Green light: Capítulo 1


.

.

«No quiero ser tu chica».
«No más».
«Solo quiero ver tu rostro en casa».
«Tú no puedes hacerme sentir bien».
«Así que decidí que…».
«No quiero ser tu chica».
«No más».
[Wet – Don’t wanna be your girl]

.

Despertó.

Y no tiene ni idea de cómo fue que lo hizo, pero cuando se dio cuenta, sus ojos, de un delicioso color café, ya estaban abiertos.

Su cuerpo estaba adolorido.

Entumecido.

Al igual que su mente.

El sonido del agua escurriendo le hizo levantarse de la cama e ir hacia la cocina, en donde se encontró con un joven y precioso Alfa de cabellos dorados y ojos del color de la selva.

—¿Yurio? —le pregunta Yuuri, esperando encontrarse con Victor y no con el primo de éste—. ¿Qué haces aquí?

Yurio lo mira, observa cómo Yuuri cubre su desnudez con la bata de dormir.

—Llegué hace poco y no quise despertarte, espera… ¿Dormiste desnudo? ¿Acaso quieres enfermar? Eres tan… —le dice Yurio, pero las palabras se le mueren en la boca. Cómo acusar a alguien de descuidado cuando él mismo casi empotra su auto contra otro justo antes de venir—. Como sea. Hice el desayuno, así que te lo vas a comer.

—Lo siento, Yurio, no tengo hambre.

—Seguramente. Pero, ¿Eso me importa? Yo creo que no. Yo creo que no cenaste nada ayer, así que necesitas comer. Al menos prueba algo de fruta.

Yuuri lo mira y asiente sin mucho ánimo.

Se sienta.

Luego duda.

—Oye… —le dice Yuuri, mientras recibe el tenedor que Yurio le alcanza para comenzar a probar la fruta picada—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Supongo que sí.

—Bien. Bueno… yo… quisiera…

—Solo dilo.

—¿Dónde está Victor?

Yurio lo observa unos instantes en silencio. Parece no entender.

Yuuri lee rápidamente sus expresiones y la forma en la que sus labios rosados se abren, se cierran, se aprietan, se relajan y se abren otra vez.

—Quiero decir, dónde está ahora… su cuerpo… —le dice Yuuri, bajando la vista y concentrándose en el pequeño plato blanco frente a él.

—Bueno… aún no ha salido de la clínica. Terminarán de… hacerle la autopsia, luego hay papeleo, luego nos lo entregan, luego nos despedimos. O algo así. Le pedí a Mila que se encargue de todo, tú no te preocupes.

Yuuri vuelve a asentir sin muchas ganas.

Entonces siente aquello.

Algo descendiendo.

—Perdón… —dice Yuuri, y se pone de pie con prisa, casi corriendo hacia el baño, todo ante la atenta mirada de Yurio.

—¿Tienes náuseas? Dime qué te preparo para eso y…

—¡Está bien! —le dice Yuuri desde el baño del dormitorio, cerrando la puerta cuando Yurio intenta acompañarlo—. Estoy bien, no te preocupes, solo… me dio un mareo…

Era mentira.

Pero fue lo único que pudo inventar mientras observaba el semen entre sus dedos. Semen que no era suyo, y que estaba escurriendo de un lugar que hasta ahora seguía algo adormecido y adolorido.

—Yurio… voy a darme un baño, ¿Sí?

—Claro. ¿No quieres un té o algo así? Digo, para los mareos y eso.

—Estaré bien. Puedes irte.

Yuuri se sorprendía de mantener tan bien la calma. Normalmente a solas él era una persona bastante fácil de lastimar y confundir.

Normalmente hubiera gritado y hubiera llorado escondido en el baño.

Pero ahora tan solo encendía la ducha y graduaba la temperatura del agua con calma.

Se demoró un buen rato allí mientras se limpiaba dos veces cada parte que aún sentía aquellos labios dulces que por la noche habían sido tan endemoniadamente salvajes.

Y se demoró aún más en lavar la base de su cuello, allí en donde la marca que Victor le había hecho permanecía intacta, sin signos de sangrado o dolor.

