AdC 40: “Recuerdos”


El vaso a medio llenar sobre su escritorio no era el primero que se había servido en aquel día.

Voronin miraba cansado aquel departamento desarreglado y maloliente que usaba sólo para reposar cuando no estaba lastimando o extorsionando a nadie.

Recordaba atento las palabras emitidas por Gregórovitch y trataba de interpretar lo que había querido decir aquella noche.

Rusia es demasiado grande y Moscú es demasiado pequeño”, esas habían sido sus palabras. Su primera idea era que Victor Nikiforov se encontraba fuera de la ciudad, pero eso no correspondía con lo que le había dicho Celestino un par de semanas atrás. Si el chico estaba afuera de Moscú, ¿como es que Celestino lo había visto allí? Y si estaba allí, ¿por qué ninguno de sus contactos había podido brindarle alguna información sobre él?

Parecía como si el chico hubiera querido mostrarse ante los ojos de Celestino para luego borrarse de la faz de la tierra. Voronin tenía la necesidad de acabar pronto con su vida, no quería tener problemas con Celestino, no sabiendo que hacía negocios con su jefe.

No entendía el capricho de matar a alguien como Nikiforov: era un niño de mamá, con mucho dinero y honrado. No parecía tener riñas con nadie, ni tampoco deber plata a alguien. Era el hombre con menos razones para asesinar y, sin embargo, ahora tenía que hacerlo, esta vez sin lugar a equivocarse. Se le había pagado por el trabajo y estaba decidido a cumplir su cometido.

Se levantó y se dirigió de mal humor a la cama, agotado por la faena nocturna que le había tocado. Al acostarse en ella se acurrucó dentro de la frazada. Cerrando los ojos trató de hacer memoria de aquel día en que lo había atrapado y se lo había llevado muy lejos de Moscú.

Aún recordaba el cuerpo tembloroso y cansado, el traje muy fino, roto y sucio por el polvo, el llanto mezclado con sudor y los gemidos de Nikiforov al ser maltratado.

Se suponía que iba a ser un trabajo fácil. Las orillas del río a altas horas de la noche ya no se encontraban llenas. Victor había caminado por aquel margen del río separado de la avenida por unas escaleras; por un lado los muros altos del Kremlin habían ayudado a mantener el secuestro en bajo perfil y al otro lado del río los edificios, netamente de oficinas, no se encontraban habitados.

El problema no había sido atraparlo, sino confiarse en que sería un trabajo fácil.
Luego de llevárselo lejos de la ciudad no se había molestado en parar en algún punto específico. Se había detenido cerca a algún bosque, en medio de la nada; se suponía que tenía que matarlo y dejar su cuerpo pudriéndose en lo profundo de un acantilado. Ni siquiera había tenido la intención de desaparecer el cuerpo porque sería imposible rastrearlo tan lejos de todo. Sí, eso había pensado. Ahora se sentía un completo idiota.

Nikiforov no sólo había sobrevivido a lo que parecía ser una caída insalvable, sino que había regresado para dejarle claro que no debía bajar la guardia por nadie.
Voronin no podía evitar sentirse personalmente atacado en vista de tal acontecimiento. Un hombre como él, trabajando por años en la mafia, asesino sin compasión, había fracasado en una sencilla misión de rutina por conformista. Debía haber conseguido el cuerpo luego de la caída y asegurarse que no se había salvado, debía haber asesinado a Nikiforov allí mismo, sin querer jugar con él, sin demasiado palabreo, sin iniciar un juego con su presa.

El asesino se volteó para poder apreciar la luz tenue filtrada por el amanecer, renegando de sí mismo, pero decidió darse una tregua. Estaba demasiado cansado para seguir pensando en ello, después sacaría cuentas del camino que había tomado y repasaría la ruta por donde habían estado.

Victor Nikiforov tenía sus días contados, al menos ese era el propósito que perseguiría esa semana. No había duda de ello.

