Por el amor de amar: Capítulo 1


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Aún recuerdo claramente el día en el que cumplí quince años y lo emocionado que estaba al recibir un pequeño sobre que me decía que allí, en algún lugar de La Nueva Tierra, existía alguien que la naturaleza había creado especialmente para y por mí.

La sonrisa brotó de mis labios acompañada del gritito emocionado de mi madre y las lágrimas de mi padre. Mi hermana se lanzó a abrazarme y a felicitarme. Evidentemente todos estábamos emocionados y felices. Yo más que nadie.

Entonces escribí mi primera carta.

Mi mano temblaba.

El corazón, galopante y aterrado, se me salía por la boca.

¿Qué le diría a mi pareja biológicamente perfecta?

¿Qué le diría a la persona que estaba hecha a mi justa medida y a mi exacto gusto?

¿Qué le dirías tú?

Yo no sabía qué decirle.

Las palabras morían atoradas en mi mente sin poder ser expresadas ni por mis labios ni por mi mano.

Le pedí a mi hermana, Mari, que fuera ella quien escribiera algo. Algo bonito.

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«Yuuri Katsuki, escúchame bien».

«Esa persona es tuya. Es para ti».

«Si tú no puedes hablarle, nadie puede».

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Me dijo ella. ¿Eso intentaba ser un consuelo? Porque no me estaba consolando para nada.

Lo cierto es que toda ésta situación de la carta y la pareja perfecta sin duda me llenaba de mucha ansiedad.

Y eso no era nada nuevo.

De hecho, algunas (muchas) cosas lograban llenarme de ansiedad.

Cosas como la emoción tangible de mis padres, la sonrisa de mi hermana mientras hablaba con sus amigos acerca de la pareja perfecta que su hermano menor tenía.

Y claro, sobretodo mi pareja perfecta.

Su sola existencia lograba sacarme canas verdes con la emoción y el pánico que yo le tenía.

Así que al final, lo único que pude formular, fue algo meramente formal. Quizá algo demasiado sencillo.

Algo como:

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«Buenos días».

«Mi nombre es Yuuri».

«Al parecer somos una pareja biológicamente perfecta».

«Si tú quieres, estaría bien conocernos eventualmente».

«Pd: Me alegra que existas».

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A pesar de lo frías que me parecieron mis propias palabras, estuve esperando todo un día a que me dieran alguna información sobre mi pareja, pero al no obtener nada, creí que mi otra mitad era aún un niño, o peor aún, que ya había fallecido.

Sin embargo, dos días después recibí una carta de la Organización Libera en la que me decían que el nombre de mi pareja era «Victor», era seis años mayor que yo, y a pesar de que Libera permitía una carta al mes, él nunca me había escrito nada jamás.

También me dijeron que una pequeña nota adjunta a una rosa blanca eran la respuesta a la que había sido mi primera carta.

La nota, impresa y no a mano, decía:

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«Mi nombre es Victor».

«No te sientas obligado a esperar algo de mí».

«Vive tu vida».

«No me debes ni te debo nada».

«Ten un buen día».

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No supe cómo tomar esas palabras.

¿Estaban mal?

No.

Claro que no.

Pero entonces, ¿Estaban bien?

¿Por qué eran incómodas?

Quizá su frialdad era culpa mía por haberle enviado una carta tan miserable y, valga la redundancia, fría. Quizá debí ser emotivo y casual. Más jovial o algo así.

Al mes siguiente, le tenía miedo.

Él resultó ser para mí la cosa más extraña y tenebrosa que quizá jamás conocería, y eso último estaba bien.

De hecho estaba muy bien.

Y es que yo no me caracterizo por ser una persona especialmente bonita, o especialmente inteligente, de hecho, no me caracterizo especialmente por nada.

Soy la parte simple de ésta historia.

Soy casi el término medio. De hecho podría muy bien pasar por un Beta, de no ser por las feromonas que mi cuerpo emite muy raras veces, y es que incluso mis propias feromonas e instintos me ponen lo suficientemente nervioso como para ocultarlas y guardármelas solo para mí.

