Track 2: Wonderwall


Today is gonna be the day
That they’re gonna throw it back to you
By now you should’ve somehow
Realized what you gotta do
I don’t believe that anybody
Feels the way I do, about you now

>2018<

Tenían que soportar una cuestión delicada, una en la que, sin importar lo que decidieran hacer al final, los haría terminar con cientos de críticas que podían devastarlos…  Y todo a consecuencia de las rabietas de un solo hombre: Víctor Nikiforov. 

Pese a que ellos, al igual que el mundo entero, desconocía su paradero, siquiera realmente se encontraba vivo o muerto como muchos especulaban, sus casi diez años de conocerlo y tener que soportar cuestiones parecidas, les hacía sentirse seguros de que él no era capaz de cometer un acto de suicidio. Realmente, desaparecer del mapa era algo que le iba más a su personalidad dramática, esa que era capaz de mantenerse en la memoria colectiva, en el hablar de todo el mundo, aun cuando su existencia se hubiese desvanecido del mapa. ¿Pero cómo afirmar algo así ante el mundo sin pruebas? Sin que este los juzgara de insensibles. De por si estaban ya contra la pared, al filo de las críticas que ya los devoraban vivos por creerlos a ellos los culpables de la salida de Víctor en primer lugar. Ahora debían mantenerse ahí por horas, en esa sala de juntas que cada vez les quedaba más pequeña, para encontrar la solución más viable para el primer predicamento de los muchos que se les aproximaban: encontrar un nuevo vocalista.

Era una acción natural de ser para resolver solamente la cuestión de la separación de Víctor, pero todo se había complicado gracias a su supuesta muerte. Seguro muchos esperaban que On Ice respetara el tiempo de “duelo” que los propios fans habían tomado tras los rumores, pero la realidad les forzaba a no poder hacerlo: el nuevo disco estaba ya en puerta, prácticamente en sus etapas finales de producción. No podían espera a que el mundo olvidara a Víctor o que a este se le ocurriera reaparecer con una sonrisa para decir que no estaba muerto después de todo.

Desde el primer anuncio, habían audicionado a varios hombres que parecían mantener una imagen que le vendría bien a On Ice. Tanto Yakov como Celestino, e incluso algunos miembros de la banda, ya tenían a sus favoritos seleccionados; pero más que eso, lo que les preocupaba por completo, era como el sustituto iba ser recibido por el público. Aun antes de la desaparición, muchos fans aseguraban que no volverían a proporcionarles su apoyo, mucho menos a cualquiera que se atreviera a plantarse sobre la enorme sombra que Víctor había dejado: nadie iba a superarlo, nadie era capaz de llegarle siquiera a los talones. La crítica en algo les daba la razón: Víctor Nikiforov era actualmente un emblema para la música rock de la época, un hombre vuelto mito y estrella a la vez; sería muy difícil que alguien de verdad pudiera llenar sus zapatos, era un peso demasiado grande para cualquiera que se atreviera a intentarlo. Y muchos concordaban: nadie, en mucho tiempo, iba a borrar todo lo que su música y su legado dejó atrás.

Entre todas las posibilidades que barajeaban para amortiguar el peso del cambio, llegó la sugerencia de que tal vez Mila podría sustituir a Víctor por completo. Ella solía ser la segunda voz en algunas canciones desde Zombie, quien acompañaba a Víctor con los coros en vivo y a veces en dúo. Además, en el último disco, se le dio la oportunidad de tener una canción como solista, misma que tuvo muy buena aceptación.

Pero esta idea, además de ser rechazada por la misma Mila —quien comprendía muy bien el gran lastre que debía cargar al volverse la sustituta de Víctor—, presentaba mucho más problemas de los que podría resolver: era que, ante el cambio a una vocalista femenina, la imagen de On Ice requería cambiar también, su estilo debía adaptarse a ella, sin contar la enorme inversión de dinero que implicaba volver a regrabar y adaptar a su tono todas las canciones del próximo disco que estaban prácticamente listas. Era mucho trabajo, mucha inversión para un disco finalizado; además, no podían retrasarlo por más tiempo: ahí había dinero detenido que no podía fluir por todo el desastre que Víctor había ocasionado.

