N


Lado A
(1850)

Siempre había vergüenza dentro de ti, Yuuri, sobre todo cuando ocurría alguna de esas noches donde te entregabas al abrazo de Víctor y permitías que su cuerpo se azotara contra ti; cuando el sabor a sexo se mantenía aún pegado en tu paladar y sentías la dulzura de sus labios impregnando cada centímetro de los tuyos.

Sentías vergüenza cada vez, y eras incapaz de mirar a Mila a los ojos cuando debían encontrarse en el comedor para desayunar. Era normal que te quedaras a dormir en la casa de los Nikiforov, por lo que nunca le sorprendía verte ahí, levantado a primera hora mientras una de las sirvientas te servía una taza de té. Apenas la saludabas sin mirarla directamente, temiendo que en algún momento pudiera escapar a su vista las marcas que Víctor dejó sobre tu piel, o que pudiera notar la culpa que empapaba tus ojos cada que vez que respirabas.

—Yuuri, querido, que gusto que decidieras quedarte aquí a descansar —Ella extendía su mano hacia a ti, para que la saludaras en un gesto que era más que diplomático, un gesto que incluso quedaba extraño cuando ambos habían crecido juntos y se tenían una confianza íntima de grandes amigos. De todas formas, le correspondías, besabas el dorso de su mano para que ella después se dirigiera al otro extremo de la mesa y tomara su lugar como la señora de esa casa—. Tú y Víctor han estado trabajando duro en esa presentación. ¡Será maravillosa, de seguro! Para que sea ante el zar debe ser así.

Hundías tu nariz en la taza de té y bebías mientras la escuchabas hablar, tratando de matar cualquier expresión que pudiera delatar esa culpa que te estaba carcomiendo. En cambio, ella no dejaba de expandir su entusiasmo en cada palabra suya, junto a una adorable sonrisa de quien cree que todo en su vida es hermoso y perfecto. ¿Cómo no pensarlo? Si ella era la esposa de uno de los músicos más reconocidos en toda Rusia, hombre de gran fortuna que mantenía los favores del propio zar y su más íntimo círculo de aristocracia. Pero lo mejor de todo era justamente el título: la belleza de saberse pareja y esposa de Víctor Nikiforov, aquel hombre que amó desde su más tierna edad y de quien, ingenuamente, se creía por completo correspondida. Qué mentiras, qué patrañas, y tú y solo tú te creías el responsable de ello, el culpable de que la parte más preciada en la vida de Mila fuera una completa mentira.

Los sirvientes revoloteaban en torno suyo para cumplir cada uno de sus deseos del desayuno, mientras ella agradecía con gestos dóciles y encantadores. Después de beber el primer sorbo de su té, Mila volvía la mirada de nuevo a ti, en espera de alguna palabra, alguna respuesta tuya con lo cual poder compartir una conversación. Tus labios titubearon temerosos contra la taza: debía ser tan sencillo fingir como Víctor lo hacía, no sentir esa culpa atragantándose en tu garganta y no permitiéndote hablar… Y, aun así, era en esos momentos cuando más te reprendías el poco valor de salir y escapar de todo eso, de esas mañanas que, dentro de tu cabeza, se volvían un verdadero infierno. ¿Cómo mirarla a los ojos cuando tu cuerpo había sido marcado por la esencia de Víctor? Cómo sonreirle, cuando tus labios degustaron partes de su esposo que solo debían pertenecerle a ella.

—¡Querido! ¡Buenos días!

Justo cuando te sentías más acorralado por su mirada, cuando creías que, escarbando un poco más, encontraría la pista para descubrir su secreto, Víctor entraba al comedor, deslumbrante como cada una de esas mañanas, con una sonrisa tan amplia y encantadora que sería capaz de poner de rodillas a cualquiera… incluyéndote. Por eso evitabas mirarlo, por eso evitabas ese contacto de cómplices que podría inculparlos ante los ojos de Mila. Claro que ella no perdía el tiempo de llamarlo para que se acercara, de ofrecer su mano como un saludo para en realidad recibir un beso en la mejilla de parte de Víctor, de su esposo.

—Buenos días, cariño… Buenos días, Yuuri.

Tu espalda entera se estremecía ante esa voz nombrándote, porque eras capaz de reconocer el tono oculto dentro de esas dos sencillas sílabas. Era imposible que los recuerdos no volvieran asaltarte en la cabeza, que la voz jadeante y varonil de un Víctor al filo del éxtasis no resonara dentro de tus entrañas, como si te hubiera llamado de la misma forma que hizo la noche anterior, junto a tantos desesperados “Te amo” que fueron capaces de romperte en pedazos.

—Buenos días —lograbas responder apenas, con una voz turbada y algo seca.

