Capítulo 4: Sueños


Comencé a tocar el piano porque no podía patinar, no de manera profesional, ni siquiera por hobbie, no más allá de unos cuantos minutos antes de que me quedara sin aliento. Cuando me diagnosticaron asma, tardé demasiado en comprender que no podría cumplir mi sueño de compartir alguna vez pista con Víctor Nikiforov, mi ídolo desde los ocho años, desde aquella tarde en que mis padres dejaron descuidadamente la televisión encendida en un canal de deportes que hablaba de la nueva sensación del patinaje artístico, un chico de trece años que recién había ingresado a las competencias junior y que había encantado a todos desde sus primeras presentaciones.  

Después de intentar demasiadas veces ingresar a un mundo al cual no podía pertenecer y las decenas de visitas al médico cuando comenzaron a presentarse los primeros síntomas hasta el diagnóstico final, pase gran parte de mi tiempo mirando las siguientes participaciones de Víctor por la televisión, siguiendo el avance y alza de su carrera, su glorioso escalamiento, con una tristeza que, para un niño de esa edad, se vuelve innombrable.

Y no solo era el patinaje, tampoco podía bailar, tampoco podía correr, cualquier actividad que implicara algún tipo de esfuerzo extra era impensable para mí, no podía siquiera salir de casa en invierno. Mis padres quisieron que encontrara alguna actividad que no conllevara ninguna clase de actividad física para así poder distraer mi mente y que no pasara mis eternos ratos muertos frente al televisor, mirando una y otra vez programas del junior Víctor que llegue a aprender de memoria. Lo intentaron con clubes de ciencia, de pintura, manualidades, y su última esperanza se volcó en la música: guitarra, violín y, por último, piano. De todas las actividades, descubrí cierta aptitud en la música, pero no fue hasta que toqué por primera vez las teclas de un piano que encontré verdaderamente algo que pudiera llenar ese vacío existencial que había dejado mi fracaso injusto en el patinaje (porque ni siquiera pude saber si sería bueno o no, ni siquiera tuve la oportunidad de intentarlo). Tras la primera lección, me di cuenta que tocar el piano era una especie de patinaje con los dedos. Y en ese momento, cuando lo comprendí, mi sueño se transformó en algo más allá de lo que hubiera imaginado antes: no solo acepté con optimismo que no podría compartir la pista con Víctor, sino que ese sueño anterior se volvió a inflar en mi pecho con la posibilidad de estar con él durante sus rutinas de otra manera. Eso me resultó igual de inspirador y satisfactorio que mi primera opción.

Aprendí a tocar el piano en tan solo un par de meses. Mi maestro estaba impresionado con mi avance; yo solo me encontraba desesperado por alcanzar la perfección, porque sabía que el patinaje perfecto de Víctor merecía la interpretación perfecta de su acompañamiento musical.

Muchas veces, cuando veía alguno de sus programas, solía silenciar la televisión y dejar que su cuerpo fuera mi cuaderno de partituras. En lugar de que sus rutinas fuesen creadas a partir de una canción, yo cree decenas de canciones para sus rutinas ya existentes. Mantenía mi vista fija en cada uno de sus movimientos y dejaba que mis dedos se deslizaran por las teclas del piano como si pretendieran imitarlo. No veía lo que tocaba, pero no hacía falta, podía ver en los pasos de Víctor descritas cada una de las notas, las podía escuchar interpretadas por su cuerpo, sus patines, por esos ademanes que muchas veces me quitaron el aliento y me llenaron de eternos escalofríos. De esa manera, fue Víctor el que compuso decenas de piezas musicales para mí. Todas eran suyas, él era el compositor. De no ser por su patinaje, yo no hubiera sido capaz de crearlas e interpretarlas.

Gracias a una de ellas fue que logré ganar una beca en la Escuela Juilliard de Nueva York. Solo quería practicar con más esfuerzo e ímpetu para mejorar mi técnica como Víctor lo hacía cada día. No quería quedarme atrás, no quería dejar de hacerle honor a sus rutinas. De forma indirecta, decenas de veces, pude cumplir el sueño de acompañarlo en pista, aunque él no lo supiera y una distancia incalculable nos separara.

