Capítulo 3: Pesadilla


Yuuri se mantuvo de pie frente a la puerta de su departamento durante una cantidad de tiempo que no le importó. Tenía miedo de abrir la puerta, no por algo que hubiera en el interior, sino porque no deseaba contaminar su hogar con todas las preocupaciones que llenaban su cabeza; no quería contaminar a Víctor, que este notara que algo ocurría con él, con su vida, con su regreso, que hiciera preguntas para intentar descubrir qué ocurría, qué era aquello que lo tenía tan preocupado. Suspiró cuando ya no pudo contener más el aliento, se quitó sus anteojos y talló el dorso de su nariz. Comenzaba a dolerle la cabeza, estaba agotado en todos los sentidos posibles pues, pese a haberle dado demasiadas vueltas al mismo asunto durante todo su viaje de regreso,  no encontró una solución que estuviera dispuesto a aceptar, porque la única que podría funcionar, era la más horrible, la que le parecía inconcebible.

Fue la presencia de una segunda persona saliendo del elevador la que lo obligó a introducir finalmente la llave en la cerradura. A cualquiera le llamaría demasiado la atención que un hombre se mantuviera frente a una puerta sin abrirla o tocar en ella, pero incluso lo hizo con una lentitud cronométrica, como si toda su vida dependiera por durar unos segundos más en realizar todas sus acciones. Y aun así, hubiera deseado por aplazar su entrada unos cuantos minutos más.

Ante el sonido de la puerta abriéndose, Makkachin corrió a su encuentro. En cualquier otra situación Yuuri se hubiera unido a su festejo hablándole, hincándose ante él y permitir que lo olfateara y lo lamiera entero mientras él intentaba detenerlo con caricias juguetonas. Mas, apenas si pudo sonreír un poco y estirar su mano para acariciar su cabeza. Makkachin pareció darse cuenta que algo no estaba bien con su segundo dueño, pues toda su energía se disipó y con su nariz húmeda golpeó suavemente la mano de Yuuri. Él no supo cómo interpretar ese gesto, si su mascota solo se había empatizado con su estado de ánimo o si había algo en esa acción de dejarse acariciar que tal vez podría ayudar a Yuuri a sentirse reconfortado.

—¡Yuuri!

La voz de Víctor lo sobrecogió. Un instinto dentro suyo le inspiró la necesidad de huir de la casa, pero su sentido común fue más rápido: huir iba a delatarlo. Intentó sonreír, pero al final, el intento fue innecesario, su rostro quedó ocultó entre las ropas de Víctor cuando él lo abrazó tan solo segundos después.  

—Creí que regresabas mañana. ¿Por qué no me dijiste que era hoy? Hubiera ido a recogerte al aeropuerto como siempre…  Hubiéramos ido a cenar para celebrar. Seguro todo fue un éxito, ¿no es así?

Yuuri se desconectó de sus palabras y cerró los ojos. Si se daba la oportunidad de escucharlas, de masticarlas y comprenderlas, seguramente hubiera cedido ante todo y hubiera confesado aquella preocupación que amenazaba con derruir su tan amado mundo, pero no, se dejó envolver por las murallas que eran los brazos de Víctor, esas que le permitían hundirse en la fantasía de ser solo ellos dos en el cosmos, sin un exterior que amenazara con herirlos, con juzgarlos. Siempre se sentía así cuando era abrazado por él, genuinamente feliz y libre.

Al final, el temor de Yuuri de ser descubierto no había sido fundamentado, pues en ese momento había demasiado amor y felicidad en los ojos de Víctor como para que él notara que algo muy grave lo angustiaba. Una parte de sí lo agradeció, pero otra, más rebelde, necesitada, de verdad hubiera deseado que Víctor se diera cuenta, que hiciera la pregunta correcta para que él hablara y lo contara todo. Esa sería su última oportunidad de obligarse a ceder, y la desaprovecharon.