¿Cómo era eso posible?

Su Alfa había muerto.

Su pareja.

Su alma gemela.

¿Cómo era posible no gritar y retorcerse de dolor?

Normalmente el Omega de la relación moría al morir su Alfa.

Moría de dolor y de pena.

El corazón se le quebraba, se le secaba.

Todo él se marchitaba.

Está pensando en eso cuando de pronto, al enjuagarse el acondicionador, emite un quejido suave.

Allí hay dolor.

No en el lugar esperado, pero sí debe reconocer que es una sensación casi deseada. Una que le hace sentirse vivo, despierto y consciente.

Al volver a palpar la zona descubre una pequeña hinchazón casi imperceptible entre su cabello.

¿Acaso se había golpeado con algo anoche?

Eso explicaba la visión o sueño que tuvo con Victor, pero no explicaba mucho las pequeñas manchitas rojizas que descubrió entre sus piernas y sobre la piel de sus caderas, producto de los besos y mordiscos de lo que sea que haya pasado anoche y que duró hasta bien entrada la madrugada.

.

«¿Qué está pasando Yuuri? ¿Qué rayos está pasando?».

.

Se pregunta a sí mismo, mientras coloca su frente sobre los azulejos del baño para intentar refrescar sus pensamientos.

Pero no lo consigue.

Los recuerdos de cada jadeo grave y profundo retumban en sus oídos, al igual que la sensación hormigueante de aquellos labios insaciables.

Y aquellos ojos.

Ojos peligrosos.

Amenazantes.

Ojos pintados de un azul dominante, vibrante, casi electrizante.

—Es una estupidez… —decreta Yuuri, y apaga la ducha para luego salir de ella molesto y el doble de confundido.

Después de secarse, vestirse y peinarse, sale por fin hacia la sala, allí en donde Yurio prepara algunos aperitivos junto a Mila Babicheva, su asistente en la empresa.

—Llamé a Mila por un rato… —le dice Yurio, mirándolo fijamente y estudiándolo—. Si necesitas estar solo, nos iremos.

Yuuri niega en silencio.

—Lamento mucho su pérdida señor Katsuki, de verdad, el señor Nikiforov era un hombre asombroso… —le dice Mila a Yuuri, mientras le da un abrazo suavecito y un beso en la mejilla—. Señor, al parecer vendrán muchas personas… ¿Desea que avise que no está disponible?

Yuuri vuelve a negar.

Está seguro de poder hacerlo.

Apenas unos minutos después, cuando el reloj recién marca las siete en punto de la mañana, el timbre de la puerta se deja escuchar.

Mila se apresura a abrir a pedido de Yuuri mientras él se arregla un poco el cabello, el traje negro y la corbata, y Yurio sigue haciendo algo en la cocina.

—Yuuri… —dice el recién llegado, acercándose a él y abrazándolo efusivamente, casi estrujándolo—. Los demás vendrán pronto, todos quieren venir a saludarte. No hables sobre el testamento ni sobre alguna otra cosa, yo me encargo de todo. Hablaremos de eso en una reunión con los accionistas. Pero tú no irás, yo lo haré. Por cierto, el entierro será éste domingo a las ocho en punto en el mausoleo familiar. Victor me mencionó el plan que tenían de ser cremados y arrojados al mar de Hasetsu, pero… entenderás que para alguien de su estatus eso no es…

—Ya cállate, anciano… —le dice Yurio a Yakov mientras coloca dos tazas de té en la mesita de la sala, una frente a Yuuri y otra frente al invitado—. Mila se encargará de eso, tú puedes despreocuparte. Además, Victor será cremado, sí, y… sí, sus cenizas estarán en el mar de Hasetsu tal y como él quería, es todo. No hay que hablar sobre eso. No ahora.

—Señor Plisetsky… —le dice Yakov, poniéndose de pie para saludarlo con la mano firmemente estirada—. La planeación de la lectura del testamento deberá ser para la siguiente semana. Todos los familiares de Victor deberán asistir, usted incluido, y…

—Mañana, Yakov, mañana… —le dice Yurio, mirándolo seriamente.

