T


Lado B
(2000)

Cuando presionas el número diez dentro del elevador, sabes que has hecho lo correcto. Es algo tarde, un poco más de lo que debería si has citado a Yuuri en tu departamento, pero no ha sido lo suficiente como para considerar la velada perdida. Por supuesto, Pater solo te hizo perder el tiempo, diciéndote que tenía algo importante de lo que hablar contigo (el rumor que Mila te había contado esa tarde saltó con fuerza en tu cabeza). Sin embargo, al final canceló después de hacerte esperar por él casi una hora. No te sorprende que haya ocurrido así, aunque siempre es inevitable que la molestia por el tiempo perdido terminé por tener un sabor agrio dentro de tu boca. Sin embargo, tratas de no tomar más importancia de la que merece y esperas con enormes ansias a que el elevador termine de ascender. La alegría de que podrás pasar una noche con Yuuri es más que suficiente para menguar el fastidio previo.

Sales del elevador, encontrándote a unos cuantos metros más adelante con la única puerta que hay en ese último piso. Cuando te mudaste ahí, elegiste ese lugar por la privacidad que te otorgaría al no tener vecinos en el piso que pudieran curiosear sobre la constante presencia de otro hombre dentro de tu hogar. Claro que sea el departamento más grande de todo ese edificio fue un plus del cual nunca te quejaste.

Abres la puerta con suavidad y, por un instante, tu corazón se encoge al creer que Yuuri se ha ido, puesto que todas las luces del lugar se encuentran apagadas; sin embargo, al final del pasillo logras notar el leve resplandor de un televisor encendido. Suspiras y caminas hasta ahí, hasta detenerte en el marco de la entrada a la sala y observar la escena con una ternura que logra expandirte el alma: Yuuri está sentado en el sofá, mirando la televisión mientras Makkachin se encuentra en su regazo y recibe caricias distraidas por su parte. Te encanta llegar y encontrar ese tipo de escenarios, donde Yuuri tiene ya la confianza suficiente para sentirse cómodo como si se encontrara en su propia casa. 

Tanto él como Makka alzan su mirada y te observan. El primero te sonríe, dándote la bienvenida… El segundo te traiciona al solo agitar su cola un poco, pero no tener la más mínima intención de levantarse del regazo de Yuuri para recibirte. Finges ofensa, pero la realidad es que no te molesta en absoluto. Al contrario, siempre te pareció maravilloso que desde el primer momento Makkachin se encariñara tanto con Yuuri y se ganara su completa confianza, como si con la aceptación del perro que te ha acompañado desde tu niñez, supieras que Yuuri es el indicado. 

—Perdona la tardanza, cariño, pero ya sabes como es Sergey.

Das un par de pasos para acercarte, pero te detienes al notar que Yuuri te mira con demasiada atención, escudriñando cada detalle tuyo, de arriba abajo, en toda extensión de tu persona. Es extraño como tú, un actor que está más que acostumbrado a que las miradas ajenas estén sobre él, puedas llegar a sentirte tan cohibido cuando Yuuri te mira de esa manera. Pero es que ningún par de ojos son tan profundos y hermosos como los de él, ninguno logran agitarte y estremecerte como él lo hace. Te preguntas si al mirarte, Yuuri piensa y siente lo mismo que tú: si te cree como alguien maravilloso, como la persona más importante de su existencia y con quien desea pasar el resto de sus días. Te emocionas al pensar que es así, que de verdad sus sentimientos por el otro están a la misma sintonía y más que nunca deseas acabar con la película y ganar ese Óscar para poder presumir después un anillo dorado en tu dedo.

—¿Qué? ¿Tengo algo en la ropa? ¿Debería quitármela tal vez?

Le sonríes con coquetería y das un paso más hacia él. Quieres besarlo, mueres por besarlo.  

—No trajiste la cena.

Su afirmación hace que tu sonrisa desaparezca de golpe, porque lo recuerdas como si un baldazo de agua fría hubiera caído encima tuyo: habías prometido que traerías algo de cenar. Comprendes entonces por qué él te miraba tanto: buscaba alguna bolsa o paquete que significara que habías cumplido con tu promesa.

Tu sorpresa y silencio lo hace sonríe, pues le confirma que tiene razón. No obstante, no se muestra molesto, en absoluto, sino que su sonrisa parece más de aceptación, la de alguien que ya te conoce y sabe muy bien lo despistado que eres a veces.