Víctor abre sus ojos en un impulso. Todo de sí duele a un nivel que no puede describir en palabras, pero lo peor es el pesar que está cargando consigo en ese momento. No puede aguantar el estar ahí solo esperando, viendo pasar el tiempo tan lento que, más que avanzar, parece estar retrocediendo. Mira el reloj para comprobarlo: son las 4:08 de la madrugada. Sonría con amargura en una burla para sí mismo, podría jurar que hacía una hora habían sido las cuatro en punto. Se levanta del sillón en el que se encuentra recostado y observa a su alrededor. Yakov y Yurio parecen dormir, el primero sentado en uno de los lados de otro sofá y el segundo hecho un ovillo en el lado contrario del mismo. ¿Por qué están ahí perdiendo el maldito tiempo? Abrigados, calientes, bajo un techo. Y Yuuri afuera, teniendo que soportar una nevada… Ciertamente, la idea de que esté en la calle a esa hora, con aquella tormenta asolándolos, no es nada confortante, pero imaginarse otros escenarios tampoco parecen serlo. ¿Bajo el techo de quién podría resguardarse? ¿Por qué desde un principio no estaba ahí, en su casa, compartiendo la misma cama como cada noche? Toma el celular a su lado e intenta una nueva llamada, pero, como desde hace horas, esta no enlaza.

Su corazón se mueve con latidos cada vez más pesados. La preocupación, el terror lo están asfixiando. Se pone de pie. No puede soportarlo más, no va a continuar ahí sin poder hacer nada. Makkachin, que había estado recostado justo a su lado, se remueve con gestos bruscos ante el repentino movimiento de Víctor…  Fue demasiado ruidoso para su gusto y no pudo evitar sentirse molesto, fue como si lo hubiera delatado.

—Vitya…  —Yakov lo llama, abriendo sus ojos apenas—. No ganas nada al salir a buscarlo a esta hora, en esta tormenta. Te lo he dicho ya, en cuanto amanezca y la tormenta pase, pondremos la denuncia de desaparición.  

“Desaparición”, cada vez que escucha o piensa esa palabra, siente que una decena de años extras le caen encima.

—Ve a la cama e intenta dormir.

Qué fácil decirlo y tan difícil sentir la fuerza suficiente para resistirlo. Simplemente vuelve al sofá, cierra sus ojos y se deja ahogar en sus preocupaciones.

Aún le parece un mal chiste que Yakov, Yurio y sus demás compañeros de pista hubieran podido rastrearlo en la ciudad. La camioneta que se había acercado cuando se encontraba en el Puente Tuchkov fue la de ellos; la persona que lo había tomado y arrastrado dentro, casi a la fuerza como en un intento de secuestro, fue Georgi…   ¿Cómo habían podido encontrarlo a él y no a Yuuri?


Mientras buscaba a su alrededor algún otro empleado al que no hubiera interrogado aún, su celular comenzó a sonar y él, con el corazón detenido sobre la mano, respondió con la ingenua esperanza de que se trataba de su prometido, sin tomarse el tiempo siquiera de notar que el número que lo llamaba era extranjero. 

—¡Yuri! —Víctor casi quería llorar en ese instante. Su voz excitada fue entrecortada por sus propios sollozos retenidos.

—¿Víctor? —pero tras escuchar la voz del otro lado de la línea, todo se volvió oscuro a su alrededor, hasta sentir incluso que se había quedado sin suelo bajo sus pies y que caería en cualquier momento al vacío. Aquella era la voz de una mujer…   Era la madre de Yuuri.

—Víctor, lamento mucho molestarte, pero, ¿podría hablar con Yuuri? —A Víctor se le secó la boca—. ¿Está contigo? Es solo que recibí una llamada suya hace unos minutos, pero al responder, solo escuché ruidos extraños. La llamada terminó e intenté volver a comunicarme, pero ya no enlaza…  —Hubo un cambio en el tono de la mujer. Instinto de madre, tal vez, que le hizo saber que el silencio de Víctor no era normal—. ¿Ha ocurrido algo? ¿Dónde está Yuuri?

