Por el amor de amar: Capítulo 8


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«Te quiero».

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Susurra mi mente en silencio.

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«Te quiero tanto».

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Le digo, a su corazón palpitante.

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«Tanto que muero».

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Sus ojos cerrados y sus labios dulces me invitan. Veo el final de mi vida en la punta de sus pestañas y, seguramente, también en la punta de su lengua.

Entonces sucede.

Yuuri abre los ojos al fin, y me mira.

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«He muerto».

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Todo latido, toda razón, todo sentido, han muerto.

—Te amo… —le digo, y él se deja caer de rodillas, cubre su rostro con sus manos y llora aún más—. Quieres… quisieras tú… Yuuri, ¿Quisieras ser mi pareja? ¿Por favor?

Yuuri ríe.

Caballos salvajes y furiosos viven en su corazón y se precipitan en el mío, mientras mi rostro encendido resiente el frío nocturno que nos rodea.

Él me mira, con esos ojos tan bonitos y tan puros. El aire le falta y se siente morir, pero yo no se lo permito. Me arrodillo frente a él, lo miro directo a los ojos, le sonrío y, poco a poco, él se abraza a mí.

Su corazón palpita en mi pecho.

Su sangre vibra entre mis venas.

Su amor cálido y sediento nace en lo más profundo de mí, de mi alma y de mi cuerpo.

—Te amo… —le susurro, abrazándolo con toda la dulzura y suavidad posibles—. Sin ti… —le digo, y tomo su rostro entre mis manos para que me mire—. Sin ti me muero.

Yuuri asiente, sé que siente exactamente lo mismo.

—Te amo… —me dice, con su voz que tiembla y sus ojos tristes—. Y sin ti… me muero.

Yo sonrío, saco el anillo de mi bolsillo, se lo coloco, le doy un beso a su precioso dedo, y vuelvo a abrazarlo. Ésta vez con más fuerza.

Quiero que recuerde siempre en todo momento que estos brazos lo sostuvieron una noche, por un instante, y que fue lo más precioso, lo más valioso, y lo más dulce, que alguna vez yo tuve.

Quiero que algún día, cuando yo ya no esté, él recuerde mi tacto, y que recuerde la fuerza de éste abrazo. Y que sepa que lo quise así de fuerte, así de terrible, así de extraño y así de bello.

Porque justo ahora, yo daría todas las vidas de todos los vivos, por él. Daría mi paz, mi cordura y mi sensatez, por él.

Entonces, comprendo que estamos muertos y acabados, y me pregunto, ¿Es así como se siente amar?

¿Se siente morir?

¿Se siente gloria y se siente fuego?

¿Se siente extraño, y terriblemente completo?

—¿Hemos muerto ya? —me pregunta Yuuri, y yo le sonrío y niego.

—Poco a poco, Yuuri… —le digo—. Éste amor mata poco a poco.

Qué equivocado estaba, pues «Poco a poco» era una farsa dicha por alguien cualquiera que no sintió lo que sentimos y no vivió lo mismo.

Una mentira piadosa, quizá.

Una, que embellecía y atenuaba una verdad que avanzaba como un tifón danzando sobre el caos, sin aviso y sin remordimientos.

Al final, fue así como la noche se instaló por completo allí, y el inmenso laberinto de abetos se vio suavemente iluminado por las doradas luces de las farolas.

Recuerdo que cuando era pequeño y jugaba hasta muy tarde en estos verdes caminos, lucían solitarios y silenciosos. Ahora, sin embargo, caminar junto a Yuuri espolvoreaba esa soledad y ese silencio con una extraña y bella comodidad que me hacía sentir relajado y a salvo.

Cuando salimos de ahí, algunas de las personas que había en el jardín, nos vieron. Se quedaron en silencio al vernos, y yo supe que, ahora, Yuuri era peligroso para ellos. Supe que lo veían como una amenaza mortal.

Para suerte mía, no vi en aquellos ojos ajenos odio, ni deseos de acabar con él. Lo único que vi fue miedo, y por ahora, eso era un alivio.