Después solo volvías a hundirte en la taza de té y esperabas con paciencia a que el desayuno terminara de ser servido. Tratabas de ignorarlo todo, de ignorarlo a él, de ignorarlos a los dos, pero era imposible cuando la escena se desarrollaba justo enfrente tuyo y era tan dolorosa como la primera vez, sin importar cuantas veces la hubieras ya presenciado antes: Víctor sentado a lado de Mila, con sus manos entrelazadas sobre la mesa mientras los ojos de ella titilaban enamorados entorno a los de él. Y los dedos de Víctor se movían sobre los de Mila, los acariciaba en círculos… incluso, a veces, parecía apretarlos más, con fervor, con…

—Yuuri… ¿Yuuri?

—Yuuri.

Mila te llamaba con una insistencia que no fuiste capaz de notar, hasta que es el mismo Víctor quien, con una voz más alta y varonil, logró captar tu atención junto a un ligero estremecimiento.

—Yuuri, le preguntaba a Víctor si les gustaría realizar una muestra del espectáculo que preparan para el zar. Seguro a los Popovich les encantaría ser los primeros en escucharlo. Georgi también es un excelente músico, podrá serles de gran ayuda.

—Sí, claro, suena bien…

Después de tus palabras mirabas el desayuno puesto sobre la mesa, enfrente tuyo: apenas tenías el apetito suficiente para poder dar un solo bocado, pero preferías eso a tener que enfrentarte a los ojos ajenos que pensaban tantas cosas dispares: Mila ya acostumbrada a tu vergüenza, pero preguntándose qué podría hacer para aliviarte aunque fuera un poco… Víctor sintiendo su mundo derrumbarse porque tú lo estabas haciendo, y la desesperación de no poderte sostener en público para salvarte. 



Los aplausos se volvieron uno: Anya y Georgi Popovich se levantaron de sus asientos y, con lágrimas en los ojos de ella y una emoción contenida en los de él, dejaron que sus palmas fueran la expresión máxima de cuánto les había encantado escucharlos. Víctor no perdió el tiempo en acercarse a ti, jalarte del brazo para que te levantaras del banquillo y así ambos pudieran hacer reverencia hacia ellos para agradecer los halagos. De reojo lo observaste con esa sonrisa tatuada sobre los labios, tan inmutable y perfecta en público. Era extraño cuando podías apreciarlo con gestos tan distintos que para nadie, excepto para ti, les eran reconocibles. Cuando lloraba, cuando rogaba, cuando te amaba y todo su ser se convulsionaba en placer y deseo… Y, sobre todo, cuando tocaba y cada una de las notas parecían arder en su propio corazón, cuando sus dedos eran llamaradas intensas sobre su violín y océanos reventándose contra él para extinguirlos. Ahí era cuando sus expresiones se volvían genuinas, cuando dejaba traslucir el dolor que en silencio contenía para no tener que destrozarte a ti con él. Por supuesto, nadie más que tú eres capaz de notarlo, todos se embelesaban con la belleza de su música sin notar esas pequeñas lágrimas que se cristalizaban en momentos álgidos de la interpretación, esa misma que ambos habían compuesto en conjunto como una oda a las espinas de su amor.

—Ha sido todo tan encantador y bello.

Anya se limpió las lágrimas con el pañuelo de seda que su esposo le había dado. Se acercó después hasta ustedes, les extendió los brazos y los estrechó a la vez en un gesto fraternal de reconocimiento. De reojo notaste como el semblante de Georgi se tensó en evidentes celos. Si tan solo supiera que nunca habría ni el más mínimo interés de ustedes hacia ella.

—Sin duda complacerán a nuestro zar —El comentario cayó de los labios de Georgi, algo ácido pese a mantener un tono por demás respetuoso. Instantes después, tomó de la cintura a Anya y la atrajo hacia él.

—Y se nota ese amor inmenso hacia tu esposa, Víctor. La interpretación es dedicada a ella, ¿no?

Cuantas veces quisiste reír con sorna ante comentarios como ese y reclamar en público, a alta voz, que no, que ese concierto y cada uno de los sentimientos puestos en él eran en realidad hacia ti, hacia los dos, hacia ese amor secreto que se tenían y que debía morir con ustedes mismos. Claro que Mila siempre se sonrojaba ante esas palabras, creyéndose ese halago como real y que la hacía sentir más merecedora de un amor que realmente era solo cariño fraternal. Caminaba entonces hasta Víctor, tomaba su mano y sus labios terminaban por posarse en la comisura de los de él: un beso de agradecimiento por su supuesto amor dedicado.

—Hay tanto sentimiento en cada nota que es sin duda fascinante. Yuuri, incluso tú… —Anya te dirigió la mirada a ti, con los ojos iluminados a causa de los rastros de sus lágrimas—. Sigo sin creer que no estés enamorado de nadie. Eso que tocas solo lo hace un hombre enamorado, sin duda alguna.

Tus labios siempre fueron la medida de tu dolor oculto, de cada uno de tus secretos: por eso siempre la sonrisa a medias, la sonrisa como mentira, la sonrisa como una máscara mal puesta que se caía en los momentos más inapropiados.

