Make History – Capítulo 3.


Considerar el patinaje artístico como una disciplina sencilla, debido a la belleza y la fluidez tácita de sus movimientos, era un error que muchas personas —incluso otros atletas— solían cometer.

—Otra vez.

Yuuri aparta el sudor de su frente mientras suspira, tratando de recuperar el aliento. Está cansado. Luego de su primera jornada de entrenamiento, previo al inicio de la primera ronda clasificatoria de los Juegos Olímpicos, le había seguido una segunda jornada que había comenzado con aún más exigencias por parte de su entrenadora. Minako Okukawa le conoce bien y sabe perfectamente dónde presionar para obligarle a esforzarse hasta alcanzar su límite. Y Yuuri confiaba en ella, en sus métodos y su deseo consciente de alcanzar su máximo potencial antes del inicio de la competencia.

—Inténtalo otra vez, Yuuri. Tienes que clavar ese quad lutz antes de salir de la pista.

Con un último suspiro, Yuuri fija su mirada al frente mientras comienza a patinar, dándose impulso con sus cuchillas a medida que se desliza, agarrando velocidad. Puede sentir sus músculos tensarse en anticipación mientras gira de espaldas, preparándose para saltar y luego —en milésimas de segundo— se encuentra girando vertiginosamente en el aire y aterrizando un cuádruple lutz impecable. Perfecto. El octavo consecutivo de esta jornada. Yuuri había perdido la cuenta de las veces que se había visto obligado a repetir el salto. Su entrenadora, por otra parte, le había dicho que hasta que le viese ejecutar el salto con firmeza, no tenía derecho a parar.

—Está bien, Yuuri. Descansa cinco minutos —concede Minako, mientras el doncel se detiene en medio de la pista y luego se acerca para prestarle atención—. Después quiero que comiences a ensayar tu programa largo. Haz la rutina completa para descubrir las partes en las que debemos trabajar mañana.

Yuuri acepta, mientras recibe la botella de agua que le extiende su entrenadora. Está cansado, pero sabe que aún puede continuar. Después de todo aún le queda la mitad del bloque de entrenamiento y, pese a que comparte la pista con las dos patinadoras de la delegación rusa y el irascible Yuri Plisetsky, no existen distracciones para él. Yuuri está enfocado, concentrado en su propio entrenamiento, en sus movimientos y su rutina, aún si hay más competidores en el hielo.

El descanso acaba y pronto Yuuri se prepara para comenzar la ejecución de su programa largo que, contra todo pronóstico y a diferencia del resto de los competidores, está diseñado para ir aumentando en dificultad. Será gradual, por supuesto, todo dependiendo de cómo vaya avanzando Yuuri en las rondas clasificatorias previas a la final. Así es como su entrenadora y él lo han planificado, todo gracias a su inédita resistencia. Un talento oculto que le ha servido durante los últimos meses para volver a ponerse al día y estar listo para esta competencia.

Yuuri se mueve, ubicándose a un costado de la pista, preparado para dar inicio a su programa libre. El silencio le rodea mientras adopta su posición de partida y luego simplemente respira, dejando que su cuerpo fluya a medida que la suave melodía inunda poco a poco sus sentidos. Las imágenes y los recuerdos surgen como fantasmas a medida que avanza, dejándose llevar únicamente por su memoria muscular. Porque ya es demasiado tarde cuando se da cuenta. Su mente divaga, trayendo promesas y sentimientos. Recuerdos de niñez que se deslizan en pequeños flashes y destellos a medida que la brisa helada le acaricia la cara. Sus memorias proyectándose en imágenes que, sin darse cuenta, Yuuri comienza a revivir una vez más.

• Flash Back •

Tiene diez años y es el segundo hijo doncel tras su hermana mayor, Mari. Su familia, pequeña y sencilla, es dueña del único recinto de aguas termales que queda abierto en su ciudad natal, Hasetsu.

Y Yuuri ama su hogar. Y ama aún más la dedicación de su madre y el amor de su padre por la posada. Su niñez está colmada del delicioso aroma a katsudon que su madre prepara sin falta cada cena de domingo. Su sonrisa, llena de sabor a mochi de fresas, el postre preferido de su padre. Así, nocente como era, siempre creyó que esta era, sin duda alguna, la cúspide de su felicidad.

Que equivocado estaba, recuerda.

La llegada del invierno y la pintoresca inauguración de la primera pista de patinaje local, el “Ice Castle Hasetsu”, le enseña una nueva lección y el preciado significado de la amistad. Yuuko, una joven y enérgica damita que conoce tras inscribirse en sus primeras clases de patinaje, pronto se convierte en su nueva compañera y modelo a seguir. Ella es la primera en mostrarle la gracia y la delicadeza del patinaje. También es la primera en enseñarle el valor y la alegría de autoproclamarse “amigos para toda la vida”. Y, finalmente, es Yuuko la primera que accidentalmente le presenta a Víktor.

—Yuuri —saluda ella, una tarde, antes de dar inicio a su práctica—. Mira… el patinador ruso, Víktor Nikiforov acaba de ganar el oro en el campeonato mundial junior con la calificación más alta de la historia. —susurra mientras su mirada repasa con emoción su revista de deportes favorita.

— ¿Quién? —pregunta Yuuri, acercándose a su amiga— ¿Vik-Víktor?