Yuuri trataba de entender aquello. Trataba de entender mis pensamientos, razonamientos y planes. No dijo nada y solo caminó junto a mí, tomando cierta distancia, y alejando mi mano de la suya apenas un poco, lo suficiente como para que me diera cuenta de que él quería caminar solo, sin que mi tacto lo guiara.

Lucía calmado, pero cansado. En el fondo, yo sabía que estaba realmente aterrado, así que, inconscientemente, traté una vez más de acercar mi mano a la suya.

Grave error.

Yuuri se alejó todo lo que pudo, dejó que avanzara sin él y se mantuvo detrás de mí, como una sombra, y ya no a mi lado, como un acompañante.

Así que el panorama escénico era éste, lágrimas secando en sus mejillas, y yo luciendo miserable.

—Victor… —me llama Otabek de pronto, y yo detengo mis pasos—. ¿Puedo hablar contigo?

Yo asiento, y dejo que Yuuri siga su camino acompañado de los dos Deltas de su escolta que nos esperaron fuera del laberinto, mientras Otabek empieza a caminar en dirección contraria conmigo junto a él.

Quizá mi silencio es sospechoso, y quizá mis ojos aún tienen rastros de dolor, así que trato de ocultarlo esquivando su mirada, y observando a todos lados menos al suyo.

—He notado que Katsuki y tú se han hecho muy cercanos… —me dice, deteniéndose junto a una de las fuentes de agua—. Sé que no quieres forzarlo a entregarte un óvulo suyo, y que por eso te ganas su confianza, pero… me temo que pareciera que él también se gana la tuya.

—¿Y? —le pregunto, intentando apresurar la conversación—. Eso hacen los amigos, Otabek. Tú y Yura son amigos y esposos ahora, ¿No? Supongo que entregarán y recibirán confianza recíprocamente.

Él me mira como si no creyera mis palabras, casi por un segundo, puedo ver incredulidad y molestia en su mirada.

—No te hagas el tonto conmigo, Victor… —me dice, y su voz, usualmente tranquila, se hace dura y amenazante de pronto—. Lo tuyo con Katsuki es distinto de mil maneras, empezando por el hecho de que Yura no es mi pareja biológica. Esa es la principal diferencia… —dice, y al notar a una pareja paseando cerca, baja su tono—. Solo te estoy advirtiendo. No pierdas el norte por alguien como Yuuri Katsuki.

—No me insultes, Otabek.

—Yo no…

—Claro que sí. Si hablas de él, hablas de mí. Lo sabes… —le digo, encarándolo al fin—. Además, si soy cercano a Yuuri o no, eso no te afectará en nada. Ni a ti, ni a tu posición.

—Me afectaría si te descuidaras, perdieras tu batalla, y te dejaras vencer por impulsos carnales… —me dice—. Si lo fecundas naturalmente, resultarás afectándonos a todos y lo sabes. Pero ni siquiera te advierto por ese motivo, lo hago como amigo tuyo, Victor. No deposites tus afectos en alguien como él. Es un desperdicio, no te desperdicies.

—Te respeto, Otabek, y te admiro… —le digo, con toda sinceridad—. Es por eso que te diré esto de la manera más amable posible. Cierra tu puta boca, y no te acerques jamás a Yuuri.

Conozco a Otabek de hace mucho. Conozco sus reacciones y sus actos, sé lo que puedo esperar de él.

—¿Es una amenaza? —me pregunta.

—Es un consejo… —le digo, y cierta pizca de raciocinio me ayuda a formular mejor mis palabras—. Si lastimas a Yuuri me lastimas a mí. Para mí, mantenerlo a salvo no es un capricho estúpido, es más una necesidad. Le he encontrado una utilidad a nuestra conexión, deberías alegrarte por mí, y no poner en duda mi cordura. Yuuri Katsuki nos es útil, sus óvulos lo son. Tantos años a tu lado, y en serio, realmente me ofende que dudes de mí, Otabek. No vuelvas a hacerlo.

Me alejo de él sin esperar una respuesta suya, sé que no he logrado convencerlo por completo, después de todo, es un Gamma. Al igual que los Delta, está hecho para dudar de otros géneros y no confiar en ellos.