A todo eso se le sumaba, claro, las bajas expectativas que tanto los fans como la crítica tenían con respecto a ese nuevo disco después de que el primer sencillo fuera un fracaso rotundo. Esa canción fue el intento de Víctor por volver a componer después de que en el disco anterior ninguna fuera autoría suya. La canción fue considerada mala por toda la agrupación desde un principio, pero Víctor prácticamente obligó a Celestino a que esta ingresara en el álbum y, peor aún, fuera el primer sencillo, la muestra que pretendía decirles a todos que la luz de On Ice no se estaba apagando. La amenaza fue que se saldría de la banda de no ser así. Celestino era consciente que la salida de Víctor podría ser el inicio de su ruina, pero, ¿de qué sirvió obedecer su capricho? Si al final, tras ver el fracaso predecible de la canción a la que tanta fe le puso, fue el detonante para que dejara la banda de todas formas, echándole, como siempre, la culpa a la agrupación completa por algo que ellos mismos se lo habían advertido.

Nada pudo resolverse ese día, de nuevo. Después de casi cuatro horas encerrados en esa sala, donde incluso el aire acondicionado no podía aliviar algo del ambiente asfixiante que siempre se tornaba, no era posible que las ideas fluyeran hacia una solución viable. Estaban agotados mentalmente y el reloj, así como sus estómagos, ya imploraban por la hora del almuerzo. Los bocadillos de entrejunta nunca eran suficientes.

Celestino dio por terminada la sesión, harto de las protestas de Yuri por encontrarse ya hambriento. Tampoco era como si los demás prestaran atención en ese punto: Mila molestaba al menor ante cada una de sus quejas; JJ, desde media hora atrás, no se había despegado de su celular por más de cinco minutos, y Otabek…  él solo era Otabek, sentado en silencio, con su vista fija en él como si de verdad le prestara atención, pero sin ninguna sola idea u opinión que aportar. Algo le decía a Celestino que en su mente pasaban muchas más cosas que el tema que se estaba discutiendo. Yakov tampoco era de ayuda: estaba enfurruñado en sí mismo, más pendiente de su reloj y de la entrada debido a que su asistente nuevamente había faltado a una junta. Cada día le costaba más comprender porque es que seguía empleándolo, si desde antes de que Víctor decidiera irse, había perdido esa eficiencia que en sus primeros años de trabajo lo caracterizó.

Los únicos a quienes podía agradecer su atención eran a los hermanos Crispino, pero no por buena fe, les estaba pagando justamente por ello, eran sus principales agentes de relaciones públicas y publicidad después de todo, pero incluso en ellos se notaba el cansancio y hastío: al ser quienes debían calcular y monitorear el impacto de los candidatos a nuevos vocalistas, estaban conscientes que ninguno de ellos podría mitigar de forma positiva el cambio.

Todos suspiraron de alivio con el fin de la tortura y, de un instante a otro, recobraron la perdida de ánimo que las horas de junta les extrajo de su cuerpo. Los chicos discutían sobre que pedirían de almuerzo en esa ocasión, mientras JJ, con una alta voz para que todos ahí pudieran escucharlo, anunciaba que no se preocuparan por él, pues tenía planes para ir a almorzar con Isabella.

—¿Otra vez a Angelo´s? —se burló Mila, con la consciencia que, en cada ocasión posible, JJ llevaba ahí a su prometida.

—No es mi culpa que a ella le encante la comida italiana.

—Claro, no es porque todo el mundo sabe que siempre vas ahí y que, después, terminan cientos de fotos tuyas rondando por todas partes. —A JJ eso le encantaba: la exposición, ser el centro de atención, que cada día hubiera alguna nota, noticia, un sitio en internet que hablaran sobre él.

