Por el amor de amar: Capítulo 7


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.

«¿Vas a mirarme al menos?».

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Le pregunto, pero sus bonitos ojos siguen enfocados en la pared junto a la cama.

—Mi amor, por favor… —le digo, pero Yuuri no me responde, tan solo gira aún más el rostro al escucharme.

Y es que está molesto.

MUY molesto.

—Debes entender. Cariño, por favor… —le susurro, y él me mira al fin

—¿Qué es lo que debo entender? —me pregunta—. ¿Debo entender que lo que haces está bien? ¿Que Yurio no aprendió de ti eso que hizo?

—Sí. Porque es así… —le aseguro—. Escúchame, Yuuri, cariño.

—No. Y por favor no me llames así.

—¿Qué puedo hacer para que me escuches?

—Nada, Victor… —me dice—. Escucha tú, por favor. No tienes que pedirme permiso, ni tienes que rendirme explicaciones. Lo que yo piense no debe ser relevante. Es la ley, tú la cumples, Yurio la cumple. No hay nada que pueda hacer contra eso, ¿Verdad?

Su decepción es palpable.

No tengo idea de qué es lo que él esperaba de éste lugar, o si es que esperaba algo al menos; aún así, visiblemente, lo que ha encontrado aquí le decepciona.

—Vete ya… —me dice, y vuelve a girar el rostro—. Te aseguro que no me moveré un solo centímetro mientras no estés. Te esperaré justo aquí.

—Oh, mi amor… ya perdóname, por favor.

—Tú… en serio… —me dice, con la voz temblorosa—. No puedes… no puedes llamarme así, es trampa.

—Mi amor… —le digo—. Mi dulce amor… —susurro, mientras acaricio su cabello con la punta de mis dedos—. Mi más grande amor…

Soy un dolor de cabeza para él, puedo apostar mi vida a que es así.

Sin embargo, también estoy muy seguro de que a sus ojos, y a sus labios, soy como miel y como agua. Y sé que él se siente como un sediento, uno que recorrió el desierto durante días; lo sé, porque yo me siento así a su lado.

Para mí y para mi constante e inagotable sed de él, Yuuri es néctar dulce.

—¿Me perdonas? —le pregunto.

Él esquiva mi mirada.

Sé que lo hace para que yo no vea la reciente herida en sus labios lastimados, y la mancha violácea en su sien derecha. Dolorosas consecuencias de su lucha contra un Alfa en celo.

Si yo viera una vez más esas consecuencias, él sabe que dejaría de pedir perdón.

—Te juro que voy a portarme bien a partir de ahora, ¿Sí? —le digo—. Prometo cuidarte, respetarte, y atesorarte. Siempre.

—Ya lo haces.

—Lo haré el doble.

—No. Temo que querrías asesinar a cualquiera que cruzara miradas conmigo.

—Yuuri, no soy celoso. No tengo motivos para serlo. Sé lo que piensas… —le digo, sentándome a su lado en la cama y acercándome a su oído—. Sé que soy ambrosía para ti… —le susurro, sintiendo cómo se estremece al escucharme—. Por lo tanto, no sería capaz de matar a alguien. Y si lo hice en algún momento, fue únicamente porque ése alguien te forzó, te lastimó y puso sus labios y sus manos en ti en contra de tu voluntad.

—Lo sé.

—Sé que lo sabes, pero me gustaría que me lo dijeras, ¿Puedes?

Yuuri me mira, observo la herida cicatrizada en sus labios y con toda seguridad yo sé que hice lo correcto.

—Sé que lo hiciste por mí… —me dice—. Sé que… bueno, sé muchas cosas. Y es extraño y nuevo. Sé lo que piensas en el momento en el que lo piensas, y sé lo que sientes en cuanto lo sientes. Y para mi desgracia o ventura, cada vez caigo un poquito más.

—No eres el único, mi Yuuri… —le afirmo, pasando mi brazo por su espalda y atrayéndolo hacia mí—. También tengo miedo ante ésta novedad, y también siento que caigo irremediable y deliciosamente ante ti. Cada segundo un poquito más, pero, ¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Me gusta… —le confieso—. Y si es contigo, y si es por y para ti, me siento a salvo.

—Eres tan bueno con las palabras… —me dice, esquivando mi mirada pero pegándose más a mí—. Solo miel sale de tus labios.

—¿Quieres probarla?

—Le temo.

—¿Por qué, Yuuri?

—Porque se siente como veneno dulce que podría matarme… —me dice.

Yo me río ante la idea.