Recuerdo que cuando algunos de mis compañeros de escuela se enteraron de que tenía una pareja idónea, se lamentaron tanto, tanto en verdad, tanto que incluso lloraron.

Dijeron que la naturaleza probablemente estaba fumando de la buena, de la que te quita hasta el nombre, para emparejarme con alguien. A mí, de entre todos esos chicos y chicas que tienen ojos bonitos y atributos llamativos. A mí. De entre todos aquellos que van a la manicura cada semana. A mí.

Yo también estaba extrañadísimo, al menos hasta que supe su nombre y recibí aquella «carta» suya.

Entonces la emoción inicial murió.

Murió por completo y en su totalidad.

Ahora, once largos y tediosos años después, veo a mi pequeño casi hermano saltando de emoción mientras lee el corto comunicado que la Organización Libera le envía a aquellos afortunados que fueron seleccionados por la evolución natural, aquellos que poseen en algún lugar del mundo una pareja biológicamente perfecta.

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«¡¿Qué le digo?!».

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Grita mi casi hermano, girando sobre la cama y sin dejar de sonreír.

Me basta con solo verlo para recordarme a mí cuando tenía su edad. Esos dulces y cortos quince años.

Cuando creía en ese «algo» especial que unía a las parejas perfectas. Ese «algo» especial que las hacía dos mitades de una unidad total y completa en un mundo amplio, extraño e incierto.

Cuando creía en la magia y en un lazo invisible que unía a dos almas. Cuando era idiota y creía en idioteces.

Y claro, también me basta con ver a éste pequeño y dorado niño de quince años frente a mí para saber que él tendrá mejor suerte que yo.

«La gente bonita es afortunada», o eso dice mi hermana mayor mientras lo observa.

A mí me basta con ver a Yuri Plisetsky, mi casi hermano, para darme cuenta una vez más de que yo no tengo nada de especial en lo absoluto.

Estoy seguro de que si no viviéramos en la misma casa, ambos ni siquiera seríamos amigos, ya que Yurio me pasaría de largo.

Y estaría bien.

No sería el primero y probablemente no sería el último.

El primero que yo noté que me pasaba de largo fue «Victor». Y también, de alguna manera, decidí que él sería el último. Y es que si ni siquiera él se detuvo a mirarme, entonces… quién podría hacerlo, ¿Verdad?

Cuando veo a Yurio buscar una hoja decente en la que escribir una carta para su pareja, recuerdo la segunda carta que yo envié.

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«Buenos días».

«Ha pasado un mes y estuve pensando mucho en lo que me dijiste».

«Realmente puedo asegurarte que tienes razón».

«No te debo nada, ni tú a mí tampoco»

«Aún así, quiero conocerte».

«¿Eso está bien para ti?».

«Sigamos enviándonos cartas, por favor, no importa si son pequeñas».

«Esperaré tu respuesta, sea cual sea».

«Pd: Gracias por haber respondido la carta anterior».

«Pd 2: Perdón. Aún no sé cómo dirigirme a ti. Realmente deseo que podamos familiarizarnos fácilmente el uno con el otro».

«Pd 3: Muchas gracias por existir».

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Victor no respondió aquella vez. Ni la siguiente, ni la siguiente a esa. Ni nunca más.

Eventualmente tuve que disculparme con él por haberle molestado. Claramente él se estaba despidiendo de mí y de todo lazo conmigo en la primera nota que tan amablemente me había enviado.

Yo era el del problema en esa historia.

Yo el de la ilusión.

Yo el que se estaba aferrando.

Al final, dejarlo ir fue fácil, o eso intenté demostrar e intento repetirme a diario.

Ahora, mientras el pequeño y hermoso Yurio escribe lo que sea que se le ocurra en la carta que enviará, yo solo puedo pedirle a los cielos que por favor, por favor, POR FAVOR… su pareja lo haga realmente feliz de principio a fin.

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«Deseo que lo ame».

«Deseo que lo haga sonreír».

«Que lo quiera por siempre».

«Que nunca lo deje y siempre lo respete».

