Por el amor de amar: Capítulo 3


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«Por favor…».

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Me pidió, con la mirada fija en mis ojos y con la voz suplicante.

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«Solo ésta vez».

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Prometió.

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«Será la única cosa que te pida en toda mi vida».

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Me dijo.

Y no pude hacer nada más.

No pude seguir negándome. Suspiré derrotado y accedí al fin.

Yurio, mi querido Yurio, no quería ir solo a la corte de Nueva Tierra. Y claro, cuando no quieres ir solo a algún lugar… bueno, para qué están los hermanos, ¿No?

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«¿Y por qué no?».

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Dijeron mis padres.

Serían nuevos aires, nuevos climas, nueva gente, y quizá, un nuevo amor.

Lo cierto es que ellos no sabían que el hombre que un par de días después nos llevaba a Yurio y a mí en su auto era… oh, dios… era mi único amor. El verdadero.

Estúpida e inconsciente mente la mía. Aquella que al verlo decía: «Con éste hombre me caso».

Y estúpido corazón, que al rozar accidentalmente mis dedos con los suyos estuvo a punto, de verdad a segundos, de infartar y morir.

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«¿Por qué, Yuuri? ¿Por qué?».

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Me preguntaba yo, y quería darme de golpes contra el asiento frente a mí.

Victor me ponía de malas, esa era una verdad universal.

Él me alteraba totalmente. A mí, a mi mundo, a mis labios y a mi piel. Y lo hacía a cada segundo.

El verlo, el sentirlo, el saber que en el vasto mundo existía él… me desorientaba por completo.

Y luego estaba lo otro.

Lo otro que era aún peor.

Su sonrisa.

Oh, dioses…

Solo tengan piedad de mí y aparten a éste hombre de mi lado.

Por favor.

Por favor.

¡Por favor!

Si sigo junto a él un minuto más, y si su sonrisa vuelve a dirigirse a mí, creo que moriré.

Moriré feliz.

Moriré con el corazón hinchado en carmín latiendo y quemando, ardiendo en azúcar y rosas.

Porque si hay algo en el mundo entero que amo más que a todo, son las rosas. Todas hermosas, todas preciosas, todas fuertes, dignas y elegantes.

Victor olía a rosas.

Olía a las más frescas, puras y maravillosas rosas.

Bendita naturaleza que lo creó así.

Tan bello.

Tan seductor.

Tan atractivo.

Yo era un insecto.

Él era néctar.

Dulce, libidinoso, caliente y hermoso néctar.

Con esos labios tan bonitos que adornan su rostro, con esas pestañas suaves que aletean sin preocupación.

Oh, mi dios…

Victor es hermoso.

¿Por qué lo hiciste así de hermoso?

¿Para quién?

¿Para mí?

Dime que sí.

Dime que me porté bien y que Victor es mi regalo. Por favor, dime que sí.

—Puedo… ¿Puedo abrir la ventanilla?

Mi pregunta recibe una afirmación silenciosa y tranquila por parte de Victor, y solo al sentir el aire fresco de la primavera inundando mi rostro es que mi corazón puede sentirse a salvo.

A salvo de Victor.

De sus garras, de su seducción, y de su… algo… que me llama, que grita deliciosamente el nombre de mi alma y que ruge en mi pecho.

Siento que su corazón late entre mis costillas.

Más que pertenecerle… siento que ya no me pertenezco a mí mismo.

Ya no soy yo. Soy él.

Su corazón late en el mío.

Su sangre corre en mis venas. Venas que ya no son mías, sino suyas, y que hacen carreras en constante ebullición bajo mi piel.

Piel que vibra ante su cercanía y que lleva su nombre, su marca y su alma tatuada a fuego.

Si esto sigue así… moriré.

Moriré pronto, lo sé.

Pero extraña, increíble e indescriptiblemente, moriré feliz.

—La boda será pronto, como mucho deberá celebrarse éste fin de semana… —dice Victor de pronto, y Yurio, junto al conductor del auto, asiente.

—¿Cuándo voy a conocerlo? —le pregunta Yurio, sin despegar su vista del celular.

