SinLímites: VI. Promesas


El campamento de entrenamiento militar de Mila se ubicaba en los límites de la ciudad, lo había construido su abuelo Nikolai hacía ya décadas y lo había convertido, con mucho esfuerzo, en una máquina de producir soldados invencibles para el ejército del reino.

Miles de betas y alfas jóvenes venidos de todas partes del reino buscaban pasar su entrenamiento militar allí y, aunque era casi imposible entrar y aún lo era más superar el adiestramiento, hacerlo suponía tener un brillante futuro asegurado.

Nikolai pasó años entrenando allí a sus hombres después de una honrosa jubilación en el ejército, pero cuando no quedaban más que unos años para que cumpliera los setenta decidió que no era un hombre que permaneciera sentado mucho tiempo en un mismo sitio y marchó de nuevo a combatir en las primeras filas ante el asombro de todos.

El campamento pasó a ser cuidado por Yakov, uno de sus viejos amigos alfa y más tarde, cuando Mila tuvo edad, por ella. Aunque Yakov seguía manteniendo su lugar allí y era el encargado de administrarlo durante las largas temporadas de ausencias de la pelirroja.

Había multitud de leyendas sobre aquel lugar, la favorita de Mila era aquella que le había contado su abuelo cuando aún era una niña dónde Nikolai había salvado a una de las hijas de la diosa del río de morir deshidratada cuando la sequía había convertido un hermoso valle fértil en un desierto de arena.

Nikolai había cargado a la débil joven en su espalda y había hecho kilómetros con ella a cuestas gastando sus propias reservas de agua para evitar que se desecara aunque él hubiera pasado días sin beber ni una gota. Cuando llegaron a un río la muchacha se zambulló en él con un rápido gracias para instantes después convertirse en espuma bajo su mirada incrédula.

Desde ese entonces Nikolai había obtenido el favor de los dioses que bendijeron el campamento para que aquellos hombres entrenados allí se volvieran soldados invencibles y grandes héroes que alcanzarían las más gloriosas hazañas.

Mila ya no era una niña y no creía en cuentos de hadas del agua, tampoco era supersticiosa. La razón por la que los soldados que entrenaban eran los mejores se debía al trabajo duro, horas de extenuante entrenamiento eran los que te convertían en alguien realmente fuerte. Ella lo había aprendido en carne propia.

— No es habitual verte tan meditativa.

Mila regresó a la Tierra para enfocar la vista en ese viejo alfa gruñón al que respondió con una sonrisa radiante.

— ¡Hola, Yakov!

El hombre elevó una de sus cejas mirando el campo de entrenamiento ubicado debajo de la terraza en la que se encontraban ellos, los soldados se blandían con la espada en duelos de a dos. A pesar de la edad, el viejo Yakov seguía siendo un alfa imponente, famoso por su mal carácter.

— Me han llegado rumores, Mila. Más que rumores, gritos.

La pelirroja se mordió el labio, no quería dar explicaciones a Yakov y mucho menos que estas llegaran a su abuelo. Cosa que dudaba que pudiera evitar.

— No te imaginaba adicto a los cotilleos.

Al viejo alfa le atacó un tic en el ojo.

—¡¡Maldita mocosa!! ¡Puede que creas ser un alfa muy fuerte pero aun te queda aprender mucho sobre cómo ser un buen líder!

Ella le sacó la lengua.

— En serio, le hará mal a tu tensión que te alteres de esa forma.

Yakov volvió a los gritos, pero ella perdió sus ojos en el entrenamiento de nuevo. Otabek había estado combatiendo en duelos de espada con sus compañeros y hasta el momento los había perdido todos.

Desde que lo vio por primera vez había notado su fuerza de voluntad, su orgullo, su valor y su mirada fuerte a través de los irises oscuros. Todo ello eran características extraordinarias para un soldado. Habilidades que no podían aprenderse en el entrenamiento pero que él poseía de manera innata. Aun así no le servirían de nada si tenía esa falta de talento físico.

