Yūrei: Prólogo


.

.

En el antiguo Japón existió alguna vez «Yami-Mizūmi», El Lago Oscuro, dios de los sueños y de lo eterno.

Se dice que sus ojos guardan todos los colores del universo, y que su voz profunda hipnotiza a los seres vivos, los enloquece y los hunde en el olvido.

Una leyenda japonesa narra la historia de un joven guerrero samurái, fuerte, valiente, de corazón puro y moral recta, cuyo único amor perdió abruptamente la batalla contra una mortal enfermedad.

Durante años, el joven guerrero, destrozado por su pérdida, se abandonó a sí mismo en el caos y la miseria.

Pobre, sucio, ebrio y tambaleante, un día, en medio de la calle, escuchó a una anciana pobre contar aquella peligrosa creencia.

Decía la anciana que El Lago Oscuro tenía el don de hacer realidad el más profundo de todos los anhelos del corazón de aquel que jugara el «Jū-Shō» o las Diez Victorias.

Durante dos días, el arruinado guerrero meditó en silencio la posibilidad de que aquella creencia fuera cierta, dándose cuenta que aún si no lo fuera, él ya no tenía nada que perder.

Su corazón palpitaba débil y adolorido con un solo anhelo desde su trágica pérdida.

Ver a su esposa una vez más, abrazarla y besarla, era un sueño que a veces podía vislumbrar mientras dormía.

Podía verla sonreír y podía verla asear la casa. Podía verla mientras se peinaba y podía esconder su rostro en la curva de su cuello, allí en donde el mundo se evaporaba y solo existían ellos.

Supo, al pensarlo, que si hubiera una forma, aunque sea terrible, de verla de nuevo y tenerla entre sus brazos, él la intentaría.

Así que se preparó, y días después, jugó el Jū-Shō, ganó, y su anhelo más profundo fue concedido.

Su amor volvió de entre los muertos bajo la intimidante luna llena. Despertó en su tumba, y arañando la tierra salió de ella, para luego empezar a caminar por el bosque rumbo a su hogar. Sus pisadas crujían con lentitud y sin prisas, uno a uno, cada paso parecía más lento que el anterior.

El pobre guerrero esperó pacientemente en la puerta de su cabaña hasta que la vio acercándose a lo lejos.

Vio el cabello negro de su amada ondear en el viento. Escuchó su llanto y su dolor, aquellos quejidos y gritos lastimeros que el viento insistía en repetir y multiplicar como si fueran mil almas las que se aproximaban, y no solo una.

Así, poco a poco, ella estuvo más y más cerca.

Las manos del hombre temblaron al ver las uñas de su amada casi rotas, manchadas de tierra. La piel se le erizó al oírla respirar tan dificultosamente, como si estuviera enferma.

Al tenerla frente a él y ver por fin las cuencas de sus ojos negras y vacías, el cuerpo podrido y la sonrisa nauseabunda, él supo que el amor no bastaba y que no era suficiente para poder estar junto a ella por siempre.

Para estar juntos de nuevo, hacía falta más.

Fue así como él le entregó todo sin remordimientos.

Cuenta la leyenda que ellos vagan por los bosques, tomados de la mano, con las cuencas de sus ojos negras y vacías, los cuerpos podridos y las sonrisas fétidas. Paso a paso rondan entre las sombras de los árboles bajo la noche que todo lo cubre y todo lo oculta, lloran por la luz del sol que perdieron y que no volverán a tocar. Gritan por la piel que se les cae a pedazos y por el viento frío que los azota.

Ropas roídas.

Cabellos enmarañados.

Figuras espectrales que habitan el mundo y que dan paseos incomprensibles alrededor de los árboles, esperando en los caminos abandonados y observando la luna, esperando a que se oculte para poder recorrer los sembríos sin ser vistos desde las cabañas.

A veces, los agricultores los oyen gritar en medio de la oscuridad. Las mujeres dejan en las puertas de sus casas cuencos de arroz para la pareja, de esa forma, sus animales no son destazados y sus hijos no son raptados.

Los ancianos contaban la historia a sus nietos para que siempre tuvieran cuidado y nunca anduvieran fuera de casa en horas nocturnas.

Los adolescentes de entonces, tal como los de ahora, a veces no escuchaban. A veces, veían a la historia como algo temible, pero al mismo tiempo, romántico. Quizá una muestra más de que en nombre del amor se hacía muchas cosas. A veces loables, a veces no tanto. A veces eran innombrables, terribles e inimaginables.

Al final, la historia se convirtió en un cuento viejo que perdió efectividad contra el tiempo, y más aún, contra el arribo del occidente a las fantásticas tierras del sol naciente.

Actualmente, la leyenda reside en colecciones guardadas en los museos junto a dibujos tétricos, como los del Templo de Zenshō-an en Tokio.

Lamentablemente, de alguna manera que desconozco, mi querido hermano mayor supo de aquella leyenda.

Los kilómetros que separaban nuestro hogar del viejo Japón no fueron un impedimento para que la idea taladrara en su cabeza poco a poco, y se asentara allí como una bacteria.

Una bacteria que fue comiéndose su cordura y su temor a dios, hasta, finalmente, acabar con su vida.

Aún recuerdo el día en que mi hermano llegó a casa, arrojó su maletín y su saco de vestir sobre el sillón y me miró sonriente y emocionado, la esperanza habitaba en cada centímetro de su expresión.