—¿A Otabek? Hoy mismo, por la noche. Si todo sale bien, me parece que cenaremos todos juntos… —le contesta Victor.

—A mi Alfa, quise decir. ¿Cuándo conoceré a Jean?

—Oh… cuando tú quieras. Si llegamos antes, te llevaré a verlo.

Yurio vuelve a asentir y luego se coloca sus auriculares.

El silencio sepulcral que se forma en el auto me ayuda a dejar de pensar en lo bonita que es la voz de Victor y lo dulce que sonaría más susurrante y relajada muy cerca de mi oído.

—¿Podemos hablar ahora?

Su voz.

Su voz.

Su voz.

Su voz junto a mí, tan cerca y tan suave.

Su cuerpo acomodándose en el asiento y reforzando su atención dirigida a mí.

Me encanta cuando me mira.

Y al mismo tiempo no.

Porque hablar de su voz, de su sonrisa y de su presencia misma, es una cosa; pero hablar de sus ojos es otra muy distinta, es otro infarto, es otra caída irremediable.

No miraré sus ojos. Lo juro.

A no ser que abrumadores instintos suicidas se apoderen de mi alma y a ésta le plazca morir justo aquí y justo ahora, en medio de una autopista cualquiera y justo entre sus brazos.

—¿Va a ignorarme, joven Katsuki?

Oh, no. Victor, querido.

Claro que no.

Contrario a lo que piensas, ni siquiera puedo intentar ignorarte.

Desde que supe que existías he hecho de todo menos ignorarte.

Lo he intentado, sí.

Pero lograrlo, o tan siquiera mantener el «estoy intentando», no, querido. No.

Ignorarte es una hazaña de la que no puedo presumir.

—De acuerdo. Ignórame… —me dice Victor, y puedo jurar que hay cierto berrinche en su tono de voz—. Puedes elegir hacerlo, y yo puedo elegir hablarte de todos modos.

Estoy de acuerdo.

Es un trato justo para ambos. Uno en el que ambos hacemos lo que más se nos antoje, y lo hacemos cada uno por su lado.

Yo, por ejemplo, finjo que no existes, y tú impones tu presencia en mí, como siempre. Ya estoy acostumbrado a eso. Adelante, Victor.

—Cuando lleguemos al Palacio Azul te guiaré a tus habitaciones, te dejaré con tu maleta y quiero pedirte que no salgas de allí, ¿De acuerdo?

Al ver mi silencio, él prosigue.

—Las personas de la Corte son muy recatadas y fieles creyentes de cosas que no te convienen, así que por favor no salgas de tus habitaciones. Ordenaré que te lleven la cena y todo lo que necesites. Habrá un teléfono allí con el que podrás comunicarte con un sirviente y podrás pedirle lo que sea que se te antoje, e incluso podrás llamarme a mí de ser necesario. Yo iré a verte después de cenar con la familia real. ¿Está bien?

Mi asentimiento es todo lo que él necesita para dar por terminado ese asunto.

Al final, llegamos al palacio.

Me hubiera asombrado demasiado su estructura magnífica de no ser por el abrigo negro de Victor. Aquella prenda fina, hermosa y sumamente elegante, aquella que al bajar del auto, Victor coloca suavemente sobre mis hombros.

—Hace frío hoy.

Es todo lo que dice, y yo podría asentir si pudiera siquiera ordenarle a mi cabeza hacerlo.

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«Planeas matarme».

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Pienso, pero no le digo.

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«Planeas matarme y luego enterrarme pronto».

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No hay duda de eso.

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«Planeas acabar conmigo».

«Planeas despedazarme, desgarrarme, hacer polvo mi corazón y mi alma, y luego sentarte a ver como el viento y la lluvia mezclan mis restos con el universo».

«Lo planeas, lo sé».

«Porque no hay manera de que seas tan benditamente perfecto y asombroso».

«Porque no hay manera de que no te des cuenta de lo mucho que quiero… que quiero que lo hagas. Acaba conmigo, Victor».

«Derrótame, tómame, estrújame, pulveriza todo de mí».

«Deshazme y destrúyeme. Qué glorioso sería un fin así».

