Por el amor de amar: Capítulo 6


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«Perra mentirosa».

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Fue lo primero que le dije a aquella mujer después de escucharla. Entonces su bonito rostro adquirió una expresión de incredulidad y espanto, probablemente nadie la había llamado así jamás en toda su vida.

—No vuelvas a cruzarte frente a mí o juro que acabarás igual que Christophe Giacometti… —le dije—. Es más, su ejecución no será tan pública como lo será la tuya.

Me di la vuelta al instante de decir aquello, ya no quería escuchar nada de ella.

—Espera, Yuri, por favor. Alteza… —me dijo, y tomó mi brazo entre sus manos—. ¿Crees que miento?

—Sí.

—Pero tú no conoces a Jean.

—Tú tampoco, evidentemente. Él es mío, niña, ¿Escuchaste? Lo esperé toda la vida y ahora está justo aquí, conmigo, y no lo dejaré ir.

—Oh, Yuri… Yuri, Yuri, Yuri… crees que el accidente fue… ¿Un accidente?

Con esas palabras, tan cortas, tan simples y tan confusas.

Fue así como ella volvió a romper una vez más, y en tan poco tiempo, mi burbuja de seguridad, aquella que rodeaba lo más importante en mi vida, a Jean y a lo que él representaba.

—¿Qué estás diciendo? El Rey iba en ese coche, nadie se atrevería conscientemente a…

—¡Pues lo hicieron! ¡Lastimaron a Jean, y no se detendrán! No hasta que él pierda la corona, y la única forma es que… tú lo dejes… —me dice ella, soltándome al fin ante mi continuo forcejeo—. Escucha, Yuri. Jean es todo lo que quiero en ésta vida, daría mi vida y mi salud por él, siempre. Pero él jamás me ha visto como algo distinto a una hermana, o quizá, con suerte, una amiga. Él siempre esperó a la persona ideal, y al enterarse de tu existencia, supo que su presentimiento era correcto. Supo que siempre te había estado esperando. ¡Pero no me importa! Si puedo protegerlo, lo haré.

De alguna manera creo que muy en el fondo, yo sabía esto.

Es decir, si aún en su estado dentro de la cámara de células, recuperando tejidos y nervios, aún había personas que querían que la Dinastía finalizara. Personas que preferían que su recuperación tardara, que me miraban con desdén cuando pasaba, y que susurraban cosas a mis espaldas.

Era, quizá, lo más obvio.

—¿Cuál era tu nombre? —le pregunto.

—Isabella Yang.

—¿Le has dicho sobre esto a alguien más?

—Sí, a mi padre. Y… él me dijo que no se lo dijera a nadie… —me dice, y baja la vista avergonzada—. Él cree que el cambio le hará bien a Nueva Tierra, cree que su puesto subirá si apoya a alguien que esté dispuesto a comprar su voto con un buen ascenso, buenas propiedades y un buen matrimonio para su única hija. Yo… creí que tú… quizá, en tu condición, lograrías entender… y podrías proteger a Jean.

—Me cuelgas la soga al cuello, Isabella… —le digo, dando unos pasos alrededor—. Otabek Altin y Victor Nikiforov son los más cercanos a Jean, ellos me aseguran que él ama el legado de su familia y que querría conservarlo.

—¡Pero su vida corre peligro! ¡La próxima vez no fallarán! E incluso… tú podrías ser el próximo objetivo, es por eso que… debemos proteger a Jean, tú debes entenderme. Su vida es la prioridad, eres Omega, igual que yo, creí que entenderías.

—Ese es el problema, Isabella. Tú y yo pensamos como Omegas. Jean es Alfa. Quiero guiarme por lo que otros Alfas dirían de esto, uno de ellos es lo más parecido a Jean que he visto hasta ahora. Jean es… tan brillante, en todo lo que hace, es orgulloso y fuerte, no lo permitirá, se romperá. Sanar y vivir no valdrá la pena para él si todo lo que valora y respeta se ha ido. Y si tengo la oportunidad de protegerlo, lo haré… —le digo, y ella se cubre el rostro con ambas manos, intentando cubrir sus lágrimas y sabiendo que no ha logrado convencerme—. Sé que ambos queremos protegerlo, Isabella, tú quitándole algo y yo dándoselo. Dejemos que al final él decida qué quiere hacer.

—¡Pero es que él elegirá mal! ¡Elegirá la corona de su padre!

