Make History – Capítulo 2.


Yuuri comparte sus bloques de entrenamiento con una buena parte de la delegación rusa. Las dos damas, Irina Slutskaya y Mila Babicheva, y el doncel debutante en la categoría senior que, estando amurrado en los asientos que le corresponden a su delegación, le sigue pareciendo a Yuuri un tanto reacio e irascible. Yuri PlisetskyUna nueva promesa del patinaje artístico. Y pensar que ambos llevan el mismo nombre, aún cuando son tan dolorosamente diferente. Con 23 años de edad, Yuuri no puede considerarse una promesa, ni siquiera un brote tardío. Su país tampoco guarda esperanzas en él. Porque, a su juicio, él es más como una porción de maleza que se niega a marchitarse o florecer.

Por otra parte, la leyenda del patinaje artístico, Víktor Nikiforov ha sido sorteado en un grupo mixto, con horarios de entrenamiento cercanos al medio día. Yuuri no le dedica más de un pensamiento, incorporándose cuando la reunión citada por la ISU y el Comité Olímpico finalmente da termino.

Ya no tiene nada que hacer aquí.

Está a punto de ponerse en marcha junto a su entrenadora, aún con los audífonos firmemente presionados a sus oídos, cuando una fuerte sacudida y un par de brazos que suben y se enredan desde su espalda hacia su cuello, le sorprenden y casi le ahogan, seguidos de la animada risa de alguien que pronto le arranca su teléfono.

— ¡Yuuri!

El joven patinador tailandés, Phichit Chulanont, le suelta con la misma energía con la que le ha tomado por sorpresa. Yuuri siente que su mundo rota cuando su cuerpo es girado sin piedad, hasta quedar de frente a un doncel moreno de preciosos ojos oscuros y sonrisa intensa.

Hay algunas miradas a su alrededor, más por la intensidad del saludo, que por cualquier otra cosa. Yuuri las ignora con facilidad, concentrado en el joven patinador que hoy en día es la esperanza de Tailandia. No ha visto a Phichit en años, pero la calidez en la mirada del otro doncel sigue siendo la misma. Phichit está ahí, tangible y feliz, como si nada hubiese pasado, como si no hubiese habido un vacío y un silencio de más de dos años en su amistad. Y Yuuri decide en ese instante que lo quiere, quiere a Phichit de vuelta, quiere que ambos continúen su amistad, aunque pensarlo sea un poco egoísta. Porque no quiere darle explicaciones. Al menos no ahora que la vibrante mirada del tailandés al fin se detiene con la certeza de tener en frente a su mejor amigo.

—Phichit-kun. —Yuuri mentiría si dijera que no está feliz de verlo.

Phichit le ha hecho tanta falta el último tiempo. Sin embargo, ¿qué es lo que Yuuri debería decir? ¿cómo puede retomar una amistad interrumpida, sin causar un momento incómodo?

— ¡Yuuri! ¿Y esto?

Al parecer no es necesario que haga nada, porque antes de que se dé cuenta, Phichit se adelanta y le enseña la forma correcta.

— ¿Qué es esta lista de música? —la mirada oscura y los ágiles dedos del patinador tailandés se deslizan a lo largo de su lista de reproducción sin dudar, mientras su sonrisa aumenta— ¡Me encanta esta!… ¡oh! ¿y este cantante?, ¿supiste que en twitter lo están acusando de plagio, justo por este tema?

—¿Eh? —Yuuri hace a un lado sus pensamientos mientras trata de seguirle el ritmo al otro doncel, antes de parecer medianamente escandalizado por la última declaración— ¡No!

—Por eso deberías desempolvar tus cuentas en redes sociales —acusa el otro, sin piedad antes de entregarle su teléfono mirándolo por primera vez con seriedad—. Te extrañé, ¿sabes?

Yuuri baja la mirada ante el abrupto cambio de tema y decide que lo mejor es que ambos partan esta pequeña conversación con sinceridad, como siempre lo han hecho.

—También te extrañé.

—Lo sé, soy inolvidable. Pero enserio, Yuuri, ¡me dueles! No voy a preguntar que pasó, pero no vuelvas a dejarme así, sin explicaciones ¿oíste? —reclama el otro doncel, mientras tira de Yuuri repentinamente, conduciéndolos a las afueras del salón de conferencias, cuando se hace evidente que ambos se están quedando solos—. Celestino no quiso decirme ni una sola palabra. Tú no tomabas el teléfono y ni siquiera contestaste a mis correos, ¡aún cuando te mandé las fotos de la celebración del cumpleaños de todos mis hámsteres! ¡Todos, Yuuri! ¡Por dos años!

