Eros encadenado (III)


Bellus-Belleza

Sentado está el hombre, mirando el patio y a la noche estrellada. Se apoya en la puerta corrediza y desliza una pierna para colgarla en el aire. Sus labios no emiten blasfemia alguna, sólo exhalan una tibia resignación mientras piensa en el patinaje y la terrible actuación de hoy. El programa que Víctor ha creado para él es un suplicio, no puede hacerlo, no sabe cómo. El ritmo y la coreografía trasmiten una historia apasionada de hambre, carne y lujuria ¿qué puede trasmitir él si es una mera burla de Eros? ¿Cómo representar una imagen erótica si todo lo que llega a su mente es la vergüenza que pasó en el banquete del Grand Prix Final? Desafortunadamente recuerda lo que sucedió, desde su afición por las copas de champagne hasta el baile con Víctor ¡Ni qué decir de los duelos de baile y el pole dance con Chris!

Encoge sus hombros y se calcina bajo el ojo sin párpado de la vergüenza.

En un principio creyó que era mentira, ¡producto del alcohol! Pero la llegada de Víctor comprobó que aquello no fue proyección de su borrachera, fue real y lo peor era que cada día, el ruso le recordaba lo que había hecho en esa noche.

¿Por qué Eros? ¿Acaso se trata de una broma? Frunce el ceño de tan sólo pensarlo. Quizás lo sea, pero eso sería algo impropio de Víctor. Si medita bien, Víctor siguió su juego sólo para no dejarlo morir de pena en medio de todos, fue un acto de buena voluntad, nada más.

Exhala de nuevo, disfrutando el sabor amargo del tedio y la frustración. Cada vez que escucha la música o piensa en los pasos del programa viene a su cabeza una y otra vez la noche del banquete. Saber que hizo el ridículo no le permite ejecutar el programa. Han pasado ya tres días y su desempeño sigue siendo deficiente y la desesperación es cada vez más grande. Nikiforov no dice palabra alguna, sin embargo sus ojos muestran una inquietud latente y Plisetsky, bueno… La mirada es de incredulidad y sorna.

Esto no es una competencia, pero así se siente. Aunque Víctor repitiera mil veces que esto sería una exhibición sin fines de lucro… Daba igual, estaba fracasando otra vez.

El cristal profundo del silencio se rompe con su suspiro mediocre. La mayoría está durmiendo ya, al menos los huéspedes y sus padres. ¿Mari está haciendo el turno de guardia? Mira las puertas corredizas, no ve silueta alguna. Se rasca la cabeza, está irritado. No puede dormir y tiene esa desazón de fastidio porque hoy Víctor señaló que mañana será un día libre para todos.

<<Así podrán meditar sobre sus programas. Quiero avances. En ambos>>

Escucha unos leves pasos en la madera, alza la mirada y la sangre se agolpa en sus mejillas al reconocer la imponente figura de Víctor Nikiforov. El hombre de cuarenta años camina descalzo, con sus fuertes piernas entretejidas con imperceptibles vellos blanquecidos. Resulta curioso creer que en este corto tiempo ha aprendido a bajarlo del pedestal en donde lo tenía y ha comenzado a concentrarse en esos raros detalles que vuelven al ruso más auténtico e interesante.

Víctor es atractivo a pesar de su edad, bendecido por una genética inigualable, se ha establecido como uno de los hombres más sensuales del mundo, según los medios. A veces Yuuri cree que es exageración aquellos artículos, sin embargo al contemplarlo de cerca puede notar que los beneficios de una carrera deportiva son la mejor arma del ruso. El cuerpo aún está firme, afilado y deseable. El rostro tiene líneas que se dibujan por el tiempo, algunas son tiernas, ubicadas al borde de sus ojos cuando sonríe. Otras, en cambio, son crueles. Por ejemplo el pliegue particular debajo de cada ojo, que lo hace lucir constantemente cansado del mundo.

La boca es hermosa y más cuando forma esa figura tan parecida a un corazón.

El hombre no dice palabra alguna, simplemente toma asiento al lado de Yuuri. El chico tiene que desviar un poco la mirada porque su entrenador aún no sabe atarse correctamente la ropa que ofrece el onsen y el bendito hombro está al descubierto, hay unas cuantas pecas ahí. Yuuri siente un terrible cosquilleo en la punta de sus dedos, aprieta las manos para alejar la tentación. 