—¡Es su decisión! ¡No te atrevas a entrometerte! —le digo—. Si lo amas, déjalo ser. Él sabrá que lo quieres y que quieres protegerlo, muy a tu manera, pero con todas las buenas intenciones del mundo, igual que yo.

—Podría morir, y tú con él.

—Sí. Él podría morir. Y sí, yo también. ¿Y qué? Morir por algo que el alma anhela, es morir bien.

—Oh, dios… hablas como él.

Mi rostro se enciende y ella ríe al notarlo.

Mi corazón palpita emocionado ante sus palabras.

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«Hablar como Jean».

«Moverme como él y respirar a su ritmo».

«Suena como un hermoso halago».

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—Es porque llevo su sangre en mis venas… —le digo—. Su corazón late en el mío.

Eso le duele, lo sé.

—Entonces… ¿No hay nada que pueda hacer? —me pregunta, yo niego y ella asiente en silencio. Su rostro vuelve a ensombrecerse y una expresión triste lo adorna.

—Lo siento.

—Bueno, lo intenté al menos, ¿No? —me dice, con lágrimas en sus ojos—. Escucha bien, Yuri, mi familia y la de otros nobles, no confíes en ninguno. No confíes en nadie. Sé que será solitario para ti, eres pequeño y joven, pero serás fuerte, ¿Verdad?

—Lo seré, por Jean y por lo que él ama.

Ella sonríe, me hace una reverencia y se marcha.

Por un instante mi corazón duele ante lo bonita que es y lo dulce que parece. Me pregunto si Jean la miró alguna vez como a una mujer.

Él no me conoce, no me ha visto nunca y no sabe de qué color es mi cabello y cuál es mi mirada. ¿Qué pasaría si él me idealizara en exceso?

¿Qué pasaría si él es como Otabek?

¿Qué pasaría si espera que yo sea una silenciosa y dulce pareja que jamás refute nada y que jamás deje de sonreír? Que diga siempre «Sí» y que siempre esté dispuesto a complacerlo, incluso en lo más mínimo.

Mi carácter es fuerte, casi demandante, casi arisco y casi pedante.

Soy un asco de persona, un asco de Omega y un asco de hombre.

No quiero parecerme a ella. Si Jean quiere algo de mí, y si quiere que yo sea de cierta manera, tendré que enseñarle que puedo serlo, pero que no quiero.

Y si él aún así quisiera algo más de mí, bueno, tendremos que acostumbrarnos el uno al otro. La naturaleza nos emparejó por algo, se supone que ambos encajamos. Si no le gusta lo que tengo, entonces no le gusta nada. Lo que tengo es lo que hay, eso no cambiará, él lo entenderá.

—¡Yuri!

Mierda.

Los pasos de Otabek acercándose a mí son realmente aterradores, son como zancadas enormes que lo colocan frente a mí en un abrir y cerrar de ojos, entonces toma mi muñeca y la estruja con una de sus manos.

—Eres realmente… —su voz muere antes de terminar, pero sus ojos me dicen todo lo mal que piensa de mí y todo lo horrible que desearía hacerme con sus propias manos—. Te juro que no tengo palabras para decir lo mucho que me decepciono de ti. Cada vez que creo que no puedo decepcionarme más, tú haces algo, cualquier cosa, rompes tu propio record y me exasperas aún más. Eres lo peor que ha existido en éste lugar.

—¡Suéltame!

—No. No hasta que te disculpes apropiadamente y me expliques qué haces aquí a ésta hora.

—¡No voy a explicarte ni una mierda, Otabek Altin! ¡Ahora suéltame!

—Créeme, a Jean no le importará que su irritante pareja lo espere encerrado y encadenado de día y de noche en una mazmorra. Si no quieres eso, vas a decirme todo.

—¡Púdrete! Jean te mataría si supiera que me has tocado.

—¿En serio?

—¡Suéltame, Otabek!

Mis palabras parecen no llegar a él, y mi forcejeo inútil solo hace que la presión de su mano en mi muñeca se multiplique, hasta el punto de hacerme sentir que me la va a romper, y realmente, soy perfectamente capaz de creer que lo haría sin dudar.

—¡Suéltame, imbécil, me estás lastimando!

Solo cuando lo digo, su agarre afloja lo suficiente como para permitirme darle un certero golpe con mi rodilla.

Entonces me suelta al fin, y yo me alejo.