El nombre tropieza en su lengua. Extraño. Difícil de pronunciar para alguien que no ha lidiado con más extranjeros que los esporádicos visitantes que arriban a la posada durante la temporada estival.

— Víktor, Yuuri, Víktor Nikiforov. Él es la nueva promesa del patinaje artístico. —señala su amiga para luego brincar decidida desde su asiento, llevándose a Yuuri con ella— Algún día competiremos la misma pista que él ¡Ahora vamos a entrenar!

Yuuri no la entiende y tampoco tiene tiempo de ver la fotografía que enmarca el artículo. Por mucho tiempo Víktor Nikiforov fue para Yuuri una especie de ídolo sin rostro. Una estrella lejana, de un país ajeno. Virtuoso, pero inexistente. Una fuerza impulsora que los llevó a Yuuko y a él a entrenarse con todas sus fuerzas, ensayando coreografías que su amiga aprendía y copiaba del mismísimo Víktor, gracias a internet.

Tras la última competencia y las noticias del indiscutible triunfo de Víktor, Yuuri se encuentra repasando y aprendiendo los pasos de su programa corto. Con Yuuko a su lado, ambos repiten una y otra vez la complicada coreografía sin conseguir el delicado movimiento que su amiga insiste en llamar “Ina Bauer”. Cansado, Yuuri toma un respiro mientras, a su lado, Yuuko lo intenta una vez más sin mayores resultados.

—No es así. No sé qué estamos haciendo mal… —suelta frustrada, antes de que sus ojos castaños se abran de golpe y su rostro se llene con una enorme sonrisa— ¡Vamos a verlo, Yuuri! ¡Veamos cómo lo hace Víktor! ¡Ven conmigo, rápido!

Yuuko los guía en una vertiginosa carrera fuera de la pista. Ninguno tiene tiempo de tomar y colocar las guardias a sus cuchillas mientras corren hacia el único computador disponible, ubicado en la oficina administrativa del Ice Castle. Por suerte su amiga tiene acceso libre, ya que son sus padres los que administran la pista.

Mientras Yuuri espera a que el vídeo se abra y cargue, echa un rápido y nervioso vistazo a la oficina en la que ahora ambos se encuentran encerrados. Sólo espera no estar haciendo una travesura. No quiere castigos o problemas que le alejen del hielo. Por otra parte, la habitación se muestra acogedora y sencilla. El lugar de trabajo de los padres de Yuuko está colmado de fotografías, retratos y noticias de patinadores famosos. Una pasión que viene de familia.

Sin embargo, es la fotografía de un artículo deportivo en particular, lo finalmente llama la atención de Yuuri. En respuesta, él se acerca a la imagen, alejándose sólo unos pasos de Yuuko. Y su mundo se detiene. Porque ahí, frente a sus pequeños ojos inquietos, se encuentra el rostro del patinador más bonito que Yuuri jamás haya visto. Pálido, con su largo cabello platinado enmarcado en una preciosa corona de rosas azules. Seguramente sólo un par de años mayor que él mismo. Sin embargo, su sonrisa y sus ojos son inolvidables. Hay felicidad en ellos y un orgullo tácito mientras sus largos dedos sostienen lo que, sin lugar a dudas, es una medalla dorada.

— ¡Al fin! —grita su amiga, asustando a Yuuri, quien se obliga a regresar a su lago con su rostro iluminado por un vibrante sonrojo.

Con la imagen del patinador grabada a fuego en su mente, Yuuri trata de prestar atención a las palabras de Yuuko. Falla, por supuesto. Sin embargo, todo su estupor y aturdimiento es reemplazado de pronto por la sorpresa de ver al mismo joven patinador de la fotografía, ahora entrando al hielo tras ser anunciado entre el alegre estallido y los aplausos de la multitud.

Víktor Nikiforov.

El nombre al fin tiene un rostro y un dueño. Yuuri siente que su pequeño corazón da un vuelco y aletea en su pecho, cuando ve a la promesa del patinaje artístico realizando saltos y giros, con una fluidez y una elegancia dignas de un prodigio. Es como si Víktor volara sobre el hielo. Danzando como si la helada superficie fuese una extensión más de sí mismo. Es hermoso, al punto en que todo se vuelve borroso y Yuuri siente como las lágrimas bajan y caen de su rostro.

Víktor es inolvidable. Como un sueño del que Yuuri nunca quiere despertar.

• Fin – Flash Back •

Pero lo hace.

Yuuri despierta trece años después, cuando su deseo se hace realidad. Porque al fin está aquí, a punto de competir y compartir el mismo hielo con la leyenda viviente.

Ha pasado por mucho para llegar a este momento. La vida de Yuuri y su carrera como patinador profesional siempre estuvieron dominadas por altos y bajos. Había tocado fondo, sí. Hace dos años había estado a punto de cumplir su sueño y compartir la misma pista con el varón. Sin embargo, las circunstancias lo empujaron a tomar otras decisiones y alejarse de la competencia antes de siquiera haber estado frente a la leyenda rusa. No había sido fácil, pero fue lo correcto.

Los recuerdos de su primera y última final del Grand Prix nublan su mente. De pronto, todo Yuuri duele y la falta de aire persiste hasta que se le corta el aliento. Antes de darse cuenta ya se encuentra saltando, girando fuera de eje y aterrizando con todo su cuerpo contra el suelo. Su cabeza es la más perjudicada, azotando el hielo con un sonido roto y estridente.