Yakov vuelve a sentarse en silencio frente a Yuuri, así que Yurio se va de vuelta a la cocina a seguir preparando lo que sea que esté preparando junto a Mila.

Pasan los minutos, Yuuri le da un sorbo a su té, y entonces Yakov se pone de pie y mira a la cocina por unos instantes, asegurándose de que los Alfas allí estén ocupados.

Luego se acerca a Yuuri y se sienta a su lado.

—No te preocupes por nada… —le dice Yakov, mientras pasa suavemente un brazo alrededor de su espalda y va frotando con su pulgar la zona, formando círculos lentos que van descendiendo hasta su cintura—. Yo me encargo… —le susurra, acercándose a su oído—. Déjamelo a mí. Verás que puedo ser muy bueno, y claro, seguiré trabajando para ti, ya que… por ahora… los ánimos están caldeados en la empresa y necesitarás todo el apoyo. Puedes contar conmigo, voy a apoyarte, ¿Está bien, Yuuri? ¿Sí?

Yuuri se aleja de su abrazo y se pone de pie para luego sentarse con calma frente a él.

—Lo siento, señor Feltsman, tenerlo así de cerca es horrible para mí. No puedo soportar el aroma de otros Alfas que no sean Victor, me parecen asquerosos y repugnantes, apestan a escoria… —le afirma Yuuri, arrugando un poco la nariz.

Yakov va a decirle algo más, pero Yuuri no lo deja continuar.

—Además, Victor ha muerto, es cierto, pero no veo motivo alguno para que usted deje de llamarme «Señor Katsuki» como cuando él estaba vivo… —le dice Yuuri—. Por otro lado, si está hablando de lo económico, pierda cuidado. Yo quisiera que los deseos de Victor se cumplan al pie de la letra, pero también entiendo que no sé de finanzas y que seré yo el dueño, no usted, por lo tanto… lo mejor sería dejarle lo de Victor a un accionista de la empresa, uno que sepa del tema. Después de todo, yo me iré a Japón al finalizar la cremación, y claro, me llevaré a mi esposo conmigo, a él y solo a él. Su dinero, sus papeles, sus acciones y todo lo demás… bueno, puede hacerse lo que a Yurio le parezca con todo eso, él es el otro importante según entiendo. Victor me dejó copias de cada modificación que hizo a su testamento a lo largo de estos cuatro años de casados, y créame, Yurio sabrá encargarse bien de las cosas que le tocaron.

—Claro… —le dice Yakov, y observa hacia la cocina, en donde Yurio lo observa fijamente con esos ojos de esmeralda fría y dura—. ¿Eso significa que estoy despedido?

—Eso significa que Yurio quizá sea su nuevo jefe, señor Feltsman. Si su eficiencia es la que usted mismo me afirma… entonces… no veo ningún despido… —le dice Yuuri.

Feltsman no sonríe.

Jamás se ha llevado bien con Yuri Plisetsky por la sencilla razón de que al ser éste tan joven, Yakov creyó que podría «Enseñarle» muchas cosas. O así es como le llamaba a intentar manipular sus decisiones y su trabajo.

Con Victor había sido distinto.

Victor había sido educado por sus padres y estos habían muerto cuando Victor ya se encargaba bien de todo. Cuando Yuri Plisetsky había perdido a su madre, la tía de Victor, a los catorce años, Victor lo había buscado. Le había dado la educación que le hacía falta y le había encargado a Yakov cuidarlo.

Lamentablemente Yuri y él jamás congeniaron. Temperamentos distintos y sobretodo ambiciones distintas los separaron.

Tener que trabajar ahora para Yuri era problemático.

Pero tenía algo a su favor, una última modificación que Victor le hizo a su testamento hace un par de días.

Una que Yuri Plisetsky había pedido anular y quería ocultar del mundo.

Entonces Yakov observa de nuevo a Yuuri.

Su bonita piel y sus ojos oscuros junto a ese cabello negro le hacen ver como una persona inalcanzable. Alguien que no se fijaría ni en sus peores pesadillas en él.