Yuuri se divide entre el sentimiento culpa y la tentación de risa. Phichit siempre ha sido así: intenso, dramático y un caso perdido si se trata de mantenerse al día en todas sus cuentas de redes sociales. El tailandés trató durante años de inculcarle su amor por internet, pero afortunadamente para Yuuri, nunca tuvo éxito.

— ¿Cómo estás? ¿Qué tal ha ido el entrenamiento en Bangkok? —pregunta a cambio, decidiendo que ya habrá tiempo y un lugar más adecuado para explicaciones y disculpas.

Phichit parece entender el mensaje oculto en sus palabras y pronto cambia de tema a una charla apasionada sobre sus rutinas, la vida en Tailandia y la comida. En especial la comida. Las selfies en conmemoración a su reencuentro llegan a medida que van saltando de tema en tema. Yuuri es un oyente atento y un modelo aceptable, a veces demasiado tenso, sobre todo cuando se le pide posar y sonreír un poco más.

—Es enserio Yuuri, estoy teniendo problemas para mantener la dieta —insiste Phichit, mientras avanzan rumbo al hall del hotel—. No le digas a Ciao ciao, pero antes de viajar me comí tres tod mun pla* ¿sabes lo que es eso?, aún siento la grasa girando cada vez que ejecuto mis saltos. ¡Oh! ¡Ciao ciao!

Al doblar una esquina ambos donceles se encuentran de pronto frente al entrenador italiano Celestino Cialdini, el actual entrenador de su desafortunado mejor amigo.

— ¿Tres tod mun pla? Eso explica porque no estás aterrizando tus quads, Phichit.

— ¡Ciao ciao! —interrumpe Phichit, antes de que comiencen a regañarlo—. Mira a quien me encontré, ¡Yuuri está aquí!

Yuuri tarda unos segundos en seguir el abrupto cambio de tema. Phichit aprovecha el desliz y captura el momento, riendo divertido. Sin embargo, ahora Yuuri se siente algo nervioso, después de todo frente a él se encuentra quien fuera su entrenador hasta hace dos años y a quién dejara plantado sin explicaciones, tras marcharse de la final del Grand Prix.

— ¡Ciao ciao! — saluda el italiano, animado—. Yuuri, es bueno verte otra vez, espero que estés preparado para una buena competencia.

Yuuri afirma, sonriendo, y todo rastro de inseguridad se oculta por completo cuando se hace evidente que ni su antiguo entrenador, ni su mejor amigo parecen dispuestos a cuestionar o exigir explicaciones de eventos pasados.

Tras unos minutos de conversación y una rápida puesta al día, la llegada de Minako Okukawa da fin a la charla. Celestino y Phichit se retiran, éste último con la promesa de enviarle algunas fotos a su teléfono y almorzar juntos al día siguiente, tras la primera jornada de entrenamiento.

Yuuri se une nuevamente a Minako, rumbo al área asignada a su delegación, en el mismo hotel donde actualmente se encuentran.

—Mañana tenemos entrenamiento a las ocho en la pista de patinaje y las once en el gimnasio. ¿Me estás escuchando, Yuuri?

Los ojos marrones de Yuuri se vuelven hacia su entrenadora, tratando de disimular su falta de atención y asentir ligeramente, mientras ingresan a los ascensores.

—Estoy listo, Minako-sensei. —sus palabras arrancan una sonrisa confiada de su entrenadora.

Si bien hay ciertos pensamientos que esta competencia ha traído de regreso, Yuuri se sabe listo para dar un paso y avanzar en la dirección correcta, o al menos eso espera. Ha entrenado con dureza durante meses, sólo para este momento. Aunque a veces cree que no merece lo que está viviendo, sabe que el esfuerzo ha traído frutos y que, a partir de ahora, quiere intentar demostrárselo al mundo entero.

Después de todo, él aún tiene un mensaje muy importante que entregar.