—Yo diría que es más de un hombre con el corazón roto —respondiste sin poder contener esas palabras agrias y esos ojos volviéndose hacia Víctor en recriminación. Al instante te sentiste culpable de ello, pues él realmente no era el responsable de tus pedazos rotos: lo era el mundo entero, ese que no podía aceptarlos, que los mataría sin duda alguna por solo querer demostrarse amor.

—¿Quién es la joven que se ha atrevido a rechazarte, Yuuri?

—No importa ya. Ella ahora está felizmente casada. Y así es mejor para ambos.

Y la sonrisa perfecta de Víctor titubeó para ti, comprendiendo cada gramo de verdad en tus palabras.



—Mila tal vez te extraña en la cama…

Mirabas al techo, hacia el exterior de un mundo incorrupto. Tu cuerpo siempre parecía rememorar desgajos de partes tuyas que solo existían cuando Víctor estaba ahí y se abrazaba con fuerza a tu cuerpo desnudo, cuando te apretaba como si supiera que te estabas desarmando en tus propios pensamientos, en tu propio dolor. Era como un niño obstinado que se negaba a dejarte, como un animal herido que buscaba lamieras sus cortes mientras él curaba los tuyos. ¿Pero con qué fuerza? Con qué ímpetu… con qué deseo.

La mano de Víctor se deslizó por tu mejilla, sus dedos contra tu boca para acariciarla y hacerte callar. Tú querías que se borrara el calor de sus besos, cuando la realidad era que esas marcas incluso te acompañaban en la soledad. Y él te sonreía de forma quebraba, a medias, sintiendo que el momento de felicidad estaba por irse de nuevo entre sus manos.

—Pero entonces yo te extrañaré… Y no quiero hacerlo.

Te adoraba, sin duda alguna lo hacía. Y lo peor es que lo sabías, lo sentías en cada fibra de tu ser… Lo peor es que era verdad. 

—¿Por qué? 

Siempre lo cuestionabas, siempre querías saber por qué esa necedad de darse instantes juntos cuando eso provocaba que la separación fuera cada vez más insoportable. A veces preferías que el mundo te destrozara de una maldita vez para no tener que sentirlo de nuevo: la impotencia de la separación, de fingir que dos almas conectadas más allá de sus miradas podían sobrevivir en un mundo donde ni siquiera eran capaces de observarse directamente. 

—Porque te amo… Y tú me amas. 

Su respuesta siempre era agridulce, siempre provocaba rabia y te hacía apretar los puños en torno a la pierna desnuda que se enredaba en ti. Víctor nunca se quejaba. Te dejaba desahogarte cuando sabía que el peso de sus palabras te estaba aplastando. Aun cuando tus dedos se hundieran en su carne… aun cuando tus uñas terminaran por rasgar su piel. 

—Y Mila te ama a ti. 

Escuchaste muy cerca de ti el resoplido de Víctor, mismo que te indicaba que habías tocado un tema vetado por los dos. Lo sentías moverse, subirse a hurtadillas sobre ti y presionar su cuerpo desnudo y caliente contra tus caderas. Qué hermoso te parecía así, con sus ojos y labios fruncidos en molestia, sobre todo cuando se acercaba más e invadía tu espacio personal, contaminándolo con el suyo. Así era fácil percibir su esencia a canela, perfume que se acrecentaba con el aroma de su propio sudor y el sexo de minutos atrás. Sin embargo, antes de que pudieras tocarlo de vuelta, él atrapaba tus brazos y los sujetaba sobre tu cabeza, solo con una mano, permitiendo que la otra se presionara contra tus labios para que no te pudieras quejar otra vez. A veces él también se cansaba de tus palabras, de escuchar una y otra vez cada uno tus miedos e inseguridades que solo servían para herirlo más. Sabías que tenía razón, que no era justo, que de no poner la vida de ambos en peligro, él sería el primero en salir de ese cuarto y besarte frente a todos, sería el primero en hincarse frente a ti y rogar por una eternidad a tu lado. 

—Ella importa solo fuera de esta habitación. Cuando estamos aquí, ni siquiera debe ser mencionada. Aquí te amo. Aquí me amas. Aquí sé que tienes un hermoso lunar cerca de tu muslo derecho y puedo decirtelo de frente. También te puedo decir que luces precioso cuando tocas, que adoro como arrugas tu nariz cuando crees que vas a equivocarte, pese a que siempre lo haces perfecto. También aquí puedo decir que te amo, te deseo, que eres la única razón por la que no he salido ahí afuera a pegarme un tiro. Aquí es nuestro único lugar seguro, Yuuri, donde podemos decirnos todo esto y mucho más… Por favor, no lo destruyas también. 

Qué necedad, ¿no?, de seguir curándose esas heridas que serán abiertas una vez más, de creer que el amor es posible aunque fuera solo en una pequeña fracción del mundo; de sonreír ante sus palabras, de correr a limpiar sus lágrimas y decirle eso que tanto necesitaba escuchar… y tú decir. 

—Te amo.

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