—Tú no morirás nunca… —le afirmo—. Y yo tampoco, ¿Sabes por qué?

—¿Por qué?

—Porque el amor es eterno y los que aman son inmortales.

—¿Me amas? —me pregunta, y sus bonitos ojos de canela oscura se posan sobre los míos, intentando desnudarlos y leer hasta el más mínimo detalle de ellos.

Quiero contestarle, pero sus labios me llaman, y yo no espero ni un segundo más y los beso.

Siento su cuerpo relajarse entre mis brazos, siento su corazón latir y mi propio corazón traduce sus latidos para mí.

Quiero más.

Quiero acariciarlo un poquito más.

—Pero no puedes… —me dice, leyendo mis pensamientos y empujándome débilmente—. Debes irte, Yurio se casa con el señor Altin, y tú debes estar presente.

Sus labios dicen eso, pero sus manos se aferran a mi abrigo y su cuerpo me pide un beso más.

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«Pídeme una vez más que vaya contigo».

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Me suplica su piel.

La voz de su cuerpo es tan clara para mis oídos.

Al principio, hace un par de días, creí que eran mis propios pensamientos anhelantes y dementes los que escuchaba susurrar en mi cabeza. Con el pasar de las horas, logré darme cuenta que era Yuuri el que hablaba en mí y, cuando lo supe, cuando ambos lo supimos, todo se hizo más llevadero y más bello.

—Te lo pido una vez más… —le digo, y siento cómo se estremece al contacto de mis labios con la piel bajo su oído.

—Victor… —me susurra, y se muerde los labios para no suspirar.

—¿No vendrás conmigo, ángel mío? —le pregunto, susurrándole despacio y aventurándome a besar su piel y acariciarla con la punta de mi lengua—. Quiero bailar contigo, Yuuri.

Podía ser muy convincente si lo quería.

Todo el mundo caería ante mí.

Yuuri era el primero en hacerlo.

Entonces lo veo sonreír suavemente y asentir. Me tiene a sus pies, y estoy seguro de que él lo sabe.

Soy su esclavo.

Su feliz y afortunado esclavo al que él tiene a bien alimentar con un beso que roza la comisura de mis labios.

—Me vestiré… —me dice, esquivando mis brazos, que son como tentáculos a su lado, y alejándose de mí.

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«Lo amo».

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Pienso.

Y me río de mí y de lo idiota que era antes de él.

Me río de las pocas y cortas horas que llevo conociéndolo.

Él está apenas hace cuatro días junto a mí, y puedo asegurarle a todos los cielos que soy suyo. Entera, completa y totalmente suyo.

Es justo por eso, que debo decirle toda la verdad.

Debo decirle aquello que los que pertenecemos a La Mesa de Libera no le decimos a nadie jamás.

Yo, sabiéndolo, he decidido besarlo. Quiero que él lo sepa, y que decida. Y ojalá decida corresponderme como hasta ahora.

Desearía que nada cambiara cuando se lo diga.

—Victor… —me llama, y yo me pongo de pie para observarlo mejor.

Su traje es hermoso y su peinado distinto.

Se ve realmente arrebatador.

—Creo que sí voy a considerar matar a cualquiera que te mire… —le digo, y él se ríe.

Es la primera vez que lo hace desde lo que pasó con Chris.

Oh, Chris.

Mi amigo, mi hermano del alma. Es mi culpa que tus instintos nos hayan traicionado.

Si yo me hubiera dado cuenta del celo de Yuuri, hubiera enviado a un Omega para que le sirva ese día, así estarías bien, sonriendo y bromeando como siempre.

De pronto, Yuuri se aleja de mí, me da la espalda, e inmediatamente sé que ha leído lo que pienso.

—Es mi culpa, Yuuri, no tuya… —le aclaro.

—Eso no hace que lo extrañes menos… —me afirma, y tiene razón.

—La ley es la ley. Es lo único que nos gobierna y nos estabiliza… —le digo—. Te amo, te protejo y te respeto. La ley me ayuda a hacerlo bien y no a mi egoísta criterio.

—Mi Vitya… —me dice, volviendo a mirarme—. No puedo amarte menos, ni puedo enojarme contigo. Si hicieras mal alguna cosa, si mintieras, si mataras… yo estaría allí, junto a ti, sin prejuicios. He intentado juzgarte y solo he podido fingir lograrlo por muy pocas horas.

—¿Estoy perdonado, entonces? —le pregunto, sonriendo y abrazando su cintura, esa que encaja tan bien entre mis brazos.