•*’¨’*•

La mañana del viernes es intensa. Tan temprano como termina el desayuno, la delegación japonesa de patinaje artístico sobre hielo emprende rumbo a sus actividades, según el horario dispuesto por la comisión de los Juegos Olímpicos. Así, a eso de las 6 de la mañana, se trasladan todos juntos gracias a una furgoneta dispuesta por la cede para esos efectos.

Las bajas temperaturas obligan a Yuuri a enfundarse en un abrigo grueso y usar su mascarilla para protegerse del aire frío y el viento. Cuando Yuuri finalmente hace su ingreso a la pista de patinaje, cerca de las 7:30 de la mañana, la pista aún está vacía. Hoy es la primera vez que compartirá el hielo con parte de la delegación rusa. Sin embargo, Yuuri rápidamente hace a un lado ese pensamiento, centrándose en calentar fuera del hielo, hasta que Minako lo considere preciso.

Su mente divaga, perdido en sus pensamientos mientras Yuuri se descubre agradecido de no tener que encontrarse o compartir la pista de patinaje con Víktor Nikiforov. No es que lo odie, muy por el contrario, Víktor fue su inspiración cuando Yuuri decidió que el patinaje profesional sería su vida. Es sólo que preferiría no tener que encontrarse con él en el futuro próximo. No cree estar listo para eso.

Finalmente, la delegación rusa arriba a la pista con quince minutos de retraso. El entrenador de los rusos parece algo más que molesto. Su rostro está torcido en una mueca surcada de profundas arrugas que aparecen y desaparecen a medida que grita al patinador más joven de su delegación. Yuuri observo desde su sitio, sin prestar demasiada atención, hasta que Minako le pide terminar sus estiramientos antes de ingresar al hielo.

Antes de hacer su ingreso a la pista, Yuuri decide tomarse un momento para ir al baño. Necesita refrescarse y hacer a un lado la creciente inseguridad que viene atada a sus recuerdos. Necesita enfocarse y olvidar, al menos en lo que dure esa primera práctica. Así, Yuuri se concentra en respirar, observando su reflejo a través del espejo. Cuando siente que todo vuelve a estar en su lugar, lava sus manos dispuesto a regresar con su entrenadora e ingresar al hielo.

Sin embargo, un golpe sordo y repentino proveniente de la entrada a los baños, le detiene por completo. Allí, de pie y con mala cara, Yuuri se encuentra con la atenta mirada del doncel rubio y campeón actual del Grand Prix Junior por tercera vez consecutiva, Yuri Plisetsky. Yuuri aparta la mirada del doncel debutante en su categoría, pensando que el otro buscaba —al igual que él— un momento de privacidad, pero su contraparte rusa no parece muy contenta con el gesto. Yuuri puede oírle chistar, antes de que le vea cerrarle el paso a la salida y mirarle con mal disimulada impaciencia.

— ¿Quién te crees para atreverte a venir a esta competencia? —suelta el ruso en un tono bajo y agresivo— ¿quieres arruinar mi debut, otra vez?

Yuuri lo observa un momento, antes de decidir que lo mejor es abandonar al ruso y salir. No quiere problemas ni con este doncel, ni con el resto de su delegación. Bastante tiene con lidiar con sus propios problemas y prepararse para sus programas.

—Lo siento, pero…

— ¡No! ¡No seas idiota! Yo estuve ahí, imbécil. Cuando dejaste todo tirado hace dos años en el Grand Prix. ¡Te fuiste corriendo como un maldito cobarde después del fracaso de tu programa corto! ¡Manchaste MI triunfo, sólo porque compartimos el mismo jodido nombre! ¡IDIOTA!

Yuuri calla, tratando de mantenerse en control cuando las palabras del otro le toman por sorpresa. Su aparente calma parece desquiciar aún más al joven patinador.

—No vas a arruinarme de nuevo ¿oíste? ¡No vas a arruinar mi debut senior en estas Olimpiadas! ¡Abandona y deja tu jodida mierda atrás!

El tenso silencio al que le siguen esas palabras se quiebra de pronto, cuando alguien más llama a la puerta. Ambos donceles se observan con incomodidad al verse interrumpidos. Sin embargo, es Yuri Plisetsky quien finalmente gruñe y maldice mientras se aparta de la entrada.

— ¿Yuuri?