Víctor tuvo que recargarse en una pared o caería. Durante un segundo pensó en mentirle, después de todo, él le había prometido que siempre cuidaría de Yuuri, que no dejaría que absolutamente nada le ocurriera…  Pero entonces estaban ahí, en diferentes extremos del mundo sin que ninguno de los dos tuviera noticias de él, sin que él más cercano supiera que hacer a continuación, de qué forma localizar a ese hombre que parecía haber sido tragado por la tierra.

Apretó sus labios, no podía mentirle, ella ya sabía que algo ocurría. Además, no creía tener la cabeza para pensar en alguna buena u agradable excusa, tampoco tenía corazón suficiente para fingir que todo estaba bien cuando por dentro se encontraba a un nivel más allá de la desesperación. No tenía opción, no podía mentir, tenía que confesarle que no sabía dónde estaba su hijo, que él había desaparecido.


La tormenta ha terminado, pero el ambiente es lo suficientemente frío para agrietar la piel con la más mínima brisa. Víctor logra conciliar el sueño un par de horas, pero solo para encontrarse sumergido en algo que, más que llamar pesadilla, debe considerar como una revelación:

Yuuri, sentado frente a él en la misma cafetería de Nueva York donde se habían dirigido la palabra por primera vez, sostiene una taza de café entre sus manos. Es el Yuuri de 21 años, el de aquella época cuando se conocieron, y no el de 23 que ya vive con él, aunque Víctor se siente como el de 28, el actual, el completo, el que tiene consigo el engranaje exacto encajado en su pecho para devolver el movimiento a su vida y su carrera, pieza que Yuuri había insertado desde su primera aparición. Sabe que es el Yuuri de 21 por el corte menor de su cabello, aunque sus gestos y su mirada llena de angustia le hace recordar demasiado al Yuuri de 23 que ha sido las últimas semanas desde su regreso de la gira. Tarda varios días en darse cuenta del cambio en su actitud tras su regreso, y cuándo se percata de ello, cuando la tela de felicidad y amor por tenerlo otra vez consigo le permite ver más allá, es demasiado tarde para que Yuuri le confiese sus preocupaciones…  Él ya ha decidido terminantemente que se encargará de todo solo. Por supuesto, eso es algo que Víctor ni siquiera ha concebido, él solo quiere fingir que las palabras de Yuuri son ciertas aun cuando tiene un sabor extraño, rancio.

Después de que Víctor se concentre en esos rasgos atemporales del Yuuri de 21, una carcajada de su parte, que no logra predecir, llama su atención. Los ojos del chico lo miran con una expresión rara, incluso temerosa. La taza de café resbala de sus manos casi a propósito, y, pese a la corta distancia de esta con la mesa, se hace añicos con una extraña facilidad, como si hubiera caído de varios metros más arriba.

“Yuuri, ¿qué ocurre?”, Víctor quiere preguntar, pero no es capaz de siquiera articular su nombre, pues de sus labios continua escapando una carcajada agria, aunque el sentimiento que vacia su pecho, más que ser de diversión o gozo, es de tristeza y desesperación, como si la mirada de Yuuri lo estuviera infectando.

El café hirviendo chorrea por ambas partes de la mesa, aunque fue más la cantidad que terminó deslizándose hacia su lado. Víctor siente el impulso de ponerse de pie y quejarse por el ardor de haberse quemado, aunque este fue en realidad inexistente, el líquido que manchó su ropa es cálido, pero no lo quemó en absoluto, aunque dentro de sí siente la necesidad de comportarse como si hubiera ocurrido de esa manera.

—Todo está bien.