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Mis pensamientos mueren cuando Victor se detiene frente a un hombre de ojos bonitos y sonrisa dulce, le susurra algo y él asiente. Luego sigue avanzando con calma, siempre con su mano tras mi espalda baja, sin tocarla, pero instándome a avanzar junto a él mientras el hombre aquel nos sigue de cerca.

—Los jardines están en su máximo esplendor… —comenta Victor—. Mañana podrás ir a verlos… —me dice—. Siempre con tu escolta, por supuesto. Jamás, y a ningún sitio, sin ella.

Avanzar por los pasillos no es tarea sencilla. No cuando la gente alrededor nos observa con exagerada curiosidad.

Ellos le hacen reverencias a Victor y él solo sigue caminando sin prestar mucha atención, hasta que una voz se deja escuchar llamándolo, y Victor detiene su camino.

—Es tarde para la cena, date prisa… —le dice el hombre, y es al único al que Victor saluda con una corta reverencia suave.

—El Príncipe Plisetsky está siendo vestido aún… —le dice Victor—. Deberías ir a verlo, él quería ir a ver primero a su Alteza, pero llegamos algo tarde y al final le prometí que tú mismo le guiarías después de cenar.

El hombre parece molestarse ante la idea, luego sus ojos oscuros se posan en mí. Creí que cuestionaría a Victor por mi presencia allí y por mi identidad, pero tan solo le vuelve a decir que se dé prisa y que no llegue tarde.

Entonces la duda en mí necesita ser aclarada prontamente.

—¿Era ése el Príncipe Otabek Altin? —le pregunto a Victor, y éste sonríe.

—Oh, vaya, ¿Entonces la ley del hielo se ha terminado al fin? —me pregunta él, volviendo a posar su mano en mi espalda para seguir caminando junto a mí—. Y sí, era él. No te presente porque… bueno… por la misma razón por la que no saldrás de tu habitación hoy. Tu escolta estará lista mañana temprano, así que hoy solo descansa.

—¿Podré ver a Yurio?

—No. No hoy. Mañana. Debes esperar a que él te invite a verlo. Es una mera formalidad, al menos hasta que pertenezcas legalmente a la familia.

—¿Yo? ¿Cuándo?

—Cuando un anillo mío adorne tu bonita mano… —me dice Victor, dándome un pequeño guiño—. Entonces serás libre de andar por donde te plazca y serás libre de hacer lo que más te guste.

—Eso no va a pasar, señor Nikiforov.

—Eres tan testarudo, Yuuri.

No pienso responder a eso. Mi hermana lo dice a veces, pero lo dice cuando yo me aferro a algún pastelillo delicioso importándome poco tener que correr un poco más temprano al día siguiente.

No cuando mi libertad está de por medio.

¿Qué libertad tendría yo si me casara con un hombre que no me ama?

Ninguna.

Ninguna libertad y ninguna alegría. Nada.

Una fría y vacía nada.

Eso es lo que tendría si decidiera otorgar mi confianza y mi cuerpo a un hombre que no entiende y no respeta lo que yo sí entiendo y respeto. Cosas como el lazo que la naturaleza ató en mí y cuyo lado contrario está atado a él.

Cosas como la nueva y preciosa vida que dos personas al unirse carnal y emocionalmente pueden formar.

Victor los llama «productos». Yo les llamo «frutos». Frutos del amor. Hay una diferencia abismal en eso.

—Es aquí… —me dice Victor, deteniéndose de pronto.

El hombre que nos ha acompañado se apresura y abre de par en par la puerta de doble hoja finamente tallada en oscura y bella madera barnizada que da paso a una majestuosa sala con tapiz de terciopelo color vino en las paredes y alfombras a juego con diseños ondulantes en hilo de oro.

—Chris traerá tu maleta… —me dice Victor, mientras se dirige a una de las puertas dentro de la habitación—. Éste es el dormitorio… —me dice, abriendo la puerta y señalando el interior—. Tiene un baño, un balcón que lo une a la sala, y un armario. Mañana arreglaremos todo sobre tu vestimenta, como les dije a Yurio y a ti, aquí debe usarse solo traje, y la familia tiene su propio diseñador, él te tomará las medidas.

Yo solo observo alrededor.