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Hace once años no me importaba demasiado hacer esa clase de peticiones, creía que si tenías una pareja biológicamente perfecta, ella era TODO lo que necesitabas en el mundo. Y ella sentía EXACTAMENTE lo mismo.

Al parecer no.

Al parecer, existe todo un mundo después del emparejamiento biológico. Un mundo que antes de los quince yo nunca disfruté, y que ahora se supondría que debería estar disfrutando.

Van once años.

Once sin «Victor» y lo que sea que él representó con fuerza durante un breve período de tiempo en mi vida.

Sé que no debería, pero todos esos años sin saber nada de él se sienten justo como un conjunto de ceros a la izquierda.

No lo conocí.

No lo conozco.

Quizá nunca lo conozca.

Quizá él no piensa en «Yuuri» y en lo que significa.

Quizá no despierta por las mañanas deseándole un buen día al nombre de un hombre. Ni se acuesta todas las noches deseándole un grato descanso.

Quizá incluso lo ha olvidado.

Quizá, ahora, con treintaidós años, ha olvidado la nota que envió junto a una bonita rosa de invernadero.

Quizá ha olvidado las palabras en esa pequeña tarjeta impresa, y ha olvidado también la existencia de un destinatario que ansiaba sonriente y extasiado el día en el que pudieran conocerse al fin.

—¿Cómo sabes que le gustarás? —le pregunto de pronto a Yurio.

Mis ojos no lo observan a él, sino que están fijos en su carta escrita y doblada sobre la mesa.

Él me mira unos segundos. Puedo sentir sus ojos de selva fijos en mí, e incluso puedo sentirlo sonreír antes de responder.

—Porque lo amo… —me dice, y su voz es segura, clara y firme, como siempre—. Esa persona lo es todo. Lo fue desde el principio, y yo apenas voy enterándome. Es decir, es aquella con la que puedo entenderme mágicamente, como telepáticamente. Así que… esa persona me ama, estoy seguro de eso porque yo la amo igual. Nos amamos y ya. No seas tonto, no hay más ciencia en eso. No hay por qué darle vueltas al asunto.

Claro.

Cómo no.

Díselo a «Victor».

Él le dio mil vueltas al asunto.

O quizá no.

Quizá solo le dio una pequeña hojeada y concluyó que el asunto no valía la pena.

Sea como fuere, para mí eso es el pasado ahora.

El presente es acompañar a Yurio a la oficina local de Libera para que su carta sea enviada y esperar cada minuto a lo largo de veinticuatro horas por una respuesta.

Respuesta que llegó apenas media hora después de que Yurio enviara su carta.

Ambos estábamos muy emocionados, por lo que él abrió inmediatamente el sobre en medio de la mismísima oficina de Libera.

Fue una total sorpresa para ambos que él recibiera tres cartas de tres personas distintas. Y aún más extraño fue que dos de esas cartas llevaban claramente los nombres y apellidos de sus remitentes, uno de ellos era «Victor Nikiforov».

Inevitablemente pensé en mi «Victor», aquel que había decidido no ser mío y no reclamarme como suyo.

Quién hubiera pensado que el mundo fuese tan pequeño. Yo no.

Y es que actualmente, lo que menos quiero en el universo entero, es conocerlo.

Once años de mi vida respaldan ese deseo. El deseo de no verlo y de no ser visto por él jamás.

Once años perdidos.

Once años temiéndole.

Si llegara a conocer al hombre tras el nombre, todo ese tiempo, todos esos años, serían tan solo… nada. Una lamentable nada. Una completa nada hecha de arrepentimientos.

Si él me conociera y me odiara, me arrepentiría de todas las noches en vela que pasé imaginando rozar sus labios.

Si él me conociera y me amara, me arrepentiré de haber dejado de escribirle, y de haberle escrito cosas tan poco interesantes, y de no haber insistido más.

Le tengo tanto miedo, esa es la verdad.

Le temo y le quiero.

Pero él no.

Él no siente nada. Él no respondió las cartas. No quiso conocerme. No quiso tomarme. No quiso ser mío.

No quiso esto, ni mucho menos lo que vendría.

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Publicado por ArikelDT

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