Por el amor de amar: Capítulo 4


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«Míos».

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Pienso.

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«Míos».

«Míos».

«Míos».

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Me repito, al recordar lo suaves y divinos que son los labios de Yuuri. Esos labios que tomé como míos.

Quizá debería intentar olvidar la forma inexperta en la que se mueve su boca de rosa y la forma en la que es tan tímida, o lo sumisa y deliciosa que se pone su lengua cuando la ataco ferozmente con la mía.

Y ni hablar de lo cálida que es su cintura y la perfecta manera en la que cabe entre mis brazos, como si su silueta hubiera sido hecha a mi medida.

Y de hecho sí. Así es.

Todo de él fue hecho a mi justa medida.

Debería intentar olvidar eso y todo lo demás.

Debería intentar olvidarlo, porque si lo recuerdo se me cae el mundo y mi hoja se pone en blanco, así que debería al menos intentarlo, pero al intentarlo, inconscientemente recuerdo el exacto y perfecto suspiro imperceptible que sale de sus labios al terminar un beso, y al recordar aquello, mi corazón se detiene por completo.

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«Mío».

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Ruge mi alma.

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«Yuuri es mío».

«Lleva mi nombre en su piel y en su alma».

«Mi sangre corre en sus venas y la suya en las mías».

«Es mío».

«Mío».

«Mío».

«Mío».

«Únicamente mío».

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No como mi perro, al que puedo sacar a pasear cuando yo quiera.

Ni como mi caballo, al que puedo montar cuando se me dé la gana.

No.

Claro que no.

Yuuri es mío de la misma manera en la que lo es el aire que está en mis pulmones y la médula que está en mi columna.

Es mío de una manera vital. Trascendental.

Es parte de mí.

Y es impensable sentirse así. Impensable e imposible.

Porque Yuuri es distinto a mí.

Es distinto a lo que soy, distinto a lo que me enseñaron y distinto a lo que quiero.

Y al mismo tiempo, no.

Porque de alguna extraña y tierna manera, Yuuri es la combinación armoniosa y perfecta de todas las cosas que me gustan.

Y me gustan muy pocas cosas, sin embargo, él no es poco, ni es pequeño. De hecho es complejo e inmenso, y a la vez sencillo y natural. Es cándido. Sin pecado y sin culpa.

Yuuri es una contradicción. Una total contradicción.

Es hermoso.

Tiene la mirada más bonita que jamás he visto y los labios más terriblemente provocativos que jamás imaginé.

Sus besos saben a gloria, a victoria y a derrota.

Cuando me mira, caigo.

Y no me gusta caer ante nada ni nadie, pero ante él, las caídas son placenteras, o al menos así se sienten.

Al caer ante sus besos siento que sus bonitas manos me reciben y me amparan, me protegen.

Un Omega me hace sentir protegido.

Cuánta contradicción.

Soy yo el que debe hacerle sentir a salvo y estable.

Yo el que debe ser el pilar y la fuerza.

Yo el apoyo.

Yo el cimiento.

Yo, no él.

Pero claramente ya fallé.

Y Sara va a escucharme bien en cuanto la vea, porque es su culpa que los sagrados ojos de mi Yuuri hayan derramado lágrimas. Esas lágrimas de agua bendita que tiene y que nadie debería jamás tener el atrevimiento de invocar.

Yuuri me pone de buenas, esa es una verdad universal.

Me alegra, me relaja, me hace sentir seguro de todo.

A su lado siento que no cometo errores y que todo lo tengo resuelto.

A su lado confío en todo y en todos, y eso está mal.

Está mal porque un Alfa nunca confía, un Alfa siempre pone en duda todo, solo de esa manera es capaz de proteger más y mejor a su familia.

Pero es que Yuuri me complica.

Me complica y me resuelve.

Me crea y me recrea a su antojo.

Y lo peor, es que parece no darse cuenta de todo lo que me hace con su presencia.

No se da cuenta de la forma en la que me afecta.

Él me ignora, e ignora todo lo que provoca e invoca en mí. En mi cuerpo y en mi alma.