Podría admirar la belleza y elegancia de aquella sala preciosamente amueblada, podría, quizá, pero el aroma de Victor está en todas partes, distrayéndome y amenazando con convertirse en mi aroma.

Él no se da cuenta, tan solo avanza hacia otra de las puertas y la abre.

—Éste es el baño de la sala… —dice, restándole importancia, para luego dirigirse hacia otra puerta y abrirla también—. Ésta es la habitación de Makkachin, debe estar dando su paseo de la tarde justo ahora.

—¿Makkachin? —pregunto yo, y Victor asiente contento.

—Es mi bebé… —me dice, y yo no podría sentirme más ofendido—. ¡Es un caniche! —aclara rápidamente, suspirando al ver que el aire vuelve a mí—. No me atrevería a ponerte en presencia de algún amante ocasional, Yuuri, eso debes saberlo. Y también debes saber que nunca he engendrado nada, es decir, no tengo hijos.

Yo asiento, dándole a entender que le creo.

Segundos después, el carraspeo del otro hombre hace que Victor observe el reloj en su muñeca y se apresure en dirigirse hacia la puerta.

—Ponte cómodo… —me dice Victor—. Éste es Christophe Giacometti, está aquí para servirte. El teléfono está allá, desde ahí puedes llamarlo si lo requieres o si se te ofrece algo. Hay una lista de sirvientes junto al teléfono. Chris te dará mi número, llámame si es necesario. Volveré pronto.

—¿Puedo ducharme?

—Claro que sí, hay batas y toallas en ambos baños. Usa todo lo que quieras. Te veré luego, Yuuri.

—Sí, gracias… —le digo, y me giro al sentir una brisa fría acariciando mi cuello.

Las puertas de vidrio que separan el balcón de la sala están abiertas de par en par, y me da escalofríos el ver a través de ellas el cielo oscureciéndose y las hojas de los árboles agitándose con el viento que anuncia la llegada de la lluvia, entonces me dirijo hacia allí dispuesto a poner una barrera entre yo y un resfriado mientras escucho las bellas puertas principales ser cerradas.

No me esperaba lo siguiente.

Antes de que mis manos logren tocar el vidrio frío, sus manos, las de Victor, se envuelven en mi cintura, la abrazan fuerte por unos segundos y la giran.

Él coloca sus labios sobre los míos sin darme un solo respiro o al menos un segundo para poder reaccionar. Me besa. Me encuentra con la guardia baja, y roba todo el aliento de mi boca. Me prueba a su antojo, casi sin lastimarme, y yo muero.

—Perdón… —me dice, apenas un segundo después—. No volveré a hacerlo jamás. Lo juro. Es solo que… ¿Lo haces a propósito? Has estado seduciéndome desde que salimos de tu casa, de verdad necesitaba hacerlo. Lo siento tanto, Yuuri. Olvídalo todo ahora.

Luego se va.

Tan solo se va así. Abre las puertas, sale, las cierra y se va.

Así nada más.

Dejándome sin corazón, sin alma y sin vida, y con un tifón de sensaciones aglomerándose en la punta de mi lengua a la que pareciera haberle puesto algún sedante con la suya.

Mis rodillas no lo soportan, sus labios contra los míos le han quitado toda la fuerza a mi cuerpo entero.

—Victor… —susurro, y cada letra es música—. Victor.

Su nombre es sagrado y puro.

—Va a querer la cena vegetariana o…

Christophe me saca de mi debilidad. Su voz, su presencia y su cuerpo entero me hacen guardar la compostura y encerrar todo anhelo de golpe.

—Soy carnívoro… —afirmo, y él sonríe y reprime una risa—. Es decir, hoy no tengo apetito, gracias, Christophe.

—¿No comerá nada?

—No. Pero… una bebida sería realmente mágica justo ahora.

—¿Algún bocadillo? El postre de hoy tiene cacao recién traído del sur.

¿Cómo resistirme a un postre?

Impensable.

Es como resistirse a Victor.

Imposible.

—Gracias… —le digo, asintiendo y recuperando la fuerza en mis piernas, en mis brazos y en mi lengua.