Yuri, en silencio, había hecho un gesto de desagrado por la conversación. Fue el primero en aproximarse a la puerta; mas, cuando la abrió, del otro lado se encontraba un hombre apunto de hacer lo mismo. Yuri chasqueó la lengua.

—¡Muévete!

La mirada de todos cayó en la salida…  y en la nueva persona que pretendía unirse demasiado tarde a la reunión. Yakov enrojeció de rabia al reconocer bajo el marco de la puerta al asistente que debió aparecer horas atrás.

—La junta comenzó hace cuatro horas, ¿quién demonios te crees para llegar a esta hora, Christophe?

El aludido sonreía sin una pizca de arrepentimiento o vergüenza por su retraso. Tras escuchar su nombre, acomodó su chaqueta con un gesto elegante y después alzó su celular a la vista de todos mientras lo agitaba como si fuera un enorme fajo de billetes que presumía.

—Quien les trae la solución para todos sus problemas. Ahora, tomen asiento, hay algo que quiero mostrarles.

—¡Olvídalo! —se quejó Yuri, casi a punto de empujarlo para que lo dejara salir—. Muero de hambre, no voy a pasar otro segundo más encerrado en este sitio por tu culpa.

Chris miró a su jefe directo, Yakov, quien obviamente se debatía entre explotar con un despido por la desfachatez de su asistente o confiar en esos ojos que le suplicaban por la oportunidad, pero que también brillaban en confianza. Al final, Feltsman tragó su rabia y asintió, permitiéndole que les mostrara eso que parecía justificar su tardanza.

—Bien, pero que sea rápido.

Yuri masticó un insulto entre sus dientes al momento que Chris pasaba a su lado como si acabara de recibir un ascenso. Pero, pese a su molestia, solo la expresó azotando la puerta con fuerza antes de volver a un asiento alrededor de esa mesa cuadrada. Todos los demás lo imitaron, mostrándose igualmente decepcionados tras haber creído que eran libres por ese día. Más de alguno, además de Yuri, le dedicó una mirada filosa a Chris, llena de molestia y desagrado, mientras que este fingía no darse cuenta y preparaba todo sabiéndose su salvador. Él ciertamente no era del agrado de los chicos de On Ice, después de todo, fue un pilar importante para todo lo que Víctor llegó a hacer dentro y fuera del grupo. Incluso, tanto JJ como Yuri, sospechaban que él sabía lo que le había ocurrido a Víctor y que protegía celosamente su localización.

Chris ignoró las miradas y se concentró en conectar su celular a la computadora de Celestino, misma que ya se encontraba vinculada a un proyector. En cuestión de segundos, en la pantalla frente a todos, comenzó a visualizarse un video: parecía grabado por una cámara de celular de muy mala calidad, sin contar que, quién lo grababa, no se había concentrado en apuntar bien a lo que deseaba filmar. Entre imágenes agitadas que se volvían algo borrosas y turbias por el movimiento, lo que mejor podía distinguirse eran incontables pies y piernas de lo que parecía ser una multitud de personas. Pero, más que el video en sí, lo que se destacaba era una música de fondo: alguien cantaba “******” con una guitarra acústica, pero su voz no era la de cualquier persona común o amateur realizando un cover…  era…  preciosa.

—¿Es… el anciano? —Yuri se atragantó con sus palabras. No era para menos, la voz que podía escucharse parecía idéntica a la Víctor; pero, más que eso, lo que le sorprendía era justamente que interpretaba la canción que él tanto odiaba, al nivel de incluso de negarse a decir su nombre y llamar ridículamente “la innombrable”.

—No, no… —Mila se puso de pie para aproximarse a la pantalla y tratar de sacar algo en claro de esas imágenes que continuaban moviéndose en todas direcciones—. No es él, el acento…  es diferente —Ella lo notó—. Su voz no es idéntica.