Ignora todo lo que genera con esa forma tan suya de parpadear o esa forma tan suya de moverse.

Está seduciéndome.

Lo hace sin dudar.

Lamentablemente para mí, no creo que a él le importe lo mucho que altera mi mundo. No creo que le importe para nada.

Ahora mismo, Yuuri está bañándose apenas a unos metros de mí.

Mis dedos tiemblan ante ese hecho.

Mi garganta se humedece y mis labios se secan.

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«¿Por qué lo besé?».

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Pienso.

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«¿Lo habré asustado?».

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Me pregunto.

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«¿Me tendrá miedo?».

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No.

Claro que no.

Él no debe temerme.

Todos, en todo momento y en todo lugar, pueden temerme. Todos, menos él.

Él no debe hacerlo.

Él debe saber que yo no me atrevería a hacerle daño.

Debe sentir lo que yo siento a su lado. Debe sentirse a salvo, fuerte y resuelto.

Debe saber que para mí, hacerle daño sería una pesadilla.

Una aterradora pesadilla.

Pero eso a Yuuri no le importa. Y es que él evita mi mirada como se evita a algo horrible.

¿Soy horrible?

Al parecer, y a sus ojos, sí.

Y eso es terrible. Lo es porque yo quiero que me mire. Quiero que sus bonitos ojos se enfoquen en mí y se queden ahí.

Quiero deleitarme con el color en ellos y quiero apreciar cada pestaña suya. Quiero aprenderme de memoria su manera de parpadear, la forma en la que sus pestañas aletean tan suave e imperceptiblemente.

Quiero percibir eso y mucho más.

Y sobre todo, quiero besarlo por última vez.

Por favor.

Será la última.

Lo juro.

—¿Puedo usar la bata de cama para dormir?

Su voz me toma por sorpresa.

Yo aquí, imaginando y recreando el sabor de sus labios y lo bonitos que son sus ojos, y él allí. Con tan solo la bata de baño cubriéndolo, con el cabello húmedo y revuelto, y con el aroma de mi shampoo adornando su piel.

—Sí… claro… —le digo, y Yuuri asiente.

Entonces lo hace.

¡Lo hace!

Dios santo.

Lo hace.

Allí, frente a mí, se desnuda por completo dándome una vista asombrosa de su retaguardia para luego colocarse la bata de cama.

Y listo.

Ya morí.

Adiós a todos. Fue un gusto, fue un placer. Adiós familia. Adiós Makka. Adiós mundo cruel.

Yuuri gira y parece darse cuenta al fin de lo que hizo, sus dedos se aferran a la bata y cierran aún más la abertura del pecho, intentando quizá protegerse al cubrirse.

—Yo… lo siento… —me dice, y yo me río.

Sí, claro.

Discúlpate por asesinarme.

¿Por qué eres así, Yuuri?

—No importa, está bien… —le digo.

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«Está bien que me mates».

«No tiene importancia».

«Solo tú puedes hacerlo y está bien que lo hagas».

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Pienso, deleitándome con el tono rosa pastel que adorna sus mejillas.

De pronto, la voz de Chris llamándome me saca de mi comodidad en la cama.

—Es tu cena… —le digo a Yuuri, quien asiente y me sigue hacia la sala.

Cuando Chris se retira, y Yuuri empieza a comer, me doy cuenta de algo.

Yuuri tiene una belleza oscura.

De esas que llaman «ancestrales».

De esas que derrochan elegancia y porte sombrío.

Tiene una belleza antigua e intimidante.

Es extraño para mí admirar su manera de mirar, que es tan dulce y compasiva, y al mismo tiempo temer sus maneras y movimientos, que son tan antiguos.

Él es, sencillamente, una combinación perfecta.

—¿Te gusta? —le pregunto, y él asiente—. Me alegro… —le digo, y él me regala una pequeña sonrisa.

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«Quiero más».

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Pienso.

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«Quiero que me regale más de sus ojos y más de su boca».

«Quiero que me regale solo un poco más».