Él asiente, hace una corta reverencia y se marcha.

Estando solo, y solo en ese instante, me doy cuenta de algo.

Éstas son las habitaciones de Victor.

El perfume con aroma a rosas, la habitación de su mascota y sobretodo ver el inmenso armario del dormitorio repleto de trajes a su medida me hace corroborarlo.

No puedo dormir aquí.

Definitivamente.

Pero tampoco puedo molestar a Victor en medio de su cena solo para pedirle alguna otra habitación disponible, así que decido esperarlo.

Comeré el postre.

Luego veremos qué pasa.

Y luego quizá tenga el tiempo y la poca vergüenza como para acariciar mis labios y fingir que es él invadiendo frenéticamente mi boca con la suya. La suya que sabe a caramelo y a gloria.

—¿Dónde estás?

La voz en la sala me impide seguir admirando los relojes del armario, no es una voz conocida, así que salgo de allí y del dormitorio con cuidado, encontrándome en la sala a una mujer realmente hermosa.

Cada hebra de su cabello se ve pulcramente peinado y adornado con pequeñas flores blancas que definitivamente nunca estuvieron vivas y que brillan como perlas esparcidas sobre un oscuro río.

—¿Disculpe? —le digo, y ella observa su reloj un segundo antes de volver a mirarme.

—Esperaba más.

Es todo lo que me dice, observándome fijamente y recorriéndome suavemente de pies a cabeza.

Todo en ella es tan elegante, cada movimiento y cada mirada, incluso su sonrisa que claramente insinúa lástima.

—Y usted es… —le pregunto yo, y ella niega suavemente.

—Lo siento, llegaré tarde a la cena. Hablaremos en otro momento, ¿Sí? Tan solo quería ver cómo lucía la pareja biológica de Vitya.

—¿Eso importa?

—Sí. Mucho, de hecho. He visto al prometido de su Alteza Jean y… cuando dijo que eran hermanos… bueno… esperaba más de ti, pequeño.

—Yurio y yo no llevamos la misma sangre, quizá debió decirle eso para que no me idealizara tanto.

—Sí. Definitivamente, y… ¿En serio está bien que te dirijas tan familiarmente al próximo Rey Consorte?

—No llevamos la misma sangre pero sí muchos recuerdos. Si Yurio desea que me dirija a él de otra manera no dudará un solo segundo en decírmelo, y con gusto lo complaceré.

Ella sonríe.

—¿Sabes? —me dice, mientras se acomoda una de sus doradas pulseras—. A Victor se le pasará la novedad más pronto de lo que crees. Te aconsejo no desempacar. He escuchado que has venido aquí a darle un hijo, solo eso. Uno de tus óvulos es lo que te mantiene aquí sin llevar ni una sola gota de sangre real. Cuando le des lo que quiere, bueno… será hora de decir adiós.

—Creo que no está mal informada. No del todo. Si Victor quiere uno de mis óvulos, es su asunto, no el mío. Obtenerlo o no… ese ya es otro tema. Uno en el que únicamente mi opinión es la que cuenta. No la suya. Ni la de usted, ni mucho menos la de Victor.

Ella se ríe.

—Omega… —me dice, acercándose a mí hasta posar sus dedos finos y sus uñas bellamente barnizadas en mi mentón, alzándolo un poco para apreciarme mejor—. Pobrecito. Tan inocente. «Pareja biológicamente perfecta del Príncipe Victor Nikiforov», ¿Sabes lo que eso significa? No, evidentemente, solo los de sangre real lo sabemos. Victor, por ejemplo, él sabe lo que eso significa. ¿Por qué crees que ninguno de nosotros va a por su pareja idónea jamás? Si es que alguna vez nos enteramos de la existencia de una de éstas parejitas… créeme, no vamos a buscarla. Métete bien en la cabeza que la única razón por la que Victor te buscó es porque no puede tener hijos, y se supone que mamá naturaleza te dotó a ti con la fertilidad perfecta para darle a su tan ansiado heredero.

Ella me observa cuidadosamente, espera alguna reacción mía y al no obtener ninguna, me suelta y se dirige a la salida.

