Green light: Capítulo 13


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«Eres tan plástico».
«Y eso es trágico».
«Solo para ti».
«No sé qué demonios vas a hacer».
«Cuando tu apariencia empiece a agotarse».
«Y tus amigos comiencen a irse».
«Eres tan plástico».
«Y eso es trágico».
«Solo para ti».
[Two feet – I feel like i’m drowning]

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El teléfono vibra, suena, timbra. Es tan molesto que Yuuri lo busca a tientas con desesperación antes de tomar la llamada.

—¿Diga?

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[Hola, cariño, ¿Te despierto muy temprano?]

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—¿Con quién hablo?

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[¿Con quién quieres hablar, primor? Seré quien tú quieras que sea]

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Yuuri cuelga. No se toma la molestia de observar el número en la pantalla, tan solo se gira e intenta conciliar de nuevo el sueño.

¿Qué clase de loco se había confundido de número y le fastidiaba a las tres de la mañana? ¿Un servicio de acompañantes o algo así?

De pronto, el teléfono vuelve a timbrar.

Y Yuuri vuelve a contestar, ésta vez con la voz algo más firme.

—¿Con quién hablo?

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[No vuelvas a colgar, primor. Quiero mi dinero]

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—Se ha equivocado de número, señor.

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[Oh, no. Claro que no. Te esperaré hoy a las dos de la tarde en el parque detrás de tu edificio. Hay una heladería, te sentarás en una de las mesas que tiene afuera, dejarás el dinero junto al asiento, te irás y yo lo tomaré, ¿Está claro?]

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—¿Disculpe? ¿Con quién quiere hablar? Yo no lo conozco, señor. De verdad, lo lamento pero se ha equivocado de número.

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[Escucha, Yuuri, cielo. Tu esposo está muerto, ¿Sí? Ahora eres el dueño de sus acciones, ¿No? Sus cuentas, todas a tu nombre, el departamento, las propiedades, aquí y en el extranjero, ¿Verdad? Bien, entonces… quiero mi puto dinero]

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Yuuri no lo procesa. Quiere colgar pero sus manos se han quedado inmóviles.

—No sé de qué me habla, ¿Por qué tendría yo que deberle algo a usted? —le pregunta.

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[Porque lo maté por ti, ¿Recuerdas, cielo? No te hagas el idiota conmigo, te he hecho ya varios trabajitos como para que me vengas con tus cosas. Quiero mi dinero y punto]

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—¿Qué dinero? ¿De qué me habla? Llamaré a la policía… —le amenaza Yuuri, pero el sonido de la risa divertida de aquel hombre lo hace callarse.

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[Hazlo. Si quieres ir a la cárcel, hazlo. Tengo todo grabado, con gente como tú uno ya no puede salir a trabajar honestamente]

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Yuuri cuelga de nuevo. Observa el celular inerte que cae sobre el colchón de la cama.

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«¿En serio crees que voy a creerme que fue un maldito accidente?».

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Le había preguntado Chris hace unos días.

Y sí, obviamente sí. Es decir, había sido un accidente, eso es lo que todos sabían, lo que todos debían pensar, ¿No?

Entonces vuelve a tomar el celular y marca a aquel número, pasan unos segundos y el hombre de hace un rato le contesta.

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[¿Primor? ¿Ya recordaste?]

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—Le daré lo que quiera… —le dice Yuuri, y el hombre nota cierta súplica en su voz—. Solo dígame todo. ¿Cuándo me contacté con usted? ¿Dónde lo conocí? ¿Por qué le envié a hacer ese trabajo? Le pagaré aún si me dice que esto lo inventó usted y que nada de lo que me dice es cierto. Le pagaré todo, solo dígame la verdad, la necesito.

El silencio dura unos instantes, instantes que parecen ser eternos como todos aquellos momentos que son incómodos, hasta que por fin el hombre le contesta.

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[Yo era mesero entonces, pero eso no alcanzaba para el alcohol, así que… nos conocimos en una de las recepciones de Lilia Baranovskaya, tu antigua jefa, no sé si la recuerdas, es la exesposa del asistente de tu esposo. Como sea, te dije que si alguien te molestaba, me llamaras, y el primer trabajo que te hice fue con esa chica… la rubia, ¿Recuerdas? Dijiste que debía parecer un suicidio y así fue. Te dieron el papel protagónico en aquella serie gracias a eso. Recuerdo que lloraste y lloraste y seguiste llorando arrepintiéndote de todo y jurando que nunca más harías algo así, pero igual aceptaste el papel y me pagaste generosamente]

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Yuuri recuerda eso. O algo de eso.

Recuerda esa serie. Era su primera vez incursionando en la actuación y le habían dado el papel principal, ¿Había sido por eso?

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[Luego te ayudé con ese tipo, ese empresario pretencioso y altanero que casi se sobrepasa contigo. Dijiste accidente, y eso fue]

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—¿Leroy? —pregunta Yuuri—. ¿Jean Leroy?

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[Sí. Ese que te drogó y te llevó a ese hotel y que casi, casi… bueno… ahora tendrías un motivo más para despreciarlo]

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—¿Cuántos más? —le pregunta Yuuri, con la voz casi muerta y los ojos fijos en algún punto frío de la pared.