Al llegar a la habitación, lo primero que hago es buscar a Yuuri, debemos hablar sobre esto, sobre Otabek, sobre lo que podría pasar a partir de ahora.

—No sé qué decirte, Victor… —me dice Yuuri, sentado al pie de la cama y observándome—. ¿Qué vamos a hacer?

Tampoco yo sé qué hacer. Yuuri espera mi respuesta, pero al ver que no tengo una, me dice lo que opina.

—El problema aquí es… que caigas por mi culpa, ¿Verdad? —me pregunta, y yo me siento en un sillón cercano sin perderme ninguna de sus expresiones—. Entonces… si tú  no cayeras…

—Pero ya caí.

—Ellos no lo saben… —me dice—. Lo sospechan, quizá, pero no tienen forma de asegurarlo, ¿O sí?

—Supongo que no… —le digo, pensándolo bien—. Aunque el beso que vieron quizá…

—Un juego… —afirma Yuuri—. Victor Nikiforov es centrado y apuesto. Tiene necesidades y diversiones. Jugó conmigo. Eso es lo que todos sabrán.

Los pensamientos de Yuuri llenan los míos y yo le sonrío.

—Mi corazón estará roto mañana… —me dice, sonriendo también—. Me aseguraré de hacérselo saber a Yurio, él podrá decírselo a Otabek y así te dejará en paz.

—¿Qué dirás? —le pregunto.

—No lo sé. Le diré que me hiciste ver tus verdaderas intenciones, que eres cruel y frío conmigo, y que me usaste desde el principio. Que jamás te importé, y que besarme fue… completamente desagradable.

—Eso no es cierto.

—Ellos deben creer que sí, Victor, por favor.

—Bueno… —le digo, accediendo. Después de todo, no puedo negarme a Yuuri—. Pero… ¿Cómo fue?

Yuuri ríe. Me invita con su mirada y yo no pierdo un solo segundo. Me acerco de inmediato y beso sus manos.

—Fue asombroso… —me confiesa Yuuri, y mi corazón brinca emocionado—. ¿Puedo tener uno más? Con un poco bastará.

Mi sonrisa se ensancha y trato de borrarla al instante, no quiero que Yuuri bese mis dientes, sino mis labios, así que me pongo serio y tomo su dulce rostro entre mis manos.

—Estás preocupado… —me dice Yuuri, colocando la palma de su mano sobre mi corazón—. No debes temer. Mañana fingiré y mentiré bien.

—Lo sé… —le susurro, acariciando sus mejillas y peinando los mechones desordenados de sus cabellos húmedos después de su reciente baño—. Te traje a un nido de serpientes, y lo siento tanto.

—Si tú puedes vivir aquí, yo también.

—Antes podía, era una de ellas… —le afirmo—. Antes… yo pensaba que eras… tan poco… y lo lamento.

Yuuri asiente y se acerca más a mí, posa sus labios en la comisura de los míos y puedo sentir su piel fría y suave.

—Caliéntame… —me susurra.

Idiota de mí que piensa que es una petición para que juntos hagamos el amor, algo que, inmediatamente, Yuuri niega.

—Estoy cansado, Victor… —me dice, acariciando mi rostro—. Y aún estoy adolorido por… lo que ocurrió con… aquel hombre. Lo siento, solo quiero dormir contigo, es todo.

Yo asiento, y le doy un rápido beso en la frente, él vuelve de regreso bajo las sábanas y me observa mientras me desvisto.

Quizá es mi nerviosismo, o mi miedo a no agradarle, sea lo que sea, detengo mis manos y me llevo mi pijama al baño. Allí termino de desvestirme con calma, cepillo mis dientes y lavo mis manos y mi rostro. Al observarme en el espejo, me doy cuenta de un par de cosas.

La primera. Tengo arrugas.

La segunda. Me hace falta ejercicio.

La tercera. Estoy jodidamente hermoso a pesar de todo eso.

