Green light: Capítulo 12


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«Caliente como una fiebre».
«Huesos crujiendo».
«Podría probarlo».
«Saborearlo».
«Si no es para siempre».
«Si es solo ésta noche».
«Oh…».
«Aún es la mejor».
«La más grandiosa».
[Kings of leon – Sex on fire]

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Están casados.

Comparten lecho.

Comparten techo.

Las cosas funcionan de forma normal. Natural. Habitual.

Ya es común despertar en una cama solitaria con las sábanas blancas y frías, sin su esposo a su lado, y es que Victor se va a trabajar muy temprano.

La sensación en el departamento entero es una de abandono y ausencia.

No es terrible.

Es, ahora, cosa de todos los días.

Así que Yuuri se levanta, se da un baño, se peina, se arregla, desayuna y lee el periódico.

Observa una foto de Yuri Plisetsky junto a un pobre párrafo en cursiva, «El tigre de hielo. Alfa dominante, de carácter fuerte y atractivo. Demoledor como un tanque. Dichoso el Omega que logre engatusarlo».

Yuuri sonríe.

Él lo tuvo entre sus brazos, sediento y chispeante.

Su sonrisa se disipa al recordar que Plisetsky había desaparecido de la faz de la tierra por casi medio año después de eso.

¿Acaso Yurio se había enamorado de Yuuri y éste lo había lastimado al yacer con él y mostrarle un poco de lo que jamás podría ser suyo?

Quizá sí, quizá no, ¿Quién sabía?

Al parecer había vuelto de pronto y de la nada a trabajar en la empresa, o algo así le había mencionado Celestino en alguna ocasión.

La verdad era que hace mucho tiempo que no lo veía, así que Yuuri se dirige al monstruo de concreto en el que Plisetsky trabaja.

Es decir, quizá debía buscarlo, ¿No?

Quizá debía disculparse.

Quizá había sido su culpa aquella desaparición de medio año que el dorado ruso había tenido.

Quizá no debió besarlo.

Aunque lo había disfrutado tanto.

Disfrutaba ser amado.

—Señor Katsuki… —le saluda Yakov cuando lo ve acercándose hacia la oficina de Victor.

—¿Está Vitya? —le pregunta Yuuri, pero no espera una respuesta para abrir la puerta negra resguardada por dos grandes macetas.

Victor no está ahí.

Yuuri observa la oficina. La analiza.

Han pasado dos o tres días desde la última vez que estuvo allí y no nota algo nuevo o relevante.

—¿Dónde está?

—El señor Nikiforov ha salido a desayunar… —le informa Yakov—. Me parece que no vendrá hasta en la tarde, señor.

—¿Por qué?

—Ha salido con el señor Plisetsky, habían unos asuntos sobre seguridad que tenían que conversar…

Yuuri suspira agotado.

Se había vestido y arreglado solo para venir hasta aquí.

—El señor Plisetsky cambió de número… —dice Yuuri, en una afirmación—. ¿Cuál es el nuevo?

Yakov se apresura, saca una pequeña tarjeta azul y se la entrega.

—¿Está Celestino? —le pregunta Yuuri mientras anota el número en su celular.

—Sí, señor. ¿Desea que lo llame?

—Sí… —le dice Yuuri sin pensar—. No… espera… en realidad vine por Yurio…

Yakov asiente.

—Le diré al señor Plisetsky que lo contacte en cuanto regrese, o puedo llamarle ahora mismo.

—Eres tan atento, Yakov. Qué dulce.

Yakov toma el teléfono frente a él y marca el número.

—Primero pregúntale si está muy ocupado, no quiero incomodarle… —le pide Yuuri.

Y en algún lugar de ese vasto y simple mundo, en alguna pequeña y simple habitación de hotel, un celular vibra.

Allí vemos a dos personas, desnudas y apasionadas.

—Esto está mal, ¿Sabes? —susurra Yuri Plisetsky, mientras Otabek Altin le besa el cuello.

Ambos están en la cama, enlazados física y mentalmente, disfrutando del clímax persistente.

—¿Secuestrarte de la junta con Victor? —le pregunta Otabek sonriendo y sin dejar de besar y morder suavemente su piel—. ¿O anudarme en tu hermoso agujero?

Yuri se ríe.

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«Ambos».

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Piensa, pero no se atreve a decirlo.