—¡¿Eres estúpido?! —le pregunto.

—¡Tú tienes la culpa!

—¡¿Eso les dices a los que lastimas?! ¡¿Que ellos te provocaron?!

—¡Ve a tu habitación!

—¡Eso hacía! ¡Idiota! —le digo, pero ésta discusión me recuerda la que tuve con Yakov y Lilia por la mañana—. Y por cierto, ya sé la verdad. Me trajiste aquí con la mentira de que lo hacías por Jean y que estabas dispuesto a sacrificarte por él. Resulta que él único al que estás dispuesto a sacrificar soy yo. Planeabas hacer que un Alfa de la familia me marcara y eyaculara en mí. Eres el peor hombre que existe, Otabek Altin.

—¿De qué estás hablando?

—¡Niégalo! —le digo, acercándome a él—. Niega que tú deseabas que yo me casara con un Alfa.

—No lo niego.

—Eres un bastardo.

—Un Alfa de la familia Leroy es mejor que un Gamma, Yuri, lo sabes bien.

—¿Me venderías a un Alfa sin siquiera dudarlo? —le pregunto, pero no tengo que esperar una respuesta suya, sus ojos y su silencio me lo dicen todo—. El matrimonio con un Alfa exige una marca de por medio. Estaría obligado a recibir la marca del bastardo que a ti te convenga.

—Debes entender que…

—¡Lo entiendo bien! No confías en mí. No confías en mis buenas intenciones, no confías en lo que siento por Jean y no confías en que mantendré mi palabra, es por eso que preferirías atarme con una marca, una que tú mismo no puedes dar. Elegirías a tu primer perro de presa para encadenarme.

—No soy Jean, Yuri. Y no soy tú. Yo no creo en lo que ustedes creen, y definitivamente no confío en ti. Y cada cosa que haces o dices hace que confíe menos en todo lo que eres. No estás hecho para éste puesto, no tienes madera para ser la pareja de un Rey.

Sus palabras calan hondo en mi pecho.

Cuando era niño temía verme encerrado y ocupado en la oficina de una gran mansión, tal y como mi padre siempre estaba. Y temía verme como mi madre, sentada en un bello jardín observando las mismas flores durante todos los días de todos los años.

Yo quería viento y quería tormenta. Le temía a la calma y a la quietud.

Con Jean, y con lo que Jean representa, mi temor ha vuelto y se ha multiplicado infinitamente.

Le temo a su corona, pesada y dura. Y le temo a su palacio, su hermoso y frío palacio.

—Ve a tu habitación, Yuri.

Sé que él sabe que me ha vencido y que ha ganado ésta discusión. Odio que siempre lo haga.

—No me marcará nadie… —le digo, apenas en un susurro mientras me doy la vuelta—. Nunca. Y créeme, preferiría a cualquier otro menos a ti. Mientras sea un Leroy estará bien, ¿No?

—Sí… —me dice—. Mientras te cases con un Leroy, todo estará bien.

Entonces me ve correr, pero no ve mis ojos.

No ve la sal y el agua que discurre de ellos y no ve mi desesperación.

Le temo al futuro y a lo que depara.

Mi abuelo me enseñó a mantener siempre la calma y a no demostrar dolor cuando he sido herido. «Es difícil, pero no imposible», me decía.

Nunca creí que fuera tan difícil.

Y nunca creí que pudiera ser tan lastimado.

Otabek es cruel y directo. Su forma de mirar es fría y su voz es hielo.

Piensa que soy débil, y me duele que no se equivoque. Piensa que no soy digno y que no estoy preparado, y me molesta que sea cierto.

¿Hago esto por Jean o lo hago para demostrarles a todos que puedo hacerlo?

Para demostrarles que no debieron quitarme las propiedades y títulos de mi familia. Que sí puedo con todo, a pesar de ser un Omega y a pesar de ser un niño.

¿Por qué hago esto?

¿Por amor?

No conozco el amor.

No conozco los besos y no conozco los abrazos. Cuando empezaba a apreciarlos, mi abuelo murió, y todo amor, toda alegría y toda esperanza murieron con él.

—Yuri…

Su voz de nuevo.

La odio tanto.

—¡Ya déjame en paz! —le digo, pero antes de poder girarme, un golpe me hace perder el equilibrio y caer hacia delante.

Trato de ponerme de pie, pero su rodilla sobre mi espalda lo impide.