Ambos, ruso y japonés, se giran a un mismo tiempo. Después de todo comparten el mismo nombre. Pero es Yuuri quien reconoce la voz de su entrenadora. Minako Okukawa parece observar a los dos donceles con una mirada seria y atenta, casi como si los juzgara. Yuuri espera sinceramente que Minako que no haya escuchado ni una sola palabra de la discusión de hace sólo unos instantes atrás. No quiere más problemas.

—Mh. —Minako levanta una ceja al ver dos pares de ojos fijos en ella— Al parecer tenemos un pequeño problema acá.

Ella sabe, piensa Yuuri, incómodo. Sin embargo, su entrenadora lejos de observar al joven patinador ruso con hostilidad, ladea su rostro sonriéndoles a ambos con una mirada que Yuuri desgraciadamente conoce bien. Ella está planeando algo y sólo espera que no sea para él.

—Tener a dos patinadores con el mismo nombre es confuso. —comienza ella como al descuido—. No sé si la delegación rusa piense lo mismo, pero no me gustaría que confundieran a mi pupilo… más si él llega a ganar el oro.

El doncel ruso gruñe ante esas palabras y Yuuri puede ver como fulmina con la mirada a su entrenadora. Esos ojos podrían matar a cualquiera. Sin embargo, Minako no parece ni un poco amedrentada. Al contrario, ella les sonríe a ambos patinadores mientras continúa.

—Yuuri y Yuri, que confuso — murmura pensativa, levantando la mirada hasta que, de pronto, sus ojos se iluminan y suelta una pequeña risa— ¡Lo tengo! Tú serás Yuuri —señala a su pupilo japonés— Y tú, Yurio.

Minako parece satisfecha con su solución mientras, a unos pasos de distancia, Yuuri puede ver a su contraparte rusa con el rostro deformado en pura furia.

— ¡¿AH?! —la sorpresa e indignación en el rostro de Yuri Plisetsky resultan cómicas.

Por otra parte, las abiertas y alegres carcajadas que estallan justo detrás de Minako Okukawa revelan la sorpresiva presencia de Mila Babicheva. La joven patinadora rusa está medio inclinada, apoyada contra el marco de la puerta, tratando de sostenerse el estómago mientras repite, entre aspavientos, el nuevo apodo del doncel ruso.

— ¡Y-Yurio!

— ¡Cállate Bruja! ¡Ese no es mi nombre! —suelta el doncel, rojo de vergüenza e ira mal contenida— ¡MALDICIÓN!!

Babicheva vuelve a reír, luchando por recuperarse mientras observa a su compañero más divertida que otra cosa. El nuevo sobrenombre de Yuri Plisetsky no parece molestarle en lo absoluto.

— ¡Espera que se lo diga a Víktor! —se burla entre risas y, antes de que el doncel ruso pueda soltar algo, agrega de pronto— ¡Ey, Yurio, regresa a entrenar antes de que Yakov vuelva a enojarse contigo por quedarte dormido!

Y, como si lo hubiesen invocado, Yuuri puede oír a través del pasillo los profundos gritos del entrenador de la delegación rusa.

—¡Yuri! ¿Qué demonios estás haciendo? ¡VEN AQUÍ, AHORA!

El doncel ruso se hunde, rumeando en su idioma una serie de palabras a toda velocidad que, sin lugar a dudas, corresponden a testamento lleno de maldiciones. Yuuri puede verle avanzar con paso decidido, empujando a Babicheva a un lado, antes de girarse y volverse a él una vez más.

Es entonces que Yuuri aprovecha y suelta eso que había esperado decirle, antes de que Minako los interrumpiera.

— Lo siento Yuri, pero vas a tener que eliminarme antes de la final.

Y, con esas palabras, Yuuri se adelanta y abandona los baños en compañía de su entrenadora, dejando a los rusos atrás. Yuri Plisetsky puede ser explosivo y tener mal carácter, sin embargo, ahora Yuuri cree que es más un método de defensa. Una forma de vida.

Como un gatito que hiere a otros, antes de que puedan herirlo a él mismo. 

•*’¨’*•

El tiempo que queda en la pista de patinaje Yuuri lo pasa ejecutando y perfeccionando su secuencia de pasos. A diferencia de lo que muchos creerían, Minako Okukawa sólo lleva unos meses ejerciendo como su entrenadora. Y jamás ha pisado el hielo. Sin embargo, es una de las mejores bailarinas de Japón, reconocida como miembro honorifico de la prestigiosa Academia de Ballet Bolshoi. Minako, a cargo de enriquecer el lenguaje corporal de Yuuri con sus críticas certeras y honestas, ha cambiado en un par de meses el cuerpo del doncel, mejorando drásticamente su forma de patinar.

