacían feliz de verdad. Una de ellas era el amor. Aquello que lo separaba de Victor.

Y es que Yuuri amaba sentirse deseado, amado.

Reía cuando veía a alguien caer ante sus encantos físicos, ante la perversión oculta bajo sus pantalones.

Amaba el amor.

Pero era difícil amar.

—Soy tan torpe… —se dice Yuuri, y se permite llorar ante la atenta mirada del pequeño y esponjoso Makkachin, quien se le acerca y le da lengüetazos intentando detener esos quejidos y ese dolor palpable.

Yuuri jamás lloraría frente a alguien.

Mucho menos frente a su esposo.

Quiere parecerle fuerte, aunque solo sea un poco.

Al final, por la tarde, cuando Victor llegó del trabajo hacia su «Hogar», el aroma dulce del vino lo recibió en el departamento.

En la mesa del comedor estaba una cena espléndida, con velas, con rosas, con Yuuri sonriente y recién bañado.

—Hola… —le dice Yuuri, y Victor se da la vuelta dispuesto a irse—. Espera, por favor.

—No hagas esto.

—¿Hacer qué?

—Esto, Yuuri. Intento dejar de amarte.

Yuuri sonríe suavemente ante esa confesión, se le acerca, toma su rostro entre sus manos, observa aquellos ojos azules tan limpios, y le susurra.

—Eso significa que… ¿Aún tengo una oportunidad? —le pregunta, justo antes de depositar un beso suave sobre sus labios.

—No, Yuuri, espera. No hagas eso. No me gusta recordar el cómo pudo ser… —le afirma Victor, apartándolo y esquivando su mirada de inmediato.

—Mírame, Vitya, por favor. Soy débil, lo sabes. Débil ante todo. Absolutamente todo. Pero tú… tú eres fuerza. Tú eres perfección. Yo soy un hombre, tú un dios. Espero… deseo que… seas un dios piadoso conmigo, por favor. Me equivoqué en muchas cosas y… no debía hacer otras tantas, pero ya todo pasó.

Victor se pregunta por qué tan tarde, por qué ahora que durante el trayecto a casa estuvo mirando feliz el primer ultrasonido de su bebé con Yuri Plisetsky.

—Lo siento, Yuuri… —le susurra y se aleja más—. En la mañana me preguntaste quién era. Te lo diré. Es Yura. Plisetsky, Yuri Plisetsky. Creo que me he enamorado, ¿Entiendes? Yuuri… ha pasado tanto tiempo. Tres años y un poco más. Tantos silencios, tantas quejas calladas, tantos secretos guardados. Yo porque no quería lastimarte, tú porque… ¿Por qué?

Yuuri lo mira. La información no le cabe.

Parpadea un par de veces, se aleja de Victor con calma.

—Desde… cuándo… —le pregunta.

—Hace mucho… —le dice Victor.

Yuuri se acaricia la marca, aquella cicatriz que reposa bajo su nuca.

—Quizá no lo has sentido porque… qué sé yo. Nos distanciamos, Yuuri. Ya no nos amamos. Pero sí te quiero. Eres mi pareja destinada a pesar de todo. Quizá solo… no fue el momento, no fue el lugar o el tiempo… no lo sé.

—No sabes nada.

—Así es. No sé nada de lo que nos pasó, y la verdad… he estado tan cansado de reconstruir y soportar todo por mi cuenta. Crees que yo soy la fuerza, pero… Yuuri yo soy tan tonto, tan inmaduro y tan lento. Yo necesito apoyo. Necesito a alguien en quien apoyarme, necesito a alguien fuerte para poder sentirme a salvo. Porque siempre estoy teniendo miedo. Miedo de caer, de equivocarme, del qué dirá la gente que espera tanto de mí por ser Alfa, por ser rico, por ser quien soy. Porque si caigo no podré levantarme. No solo, no sin ayuda.

—No entiendo. Ése soy yo, Victor, el débil aquí soy yo.

—Me idealizas demasiado, Yuuri. Hemos llegado a un punto en el que yo debo ser el cimiento y los pilares, y tú das por hecho que con mi marca y con mi lazo… te pertenezco sin importar lo que hagas o dejes de hacer.

—Yo he tenido tanto miedo como tú, Victor. No tienes ni idea de todas las emociones débiles y deprimentes que he tenido que ocultar de ti, para que no te decepciones, para que no te me alejes. Tú me buscaste por ser el tipo del rostro bonito y el cuerpo perfecto, ¿Qué debía hacer sino aparentar de alguna manera?