—No tardaré mucho… —me dice, y recién noto que no es la voz de Otabek—. Solo quédate quieto, será una pequeña punzada y nada más.

Su respiración en mi cuello me aterra.

Es un Alfa, y está en celo.

Sus dientes acariciando mi cuello me hacen cerrar los ojos. Por un instante, por un estúpido instante, siento que esos dientes son reconfortantes y son mi salvación, aquella que me apartará de los deberes y de las promesas.

Al segundo de pensar aquello, entiendo bien que ésta no es mi decisión, que siempre he vivido bajo mis términos y bajo mis leyes, y que esto se escapa por completo de lo que quiero y lo que anhelo.

Entonces recuerdo el paralizador, y podría jurar que me llamo «Idiota» y no «Yuri» al no haberlo usado hace un rato cuando Otabek trató de quebrarme la muñeca.

—Eres tan hermoso… —me susurra el Alfa, y yo me retuerzo entre sus garras—. Hueles tan bien…

Su lengua y su saliva acariciando mi piel se sienten como la peor peste y la peor vejación. Me siento sucio y humillado de mil maneras posibles.

Oigo el chasquido del paralizador y lo siento ceder, aprovecho eso para volver a tocarlo con el susodicho aparato y logro zafarme de su agarre.

Su aroma me marea y siento cómo lo incrementa, intentando dominarme y dejarme indefenso.

Lo siento mucho, pero se ha topado con el Omega menos indefenso del mundo entero. Lamentablemente para mí, yo me he topado con uno de los Alfas más fuertes, uno que acaricia la zona en la que el paralizador le envió dos descargas y que se pone de pie con calma.

—Entonces… —me dice—. El gatito tiene garras.

Mi cuerpo no espera más, me pongo de pie y salgo corriendo de ahí. Enfrentarme a un Alfa en celo es impensable, jamás le daría pelea.

Para desgracia mía, correr de él también era imposible.

Sus garras se incrustaron en mi hombro, desgarraron la suave tela de la camisa y arañaron la tierna piel que sangró al instante, contuve un grito apretando fuertemente los ojos y los dientes, abriendo la boca en silencio y sin emitir ni un solo sonido, no le daría el gusto de oír mi dolor y mi miedo.

Fue todo muy rápido.

Él atrajo mi espalda hacia su pecho, aferró una de sus manos hacia mi garganta y me obligó, casi ahorcándome, a quedarme quieto.

Fue tan rápido que no tuve tiempo de patalear.

Entonces vi mi mundo caerse, vi a Jean mirándome con asco, junto a Yakov, a Lilia y a Otabek. Vi a Yuuri y a la familia Katsuki llorar, y lloré con ellos.

Una marca indeseada me llevaría a la tumba, estaba seguro de eso. Si no era la vergüenza la que acababa conmigo, sería yo mismo y con mis propias manos. Ser marcado por un completo desconocido al que no le abrí las piernas deseoso ni le sonreí enamorado sería una deshonra para mí y para todos los que me conocieron. Jamás lo permitiría.

Un fuerte tirón me hizo detener las lágrimas, fui lanzado a un costado del camino, y arruiné con mi peso las flores blancas que crecían allí. Me enderecé, y vi a Otabek disparar dos veces al Alfa en celo, logrando darle en el hombro derecho.

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«Mátalo».

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Quise decir, pero la voz me había abandonado.

Sentía la garganta seca, como si hubiera gritado mucho y muchas veces. La sentía desgarrada.

—Vámonos… —me dijo Otabek, pero mis ojos no dejaban de ver al Alfa que sangraba de pie. Casi podía ver su odio y casi podía ya verlo saltar sobre Otabek—. Yuri, ¿Me escuchas? Vámonos.

Intenté ponerme de pie, pero no lo logré.

Otabek tuvo que acercarse a mí y tuvo que revisarme.

Vio la herida en mi hombro y se giró a mirar al desconocido. Pude ver odio en su mirada.

Entonces supe por qué yo confiaba en él.

Cuando Victor Nikiforov me dijo que había leído la carta que le envié a Jean, me sentí muy indefenso. Era una carta privada y nadie tenía derecho alguno sobre ella.

Otabek, en cambio, la abrió y la leyó para Jean.

La leyó a un hombre que no le escuchaba en lo absoluto, que no se movía y que estaba casi congelado.

