Sexto acto: Trapecios


11 años

Anticipas que algo inusual va a ocurrir ese día, Yuuri. Miras a Víctor con insistencia, esperando que él te explique qué es esa mueca extraña sobre su rostro y por qué no te recibió como siempre lo hace: con una sonrisa, un abrazo o agitando suavemente tu cabello. No obstante, Víctor mantiene su mirada al frente mientras se adentran a la carpa del circo vacío. Notas cierto temblor en la mano que sostiene la tuya y quieres preguntar, pero no te atreves: esperas a que esa mirada inquisidora que le dedicas sea más que suficiente para que él comprenda tus dudas y las responda. Sin embargo, el silencio se mantiene hasta que llegan a las gradas y, allí, eres jalado por él hasta que ambos toman asiento en primera fila. Es incluso extraño así, pues siempre suelen caminar hasta el centro de la pista para que Víctor comience su acto teniéndote ahí, justo a lado suyo, y puedas interactuar con todas las maravillas que nacen de sus manos.

En ese punto, cuando el silencio se prolonga más allá de la quietud y los incomoda, logras tomar el valor para tragarte tu timidez y preguntar:

—¿No harás magia?

El rostro de Víctor mantiene ese gesto extraño, tenso y tambaleante. Ves sus labios temblar al abrirse, al intentar gesticular una sonrisa que, más que tranquilizarte, te inquieta profundamente. De pronto deseas despertar. 

—No, hoy no. Hoy hay un acto nuevo y…

Las luces del circo entero se apagan, hundiéndolos en unas tinieblas densas donde es imposible para cualquiera mirar más allá de su propia nariz. No hubo tiempo para que pudieras descifrar el reflejo que estalló dentro de los ojos de Víctor… Ese que puede ser tristeza, que puede ser culpa… que tal vez sea remordimiento.

Te sientes más inquieto aún, más deseoso de que, por esa noche, todo termine de una vez; pero antes de que lleves tu mano al brazo para pelliscarte, una columna de luz dorada nace y se posiciona justo en medio de la pista. Ahí ya se encuentran dos figuras humanas, un hombre y una mujer, ambos adornados con trajes de lentejuelas que titilan a la vista; ambos tomados de la mano, con los dos brazos alzados al cielo en modo de presentación. Ella sonriente y deslumbrante, con su cabello oscuro recogido hacia atrás en un moño redondo y perfectamente abombado; él con el semblante serio, acalambrado en una mueca que intenta ser sonrisa, pero que se mantiene en enojo y desesperación.

Te sobresaltas al verlos y darte cuenta que ambos te observan de regreso. Tu primera reacción es ponerte de pie e intentar ocultarte bajo los asientos para escubillirte fuera, como Víctor siempre te enseñó; sin embargo, es este mismo quien te sujeta de la mano y te detiene, jalándote suavemente para que vuelvas a tu lugar. 

—Está bien, ellos ya saben de ti. Por eso, te prepararon un acto especial. 

—¿De verdad?

Cualquier duda o temor que tenías respecto a la actitud de Víctor se disipa con esas palabras. Siempre deseaste ver con tus propios ojos todos esos actos de los cuales a veces Víctor te hablaba o recreaba con pequeñas figuras de fuego. La ilusión infantil de ver tu sueño cumplido nace en ti en un destello que borra todo lo demás. Tus ojos, entonces, se concentran alegres sobre las personas en la pista, inmovibles en espera de alguna señal. 

Ya no deseas despertar, mucho menos cuando una tercera figura humana emerge más allá de la columna de luz y, con su cabello rubio y mirada coqueta, se presenta como Christophe, el maestro de ceremonias de esa noche. De la misma manera presenta a los dos actores detrás suyo: Sala y Michele, los Hermanos Uccello.