En más de un sentido, es gracias a su entrenadora que ha logrado clasificar a estos Juegos Olímpicos. Yuuri lo sabe y por eso se esfuerza al máximo en los minutos que le quedan, repasando una y otra vez su coreografía, tratando de hacer suyo cada movimiento, mientras busca sumergirse en emociones y sentimientos que debe transmitir aún si, tras ejecutar sus rutinas una y otra vez, no queda satisfecho. Es frustrante, pero no se detiene. No está dispuesto a rendirse. Y por eso insiste e inicia de nuevo, consciente de empujar los límites de su resistencia, para iniciar su secuencia de pasos una vez más.

Sin embargo, el tiempo se acaba demasiado pronto. El primer bloque práctico termina antes de lo que Yuuri espera. Minako Okukawa le pide dar termino a su práctica y, en menos de diez minutos, Yuuri abandona la pista rumbo a los camarines. En silencio, se ducha y cambia de ropa, haciendo los arreglos necesarios para abandonar la pista y volver a reunirse con el resto de su delegación, antes de iniciar el que será su siguiente bloque práctico en el gimnasio. Media hora después, Yuuri abandona los camarines dispuesto a reunirse con su entrenadora, quien ha decidido esperarle junto a la pista. Yuuri la distingue a un costado y avanza hacia ella, repasando distraídamente el borde de la pista hasta que su mirada se detiene en la delegación rusa y los patinadores con los que ha compartido el hielo. No están solos. Víktor Nikiforov también está allí, junto al resto de los competidores con los que comparte el siguiente bloque en rotación. El varón ruso parece sonreír y prestar atención, rodeado de sus compañeros, mientras Yuuri distingue como Mila Babicheva e Irina Slutskaya le explican algo entre risas, ignorando los gritos y maldiciones de Yuri Plisetsky.

—Yuu~ri.

Tan distraído como estaba, Yuuri se sorprende cuando alguien más le llama. El susurro de su nombre se desliza como un pequeño y coqueto canturreo mucho más cerca de lo que espera. En respuesta, pierde el equilibrio y casi tropieza, antes de que sienta un brazo rodear y sostenerle repentinamente por las caderas, devolviéndole la estabilidad perdida.

— ¡C- Christophe! —tartamudea al reconocer la voz del patinador suizo.

El varón, quien aún le sostiene con firmeza, se acerca un poco más, estrechándolo por completo en un fuerte abrazo. Yuuri se deja hacer, sin oponer mayor resistencia, devolviéndole el gesto a su vez con una suave caricia y pequeños golpecitos en la espalda. Conoce a Christophe desde hace años, ambos debutando en la categoría senior con apenas dos años de diferencia. Han compartido el hielo e incluso clasificaron juntos —en los mismos eventos— para la final del Grand Prix antes de que Yuuri abandonara todo y a todos, hace dos años.

—Te he dicho que me llames Chris, mon cheri— suelta el varón con voz profunda, sonriendo galante y apretando un poco más el abrazo sobre el doncel—. Es bueno verte de regreso.

Yuuri sonríe agradecido y un tanto sonrojado. Christophe Giacometti siempre había sido así con él, costumbre o no, sus saludos siempre han involucrado pequeños flirteos que tienen como único objetivo avergonzarle. Una especie de juego en el que Yuuri siempre cae.

Pronto, el silencio que les rodea le da a entender que ambos están siendo observados. Para Yuuri es sólo cosa de apartar la mirada y dar un rápido vistazo, distinguiendo tanto a la delegación rusa, como al resto de los patinadores recién llegados con la mirada fija y atenta en Christophe y en él. La vergüenza y la incomodidad suben por su rostro, poco acostumbrado a destacar fuera de la pista. No le gusta. Yuuri no quiere este tipo de atención equivocada, más cuando se considera una persona discreta. Afortunadamente, Christophe parece darse cuenta, porque pronto se aparta de su lado, no sin antes inclinarse y sorprender a Yuuri con un inesperado y cariñoso beso en su frente.