Por supuesto, más allá de eso, cuando dejé atrás el optimismo y la fantasía ingenua de mi niñez y juventud, no creí que de verdad pudiera hacer mi sueño realidad en todos los sentidos en que lo imaginaba, pero siempre continúe esforzándome como si lo siguiera creyendo posible.


Una tarde de lluvia, cuando aún me encontraba en Nueva York en el último año de mis estudios, vi en la calle pasar junto a mí a alguien idéntico a Víctor Nikiforov. Después del sobresaltó y la esperanza inicial, llegué a la pesimista conclusión de que solo se había tratado de un hombre parecido a él. Me era inconcebible pensar que se tratara de la verdadera leyenda del patinaje artístico paseando por Nueva York, y, mucha más, que por casualidades del destino, ambos nos cruzáramos en una simple calle. Pese a eso, nunca pude sacarme a ese hombre de la cabeza y repase la escena hasta que todo me pareció un invento mío. Eran tan idéntico a él, tanto, tan imposible, que el recuerdo se me fue deformando y me era más evidente que tal vez solo estaba exagerando en el parecido.

Cuando la posibilidad se había desvanecido de mi cabeza (mas no el recuerdo), vi acercarse a mí, en un café que solía frecuentar, al auténtico Víctor. No quedó duda alguna de que realmente era él…  Pude observarlo minutos enteros con una cercanía que muchos me envidiarían, apreciar esos detalles que en televisión parecían inexistentes: Los hoyuelos bajo sus ojos que siempre creí eran ojeras; cada una de las hebras de su cabello plateado, ahora corto; su sonrisa encantadora que no era la del hombre galante que siempre creí, sino la de un hombre con una actitud un tanto infantil; los rasgos de su nariz, de su barbilla; su extraño pero delicioso aroma a mango y rosas… 

Desde ese momento, mi vida se convirtió en un sueño constante. Cada vez que recibía una llamada de Víctor para concretar una salida o cuando de pronto aparecía ante mí con una enorme y cálida sonrisa, tenía que pellizcarme un millón de veces con el temor de que, al siguiente, el dolor por fin me haría despertar solo en mi cama, descubriendo que nada de lo que estaba ocurriendo había sido verdad. Pero lo fue, cada segundo que pasé a su lado fue real, tan real como el hecho de que él debía de volver pronto a San Petersburgo a prepararse para sus próximas competencias. Entonces descubrí que nunca había hecho falta el pellizcarme tantas veces para despertar de este maravilloso sueño, solo había hecho falta que ambos fuéramos golpeados con nuestras realidades, las de que ambos vivíamos en países por completo diferentes, casi en latitudes opuestas, con obligaciones y planes de vida que teníamos que atender.

Después de que cayera en cuenta de todo eso, de que los días nos estaban comiendo y escupiéndonos a pedazos, en un arrebato de desesperación y locura, lo llamé para encontrarnos en mi escuela y darle una sorpresa, un obsequio de agradecimiento por las mejores semanas de mi vida. Algo en mí estaba considerando ese encuentro como el final y, por tanto, quería aprovechar el tiempo antes del punto; quería aprovechar esa última oportunidad de decirle como me sentía respecto a él y a lo que habíamos vivido. En un principio no estaba seguro de cómo lo haría, era algo a lo que nunca podría ponerle palabras, definirlas tan sencillamente con dos o más, era algo más profundo que necesitaba de más segundos para ser sentido y comprendido. Por eso, finalmente opté por componer una canción para él, la primera que yo creaba sin su ayuda, sin que fuese su cuerpo y sus movimientos los que me dictaran las notas. Todo vino y nació de mí, de mi corazón, de mi amor por él.