Había mejorado mucho estas últimas semanas, lo había visto levantarse todas las noches a entrenar hasta que su cuerpo sangraba y seguir el entrenamiento matutino después con el resto de soldados. Luego de haber llenado su estómago con algo de comida se levantaba, con sus músculos temblando por el dolor y el cansancio acumulados, para seguir entrenando hasta que caía la noche y ella lo reclamaba.

Pero a pesar de ello, si Otabek no lograba mejorar lo suficiente, lo sacaría del ejército. No llevaba hombres a morir a una guerra, aunque estos así lo desearan.

Quiso cerrar los ojos ante el siguiente enfrentamiento. Un alfa rubio y alto había propuesto batirse con Otabek y el muy idiota había aceptado. No era el alfa más fuerte que se pudiera encontrar, pero aun así la diferencia de fuerza entre un alfa y un beta era brutal, incluso para uno de los betas entrenados por ella.

Los soldados dejaron sus propias peleas para formar un círculo, divertidos por lo que sería el enfrentamiento más injusto de la mañana. Otabek elevó su espada adoptando una posición de defensa ante el primer ataque que no tardó en llegar.

Chris corrió hacia él con su espada en la mano, sus músculos se hacían más visibles con la carrera. En el primer golpe partió la espada de Otabek en dos, dejándola reducida a una empuñadura de madera con un pequeño trozo de metal inservible en el extremo.

Mila apretó la barandilla hasta que el hierro bajo sus manos quebró. Desde su posición pudo ver cómo Chris jugaba con Otabek de la misma forma que un gato lo haría con un ratón. Haciéndole cortes superficiales con la espada en brazos y piernas que buscaban quebrar su espíritu. Hacer que cayera y se rindiera. Pero Otabek no se rendía y eso estaba divirtiendo aún más al coro que gritaban animados porque le diera una paliza.

Ella no podía intervenir, aunque deseara pararlo con todo su corazón seguía siendo una pelea de a dos que ambos habían aceptado, si ella se metía y dejaba claro su favoritismo sobre el beta las cosas para Otabek dentro del grupo serían aún peores, no sobreviviría.

Chris se animó entonces a tirar su arma a un lado. Con sus nudillos apretados dio un puñetazo en el abdomen de Otabek que le hizo caer al suelo de rodillas.

Mila no era masoquista, no podía seguir viendo eso. Desvió la vista hacia el lado contrario enfocándola de nuevo en Yakov que miraba todo con un semblante serio.

— No seas cobarde. No te enseñé a que dieras la espalda a los problemas.

Se mordió el labio y volvió a dirigir la vista a Otabek que tosía sangre en el suelo. Trataba de levantarse apoyándose con sus manos en la tierra, ella rogaba que no lo hiciera.

— Tu inmadurez y tu egoísmo ha llevado a ese chico que jamás debió entrar en el ejército hasta aquí, estas son las consecuencias de tus actos. Si estuvierais en una batalla real, si alguien estuviera a punto de matarlo en este momento ¿también cerrarías los ojos?

Chris dio una patada a Otabek cuando comenzaba a levantarse. Incluso desde su posición pudo oír el inconfundible sonido de una costilla fracturándose. El alfa se dio la vuelta habiendo dejado a Otabek tendido en el suelo, con los vítores del resto de hombres felicitándolo.

—Entiende que este no es lugar para putas—gritó para asegurarse de que lo oyera.

Una piedra surcó el cielo a una velocidad alarmante, golpeando el ojo de Chris. Otabek la había lanzado desde el suelo, sin siquiera haberse erguido para apuntar.

El rubio se llevó la mano al ojo con un rugido, iba a matarlo.

— Debo reconocer que el chico tiene buena puntería.

Pero al mirar a la pelirroja y el extraño brillo en sus ojos supo que esta estaba a punto de hacer una locura.

— Eso no fue simple puntería, Yakov.

Mila apoyó una de sus manos en la pesada barandilla, ahora rota, para impulsarse y de un salto aterrizar en el suelo sin problemas. Los soldados deshicieron el círculo al verla y Chris maldijo por lo bajo, pero se detuvo.