«Un poco más… de absolutamente todo».

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Me temo que con Yuuri me volveré codicioso, ambicioso y celoso.

Me temo que no me va a gustar que alguien que no sea yo escuche su voz o vea sus ojos, y me temo que no me va a gustar que alguien más disfrute su aroma.

¿Éstas son cosas de Alfa, o son cosas mías?

Éste apego y ésta posesividad, y todo lo demás.

Ojalá fuera porque Yuuri me gusta de verdad, pero me temo que es todo por culpa de la unión que «disfrutamos».

Yuuri, todo de él, está hecho, formado, y creado, exacta y precisamente para hacerme caer. Esa es la respuesta a todas mis preguntas.

Me pregunto si yo estoy hecho para hacerle caer a él, y es que con toda la indiferencia que siempre me está regalando, me temo que nací defectuoso y que necesito de cierta ayuda para lograr gustarle.

Pero, vamos.

¿Eso importa?

Yo creo que no.

—¿Puedo besarte? —le pregunto de pronto, y él quita toda su atención de las cerezas en su pequeño plato.

Me gusta cuando me mira, porque cuando lo hace caigo.

Y me temo que con Yuuri me gusta mucho caer.

—¿Por qué? —me pregunta él, y aquí viene lo complicado.

Yuuri no es un postre que yo pueda andar probando cuando se me antoje. Es un ser vivo, un ser humano, y eso hace que no esté a mi disposición, sino a la suya propia.

—¿Entonces, no? —le pregunto.

—No dije eso… —me dice él, y esquiva mi mirada.

Me pregunto cuál es la respuesta que quiere oír, cuál es la respuesta que necesita.

—Dijiste que nunca más…. —me dice—. Lo juraste.

—Descubrirás, Yuuri, que miento mucho y por muchas cosas. Soy un mentiroso empedernido… —le digo, parándome del sillón y acercándome al suyo.

—Espera… no, por favor, ¿Acaso quieres hacerlo aquí? —me pregunta—. ¿Justo ahora?

—¿Por qué no? —le digo, sonriendo ante su nerviosismo.

—No es buena idea, de hecho es una muy mala idea. No nos conocemos, no… no nos gustamos. No es…

—Todo está bien, Yuuri… —le digo, mientras arrebato de sus dedos la cereza que mordió y me la como, casi anticipándome al sabor que deben tener sus labios ahora.

Resulta que Yuuri tenía razón.

Era una mala idea besarlo.

Lo era, porque probar una vez más de su miel me encadenó un poquito más a él. A su sabor, a su aroma y a su piel. Y eso estaba tan mal de tantas maneras posibles.

Y sin embargo, al mismo tiempo, estaba tan bien y era tan perfecto. Era justo tal y como debía ser.

Porque los labios de Yuuri parecen ser todo lo que necesito en el mundo. No son fuego, ni queman. Es todo lo contrario. Sus labios son agua y dan vida.

Son refrescantes y alivian mi sed con solo un leve roce tímido.

Me divierte pensar en lo tímido que me pongo ahora al besarlo, teniendo en cuenta que el primer beso fue tan arrebatador.

Le arrebaté todo en aquel primer beso robado, lo sé. Pude sentirlo en mi lengua al salir de aquella sala. Le quité hasta el alma.

Hoy, justo ahora, sentados en el sillón, le devuelvo un poco de lo que me dio y siento que me lo agradece.

Tomé su inocencia y ahora se la devuelvo un poquito, tan solo un poco y tan solo lo suficiente como para que sus manos se posen en mi pecho y sus labios me susurren suavemente intentando hacerme desistir.

—Detente… Victor, por favor… por favor…

Sus súplicas suenan tan cautivadoras.

Tanto que no hay forma de detenerme.

—¿Qué haces? —me pregunta, girando el rostro y estremeciéndose al sentir mis labios sobre su mejilla.

No sé qué hago, Yuuri.