Ninguno de los dos se atreve a pronunciar una palabra, aunque Yuuri está en espera de un regaño o sermón por su rendimiento del día de hoy. Sabe perfectamente que no fue muy cooperativo, ignoró a Víctor un par de veces y tuvo la osadía de alzarle la voz a Yura ante los continuos comentarios hirientes del adolescente.

Víctor respira profundo y echa su cabeza hacia adelante, sonriendo, nostálgico.

—Makkachin amaría este lugar. —Yuuri se sorprende al escucharlo. Ve la mirada de Nikiforov opacada por una neblina de tristeza—. Siempre le gustaron los lugares cálidos… A veces lo extraño.

Hace dos años el hermoso caniche pereció por la vejez. Fueron dieciséis años de compañía, toda una vida a su lado. Yuuri baja la mirada y recarga su cabeza en el marco de la puerta corrediza. Víctor no despega la vista en el profundo manto de la noche.

—¿Y tú lo extrañas?

No se sorprende por la pregunta. Víctor sabe la historia de Vicchan, sus padres y su hermana se encargaron de eso.

Contiene un suspiro al evocar la triste llamada de Mari para anunciar el fatídico accidente.

—Ni siquiera pude despedirme, aun cuando él me esperó por tanto tiempo… —deja que su voz muera. Sinceramente no es un tema que quiera tocar ahora.

— Un amor leal. Incondicional. —suspira Víctor. —. Es un hermoso ejemplo de Ágape, ¿no crees?—Yuuri asiente aunque sus ojos están clavados en el suelo. —. Es una lástima que Yurio aún no comprenda ese tipo de amor.

El patinador japonés no hace comentarios al respecto. Cada vez que ve a Plisestky patinar aprecia la disciplina y el talento, pero no hay ninguna emoción. De alguna forma ese adolescente está tan perdido como él con respecto a su patinaje. Quizás el problema del niño radica en su ambición por ganar y no por disfrutar la coreografía calmada y sublime que le ofreció Nikiforov.

El silencio vuelve a formar otro cristal, uno más potente y Víctor no duda en destruirlo.

—¿Sabes cómo surgió Eros?—El muchacho se enrosca, abrazando sus piernas y aprieta los dedos, nervioso. Parece inevitable este tema, sobre todo cuando ve a Víctor acercarse: — Por el banquete.

El muchacho encrespa los dedos en su carne y tiembla, no por miedo sino por la figura de Nikiforov. El hombre ha hinchado su pecho por la emoción ante el recuerdo y de sus labios maduros se desprende la más flameante sonrisa. Estremecido, Yuuri contiene el aliento por el brillo inusual en los ojos de su entrenador y al borde del pánico, exhala despacio. Víctor aprovecha esa respiración para arrimarse aún más, Yuuri no lo nota pero el entrenador contempla con deleite su rostro sonrojado.

—Cuando bailamos, pude escucharlo… Un tango. Exótico y brillante. —Habla y el encanto nace de su boca. La voz levemente enronquecida se convierte en un magnifico arrullo—. Pasó tiempo, pero cuando te vi patinar, la música volvió y no pude sacarla de mi cabeza, —Sus dedos acomodan sus cabellos rubios platinados—. Tu baile fue la creación de Eros, Yuuri. Es por eso que te pertenece, sólo tú puedes hacerle justicia. Tú eres Eros.

Hace tiempo, Yuuri creyó que podía evadir la plática del banquete; había construido miles de pretextos y mentiras para negar el suceso. Ahora, las palabras se atoran en su garganta y echa en picada sus excusas porque no tiene el corazón ni la fuerza mental para destrozar el semblante del ruso. Sería un pecado si lo hiciera. Las arruguitas de los costados de aquellos ojos son notorias por la sonrisa emocionada y traviesa, la lumbre se aloja en su estómago y Yuuri suspira, embelesado.

Este hombre está equivocado. Víctor es Eros, basta con una simple mirada para arrasar todo a su paso… ¿cómo puede decirle que él, un simple patinador que no tiene tolerancia al alcohol, puede ser ese dios carnal?

