Séptimo acto: Malabarismo


12 años

Al cerrar los ojos, Yuuri, la carpa de Ottenkov Circus aparece justo frente a ti, con su letrero de luces parpadeantes y una negrura espesa detrás suyo que lo traga todo poco a poco. Ha pasado más de un año desde la última vez, ¿cómo podrías olvidarla? No cuando los recuerdos son tan agrios que te hacen fruncir el gesto apenas estos cruzan por tu cabeza. No importa cuánto fuera tu deseo para olvidarte de ellos, por dejarlos en un sitio oscuro en el cual debían morir, las pesadillas nunca te han dejado en paz, sino que se repiten en un bucle eterno dentro de tus propios sueños, trayendo hacia ti con perfecto detalle la misma escena, el mismo cuerpo, los mismos huesos crujiendo al caer… Y la misma sangre y el mismo aroma que nunca desapareció de ti. 

La oscuridad se tiñe casi absoluta, el silencio se vuelve tan asfixiante que crece el sonido de tu propio respirar. Escuchas murmullos al fondo que parecen crujir como las llamas de un infierno que no puedes ver. No es un lugar que te dé la bienvenida, no es un sitio en el cual desees estar. Por eso te mantienes en el límite, a punto de cruzar para despertar en la seguridad de tu habitación. No obstante, después de tanto tiempo, aún después de lo que ocurrió y esos recuerdos que caen en cascada violenta sobre ti, sientes que todavía lo extrañas. ¿La idea de volver a verlo podría inspirarte el valor para entrar de nuevo a ese lugar?

Lo crees así cuando, a un costado de la carpa, una luz rojiza y cálida se enciende frente a tu vista por unos segundos. Es fuego… y solo puedes pensar en él .

Tomas un respiro, corres a través de la propia oscuridad que se convulsiona alrededor tuyo. Hace frío de medianoche, hace silencio de atemporalidad. Tus pasos llegan a ser tan ruidosos que te crees capaz de quebrar el suelo silente bajo tus pies. Sin embargo, no te detienes, nada lo hace, mucho menos cuando una llama esférica vuelve a encenderse al fondo de tu vista. Tu corazón se agita con gusto de creer que verás a Víctor por fin, pero cuando la luz se apaga y todo desaparece, te das cuentas que no se trata de él. 

—Oh…

Una pelota negruzca y humeante cae a los pies de un chico. Su rostro no es el de Víctor, ni su cabello ni el color de su piel. Una tez morena te observa, como una aparición, y notas la incomodidad que se cruza por su sonrisa. Su vestuario es suficiente para hacerte saber que es un actor del circo y que, como tal, no debía verte ahí. 

—Phichit, ¡vamos! 

Quisieras correr antes de que pueda detenerte, pero de un segundo a otro, dos hombres más emergen de las entrañas de la carpa. Uno de ellos te es familiar por el maquillaje corrido de su rostro y el otro te es irreconocible: no habías visto antes su cabello castaño ni el combo que hacen su pequeña barba y su apenas visible bigote sobre el rostro. 

—Tenemos un pequeño problema, al parecer. ¿Deberíamos decírselo a Christophe? —El de tez morena le habla a los otros dos.

—Él va a molestarse mucho —comenta el payaso y desvía su mirada hacia atrás, como si temiera encontrarse con el antes nombrado. No sonríe, al contrario, su gesto es deprimente y su maquillaje parece derretirse sobre su rostro, como si llorara por dentro y no pudiera ocultarlo. 

El de tez morena te mira con atención, pensativo, antes de que una luz de claridad se ilumine en su mirada. Entonces se acerca y se acuclilla frente a ti. 

—¿Qué haces aquí?

—Solo quiero volver a casa —mientes…  en parte. 

—¿Te da miedo estar aquí?

Asientes. 

—¿Entonces por qué volviste?

¿Cómo explicarle que tu único deseo durante el último año ha sido ver a Víctor una vez más? Pero, que pese a eso, nunca tuviste intenciones de volver y ahora no sabes por qué lo has hecho. 

Tu ausencia de respuesta lo hace sonreír más, casi con lástima, mientras se atreve a tocar tu cabello y dejar que uno de los mechones platinos se deslicen entre sus dedos. 

—Lo siento. —Es como un niño pequeño disculpanse con otro—. ¡Hey, Emil! Trae las espadas. 

—¿Qué quieres hacer? —cuestionó el otro hombre. 

—Nos encargaremos nosotros de esto. Nadie más necesita saberlo si lo hacemos volver.

—¿Estás seguro? 

No notas las miradas cómplices, ese entendimiento silencioso que hay entre los dos. No te das cuenta de la evidente negativa de Emil, de la insistencia de Phichit, de la forma en que los dos se percatan de que no tienen muchas opciones. Para ti los labios de Phichit no se mueven en un “Estaré bien” y los de Emil en una disculpa. No… Nada tiene sentido para ti, no logras ver más allá del miedo que se instala en tu corazón, de cómo se agita con los recuerdos horribles de huesos rotos y sangre visceral escurriendo a tus pies… No, no quieres ver algo como eso de nuevo. No quieres más cosas que vuelvan aparecer en tus sueños y que se sientan tan reales, como si volvieras a estar sentado en las gradas para verlo una y otra vez. 

Comienzas a correr. Si cruzas el límite, no podrán hacerte nada. 

—¡Georgi! 

El payaso te retiene del brazo apenas logras avanzar un poco y alza tu pequeño cuerpo con facilidad. Te hace retroceder, te hace volver a donde el acto está a punto de comenzar. 

—¡No! ¡Suéltame! ¡Solo quiero irme!

—Lo sé… Pero es necesario. Así no volverás…

No quieres ver el momento en que los otros dos hombres comienzan: como tres espadas en sus manos son arrojadas al aire, una tras otra, creando un círculo perfecto que se mueve con uniformidad. Primero cada uno se mantiene con su tercio de filos en sus propias manos, los maniobran en el aire con elegancia y precisión, hasta que ambos logran sincronizarse en un mismo compás. Entonces, tras una mirada cómplice que ocurre entre los dos, un filo pasa a la mano del otro y viceversa. De esa forma el círculo perfecto se vuelve un óvalo, uno que va y viene de ellos, seis filos que parecen a punto de caer en sus dedos para degollarlos, pero que logran sostener con el mango justo a tiempo. 

Intentas cerrar los ojos temiendo lo peor, pero el payaso te obliga a mirar el momento justo en que uno de los cuchillos lanzados por el castaño vuela hacia su compañero con una trayectoria diferente y bastante fuerza. Este se clava justo en la frente del moreno, partiendo su cráneo casi en dos. Los sesos escurren al instante, en desgajos grandes, mientras el cuerpo se mantiene en pie. Apenas un ligero lamento logra escaparse de los labios del hombre conforme su boca se abre más y más. Hay un vómito de sangre antes de que se derrumbe, antes de que todo el interior sanguinolento y burbujeante de su cabeza se esparsa por el suelo, justo a tus pies… Y el cuerpo convulsione tan cerca tuyo… 

Y muera. 

2 comentarios sobre “Séptimo acto: Malabarismo

    1. ¡Eso era lo que intentaba lograr! Que fuera algo perturbador… ¡Me alegra mucho haberlo logrado! (?)
      Y espero que en próximas actualizaciones lo siga logrando…

      Me gusta

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