.

«¡Iremos a Japón!».

.

Me dijo.

.

«¡Iremos al bendito Japón!».

«Ya compré los pasajes, todo está resuelto».

«Me dieron el empleo».

.

Asentí al escucharlo.

En ese entonces yo era menor de edad, él era mi apoderado legal. A donde él fuera, iba yo, y adonde ambos fuéramos, nos seguiría ella, mi cuñada. O al menos, sus cenizas oscuras reposando tranquilamente en aquella vasija blanca.

.

«Iremos a Japón, mi dulce amor».

.

Repetía mi hermano, paseándose por su habitación una y otra vez y empacando todo lo necesario mientras observaba una de las tantas fotografías de su esposa.

Él era joven y tenía el mundo a sus pies, pero había estado destrozado en todos los sentidos posibles desde que ella nos había dejado

Era inocente y puro, solo había conocido la felicidad y el amor. No tenía idea de nada.

Por desgracia, mucho menos yo.

Han pasado ya diez años desde aquello.

Desde entonces, guardo las cenizas de mi hermano junto a las de su esposa en un pequeño altar en el departamento que me heredó en Japón.

.

«Suicidio».

.

Dijo la policía, y yo le creí por completo.

Hoy, el calendario señala «20 de agosto del 2019».

Es lunes y el sol apenas acaba de ocultarse.

Por la mañana, muy temprano, Hiroko Katsuki, una mujer japonesa de rostro amable y maneras discretas, vino a mí y me habló de su amado hijo.

Me rogó que lo buscara.

Me ofreció muchas cosas a cambio de encontrarlo, o por lo menos de intentar hacerlo.

Lloró frente a mí y su corazón se quebró por completo.

Yuuri Katsuki, su hijo menor, había desaparecido hace casi una semana. Hiroko trajo con ella varias fotografías suyas desde distintos ángulos, me dijo que se las mostraba a los transeúntes e incluso a los extranjeros que hacían turismo por la ciudad o que tan solo estaban de paso, se las mostraba y ellos negaban.

Los conocidos le tenían lástima, los extraños le daban esperanza.

Ella estaba destrozada.

Cada centímetro de su rostro apagado y cada mirada suya me decían lo arruinada y agotada que estaba.

Su esposo, el siempre sonriente Toshiya Katsuki, era un caso no muy distinto. También estaba destrozado, y por el día, se hundía en una mecedora fuera de la puerta de su casa. En ella, esperaba a su hijo Yuuri.

Esperaba verlo llegar caminando, sano y a salvo, sonriendo y saludándolo con una reverencia respetuosa, tal y como siempre hacía.

Yo le dije «No» a la petición de Hiroko.

Buscar a un muchacho joven aquí es difícil.

Demasiadas esquinas y demasiados árboles.

La tierra se traga a los jóvenes incautos y no deja ni sus zapatos como evidencia de que alguna vez existieron.

Ella rogó y se arrodilló.

Ver a una madre arrodillarse por su hijo es inaceptable, no debería pasar ni en éste ni en ningún otro lugar.

Así que, al final, acepté.

Un par de días después, ya había buscado a todos los amigos de Yuuri y había repasado su casa en búsqueda de cualquier pista y cualquier indicio.

Me aprendí de memoria cada esquina de su habitación y me leí infinidad de veces los últimos mensajes en su celular.

Había algo en Yuuri Katsuki, en su mirada, que me hacía negar cuando los policías decían que había arrancado el vuelo hacia Tokio, la ajetreada, contaminada y  ruidosa capital, en busca de un mejor futuro con costosas ambiciones.

Yuuri no parecía ser de ese tipo.

Su madre y su hermana, Mari Katsuki, juraban lo que yo sospechaba. Yuuri jamás se iría de casa sin decirle nada a nadie.

Los policías no eran de mucha ayuda, pensaban que ya no valía la pena buscarlo, no después de tantos días sin rastro alguno.

Aquí las cosas son distintas.

Quizá en otra parte del mundo la policía te busque, y te busque, y te siga buscando, y no archive nunca tu caso.

Aquí no.

Aquí, Japón se come vivas a las personas.

Se come su cuerpo, sus cosas, e incluso su memoria.

Quizá ése es el por qué Yuuri Katsuki dejó aquellas páginas escritas en aquel viejo cuadernillo.

Quizá quiso dejar una evidencia, algo similar a un camino de migajas, porque sabía que algún día, lejano o cercano, alguien encontraría el cuadernillo, lo leería y se enteraría de aquellos pequeños pero significativos secretos que tomaron residencia en su mente y se apoderaron poco a poco y por completo de su voluntad.

Quizá, con suerte, aquel que leyera les contaría a sus padres, Hiroko y Toshiya, toda la verdad sobre todo lo sucedido.

Y quizá, al final, aquel que leyera lograría entender sin juzgar.

.

.

Publicado por ArikelDT

☆ 1-6-96 ☆ Multishiper . ○●○ Amante del misterio, de las emocionas a flor de piel y de las memorables tragedias románticas. Enamorada del arte, de la música, de los versos y de los minutos de silencio. Puedo ofrecerte libros que hablan de corazones sedientos, con vidas vibrantes, e historias, a veces, sangrantes. ○●○ .

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Primeros pasos
A %d blogueros les gusta esto: