Sueño azul


En un 24 de febrero, Yuuri, acudirás al hospital principal de tu ciudad. Tus dedos deberán empujar la puerta de la entrada justo a las 12:59:57 de la noche y tus pies deberán estar sobre el suelo de baldosa amarillenta, al otro lado de la puerta, tres segundos después. No habrá guardia, doctor o enfermera que te impida el paso para adentrarte al lugar. En realidad, no habrá ninguna persona que interceda en tu camino, a excepción de una mujer tras recepción que apenas te dirigirá una mirada, una que será suficiente para hacerte sentir incómodo, fuera de lugar y comenzar a anticipar en ti la culpa que nunca más te dejará dormir con tranquilidad. Desde ese punto sentirás los ojos castaños de la mujer clavados en ti, sobre tu espalda, atentos a cada uno de tus pasos. Por ello desearás acercarte a ella, dirigirle la palabra y disculparte con anticipación, pero serás capaz de detener tu culpa y aguantarla con presión sobre tu pecho. Ella no deberá reconocerte, no deberá rememorar tus facciones y tu apariencia para que pueda decirsela a alguien más después. Tan solo apretarás los labios y continuarás tu camino por el pasillo principal, aquel que sigue derecho y pasa por todos los consultorios de medicina general. Girarás a la izquierda en la tercera oportunidad y caminarás recto hasta encontrar el elevador, el cual estará abierto, esperando solo por ti. Una vez dentro y, después de que las puertas cierren y las luces se enciendan por fin, tú teclearás los pisos en el orden 24-12-54.    

Dejarás que el elevador se mueva, que te lleve a los pisos marcados hasta el final del recorrido. En el piso 54, las puertas se abrirán, pero tú deberás mantenerte ahí, sin dar un solo paso fuera, por más que cierto deseo asfixiante te inspire el salir. No dejes que la danza lúgubre de oscuridades te tiente, no dejes que ese frío que sentirás quemando tus entrañas logre tomar lo poco que queda de ti. Deberás mantenerte cuerdo, atento, con el pensamiento recurrente sobre tu cabeza de que encontrarás lo que buscas al final de todo el recorrido. Una vez las puertas vuelvan a cerrarse, dejarás que el elevador descienda hasta el primer piso y es ahí cuando finalmente podrás salir.  

Apenas des un paso fuera, notarás que el pasillo que se extiende frente a ti no será el mismo por cual llegaste. Las paredes ya no serán de ese blanco artificial que habla de desgaste y uso, sino que serán de un caoba rojizo, casi brillante, que hablarán de elegancia y riqueza. Bajo tus pies ya no estarán las baldosas amarillentas, sucias de tanta enfermedad, sino que habrá un piso alfombrado y suave que recibirá con gusto tus pasos. El aroma habrá cambiado, de un dejo de medicamentos y desinfectante, a un perfume refinado con toques frutales y de rosas. 

Bajarás temeroso, pero sabiendo que desde ese punto ya no habrá vueltas atrás. Y justo cuando seas recibido por la suavidad de la alfombra y las puertas del elevador se cierren detrás de ti, lo verás finalmente enfrente tuyo: a ese hombre de traje negro y corbata morada que te recibirá con una sonrisa. Sus ojos, mismos que pondrá de inmediato sobre ti, serán tan azules como tus sueños y su cabello platino, tan largo, lo verás moverse como un oleaje interminable lleno de lunas lustrosas. 

“Yuuri, bienvenido, te he estado esperando”.

Aquel hombre estirará su brazo hacia a ti, invitándote a que lo tomes, pero no serás capaz de notar dicho gesto, sino que te quedarás sumergido en el mar de sus ojos, en la belleza irradiante de su sonrisa y en esos mechones platinos de cabello que escaparán y caerán por su rostro.

“Ah, ¿te gusta? Me preparé solo para ti. Hoy es un día especial, cariño”.

Dará unos pasos hacia atrás para que, justamente, puedas apreciarlo y notes la elegancia de su saco, cómo el color de su corbata resaltará aún más el de sus ojos y su pantalón lo ceñirá tan perfectamente que parecerá hecho solo para él, para reafirmar su exquisita y delgada figura. Su brazo volverá a estirarse hacia ti y, al encontrar todavía una falta de respuesta, se acercará para tomar los dedos de tu mano derecha, estrechándolos con la firmeza que solo un amante haría con otro. De esa forma te jalará y guiará por el pasillo al mismo tiempo que su voz se volverá un cántico de sirena que te contará tantas historias que te serán imposibles de comprender. Estarás tan absorto en él que incluso las pequeñas pausas que hará para toser de forma seca y carrasposa te pasarán desapercibidas, así como la sangre de su boca que terminará por escupir en su mano libre al cubrirse. 

El camino te parecerá eterno, pero será una eternidad que no te molestará vivir, pese a que el pasillo te creará una sensación de vértigo interminable y te obligará a sostenerte con mayor fuerza de él, así como confiarle cada paso a ciegas como si fuera tu última alternativa. Y lo será. 

No sabes en qué momento habrás dejado de caminar, no hasta que el hombre bese tu mejilla y te haga darte cuenta del nuevo escenario que habrá frente ti: una habitación enorme, como un salón de fiesta, que se extenderá varios metros a la distancia. Sin embargo, se encontrará completamente vacía a excepción de una mesa cuadrada, dos sillas rodeándola, un par de velas y copas, y varios pétalos de rosas que la adornarán como si aquello se tratara de alguna cena romántica. 

El hombre te hará sentarte en una de las sillas y, justo cuando se encuentre en una también, su brazo se moverá hasta la mesa para tomar la tapa redonda de una bandeja que no habrás notado antes. No sabrás por qué, pero el impulso de detenerlo será lo único que sentirás durante algunas fracciones de segundo. Sin embargo, no serás capaz de moverte, y a cambio será tu corazón el que retumbe un par de veces con violencia… Pero no de miedo, sino de ansias…  apetito. 

Aquel levantará la tapa de una sola vez y sobre la bandeja encontrarás la cabeza cercenada del hombre a quien tanto amas. Tardarás algunos segundos en notarlo, distraído de los detalles por aquel rostro ligeramente carcomido de su carne y aquellos hilos de sangre todavía fresca que se deslizarán poco a poco hacia ti… Y entonces te darás cuenta que esa cabeza…  esa cabeza de ojos cerrados y cabello platino, será la del mismo hombre que tendrás frente a ti, que te sonreirá en espera de que logres comprenderlo.

“¿Qué…?”.

Una vez más no habrá miedo, solo confusión, una que se transmutará en un extraño sabor metálico que comenzarás a percibir dentro de tu boca. Pero este no te desagradará, al contrario, lo tragarás como si se tratara de un sabor dulce, especial, uno que habías esperado probar durante toda tu vida. 

El hombre continuará sonriendo, fijo en ti, y lo hará pese a que su rostro se contorsionará con gestos de dolor y agonía al cabo de varios segundos. Te tentarás tanto para preguntarle qué le ocurre, pero no te hará falta, la verdad se mostrará ante ti con una horrorosa y deliciosa claridad: pedazos de carne comenzarán a caer de su cuerpo hasta la mesa. Estos se mostrarán como rasgados, arrancados a tajos por unos dientes invisibles que parecerán hacerlo con saña y sin medición, sin importar la sangre que chorreará de cada agujero a borbotones, sin importar que algunos quejidos escaparán de él…  Del mismo hombre que resistirá cada una de tus mordidas con una sonrisa, una llena de amor y devoción que solo te dedicará a ti. 

“Siempre quise darte todo de mí, Yuuri. No importa lo que desearas, yo te lo daría sin chistar”. 

Sentirás tu boca humedecerse ante la sensación de antojo: aquellos trozos se volverán exquisitos y esos deseos desbordantes de tomar aquella carne y llevarla hasta tus labios serán imposibles de contener. Lo harás, no mediarás el momento en que tomes esos gajos y los lleves hasta ti para comenzar a saborear el gusto jugoso de la sangre y la textura chiclosa de una piel sin cocer. Tantos bellos que cosquillearán contra tu paladar, tantos huesos que tronarán bajo tus dientes, tanta piel que terminará rasgada y engullida por ti.

“Admito que tu petición me tomó tanto por sorpresa, Yuuri. Me faltaron años para conocer esa parte oscura de ti. Pero…  ¿qué más daba? Mi cuerpo me iba a ser inútil, ¿no?, y por lo menos así podría darte un último pedazo de mí”, el hombre reirá con dolor, con ironía, mientras más trozos de él caerán ante ti, mismos que no resistirás tampoco en devorar. “O todos los que quisieras…”.  

Amarás todo eso, amarás cada bocado hasta que no quede más que sangre por beber. Y, al alzar la mirada, el hombre ya no se encuentre frente a ti.

¿Despertarás? No, no habrá forma de que lo hagas nunca más. Solo te quedará vagar por pasillos vacíos en busca del ascensor, pero no habrá para ti ningún camino que pueda llevarte de nuevo a casa. Con cada paso, bajo el suelo, tus pies se hundirán en algo pastoso y a tus oídos se repetirá un cíclico “Yuuri, te amo” que, más que bienestar, te generará nausa y pánico. Algo subirá por tu pecho, algo se romperá hasta que puedas dejar de respirar. Y, sin darte cuenta, te encontrarás en un cuarto lleno de oscuridad, sin nada con lo que guiarte para encontrar alguna salida. Serás solo tú y esa declaración de amor que se volverá más agónica cada vez. No podrás contabilizar el tiempo en que te habrás vuelto tú y solo tú, y será dentro de esa oscuridad densa, de ese silencio con sabor a sangre y carne, que comenzarás a recordar… Recordar cada paso, cada risa, cada toque de su piel contra la tuya y cada gramo de dolor soportado hasta que, en un 24 de febrero, acudirás al hospital principal de tu ciudad…

*

*

*

Aquel día de febrero lo debías llevar de vuelta a casa. Eso no dejaba de hacerte sentir culpable, que se estaban dando por vencido tan pronto cuando aún había tantas cosas que se podrían hacer por él…  ¿Pero quién era capaz de resistir cinco años de lucha? Ni siquiera Víctor Nikiforov podría haberlo hecho. 

Al entrar al hospital, evitaste la mirada de la mujer de recepción, aquella que tantas veces te observó y te sonrió para recibirte, suponiendo el dolor que, durante tantos años, te llevó a ese sitio para encontrar un gramo más de esperanza que siempre terminó por desvanecerse. Nunca cruzaron palabra más allá de los saludos de cortesía, pero te bastaba ver sus ojos para creer que ese día, ahora sí, todo saldría bien, y que habría una noticia feliz esperando por ti dentro de ese lugar. Pero en ese momento, cuando ya sabías que todo terminaría pronto, pero de la manera más agónica, no tuviste el coraje de mirarla de nuevo y creer una vez en su esperanza falsa, esa que de seguro les otorgaba a todos por igual. 

Conocías muy bien el camino de memoria: cruzabas todos los consultorios de medicina general como si fueran los pasillos de tu propia casa y, a ciegas, girabas a la izquierda en el tercero, encontrando de frente el único elevador que podía llevarte hasta Víctor. Conocías muy bien el piso al cual ir, tanto que tecleabas el número por inercia. Sin embargo, ese día, una vez el elevador se detuvo en el piso 12 y las puertas se abrieron ante ti, no te sentiste con el valor suficiente para salir y afrontar la oscuridad que te esperaba solo unos pasos más adelante. No aún…  no cuando sabías que una vez dentro de ese pasillo no habría vuelta atrás. Las lágrimas empañaron tu vista y tu corazón era consciente de que no estabas preparado. Pero Víctor no debía verte flaquear de aquella manera, él no debía saber la forma en que agonizabas en silencio. Te mantuviste ahí, quieto, apresado en el dolor, y permitiste que elevador descendiera contigo hasta el primer piso, hasta que lograras recuperar el aliento y pudieras volver a subir fingiéndote más completo.

Sin tener la opción de huir otra vez, de evitarlo por más tiempo, en el piso 12 caminaste hasta la habitación 54, donde encontraste al hombre que tanto amabas ya vestido para ti, sin esa insensible y frívola bata, demostrándote que aún en la etapa terminal de su enfermedad podía valerse por sí mismo…  O por lo menos lo intentaba. 

El hombre que tanto amabas caminó hasta ti y tomó tu mano mientras esta temblaba, mientras sonreía y trataba de fingir que salía de ahí para tener una vida nueva y larga contigo en lugar del fin que le esperaba en los próximos días. El camino a casa fue silencioso, las lágrimas que ninguno logró detener lo fueron también. El pensamiento de lo qué sería pasar la vida sin el otro era lo que más los torturaba a ambos. 

“Puedes pedirme lo que quieras. Lo haré todo por ti, Yuuri. ¿Qué más importa ya? Solo nos queda cumplirnos un último capricho”.  

Una vez en casa, en cama, quisiste abofetearlo por sus palabras, palabras prohibidas que nunca debieron haberse pronunciado. No querías hablar del porqué estaban ahí juntos, esperando el momento en que finalmente todo terminara. Pero, en realidad, en silencio te derriteste de amor y falleciste por él ante ellas… ¿Qué más podrías pedirle que no fuera su amor eterno? Mismo que estabas seguro ya tenías.

Tomaste su mano, sentiste su carne todavía cálida deslizarse por tus dedos y lograste sonreír: sí había algo, algo que deseaste desde el momento en que lo tocaste por primera vez, pero que te juraste nunca cumplir, por más que tus sueños y deseos se volcaran en ese placer obsceno e inhumano. Claro que te sentiste culpable al tan solo pensarlo, al traer a flote esos pensamientos que siempre intentaste mantener a raya para intentar ser una persona normal. Porque con ellos palpando tan latentes en ti, tan presentes en tu cabeza y lengua, ni siquiera te sentías merecedor de ser llamado “humano”. Después de todo, ¿qué clase de persona en su sano juicio desearía devorar la carne de quien tanto amaba y adoraba?

Pero Víctor siempre te supo leer tan bien, que te presionó e insistió hasta que la verdad salió atropellada de tus labios: “Quisiera comerte”. 

Víctor rio hasta comprender que hablabas en serio, hasta que el silencio se volvió tenso y los atropelló a los dos con una realidad que siempre estuvo ahí, latente, pero de la cual ninguno quiso darse cuenta. Quisiste huir, aterrado por tu propio deseo, pero un brazo delgado y débil logró retenerte a su lado. 

“Hazlo. ¿Qué más da? Mi cuerpo va a ser inútil después de todo. Te voy a dejar, Yuuri, por lo menos obtén algo de mí por una última vez”. 

No reíste porque sabías que hablaba en serio. Y claro que no había forma alguna de responder a algo así…  Porque, aunque lo deseabas, estabas tan aterrador de ti y de lo que te creías capaz de hacerle. Fue demasiado tarde para reír, para fingir que todo de verdad había sido solo una broma mal llevada. La idea se implantó en ambos de una forma tan profunda, que no te sorprendió que aquella noche del 24 de febrero Víctor se preparara para brindarte un último festín con él. 

¿Cómo negarse cuando prácticamente se abrió para ti? ¿Cuando preparó carne y alma solo para entregártelas? Te obligó a caer en aquello que siempre temiste, te orilló a que lo tomaras y devoraras como si todo aquello fuera normal y él también lo hubiera deseado. Se negó a no sentir, pues quería disfrutar de cada mordida como tú lo hacías…  Y nunca dejó de sonreírte, de decirte cuánto te amaba, ni siquiera en el último de tus mordiscos.

Claro que cuando solo quedaste tú en aquella habitación, ¿qué más podrías sentir que no fuera culpa? Arrepentimiento… Dolor. Miraste tu propio vacío frente a ti y no fuiste capaz de lidiar con él. Cerraste los ojos con el impulso de nunca abrirlos otra vez y con la esperanza de que en el más allá serías capaz de encontrar a Víctor de nuevo y postrarte a sus pies en un ruego de perdón. Trataste de hacerlo posible cuando, con todas tus fuerzas, el filo de varios cubiertos terminaron por rasgar tu garganta. Pero, sin saber muy bien cómo, por qué, abriste los ojos una vez más, en un 24 de febrero, para encontrarte ante las puertas del hospital principal de tu ciudad. 

No tenías idea de que ese sería por siempre tu sueño azul, tu sueño eterno, tu purgatorio sin fin.


Oneshot escrito con mucho cariño para Seka Roma, como parte de un intercambio navideño. El hecho de que esto sea sobre un Yuuri canibal no es coincidencia *wink wink* (?). De verdad espero que lo hayas disfrutado, es algo cortito, pero hecho con mucho amor. Desde que tuve la idea supe que tendría que ser para ti.

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