Cuando Victor le había pedido que le organizara una cita con aquel modelo, Yakov pensó en la suerte que su jefe tenía. Suerte que le hacía poder creerse lo suficientemente bueno como para pedir una susodicha cita. Suerte que él siempre estaba anhelando poseer.

Pero Yuuri Katsuki, el modelo inalcanzable que nunca había tenido una pareja conocida y cuya reputación era intachable, se había negado.

Cada rotundo «No» del modelo era un alivio para Yakov, quien había visto a Victor crecer con todos los lujos existentes y que ahora lo veía sufrir e insistir por uno de los caprichos más duraderos y bellos que él le hubiera visto tener.

Por su parte, Yuuri no tenía planeado aceptar nunca la invitación de aquel poderoso empresario ruso. Antes quizá, cuando no era un modelo tan conocido y apenas había llegado de Japón, hubiera tenido que aceptar.

La agencia de modelaje para la que trabajaba le había hecho tener numerosas citas, cenas e incluso le había hecho trabajar como anfitrión y como acompañante, teniendo que dar sonrisas, reverenciales agradecimientos y diversos favores a cualquier persona que quisiera gozar de ellos y pudiera pagarlos.

Después no.

Después logró fama y dinero, no en exceso, pero sí lo suficiente como para poder darse el lujo de decir «No».

Lamentablemente Victor era insistente. Demasiado insistente.

Yuuri esperó que el capricho se le fuera, como a otros en algún momento, pero al ruso de bellísimos ojos azules no se le iba.

Al final, y a regañadientes, Yuuri había accedido a tener un almuerzo con el multimillonario empresario después de meses recibiendo regalos y peticiones.

Hubiera podido quizá denunciarlo por acoso o algo así, pero… lo cierto es que Victor le parecía interesantísimo y sobretodo distinto a otros.

Yuuri sentía que esos otros lo veían como un trofeo. Un adorno que subes en una mesa y que luces frente a tus amigos. No un chico que ríe, llora y siente, sino un modelo de rostro bello, apariencia estoica, sonrisas suaves y comportamiento perfectamente perfecto.

Uno que dice siempre «Sí», y que posa, actúa, se mueve, y habla en la forma y la manera que a ti se te antojen, de la forma y la manera que a ti te complazcan.

Una muñeca bella y obediente.

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«Una puta ridícula que se ofrece y no da».

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Le había dicho uno de esos otros, intentando forzar lo que muchos habían tratado de obtener y que Yuuri había protegido con su vida.

Le importaba una mierda que lo despidieran.

Era modelo, no prostituta.

Habían contratos legales que le obligaban a vender su cuerpo y su apariencia, pero NO su castidad, NO su sexo, y eso lo dejó claro desde el primer día de trabajo.

Le parecía irreal que Victor Nikiforov insistiera tanto, normalmente, otros, ricos y poderosos acostumbrados a la obediencia y al triunfo, se molestaban de inmediato cuando Yuuri se negaba a ellos. Se ofendían TANTO que hasta negaban conocerlo o haber escuchado de él.

Yuuri sabía que Victor, a diferencia de otros que se habían encaprichado con él, estaba soltero y sin compromisos pasados o presentes. Y que según las revistas y periódicos, jamás se había interesado en absolutamente nadie, era de hecho muy despistado en esos temas y bastante desinteresado.

Jamás se había involucrado con nadie fuera de lo estrictamente necesario, y cuando alguien buscaba ser cercano a él afirmando que se habían conocido ya y que incluso habían conversado, Victor jamás lo recordaba.

Por un instante Yuuri se sintió especial ante la insistencia de Victor, pero antes de hacerse ideas decidió conocer en persona a tan extraño sujeto, así que aceptó.

Se vistió tratando de no arreglarse demasiado, e incluso se quitó los lentes de contacto que siempre llevaba y se puso los lentes de pasta azul que usaba en casa. También dejó de peinarse el cabello hacia atrás y optó por llevarlo sin peinar.

Quizá esperaba seguir como siempre. Seguir manteniendo ese corazón intacto y esa mirada melancólica.

Quizá le temía a lo especial que le hizo sentir el que alguien desinteresado se interesara en él, así que estaba dispuesto a desilusionarse en aquel almuerzo.