—Yo fui su novia una vez… —me dice, y en sus labios levemente maquillados con un bello brillo dorado se forma una sonrisa—. No tienes ni idea de las cosas bonitas que susurraba en mi oído, ni de los besos apasionados que me robó… —susurra—. Me rogó con una rodilla sobre el piso que fuera suya por ley y de por vida… —me asegura—. No tienes ni idea de lo mucho que me amó y de lo muy tonta que fui al rechazarlo. Yo era joven, quería libertad. Ahora tengo un esposo y dos hijos. Y Victor aún está allí, solo y sin mí. Debió insistirme más, definitivamente. «Jamás dejaré de amarte», me juró. Qué dices, ¿Le creemos?

Entonces se va.

Pero su aroma no.

Éste se queda allí y me obliga a abrir nuevamente las puertas de vidrio que dan hacia el balcón de la sala.

Eventualmente, el aroma que fue dejado adrede se va extinguiendo, en cambio, todas aquellas palabras que fueron escuchadas atentamente por aquel músculo palpitante en mi pecho se quedan allí y retumban.

No duelen, pero sí son incómodas.

Minutos después, Christophe toca la puerta e ingresa con algo que seguramente sabe delicioso, pero el apetito se me ha ido.

Él lo nota. Es decir, él nota el aroma a jazmín en la habitación.

—La Princesa estuvo aquí… —afirma Christophe.

—No me dijo su nombre. ¿Quién es? ¿Qué fue ella para Victor?

—Eso debe preguntárselo a él. Solo puedo decirle que… él le dio el mundo, y ella le rompió el corazón.

Eso es todo.

No necesito más información.

—Gracias, Christophe.

—Nadie me llama así, soy solo Chris para todos, señor Katsuki.

Desearía devolverle la misma amabilidad y pedirle que al llamarme use solo mi nombre, pero mi voz parece haberse secado en mi garganta. Él da una última reverencia corta y se va, dejándome completamente solo.

Estar allí, en ese lugar, me hace sentir inmensamente desprotegido, inseguro, e incómodo.

El postre recién horneado se enfría y mi garganta se seca.

Es increíble cómo el ánimo quita y da apetito, como si tuviera voluntad propia.

Perdí el sentido del tiempo apenas unos minutos después, seguramente si Chris no hubiera asegurado las puertas de vidrio del balcón, ahora yo estaría congelándome con el viento y la llovizna de afuera.

Pasa el tiempo, y finalmente Victor se hace presente.

Quiero moverme, pero no logro hacerlo. Demasiado tiempo en una misma posición ha entumecido mis huesos.

—¿Todo bien? —me pregunta Victor, y yo asiento.

El aroma extraño se ha ido por completo y yo agradezco eso.

No quiero que Victor lo sienta.

Le temo a su reacción.

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«Él le dio el mundo».

«Ella le rompió el corazón».

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La voz de Chris retumba en mis oídos.

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«¿Qué quieres de mí?».

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Quiero preguntarle a Victor, pero no lo hago.

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«¿Quieres un bebé? ¿Uno de mis óvulos? ¿Un producto mío que lleve tu sangre?».

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Pienso, creando interrogatorios imaginarios.

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«Tómalo, entonces».

«Si con eso puedo liberarme de ésta sensación tan incómoda y vergonzosamente deplorable».

«Tómalo y vete».

«Lárgate de mi vida».

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Es increíble cómo una voz, unos ojos, una risa y unas cuantas palabras pueden dar tanto, pensaré después de esto, cuando Victor tome mi rostro entre sus manos y acerque un poco su nariz a mi barbilla para cerciorarse del aroma impregnado allí.

Sus ojos son como piedras preciosas.

Las más bonitas que existen.

Cuando se enfocan en mí, mi cuerpo cae bajo un hechizo. Se paraliza, y espera al igual que mi mente, alguna señal que me haga saber a ciencia cierta que él no va a lastimarme. Porque si algo he aprendido en éste preciso instante, es que si existe en éste mundo una criatura capaz de lastimarme y herirme irreversible, terrible y fatalmente, es él y únicamente él.

Mi vida pende de un hilo a su lado, está en sus manos, y la verdad, no creo que él lo sepa o que le importe, y aun así espero.