Tras la señal de Christophe, que resulta ser una alabanza hacia ti, ambos chicos lo imitan y, con pasos gráciles y artísticos de quienes exageran cada movimiento de sus extremidades, caminan hasta los extremos de la pista. La luz del reflector se parte en dos para seguir a cada una de las figuras conforme avanzan y llegan a unas escalerillas por las cuales comienzan a subir a la par. Al alzar tu vista, notas como en la cima los esperan dos plataformas, cada una con un trapecio balanceándose sin nada más allá que lo sostenga que el propio aire.

Magia.

Tu sonrisa se vuelve más amplia y te recorres al filo del asiento cuando la mujer, Sala, es el primera en tomar su trapecio y subir a él. Después, comienza a empujar su cuerpo de atrás hacia adelante hasta lograr que el columpio imite el movimiento y la lleve con él, pero con mayor fuerza y velocidad. En algún momento de ese balanceo, suelta las cuerdas y su cuerpo cae durante un segundo, el segundo suficiente para que sus manos se sostengan a tiempo en la barra y su cuerpo quede colgando.

Fue imposible que contuvieras un jadeo de impresión y miedo al creer, por ese segundo exacto, que Sala caería sin remedio. Tu corazón queda agitado, tu respiración entrecortada mientras te sostienes del asiento y ves el cuerpo de esa mujer saltar y rotar en el aire hasta llegar al otro trapecio que se encuentra vacío. Celebras cada vez que realiza ese movimiento, que pasa de un columpio a otro, recreando perfectos y hermosos giros, y sus manos logran sujetarse a tiempo. Al final aplaudes cuando vuelve a la plataforma sana y salva.

No te das cuenta que Víctor te mira atento y que sobre sus labios hay una sonrisa que demuestra más dolor que felicidad: no, tus ojos se posan ahora sobre el hombre, Michele, quien toma su turno para subir al trapecio, pero en lugar de que sus manos sean las que sostengan su cuerpo, son sus piernas, para que de esa forma quede colgando de cabeza. Sala, al otro extremo, vuelve a subir como se encontraba anteriormente. El vaivén de sus cuerpos se reinicia al unísono y, como antes, el movimiento de los trapecios aumenta hasta que ambos terminan acompasándose a un mismo ritmo hipnótico. 

No despegas tu vista, tu atención, el latido de tu propio pulso que te retumba en ambos oídos. La pequeña falda de Sala levita con el impulso del aire, sus piernas se balancean al contrario de lo que el trapecio hace y, cuando ambos columpios están cerca, ella salta hacia las manos de su hermano para ser sostenida por ellas. Da una vuelta circular en el aire, su cuerpo parece flotar durante unos segundos como si la gravedad no existiera para ella…

Magia.

Pero al estirar los brazos hacia Michele lo hace un segundo tarde, el segundo suficiente para que sus dedos solo logren rozarse, sin fuerza, y ella caiga inevitablemente al vacío. Tus ojos siguen el trayecto de ese cuerpo que se derrumba en cámara lenta…

Magia.

Y estás tan cerca del punto de su caída, del punto donde su cuerpo se impacta contra el suelo y rebota, se rompe, revienta en tantas partes que parecen saltar hacia ti… Partes húmedas de carne y sangre, de carne y huesos, esos mismos que logran traspasar su piel y desgarrarla, que se resquebrajan y giran en las direcciones opuestas.

Hay tantos pedazos rotos, tanta sangre que se esparce por el suelo y llega hasta tus pies. El olor se impregna en ti, te envenena como una constante que te será imposible de olvidar, como tampoco lo hará la imagen de su tórax abierto a carne viva, su cabeza torcida, su cuello roto y girado hacia un extremo… Y sus ojos fuera de las cuencas, sus ojos que se mueven, sus ojos que te observan…

Magia.

Entonces gritas. 

2 comentarios sobre “Sexto acto: Trapecios

  1. Y es aquí donde me fascinó por completo la historia.
    El acto de los mellizos me tuvo a la espectativa de que algo malo pasaría en cualquier momento y zaz! Estupenda descripción de un crudo momento D: ¡lo amé!

    Le gusta a 1 persona

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