Lo malo es que, contrario a él, Victor se emocionó tanto que estuvo horas enteras comprando un traje nuevo, zapatos nuevos, corbata nueva, boutonniere nuevo, y… todo nuevo.

Todo debía ser perfecto, todo debía ser impecable, todo debía estar correcto.

Yuuri se había negado tanto que ahora Victor sabía que quizá por lástima había aceptado conocerlo, así que no debía echarlo a perder. Debía darle la mejor de todas las impresiones.

Pero al instante de verse sucedió lo inesperado.

Sus ojos se encontraron, aquellos de chocolate que eran dulces pero lucían casi siempre apagados, y aquellos azules como un cielo despejado que lucían siempre una gran honestidad cargada de una felicidad quizá exagerada, quizá falsa.

Yuuri se detuvo y se quedó congelado al sentir aquello.

Victor bajó la vista y sonrió, casi rió, con ternura, asombro y también algo de confusión.

Eso aterró a Yuuri, quien de inmediato salió corriendo de allí.

Eran destinados.

Almas gemelas.

Uno parte del otro y el otro parte de uno. Hechos para amarse y vivir entrelazados como una enredadera que trepa el árbol de la vida y lo consume.

Victor lo detuvo.

Yuuri se giró, lo miró.

Ambos agitados, asustados ante la revelación.

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«Quería que todo saliera perfecto. Lo siento. ¿Te asusté?».

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Le preguntó Victor.

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«No. Es solo que… es extraño. ¿Tú lo sabías?».

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Le preguntó Yuuri, y Victor se rió y negó en silencio.

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«Si lo hubiera sabido probablemente no hubiera pedido una cita, hubiera pedido tu mano sin rodeos, y hubiera rogado que aceptaras».

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Le dijo Victor, y Yuuri lo miró atentamente, intentado leer todos sus pensamientos.

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«¿Hubieras querido que buscara tu nombre en internet y me diera cuenta del buen partido que eres, y al saberlo aceptara casarme?».

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Le preguntó Yuuri, con la mirada seria y la voz dura.

Victor se quedó sin palabras. No había pensado en eso.

Entonces Yuuri se rió, se acercó apenas un poco más a él y le susurró.

.

«No soy ese tipo de persona, Victor».

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No. Yuuri no era ese tipo de persona.

Lo demostraba al haberse casado en una boda sencilla y privada. Al vivir en un departamento sencillo. Al comprar solo la ropa necesaria sin importar que fuese de marca, y al conservar los regalos que recibía de sus admiradores y de las empresas con las que trabajaba, usándolos de ser necesario, ya que…

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«Nada debe ser desperdiciado, Victor, por dios. No tiraré a la basura el collar de diamantes de aquel árabe, pero tampoco lo usaré, ¿De acuerdo? Así que lo venderé y ahorraré el dinero. O mejor aún, lo donaré al orfanato de Hasetsu, ¿Está bien, amor? Y por cierto, ya te vi viendo tiendas de joyas en internet, no te atrevas. Si quieres hacerme un regalo… haz hoy la cena, te enseñé a hacer Katsudon, ¿Recuerdas?».

.

Yuuri era la clase de hombre que antes de conocerlo lo deseabas, lo anhelabas y lo soñabas.

Y que al conocerlo simple y llanamente todo eso se multiplicaba.

O eso pensaba Yakov ya que él no veía a Yuuri, sino que veía al chico de hombros perfectos y caderas dulces que muy pocas veces se dignaba a mirarlo y que gemía como los dioses cuando tenía sexo con Victor.

Yakov veía al Omega que nunca se interesaría en él, nunca abriría sus piernas para él y nunca gemiría para él. Veía al Omega que nunca sería suyo a no ser de que lo tomara.

Y ahora Victor no estaba. Estaba muerto y pronto enterrado o quemado.

Pero Yuri Plisetsky, el Alfa indomable al que todo el mundo escuchaba y obedecía antes incluso de que la orden terminara de ser dicha, ése sí estaba, y estaba más vivo que nunca.