Días después lo acompañé al aeropuerto cuando él finalmente tuvo que regresar a San Petersburgo. Nunca le pedí que se quedara, por más que realmente deseara eso, nunca me atrevería a interferir en su carrera, por la que, durante tantos años, lo había admirado y seguiría haciéndolo. Para mí ese fue el final de todo…   Y, hasta cierto punto, estaba complacido de haber logrado mucho más de que lo realmente creí posible. Por eso, pese a sus promesas, nunca esperé que, entre la distancia y sus entrenamientos, Víctor realmente encontrara el tiempo, la fuerza y el gusto para llamarme cada día. La primera vez que recibí una llamada suya después de que se fuera, tuvieron que pasar varios segundos en silencio para procesar y negar la idea de que nuevamente soñaba…  Volvieron los miles de pellizcos. A eso le prosiguieron semanas llenas de ilusión por las llamadas que no dejaban de suceder día tras días, algunas comenzadas por mí. Escuchar su voz, aunque fuera ligeramente distorsionada por el celular; rememorar y continuar viejas pláticas y temas conversados como haría cualquier persona que se ve con otra con regularidad, era una fuente de emoción que nunca había experimentado antes; escuchar cómo iban sus entrenamientos, platicar como iban mis clases, todo parecía perfecto. Mas, cada día que avanzaba y entrabamos a una extraña cotidianidad, todo comenzó a teñirse para mí con un aura de fantasía, como si volviera a sumergirme en un sueño idílico pero irreal. El tiempo se estaba encargando de borrar en mí el recuerdo de Víctor, no porque lo olvidara, sino porque volvía a mí la inseguridad de mi propia realidad, el no estar por completo seguro de que la persona que se encontraba al otro lado de la línea era realmente él. Cada día su voz me sonaba extraña, como la de cualquier desconocido; cada día me costaba imaginarme su imagen real contra la que siempre tuve en mi cabeza, esa que veía miles de veces en televisión, que llenaba en pósteres mi habitación, tan lejana y ajena a mí.

Con el paso de las semanas, a pesar de que Víctor no dejó de llamarme  más que en contadas ocasiones, tenía casi la convicción de que algo así no iba a funcionar por mucho tiempo. Extrañaba sus impetuosos abrazos, sus “Yuuri” que exclamaba con una felicidad que me contagiaba inevitablemente, el sabor de sus labios, el calor de su cuerpo, la firmeza y seguridad con que sujetaba mi mano cuando caminábamos por las calles de Nueva York…  Después de torturarme a mí mismo con el temor de que todo terminara de pronto y me quedara solo con recuerdos con más sabor a sueños, al final solo tomé la decisión de vivir y disfrutar el momento sin que me preocupara lo que pasaría en el futuro. Disfruté cada llamada, cada pelea, cada promesa de que pronto estaríamos juntos de nuevo como si fuera cierto, aunque al colgar el teléfono todo se sintiera como una mentira.


Un día, cuando menos lo esperé, alguien tocó a mi puerta. No era Víctor, por supuesto, sino un cartero que me entregó un sobre a su nombre. Lo que contenía, además de una extensa carta muy a su estilo, eran entradas para la final del Grand Prix donde Víctor competiría y boletos de avión a Marsella, donde se llevaría a cabo. Algo dentro de mí se hinchó hasta explotar. Por supuesto no recibiría aquellos boletos de avión gratis, buscaría alguna forma de pagárselos, pero la posibilidad de estar en una final y ver a Víctor competir era como un sueño mayor vuelto realidad, como sacarse la lotería por segunda vez. Lo vería, en ambos sentidos en que siempre quise verlo, en persona y compitiendo. Mas, tan pronto mi corazón explotó en el pecho, sus pedazos cayeron en un agujero negro al percatarme de la fecha de los boletos de avión y de la competencia. Un día después de ella tenía una presentación demasiado importante para mi carrera. No podía faltar o habría una enorme probabilidad de perder mi beca a tan solo unos pasos de graduarme. Hice cálculos en tiempos de distancia y diferencias de zona horaria, vi horarios en que pudiera cambiar el día y la hora de vuelo para poder ver a Víctor sin importar lo que tendría que pagar de indemnización, sin importar que solo viera la competencia y tuviera que regresar de inmediato…  Pero fue imposible, no había forma de que todo cuadrara.