—Busqué una cita con el modelo bonito que donaba sueldos enteros a la caridad y vivía en un departamento sencillo y sin lujos. Porque me intrigaba saber quién eras. Resultaste ser mi alma gemela y me llenaste de temor y emoción, tu sola existencia me hizo sentir vivo, Yuuri. Y me enamoré de ti al conocerte, al ver lo dulce que eras, lo amable, bondadoso y precioso que eras. Dios… no sabes cuánto te he amado, no tienes ni idea, Yuuri. Amé todos tus defectos, TODOS, todos tus temores, todas tus sonrisas tímidas y tu necesidad de amor. Te amé con locura, no lo negaré nunca, jamás. Siempre lo admitiré con toda sinceridad. Te amé. Te amé tanto, tanto… demasiado… y demasiado mal.

—Victor… —le susurra Yuuri, y lo mira con súplica—. Ámame entonces. Amémonos bien ahora.

—Es tarde… —le afirma Victor, sin temor ni duda—. Soy feliz con alguien más. Y sí, no es el ideal, no es el perfecto para mí, a veces somos tan distintos, él no fue hecho en mi nombre… pero me gusta. Me gusta tanto… tanto que creo… en serio creo firmemente… que me he enamorado.

Yuuri lo mira sin entender.

De hecho no quiere entender.

Se rehúsa a intentarlo al menos.

—Hace… hace unos meses… ese viaje tuyo… —le dice Yuuri, y Victor se sorprende un poco de que lo recuerde.

—Sí, fui con él. Se suponía que eran solo negocios, pero nos dimos tiempo para… descansar.

—Dijeron que te habían visto en Hasetsu.

—Quería mostrarle la playa, se parece un poco a San Petersburgo, estábamos de paso y…

—¡Ése es nuestro lugar, Victor! ¡Dijimos que nuestras cenizas estarían allí al morir!

—Fue un error, lo admito. Él sabe que ese sitio le perteneció al pasado, a ti.

—Pero fuiste feliz con él ahí, ¿No? Manchaste nuestro lugar.

—Si esa es tu forma de verlo.

—Sí. Así es… —le afirma Yuuri—. Cuando volviste de aquel viaje. Tú y yo… hicimos el amor… ¿Recuerdas?

—Yuuri…

—¿Lo recuerdas? —le pregunta Yuuri, y Victor asiente—. Yo lo recuerdo muy bien. Lo recuerdo porque lo hicimos en tu oficina y Yuri Plisetsky nos vio, nos felicitó, se alegró por nuestra reconciliación, incluso envió girasoles aquí para felicitarnos.

—Yo lo recuerdo porque Yura me presentó una carta de renuncia y unos documentos ya firmados en los que me cedía de regreso las acciones que yo le había regalado en el pasado. Me aterré cuando eso pasó, y me aterré aún más cuando me dijo que no me amaba. En ese instante yo no tenía claro lo que quería. Él y yo habíamos acordado vernos en las sombras y no hablar de nuestras otras relaciones hace casi tres años. Tan solo disfrutábamos de la compañía del otro de todas las maneras posibles. Cuando eso pasó, yo…

—Creí que estábamos bien en aquel momento. Creí que ya todo se había solucionado. Todo esto del… del niño y eso.

—¿Cómo solucionar algo de lo que nunca pudimos hablar?

—No lo sé. Te quedaste conmigo, venías temprano del trabajo, incluso hasta desayunabas conmigo algunos días.

—Lo intenté. No lo negaré. Dar un paso siempre es difícil, uno recuerda lo que deja atrás. Yo tenía miedo de dejarte. Habías intentado suicidarte ya una vez, ¿Qué debía hacer? —le pregunta Victor, pero no espera que le responda—. No importó cuánto traté, te hice el amor… y tú lo hiciste con… ¿Cómo se llamaba ése amigo de Phichit?

—Era un seguidor mío.

—¿Y eso qué?

—Él me quería.

—¡Yo te amaba, Yuuri! Pero eso no te importaba, ¿O sí?

—¡Necesitaba amor, Victor!

—Qué estupidez.

—Tú te hiciste frío, cruel y malvado. Me odiabas y no lo decías, ¿Cómo debía actuar? Perdí a tu hijo y tú me castigaste por ello. Intentaba hacer que reaccionaras, que te dieras cuenta de que pedía auxilio. Intentaba que un día entraras a tu oficina y golpearas a quien sea que estuviera entre mis piernas, ¡Intentaba llamar tu atención! ¡¿Por qué diablos crees que lo hacía en lugares que tú frecuentabas, idiota?!

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«Es la peor excusa».

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Piensa Victor.