Yuuri responde a su silente pregunta, pero a Víctor no le hizo falta mirarlo directamente para saber que mentía, para saber que todos los pesares del mundo hacen tambalear el sentido de sus palabras. ¿Por qué no lo había notado antes? Si sonaba tan parecido al Yuuri de 23 de hace unas semanas.

No supo por qué, de pronto, sintió mucho miedo de alzar su mirada, pero lo descubre al momento en que se obliga a hacerlo pese a su miedo…  Yuuri, su Yuuri, está justo frente suyo bañado en sangre. Él no parece percatarse de ello o tal vez realmente no le importa. La taza, intacta de nuevo, ha vuelto a sus manos como si esta nunca hubiera caído ni se hubiera roto. Yuuri ya no lo mira, ahora sus ojos están enfocados con temor hacia un grupo de sombras en una mesa continua que ríen a carcajadas. Él parece muy angustiado ante eso, casi deseando que esos bultos negros sin forma ni rostro no se percaten de su presencia.

“Yuuri”, Víctor intenta llamarlo de nuevo, ahora con una mayor angustia, pero otra vez no hay palabra coherentes saliendo de sus labios, solo carcajadas que parecen acompasarse con las de las sombras. Desesperado, viendo a Yuuri llorar y sangrar en silencio, alza uno de sus manos para intentar alcanzarlo, para poder llamar la atención sobre él y rogarle que le diga qué ocurre, desea una explicación sobre aquella sangre que chorrea de su cabello, que tiene en su piel y su ropa teñida. Y es justo en ese instante que nota que no solo Yuuri tiene sangre sobre sí, sino él también…  Sus manos están bañadas en ese líquido viscoso y cálido. Una sensación de horror mayor lo invade y se inspecciona a sí mismo, dándose cuenta que, a diferencia del chico frente suyo, él solo tiene sangre en sus manos y brazos, como si las hubiera sumergido en una cubeta llena…  Quiso comprender lo que sucedía, pero antes de que la respuesta se revelara en su cabeza, escucha el chirrido de una silla al retroceder con violencia y una taza que de nuevo se despedaza al caer, ahora contra el suelo.

Es Yuuri quien se ha puesto de pie y que, sin despegar sus ojos de aquellas manchas negras sobre el tapiz que parece ser la cafetería, camina con convicción hacia ellos, como si de pronto hubiera decidido hacerles frente solo.

El temor de Víctor, aparentemente infundado, se vuelve mayor, y quiere ponerse también de pie para detenerlo, para jurarle que ambos pueden encararlo juntos. Pero continua carcajeando, aun cuando se ve hundido a sí mismo en un mar de tinta roja que le impide moverse, no puede detener su risa, no puede detener a ese Yuuri de cuerpo de 21 y mente de 23 que es tragado por una oscuridad espesa creada por los cuerpos negros en convulsión, en derrame, en expansión…   Y dentro de toda esa uniformidad oscura, Víctor cree distinguir un único rostro…  No es el de Yuuri, es de alguien más a quien sabe conocer, pero cuyo nombre no puede evocar en ese momento.

—¡S…!

Entonces despierta, no porque fuera el momento, no porque estuviera listo para ello, no por el impacto de esa pesadilla que apenas comenzaba a digerir, sino porque el timbre de su celular estaba sonando y vibrando justo al lado suyo. Sin respirar, se abalanza sobre él, pero esta vez no comete la imprudencia de responder sin mirar el número antes: no, no es Yuuri (su corazón se vuelve una bola llena de agujeros), es la madre de él, de nuevo.  

Víctor mantiene su aliento contenido cuando responde. Tras la bocina, hay un abismal silencio…  y entonces alguien suelta un sollozo. Víctor se estremece por ello…  Ha sido lo suficientemente doloroso para que esa bola con agujeros en su pecho se oprima y cruja como una esponja seca.  

—Víctor…  —la voz de la señora Katsuki es como un gemido—. Yuuri está…  él está…

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