Entonces repara en un zumbido sobre el piso y recuerda que dejó su teléfono en modo «No hagas ruido».

Quiere ir y tomarlo, pero el nudo hinchado de Otabek lo ata a su sexo.

—Necesito mi celular… —susurra Yuri, y Otabek empuja su peso sobre él, obligándolo a permanecer quieto sobre la cama—. Me aplastas, Beka…

—Solo un poco. Cierra la boca un segundo.

Yuri suspira.

Pasan los minutos y por fin el nudo se extingue lo suficiente como para que él repte debajo del cuerpo de Otabek y busque su celular.

El nombre en la pantalla le hace apagarlo y volver a la cama.

—¿Quién era?

—Nadie.

—¿Nadie? ¿Y por nadie estuviste todo quisquilloso?

—Victor.

—Rayos.

—Envió un mensaje.

—¿Sí? ¿Qué dice?

—Quiere verte. Dice que es importante. Dice que ha estado llamándote.

Otabek se pone de pie y busca su ropa, encuentra su propio celular en su pantalón y observa recién todas las llamadas perdidas.

—¿Te dijo dónde? —le pregunta a Yuri, mientras empieza a vestirse.

—En la Planta B3, ¿Por qué la prisa?

—Digamos que le debo unos favores.

—¿Qué favores? —pregunta Yuri.

Otabek se calla. Lo piensa.

—Me cubrió la otra vez en una reunión… —le dice.

—¿Sí?

—Sí.

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«¿Fue una reunión con Yuuri Katsuki?».

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Piensa Yura, pero no lo dice, y se da cuenta de que últimamente tiene muchas cosas que mueren en un «Quisiera decir» muy miserable, y eso no le gusta para nada.

—Te veré por la noche, ¿De acuerdo? —le dice Otabek, acercándose hasta él y dándole un beso en la frente.

—No sé si pueda.

—¿Tienes reunión?

—No… —le dice Yuri, luego asiente—. Y sí… con Victor…

—Suerte con eso. Mañana nos vemos.

Yuri lo ve partir y se cubre la cara con las sábanas por un instante, luego se descubre, enciende su celular y lee de nuevo los mensajes de Victor.

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[Estoy en la puerta de tu departamento]

[Tengo documentos que debes firmar]

[No]

[No es cierto]

[Solo quiero ver que regreses, y quiero ver con mis propios ojos que no tengas el cabello revuelto y los besos de Altin en el cuello]

[¿Estuviste con él?]

[¿Dejaste que te cogiera?]

[Puta]

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Yuri aprieta los labios. Hay un piquete en su pecho.

Duele.

Pero no debe.

¿Por qué tendría que doler?

Es la verdad.

La verdad nunca duele. La verdad es… pura. Casta y sin mancha.

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[¿Como tu esposo?]

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Le responde Yuri y ajusta el botón de enviar, arrepintiéndose al instante.

Los segundos pasan, su desesperación crece.

Pero su rostro y su expresión son inmóviles.

Se da cuenta de que últimamente ha estado sintiéndose monótono y torpe. Como zombi.

Entonces el pitido le hace prestar atención a la pequeña pantalla entre sus dedos.

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[¿Qué quieres que te diga?]

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Le pregunta Victor.

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[La verdad]

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Teclea Yuri, con mucha prisa y con el dolor inicial aún picándole, luego ajusta el botón y envía rápidamente el mensaje.

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[Te odio]

[Prostituta estúpida]

[Puta]

[Doblemente puta]

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Yuri sonríe al leer eso último.

Justo eso es lo que quiere leer.

Quiere que Victor lo trate así. Frío, cruel, distante, ofensivo.

Quizá así logre olvidar la voz de Victor junto a su oído susurrándole suave y dulcemente un «Me gustas» justo hace dos días.

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[Asqueroso]

[«Patético» es la palabra]

[Eres patético]

[Y sí, soy la peor puta que verás jamás. La puta que nunca te vas a coger]

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Le dice Yuri, y tira el celular muy, muy lejos de él. No le importa que se rompa.

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«Jamás debí volver».

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Piensa, mientras cierra sus ojos y trata de conciliar el sueño, cosa sencilla después de su dura actividad con Otabek Altin.

En sus sueños ve rosas.

Las rosas blancas que Victor le llevó a su departamento.