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[Dos. Tres con tu esposo. Primero el modelo, el jovencito ése de China que estaba empezando a modelar, y luego la chica, la modelo, la que iban a contratar en tu lugar]

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—¿Qué pasó con Victor?

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[Fue extraño. Siempre me hablas con antelación de quién empieza a ser un estorbo y a quién debería ya empezar a seguir, ya sabes, para prepararme. Pero ésta vez… fue de improviso. Me llamaste en la mañana todo alterado, gritando y llorando, creo que te habías drogado, y pues… dijiste que lo querías muerto para ése mismo día. Te dije que estaba ocupado, me ofreciste el doble y el triple. Acepté. Y ahora eres el dueño de todo. Felicidades. Ahora quiero mi dinero]

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—No puedo verte en el día… —le dice Yuuri—. ¿Qué tal ahora?

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[¿Ahora? ¿Justo ahora?]

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—¿Estás ocupado, amor?

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[Ése es mi Yuuri, ¿Por qué me interrogas así, cariño?]

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—Quería ver si estabas sobrio. ¿Está mal jugar un poco?

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[No, bebé. No está mal. Te veré ahora. ¿Vienes a casa?]

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Se citaron.

Se reunieron.

Yuuri aceptó sus besos.

Se preguntó porque la gente era idiota y se confiaba tanto.

Se preguntó eso por mucho, mucho, mucho tiempo, incluso después de haberle cortado el cuello.

Luego buscó en aquel lugar, algo, lo que sea, cosas suyas, cosas que importaran, cosas como las supuestas grabaciones. Y se sintió idiota. El tipo lo conocía de hace mucho, era obvio que una petición más no había sido grabada como él le había asegurado.

Así que se tomó su tiempo.

No era una persona calmada, no lo es.

Victor era la calma.

Era la fuerza.

Era el Alfa.

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«Era».

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Entonces llora.

Llora mientras se sienta en el sillón de la habitación cutre en la que el tipo vivía.

Al terminar, agradece que el día éste frío, de esa manera usa guantes, bufanda y una gorra sin que a nadie le importe.

Quizá, meses después, cuando alguien vaya a buscar a aquel sujeto, y lean en su cuerpo aquellas palabras «Nadie vive debiendo», quizá entonces sepan que murió. Pero nunca sabrán que fue él y no les importará quién, porque… seamos honestos, un drogadicto muerto por deudas no es algo bonito que investigar, no es algo importante.

Así que Yuuri llega de regreso a su propio departamento a las siete de la mañana. Se da una ducha. Bota toda la ropa que usó. Busca su celular y marca un número.

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[¿Hola?]

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—¿Mamá?

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[Yuuri, hijo. ¿Cuándo vendrás? Estamos tan preocupados, papá quiere ir a verte]

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—No hace falta. Mañana tendré las cenizas de Victor, después de eso iré a casa al fin.

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[Oh, cariño. Debes estar viviendo un infierno allí. No sabes lo mucho que me duele]

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—No te preocupes, mamá, por favor. Yo estoy bien, o lo estaré cuando esté allá, en Hasetsu, contigo, con papá, con Mari. Y hablando de eso, te llamaba porque… bueno, ¿Recuerdas aquel terapeuta que mi hermana me recomendó?

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[Sí, claro que sí]

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—Bien, bueno… mamá, he tenido lo que el terapeuta dijo. Romper el vínculo con mi Alfa ha sido desastroso.

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[¡Oh, dios! ¿Mareos? ¿Pérdida de memoria? ¿Alucinaciones?]

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—Sí. Un poco. Y dolores constantes, entonces. ¿Puedes llamarle y pedirle una cita?

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[¡Sí, claro que sí! ¡Dios! Yuuri, hijo, ¿Por qué no me dijiste antes? ¡Eso es tan peligroso! ¡Los Omegas mueren cuando su Alfa muere!]

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—Lo siento, mamá, lo siento mucho, ¿Sí? Es solo que… no creí que fuera tan grave…

Hiroko, su madre, lo regañó un poco más. Le dijo lo preocupada que le dejaba, lo ansiosa que estaba por verlo ya. «Los estaremos esperando, a ti y a Vitya», le había dicho, y Yuuri le dijo que la quería muchísimo y que también estaba ansioso por ir ya a Japón.

Cuando la noche llegó de nuevo, él estaba vestido con su mejor traje, con la colonia suave adornando sus muñecas y su cuello, con el reloj brillante, con la corbata impecablemente puesta y con el cabello pulcro y bien peinado.

Había preparado ya la cena y la estaba sirviendo cuando el frío se instaló allí, rodeándolo y causándole un solo y profundo escalofrío.

Sentía algo mirándole desde atrás, una presencia o una oscuridad en alguna esquina, taladrándole la nuca, erizándole los vellos y causándole cierta ansiedad.

Entonces se gira, observa a todos lados… y no ve nada.

Termina de servir el vino, enciende las rojas velas aromáticas, acomoda bien los tenedores y las servilletas, se asegura con una sola mirada de que las flores estén perfectas, se dirige a cada interruptor del departamento, y los apaga.