Le leyó palabra por palabra, quizá sin entender nada, pero se la leyó en voz alta.

Confié en Otabek porque él confiaba en Jean y porque Jean confiaba en él.

De la misma manera, Otabek confió en mí.

Al conocernos pudimos entender que querer a alguien y que ese alguien confiara en ambos no hacía que confiáramos entre nosotros el uno del otro.

Lo intentábamos, quizá.

Y nos decepcionábamos, quizá.

Pero allí estábamos.

Yo dispuesto a casarme con él, porque de entre todos los que estaban allí, a él no le temía.

Y él dispuesto a casarse conmigo, porque de entre todos los que estaban allí, él no me lastimaría.

—Todo está bien… —me dice Otabek, con la voz tranquila—. Sanará pronto y no quedará cicatriz. No te mordió, todo está bien.

Me abracé a él y me permití llorar.

Por un instante me había sentido tan inseguro y tan humillado, casi sentí que ya me habían marcado.

Su ausencia de aroma hizo que mi respiración se acompasara poco a poco, y cuando me di cuenta, él también me abrazaba.

—No dejaré que nadie te lastime, Yuri, ¿Entiendes? —me dijo, estrechándome suavemente y pegándome a él—. Sé que soy difícil de llevar. Mi carácter es duro y no soy amable o dulce, lo sé bien. Pero debes saber, que yo jamás te lastimaría, ¿De acuerdo? Jean es como un hermano para mí, no entiendo cómo es que están conectados, pero sé que lo están. Sé que lo quieres, y esa es razón suficiente para que quiera protegerte.

—Lamento ser tan insufrible, Otabek.

—No lo sientas… —me dice, y es la primera vez que veo una sonrisa en su rostro—. Eres realmente desquiciante, pero prefiero mil veces eso a una marioneta hermosa y fría.

Yo me río y me seco las lágrimas.

Me giro a ver al hombre que me atacó y no veo rastro alguno de él.

Por un instante pienso que Otabek me protegió únicamente porque ése era un total desconocido y no un Alfa de la familia, aunque se me hace muy extraño que ése hombre rondara por ahí justo el mismo día que Lilia y Yakov me dijeron que era mejor ser marcado por un Alfa.

—¿Quién era él? —le pregunto, solo para sacarme de dudas.

—Mi hermano mayor… —me dice—. Antes de que La Mesa decidiera que la pareja de Jean debía casarse pronto conmigo, yo propuse a mi hermano. Él era un Alfa y por lo tanto era capaz de controlarte si te marcaba. Podría obligarte a hacer lo que él quisiera y podría hacer que te quedarás aquí aunque no quisieras.

—Eres un miserable y un…

—Escúchame, Yuri, por favor… —me dice, alzándome entre sus brazos y empezando a caminar—. Eso fue antes de leer tu carta para Jean, después, entendí que se querían, y quise creer ciegamente en ti. En que querrías venir por tu propia voluntad y que te quedarías a esperarlo sin importar cuánto tardase. Confié en ti, ¿Entiendes? Aún lo hago.

—Lo sé.

—A veces te veo, y veo a un niño mimado que nunca podrá permanecer quieto. Veo a alguien que no nació para recibir órdenes, ni para darlas. Entonces temo haberme equivocado. Temo estar cortándote las alas.

—No lo hagas, no temas, confía en mí. Soy terrible y sí quiero ser libre, pero estoy creciendo y aprendo rápido. Lo haré bien.

Otabek sonríe.

Me gusta que lo haga.

Siento que cuando lo hace está orgulloso de mí, y si lo está, significa que Jean también lo estaría.

—¿Ves lo que ocurre aquí? —me pregunta Otabek—. Yakov desea aún más garantías de que te quedarás sin importar qué, ha visto cómo eres y sabe que eres libre y que no haces nada que no quieras hacer. Está muy dispuesto a hacer cosas como éstas. Cosas como enviar a mi hermano en celo para que pueda marcarte.

—Lo sé, es porque él no confía en mí.

—Y no lo hará a no ser de que demuestres que eres digno de su confianza, de la suya y de la de Nueva Tierra… —me dice—. Te lo dije en mi carta, Yuri. Te necesito, y necesito que seas fuerte, ¿Lo serás?

—Lo seré. Pero debes prometerme que dejarás de mirarme como si fuera la peor decepción de tu vida.

—Yo no te miro así.

—Claro que sí.

