Capítulo 2: A primera vista


Fue amor a primera vista, seguramente para ambos. No es normal que dos extraños se detengan en medio de la lluvia solo para observarse tan fijamente, sin pestañear. No es que lo supiéramos en ese instante, que nos habíamos enamorado, que contemplábamos ante nosotros a la persona con quien querríamos pasar el resto de nuestras vidas. Tan no lo supimos, tan no comprendimos lo que estábamos sintiendo, que después de unos cuantos segundos de observarnos como si esperáramos que el otro diera el primer paso, ambos dimos media vuelta y continuamos nuestro camino, sin pedirnos el número, el nombre o tan siquiera interactuar con algún hola o una sencilla sonrisa. Pero nunca pude sacármelo de la cabeza Hay muchas cosas de las que debo arrepentirme en mi vida y, en ese momento, no haberle dirigido la palabra cuando tuve la oportunidad fue una de las que más lamenté (después descubriría que podría ser capaz de cometer peores errores). ¿Cuál era la posibilidad de poder volverlo a encontrar? En especial cuando sus rasgos me delataban la obviedad de su origen: asiático, posiblemente japonés. Un extranjero entre miles que visitaba seguramente por turismo la enorme y concurrida ciudad de Nueva York. Pero, por suerte, me equivoqué, en parte, él no era un simple turista de corto o largo aliento, como yo. Tenía planes más profundos y a largo plazo en esa ciudad.

Días después del furtivo encuentro, de descubrir que a cada instante me sorprendía a mí mismo en momentos de cavilación rememorando su rostro, su mirada enfocada en mí, esa expresión de sorpresa, como si por fin hubiera encontrado aquello que había estado buscando desde hace mucho pero no lo creyera verdad, fui una mañana a un pequeño café en la Calle 67. Era la primera vez que iba a ese sitio. Me encontraba sumido en alguno de esos momentos en que la concurrencia de gente me asfixiaba y solo deseaba un minuto de paz. Saberse y sentirse solo, lamentarlo, pero procurarlo de todas maneras, buscar el asilamiento a propósito, es uno de los peores círculos viciosos en los que alguien puede entrar. Desde hace un año esos ataques venían volviéndose cada vez más constantes. La atención y el éxito ya no pueden disfrutarse de la misma manera que antes. Algo dentro de mí me decía que estaba muy próximo a tocar el fondo, aunque aún no supiera exactamente cuál era ese límite… ¿El retiro? ¿El dejar aquello que supuestamente amaba pero ya no me inspiraba el más mínimo entusiasmo? Tal vez, aunque pensaba que aquello, más que ser el fondo, era una de las causas de encausarme hacía él. La inspiración se había terminado, no sabía cómo más impresionar a mi público y a mí mismo… Se me había terminado la vida… Eso pensé.

Observaba al exterior de la ventana con detenimiento mientras un café se enfriaba entre mis manos. Llovía una vez más, pero las personas circulaban por la calle con la misma concurrencia como si se encontraran bajo un cielo soleado. Sé que nuevamente fue el destino, no, en realidad, hubo algo más entrañado e intenso que el destino para que nos volviéramos a encontrar de esa manera. Había escuchado la campanilla varias veces antes sin que yo tuviera la necesidad de voltear, pero en esa última ocasión lo hice… Y entonces él entró. Claro que lo reconocí de inmediato, aun cuando en aquella ocasión llevase sus anteojos algo empañados por la lluvia. Estaba empapado, con una saco que apenas lo había protegido un poco de la tormenta. No tenía paraguas consigo, ¿quién no lo carga en una época así? Estupefacto, lo observé quitarse sus anteojos e intentar limpiar el vaho en los vidrios con el reverso de su manga. Después caminó con decisión y familiaridad a uno de las mesas del fondo. Al pasar, una de las meseras lo saludó como a un viejo cliente frecuente. Creí escuchar que le preguntaba por alguien.

No recuerdo que sentí en ese justo momento, solo sé que fue algo aflorando en mi pecho y que me hizo sentir dichoso, incluso mucho más que la ocasión en que recibí y besé mi primera medalla de oro. Casi quise arrojármele encima, abrazarle y decirle cuánto me hacía feliz volver a encontrármelo, que no había dejado de pensar en él en ningún instante. Obviamente era una muy mala idea, pero no iba a cometer el mismo error dos veces. No esta vez. Olvidé mi taza casi intacta, me levanté y caminé hacia él con decisión. Me sentí como un niño pequeño a punto de conocer a su ídolo de toda la infancia.

—Hola… ¿Puedo sentarme?