— ¡YUURI! —Minako se lanza desde el borde mismo de la pista a toda carrera, gritando y corriendo hacia él.

La patinadora de la delegación rusa, Mila Babicheva, es la primera en llegar y ayudarle a ponerse trabajosamente en pie. Yuuri intenta apartarla, decirle que no es necesario, pero sus fuerzas fallan y su cabeza grita con cada pensamiento. Es inútil, se dice, cuando siente su cuerpo tropezar al intentar dar un paso por sí mismo. Por suerte la pelirroja está ahí para ayudarle a avanzar y pronto ambos logran tomar el ritmo y deslizarse lenta y coordinadamente a la salida. Mientras tanto, el resto de la delegación rusa les observan en silencio. El golpe ha sido duro, sin lugar a dudas. Yuuri lo sabe de primera mano. Por suerte el equipo médico dispuesto por el Comité Olímpico ya se encuentra esperando por él, fuera del hielo.

—Yuuri —la preocupada voz de su entrenadora rasga su cabeza con la fuerza de mil cristales haciéndose añicos.

—Minako…sensei —Yuuri habla, tropezando con sus palabras, mientras el equipo médico trabaja en él, a un costado de la pista.

Pronto hay gasas y desinfectante limpiando su frente. Yuuri se deja hacer, evaluándose a sí mismo y al persistente dolor de cabeza que aún nubla sus pensamientos. Su mirada se mantiene enfocada y alerta. Sin embargo, las luces de la pista de patinaje parecen ser el problema. Duele demasiado mirarlas. Pronto siente el impulso de llevar una de sus manos hacia su frente, cuando siente como algo frío escurre y baja, viscoso, por todo el borde de su sien hacia su cuello.

—No te toques —advierte Minako, reteniéndole a tiempo—. Es sólo gel anestésico. Van a vendarte pronto.

— ¿Estoy sangrando? —pregunta enseguida.

—No, señor Katsuki —responde esta vez uno de los médicos, mientras Yuuri siente que su cuerpo se drena de alivio—. Sólo queremos asegurar el gel para que pueda hacer efecto. No tiene ninguna lesión a la vista. Tuvo mucha suerte.

—Gracias.

La caída no pasa a mayores. Sin embargo, Yuuri se ve forzado a concluir su práctica de forma anticipada y vuelve al hotel bajo instrucción médica de ser monitoreado atentamente durante las próximas horas por su entrenadora. Minako, por otra parte, parece haber tomado muy enserio las instrucciones del equipo médico, porque apenas Yuuri ingresa a su habitación, ella le da instrucciones estrictas de recluirse en su cama y no abandonarla a menos que sea estrictamente necesario.

—Reposo absoluto ¿oíste, Yuuri? Si no me haces caso, te arrepentirás —amenaza ella, antes de darle un último vistazo desde la puerta de su habitación—. Informaré al resto de la delegación y luego iré por el almuerzo. Descansa.

Yuuri acepta porque realmente lo necesita y porque no le queda de otra. Sin embargo, nunca ha sido muy bueno con las instrucciones médicas durante sus entrenamientos. Quedarse quieto y descansar, cuando sabe que ha desperdiciado todo un día de prácticas previo al inicio de los Juegos Olímpicos, no le hace bien ni a su cuerpo su a su mente. El tiempo pasa lento. Eterno. Antes de que se cumplan dos horas de la ausencia de su entrenadora, Yuuri ya se encuentra cansado del reposo y bastante aburrido.

Buscando distraerse, Yuuri observa la puerta de su habitación por otro largo minuto, antes de decidir que necesita ir al baño. No se ha visto desde que le atendieron. Sin embargo, sólo hace falta un vistazo al espejo para darse cuenta de que es un autentico desastre. Su cabeza vendada no ayuda y la palidez casi enfermiza de su rostro, sólo empeora el panorama. Parece, a primera vista, mucho más destrozado de lo que realmente se siente.

Sus dedos curiosos repasan el vendaje con cuidado. No duele, piensa cuando nota como una esquina de la gasa parece deshilacharse a un costado.

—Si tiro un poco se caerá —murmura ausente, mientras sus dedos repasan las fibras ásperas y desiguales.

Se caerá.

Antes de que pueda detenerse, una sonrisa aparece en sus labios mientras tira y desenrolla el vendaje a toda velocidad. Yuuri no se considera impulsivo, pero la curiosidad triunfa en esta ocasión y antes de que se de cuenta ya puede ver su frente desprovista de gasas y parches. No es demasiado malo, no cuando ha tenido caídas peores. Su cabeza, sin embargo, punza y protesta cuando Yuuri presiona uno de sus dedos contra la inflamación apenas visible entre su corto flequillo. Duele, pero está sano. No hay cortes, ni moretones por ninguna parte, sólo gel que se adhiere pegajoso e incómodo a una porción de su frente y parte de su cabello. Yuuri lo lava de prisa y lo mejor que puede, sin permitirse pensar demasiado.

Ya está, piensa cuando se ve reflejado al espejo. Tiene mucho mejor aspecto.

