Por el amor de amar: Capítulo 5


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—Hola, amor mío. Abriré las ventanas, el día está fresco, el aire libre te hará bien.

Dime, cariño, ¿Cómo amaneciste hoy en tu pequeña jaula?

Allí en donde estás, nada puede dañarte. Estás a salvo ahora y nada puede alcanzarte, ni siquiera yo.

Desearía poder tocarte, amor. Desearía poder saltarte encima y comerte a besos. Desearía poder mostrarte lo mucho que te quiero.

¿Tú lo deseas?

Allí, en tu caja de cristal. Allí, en donde mi voz no te toca. Date prisa, mi amor. Solo date prisa.

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«Despierta, por favor».

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—Sí sabes que no puede escucharte ¿Verdad?

La voz del idiota me saca por completo de mi comodidad.

—¿Sí sabes que éste es mi momento a solas con Jean? —le pregunto, él solo me ignora, como siempre, e ingresa a la habitación—. ¿Qué haces aquí, Otabek Altin?

—Yakov quiere verte.

—¿Otra vez?

—Querrá verte muchas veces, Yuri, acostúmbrate. Hoy es por las flores, es muy importante.

—Esto es tan…

—Cuida tu lenguaje.

—Es tan aburrido.

—Y cuida tu postura, y tu cabello. ¿Conoces ése objeto llamado «Peine»? ¿O al menos ése accesorio llamado «Corbata»?

—¡No es justo! ¿Por qué siempre debo usarla? Victor a veces no usa corbata, y Yuuri tampoco.

—Ellos no serán reyes, en cambio, algún día tú serás el esposo del Rey. Actuarás y te verás como tal. No me hagas enojar, Plisetsky.

—Oh, créeme, moriría si lograra despeinar y hacer enojar al gran Príncipe Altin, ¡Oh, poderoso señor! ¡Gran amo de mis grandes bolas!

—Eres despreciable.

—No más que tú.

Justo cuando Otabek está a punto de responderme, la puerta se abre de pronto y Yuuri Katsuki entra.

—Lamento interrumpir… —nos dice, aunque yo sé que no es verdad y que solo ingresó para rescatarme de la discusión—. ¿Me llamaste, Yurio?

Yo asiento, y Otabek se retira en silencio mientras sus ojos parecen exigirme que me acostumbre de una buena vez a su presencia y a su forma tan fría y cruel de ser.

Es el hombre más intimidante, pedante, y torpe que jamás he conocido.

—Hola… —me  dice Yuuri, sentándose a mi lado frente a la urna de Jean.

—Hola.

—¿Aún quieres seguir con esto, Yurio?

—Claro que sí, ¿Por qué no querría?

Yuuri me mira como si con su mirada pudiera decirme todo, luego observa la puerta y yo entiendo que se refiere a Otabek.

—Idiotabek no va a interponerse en mi camino, Yuuri… —le aseguro—. Y puede mostrarme su horrible cara estéril todo lo que quiera, no lograra tan siquiera causarme una pequeña duda.

—Es bueno que él esté de tu lado, ¿No?

No quiero admitir eso, pero sí.

Lo cierto es que Otabek y yo no tuvimos la mejor primera impresión el uno del otro.

Él, porque pidió un niño dulce, pero encontró un adolescente desaliñado, brusco y respondón.

Yo, porque pedí un hombre amable y altruista que anteponía a Jean por sobre su propia comodidad; pero en respuesta, recibí a un tipo antipático que estaba muy dispuesto a cortarle la cabeza a quien sea con el fin de asegurar la corona de Nueva Tierra para todos los Leroy; y mi cabeza, según sus propias palabras, era «altamente sacrificable».

Yuuri no tenía por qué saber eso.

Ya suficiente tenía yo con escuchar las palabras de Mari Katsuki en mi cabeza.

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«Si no te tratan bien».

«Si se aprovechan de ti».

«Si hay algo que te oculten».

«Si intentan sacarte beneficio».

«Si quieren que seas un chivo expiatorio o una moneda de cambio».

«Si son unos bastardos».

«Lo que sea».

«Si eso pasa, ven de inmediato y déjalos».

«Que se jodan y que se pudran».

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Era fácil decirlo.

—Sí, claro, Otabek está de mi lado. Eso es buenísimo… —le digo a Yuuri, y él me observa con cuidado.

Sé que me está analizando para saber si miento, así que rápidamente me pongo de pie y camino a la salida.