—Pase al supermercado y traje algunas cosas. Podemos preparar algo.

Te sientes avergonzado, sobre todo ante el hecho de que él previera tu despite como para incluso prepararse con un plan B. La idea de cocinar con Yuuri nunca te ha molestado, es un momento demasiado agradable e íntimo que muchas veces suelen compartir. Sin embargo, en ese instante eso sabe como a una derrota…  Y a Víctor Nikiforov no le gusta sentirse como un perdedor.

—¡No! Saldremos a cenar.

Ves a Yuuri alzar una ceja, un gesto que muestra completa incredulidad de su parte. No lo culpas.

—¿Cenar afuera? Víctor… 

Su sonrisa se torna de medio lado tras suspirar. No es porque la idea no le agrade, sino porque sabe muy bien que no es habitual que ambos salgan juntos debido a su situación, sobre todo porque los focos en ese momento están puestos completamente sobre ti. Quizá él cree que juegas con sus esperanzas, pero no, ver esa ligera decepción en su rostro te hace afirmar con más deseos esa salida.

—Saldremos, Yuuri…  —Miras el reloj. Es tarde, pero si se dan prisa, podrán tener el tiempo suficiente para comer con tranquilidad en ese restaurante japonés que a Yuuri tanto le gusta—. Y comeremos Katsudon. 


Yuuri te lo ha dicho: a él le encanta ese lugar porque tiene un toque casero que le recuerda mucho a su ciudad natal, Hasestu, y a la comida que su madre solía preparar para él. Es un local pequeño de comida japonesa, ubicado en barrios periféricos de Hollywood que se alejan bastante de la riqueza y el lujo que hay en casi toda la ciudad. A ti te gusta justamente por eso, porque es un sitio que puede proveerles de un pequeño espacio de confidencialidad, a diferencia de cualquier otro restaurante de lujo al cual podrían ir. También es un sitio poco atractivo para el turismo y muy pocos podrían siquiera imaginarse que algún actor con ya cierto reconocimiento como tú pudiera frecuentar un lugar así.


De todas formas, eres precavido: utilizas un gorro que trata de ocultar un poco el platino de tu cabello y una ropa más casual que no llame la atención. Y, aunque mueres por sujetar la mano de Yuuri cuando ambos bajan del taxi, te contienes. Siempre te debes contener, por más que tus ojos se claven en sus labios en busca de algún beso; por más que desees rodear tu brazo en su cintura; por más que alguna vez, con la guardia baja, acerques tu brazo hacia él para estrecharlo, pero Yuuri termine por evadirlo para recordarte que no ahí, no en público. Es curioso cuando te das cuenta que, aunque fuiste tú quien puso las reglas del juego, eres quien más se tienta en romperlas. 

Al entrar, Yuuri saluda amablemente mientras tú, en silencio, te escabulles para elegir una mesa al fondo. Por suerte, el local está casi vacío a excepción de una pareja, quienes no toman en absoluta importancia su presencia, por lo que puedes sentirte tranquilo al saber que pasaras una velada sin preocupaciones.

Comen, degustan, conversan, y entre líneas se dan a entender esas palabras que en gestos deben guardarse. Es fácil perderte en el mundo cuando Yuuri está frente de ti, cuando puedes verlo disfrutar de cada bocado de Katsudon, y notar sus ojos y su sonrisa iluminarse en un gesto completo de placer. No obstante, también te das cuenta que él, ese día, está algo distraído, y que de vez en cuando su mirada se escapa hacia la mesa donde se encuentra la otra pareja. Casi puedes adivinar el dejo de injusticia que le provoca que ellos sí puedan demostrar abiertamente su amor, juguetear entre sí sin impedimentos, mantener sus manos tomadas sobre la mesa sin miedo o permitir que sus labios se junten ante el más mínimo capricho. Es obvio que añora lo mismo que tú: la posibilidad de replicar todo aquello, de tener esa libertad que para tantos es tan cotidiana. 