Y como tiene tan buen aspecto y se siente bastante bien en realidad, Yuuri toma la arriesgada decisión de negarse a seguir confinado en su cama. Es arriesgado, porque va directamente en contra de las advertencias del equipo médico y de su entrenadora. Pero, si se le ha prohibido entrenar por el resto de la jornada, Yuuri al menos prefiere invertir su tiempo en distraer sus inquietos pensamientos y sus recuerdos, para centrarse en lo que realmente importa. Así, regresa a su cuarto y, mientras vigila la puerta, busca los guantes, el gorro y la chaqueta de su delegación. Tras cambiarse y asearse un poco, Yuuri decide que está listo para escabullirse y salir del hotel.

Abandonar las instalaciones del hotel no es fácil. Yuuri tiene que escabullirse con cuidado, agradeciendo secretamente la distancia significativa entre el hall del hotel y los comedores que, a estas horas, ya deben alojar a gran parte de las delegaciones participantes. Una vez fuera, se anima al sentir la calidez del sol y el refrescante aire de las montañas que rodean a la preciosa ciudad de Pyeongchang.

Pronto se descubre sonriendo, a medida que camina calle abajo. Pese al clima que reina actualmente en Pyeongchang, la ciudad se le hace encantadora. Hay un sol frío que se abre a media tarde y Yuuri aprovecha de recorrer gran parte del parque Olímpico, deteniéndose ante la gran cantidad de esculturas dispuestas por aquí y por allá, que emulan a los participantes en cada una de las disciplinas en competencia. Pasea por los alrededores con mirada curiosa, ante el ambiente y la gran cantidad de turistas extranjeros que parecen deleitarse, al igual que él, descubriendo los encantos de la ciudad.

Son cerca de las tres de la tarde cuando Yuuri finalmente decide que es tiempo de descansar. Ha comido algo durante su recorrido mientras tomaba fotos ocasionales. Sin embargo, ahora mismo su cabeza duele un poco, por eso se detiene en una pequeña plazoleta invernal, disfrutando del clima y las personas que pasean distraídamente a su alrededor.

Yuuri respira, su cuerpo y su corazón en calma, su mente alejada de recuerdos mientras repasa las imágenes que ha tomado con su celular. Así, tan concentrado como está, no tiene tiempo ni para percatarse, ni mucho menos para prepararse frente al inesperado y repentino peso que le arroja y le derriba de espaldas sobre la banca en la que se ha sentado hace cosa de cinco minutos atrás.

—Itai! (¡Duele!)

La realidad le golpea en la forma de un cachorro, un perro que Yuuri no puede ver debido a la eufórica mezcla de babas y gimoteos que humedecen su frente, mientras él intenta desesperadamente cubrir lo que queda de su rostro.

El cachorro es grande y pesado. ¡Muy grande y muy pesado!, piensa Yuuri sin aliento. Su cabeza martillea para este punto y lo único que ahora desea es poder quitarse a su entusiasta visitante de encima.

— ¡Alto! ¡Alto, he dicho! —suelta Yuuri, juntando fuerzas y empujando el esponjoso pelaje, logrando sentarse al fin tras su segundo intento.

Retira sus lentes, ahora sucios, y vuelve su rostro hacia su inesperado visitante. No puede ser, piensa afligido. Su corazón cae en un latido, mientras sus ojos se detienen en el pelaje y los rizos bien definidos de un precioso caniche color marrón. Los vivaces ojos del cachorro observan a Yuuri con una devoción que lastima. No debería ser así y lo sabe, pero no puede evitarlo. Ver a este caniche es como verlo a él.

Sus manos temblorosas dudan un instante, antes de acercarse y finalmente hundirse en el fino pelaje rizado, sintiéndose como un niño otra vez. Y es tan suave y tan perfecto, igual a como lo recuerda. La garganta de Yuuri se cierra y su respiración se agita cuando siente que las lágrimas llenan sus ojos, como si respondieran a un preciado anhelo.

—Vicchan. —el nombre y los recuerdos escapan de sus labios sin consentimiento.

• Flash Back •

Desde que Yuuri ve actuar por primera vez a Víktor Nikiforov, su devoción por el patinador ruso crece bajo la promesa de encontrarse algún día compartiendo el mismo hielo y las mismas competencias que él.

Víktor es increíble y Yuuri quiere conocerlo. Quiere tener la posibilidad de decirle frente a frente cuanto le inspira y que, gracias a él, ya no se siente solo. Porque es gracias a Víktor que Yuuri ahora tiene una amiga.

Yuuko está tan emocionada como él. Y, apenas dos días después de que Yuuri reforzara su compromiso de transformarse en patinador profesional, ella le sorprende, brincando a su lado mientras sostiene una de sus revistas favoritas. Yuuko parece emocionada, casi al límite de lo que jamás la ha visto y sólo por eso Yuuri se detiene, para que ella comparta con él lo que, sin lugar a dudas, es un nuevo descubrimiento y una nueva noticia de su patinador favorito.

— ¡Yuuri, mira! —la damita salta emocionada, poniendo la revista ante los ojos del pequeño doncel— ¡Víktor tiene un caniche!

Caniche, repite en sus pensamientos mientras sus ojos marrones repasan la fotografía de la entrevista más reciente con el patinador. En ella, Víktor luce feliz, abrazado a un cachorro de esponjoso pelaje rizado y ojos color chocolate.

—Es linda ¿verdad? —pregunta su amiga—. Seguro Víktor debe cuidarla mucho. En la entrevista él dice que la lleva a todas sus competencias, porque no quiere que ella se sienta sola.

—Yo también la llevaría.