—Estábamos combatiendo uno contra uno, como nos pediste.

Chris casi estaba ladrando y ella debía ser cuidadosa para no demostrar ningún tipo de favoritismo. Ellos debían tener un líder en quien pudieran confiar. Si el grupo comenzaba a pensar que era una mala líder se rebelarían en el peor momento y estarían condenados al fracaso. Debía existir un vínculo entre ella y sus soldados que les hiciera sentir que si le eran fieles y la obedecían podrían ganar todas las batallas. Desde la llegada de Otabek sentía que ese vínculo se estaba debilitando y debía evitar que terminara por romperse.

—Especifiqué que quería un duelo con armas.

Chris sonrió de forma sarcástica.

—No iba a darnos una gran batalla con esa espada.

Su vista se dirigió al trozo de acero partido en dos que había quedado abandonado en el suelo.

—Entonces tendréis que coger otra arma.

El grupo se removió inquieto e incluso hubo algunos murmullos sorprendidos. Habían jurado que la alfa pararía la pelea para proteger al beta pero lejos de eso, iba a iniciarla de nuevo.

Chris pareció incómodo, ¿Mila esperaba que matara a un chico claramente más débil que él en un entrenamiento? Su conciencia comenzaba a picarle. No sería algo que pudiera recordar orgulloso.

— No creo que sea necesario, ya soy el claro vencedor.

La expresión de Mila se había vuelto tan fría que dio un paso hacia atrás inconscientemente.

—Ninguno de los dos está muerto o se ha rendido. Altin, ¿te rindes?

El beta había conseguido ponerse de rodillas llevando un brazo a sus costillas. Respiraba con dificultad, pero consiguió que su voz sonara alta y clara.

— No.

Los soldados comenzaron a cuchichear entre sí. Ese chico debía de ser un loco suicida.

—Giacometti, ¿te rindes?

— No—gruñó.

Entonces tendrán un duelo justo, con armas. Mila se dirigió al garaje dónde guardaban el resto de armas ignorando a Yakov que la recriminaba por haber perdido la poca cabeza que le quedaba.

Y aunque ella por fuera no hubiera mostrado un sólo signo de inseguridad, por dentro temblaba de miedo. Siempre había confiado en su instinto, su instinto nunca le había fallado. Rogaba a los dioses que esta no fuera la primera vez que se equivocara.

El grupo de soldados la siguió con curiosidad. Otabek a duras penas pudo llegar hasta allí aun cuando el almacén de armas no estaba más que a unos pocos metros, no entendía a dónde quería llegar Mila con esto. Aunque él jamás se rendiría debía reconocer que estaba hecho un asco, no podría aguantar un duelo contra el alfa.

Entonces entendió su plan, estaba sorprendido. Mila acababa de alcanzar dos rudimentarios arcos de madera. Por el estado en el que estaban deducía que nadie había practicado con el arco en mucho tiempo. Los comentarios bajos, sorprendidos porque la alfa eligiera esa arma, se lo confirmaron. Los hombres de Mila iban a la guerra con espadas, con nada más.

Mila tendió uno de los arcos a Chris sin variar su expresión fría.

— ¿Sabes utilizar un arco?

Chris lo tomó apretándolo entre sus dedos.

— Sí. Podría vencer con cualquier arma.

La pelirroja no hizo ningún comentario y se dirigió a Otabek, dándole el arco de la misma forma, aunque el moreno pudo sentir un hilo de ansiedad en su voz mientras ella aun sujetaba el arma.

— ¿Sabes manejar un arco?

Sus ojos se encontraron, no le había dado un arco por casualidad, lo sabía. De alguna forma ella había podido leer a través de él, esa era la brillante alfa que había admirado por años y ahora era el momento de ponerse a su altura.

Porque él también podía ver a través de ella. Entendía su plan y lo que esperaba de él, entendía su miedo detrás de su apariencia fuerte. Incluso sin que hubieran cruzado una sola palabra podían comprenderse el uno a al otro cómo si hubieran formado equipo por años.

— Son el arma de mi pueblo natal.