Él alzó su vista hacia mí… Y no me reconoció, o eso creí al notar su mirada confusa. El corazón se me cayó a los pies por ello, pues esperaba tener frente a mí la misma expresión de encuentro de la primera vez. En ese momento creí entender que el amor naciente había sido entonces solo de mi parte. Yo que pasé 24 horas pensándolo, rememorando su mirada cubierta por unos lentes de armazón azul, su rostro serio, dubitativo e impresionado, y él que ni siquiera podía recordar esos breves instantes que creí especiales y únicos.

Hubo silencio entre ambos. No esperaba eso y no sabía cómo continuar. El encuentro imaginario que repasé en mi mente una y otra vez había sido borrado de mi mente en una cambiante hoja blanca. Aun así, nuestras miradas se mantuvieron fijas, algo que sería muy incómodo para cualquier persona, pero que pareció natural entre nosotros, que nos miráramos tan fijamente, con una confianza que incluso entre familiares que viven juntos desde toda una vida nos envidiarían. Lo supe esa vez, no sabía nada de él, ni siquiera su nombre, pero tenía la seguridad de que quería conocerlo todo.

Él fue el primero en desviar su mirada, en bajarla hacia sus manos. Sé que hubiera deseado tener una taza de café entre ellas para que esa fuera su excusa. Sin esperar respuesta, me senté en la silla vacía enfrente suyo. Su expresión había cambiado por completo, parecía… ¿tímido? Y sonreía… Feliz, emocionado. Sus manos temblaban. Una luz de esperanza lleno mi ser. ¿Sí me recordaba?

—Víctor…

Algo se convulsionó dentro de mí. ¿Cómo sabía mi nombre?


Yuuri Katsuki, 21 años, estudiante de último año en la Escuela Juilliard, pianista, amante del patinaje artístico, fiel seguidor de las competencias y, sobre todo, admirador mío… Sí, me había reconocido como el patinador que seguía y admiraba desde su infancia. Eso explicaba porque desde el encuentro en la lluvia él me había observado de esa manera, aunque en ese momento creyó que solo era alguien que se parecía a mí. No había sido amor a primera vista, no de su parte, pues él me amaba desde mucho antes que eso. Tenía piezas compuestas en mi honor, piezas con las cuales siempre había fantaseado que utilizara en alguno de mis programas (por supuesto, todas estas confesiones fueron hechas por él tiempo después que comenzara nuestra relación).

Después de que conversáramos un poco aquel día en el café y de asegurarme, ahora sí, de tener su número guardado en mi agenda, nuestros encuentros se volvieron casuales. Primero en el mismo sitio, aquel café, en los mismos asientos que compartimos esa primera vez; después decidiendo explorar otros puntos de la ciudad en donde ambos éramos extranjeros, pero nos sentíamos tan familiarizados entre sí como si estuviéramos en nuestros propios hogares. Es abrumador pensar cómo es que terminamos conociéndonos en una ciudad que nos era ajena a ambos… Era demasiada casualidad, incluso demasiado destino. Siempre se lo he dicho a Yuuri, no es que los dos estuviéramos destinados al otro, era que siempre nos habíamos pertenecido. Él ríe, incluso varias veces ha golpeado mi hombro, pero nunca lo ha negado, sabe que es verdad.
En un principio Yuuri se mostró algo retraído y asustado hacía mí. Muchas veces me rehuía, consternado. Tiempo después me diría que le costó creer que realmente nos habíamos conocido, que comenzáramos a hablar, a salir con tanta casualidad como él lo hacía con sus amigos. Mas, supe que habíamos cruzado una línea muy importante cuando, después de encuentros que se habían vuelto casi diarios, un día me envió un mensaje para que acudiera a visitarlo a su escuela.

Él sabía que pronto debía de volver a San Petersburgo. Las nacionales de Rusia comenzarían pronto y tenía a Yakov detrás de mí, pues se supone que debí de haber vuelto varias semanas antes… Casi dos meses, para ser sincero. Intenté darle largas lo más que pude, no quería dejar a Yuuri, no quería volver sin él, pero al final de todo, los días terminaron por comernos hasta convertirse en semanas y meses.

“No puedes tirar tu carrera por un chico que apenas conoces, Vitya”, me dijo Yakov en una llamada… No pude evitar sonreír tras el teléfono. Irónico saber que incluso antes de que Yuuri apareciera había pensado en ello y fue justamente su presencia la que me hizo desistir de la idea, fue justo gracias a él que decidí volver a Rusia con el optimismo y el deseo de ganar renovados.

Era ya de noche el momento en que Yuuri me citó, por lo que los pasillos y el edificio en general se encontraban casi solos, con apenas un par de estudiantes y maestros que continuaban sus clases nocturnas. Tuve que preguntarles a algunos de ellos para poder dar con el salón que Yuuri me había indicado en su mensaje. No era diferente a los otros que había visto al pasar, solo que en ese, en lugar de asientos, solo había un único piano que llenaba el espacio más allá de la mitad.