También siente sus manos sobre su cintura e incluso puede rememorar el toque suavecito de sus labios acariciándole el cuello.

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«Me gustas».

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Le había dicho Victor aquella vez, con los ojos cerrados y respirando el aroma de su piel, ese aroma fresco y apetecible.

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«Me gustas mucho».

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Le había dicho, y Yuri olvidó por dos segundos que Victor era casado.

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«Tú también me gustas».

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Le había dicho Yuri, y Victor lo giró para poder sostener su rostro entre sus manos.

Se habían mirado fijamente, casi anticipándose al beso que anhelaban darse. Sus rostros se acercaron en silencio, sin darse cuenta, sin siquiera notarlo o poder controlarlo.

El roce fue suave, una caricia que esquivó labios y se dirigió a mejillas.

Tenían miedo.

Aún lo tienen.

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«¿Qué hago con Otabek? ¿Qué harás con Katsuki?».

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Quería preguntarle Yuri, pero las palabras murieron en un temblor, y sus manos apartaron a Victor.

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«No vuelvas a tocarme jamás».

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Le había dicho, y Victor lo miró sin entender.

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«He dicho que nunca vuelvas a decirme nada. Si no es de trabajo no quiero escucharlo».

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Y justamente ahora ya había amanecido y debía ir a trabajar.

Tenía planeado comprarse un nuevo celular esa misma tarde, mientras salía a almorzar, pero Victor lo alcanzó en el ascensor.

El silencio fue incómodo, como todos los silencios que ocultan ruidos.

Ni bien el ascensor llegó al primer piso, Yuri salió rápidamente, paró un taxi y le indicó al conductor la dirección.

Victor subió tras él.

—¿Qué carajos quieres? —le preguntó Yuri, sin mirarlo y concentrado en el camino hacia su departamento.

—Disculparme, quizá.

—Disculpa aceptada… —le dice Yuri, para luego mirar al conductor—. El señor va a bajarse en la siguiente esquina.

—Siga conduciendo, y no pare. Mi novio está ebrio… —le dijo Victor al conductor.

—¡¿Quién es tu jodido novio, imbécil?!

—Está MUY ebrio. ¿Puede creer que estuvo coqueteándome en la fiesta de mi prima? Me dijo «Quiero besarte, pero no se lo digas a mi novio».

—¡Mentiroso! ¡Eso no pasó! ¡Ni siquiera tienes una prima! ¡Yo soy tu jodido primo! ¡Él no es mi novio! Mi novio es…

Las palabras de Yuri mueren en sus labios.

Otabek Altin no es nada suyo.

Otabek sale con un chico, un Omega, un idiota.

—Solo siga conduciendo… —le dice Victor al conductor, y éste asiente.

Yuri refunfuña en su asiento, se queja de todo. Del tráfico, de los asientos incómodos, del sonido de las calles, de lo mucho que odia a Victor Nikiforov, de lo mucho que quiere retorcerle el pescuezo.

Al llegar a su departamento Yuri se baja con prisa.

Como mínimo espera que sea Victor el que pague el taxi, y se sube al ascensor sin esperarlo.

Un par de minutos después están ya frente a la puerta y Yuri le obliga a girar el rostro para que no vea la clave de acceso.

Cuando entran, Victor se quita el abrigo y lo coloca en el perchero. Yuri arroja por doquier su chaqueta y su corbata.

—Bien, ¿Qué quieres hacer? ¿Quieres coger? —le pregunta Yuri, girándose y mirándolo.

—No así.

—Así es como lo hacen las putas. Soy una, ¿Recuerdas? ¿La peor de todas?

—Lo siento, Yuri. No quise decirte eso ayer. Yo… no sé en qué pensaba. Te imaginé con Otabek Altin… y… morí.

—No mientas. Odio a los que mienten.

—Entonces debes odiarte.

—Sí, y mucho. Ahora, ¿Abro las piernas ya? ¿O te la chupo primero?

—Deja de comportarte así, por dios.

—¡Dijiste que era una prostituta!

—¡Lo siento! ¡Te acostaste con Otabek! ¡¿O no?! ¡Te dije que me gustabas y te acostaste con otro hombre! ¡¿Cómo debía llamarte?! ¡¿Cómo debía sentirme?!

—¡No debías sentir nada! ¡Imbécil! ¡Yo no te pertenezco!