A pesar del encanto, Yuuri niega con la cabeza.

—¿Cómo pudiste crear algo tan genial de un momento tan ridículo?—increpa sin mucho ánimo. Las adorable arruguitas se marcan aún más, pero no por una sonrisa, sino por el fruncido de la frente. Víctor no parece a gusto con la respuesta, casi parece ofendido—. Estuve ebrio todo el tiempo…—explica con lentitud, casi conciliador porque aquella mirada azulada tiene tintes de enojo—… Mis pasos estuvieron descoordinados y torpes. Bailaste conmigo pero sé que fue por una obligación moral… para no dejarme en burla.

Al terminar la oración, Yuuri pudo apreciar como el enfado cubría la pupila azulada. Nikifororv contiene la respiración y niega la cabeza.

—No fue así, Yuuri. —A pesar de la molestia no hay brusquedad en su voz. La mano de Víctor viaja hasta posarse en la barbilla del menor alzándola. Los dedos acarician con premura la piel joven, Yuuri se eriza—. Lo que vi allí no fue algo ridículo. En absoluto. Lo que vi ahí fue confianza y una absoluta libertad, dejaste todo a un lado y mostraste una faceta increíble.

—Estuve ebrio, no creo que fuera algo increíble de ver. —Asegura con nerviosismo. Su boquita tiembla cuando el rostro del hombre se acerca aún más, el agarre en su mentón aumenta un poco.

—A  me hiciste sentir increíble, Yuuri. Y te lo voy a mostrar.

Lo suelta y no teme apoyarse en el japonés. Saca su móvil con un determinante gesto en sus manos. Yuuri escucha el latido de sus músculos tensos, su mentón cosquillea e inexplicablemente quiere sentir el toque de su entrenador. Humedece sus labios secos y el alma se licua en su vientre cuando Nikiforov, sin dudas, lleva a Yuuri hasta su regazo, apoyando su amplio pecho en la espalda del menor. Coloca el móvil delante del japonés y en una a una, muestra fotografías del banquete.

La reacción del patinador es chillar y cubrir la pantalla con múltiples no. Víctor, como el entrenador paciente que es, apoya su barbilla en el hombro del muchacho y con suavidad, desliza las manos de su pupilo. La calma en sus movimientos y la seguridad en su voz logran derribar los muros de Katsuki, el otro se rinde con la cabeza baja, resignada por la vergüenza.

Aparece una fotografía, la favorita de Víctor: la última que tomó en esa noche. Ambos están sudados con las cabezas juntas y las corbatas en sus frentes. La baba escurre en la comisura de los labios del menor, mientras que Víctor tiene una visible papada,

—¿Recuerdas? Yo pedí la foto. —El corazón late en su garganta al sentir el aliento de Víctor en su oído— ¿Crees que eso fue una obligación moral? En absoluto. —El entrenador hace una pausa y respira levemente el aroma del hermoso niño. —. Y el Eros, Yuuri, está en cada uno de tus movimientos. Aquí. —reproduce un vídeo. Obviamente es Víctor quien está grabando, se escucha su risa escandalosa seguido de un silbido.

La cámara enfoca al esbelto y tonificado cuerpo del asiático, quien se mueve con gracia y destreza. Su camisa está entre abierta y la corbata vilmente colgada en su antebrazo. El Yuuri borracho mueve las caderas, ladea el rostro y pasa las manos por su cuerpo. De momento, la imagen se mueve, al parecer alguien más ha tomado el móvil y ha enfocado a Víctor. El hombre ya no tiene su saco y las mangas están arremangadas en sus poderosos antebrazos, no hay corbata y las clavículas están descubiertas. El rostro lo tiene sonrojado, parpadea perdido en los movimientos del menor y luego sonríe, tratando de imitar el paso.

Entre el caos y la vergüenza Yuuri se da cuenta que la mayoría de los pasos del programa fueron inspirados en su yo borracho: el leve aplauso que da, el movimiento de acariciar su propio cuerpo, la mirada abrasadora…

Esto es una revelación.

—No creo ser yo. —Dice, tomando el móvil y acercarlo hacia su rostro. Recuerda el baile como un sueño nebuloso.

—Oh, creme eres tú. —Canturrea el otro, conmovido al mirar la parte del vídeo done ambos se están ahogando con sus propias salivas ante tantas carcajadas.