—Somos unos idiotas… —le dice, y Yuuri llora porque ve lástima en sus ojos—. No sabíamos amar. No debí esperar a que tú me contaras lo que te asustaba, y tú no debiste esperar a que yo me diera cuenta. Yo no quería incomodarte y tú no querías incomodarme a mí. Pero el amor es ruido, es movimiento, es palabras. Teníamos que haber dejado de lado lo que nosotros pensábamos del otro y asegurarnos preguntando. Fuimos idiotas y… por gracia divina… yo encontré a Yura. Es cierto que por poco cometo el error fatal de dejarlo ir, pero al darme cuenta de que él ya no era solo un amante sino que era la persona con la que quería vivir… le supliqué. Chris es mi testigo, Yura me odió y me lo dijo en la cara. Me aseguró que jamás nadie me besaría como él lo hacía y me aseguró que él encontraría a alguien que besara como yo nunca lo besé. Me dijo que estaba harto de personas como Otabek y yo, personas que lo veían como el agujero de desfogue y no como la pareja legítima.

—¡Yo soy tu pareja legítima!

—La única razón por la que he seguido casado contigo es porque Yura me lo pidió. Él tenía miedo de lo que tú pudieras hacer si te veías solo, pero ya no más. Se dio cuenta del embarazo y la bebé nos ha hecho madurar, ya no somos niños para seguir jugando, seremos padres. Formalizaremos nuestra relación, nos casaremos, Kitty nacerá en una familia estable y será feliz.

—No cantes victoria, no firmaré el divorcio, Victor.

—Lo harás, pensaba dejarte sin un centavo, pero si te pones así entonces… qué tal esto. Te ofrezco propiedades, accesorios, autos, el mundo entero, las acciones de la empresa, todo lo que tengo, TODO, a cambio de tu firma.

—Maldito bastardo, ¿Quién te crees que soy? No firmaré. No quiero tu dinero, nunca lo quise. Quiero amor, Victor. Quiero amor aunque no sé amar. Y te quiero a ti. No firmaré nunca, primero muerto. Me mataré, ¿Me oyes?

Victor se ríe al verlo.

—Te pareces tanto a mí… —le dice, y Yuuri lo mira sin entender—. ¿Recuerdas la cicatriz en mi brazo? Me la hice frente a Yura con una copa rota cuando él insistía en que no me amaba. Tú y yo, quizá realmente seamos tal para cual. La pregunta es… ¿Seremos felices con eso? Podríamos buscar entendernos, quizá. Compartir silencios y secretos y hacernos cómplices, o eso creía en el pasado. Ahora mi hija y mi pareja, Yura, son lo único en mi mente.

—Lárgate.

—El departamento es mío, Yuuri. Estoy cansado y mañana tengo una reunión importante en la tarde así que descansaré aquí hoy.

Victor tuvo la amabilidad de dormir aquella noche en el sillón más largo de la sala. Yuuri lo agradecía porque se la pasó encerrado en el dormitorio sin pegar el ojo ni un solo segundo.

Caminó de aquí para allá, sintiendo y no pensando, tomando cada cuatro horas aquellas pastillitas relajantes que Phichit le conseguía para calmar los nervios. Preparándose para no sentir dolor a la mañana siguiente, cuando el amor de Victor se le hubiese esfumado para siempre y sus afectos fuesen transferidos por completo a alguien más.

Yuuri no lo permitiría.

Victor era su todo.

Su amor, su amante, su compañero y su eterna alma gemela.

Lo amaba tanto.

Y lloró tanto, hasta que las lágrimas se le secaron.

Y al final, cuando la mañana llegó, Victor se fue y él llamó a un conocido indeseable exigiéndole con urgencia un último favor.

Yuuri sabía que el frágil corazón de un Omega moría cuando el poderoso corazón de su Alfa enlazado dejaba de latir.

Y era un precio justo.

Morir junto a Victor se le hizo un sueño perfecto que ya casi podía tocar con la punta de los dedos en medio de su drogado estado.

Estaba dispuesto ya a ir a la tumba ése mismo día junto al hombre que amaba, y se sabía cobarde al esperar el fin con tranquilizantes que le impidieran sentir el terrible dolor ardiente que lo invadiría segundo tras segundo al perder al amo y señor de la marca en su cuello.

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«Victor es mi todo».

«Mi amor, mi amante, mi compañero y mi eterna alma gemela».

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Yuuri se repitió eso incontables veces a sí mismo durante toda la noche y toda la mañana.

Pensaba firmemente y sin lugar a dudas que si debían morir, lo harían juntos, como tenía que ser.

Estaban enlazados.

Vivirían juntos o morirían juntos. No había elección.

Si su esposo había decidido dejar de lado esa afirmación, entonces debía dormir y nunca despertar.

Era necesario.

Y no, no era egoísmo.

¡No!

¡No!

¡No!

Era amor.

El hombre que amaba debía morir.

Era una necesidad.

Horas después, el problema, grande, terrible y enloquecedor, fue cuando Yuuri se encontró vivo a sí mismo. Vivo e intacto.

Y su mente no lo soportó.

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Publicado por ArikelDT

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