Sus palabras tal vez sean cortas, pero el compromiso está ahí, presente. Su corazón, en cambio, vibra con ternura ante la imagen de Víktor y su nueva compañera, secretamente complacido por la felicidad que transmiten.

Algún día tendré a mi propio cachorro también, decide.

Su oportunidad llega de forma inesperada apenas tres meses más tarde.

Tras su debut como patinador novel, Yuuri gana la primera competencia en su categoría. Es un triunfo pequeño que le corona como campeón novel en su región natal, Kyushu. Pero es un triunfo, el primero de todos y su familia lo celebra como corresponde.

Son sus padres los de la idea. Su padre, para ser más específico. Es él quien lleva a Yuuri hasta una tienda de mascotas para que elija un nuevo compañero.

Los cachorros ladran y aúllan con pequeños chillidos emocionados a su alrededor. Yuuri se pasea de un lado a otro, incapaz decidirse. La necesidad de elegir a uno y abandonar al resto le frustra y llena de una energía nerviosa. La visita es un completo fracaso. Su ansiedad le supera y es su padre quien decide que lo mejor es que Yuuri tenga tiempo para pensar y lo intenten de nuevo, al día siguiente.

La esperanza, sin embargo, llega en forma de una pequeña caja de cartón ubicada a las afueras de un antejardín cercano. Los gemidos y suaves lloriqueos son lo que llama su atención. Yuuri entra vacilante —curioso— y se acerca a la mujer que espera pacientemente junto a la caja. Ella le invita a echar un vistazo y es cuando lo hace que al fin encuentra lo que estaba buscando. Ahí, en la caja, hay sólo un cachorro. Un caniche pequeño y esponjoso, de adorables rizos marrón chocolate. Sus gemidos y lloriqueos se detienen enseguida, apenas Yuuri se encuentra con su mirada.

—Es un macho. El último que queda.

Tan lindo, piensa mientras sus dedos buscan la húmeda nariz que ahora le olisquea al mismo ritmo que el alegre bamboleo de su colita ansiosa. Yuuri no necesita nada más. La decisión llega a él con la misma fuerza que el burbujeante recuerdo de Víktor abrazado a su compañera.

—Lo quiero.

Este cachorro es suyo. Para siempre, se dice, levantando a su nuevo amigo.

Vicchan.

• Fin – Flash Back •

¡Wof, wof!

Este cachorro es igual a su mejor amigo.

Yuuri se obliga a sonreír, tenso y tembloroso. En respuesta, el caniche frente a él bate su cola con inocente alegría. Es precioso, piensa, pero no es su compañero, no es Vicchan. Y esa última certeza duele. Lo extraña tanto. Desearía poder estar a su lado, regresar a Japón o incluso a sus días de niñez para disfrutar de su amigo como solía hacer antes de que el patinaje le alejara de su lado.

Su labio inferior tiembla entre sus dientes cuando Yuuri finalmente se permite enredar sus brazos alrededor del rizado pelaje marrón del recién llegado.

—Vicchan —susurra con anhelo, abrazándose al cachorro desconocido, consciente de haber pasado toda la mañana tratando de escapar inútilmente de sus recuerdos, para que estos terminen por encontrarle a él.

Hundirse y dejarse consolar durante un largo minuto resulta ser un bálsamo efectivo para aliviar su tristeza. Yuuri se siente más tranquilo y ligero. La pequeña sonrisa que se insinúa en sus labios siendo la única muestra visible de su agradecimiento. Sus dedos se enredan en los cálidos risos marrones, acariciándolos con cuidado mientras el cachorro le observa con atención tras sus bonitos ojos chocolate.

—Eres tan… espera, ¿eres un niño o una niña? —Yuuri se pregunta en voz alta mientras echa un rápido vistazo, para luego agregar—. Una chica tan linda no debería estar sola, ¿dónde está tu dueño? —continúa hablando para sí mismo.

Su nueva amiga ladra emocionada y Yuuri sonríe un poco más sincero, más libre, mientras la acaricia estirando cada uno de los rizos que enmarcan sus bonitos ojos oscuros. Son como chocolate fundido, de un intenso marrón, lustroso y brillante. Yuuri se detiene, viéndose reflejado en ellos y tan pronto como lo hace, siente el conocido tirón y la extraña certeza de que ha visto a este caniche en otra parte.

La certeza, de pronto, le golpea, corriendo fría en sus venas.

—Espera, tú eres definitivamente más grande —susurra lento, haciendo énfasis en cada palabra—. No me digas que… No, no es posible —niega, intentando convencerse—. No. Aunque leí que nunca la deja… pero no. No. No puedes ser tan parecida a Vicchan.

— ¿Vicchan? —pregunta inesperadamente alguien más.

El corazón de Yuuri se detiene con un pesado latido, antes de reanudar la marcha a un ritmo acelerado. Sin saber que hacer, hunde sus dedos ansiosos entre los rizos marrones, aferrándose a ellos incapaz de levantar la mirada. No está listo para esto. De verdad no está listo para encontrarse cara a cara con Víktor Nikiforov.

Yuuri, en sus sueños de niñez, se había prometido compartir el mismo hielo que la leyenda viviente, pero encontrarlo antes ponía todos sus ideales fuera de norma. Él quería acercarse y agradecer a Víktor, sólo tras alcanzar el podio y ser reconocido como un igual por el varón. No antes. Definitivamente no ahora.