—Ven, vamos. Ya que no tienes nada qué hacer, vendrás conmigo a hablar con Yakov sobre las flores de la boda… —le digo, y él me sigue con calma.

Debería estar en mi lugar.

Yuuri debería ser el Rey Consorte. Lo haría bien.

Sería aquella criatura pura, honesta y dulce, aquella que sería la imagen materna, amorosa, compasiva y tierna, que daría confianza a todos los habitantes del Reino.

—¿Cómo van las cosas con Victor? —le pregunto, y Yuuri esquiva mi mirada de inmediato—. Necesitas ponerte en su lugar, Yuuri.

—¿Cómo podría?

—Lo que hizo es normal, legal y natural, todo está bien.

—Estaba tan aterrado ayer. Fui golpeado y tocado de formas horribles y asquerosas y… dormí a salvo porque estaba con él, a su lado… —me dice—. Desperté hoy, y lo primero que veo es el cadáver de un hombre crucificado en el patio… Yurio, eso no es normal.

—Esa es la ley aquí, lo siento, Yuuri, pero no cambiará. Acostúmbrate.

Yuuri me mira asombrado, pero no dice nada. Probablemente Victor le dijo lo mismo. Pero sé que al no haber visto esa clase de leyes antes, a Yuuri le tomará tiempo adecuarse.

—Bueno, preguntaré de nuevo, exceptuando lo que pasó ésta mañana, ¿Cómo van las cosas con Victor?

—Bien… —me dice Yuuri, con la voz desganada.

—¿Bien? ¿Coge bien?

—¡¿Qué?!

—Que si coge…

—Sí, ya escuché, no estoy sordo, Yurio, por dios. Y no lo sé. Solo… Victor y yo… no nos llevamos TAN bien.

—Pero…

—No lo sé, ¿De acuerdo? —me dice—. Su forma de mirar, de hablar y de caminar, todo, es hipnotizante, y me encanta. Me encanta muchísimo. Pero eso me aterra, ¿Me entiendes? Y lo que pasó ésta mañana… me sorprendió.

—Entonces… eso significa que solo lo quieres para coger, pero no para lo demás.

—Sí… ¡No!

—O sea sí, pero no.

—No… —me repite Yuuri, mirándome con seriedad—. Eres muy joven para hablar sobre esto, Yurio. Cambiemos de tema, por favor.

—Bueno, ¿Cómo va tu celo?

—Controlable.

—Felicidades. Durmiendo en la misma cama que Victor, ése es un logro de los buenos.

—Yurio, baja la voz, por favor.

Yo me río al verlo mirando si hay alguien escuchándonos.

Yuuri parece estar relativamente recuperado después del incidente con el sirviente de Victor. Cualquiera hubiera creído que estaría en cama, ocultándose del mundo y sin fuerzas ni ganas para levantarse y sonreír. Cualquiera que no lo conozca.

Sé que su rápida recuperación física y anímica no es únicamente gracias a sí mismo, sino también a Victor. Él le da su fuerza y su estabilidad a través de su presencia, de su tacto, de su mirada y de su vida misma.

Victor comparte con Yuuri todo. Su salud, su vitalidad, e incluso sus pensamientos.

Al parecer eso es lo que ocurre cuando una pareja biológica se conoce. Ocurre inconscientemente.

Desearía poder decir lo mismo de mí y de Jean, pero no.

Al conocer a Jean, no sentí ese chispazo que mi abuelo me describía en sus historias de cómo conoció a su pareja biológica.

No sentí su fuerza, ni su vida, ni su salud. No sentí sus latidos en mi pecho, ni su voz en mi garganta. Su piel no se hizo mía y su sangre no corrió por mis venas.

Esperé tanto de él, tanto, que al notar que no había nada, traté de no ponerme a llorar. Traté de no pensar en todos los planes que tenía con él, en todos los besos y en todos los abrazos, pero no pude.

En ese momento estaba solo allí, así que me puse de rodillas frente a la urna de cristal que lo encerraba, y le rogué que abriera los ojos y que me mirara.

Se lo supliqué.

Y cuando me di cuenta, Otabek Altin me estaba mirando desde el umbral de la puerta.

Su mirada oscura y fría me dijo muchas cosas en apenas un segundo. Me dijo todo lo que había esperado que yo fuera y todo lo decepcionado que estaba de mí.

Haber desobedecido a Victor aquella primera noche, y haber ido a ver a Jean por mi cuenta sin esperar a que alguno de ellos me llevara, había enojado muchísimo a Otabek.