—¡Esto es tan estúpido! ¡Y tú eres tan idiota!

—¡Sí! ¡Eso! ¡Moléstate! ¡Enójate! ¡Grítame y golpéame! ¡No soporto esto! He estado divagando entre tu voz y tus malditas rosas desde hace dos días, ¡No lo soporto!

Victor lo mira.

Yuri se gira.

Dos días como zombi para alguien tan vibrante como él provocan un cúmulo precipitado de emociones y palabras en su pecho.

—No lo soporto… —le susurra, y aquello que más odia hacer, lo hace. Llora.

Entonces Victor se le acerca, se coloca tras él y roza sus manos con las de Yuri.

—No llores… —le pide, pero Yuri es un mar justo ahora. Uno caótico—No quería hacerte llorar.

—Me llamaste «Puta».

—Lo siento.

«Prostituta», dijiste.

—Yuratchka… no era yo.

—¿Quién, entonces?

—Me vuelvo idiota, torpe y brusco con las cosas que me gustan.

—Con Yuuri Katsuki no eres así. Él duerme con otros y no eres así.

—Quizá con él no puedo. No sé cómo reaccionará si me enfado. Siempre ha sido frágil, dependiente de halagos. Se esfuerza, pero siempre necesita apoyo.

—¡¿Y yo qué?! ¡¿Yo no?!

—Ya habíamos pasado la parte en la que admito convertirme en un estúpido cuando se trata de ti.

—Sí… me diste la mitad de tus acciones sin siquiera conocerme bien. Eres realmente estúpido y lo sé desde el principio… —le dice Yuri, casi riéndose mientras se seca un poco los ojos con la manga de su camisa.

Ambos se miran.

Hay un mundo allí.

Uno entero.

Completo.

Quizá incluso hasta perfecto.

—También soy estúpido… —admite Yuri, esquivando su mirada—. Le tengo miedo… a esto. Cuando Otabek me besa a oscuras y me empuja de día y ya me he acostumbrado y ya casi no duele. Pero tú dices algo y lo pienso por horas, por días… no puedo olvidarlo porque duele y fastidia como mil infiernos juntos.

—Recuerda esto… —le dice Victor—. Me gustas… —le susurra—. Me gustas mucho.

—Ya me dijiste eso.

—Lo diré de nuevo. Me gustas.

—No.

—Me gustas.

—Para ya. No es gracioso.

—Me gustas.

—No te pases de listo, Victor Nikiforov.

—Te quiero.

—Cállate…

—Eres eléctrico y vibrante. Tus ojos son exquisitos. Tu boca es tan bonita. Cuando sonríes… dios… no sabes lo precioso que eres cuando sonríes. No tienes ni idea… de lo mucho que quiero besarte y ser yo el dueño de todo eso. De todos esos universos que creas. De toda esa alma chispeante, explosiva y mortífera. Eres letal. Así de sencillo. Mortal y fatal.

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«¿Qué pasa con tu esposo y con mi amante?».

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Quiere preguntar Yuri, pero se calla y teme.

Entonces recuerda que con Otabek siempre lo hace. Calla cualquier duda, cualquier queja, cualquier grito y cualquier disgusto y desplante.

Se promete que con Victor no. Nunca.

—¿Qué pasa con Yuuri? —le pregunta, y Victor sonríe, ve una oportunidad en esa pregunta. Ve un «También te quiero»—. ¿Qué pasa con Otabek? ¿Te has puesto a pensar en eso?

—No.

—¿Por qué?

—¿Acaso lo valen?

—¡Sí! ¡Otabek, sí! Él es…

—Sí. Supongo que yo también podría ponerme a recordar las cosas buenas de Yuuri. Pero sé que eso te incomodaría, así que… ¿Por qué me recuerdas tú las cosas buenas del hombre que sí te trata como el revolcón de turno? Yo te insulté, pero con palabras, no con actos. Y a él si lo perdonas, ¿No?

Yuri suspira.

—¡Está bien! —le dice—. No Otabek. No existe. No hablaremos de él.

—De acuerdo… —le dice Victor, casi sonriendo—. Entonces no Yuuri. No existe. No hablaremos de él.

Con esas reglas, ese patrón, ese mantra, con ese intento de pauta, se besaron al fin.

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Publicado por ArikelDT

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