—Bienvenido —agrega el varón, cuando la mayoría de las miradas se retira, sus manos aún sosteniendo las del doncel—. Espero no te pierdas de vista esta vez, Yuuri.

—Sí. Gracias, Chris. —acepta el doncel con una pequeña sonrisa.

—Christophe, aléjate de Yuuri Katsuki.

El entrenador del varón, un hombre calvo de mirada decidida, aparece justo detrás del doncel. No parece molesto, más bien resignado, como si este encuentro y la efusividad de su patinador fuese cosa de todos los días. En respuesta, Chris levanta sus brazos, retrocediendo con aire inocente, sonriendo y guiñando un ojo a Yuuri, quien saluda al entrenador con una respetuosa reverencia.

—Lo siento Yuuri, éste idiota salió corriendo del gimnasio cuanto supo que le tocaba rotación aquí, contigo. —se disculpa el mayor, casi como si estuviese acostumbrado a lidiar con la extraña obsesión que tiene su patinador con el joven doncel frente a él.

Yuuri sonríe, aceptando las disculpas, notando un par de miradas que siguen pendientes el ritmo de la conversación. Sabe que necesita retirarse, antes de que esto se vuelva incómodo. Después de todo, su propia entrenadora le espera con paciencia junto a la pista. Yuuri retrocede, dispuesto a alejarse y volver junto a Minako, cuando Christophe le detiene, sosteniendo una de sus manos antes de inclinarse y murmurar deliberadamente junto a su oído.

—Recuerda que aún me debes una cita.

El sonrojo vuelve a subir por sus mejillas. Christophe se ríe y finalmente le suelta, ignorando los regaños de su entrenador.

—S-sí, como digas —Yuuri retrocede avergonzado, antes de volverse una última vez hacia el suizo—. Hablamos luego. Adiós Chris.

— ¡Au revoir!

Yuuri se aleja de él, uniéndose a su entrenadora y ambos finalmente se retiran. Sin embargo, por mucho que trate de ignorarlo, aún recuerda la curiosidad y la atención mal disimulada de todos los presentes, tras su encuentro con Chris. Yuuri sólo espera que esto no genere rumores equivocados que puedan perjudicar sus entrenamientos.

Lo último que necesita es saberse involucrado en algún problema o, peor aún, en un escándalo mediático.

•*’¨’*•

Christophe sonríe, viendo marchar a Yuuri con satisfacción. Después de todo, cuando se enteró del sorpresivo retiro del patinador japonés —tras clasificar y participar por primera vez a una final del Grand Prix—, se sintió completamente desconcertado. Yuuri y él siempre habían tenido una buena relación, aún si no compartían muchos momentos juntos fuera de la pista. Enterarse de su huida hace dos años, había sido una triste sorpresa que jamás tuvo explicación.

Sin embargo, ahora estaba de vuelta. Y Chris al fin había tenido la oportunidad de acercarse y hablar con él. Yuuri seguía siendo el mismo, por supuesto. Avergonzado por sus palabras y el inocente coqueteo con el que Chris siempre buscaba arrebatarle uno de sus bonitos sonrojos.

El regreso de Yuuri era un motivo más para disfrutar de estas olimpiadas. Por otra parte, su otra motivación esperaba sólo a unos pasos de distancia, con sus ojos azules ahora fijos en él.

— ¡Víktor! —saluda, acercándose a su mejor amigo y rival más próximo a arrebatarle el oro olímpico.

— ¡Chris! —el ruso le recibe con un abrazo y una animada sonrisa surcando sus pálidos labios—. Ha pasado un tiempo, ¿Cómo estás?

Christophe pone mala cara cuando ambos se apartan y tiene la oportunidad de ver al otro varón. Leyenda o no, en su opinión Víktor estaba lejos de ser perfecto. Sus palabras despreocupadas y su sonrisa alegre poniendo de manifiesto esa insensibilidad y aparente amnesia selectiva que Chris tanto había aprendido a odiar.

— ¿Y todavía tienes cara de preguntar? —reclama con voz profunda, mientras la leyenda viviente parece genuinamente sorprendido— ¿Cómo se te ocurre incitar los rumores de tu posible retiro antes de estas Olimpiadas?… ¿Sabes lo desmotivado que estuve por tu culpa? —insiste.