—Desde el instante en el que cometiste el pecado… —me asegura Yuuri, apoyando su mejilla en mi pecho—. Y no me digas que no es un pecado, porque dios sabe que sí.

—No discutiré contigo, Yuuri. Sencillamente no puedo hacerlo. Discutir contigo es discutir contra la definición de «invicto», haces trampa con solo ser tú.

—Solo miel sale de tus labios… —vuelve a decirme, sonriendo—. Me gusta la miel.

—Quién hubiera pensado que te gustan los halagos… —le digo, dándole un beso en la frente.

—Si son tuyos… me gustan.

—Es porque son desinteresados… —le afirmo.

—Esa es una gran mentira… —me dice, esquivando mis besos y riendo.

Yuuri me encanta.

Me encanta tanto.

Se lo diré ésta noche. Le diré «aquello».

Recen por mí.

Recen para que no deje de amarme al saberlo.

—¿Qué quieres decirme ésta noche? —me pregunta Yuuri, mientras se da un último vistazo en el tocador, acomodando el boutonniere en su pecho.

—Lo sabrás cuando anochezca, no seas impaciente… —le digo, besando su mejilla y entrelazando sus dedos con los míos—. Vámonos, llegaremos tarde.

—Odio las corbatas… —me dice, mientras salimos de la habitación rumbo a la capilla.

—También yo.

—Pero son necesarias y bonitas, ¿No?

—Exactamente… —le digo.

—Me gustan las rosas… —comenta, observando las que hay en el jardín.

—También a mí. Y el chocolate. Es asombroso y perfecto.

—Totalmente de acuerdo… —me dice, con una suave sonrisa.

Le temía a lo iguales que éramos y al mismo tiempo me gustaba, se sentía natural y cómodo.

Me sentía en paz a su lado, en paz y a salvo.

—También yo me siento así… —susurra, mirándome y sin dejar de sonreír—. Aunque no puedo negar que a veces me agitas demasiado.

—Yuuri, quiero algo de privacidad en mi cabeza… —le digo, bromeando y quejándome un poco.

—Entonces sal de la mía… —me contesta, riéndose de mi berrinche.

Podríamos seguir coqueteando, de no ser por aquella gárgola fea… es decir, por aquel primo mío, Otabek Altin, parado justo frente a nosotros.

Eso mata pasiones, definitivamente.

—¿Ocurre algo? —le pregunto al susodicho.

—Hoy Yuri tomará el acelerador de celo… —me dice, y yo me espanto ante la idea de que Yuuri esté escuchando eso.

—Espera, detente. No aquí… —le digo a Otabek, alejándome de él junto a Yuuri—. Hablemos en privado, después.

—He escuchado que duele… —le dice mi Yuuri, quedándose quieto en su lugar pero sin soltar mi mano—. ¿Es cierto?

Otabek lo mira en silencio.

Sé que no va a dirigirle la palabra, de hecho, sé que si pudiera no se la dirigiría a Yuri Plisetsky.

—Sí, a veces… —le digo yo a Yuuri, alejándolo de Otabek y caminando hasta nuestros asientos en primera fila—. Por favor, no quiero que le hables, ¿De acuerdo?

Yuuri me mira fijamente. Sé que intenta leer los pensamientos míos que no vuelan en su cabeza y que yo trato de ocultar. Pero no hay ninguno, o casi ninguno, así que se rinde.

—¿Por qué? —me pregunta—. ¿Por qué no me dejas hablar con los que viven aquí?

—Porque son gente extraña que cree en cosas que a ti no te convienen, mi dulce Yuuri.

—Explícame, Vitya, por favor.

No sé cómo hacerlo, y él lo nota.

—Sentémonos… —le digo, y me hace caso—. Si hubiera algo que pudiera lastimarte, yo lo evitaría, ¿Entiendes?

—Lo sé… —me dice.

—Ellos podrían lastimarte.

—No es cierto, Victor. Son personas, nada más. Algunos son buenos, otros no tanto. Tú los englobas a todos ellos y los catalogas como dañinos para mí, y solo para mí.

—No, también son dañinos para Yurio, pero él también es muy capaz de lastimarlos, ahora lo sé bien. De indefenso gatito asustado no tiene nada.

—No hables así de mi hermano, Victor, por favor. Si Yurio hizo algo y ejecutó a alguien… bueno, tú lo dijiste, fue solo en cumplimiento de la ley, ¿No?

Fue así como la boda ocurrió sin contratiempos.

Yuuri estaba algo tenso, la idea de que el pequeño Yurio se estuviera casando con alguien que prácticamente no conocía, le incomodaba. Pero también sabía que era decisión de Yurio, así que lo apoyaba.