Quiero poner en palabras lo que estoy haciendo, pero las palabras mueren en mi boca. Mueren porque desconocen lo que estoy sintiendo y lo que estoy anhelando. Mis palabras jamás habían sentido algo así, por lo tanto no saben definirlo, describirlo o expresarlo.

—¿Qué sientes por mí? —me pregunta Yuuri—. Sé honesto conmigo, por favor… —me pide.

Mi Yuuri.

Mi dulce Yuuri.

Mi hermoso y cautivador Yuuri.

Acabo de decirte hace segundos que yo miento.

Miento cuando me preguntan cómo estoy y cómo me siento. Miento cuando digo que estoy bien. Miento cuando sonrío sin dolores ni preocupaciones.

Yo miento.

Miento tanto y tantas veces.

—Mentiría si te dijera que nada… —le digo, con toda la honestidad confusa que él me inspira aún sin querer—. Y mentiría si te dijera que sé lo que siento, porque no es así. No sé lo que siento, Yuuri. Has puesto mi mundo de cabeza, y al mismo tiempo le has puesto orden.

Yuuri se aleja y se pone de pie.

No es lo que esperaba oír, puedo sentirlo.

Pero entonces qué.

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«¿Qué quieres oír?».

«Dime, Yuuri».

«Dime lo que quieres oír, y lo oirás mil veces».

.

—¿Dónde dormiré? —me pregunta, girándose a verme.

—En mi cama, por supuesto… —le digo, y su mirada es tan transparente a mis ojos—. Si tú quieres, yo dormiré en el sillón.

—¿Existe la posibilidad de conseguir otra habitación?

—Sí.

—Entonces…

—No.

Yuuri me mira. Puedo notar su cansancio, por el viaje, por el beso y por el reciente baño.

—Viniste aquí como invitado de Yurio, pero tus circunstancias son distintas. Eres mío… es decir, eres mi invitado, así que… bueno… eres mi pareja biológica, Yuuri, lo más lógico y adecuado es que te quedes aquí, conmigo. Es por tu seguridad.

—Dormiré en el sillón entonces, no sería justo que duermas tú allí siendo yo el invitado y tú el anfitrión.

—¿Dormimos juntos? —le pregunto, arriesgándome a un rechazo.

Yuuri lo piensa.

Acaso teme que yo vaya a…

—Yo jamás te lastimaría, Yuuri… —le juro—. No pasará nada que tú no quieras que pase.

Eso no parece tranquilizarlo ni un poco, sin embargo, asiente al fin y se dirige al dormitorio a alistarse para dormir.

¿Debería haberle dicho que yo duermo desnudo?

O debería empezar a usar pijama, eso definitivamente es lo mejor. Comprar pijamas será mi prioridad mañana.

Dormir junto a Yuuri no fue tan difícil.

Lo difícil fue no hacerlo.

Quería quedarme tan solo unos segundos más viendo lo bonita que era la curva de su cuello, y lo bien que se sentía su calor junto a mí, pero fue imposible.

Al estar acostado a su lado, observando de cerca como me daba la espalda, el sueño me invadió irremediablemente.

Su cercanía me daba paz y me relajaba por completo. Su aroma suave y cálido era como un pequeño bocadillo espolvoreado de canela y chocolate, tan dulce y tan puro. A su lado me sentía en casa y me sentía completo.

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«¿Qué haré cuando se vaya?».

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Me pregunto, justo antes de cerrar los ojos y dejarme vencer por el cansancio del día y por la comodidad de Yuuri.

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«¿Cómo sobrevivir a él?».

«¿Cómo seguir viviendo sin él?».

«¿Cómo logré hacerlo hasta ahora?».

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Son dudas existenciales que se extinguen cuando lo siento girarse a verme. Desearía encontrarme con sus ojos, pero el sueño finalmente me vence.

Horas después, la mañana llegó casi en un pestañeo.

Al abrir los ojos pude ver su rostro dormido y sus pestañas cerradas. Su respiración pausada y tranquila me hizo perder la ilación del tiempo y su paz me dio paz a mí.

Desperté feliz y con la seguridad de que ése sería un gran día.