Casi me sacó a rastras de allí.

Si me lo hubiera pedido, quizá yo hubiera salido por mi cuenta, pero ése hombre era tan bruto, tan torpe y tan salvaje, que estrujó mi muñeca en su mano y me aventó fuera de la habitación.

Su actuar solo hizo que yo me pusiera a la defensiva y a la ofensiva, y todo empeoró.

Si yo era orgulloso, él lo era aún más.

Y si yo era torpe, él lo era el doble.

Me encerró en mi habitación y me prohibió ver a Jean.

Nadie tiene idea de lo mucho que pataleé y grité. En serio. Me dolieron los pies de tanto que pateé la puerta, y los puños de tanto que la golpeé. Tanto, que me cansé pronto y me quedé dormido sentado en el piso y apoyando la espalda contra la pared.

Horas después, Otabek entró, tomó mi brazo con una sola mano y me puso de pie de un solo tirón.

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«La puerta está abierta».

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Me dijo, con una voz dura, casi agresiva.

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«Nadie te obliga a estar aquí, Yuri Plisetsky».

«¿Quieres irte?».

«¿No te gusta cómo te trato?».

«¿No te gustan las reglas y las órdenes?».

«Puedes irte si lo deseas».

«Vete».

«Tienes piernas funcionales y ya conoces el camino de salida».

«Lárgate de una vez y no me hagas perder más tiempo».

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No sé explicar si su actitud me sorprendía o no. De alguna manera, lo único que quería era darle un golpe en la cara y desfigurar esa expresión suya de «Soy un muerto en vida que no siente nada».

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«¿Qué pasará con Jean?».

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Le pregunté.

Él cruzó sus brazos sobre su pecho, se apoyó sobre el umbral, y me miró de pies a cabeza, tomándose su tiempo para contestar.

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«¿Acaso te importa?».

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Me preguntó.

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«¿Por qué crees que estoy aquí, maldito imbécil?».

«¡Por supuesto que me importa! ¡Jean es mío! ¡Me pertenece!».

«¡¿A qué clase de hombre no le importa lo que ocurra con lo que es de su propiedad?!».

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Le contesté.

Entonces Otabek se acercó a mí, y aún mirándome de manera indescifrable, me recordó que yo no era un hombre y que mucho menos era alguien capaz de preocuparse por Jean.

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«Eres un niño testarudo, desobediente, orgulloso y salvaje».

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Me dijo, y el tono de voz que usó me hizo querer golpearlo aún más, pero me contuve. No le iba a dar el gusto de que añadiera «estúpido» a mis grandiosas cualidades.

Así que me castigó mandándome a la cama sin cenar, y me hizo jurar que nunca más volvería a desobedecer a ninguno de los integrantes de la familia Leroy.

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«Si te dicen “Párate”, te paras».

«Si te dicen “Siéntate”, te sientas».

«Si te dicen “Cállate”, te callas».

«Y si te dicen “Salta”, saltas».

«¿Entendido?».

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Me dijo, mirándome casi con odio y asco al mismo tiempo.

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«¡No soy una puta atracción de circo, Otabek Altin!».

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Quise decirle eso, pero no pude.

Sus siguientes palabras me hicieron asentir y no replicar nada más.

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«Si no estás de acuerdo».

«Si no te parece bien».

«Entonces no le sirves a Jean».

«Y a Jean no le gusta lo inútil».

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Puto manipulador de mierda.

Me tenía en sus manos.

Desde que me vio llorar frente a Jean, supo por dónde tomarme y enlazarme, como a un caballo salvaje al que él quería domar.

Y sí.

Por Jean, puedo fingir que Otabek ha logrado domarme y montarme. De hecho, puedo fingir muy bien.

—El bouquet debe ser blanco al igual que el vestido… —me dice Lilia, la esposa de Yakov Feltsman, y yo solo asiento.

Yuuri juega con el caniche de Victor a un lado nuestro, y se ríe un poco al notar mi completo aburrimiento.

—¿Es necesario que sea un vestido? —le pregunto a la mujer, y su esposo, Yakov Feltsman, me dice que sí, que mi contextura física y mi edad son perfectos para lucir el vestido de boda de la madre de Jean.

—Lo modificarán con los patrones que tiene la vestimenta masculina, por supuesto. El pecho y la espalda serán ovales. Podrás decidir si lo quieres muy abierto o muy cerrado, por la tarde veremos al diseñador… —me dice Lilia—. Por cierto, llevarás el «Emperador de Jade» en la ceremonia central. Es muy pesado según me han dicho, y desde su adquisición, muy pocos Leroy lo han portado. Es propiedad exclusiva del Rey, pero en su ausencia, Otabek te lo está prestando.