Pasé un día entero pensando en cómo se lo diría, sin tener el valor y la seguridad de que no me quebraría al momento de responder sus llamadas o ser yo quien lo llamara. Cuando por fin marqué su número, no fue más sencillo decírselo teniéndolo ya al otro lado de la línea, esperando. Habíamos aprendido tan bien a distinguir nuestros diferentes tonos de voz, que pude identificar la decepción en la suya después de que él se diera cuenta de la mía y me preguntara qué ocurría. No solo fui yo quien se vio afectado. Me sentí terrible, fue un golpe crudo y directo que nos devolvió a ambos a la realidad.

Hablábamos por teléfono a los pocos minutos de que saliera a pista, pero obviamente no fue nada en comparación a lo que hubiera ocurrido de estar yo presente ahí. Por más que ambos intentamos ser optimistas, eso fue mi confirmación de que ninguno de los dos íbamos a poder estar juntos realmente.

Los siguientes días fueron una verdadera tortura para mí, porque por primera vez puse los pies sobre la tierra y permití que fuera mi cabeza la que tomara una decisión, por más que le doliera al resto de mi cuerpo y ser. Intenté terminar con él. Era una canallada hacerlo por teléfono, pero como la mayor parte de nuestra relación, fue la única manera. Durante los dos días posteriores a haber “terminado”, no recibí ni una sola llamada suya. Creí que, pese a lo confuso de nuestra conversación, a mi cobardía y mis nulos deseos de decírselo de manera directa, a su negación abrupta de creer lo que pretendía decir, había quedado claro…

El tercer día desde nuestra llamada de “rompimiento” fue desastroso para mí en la escuela. Estaba irremediablemente triste, deprimido por mi separación con Víctor. No quería pensar en él y en todo lo que había perdido, pero resultaba que él siempre había sido mi musa al tocar el piano…  ¿Cómo interpretar piezas musicales si siempre lo había hecho por y para Víctor? No me podía concentrar, no podía sentir la música de la misma forma en que, pensar en él, me ayudaba a hacerlo. Salí antes de clase alegando que me sentía mal, aunque ese “mal” fuera más emocional que físico.

Cuando llegué a casa, ante las puertas de mi departamento, encontré a una persona sentada en el suelo… Su cabello plateado me hizo dar un golpe en el estómago… No podía ser.

—¿Víctor? —Tuve mucho miedo de preguntar, pese a que la respuesta estaba clara ante mí. Y ella, al alzar su cabeza, sonrió y saltó a mis brazos.

Pasadas la sorpresa e incredibilidad iniciales, nos sentamos frente a frente en la sala para conversar, como siempre debió de haber sido. Dejó muy en claro, con gran ímpetu, que no aceptaba el rompimiento bajo ninguna excusa o razón. Él tenía la certeza de que todo entre nosotros funcionaba muy bien, que el hecho de no haber podido estar juntos en la final era solo un contratiempo sin mayor importancia, que habría más competencias al que yo pudiera asistir, solo era cuestión de tiempo. Después de todo, solo faltaba mi recital final con el cual me graduaría. Me sorprendió el plan tan detallado y a futuro que él me presentó para convencerme de que lo nuestro sí tenía futuro, en especial siendo que él era alguien que solía actuar demasiado por impulsos.

Su plan era una locura idealista; él mismo era un maldito loco, un loco capaz de contagiar su locura. Acepté. 


Víctor tenía planeado quedarse en Nueva York un tiempo considerable, como había hecho antes cuando nos conocimos. Y, para asegurarse de que no se me metieran de nuevo ideas “extrañas” sobre el futuro de nuestra relación, rentó un departamento cercano al mío. Quería recuperar todo ese tiempo que nos mantuvimos separados, con todo e intereses, ahora con una enorme cercanía que parecía incluso una broma. Costó algo adoptarnos al nuevo estilo de vida, pero fue un placer el esfuerzo…  Por primera vez sentía una solidez real y tangible en nuestra relación.