Desde su debut en la categoría senior, Víktor Nikiforov ha sido el único rival que Chris no ha podido derrotar. Si bien no patina únicamente por eso, para Christophe es una constante motivación observar el crecimiento y las increíbles rutinas del amado hijo de Rusia. Sin embargo, con el paso de los años y su creciente amistad, algo más fuerte ha ido creciendo en Víktor, Chris lo sabe, lo ha visto reflejado en sus ojos mucho. Una fuerza oculta que parece superponerse a su constante deseo de alcanzar el oro y sorprender al mundo. Por eso temía que este año fuera el último para el pentacampeón, aún si Chris no estaba preparado para eso.

— No vuelvas a hacer algo así —amenaza, empujando uno de sus dedos repetidamente contra el hombro del otro varón— ¡Por suerte entraste en razón!… Y ahora que Yuuri también está aquí, tengo muchos más deseos de quitarte la medalla de oro.

Los ojos azules y la sonrisa de Víktor vacilan un instante ante la mención del otro patinador. Interesante, piensa Chris mientras se aparta ligeramente de su mejor amigo, sonriendo con astucia. Conoce demasiado bien a Víktor y sabe que, aunque el otro trate de disimular ocultando su interés para sí mismo, se ha quedado con demasiadas dudas tras el curioso intercambio que tuviera con el tímido doncel japonés. Chris sabía que ahora era sólo cuestión de esperar. Esperar a que la curiosidad de Víktor ya no dé para más.

—Mh… —aquí viene, piensa con una sonrisa, cuando nota que Víktor vacila—. Chris, ¿quién es ese doncel?, ¿es tan divertido hablar con él?

Su sonrisa sólo crece al ver la curiosidad mal disimulada tras esas palabras.

—Ahora que lo pienso, tú nunca compartiste un evento con él. Nunca viste competir a Yuuri Katsuki —afirma Christophe, observando divertido la creciente duda en la mirada del otro— ¿Sabes acaso cómo lo llaman?

— ¿No?

— “El patinador con el corazón de cristal más grande del mundo” —cita Chris, sin perderse la sorpresa en la mirada de su mejor amigo.

— ¿Qué?… ¿es bueno que le llamen así? —Los ojos azules de Víktor se estrecharon apenas un instante al oírle.

Porque ambos saben lo que eso significa. Los patinadores están llenos de fuerza y vida. Sin embargo, así como pueden brillar en el hielo, también pueden romperse y desmoronarse cuando sus corazones se vuelven débiles ante la presión y los nervios. Ser considerado el patinador con el corazón de cristal más grande del mundo parece un dudoso honor, al menos eso es lo que Víktor deja entrever. Pero para Chris, quien ha visto a Yuuri en el hielo, es algo completamente diferente.

—Yo diría que es algo bueno —señala, recibiendo a cambio una mirada sorprendida—. Tal vez lo entiendas cuando lo veas competir.

Chris sonríe, observando a su mejor amigo mientras el varón permanece callado un instante antes de dirigir sus atentos ojos azules hacia el hielo. 

—Sí, tal vez tengas razón—suelta Víktor, pensativo—. O quizás tenga suerte y lo descubra antes de eso.

Suerte. 

Chris sólo espera que Víktor no se lo tome demasiado enserio. 

Continuará.

Aclaraciones:

Tod mun pla = Es un tipo de pastel de pescado con sabor a curry rojo que se pueden encontrar por todas partes en las calles de Tailandia.

Notas Finales:

Ha sido un desafío tratar de acomodar este capítulo, tenía algunos diálogos demasiado apegados a la historia original, así que me tomé mi tiempo para adaptarlos y encausarlos a la realidad de esta historia. 

Por lo que me voy dando cuenta Make History parece estar adoptando un tinte mucho más maduro, lo que me gusta. Espero que la historia siga de esta manera, más aún con todos los acontecimientos por seguir.

Muchas gracias de corazón por aquellos que han recibido con alegría la reedición de esta historia. Gracias por su apoyo y sus comentarios. 

Cariños, ᙢᓿᙢᘎ.

Publicado por Mimmulus

ᙢᓿᙢᙢᘎᒪᘎS. ╚ Buscando transmitir sentimientos. ╚ Enamorada de las sorpresas y los cambios de perspectivas. Les doy la bienvenida y espero podamos disfrutar de un mundo lleno de sueños hermosos.

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