—Es un honor… —le digo, y ella sonríe complacida por mis modales.

—Te casarás con un Leroy, Yuratchka, formarás parte de la familia real, llevarás la marca de un Alfa en tu cuello, y concebirás un niño en tu vientre. Tu abuelo estaría muy orgulloso de ti.

—¿Qué marca? —le pregunto, pero ella no me responde, no al instante.

Observo sus ojos analizando mi reacción, parece pensar la respuesta correcta, intentando quizá adivinar lo que yo quiero oír.

—La única marca que yo permitiría en mí es la de Jean… —le digo, con toda seguridad en mi voz.

—Yuuri… —dice ella, mirando a mi amigo—. ¿Puedes llevar a Makkachin a tomar agua? Ha jugado mucho y debe estar sediento.

—Sí, claro… —le dice Yuuri, mirándome y recibiendo la señal que le doy para hacerle saber que estaré bien sin él a mi lado.

Cuando Yuuri se ha ido junto a su escolta, Lilia observa a su esposo y éste se retira de allí, quizá intentando darme confianza al quedarme a solas con alguien de mi género.

—Yura, escucha… —me dice Lilia—. Debes saber que tu posición en el Palacio Azul es de vital importancia. Tú eres nuestro pilar ahora, ¿Lo entiendes?

Yo asiento y ella prosigue. Me dice lo mucho que hablaba Jean de mí y lo mucho que el Rey Alain esperaba que yo fuera.

«El consorte digno de un Rey» —me dice Lilia, mirándome fijamente—. Fuiste educado bajo el noble apellido Plisetsky, tu abuelo es muy respetado aquí, al igual que tu padre. Que seas tú el ideal de Jean, y no otro, es una alegría para La Mesa y para toda la familia real.

—¿Por qué siento que está a punto de decirme algo que no quiero oír?

—Debes casarte, debes tener un niño, y debes tener una marca, lo más pronto posible.

—Otabek y yo acordamos que…

—Otabek es el líder de la familia real en ausencia del Rey y de Jean. Era casi como su hijo, y la confianza que ambos depositaron en Otabek es indiscutiblemente acertada. Es un hombre muy capaz de encargarse de todos los asuntos como Regente. Por desgracia, Otabek Altin es un Gamma, y todos preferiríamos que… dada tu impecable condición, sea un Alfa hecho y derecho, y no un Gamma, el que te lleve al altar dentro de dos días.

—Yo ya tengo un Alfa, uno al que esperaré hasta el final, aún cuando mi cabello se haga blanco y mi piel se arrugue… —le digo—. Fui hecho para él, Lilia. No permitiré a ningún otro.

—La Mesa no está de acuerdo, creen que…

—¿Crees que me importa? —le pregunto, y me alegra que Yakov se haya acercado, de esa manera también él podrá escucharme—. Lamento lo que La Mesa piensa que es conveniente para mí, y lamento lo que ellos aprueban, creen o quieren. Lo lamento, porque ellos no tienen voz ni voto sobre la pareja biológica de Jean. En su ausencia, yo soy él. Lo siento, pero ésta no es una democracia, es una monarquía. La palabra del Rey es la que pesa más, y la palabra del Rey fue clara. Me casaré con un Leroy y seré Regente junto a Otabek hasta que Jean despierte. Sin marcas y sin niños, ¿Ha quedado claro?

—No seas caprichoso, Yuri Plisetsky. Recapacita. Un Alfa Leroy es mejor que un Gamma… —me dice Yakov, y yo no puedo sentirme más decepcionado de él, de lo cercano que era mi abuelo a él y de lo bien que me hablaba de todo lo que era y representaba.

—No. Y no te atrevas a hablarme con ese tono, Yakov Feltsman… —le digo, mirándolo fijamente, e intentando no ceder ante sus feromonas—. No cambiaré de opinión. Otabek y yo cerramos un trato, y no va a modificarse.

—Yuri, piénsalo un poco… —me dice Lilia, mientras apoya una de sus manos en el brazo de su esposo para intentar tranquilizarlo—. Además, Otabek sabía de esto, después de todo, fue él quien lo propuso.

—Lo importante es que te cases con un Leroy, no importará quién, mientras sea de esa familia todo estará bien… —me dice Yakov—. Y si ese Leroy te marcara, sería una garantía para La Mesa, una garantía de que cumplirás bien con tu propósito aquí. Y todo sería aún mejor.