Lo dejé durmiendo, me bañé, me vestí, salí y le encargué a Chris que velara por todo lo que a Yuuri se le antojara, y que me mantuviera informado de todo lo que hacía. Si salía, si comía, si dormía, si respiraba, todo, quería estar informado de cada movimiento suyo y de cada necesidad suya.

También me aseguré de que su escolta estuviera fuera de las habitaciones, y les recordé que cuando él saliera debían acompañarlo a donde sea que se dirigiera. No debían dejarlo solo ni por un instante.

Así inicié mi día con normalidad.

Pude cerciorarme de que Otabek había conocido ya a su futuro esposo y me sorprendió verlos hablando tranquilamente en las habitaciones del pequeño Plisetsky mientras éste era preparado para empezar con su día.

El pequeño se movía como pez en el agua. Debo reconocer y felicitar su facilidad para moverse en la corte y entre toda esa gente que lo quería muerto y más aún, para lucir realmente amenazante a pesar de su estatura frágil.

Otabek me prometió que él se encargaría de Yurio a partir de ese instante, que a pesar de que me había pedido hace unos días que fuera yo quien lo hiciera, ahora quería encargarse él en persona, así que yo me di por satisfecho y le pedí que se encargara también de todo lo demás, de su futura boda y de la creación de su futuro hijo.

Me dijo que lo haría y que yo ya podía encargarme de mi Yuuri en paz.

—¿Lo fecundarás pronto? —me preguntó, y yo no pude sentirme más ofendido con su pregunta.

—No es una yegua a la que haya traído específicamente para tener crías, Otabek Altin… —le dije, y su mirada me aseguró que no me entendía—. Mi Yuuri es invitado del tuyo, son amigos, casi hermanos. Yurio le pidió que lo acompañara a la corte y lo hizo. Yo solo velo por su reputación y por su seguridad, es todo.

—Si el óvulo que vamos a extraer de Yura no logra ser fecundado, tu Yuuri tendrá que darte uno suyo. Sabes eso, no lo olvides.

—Lo sé bien, y él dijo que no. ¿Acaso esperas que le dé un sedante y le saque el óvulo sin su consentimiento, o qué?

—Espero que lo convenzas, Victor, es todo, no estés a la defensiva.

—No estoy a la defensiva.

Oh, claro que lo estoy. En serio Otabek está molestándome.

—Llevaré a Yura a la playa. Tú cuida a tu Yuuri, sobre todo ahora.

—No entiendo, ¿Por qué sobre todo ahora?

—¿Eres torpe? Creí que lo sabías y que por eso le habías dado tu abrigo cuando él llegó aquí —me dice—. Está en celo, está claro.

No, Otabek, no soy torpe.

Soy idiota.

Un idiota y un despistado.

Eso es lo que soy.

¡Y sí! También soy torpe, ¿De acuerdo?

Mi Yuuri.

Mi precioso Yuuri.

Mi dulce Yuuri hecho de amor y hecho para amar está delicado y vulnerable justo ahora.

Soy un idiota.

Dejar solo a Yuuri en su celo y en un lugar nuevo y desconocido con tantos leones acechando a tan sublime cervatillo, solo a mí me pasan éstas cosas, y me pasan por despistado e idiota.

De inmediato, Otabek pasó a segundo plano y mi prioridad se convirtió en prisa por llegar de regreso a la habitación, allí en donde Yuuri estaba solo y sin mí.

En el camino choqué con Sara, la hermosa y exótica Sara a la que quise ahorcar con solo verla.

—¿Vitya?

—Hablaré contigo después, Sara Crispino.

—¿Sobre qué?

—Recuerdo que me arrodillé ante ti. Recuerdo haberte suplicado que te casaras conmigo y que fueras mía. Te dije miles de veces que te amaba muchísimo y que mi amor por ti era inmenso e inmune al tiempo, ¿Recuerdas? Y ya aclaramos que todo fue únicamente porque eras un escalón, decir «Te amo» es sencillo, Sara, es solo una frase cualquiera, una que te dije miles de veces para que dejaras de hacerte la difícil y dejaras de arruinar mi proyecto con tu padre, pero te enteraste y al enterarte te negaste y nada más pasó. Todo quedó resuelto, ¿Por qué vas por ahí contando el pasado?