Así es el ser humano, espera todo donde no hay nada, porque la espera y la esperanza son lo último que se pierde, o algo así.

Yo tan solo espero y pienso que algo, cualquier cosa, una palabra suya, una sola, sería suficiente para calmar éste hastío, éste malestar, ésta terrible incomodidad que ella ha causado en mí.

Si yo le preguntara a Victor sobre ella… ¿Qué me diría?

¿Cómo reaccionaría?

¿Se enojaría?

Si se enoja… es porque todo es verdad.

Si se alegra… también será verdad, porque su alegría significaría que le gusta que ella hable sobre él, pregunte por él y piense en él.

Y yo solo espero.

Observo hechizado sus ojos bellos y recuerdo su beso.

Mis ojos escuecen.

Siento que él ha vuelto a hacerlo. Ha vuelto a burlarse, ha vuelto a despreciarme sin siquiera darse cuenta.

Y aún así espero.

Espero una palabra suya, una sola. Una palabra de Victor bastaría para darme la comodidad y la seguridad que anhelo y que necesito justo ahora.

—¿Qué te dijo? —me pregunta, y yo niego—. Sé que ella estuvo aquí, llevas su aroma en tu piel, Yuuri. Ahora, dime, ¿Qué te dijo?

Yo tan solo intento soltarme de sus manos que han tomado mi rostro y lo acunan suavemente entre ellas, obligándome a verlo, y al final, obligándome a decirle.

Y yo le digo todo.

Le digo lo bonita que es ella y lo triste que se siente mi pecho al saber que ella le rompió el corazón cuando él la amó tanto, tanto, tanto…

—Me robó, la desgraciada de Sara… —me dice él, riéndose.

Sus palabras me hacen callar de inmediato.

—Estábamos haciendo unos proyectos con su padre, yo le ofrecí matrimonio, le rogué que se casara conmigo para lograr mantener las refinerías de petróleo, ¿Sabes que me dijo ella? Dijo «No entiendes de amor. Me has estado cortejando tanto y ahora me entero que era solo porque no quieres perder mano de obra en una de las refinerías. Vete al diablo». Me rompió el corazón, Yuuri, e hizo tambalear mi billetera. Yo creía que solo los Omegas sentían debilidades y resulta que ella también, y las antepuso a eso que era tan importante. Definitivamente me partió en dos.

—Eso… no es cierto, debe ser una broma.

—No. Por supuesto que no. Ella era un escalón, se dio cuenta y se negó a serlo, aunque ahora que está casada se arrepiente un poco de no haberme aceptado. Su esposo es amante de su hermano, ¿Sabes? Pero no lo digas en voz alta o ella me matará.

—Entonces…

—¿Entonces? —me pregunta él, pegando su frente a la mía—. ¿Creíste que yo la amé o algo así? Pues no. Nunca, jamás, a nadie, en ningún momento y en ningún lugar.

Entonces yo solo puedo pensar en lo increíble que es cómo una voz, unos ojos, una risa y unas cuantas palabras pueden darme tanto.

—Muero de hambre… —le susurro al fin, y él se ríe suavemente mientras limpia mis lágrimas con sus pulgares y con sus besos.

Sus besos en mis párpados son tan suaves y tan cálidos.

Me devuelven la comodidad y la paz, y no sé si él lo sabe, pero no me importa, no ahora.

No, porque sus besos descendiendo por mis mejillas son como aleteos dulces de mariposas.

Aleteos y caricias con las que me doy cuenta por primera vez que todo era escala de grises antes de esto.

Que yo estaba muerto, frío y seco.

Y que él me dio todo.

El aire.

El alma.

Los colores.

Las sensaciones.

La vida misma.

TODO.

Sin siquiera proponérselo.

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Publicado por ArikelDT

☆ 1-6-96 ☆ Multishiper . ○●○ Amante del misterio, de las emocionas a flor de piel y de las memorables tragedias románticas. Enamorada del arte, de la música, de los versos y de los minutos de silencio. Puedo ofrecerte libros que hablan de corazones sedientos, con vidas vibrantes, e historias, a veces, sangrantes. ○●○ .

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