Víctor desliza el dedo por la pantalla y Yuuri esconde su rostro entre sus manos. Están las fotografías de Pole dance. Ahí está, casi desnudo, cargando el cuerpo de Chris. La fotografía no es la mejor, está desenfocada, tomada por una mano temblorosa.

—Magnifico… —Elogia el hombre, recargándose aún más en el hombro del japonés. —, ¿puedes ver lo erótico que eres? ¿La belleza que irradias? Mis disculpas por la foto, me emocioné demasiado y no pude capturar bien el momento. —Las orejas del chico están rojas y Víctor desea con todo su ser apresarlas en sus labios. —. ¿Y bien? ¿Entiendes el por qué este programa te pertenece?

Suelta una risita al escuchar palabras intangibles de japonés e inglés.

A estas alturas Yuuri tiene la dignidad extinta con un calor en todo su cuerpo. De súbito se encuentra entre la línea de la excitación, la incredulidad y la fatiga.

—Yo…—comienza, castañeando los dientes. Una parte de él quiere gritar y sepultarse en las sábanas de su habitación —. Preferiría Ágape… Es puro y…

—Oh, Yuuri. —exhala el otro. Todos los vellos se erizan y Yuuri jadea al sentir el calor en su oído. —. Eres inocente, pero ¿puro? No lo creo. Quizá de haberlo sido nunca hubiera brotado de mí esta necesidad insensata de conocerte más y más. —Víctor le habla despacio. Sin duda, el ruso está entusiasmado al percibir los leves temblores de Katsuki. Las mariposas revolotean en su vientre al verlo tan vulnerable por su voz.

—¿Fue esto lo que te trajo aquí?—Ah, esa pregunta casi lo ofende. Víctor desliza sus dedos por las patillas del muchacho.

—¿Crees que fue solo por eso? —responde. El chico echa su cabeza hacia atrás, suspirando.

—No. —Lentamente se estremece al sentir los dedos ajenos deslizarse ahora por sus hombros.

—Bien dicho. —Al punto de la consciencia confusa, Yuuri gira su rostro al sentir leves caricias en su mejilla—. Vine por esto.

El entrenador vuelve a su móvil y abre una carpeta específica, enseguida aparece otro vídeo.

La rutina que grabaron las hijas de Yuuko.

—Tú creas música, Yuuri. Creas galaxias con tus manos y cuentas historias a través de tus pies, —Las suaves palabras alejan a los demonios de la incertidumbre. El patinador se dispone a creer en el discurso de su entrenador—. Me das inspiración de muchas maneras, Yuuri. En el banquete me hiciste ser yo mismo. Me hiciste olvidar quién era, dónde estaba, qué edad tenía… —El chico aprieta sus párpados al sentir los leves labios de Víctor tocar su lóbulo izquierdo—. No pienso que hayas sido ridículo, al contrario. Permitiste que naciera esta ambición por ti. —Oh, el cosquilleo en su lóbulo se siente bien. Inconscientemente, Yuuri se acerca más al pecho de Nikiforov. El aliento está en su cuello ahora, las corrientes eléctricas llegan a sus pies descalzos y curvea sus dedos—. Quiero verte bailar más, patinar más… De alguna forma eres tú quien no me hace pensar correctamente. —El corazón se llena de una dulzura misteriosa y caótica. Yuuri voltea, enfrentándose con una mirada voraz de Víctor. Las pupilas dilatadas gritan su nombre, se abandona en ellas. —. La verdad, Yuuri, es que tu Eros es tan potente que con un simple gesto me dejas temblando.

Ambos se miran y Víctor muere al notar como Yuuri moja sus labios con su bella lengua. Un acto tan simple lo deja sin aliento, ¿cómo es posible que este niño no se dé cuenta de su poder?

—¿Ves? justo ahora. —Señala, despacio. Dedos curvos bailan por la barbilla del joven. Víctor contempla el rostro y la necesidad de agitar esa boca con la suya es cada vez más latente. Los dedos gruesos y experimentados guían al rostro para acercarse aún más. El estómago de Yuuri brinca porque la última vez que tuvo esta sensación fue en su adolescencia, justamente con fantasías húmedas de un Víctor (un poco más joven en ese entonces) que le sacaba la respiración entre jadeos y leves gemidos de placer.