—¿Cómo creerte? Me dijiste que me amabas y resultó ser mentira. Ahora dices que no me amas y… ¿Cómo estar seguros? ¿Por qué no hablamos en privado y lo comprobamos?

—Escucha, Yuuri es… es sagrado, ¿Entiendes? Acércate a él una vez más, atrévete a hacerlo.

—Oh, por favor. Hablas como su Alteza Jean. Sabes tan bien como yo que las parejas perfectas son…

—Solo cállate y no te le acerques, hablo en serio, Sara.

Iniciar una discusión en medio del pasillo con una Alfa es lo que menos necesito ahora, definitivamente, así que Sara se queda allí, con sus feromonas a flor de piel viendo cómo me alejo y probablemente deseando estrangularme.

Me esperaba su resentimiento, quizá, también me esperaba que siguiera fastidiando a Yuuri y causándole dolores de cabeza. Lo que no me esperaba era lo que encontré en las puertas de mi habitación.

La escolta de Yuuri no estaba, y Yuuri estaba dentro, y no estaba solo, estaba con un Alfa.

Inmediatamente mi mente se volvió un caos.

Podía sentir a través de la madera el ambiente cargado en lujuria y deseo, pero lo que más me aterró fue que podía sentir también miedo. El miedo de Yuuri.

Si Yuuri en su celo buscara la compañía de alguien… no sé, quizá yo me haría a un lado. Y es que él no es nada mío, yo no lo he reclamado y, visiblemente, él cortó toda expectativa hacia mí muchos años atrás.

Si Yuuri se entregara a alguien, entonces… me haría el ciego.

Esperaría sentado en la puerta a que ese alguien terminara de consolar su cuerpo y lo deje satisfecho, y recién entonces me atrevería a entrar para quizá poder ver cómo se maquilla la mirada de Yuuri cuando el placer lo ha inundado.

Pero ese no es el caso. No ahora.

No cuando al entrar a la habitación veo a Yuuri tras el sillón, con la camisa rota, aferrándose a un pequeño cuchillo de mesa.

Sus labios lastimados sangran, y me aterra la sola idea de que alguien los ha probado sin su consentimiento, con poco cuidado y a la fuerza.

Al otro lado está Chris.

Su mirada está nublada por el deseo y la sed, y una de sus manos se encuentra apretando un lugar entre sus costillas del cual brota un hilillo de sangre.

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«Soy un idiota».

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Me repito.

Si yo me hubiera dado cuenta antes, y hubiera tomado las medidas pertinentes, nada de esto hubiera pasado.

—Estás muerto… —le digo a Chris—. Estás bien… bien muerto…

Él no me escucha, Yuuri sí.

Me mira al escucharme y puedo notar que apenas recién se ha dado cuenta de que he ingresado a la habitación.

Su miedo me aterroriza.

No debió mirarme.

No debió mostrarme la imagen que tienen sus ojos ahora.

O quizá sí.

Sí.

Me alegra que lo hiciera, de esa forma puedo saber que el castigo será severo y será correcto.

Y es que los ojos de mi dulce Yuuri lucen firmes y decididos, estoy orgulloso de ello, pero eso es lo de menos.

Lo que en serio, en serio, en serio, me molesta… es ver aquello que desciende por sus mejillas.

Aquellas lágrimas de agua bendita que tanto producen en mí.

Mi Yuuri ha llorado.

Aún está llorando.

Sus bonitos ojos parecen enfocarme bien poco a poco, y al reconocerme, sus manos temblorosas sueltan el cuchillo y corre hacia mí, colocándose tras mi espalda y refugiándose allí.

Chris le sigue.

Aún está ciego, aún está sordo y aún está sediento.

Y sobre todo, está muerto.

Definitivamente.

Lo está por completo.

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Publicado por ArikelDT

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