Pides algo de sake con la esperanza de que el alcohol pueda abstraerlos de todo y se concentren solo en ustedes. Logras que Yuuri beba un poco, pero no lo suficiente, y el resto termina por absorberse en tu cuerpo. No sabes si con Yuuri el propósito se ha hecho, pero contigo funciona demasiado bien: no puedes alejar tus ojos de él, embobarte por la forma cómo ríe, por la forma en que se sonroja al notar tu mirada tan penetrante puesta sobre él. Sientes algo de calor subir y cosquillear en lugares estratégicos de tu cuerpo, y tu parte cuerda, medio anestesiada, lucha contra la inhibición de cortar la poca distancia que los separa y hacer de esos labios tuyos, sin importar el público, sin importar que alguien más pueda observarlos. 

En ese instante te arrepientes un poco de la propuesta de cenar afuera, pues tu parte cuerda te hace contener y esperar, por más que tu cuerpo arda en deseos de llegar a mucho más con él. Por ello, apresuras los siguientes pasos, y pagas de inmediato la cuenta, sin tomar en consideración que has dejado casi cien dólares más de propina.

Con premura caminan hasta la calle principal, a varias cuadras de distancia, donde les será posible conseguir un taxi; sin embargo, en el camino tus dedos viborean con el calor y el deseo de tomar los de Yuuri. Los golpeas un poco al caminar, como si fuera un accidente, hasta que en algún momento ya no aguantas y terminas por tomarlos con fuerza, tratando de enredarte en ellos, solo para segundos después sentirlos escurrirse entre los tuyos.

—Víctor… Aquí no.

Yuuri te reprende con la mirada y mete las manos en los bolsillos de su pantalón. Sonríes con el alcohol sonrojando tus mejillas y menguando un poco de eso que el mundo llama sentido común. Tu parte cuerda ha caído. ¡Al diablo con todo! ¿Por qué el mundo tiene derecho a limitarlos de esa manera? Te aproximas de nuevo a él y lo estrechas por detrás, alzándolo un poco entre tus brazos mientras tus labios buscan con torpeza los suyos.

—¡No! ¡Víctor!

Es una protesta en la cual hay risas, es una lucha que realmente Yuuri no realiza con demasiado ímpetu. Lo acorralas contra una pared, mientras sus ojos se encuentran bajo una oscuridad densa que los hace más brillantes. Y sus labios se unen en un beso con fuerza de mar y ardor de fuego. Amas sentir como Yuuri se derrite con cada toque, como su cuerpo entero se estremece en electricidad. Te encanta sentirlo vibrar en torno tuyo y que sus labios protesten al corresponderte porque quieren hundirse más en ti, pero al mismo tiempo saben que no es correcto. No ahí.

—Víctor, basta, estás borracho… Espera a que lleguemos a casa por lo menos.

¿Cómo podría esperar sin la seguridad de que habrá más mundo después de esto? No sé si volveremos, Yuuri…  Y puede que haya muchas cosas de las cuales arrepentirnos si no nos damos la oportunidad aquí y ahora.

Yuuri ríe al reconocer las líneas del personaje que interpretas en la película de Pater, aquellas de la escena cumbre donde Janne, interpretada por Mila, finalmente cede ante el amor Iván.

Entonces que se haga el amor…  

Que deleite escuchar las líneas de Mila en los labios de Yuuri, sentirlos a estos acercarse otra vez a ti, rozarlos con los tuyos, tentarte de una forma que sabe muy bien te enloquecerá por completo.

Y que el amor nos haga a nosotros.

Hay calor en torno suyo, chispas que saltan con cada roce. Yuuri reconoce tu hambre y sabe lo fácil que es ceder, porque se alimenta y se contagia de él, porque muchas veces se deja caer de igual manera, llevar por ese amor que explota tantas veces sobre su pecho. Sin embargo, su cordura suele mantenerse más a flote que la tuya, y aunque quiere tanto como tú, sabe que no… No ahí.

—Espera a casa, Vitya, por favor…

¿Cómo fingir cuando sus pieles estallan frente a otros ojos? Cuando el deseo palpita en cada fibra de su ser, en todo esa noche que los rodea y que creen solitaria, ajena. ¿Cómo ocultar ante ojos ajenos ese amor que es tan claro para los dos? Que es palpable, que es absoluto, que incluso es tan evidente al ser capturado en la lente de una cámara. Una… tres… cinco…  cinco veces en cinco ángulos distintos, con una sonrisa ajena que se crea a la distancia. 

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