Ella soltó el arco en sus manos, pudo sentir como se relajaba. En serio confiaba en él, no podía fallarla.

Chris y Otabek se colocaron uno frente al otro, separados por aproximadamente treinta metros. El moreno apenas podía mantenerse en pie, aunque supiera utilizar el arco sus costillas rotas le impedían mantenerse erguido y tomar la posición correcta. Aún era más difícil si tenía que superar la velocidad de Chris que no dejaba de ser un alfa.

— Esta vez me aseguraré de que te quedes en el suelo, puta.

El rubio levantó el brazo tensando la flecha antes de soltarla directamente contra Otabek pero el beta logró lanzar la suya instantes después, partiendo la flecha del alfa por la mitad, tal y como él había hecho con su espada.

El asombro fue general, al ver como la flecha de Chris caía partida al suelo mientras que la de Otabek había tenido fuerza para seguir hasta perderse en el bosque.

— No. No puede ser.

Otabek tensó el arco y lanzó una segunda flecha. Había sido tan rápido que Chris ni siquiera pudo reaccionar.

Mila había llegado hasta dónde se situaba el alfa rubio desenvainando su espada. La flecha rebotó contra el metal colocado a la altura de la frente de Chris, logrando desviar la punta antes de que lo matara.

Los ojos de Mila y Otabek volvieron a contemplarse, en silencio, estudiando la fuerza del otro. La velocidad con la que Otabek lanzó la segunda flecha sólo podía compararse a la velocidad con la que Mila se interpuso entre ambos y desenvainó su espada.

Los ojos del beta se desviaron entonces hacia la espada de la pelirroja. Nunca la había visto fuera de su funda, tampoco la usaba cuando entrenaba. La llevaba colgando de su cinturón en una funda negra con pequeños cristales oscuros, no imaginó que la espada fuese negra también, incluso la hoja de metal se veía mucho más oscura que la de las espadas normales.

Era la espada más hermosa que jamás había visto.

—Suficiente. La pelea ha acabado.

La mente de Chris regresó en ese instante, aturdido y aún sin entender lo que había pasado.

— Pero…no acabó…dijiste que continuaría hasta que uno de los dos se rindiera.

— O hasta que uno muriera. Y tú lo estás.

No necesitaba decir más para que lo comprendiera. Si Mila no se hubiera interpuesto, la flecha de Otabek le habría atravesado el cráneo.

__________________________________________SL

Yuri cambió de postura por decimonovena vez sobre la cama. Estás últimas semanas habían dado un vuelco a su vida.

Había tenido sus objetivos más o menos claros desde que era un cachorro. Siempre quiso ser uno de los valientes militares que poblaban su familia, quería ser fuerte y que el resto lo mirara con admiración y orgullo como miraban a su abuelo.

Después había llegado un jarro de agua fría en forma de realidad, recordándole que un omega no podía pertenecer a ese mundo. Había protestado claro, gritado y pataleado, pero cuando nada de eso funcionó se había concentrado en sus libros. Le gustaba leer y escribir y lo hacía lo suficientemente bien para poder vivir de ello.

En sus sueños no estaba el pertenecer a alguien, unirse a un alfa. Él había deseado vivir en alguna casita perdida lejos de la ciudad cuando fuese mayor y su abuelo no estuviera entre ellos, escribiendo. Quizás adoptar algún niño, un omega cómo él, al que pudiera decirle que podía llegar a ser todo lo que quisiera, que no habría límites para ellos. Sin líneas rojas.

En esas semanas todos sus planes se habían deshecho y por primera vez en años no tenía un plan B bajo la manga. Se había enlazado y la idea de volverse otro omega sumiso le aterraba. Por mucho que se engañara sabía que su propio corazón estaba cambiando gracias a la marca que le adornaba el cuello.

Sus hormonas se descontrolaban cuando estaba en presencia de Jean y cuando reunía todas sus fuerzas para rechazarlo sentía una punzada de culpabilidad en su pecho. Todas las noches soñaba con él, con sus manos acariciando sus muslos y su lengua recorriendo su cuello. Despertaba empapado en sudor y tenía que recurrir a consolarse él mismo entre las sábanas, algo que siempre lo dejaba insatisfecho.