—¡Yo voy! —la voz de Mila se escucha desde la cocina, y solo entonces Yakov deja de mirar a Yuuri, quien se pone de pie.

—Yo lo hago, Mila, no te preocupes… —le dice Yuuri a la chica, quien asiente y sigue cortando algo de queso para hacer bocadillos.

Entonces Yuuri se aproxima a la puerta, la abre y el flash de un celular le enceguece los ojos por un instante.

—¡Hola, Yuuri! —le saluda Phichit, mientras teclea algo rápido para luego lanzarse a sus brazos—. ¿Cómo estás? Estuve posteando muchas cosas en Twitter pero no respondiste nada, ¿Todo bien? ¿Se te descargó el celular?

Yuuri le sonríe apenas un poco.

Phichit es el esposo de uno de los accionistas de la empresa de Victor, o mejor dicho de uno de los ex accionistas.

—Katsuki… —le dice Celestino Cialdini, ingresando al departamento y dándole una palmada en el hombro—. Nunca había venido a tu casita, ¿Victor vivía aquí? ¿No es muy pequeño?

Yuuri coloca una sonrisa suave y forzada en su rostro, es experto en fingir una y aún más experto en ser amable sin importar la situación.

De pronto demasiada gente ingresa por la puerta, al parecer se han reunido y han acordado venir todos a la misma hora.

Mila entrega los bocadillos a todos aquellos que van buscando un lugar entre los sillones. Yuuri abraza a cada uno de los invitados y escucha atento sus deseos de calma y su sentido pésame.

Al finalizar se reúne un segundo con Yurio en la cocina para poder lavarse las manos y enfriárselas un poco, se siente agotado a pesar de que el día apenas ha comenzado.

—Los buitres se han reunido… —susurra Yurio mientras le alcanza un vaso con agua—. En cuanto te sientas cansado debes decirme, los echaré a todos. Odio ésta clase de cosas, en lugar de facilitarle la vida al deudo del fallecido, se la complican y lo cansan.

—Han venido a acompañarme en mi dolor, Yurio. No puedo echarlos así sin más, a veces incluso las personas que acompañan al deudo ayudan en los gastos y demás quehaceres.

—Ése no es tu caso. Deja de defenderlos, y dile a tu amigo Phichit que deje de tomarme fotos o le rompo el puto celular.

—Se lo diré… —le dice Yuuri, recibiendo una palmada suave en la cabeza junto a una caricia torpe en el cabello—. Eres menor que yo, Yurio, así que no te compadezcas de mí, por favor, no te ablandes,  te necesito fuerte.

Yurio asiente y le sonríe, entonces Yuuri toma aire y se dirige a reunirse de vuelta con sus invitados en la sala, pero mientras camina hacia ella observa una figura sentada en el alfeizar de la ventana.

Es Victor, con el rostro triste, la camisa impecable, el pantalón planchado y los zapatos brillantes.

Yuuri baja la vista de inmediato, respira profundamente y se sienta junto a Phichit, intentando ignorar que Victor camina hacia el dormitorio con pasos tranquilos que resuenan solo para sus oídos.

—Te decía que estoy tan triste… —le dice Phichit a Yuuri, buscando un tema de conversación—. Estoy tan…

De pronto, Yuuri observa a sus invitados emitir quejas suavecitas. Algunos toman sus tés con prisa, y es que un frío inmenso se ha instalado en el departamento, uno que les hace tiritar y sentirse mareados.

—Quizá ha venido a despedirse… —susurra Georgi Popovich, uno de los hombres cercanos a Victor—. Es normal.

Después de unos minutos de té caliente, el frío se va y los mareos también.

Yuuri observa la puerta del dormitorio en silencio mientras escucha todo lo triste que su amigo Phichit está por él, pero Yuuri apenas le presta la atención suficiente. Está debatiéndose en si hoy le suplicará a Yurio que se quede a dormir con él, o si mejor se irá él al departamento de Yurio.

O si quizá esperará a solas al anochecer, cuando Victor pueda venir a hacerle el amor y a decirle que todo es un sueño, y que nada es real.

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Publicado por ArikelDT

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