Víctor murmura algo en ruso que es imposible de entender. Tal vez esté pidiendo un minuto de sesenta siglos para disfrutar la incertidumbre de besar estos labios jóvenes porque la cercanía es tanta y la excitación irrevocable.

El pulgar de Nikiforov acaricia el labio inferior, abriéndolo. No le teme a la ira de Dios y da un pequeño beso en la carne blanda del labio.

— No pienses demasiado, sólo siente. De eso se trata el programa, —musita antes de dar otro leve beso, esta vez en el superior. Yuuri no habla, solo contempla el rostro del hombre que hace un leve tarareo como si no supiera cuál labio sabe mejor. Vuelve a besar de nuevo y la punta húmeda de la lengua acaricia los pliegues. El perfume caliente del cuerpo ajeno intoxica al japonés y no pone resistencia al sentir de nuevo el pulgar en su boca—. Nadie conoce tu verdadero Eros, solo tú puedes hacerlo emerger… Y muero por verlo pronto.

El alma del patinador se ha suspendido en un deslumbramiento de luz, el corazón es un enjambre y con sorpresa, comprende que no quiere separarse de Víctor. Ahora recuerda que en su borrachera tuvo un anhelo, casi surreal: ser besado por este hombre, ser devorado pieza por pieza. Recuerda su impulso de idiotez cuando tomó al ruso de las caderas para acercarlo a su cuerpo… Más allá de la vergüenza y estupefacción, hay una verdad innegable: el demonio de la perversidad está infiltrado en sus venas, lo puede comprender ahora. Víctor tiene razón, él no es puro. Sólo tímido, nada más.

Su entrenador parece nervioso después del silencio que surgió ante los leves besos. Temeroso de su acto, el hombre mayor se levanta y deja a Yuuri, estático.

—Debes descansar, —dice, no sin antes de darle una leve caricia en la barbilla. Hay miedo en su mirada por la escasa reacción de Yuuri. Frunce el ceño, dudoso—. ¿Yuuri?…— Las palabras salen atoradas, forzosas, sin un atisbo de arrepentimiento: —. No quise incomodarte… Disculpa mi impulso.

Yuuri no lo disculpa, ni siquiera un poquito.

Víctor sonríe, nervioso, tratando de aligerar el ambiente. Al ver que el hermoso niño no pronuncia palabra alguna, baja la cabeza y se retira a su habitación sin ver como Yuuri toca sus labios y pasa su lengua sobre ellos.

—¿Exactamente a quién quieres seducir, Yuuri?

Minako bebe un sorbo de su café y observa la necesidad primitiva de Yuuri por bailar a tan altas horas de la noche en su estudio. No fue sorpresa que él pidiera su ayuda para el programa, era natural de alguna forma. Sabía que tenía problemas para la conformación emocional y estética de la coreografía de Nikiforov. Pero lo que ve no es el casanova quien pretenden encantar a todas las damas del pueblo, sólo alguien quien cede a un impulso, luego crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo y el anhelo hasta un ansia incontrolable. Afila su mirada ante el rostro del muchacho, el chico está rojo por el esfuerzo pero hay algo más: un misterio que ocultan sus labios y su lengua.


Minako deja su café en el estante más cercano y se sienta en una silla, evaluando la situación Yuuri se queda ahí, mirando los ojos de su maestra en espera de otra pregunta. La mujer alza una ceja, exhala y tamborilea sus dedos en su rodilla.

—Quieres que te enseñe a seducir, a moverte de forma más femenina… ¿por qué?

—En lugar de ser el casanova, quiero ser la mujer que seduce al casanova.

—¿Por qué?—La maestra se inclina más, penetrando el alma del chico a través de sus pupilas. —. ¿Acaso ella abandonará al casanova? ¿O quiere mantenerlo a su lado?—El chico parpadea.

—Aún no lo sé.

—¿Y tú que quieres? ¿Aferrarte a Víctor o sólo experimentar con él? —El respingo que dio Yuuri fue adorable—. No debes subestimarme, Yuuri. He tenido grandes experiencias a lo largo de mi vida para adivinar que algo pasó. Esa mirada que tienes no es de todos los días. —Guiña un ojo—. Quieres seducirlo, sorprenderlo en la pista. Por eso estás haciendo exactamente lo contrario de lo que él espera, ¿acaso ese no es su lema?