—Se parece demasiado —sentenció Otabek desde su asiento.

En ese instante, la persona que había grabado finalmente alzó la cámara y todos pudieron ver quién cantaba: no era Víctor, efectivamente, sino un chico que parecía rondar los veinte tantos años, con cabello oscuro, rasgos de muy obvia presencia asiática, y unos lentes de armazón azul.

—¡Ah! —JJ exclamó, apuntando hacia la pantalla—. ¡Ya había visto esto! Creo que lo pasaron en las noticias de la mañana.

Por supuesto, el vídeo que Chris les enseñaba en ese momento era el que Víctor mismo había grabado y mandado específicamente para él; pero al que JJ se refería, era otro que una persona diferente grabó y subió a internet. En ese punto, el video se había vuelto un fenómeno viral por el impresionante parecido entre voces, incluso hasta llegar a varios medios de comunicación masivos.

—¿Quién es él? —La pregunta de Celestino no fue dirigida a nadie en específico, aunque antes de una respuesta, clavó sus ojos en JJ al comprender algo—. Si ya lo habías visto, ¡¿por no lo comentaste antes?!

El aludido encogió sus hombros.

—No le preste mucha atención. Desde que se anunció la desaparición de Víctor, han salido cientos de fans interpretando covers de nuestras canciones, muchas más de las que ya había, especialmente de esta.  Si es cierto que Víctor ha muerto, debe estarse revolcando en dónde sea que esté su cadáver.

Mila volvió a la mesa, solo para estar lo suficiente cerca de JJ y golpearlo en el hombro con un puño cerrado. Yuri rio bajo por lo fuerza con la que había sonado el impacto, mientras Otabek trató de contener una sonrisa. Todos sabían que Mila tenía mucha fuerza.

—¡No se bromea con eso!

—Su nombre es Yuuri Katsuki —Christophe también sonrió socarrón mientras miraba a JJ—. Vive en la ciudad de Detroit. No he logrado localizar su domicilio exacto, pero descubrí que tiene una pequeña banda y tocan algunos días en un bar llamado Skating.

—¿Entonces qué demonios haces aquí, Christophe? —le recriminó Yakov. Chris contuvo con una expresión de triunfo, limitándose a asentir.

—Viajaré de inmediato.

—¡Vamos, ve y tráelo! —Celestino se puso de pie bruscamente y miró a sus agentes de publicidad y relaciones públicas. Tiritaba de la emoción—. Encárguense de investigar que tanto se ha esparcido ese video y las reacciones de las personas ante él. Si todo esto es verdad, si de verdad ese chico tiene esa voz…  creo que lo hemos encontrado… ¡Maldita sea que lo hemos hecho!

Cuando Chris entró, descubrió todo lo que esperaba de un lugar así: un bar pequeño, oscuro y claustrofóbico, con apenas un par de personas distribuidas en las mesas y otro par en la barra que, en conjunto, resultaban suficientes para que el sitio pareciera lleno. Música algo intensa que sonaba de fondo, pero la cual, por culpa de unos altavoces viejos y algo estropeados ya, se distorsionaba a un punto de hacer irreconocible la canción en turno. Un olor penetrante a alcohol y tabaco inundando sus pulmones, aunque agradecía que esos fueran los únicos olores, o que fueran lo suficientemente intensos para ocultar otros más desagradables. Al frente, una plataforma hecha con tablas de madera que, supuso, hacía el intento de emular un escenario. Algunas personas arriba de ella acomodaban instrumentos que se notaban de segunda mano, desgastados ya. Sí, ese era el sitio ideal donde toda gran estrella busca refugio en espera de que alguien más lo descubra. Casi nunca a ocurre así, la pasión se apaga mucho antes de lograr un brillo que pueda escapar de sitios como esos. Solo muy pocos pueden presumir el haber estado en el lugar y momento indicado. Yuuki Kastuki tal vez sería uno de ellos. 