Lo único que lo había mantenido con ánimo esas semanas era la próxima visita de su abuelo. Nikolai era un oasis de paz cuando estaba con él, estaba seguro de que cuando lo viera tendría más claro los pasos que tomar a partir de ahora. Esa mañana había llegado una carta suya.

Yuri la apretó entre sus manos dando otra vuelta en la cama. Ya la había memorizado.

Su abuelo le felicitaba por el enlace con su alfa, como si fuese algo por lo que deseara que lo felicitasen. El resto de la carta estaba llena de buenos deseos, palabras bonitas y la cruel noticia de que no podría venir después de todo.

Había habido un retraso, una situación más complicada de la que previó y su reencuentro quedaba aplazado hasta una fecha indefinida. Yuri frotó sus ojos contra su manga, ya no le quedaban lágrimas, pero estos seguían estando hinchados y rojos.

Como si el destino quisiera joderlo aún más el revuelo que se oía en los pisos de abajo le indicó que de nuevo venía su tormento personal. Rápidamente llegó hasta la puerta, atrancándola con su cuerpo antes de que él la abriera.

—Yuri-chan, por favor….

— Hoy no, lárgate.

— Sabes que no lo haré, no me hagas subir por la ventana de nuevo.

Jean juró que Yuri había rodado los ojos detrás de la puerta, pero finalmente se había apartado.

Cuando entró nada le preparó para ver la cara de Yuri. Ya le habían informado de la noticia y de que el gatito estaría más arisco de lo normal, eso era algo que él podía manejar.

Pero definitivamente no manejaba tan bien ver el rastro de sus lágrimas, ni sus ojos apagados. Se sintió desesperado y frustrado por no saber cómo arreglarlo. En un impulso se lanzó hacia él y lo abrazó, estrechándolo en sus brazos como si así pudiese parar todo aquello que le hacía daño.

No había tocado al omega en sus anteriores visitas, estaba seguro de que Yuri lo rechazaría con tan sólo pensarlo pero no fue así esta vez. Estuvieron largos minutos sin hablar, sentados en el suelo, con el mayor acunándolo en sus brazos. No había ninguna segunda intención en ello, Jean sólo quería mostrarle su apoyo y comprensión genuinamente y él se permitió cerrar los ojos e imaginar que era su abuelo.

Yuri finalmente se deshizo del abrazo y rompió el silencio con semblante serio. Se veía más recuperado, aunque el mayor sospechaba que era sólo porque había tenido tiempo de armar una fachada.

— ¿Por qué viniste?

Dudoso, dirigió la vista al paquete violeta que traía consigo. En esta situación temía ser tachado de insensible, no había planeado que las cosas se dieran así.

— ¿Un regalo, en serio? ¿realmente crees que estoy de humor para más flores y bombones?

Jean tartamudeó antes de formar una frase coherente, Yuri era implacable.

— No. Esta vez no es nada de eso.

El rubio elevó una ceja, era verdad que no tenía el mejor humor para regalos pero ahora le picaba la curiosidad.

Se levantó para tomar el paquete y abrirlo, había una daga larga, simple y totalmente blanca. Yuri dejó el paquete en el suelo con desinterés.

—Pensaste que regalarme una espada te daría puntos, como si eso solucionara el que no pueda entrar al ejército, así que de camino aquí pasaste por la tienda y compraste una.

El labio de Jean tembló, no le había gustado y Yuri estaba consiguiendo que se acobardara. Y pensar que estaba seguro con su regalo esa mañana.

— N-no. No la compré, mandé hacerla para ti.

— Oh, bien. Entonces cuando descubriste que estabas enlazado a mi mandaste hacer una y ahora te la entregaron. Pensaste que así me conquistarías. Bien, te dio algo de trabajo, pero siento decirte que tengo cientos de espadas mucho más bonitas que ésta en mi casa.

Jean bajó la cabeza, avergonzado. Había metido la pata hasta el fondo y no veía la forma de arreglarlo.