Una semana después, alguien tocó a mi puerta. Pensé que se trataba de Víctor, pese a que era algo temprano con respecto a la hora en que habíamos acordado vernos. De todas maneras, creí tan probable que se trataba de él, que ni siquiera me vi en la necesidad de corroborarlo antes de abrir la puerta. Por supuesto, no era él, sino un hombre desconocido que nunca había visto antes. Era alto, mucho más que Víctor; con un cabello rubio que casi rayaba en el platinado natural, aunque no producto de canas; barba no muy espesa y sin bigote; ojos azules y gélidos; su edad promedio era de unos cuarenta años.

¿Dónde está Víctor? —habló con un perfecto ruso, o eso supuse, reconocí la pronunciación, pero no ninguna de las palabras dichas a excepción del nombre de “Víctor”.

No supe que responder. No había comprendido la pregunta. El hombre me miró con fastidio y rodeó sus ojos, como si tratara con un idiota con el que debía de emplear esfuerzo extra para comunicarse.  

—¿Dónde está Víctor? —preguntó ahora en inglés, algo que pude comprender perfectamente.

—No se encuentra, él…

—Llámalo. —Fue una clara orden.

Le hubiera cerrado la puerta en la cara de no haber reaccionado demasiado tarde, cuando él ya se encontraba dentro y se dirigía al sofá de mi sala como si se tratara de su propia casa. No me atreví a pedirle que se fuera, el aura que había alrededor suyo era un tanto aterrador, como si de antemano presintiera que reaccionaría de alguna forma violenta por la más mínima provocación. No tuve más opción que obedecer y llamé a Víctor, quien simplemente respondió que iría en seguida. Me pareció que supo de quien hablaba cuando se lo describí, pero no me dijo nada al respecto, simplemente colgó con demasiada prisa. Eso solo me hizo sentir más nervioso y asustado con la presencia de ese hombre.

Los minutos que pasaron antes de que Víctor acudiera a mi llamado fueron absolutamente eternos. Aquella persona en mi sofá, cuyo nombre y razón de su presencia tampoco me atrevía a preguntar, se había enfrascado en la tarea de mandar mensajes de su celular o realizar llamadas en las cuales conversaba en ruso. A veces alzaba la voz, como molesto, o quizá era la natural entonación de ese idioma. De vez en cuando lo noté alzar la vista, mirarme con una intensidad casi grosera de alguien que desea preguntar algo, pero al final terminaba por contenerse y devolver su mirada a la pantalla de su celular. Otras veces creí ver algo similar al desprecio cuando me miraba.  

Casi estuve arrepentido de haberle dado al hombre lo que quería…  ¿Y si pretendía hacerle algún daño a Víctor? Por eso, cuando escuché el timbre incesante, sabiendo que se trataba de él, mi corazón se aceleró. El hombre me miró entonces ansioso, casi podía percibir la orden en su mirada de que abriera de una maldita vez.

El escenario que se presentó a continuación no fue para nada lo que hubiera imaginado: No solo Víctor entró desesperado al departamento y sonrió con entusiasmo al comprobar que efectivamente era la misma persona que había creído, sino que aquel se comportó igual. Todo su semblante se transformó entero, volviéndose una persona muy diferente a la de segundos atrás. Esa aura de amenaza que había percibido desde su llegada, cambió por una de alegría y gozo tras ver a Víctor. Ambos hombres se abrazaron de manera fraternal, como viejos amigos. Yo no terminaba de comprender la situación, en especial cuando los ojos azules del desconocido se enfocaron de nuevo en mí y me sonrió como si tan solo instantes antes no me hubiera dedicado desprecio, como si me mirara por primera vez o hubiera perdido la memoria y su sinrazón de su aparente menosprecio.

—Yuuri —habló Víctor de pronto—, te presentó a Sergey, mi representante.

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