Sus ojos dieron un escaneo preciso a cada persona en el lugar. Víctor se lo había advertido: no iba a ser sencillo identificarlo, y ciertamente le costó en un principio hacerlo. Tuvo que ser más preciso y atento con los detalles, en comprender que, quien fuera Víctor, estaría solo, recluido en un rincón para pasar desapercibido. Eso reducía las opciones a un par de personas, una de las cuales era mujer y los otros tres no cumplían la complexión y altura de cuerpo que pudieran asemejarse a las de Víctor. Pero, aun cuando tuvo un único ganador, le costó creer que realmente era él esa persona: aquella mata negra y desarreglada de cabello sobre su cabeza tenía que ser una mentira.

No se dirigió directamente a él, aun receloso de su propia sospecha; primero pasó por la barra para pedir un par de bebidas mientras miraba al hombre con atención, analizando cada uno de sus gestos. En un principio, aquel estaba casi recostado sobre la mesa, como cualquier borracho con varias copas encima que ha perdido ya el sentido de la realidad; pero, de un momento a otro, se irguió y descansó la barbilla en una de sus manos. Chris lo supo, no por esa acción exactamente, sino por la manera en que miró al frente y la expresión que pudo adivinarle, aun entre la distancia que lo separaba de él y la poca luz: era un hombre perdido preguntándose cuál camino tomar ahora; un hombre cansado que ya no andaba por sí mismo, sino que se dejaba virar por el oleaje propio de la vida; un hombre que creyó haberlo dado todo sin recibir nada a cambio, nada de lo justo, nada de lo que merecía.

Chris tomó las bebidas y caminó hasta él. Al sentarse a su lado, le ofreció uno de los vasos al colocarlo justo enfrente suyo. El hombre no protestó.

—¿Cabello negro? —Chris sonó escandalizado—. Acabas de matar todo tu encanto. Aunque admito que el cabello no solo tiene la culpa. 

Chris se refería a la gabardina maltrecha y de mala calidad que envolvía el cuerpo del otro. Algo extraño para alguien a quien se había acostumbrado ver con ropa de marca y, casi nunca, repetir un solo atuendo. El pedazo de tela que tenía encima parecía llevar semanas enteras sin ser quitada de su cuerpo una sola vez.

Víctor, ante el comentario irónico, le dedicó una sonrisa de lado: fue cuando Chris pudo notar su despreocupada barba de un par de semanas.

—Pareces un vagabundo.

—Entonces he hecho un excelente trabajo.

Chris sostenía su vaso en la mano, al aire. Víctor tomó el que le había ofrecido y lo golpeó contra el de su amigo como si festejara un brindis. Después de beber, hubo silencio y un extraño sentimiento de que el tiempo había dejado de andar a su mismo ritmo. Aunque Víctor parecía mirar al frente, Chris notó que en realidad lo observaba de reojo con insistencia. Pudo adivinar perfectamente esa pregunta que a Víctor le sabía en la punta de su lengua pero que no se atrevía a realizar.

—Les mostré el video —comentó Chris al fin, con lo cual se ganó la completa atención ajena.

Pudo continuar rápido, pero a Giacometti le pareció más divertido ver a Víctor desesperar por la mirada. Bebió de su copa con lentitud. El contrario parecía casi devorarlo en ansiedad hasta que se dio por vencido: necesitaba saber.

—¿Y bien?

Unos segundos más de silencio, mientras Chris dejaba fluir la bebida por su garganta.

—Bueno, si estoy aquí, puedes adivinarlo fácilmente. Están encantados con el chico, por su voz tan parecida a la tuya. Admito que también estoy impresionado por el parecido. Por supuesto, no es un “sí” rotundo aún, aunque está muy cerca; quieren verlo cantando en vivo y confirmar que efectivamente su voz suena así. Para eso he venido.