— Lo siento. No quería que te ofendiera mi regalo, Yuri-chan. Pero si sirve de algo no mandé hacerla ahora. Quería dártela hace mucho tiempo, cuando tenías doce.

Yuri regresó la vista a la daga con duda.

— ¿Por qué ibas a querer hacerme un regalo entonces? Estabas comprometido con… ella— chasqueó su lengua, molesto de sólo recordarlo.

Jean enrojeció.

—¡Porque no quería ganar ningún punto contigo tan sólo deseaba que la tuvieras! …quiero decir, cuando te conocí recuerdo que estabas cargando todas esas espadas y apenas aguantabas su peso. Las espadas de la familia Plisetsky son las más bellas del mundo, tienen empuñaduras de oro y joyas, pero son demasiado pesadas para un omega—. Jean no pudo disimular una sonrisa al recordar la escena—. Después de eso, cada vez que venía siempre tratabas de atacarme con una de ellas y el peso hacía que te doblaras hacia atrás cuando intentabas darme un golpe, por eso pensé en hacerte una especial.

Yuri tomó la daga entre sus manos, era cierto que era increíblemente ligera y no sólo por tener una empuñadura simple, la hoja también parecía ser de alguna aleación especial.

—Siempre la traía conmigo, cada vez que venía pensaba en dártela, pero terminaba creyendo que la rechazarías y …fui un cobarde, tu carácter tampoco ayudaba. Hoy me atreví porque no habías rechazado los regalos anteriores, no sabía lo de tu abuelo y supongo que fui terriblemente insensible al presentarme con…

—Entonces tú…— interrumpió el parloteo interminable—. Creías en mi… ¿la hiciste porque creíste que me convertiría en un gran soldado?

— ¿Eh? No, la hice porque pensé que terminarías cayéndote al usar las otras y no quería que te hicieras daño cuando vinieras a intentar matarme.

Yuri apretó la empuñadura entre sus manos, la sombra gris de sus ojos había desaparecido para dar paso a un destello rojo de furia.

— ¡¡Deja que cumpla tu deseo, idiota!!

Jean tuvo que sujetar sus muñecas para evitar que el rubio terminara estrenando su regalo.

— ¡Lo siento! ¡Eso duele!¡Piedad!

Jean recuperó la compostura una vez que el rubio había frenado sus intentos homicidas con un puchero.

— No quiero decir que seas débil, Yuri. Eres el omega más fuerte que he conocido. Eres constante, decidido y valiente. Lo que te falta de fuerza física lo compensas con la determinación de un huracán. Pero eso no es suficiente si no hay un entrenamiento real detrás, si nadie te enseña a usarla.

Se acercó a él, tanto como para hacer que la cara de Yuri enrojeciera, y rodeó la mano con la que Yuri sostenía la daga.

— Yo puedo enseñarte a utilizarla, si quieres.

— ¿Me enseñarías a pesar de ser omega?

— No veo nada de malo en que aprendas a defenderte. Y creo que los omegas podéis hacer mucho más de lo que la sociedad piensa.

El corazón de Yuri latía con fuerza.

— ¿Sin límites?

— Sin límites.

ANTERIOR SIGUIENTE

2 comentarios sobre “SinLímites: VI. Promesas

  1. Hey este capi me gustó demasiado!!! la postura de Jean con Yura, y el como llevaron la conversa.

    y la de mila con Beka y esas escenas de pelea -Ahhhh e_e me diste en mi pinto debil, amo el shonen-/accion/como le quieran llamar xD-

    Le gusta a 1 persona

    1. A mi también me encanta este capi y la pelea de Otabek y Chris es de mis partes favoritas porque parece que estás en tensión todo el tiempo sufriendo por Ota hasta que este logra lo que parecía imposible! JJ y Yuri son terriblemente tiernos, JJ claramente se derrite por cualquier cosa que haga Yuri mientras que Yuri tiende a ocultar sus sentimientos pero eso también lo hace adorable. Poco a poco se va poniendo interesante, gracias por leer y espero que sigas acompañándome en esta historia! ❤

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