Pero la vida le había enseñado que sus deseos, muchas veces, no estaban destinados a salir de acuerdo a su voluntad. Por mucho que Yuuri rogara por ellos.

— ¡Makkachin! —las palabras del varón son relajadas y casi puede sentir la sonrisa dibujada en ellas— ¡Tan hermosa! ¡Aquí está mi chica!

El caniche ladra y bate la cola con alegría a su dueño, sin embargo, no se aleja del doncel. Víktor no parece ofendido, al contrario, él sigue se acerca unos pasos más, adulándola un minuto completo antes de volverse hacia Yuuri, quien sigue manteniendo su mirada baja, obstinado.

—Muchas gracias por encontrarla y… ¡oh! Yuuri Katsuki.

Yuuri se voltea parcialmente, sorprendido por oír su nombre completo de labios del pentacampeón. Los ojos azules del varón ruso se detienen en los suyos con la misma intensidad que el primer día en que sus miradas se encuentran, durante la reunión citada por el Comité Olímpico y la ISU.

—Víktor Nikiforov…

—Sólo Víktor, por favor —le interrumpe el varón, de pie a unos pasos de Yuuri con una sonrisa brillante y un guiño coqueto—. Dejemos las formalidades para el inicio de la competencia.

Yuuri no sabe qué otra cosa decir. No conoce a Víktor más allá de lo que los medios dicen de él. No conoce su personalidad, sus gustos o preferencias, entonces ¿qué se supone que debería hacer ahora? Incómodo, incluso piensa en levantarse e irse. Después de todo ni siquiera se supone que deba estar ahí.

Pero, ¿importa?, piensa de pronto, consciente de que lo más seguro es que la leyenda viva del patinaje artístico no espere absolutamente nada de él. Pero y entonces ¿cómo…?

— ¿Cómo sabes mi nombre? —suelta lo primero que se le viene a la mente.

Yuuri hace una mueca, arrepentido e incómodo ante sus propias reacciones impulsivas. Obviamente el que Víktor sepa su nombre es sólo una coincidencia o un accidente. Porque no hay nada más que, sin conocerse, pueda atraer la atención del varón ruso hacia él. Es Yuuri quien lo ha admirado, quien ha seguido su brillante trayectoria a lo largo de los años y quien debe agradecer todo lo que Víktor ha hecho por él.

—Te vi con Chris ayer en la pista, antes de la primera rotación —comenta el varón, con una de sus enigmáticas sonrisas—. Y sé que compartes tus bloques de entrenamiento con Irina, Mila… y Yurio. —aquí el varón hace una pausa significativa, tratando de ocultar con un bufido lo que, sin lugar a dudas, es un pequeño ataque de risa.

¡Alto!, entonces ¿él realmente sabe quién soy? Los ojos marrones del doncel parpadean confusos mientras un escalofrío le atravesaba de la cabeza a los pies. Víktor, en cambio, le observa con sus cálidos ojos azulinos brillando risueños frente a su rostro medianamente pasmado.

—No te das cuenta, Yuuri, pero llamas la atención —comenta el varón, acercándose y arrodillándose esta vez frente a él sin previo aviso.

¿Qué hace?, el doncel se tensa, asustado. Sin embargo, es el pentacampeón ruso quien, tras dirigirle una rápida mirada, se inclina y hunde sus propios dedos en el pelaje rizado de su mascota.

—Mi Makkachin. Tal dulce —susurra el varón con cariño—. Yuuri te encontró, ¿verdad?, ¿cuidó bien de ti?

—Mh. En realidad, ella me encontró. —comenta, vacilante.

Víktor sonríe, sin apartar la mirada de su compañera. Las palabras dulces y los suaves arrumacos continúan hasta que Makkachin parece rendirse y se gira por completo hacia él. Por supuesto que es así, Víktor es su dueño, él sabe lo que le gusta. Y Yuuri casi piensa que es una señal, una especie de invitación indirecta de parte del varón para marcharse donde sea que deba ir.

—Entonces, ¿quién es Vicchan?

La pregunta le toma por sorpresa. Había pensado erróneamente que Víktor, distraído como estaba, había olvidado su pequeño error. Yuuri aparta la mirada. No está preparado para responder a eso, en cambio, contraataca.

— ¿Qué haces aquí? —sus palabras son torpes aún y hay vergüenza en ellas.

Sin embargo y para su sorpresa, el varón no le preciona. En cambio, Víktor se levanta con fluida elegancia para luego dejarse caer descuidadamente a su lado, en la misma banca que el doncel. El suspiro dramático que escapa de sus labios contrasta con sus dedos inquietos, los mismos que ahora se hunden y estiran distraídamente el rizado y simpático rostro de Makkachin.

—Me aburrí —admite el varón en voz baja, antes de girarse de improviso hacia él con sus brillantes ojos azules luciendo indignados— ¿Sabes lo que es que te griten toda la mañana?

Yuuri se inclina un poco hacia atrás, alejándose de forma inconsciente. Víktor, lejos de su personalidad coqueta, atractiva y compuesta, le sorprende con lo que, sin lugar a dudas, es un pequeño arrebato.

—Ehm… ¿no?

— ¡A eso me refiero! —suelta el varón, estirando graciosamente el rostro de su mascota, paseando su mirada entre ella y Yuuri—. Yakov siempre es malo conmigo. ¡Nunca hago lo que él quiere! ¡Nunca se conforma!

—Ah, ¿sí?