—No para mí, y no para Jean… —le digo, y luego miro a Lilia. Quiero creer que ella, a la que conocí hace años, no me mentiría—.  ¿Otabek me trajo aquí con engaños? —le pregunto, y Lilia niega, pero su esposo se le adelanta.

—Debió hablarte sobre esa opción, es una gran opción.

—No les importa Jean y no les importa su pareja. Lo único que les importa es conservar el poder para la actual familia real, eso me ha quedado claro. Hablaré con Otabek en persona, hasta entonces nada cambiará… —le digo, y doy por zanjado el asunto marchándome de ahí—. Si me disculpan, el aire fresco se ha hecho rancio.

Resulta que Otabek era difícil de hallar.

Cada vez que lo buscaba me decían que estaba ocupado y que no podía atender otros asuntos. Así, al final del día, ya casi era la hora de la cena y yo no había logrado contactarme con él.

No es que Yakov y Lilia me hayan dejado con la duda. De hecho, por alguna extraña razón, yo confiaba en Otabek, y confiaba en que él no me había traído con engaños ni estaba dispuesto a engañarme en un futuro, aún no sabía por qué, pero confiaba en él.

Lamentablemente, las circunstancias me pondrían a prueba ese mismo día, cuando una mujer tomó mi brazo y me dijo aquello.

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«Hay algo que debo decirte sobre Jean».

«Te veré a la hora de la cena en los jardines del este, en el túnel de enredaderas».

«Di que estás enfermo y que no comerás».

«Por favor».

«Es importante».

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Su voz suplicante hizo que la curiosidad me carcomiera la mente, y llegada la hora, me tumbé en la cama, y ordené a la capitana de mi escolta que informará sobre mi estado y sobre mi ausencia en la cena familiar.

Tuve que esperar un tiempo recostado, y es que presentía que Otabek iría a cerciorarse por sí mismo. Y no me equivoqué. Él en persona abrió las puertas de la habitación y entró sin ser invitado.

—¿Qué sucede? ¿Qué te duele?

Sus preguntas me hicieron titubear un instante, dudaba que él creyera cualquier cosa que yo dijera sin antes llamar a un doctor para comprobarlo.

—Creo que es mi celo… —le digo, y veo sus cejas contraerse. Un Gamma no sabe de celos, no los entiende.

—¿Debo llamar al doctor? —me pregunta.

—Claro que no, es normal, Altin. El celo llega con una pequeña fiebre a veces.

—¿Has tenido un celo antes?

—Claro… —le digo, pero es mentira, aún no lo he tenido ni lo estoy teniendo.

—De acuerdo… entonces…

—Es normal. Natural. Nada de qué alarmarse.

—Está bien, descansa. ¿Debo hacer que te traigan algo de comer?

—No, no tengo hambre… —le digo—. Por cierto, Altin, quería hablar contigo sobre…

—Ahora no, Yuri, estoy ocupado. Duerme primero, me esperan.

—Es importante.

—Me esperan, Yuri. Adiós.

—Adiós… —le dije, y lo vi irse y cerrar la puerta tras él.

Esperé unos instantes antes de aventurarme a abrir las ventanas. La noche estaba muy iluminada y eso me ayudó a ver bien el camino que iba a tomar. Me despedí de mi gato, el pequeño Potya, y salí.

Las enredaderas a un costado del balcón fueron de gran ayuda, eran gruesas, duras, y su aroma era dulce, me gustaban y me apenó tener que maltratarlas bajando por ahí hasta el primer piso.

Llevaba conmigo un paralizador eléctrico que me habían dado para defenderme en caso de una emergencia. Sabía bien que podría estar yendo a la boca del lobo, pero me sentía seguro y fuerte, como cualquier niño en plena travesura.

Llegué al lugar y la vi.

Ella estaba sentada en una de las bancas, mirando la nada. Al verme, se puso de pie y me dio alcance, me hizo una corta reverencia y me besó ambas manos.

Sus ojos eran bonitos, toda ella era bonita, pero al mismo tiempo era extraña, estaba tan llena de tristeza, tanto que podía olerse

Un segundo después, aquellas palabras brotaron de sus labios y rompieron mi paz de inmediato, justo como un venenoso aguijón.

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«Mi nombre es Isabella».

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Me dijo.

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«Soy la novia de Jean».

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Publicado por ArikelDT

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