Víctor pareció satisfecho con la explicación, tanto que se le escapó una diminuta sonrisa, de esas sinceras, de esas que hace mucho Chris no veía en él. Algo se sintió incómodo en su pecho, algo que había nacido desde el momento en que recibió su mensaje con el video adjunto.

—¿Por qué?

Desde un principio, él se encontró muy confuso cuando recibió aquel video por parte de Víctor después de casi semanas en que sus llamadas y mensajes no recibieron respuesta alguna. Incluso, hubo un momento en el cual de verdad creyó que los rumores de su suicidio eran ciertos. 

—¿Por qué me mandaste ese vídeo para que se los mostrara? Tú lo grabaste, ¿no? Estaba cantando…

—No digas su nombre —Víctor lo interrumpió de inmediato, con un tono agrio en su voz. Chris suspiró; de todas sus manías, esa era la que más detestaba.

—¿Por qué lo hiciste?

Víctor caviló con seriedad durante algunos segundos antes de responder con una naturalidad fingida, de esa que le salía tan bien.

—Me pareció una buena forma de retribuir los problemas que les he causado.

Chris soltó una carcajada tan fuerte, que no solo se sobrepuso a la música distorsionada de los parlantes, sino que se ganó la mirada de las personas que más cercanas estaban a ellos.

—¿Acaso debo creer eso de ti, después de escuchar durante casi diez años cuánto los detestas a casi todos? Por favor, Víctor, no me subestimes. 

Víctor miró de nuevo al frente sin respuesta. No iba a replicar, no tenía armas para hacerlo; al igual que Chris, él mismo se hizo esa misma pregunta durante días y noches enteras: ¿Por qué? ¿Por qué había grabado ese video? ¿Por qué se lo mandó a Chris con la petición adjunta que se lo mostrara al productor y a Yakov? ¿Por qué estuvo esperando con tantas ansias conocer una respuesta, si ese chico les parecía apto o no para sustituirlo? ¿Por qué siquiera le importaba eso en primer lugar? ¿Por qué, durante todos esos días, no dejó de mirar el video una y otra vez?

En la tarima, varios chicos daban los últimos detalles para el armado y conexión de los instrumentos. Algunos comenzaron a tomar posesión de ellos, a punto de iniciar, pese a que ese hombre asiático no se veía por ningún lado cuando se supone que esa era su banda, ese era el día que tenían oportunidad de tocar ahí.

Al ver todo ese movimiento, casi listo de comenzar a tocar, Víctor sintió una inusual emoción y ansiedad en el estómago, como si fuera él quien esperara que todo estuviera en orden para iniciar la presentación en la cual, lo supo, todo cambiaría.

—¿No te trae esto viejos recuerdos? —habló de pronto Chris, quien también había enfocado su atención al movimiento sobre el “escenario”—. Yo te encontré en un sitio como este. 

Víctor sonrió, pensaba justamente en ese mismo momento, en ese mismo instante en el cual Christophe Giacometti cruzó la puerta del bar Prix y lo descubrió…  Descubrió a On Ice.  

Sus labios se movieron para responder, pero cualquier palabra fue ahogada por el chirrido de una bocina afectada por algo de interferencia. Fue solo un par de segundos, pero lo suficiente doloroso para que todos dentro del bar comenzaran a quejarse con quien ahora estaba en el escenario, con una guitarra entre sus brazos y frente al micrófono.

—¡Ah! Lo siento, lo siento tanto —el chico tímidamente se disculpó, mientras pretendía hacer algo parecido a reverencias de disculpa ante el público.

—Ah… es él —Chris reconoció sobre el escenario las mismas facciones asiáticas que apenas pudo distinguir en el video—, Yuuri Katsuki.

En Víctor, esa emoción en el estómago se convirtió en una manojo violento de abejas africanas.

And all the roads we have to walk are winding
And all the lights that lead us there are blinding
There are many things that
I Would like to say to you but I don’t know how
Because maybe, you’re gonna be the one that saves me
And after all, you’re my wonderwall


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