Se me había ocurrido una cosa el día anterior. Quería regalarle algo a Yuuri, algo que, al ver, lo hiciera pensar en mí.

Así que, con el contrato matrimonial de Otabek y Yurio, no se me ocurrió mejor regalo que aquel que reposaba pacientemente en mi bolsillo. El problema ahora era el momento en el que se lo daría, momento que yo aún no había planeado.

Y no quería que fuera de noche, porque, inconscientemente, le temía a la noche, pero eso no importó. Los minutos pasaron sin que pudiera evitarlo, y aquí estábamos, en medio de la recepción matrimonial en el jardín.

Yuuri sonreía tranquilamente entre mis brazos.

Y una vez más, pienso que su cuerpo cálido se siente igual de bien que una manta suavecita en invierno.

—Hay algo que quieres decirme… —me dice, sin mirarme y observando atentamente el baile frente a nosotros—. Quiero que sepas que puedes hacerlo. Incluso si crees que no me gustará, o si crees que me enojaré, aún así… puedes decirme lo que quieras.

—¿Estarás conmigo aún si no te gusta lo que quiero decirte? —le pregunto, y él me mira. Sus ojos me dicen todo lo que quiero saber—. Entiendo… —le digo, y él sonríe.

—Quiero un beso… —me dice—. ¿Puedo tenerlo?

No puedo negarme, también lo quiero, así que no pensé mucho y se lo di.

Sus labios estaban un poco agrietados, y tuve que ser muy suave con ellos, no quería lastimarlo y quería que disfrutara el contacto.

Al acabar, me regaló una sonrisa y besé su frente.

Fue en ese instante, y solo en ese instante, que pude notar la forma en la que nos miraban.

Les dábamos asco. O miedo. O ambos.

No dejé que Yuuri lo viera, lo puse de pie y me lo llevé de allí.

Me di cuenta de que no quiero que ellos lo vean, porque podrían lastimarlo con solo hacerlo. Podrían herirlo al hablarle, al verle y al tocarle.

—Estoy bien… —me susurra Yuuri, deteniéndose en una de las entradas al laberinto de abetos junto al jardín—. No puedes encerrarme en una caja y esperar que me quede ahí, ¿Verdad?

—Esa no es mi intención, Yuuri… —le aclaro—. No quiero encerrarte.

—¿En serio?

Claramente no me cree, probablemente porque mi mente le dice otra cosa.

—No por las razones que crees… —le digo, y él sonríe, se introduce en el laberinto y yo lo sigo.

Besarnos ahí es más sencillo. Perdernos un poco y apoyarnos sobre los verdes muros es divertido.

—Te amo… —me dice Yuuri, y mi corazón grita enloquecido—. Nunca me dejes… —me pide, y yo asiento mil veces mientras pego su mejilla a mi pecho.

Sé que el canto irrefrenable de mis latidos inunda abruptamente su oído, lo siento estremecerse ante la confesión ruidosa del órgano palpitante enjaulado en mi pecho.

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«Hemos enloquecido».

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Repite mi mente, y los pensamientos de Yuuri se sincronizan con los míos.

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«Lo perderé todo».

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Cada pequeña cosa del pasado.

Cada pequeño recuerdo del que él no fue parte.

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«NADA hubo antes de él».

«Porque todo es NADA sin él».

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Entonces, eventualmente, enloquecidos, pero enamorados, existiremos solo los dos en medio de un mundo vacío y hueco.

Ciegos, sordos, mudos, y sedientos.

Así acabaremos.

—Tienes miedo… —me afirma Yuuri, alejándose un poco y acunando mi rostro entre sus manos. Intenta leer mi mente y casi le dejo hacerlo—. ¿Por qué?

—Quizá porque esto es nuevo… —le confieso, y hago que sus brazos se envuelvan en mi cintura—. Demasiado fuerte y demasiado desconocido. No sentí nada similar antes, con absolutamente nadie.

—Tampoco yo… —susurra Yuuri, mirándome fijamente—. Eso es lo que lo hace hermoso, ¿Verdad?

Yo asiento y le sonrío.

Las luces de las farolas se encienden y me indican que la noche ha llegado al fin y que no puedo seguir callando.

Entonces le digo.

Le digo cada cosa y cada circunstancia.

Le digo la verdad, le digo todo.

Y él, irremediablemente, llora.

Y su corazón, irremediablemente, grita.

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Publicado por ArikelDT

Un comentario en “Por el amor de amar: Capítulo 7

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