Al volver con Yuuri, él observa mi gran sonrisa con detenimiento. Sabe lo que estoy pensando, y rápidamente me dice lo que piensa él.

—Quiero bajar de peso antes de acostarme contigo… —me dice, tratando de que su voz no tiemble y su rostro no se encienda—. Descuidé el ejercicio, y lo lamento. Mamá tiene manos mágicas, todo lo que prepara es capaz de satisfacer, pero no de hartar, y abusé un poco de eso cuando el cumpleaños de Yurio se acercaba. Ella practicaba unos bocadillos raros, y yo me ofrecí como catador. Lo lamento.

Mi rostro debe ser indescifrable justo ahora. Yuuri espera una respuesta, y no sé qué decirle.

—Iré a ejercitarme a partir de mañana… —le digo—. Y… bueno, mi madre tenía unas cremas asombrosamente útiles para las arrugas, las compraré. Lamento mucho haberme descuidado.

—Pero… tú estás perfecto, Victor.

—Eso creía pero… si es importante para ti, entonces… entiendo, puedo hacerlo, además… supongo que tienes razón, ya no soy tan, tan, tan… joven. Y sí hay unas pequeñas, muy pequeñas bolsitas oscuras bajo mis ojos… y quizá no tengo un abdomen tan, tan, tan… tan firme. Supongo que…

—Eso no es así, abre los ojos, Vitya, por favor. Eres tan hermoso y tan benditamente atractivo. Tu manera de mirar es… y tu voz… y tu porte… y la forma en la que cada color y cada traje te hacen ver tan… tan comestible.

—Yuuri. Mi dulce Yuuri. Yo podría decir exactamente lo mismo de ti… —le digo—. Podría decir, por ejemplo, que cuando me miras, yo muero. Que tus ojos son tan bellos, y que tu bonita boca invita a jugar a la mía de maneras tan carnales que haces que me avergüence y me sonroje. Llenas mi día de pensamientos indecentes, esa es la verdad. Mis brazos mueren por encerrar tu cintura en ellos y mis manos quieren tocarte todo, TODO. Cada curva y cada ángulo. Me gustas tanto, Yuuri.

—Tu boca es dulce y bonita, Vitya. No dejo de pensar que solo miel sale de ella.

—Ven a probar un poco… —le digo, y él sonríe antes de besarme.

Sus labios inexpertos tienen el sabor de algún humectante afrutado, parecen pedirme que les saque un pedazo y los devore, pero me contengo y hago que mis labios viajen un poco más allá, a un tour gratuito por la curva de su cuello y las líneas de sus clavículas.

Debo ser firme.

Como un faro en medio de la tormenta.

Como roca en medio de un río que se desborda.

Esa tormenta y ese río se llaman «Pasión y lujuria», y tratan de hacer que mi cabeza abandone su correcto funcionamiento y se desbarranque por completo perdiéndose en la locura.

Yuuri suspira cuando mis labios lo dejan.

Alza sus muslos intentando atrapar con ellos mi cadera, el camisón acaricia la piel de sus piernas y me deja ver un poco más allá.

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«Debo ser de piedra».

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Se repite mi cabeza.

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«Debo ser de mármol, de hielo y de acero».

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Me digo a mí mismo.

Yuuri ríe al leer mis pensamientos, sus bonitos dedos levantan un poco la tela y me deja ver más allá. Es un demonio.

—Necesitamos reglas… —le digo, jalando su camisón y cubriéndolo por completo—. Número uno. Yuuri debe prometer no seducirme así, porque de lo contrario, no responderé por mis actos.

—De acuerdo.

—Número dos… —le susurro, no muy conforme con lo siguiente—. Prometo besar a Yuuri solo cuando me lo pida.

—No estoy de acuerdo.

—Número tres… espera, ¿Por qué no?

—Quiero que me beses cuando tú quieras, Victor.

—Pero es que yo siempre estoy queriendo besarte.

—Exacto.

—Borremos todas las reglas, comencemos de nuevo… —le digo—. Quiero hacerte el amor, Yuuri, ¿Puedo?

—Puedes.

—Te advierto que temo desmayarme a medio camino.