Entonces se sienta a cenar.

Justo cuando lo hace, una mano fría y hermosa se posa sobre su hombro, Yuuri ni lo mira, tan solo señala el asiento frente a él.

—Quizá no puedas comer, pero al menos puedes sentarte y acompañarme, ¿No? —le dice Yuuri—. Tengamos una cena romántica.

Victor no le hace caso, se coloca tras él y le besa el cuello, quizá aspira un poco del aroma que hay allí.

—Solo piensas en sexo… —le susurra Yuuri, con una sonrisita burlona.

Los besos siguen allí, le impiden degustar su cena y le impiden concentrarse en algo que no sea la lengua de Victor y sus dientes rozando y mordiendo suavemente, las caricias se dirigen más abajo, allí en donde Yuuri tiene que detenerlas.

—Siéntate, por favor… —le pide, pero Victor toma sus muñecas y lo obliga a ponerse de pie—. ¡No! ¡Hoy no!

Sus quejas son interrumpidas por la fuerza bruta con la que Victor empuja su pecho contra la mesa, logrando derramar el vino sobre su fantástica cena.

—¡Ya basta! —le grita Yuuri, logrando girarse y dándole una sonora bofetada—. ¡Maté por ti! ¡Idiota!

Victor se ríe.

Se aleja.

Su risa es música.

Yuuri se siente fuera de tiempo y lugar cuando la escucha.

Es el primer sonido que emite aquella criatura desde la muerte de Victor.

—Maté por ti… —repite Yuuri, y el empujón que siente le obliga a caer al piso, adolorido y jadeante.

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«¡Me mataste a mí!».

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Le dice Victor, pero Yuuri no ve sus labios moverse.

Entonces se pone de pie, se arregla un poco, se acerca a Victor y se lo dice al fin.

—Lo siento… —le susurra, y Victor lo mira en silencio—. Lo siento tanto. Lamento las cosas que te hice. Yo… seré honesto. No recuerdo haber sido tocado por otro hombre que no seas tú, no recuerdo haber hecho nada de lo que dicen que he hecho, no recuerdo nada.

Victor desaparece de entre sus brazos, Yuuri lo busca y lo encuentra tras él.

—Escucha, solo escucha… —le dice Yuuri, está vez evitando atosigarlo—. Te amo, ¿Sí? Te amo muchísimo, y sé que me amaste. Sé que quizá cometí errores, yo… sé que no siento mis disculpas reales porque no sé de qué me disculpo, pero… solo…

Yuuri lo mira, busca comprensión en sus ojos.

—Dime lo que necesitas… —le dice Yuuri—. ¿Necesitas algo? ¿Olvidaste algo? Dime… lo haré por ti. Lo concluiré por ti.

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«No puedes».

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Le dice Victor, y vuelve a alejarse.

—Bien, no puedo, está bien. Pero al menos dime qué es.

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«No puedes».

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Le repite Victor, y Yuuri llora más.

—Yuri Plisetsky se suicidó porque yo… te maté, ¿No? —le pregunta Yuuri—. Tú y él se amaban, ¿Verdad?

Los ojos de Victor se hacen de cristal al escucharlo.

—Ahora está contigo… ¿No?

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«No».

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—Pero…

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«¡Ya lo dijiste! ¡Él se suicidó! ¡Yo no! ¡Él está afuera, yo dentro!».

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—¿Fuera de qué?

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«Afuera, en las calles, en el frío, en la noche. Él no sabe. Está estancado».

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—Entonces… quieres que yo haga algo por él, ¿Es eso? ¿Una misa o algo así? Él era católico, ¿No? ¿Una ceremonia católica? ¿Con un sacerdote?

Yuuri espera a que le conteste, pero Victor se calla, se aleja y aparece frente a la ventana, observando el mundo nocturno a lo lejos, el mundo del que ya no forma parte.

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«No quiero nada de ti».

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Le dice, justo antes de atravesar la ventana y hacerse aire invisible y frágil.

Yuuri lo llama.

Pronuncia su nombre.

Lo invoca.

Lo busca.

Apaga todo, cada vela, se queda a oscuras y lo vuelve a llamar.

No hay respuesta.

Entonces teme.

Teme que Victor no vuelva.

Y en un acto inconsciente, desesperado y agonizante, llama a Otabek.

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«¿Viste a Plisetsky?».

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Le pregunta Yuuri, y Otabek le dice que hasta hace dos segundos, antes de su llamada, estaba con él en su cama.

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«Si vuelve a ti… dile que Victor lo ama. Dile… que espere… que no se altere… que Victor busca la forma de traerlo dentro…».

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Le dice, y cuelga. No se queda a escuchar la confusión de Otabek.

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Publicado por ArikelDT

☆ 1-6-96 ☆ Multishiper . ○●○ Amante del misterio, de las emocionas a flor de piel y de las memorables tragedias románticas. Enamorada del arte, de la música, de los versos y de los minutos de silencio. Puedo ofrecerte libros que hablan de corazones sedientos, con vidas vibrantes, e historias, a veces, sangrantes. ○●○ .

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