Minako respira, esperando la reacción de Yuuri. Una parte de ella está intranquila, Víctor Nikiforov es un hombre que tiene muchas jugadas, no es entregado como Yuuri. Es probable que vea a este niño como una oportunidad fácil de conquista, aprovechándose de la timidez e inexperiencia. Si Yuuri desea entrar en este juego quizás termine con el corazón roto… ¿Y qué pasará después?

—Yo no quiero que aparte su vista de mí.

—¿Por qué?—No le gusta mucho cuestionar, pero es la única forma para que Yuuri entienda también sus propios sentimientos.

—Porque soy el único que puede satisfacerlo. —Eso la toma por sorpresa. La seguridad que hay en la voz del niño le intriga, más al verlo alzar el mentón y girar su rostro hacia uno de los espejos. Yuuri contempla su cuerpo a través del vidrio, recuerda los ojos sinceros, la voz encantadora y el beso fantasma en sus labios. — . Solo yo puedo hacer que deje de pensar correctamente.

Yuuri no es tonto. Se encuentra al borde del precipicio. Está el malestar y el vértigo. Sabe que puede retroceder ante el peligro, puede negar lo que sucedió esta noche y renunciar el entrenamiento de Víctor, pero inexplicablemente quiere saltar y aferrarse a él. Sus inseguridades se confunden en una nube de sentimientos inefables y cada vez adquieren más consistencia: quiere conocer, degustar la lujuria y encontrar lo divertido en un simple acto tan íntimo. Sólo sentir, ¿eso había dicho Víctor, no? Nadie madura sin el fruto. Si él se desquebraja en el proceso es sólo cuestión suya. Víctor no tiene la culpa, sólo despertó el demonio de la perversidad que todos llevamos dentro.

—Él es un hombre experimentado. Es una casanova innato, lo sabes. Incluso estuvo casado.

Minako no pierde la oportunidad de recalcarlo. Está bien, Yuuri está consciente de ello, ¿acaso no estuvo al tanto de la vida de su ídolo desde los doce años? Al cumplir los veintisiete  y después de su retiro, Víctor decidió casarse con una de las alumnas de Lilia Baranovskaya. La unión fue precipitada y escandalosa. El matrimonio terminó cuando Víctor descubrió la infidelidad de Olenka Isinbáyeva con uno de los bailarines del Bolshoi. Después de eso, desapareció por una temporada hasta volver a los medios con el proyecto de su propia pista de patinaje. No volvió a tener un romance fijo desde entonces.

—Lo sé. —musita—. Es por eso que estoy aquí.

Ni siquiera tiene claro los motivos de esta confianza. Sin embargo, el toque en su hombro es bastante para hacerlo entender que cuenta con el apoyo de la bailarina. 

—No voy a convertirte en una mujer hermosa, Yuuri. —Aclara Minako al girarlo y guiarlo al espejo. —. Si estás seguro de tu decisión, entonces no voy a enseñarte a moverte de la forma que pides. La seducción no solo es ser femenino o masculino, es estar seguro de tu propia belleza y aprovecharte de ella. La belleza es una fuerza aplastante que derriba cualquier obstáculo, incluso —Sus dedos descubren el flequillo del japonés, sonríe al ver el reflejo de Yuuri. —, puede convertir a tu peor enemigo en tu mejor amante.

Notas de la autora:

He estado revisando algunos capítulos y los voy puliendo. No es sencillo porque soy exigente conmigo misma pero agradecería mucho su apoyo 🙂

Publicado por fireefloweer

Mi nombre es Firee, veintitrés años. Mi vocabulario a veces tiende a ser de marinero, escribo bajo presión, me gusta el whisky, ron y las papas. Soy ficker y traductora empedernida. Tengo una adicción por aprender idiomas, además de un amor incondicional a la Lingüística y la Literatura comparada. Yuri On Ice es uno de mis animes favoritos, pero las novelas de Mò Xiāng Tóngxiù se han ganado mi alma.Me gusta el aire otoñal, una buena taza de té, un libro y pues… Nada más.

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