—Ya somos dos… —me dice, sonriendo—. Si cierro los ojos creo que resistiré un poco más.

—Buena idea. Haré lo mismo… —le digo, y él se ríe. Me pide que apague la luz y lo hago. Me pide que me acueste a su lado, y temo tocarlo.

Sus besos son suaves, casi no son besos, apenas son roces delicados que tratan de llamarme o tranquilizarme, cosa que logran.

Entonces, observo sus ojos.

La luz de los jardines filtrándose por la ventana me permite ver casi con claridad lo suaves que son sus labios y el anhelo que adorna totalmente su bonita mirada.

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«Te quiero».

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Susurran mis pensamientos, y Yuuri los envuelve con los suyos y los besa. Siento cómo corresponde a mi mente con la misma intensidad y con el mismo miedo.

Quizá debamos esperar.

Quizá aún es pronto para entrelazar nuestros cuerpos y fundirnos el uno con el otro. Él piensa lo mismo. También está asustado. También teme enloquecer de amor, y también quiere esperar, así que beso su frente, me acuesto a su lado, lo abrazo, y dejo que su brazo se envuelva en mi cintura.

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«Te amo».

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Me dice, y mi pecho sonríe.

Al besarnos una vez más, mi boca desea tanto a la suya, que por puro capricho, la toma sin descanso, con tranquilidad y sin medir el tiempo.

Yuuri cae dormido en medio del beso, y yo me deleito con lo bonitas que son sus pestañas cerradas y lo suave que es su respiración.

Él me gusta.

Me gusta tanto.

Tanto que ese gusto me alegra la vida.

Ese cariño y esa alegría, todo lo que provoca en mí se siente saludable y se siente bueno. Se siente reconfortante y bello.

Recuerdo que escuché una canción alguna vez.

Una canción triste que hablaba de amor y de anhelo.

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«Te amaré hasta el final de los tiempos».

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Decía la letra.

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«Contigo caminaré por las sombras y por las luces».

«Porque contigo, los pies no me duelen».

«Y porque contigo, mis cielos no lloran nunca».

«Contigo mis días son todos de azúcar».

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Hablaba de un amor perdido que lo fue todo y que nunca volvería.

La cantaba un amante cuyo corazón estaba roto, y cuyas esperanzas adornaban el piso como pétalos pisoteados y arremolinados por el viento.

Su mente rememoraba en su canción lo mucho que amó, lo mucho que entregó, y lo mucho que fue y se perdió.

Quizá, altaneramente, pienso que eso no nos pasará, ni a mí, ni a Yuuri.

Porque aquí, en medio de la noche silenciosa, cuando no hay nada ni nadie, y todo está apagado, mientras su respiración acaricia mi cuello y su rostro duerme apacible junto al mío, pienso que esto, sea lo que sea, amor, destino o lazo, SERÁ ETERNO.

Pienso que vencerá todo.

TODO.

Y que siempre.

Siempre.

Siempre.

Será perfecto.

Así, al dormir, en sueños, Yuuri observará una casita preciosa y me verá en medio de su acogedora salita.

Se sentará a mi lado, y dejará que mi cabeza repose sobre sus piernas, mientras sus manos acariciarán mi cabello con dulzura.

Porque en sueños, también me amará con toda la entrega y toda la devoción que su corazón es capaz de dar.

Y, al día siguiente, sabremos que soñamos precisa y exactamente lo mismo, con los mismos colores, los mismos sonidos.

Será el mismo incontrolable anhelo de dos corazones palpitantes que tratan de fundirse y convertirse en un solo implacable animal.

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«Poco a poco».

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Decían los Leroy, la familia de científicos que crearon el orden actual.

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«El lazo mental y emocional en una Pareja Biológicamente Perfecta mata y se concreta poco a poco».

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Pero «Poco a poco» es una mentira piadosa.

Una que le dices a un enfermo terminal al que apenas le quedan horas de cordura y de vida.

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* * * * * * * * * *

Muchas gracias por leer~ 💕

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Publicado por ArikelDT

Un comentario en “Por el amor de amar: Capítulo 8

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