— ¡Sí! —la afirmación del varón es contundente—. No tienes idea lo duro que es. —sus ademanes pronto pasan de tranquilos a graciosos y exagerados, sus ojos brillando con un deje malicia—. Así que, se me ocurrió que Makkachin necesitaba aire fresco.

—Y entonces huiste. —concluye Yuuri.

—No. Makkachin me secuestró. —aclara el varón.

Es una excusa malísima, pero Yuuri calla, consciente de haber inventado mentiras mucho más creíbles para saltarse una práctica. Pero, de nuevo, no es nadie para criticar a Víktor, menos aun cuando él mismo ha escapado de su habitación, incapaz de quedarse quieto. Yuuri sonríe pensando en eso y en lo diferente que está resultando su primer encuentro y su primera conversación con Víktor Nikiforov. Es refrescante, hasta cierto punto, confirmar que la leyenda viviente que idealizó durante años es también un ser humano con defectos y virtudes. Yuuri decide que es una sorpresa agradable, casi tanto como hundir sus dedos en el suave pelaje rizado de Makkachin.

— ¿Y tú, que haces aquí, Yuuri?

Después del desahogo inicial, Víktor parece mucho más relajado, casi contento, diferente a como se muestra habitualmente ante los medios. Diferente a como Yuuri le ha conocido. Más real, auténtico. A cambio, el doncel toma la decisión de mostrar parte de él mismo también, aún si se avergüenza un poco en el proceso.

—Tuve que suspender mi práctica por una caída. Un quad lutz —inicia, apartando la mirada, inseguro—. Me mandaron a hacer reposo, pero no pude. Así que también escapé.

—Yuu~ri —Víktor acorta la distancia entre ellos, alargando graciosamente el nombre del doncel—. Es un secuestro ¿recuerdas? Makkachin es una super agente y también te ha incluido en esta misión.

Makkachin ladra y bate su cola con inocente alegría al reconocer su nombre entre todas las palabras del varón. Y es inútil, piensa Yuuri, intentando contenerse sin éxito cuando finalmente ríe al imaginar la cantidad de misiones en las que se ha visto involucrada la preciosa caniche del pentacampeón ruso.

— ¡Ey! —Víktor ríe, empujando su hombro contra el del doncel—. Hablo enserio.

Yuuri ríe un poco más, devolviendo el gesto. Y es un alivio, piensa, que pueda estar con Víktor así. Con esta confianza tácita de los que parecen llevar conociéndose toda una vida, aún si no es cierto. Sin embargo, tal vez con el tiempo —si se permite ser optimista—, Yuuri podrá acercarse y conocer un poco más al verdadero Víktor y no tanto al que se esconde tras la máscara impecable e idealizada que los medios han creado para él.

Sólo espera que el varón piense lo mismo.

La cercana presencia de Víktor le distrae y le obliga a regresar su atención al varón. Sus rostros están a menos de un palmo de distancia cuando sus miradas se encuentran. La sonrisa aún fresca en sus labios.

—U tebya krasivyye glaza(Tienes unos ojos preciosos) —suelta Víktor con voz profunda y una agradable cadencia.

A Yuuri le toma por sorpresa. No entiende nada, por supuesto. Sin embargo, hay algo en la sonrisa cómplice del varón, que despierta en él un vivo e inesperado sonrojo.

— ¿Q-qué dijiste? —pregunta a la defensiva.

Víktor no dice nada, pero se aparta un poco, lo que Yuuri agradece ya que contribuye a recuperar el control de sí mismo. Luego, tan inesperada como las palabras del varón, Makkachin se abalanza sobre él exigiendo atención y mimos. Yuuri no puede ignorarla, aunque lo intente. Así que se deja hacer, abrazándose a ella mientras hace a un lado sus pensamientos, dejando que los suaves rizos marrones cosquilleen agradables en su nariz.

Víktor está encantado y secretamente agradecido por su inesperado encuentro con el doncel japonés. Y todo gracias a su preciosa Makkachin.

¡Tan lista!, piensa mientras sus ojos azules siguen con alegría a su caniche, en un inicio siempre rehacía y tímida a los extraños, ahora desenvuelta y exigiendo mimos y arrumacos de parte del doncel. Chris tenía razón. Yuuri es increíble y, pese a que Víktor aún no ha tenido oportunidad de verlo en el hielo sabe que, sin lugar a dudas, el doncel seguirá sorprendiéndolo. Y hay tanto que quiere saber de él, ¿cuál es su motivación para patinar?, ¿desde cuándo lo hace?, ¿es también un amante de los caniches? y más importante, ¿qué sucedió durante su primera y única final en el Grand Prix?, y finalmente ¿quién es Vicchan? Las preguntas estallan en su cabeza como fuegos artificiales. Sin embargo, Víktor las detiene de momento, más concentrado en disfrutar la escena que tiene delante.

Son tan lindos. Necesito una foto, decide mientras toma ausente su teléfono y comienza a capturar en imágenes y pequeños vídeos las dulces y alegres interacciones entre su mascota y el doncel. A su lado, Makkachin sigue aferrado a Yuuri con confianza, dejándose acariciar mientras sus ojitos chocolate permanecen fijos y atentos a los del japonés.

Ah, yo también quiero una selfie con Yuuri…

— ¡Makkachin!

Víktor la llama y su compañera reacciona instintiva, reconociendo en sus brazos abiertos una conocida invitación. Así, apartándose del doncel y brincando de un salto, Víktor la atrapa en su regazo.