—Quizá es mi temor a forzarte lo que ves en mis ojos.

—¿Me forzarías a hacer algo que no quiero?

—Espero que no.

—Entonces no me mires así.

—¿Y cómo se supone que debo mirarte?

—¿Cómo mirabas a Jean?

—Es distinto. Jean es mi amigo, casi mi hermano.

—Genial… —le digo, justo antes de mirar fijamente sus ojos—. ¿Quieres ser mi amigo, Otabek Altin?

—Yuri… —me dice, dudando mucho—. Supongo que…

—¡Sí o no! ¡Rápido, tortuga!

—De acuerdo, sí.

—¡Genial! —le digo, lamentando de inmediato el haberme puesto tan contento, y es que la herida en mi hombro está demasiado sensible—. Por cierto, nardos blancos.

—¿Qué?

—Nardos… —le digo, como si fuera lo más normal del mundo—. En la boda, Otabek, habrá nardos blancos.

Él asintió y siguió su camino conmigo en brazos.

Así, finalmente, llegamos a la habitación y Otabek llamó a un doctor, el cual me curó sin preguntar nada y sin mirar mis ojos.

Otabek nos observaba en silencio, y cuando el doctor acabó y salió, él me ayudó a colocarme el pijama.

Esa noche yo no deseaba comer nada, así que fui al baño a asearme antes de ir a dormir. Al regresar, encontré sobre la cama una caja dorada con lirios tallados sobre la tapa, la abrí sin preguntar y me encontré con un collar enteramente hecho de jade, cuyo dije, casi del tamaño de mi puño, era la cabeza tallada de un hermoso león rugiendo. Lucía verdaderamente muy pesado.

—¿Podrás llevarlo? —me preguntó Otabek, y yo asentí mientras él me lo colocaba alrededor del cuello.

Y sí, no me había equivocado, pesaba, y pesaba mucho.

—Es el Emperador de Jade… —me dijo—. Pertenece a las joyas de la corona desde hace muchas generaciones, es una de sus posesiones más valiosas, quiero que la uses en la boda.

—¿Por qué? —le pregunté, sentándome frente al tocador para observarme mejor y acariciando al suave león.

—Porque me recuerda a ti… —me dijo, observándome tranquilamente mientras yo miraba el espejo frente a mí—. Con rugido y todo.

—Gracias… —le dije, dándome la vuelta y dejando que lo desabrochara y volviera a guardarlo en su caja.

—Buenas noches, Yuratchka.

—Otabek, espera… —le digo.

—¿Qué sucede?

—Tu hermano… —susurro—. ¿Lo quieres?

—¿Por qué?

—Le disparaste dos veces.

—Un Alfa en celo no es fácil de detener.

—Será ejecutado… —le digo, con la voz suavecita.

Otabek me mira en silencio por unos instantes. Sé que todos los integrantes de la familia real tienen el poder y el derecho de ejecutar a quien sea que los ofenda o lastime, pero técnicamente, yo aún no pertenezco a la familia real.

—¿Te opones? —le pregunto.

—No… —me dice—. Si vas a ejecutar a alguien debes decirlo con fuerza y claridad, sin susurros y sin dudar. Ahora dime, ¿Lo ejecutarás?

—Sí. Lo haré.

—Bien, duerme ya. Todas las ejecuciones en el Palacio Azul son públicas y son a media noche, debes estar presente. Te despertaré yo mismo cuando sea la hora. Tú darás la orden.

—¡Mila!

Mi llamado es respondido por Mila Babicheva, quien ingresa a mi habitación y hace una reverencia. Otabek asegura que es la mejor capitana de escolta en el palacio.

—Apresa a Serik Altin… —le digo—. Será ejecutado públicamente.

Ella se asombra, observa a Otabek, quien no mueve ni un solo músculo, así que regresa su vista hacia mí.

—De inmediato… —me dice ella, y sale de la habitación con otra reverencia.

Otabek sigue mirándome en silencio por unos instantes, no sé qué ve o qué cree ver en mí, espero a que me diga algo más, pero tan solo se despide y se va.

Me apena por Yuuri, porque mañana, al despertar y caminar por el patio principal, se encontrará nuevamente con una vista desagradable.

Ojalá Victor haga que se acostumbre rápido a la ley que gobierna aquí.

Y ojalá, Otabek entienda que soy perfectamente capaz, y que puede confiar en mí.

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Publicado por ArikelDT

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