Un efusivo “¡Yuuri!” escapó de mis labios al encontrarlo sentado frente a dicho piano. Hubiera corrido a su lado como solía hacerlo, pero al notar el mutismo y el gesto nervioso con que me recibió, desistí de mis intenciones, confuso. Pensé simplemente en quedarme de pie a su lado, esperando el momento en que hiciera o dijera algo que me explicara el porque de mi presencia ahí, pero un golpeteó de su parte al taburete donde estaba sentado me hizo comprender que él quería que me sentara a su lado. No tuvo que decírmelo dos veces.

Dejé escapar algo de aire. Su nerviosismo era tal, que terminó por contagiármelo. Nunca antes había sentido una presión en el pecho como esa, una revoltura de estómago que era asfixiante y agradable al mismo tiempo, ni siquiera cuando coloqué por primera vez mis patines en una pista de hielo.

Sin decir palabra alguna, sin mirarme siquiera de reojo, sus dedos acariciaron el piano frente suyo. Cada una de las teclas rozadas se presionaron con una inusual suavidad, como si fuera solo una brisa pasajera en un sofocante verano. Incluso creí que aún no había comenzado a tocar, que continuaba titubeando, indeciso de como hacerlo, pero casi al instante me percaté que ese sutil sonido, producto de un todavía más sutil movimiento, era el inicio de algo maravilloso… De la obra que él había compuesto para mí, pero no al Víctor Nikiforov que admiraba e idolatraba desde lejos, sino al que había conocido en esos tres meses en Nueva York.

Continuó una melodía que se elevó por el aire, primero en bajos tonos hasta alzarse en elevadas claves. En un principio quedé absortó por el movimiento elegante y planificado de las manos de Yuuri al deslizarse y presionarse sobre las teclas más que de lo que interpretaba en sí, y recordé lo que él me había comentado alguna vez: “Tocar el piano es como patinar, pero con mayores saltos y menos deslizamientos… aunque el resultado es parecido, a la inversa, movimientos que crean una melodía en lugar de una melodía que crea movimientos… Melodía que se ajusta a los saltos, a las secuencias, al teatro y la actuación que se vuelven todo con tu cuerpo… con tus dedos”.
Yuuri era hermoso patinando sobre las teclas del piano, danzando sobre las partituras, realizando secuencias de saltos sobre cada una de las notas. Su concentración era excelsa; su presentación y elegancia, maravillosa. Él seguramente hubiera sido un patinador excepcional, y como tal, me obligó a que me concentrara en lo que producía con su cuerpo, en los movimientos tersos que producían exquisitas cadencias. Pude imaginármelo interpretando esa misma canción sobre una pista de hielo, expresando todo su sentir, su propia música con las mareas de su cuerpo al moverse.

Entonces cerré los ojos, la canción que interpretaba me estaba invitando a ello. Sentí cada gramo de emoción llegando hasta a mí, adentrándose por mis poros, acariciando cada mililitro de sangre bajo mi piel, como un torrente que se dejaba caer en cámara lenta sobre mí y me permitía el sentirlo todo a detalle, cuadro por cuadro. Pude experimentar la tristeza y la soledad de cada nota, pude resentir los dolores de su alma. Me sabían tan parecidos y diferentes a los míos. Ambos saboreamos el dejo de la soledad a su máxima expresión, pero las nuestras eran distintas, perfectas para conjugarse entre sí y negarse, suprimirse.

Fui inspirado en un sentimiento profundo de desolación, como si lo nuestro pareciera no tener remedio, como si no hubiera escapatoria del confín al que solos nos habíamos hundido, pero, en algún momento todo cambio, la melodía se acentuó en tonos que no podría describir como alegres, aunque si contrarios a la tristeza y el abandono de antes. Eran más bien notas enteras, piezas de algo que se habían encajado y complementado entre sí, como si antes la canción se hubiera escuchado desquebrajada, pero ahora fuera un todo integral y existente, una pieza para conmover, emocionar y decirnos que la esperanza y el encuentro es real… Podía sentirlo a través de ella. Había en lo que escuchaba plenitud, existencia, vida… y amor… Sobre todo amor.

Abrí mis ojos en cuanto la nota final se perdió entre los dos. Sobre mis mejillas había lágrimas, al igual que sobre las de Yuuri, mismas que caían hasta morir en las teclas de su instrumento.

Y entonces lo entendí: esa canción era su confesión, su forma de decir que me amaba… Y de hacerme comprender a mí que yo también sentía lo mismo… Que era real.

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