— ¡Te tengo, hermosa! —suelta con una sonrisa emocionada y luego se vuelve al sorprendido doncel—. Ven aquí, Yuuri. ¡Tomémonos una selfie juntos!

Yuuri no dice nada, pero Víktor puede escucharle reír antes de sentir como el doncel vuelve a apoyarse, hombro con hombro, a su costado. Ahora es su turno y, aunque cuesta un poco, al fin maniobra sosteniendo a Makkachin con uno de sus brazos mientras el otro se levanta, teléfono en mano. Las primeras capturas atrapan a Yuuri aún riendo y con el sonrojo vivo en su rostro.

Víktor aprovecha y continúa con su cámara en modo ráfaga. La secuencia de imágenes varía a medida que Makkachin se mueve y va dejando húmedos besos en uno o en otro. Y Víktor lo disfruta, mucho. Jamás había tenido oportunidad de hacer algo así, concentrado como siempre había estado en las competencias, generalmente dejaba sólo los últimos días para hacer un poco de turismo o salir con Chris, antes de verse obligado a regresar a sus entrenamientos y a su vida cotidiana en Rusia.

Yuuri es refrescante, diferente. Y ahora, cinco minutos después de la alocada sesión fotográfica, ambos se encuentran analizando los resultados. Muchas de las imágenes son realmente buenas, sin embargo, hay una en particular que les ha gustado por igual a los dos.

—Esta es muy linda. —señala Yuuri, viendo como todos parecen estar sonriendo.

—Sí, es muy buena —acepta Víktor— A ti también te gusta, ¿verdad, Makkachin?

El ladrido se ve opacado por el distintivo sonido de una llamada entrante. Víktor desvía su atención de la imagen, cuando siente como Yuuri se remueve a su lado, viéndole sacar su propio teléfono móvil. La serie de palabras en la pantalla están claramente en japonés porque, aunque Víktor lo intenta en vano, no las reconoce.

—Es mi entrenadora —comenta el doncel, antes de girarse hacia él—. Yo, tengo que irme.

Seguramente ya se dieron cuenta de que ha salido del hotel, reconoce Víktor. El teléfono sigue sonando, vibrando en manos del doncel sin que éste de indicios de contestar.

—Sí, bueno… yo también debería regresar. —agrega él, bajando su propio teléfono donde aún puede verse la bonita captura de los tres—. Yakov seguramente se está arrancando el pelo.

Yuuri se ríe, empujándole juguetonamente otra vez.

—No digas eso.

—Es la verdad —se defiende él con una sonrisa.

Así, tras una última y prolongada caricia a Makkachin, Yuuri finalmente se levanta. Hay un momento de silencio entre ellos, donde ambos se miran sin saber qué más decir o cómo se supone que deben despedirse.

—B-bien… fue bueno hablar contigo, Víktor —toma la iniciativa el doncel, tropezando con sus palabras, nervioso—. Nos vemos luego, supongo.

Víktor observa Yuuri inclinarse en una breve reverencia, tal como ha visto que dictan las costumbres en su país. Y de pronto, reacciona.

¡Esta es su oportunidad!

Antes de que el doncel se vaya, el varón ruso se levanta de un salto, haciendo a un lado a su mascota y avanzando hasta captar la atención del otro patinador. La sonrisa en su rostro no hace más que crecer frente al desconcierto de Yuuri por su repentina e inesperada cercanía. Y luego, cuando ya ha invadido flagrantemente el espacio del doncel, Víktor recorta la distancia, inclinándose y dejando dos besos, uno en cada mejilla del japonés.

Tan suave. ¡Qué lindo!, piensa mientras se separa y observa el sonrojo en las mejillas ajenas. Frente a él, el doncel tiene un rostro avergonzado y muy, muy gracioso.

—Nos vemos pronto, Yuuri.

El doncel japonés parece reaccionar tras sus palabras y recuperarse un poco.

—J-Jā ne! (¡Ha-hasta pronto!)

¡Wof, wof!

A su lado, Makkachin se despide y ambos ven a Yuuri alejarse de la plazoleta, perdiéndose entre el gentío. Víktor baja la mirada hacia la imagen que aún se encuentra proyectada en su teléfono.

—Tsk. No le pedí el número de teléfono a Yuu~ri. —chista y luego se lamenta cómicamente en voz alta.

Con gesto y mirada ausentes, Víktor quita la configuración de modo avión a su propio teléfono, ignorando la absurda cantidad de mensajes, correos y notificaciones que colapsan su bandeja de entrada.

Bueno, será para la próxima, decide.

Continuará.

Notas Finales.

Primero sólo quiero agradecer por el buen recibimiento de la historia.

Hasta el momento este capítulo ha sido el más difícil de editar. ¡Y qué largo! Además se trata de un capítulo clave porque marca el primer acercamiento entre Víktor y Yuuri. Así que era importante reescribirlo y darle el énfasis que corresponde. Estoy feliz como quedó.

Bien, eso sería todo. Muchas gracias por todo. 

Publicado por Mimmulus

ᙢᓿᙢᙢᘎᒪᘎS. ╚ Buscando transmitir sentimientos. ╚ Enamorada de las sorpresas y los cambios de perspectivas. Les doy la bienvenida y espero podamos disfrutar de un mundo lleno de sueños hermosos.

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