Echado sobre la cama y abrigado con una frazada, Mischa Katsuki se hallaba sentado en cama, apoyado contra la cabecera y con el celular en la mano, extrañando de modo salvaje los brazos de Yuuri y el aroma tan varonil que su novio podía desprender al amanecer.

Llevaba una semana en Moscú y lo único en lo que pensaba era en lo mucho que extrañaba tener cerca a su hermoso ingeniero de ojos canela a cientos de kilómetros de allí.

Su vida en la ciudad había sido hasta ese momento muy apacible, no había salido más que a comprar y al cine con Phichit. Y ahora sentía, al ver el rostro de su novio en videollamada, que en un abrir y cerrar de ojos había viajado hasta ese lugar recóndito de su país donde había empezado a conocer lo que era una vida feliz.

―¿Y tú cómo estás?

―Estoy bien, con mucho trabajo, ya sabes. Se viene la época de invierno y con ello otros productos, hay que estar allí, detrás de todo. ¿Y qué tal ustedes?

―Todo bastante tranquilo. En casa, aparte de limpiar y cocinar no hay mucho que hacer. La señora Plisetsky sale mucho con Schmidt y Phichit tiene que acompañarla.

Mischa estornudó tres veces seguidas con gran fuerza y quitó los ojos de la cámara. Buscó unos pañuelos desechables y se sonó la nariz con pesadez.

―¡Salud! Amor, ¿estás bien?

―Estoy algo resfriado, pero nada grave.

―¿Estás tomando algo?

―Sólo té con limón.

―Pero…

―No te preocupes, Yuuri, es solo gripe y un poco de tos ―Tosió.

―¿Tienes dolor de garganta?

―Sí, llevo un par de días con molestias.

―Debes ir al médico, siempre la gripe puede ponerse peor.

―Sí, si empeoro voy.

―¿Pero qué esperas? ¿A tener fiebre? Debes cuidarte.

―Esta bien, si me siento mal, voy.

―¡Hazme caso! Si no vas, me voy a molestar.

―No te preocupes, papi Yuuri. Tu bebé Mischa se va cuidar mejor.

Yuuri se sorprendió al escuchar aquella frase, no pudo evitar reirse con Mischa cuando este le guiñó el ojo y le mandó un beso volado.

―Ayer fuimos al cine a ver esa película de la que hablamos la otra vez ―Mischa trató de cambiar de tema.

―¿Esa que queríamos ver? Me alegro que se hayan ido ayer al cine. ¿Y te gustó la película, amor?

―Creo que estuvo bien, pero exageraron en las críticas positivas.

―¿En serio? Tendré que verla para dar mi veredicto.

―Sí, dile a los chicos que te acompañen. Seguro se divertirán.

―Sí, les diré.

Mischa se emocionaba cada vez que podía hablar con su novio pero se preocupaba cuando, en momentos como ese, este parecía ausentarse mentalmente de la conversación. Se quedaba en silencio viendo a un punto no definido de la pantalla. No era la primera vez que pasaba y temía que las inseguridades en Yuuri arreciaran cuando lo sentía tan lejos.

―¿Yuuri? ―volvió a toser.

―¿Mmm?

―¿Estás bien?

―Sí, ¿por qué?

―Es que te veo perdido y me preocupo.

―No, no pasa nada.

―No sabes cuánto quisiera que estuvieras aquí.

Yuuri suspiró. Él también quería estar con él porque su viaje lo había llenado de preocupación. Tener tan lejos a Mischa sin estar inmerso en su vida diaria lo desesperaba. Sí, sabía que estaba con Phichit y eso le tranquilizaba, pero el saberse inútil ante cualquier eventualidad era como una bomba de tiempo que en cualquier momento podía explotar. Una tos pareció sacarlo del trance.

―¿Yuuri? ¿En qué piensas?

―¿Ah? Lo siento, cariño, estoy pensando en cosas del trabajo ―No sabía por qué, pero prefería mentir.

―¿Hay algún problema?

No había ninguno, excepto el hecho de que no se estaba dedicando por completo a sus actividades laborales por pensar en él.

―Nada que no se pueda solucionar.

―Entonces espero que pronto se solucione.

―Sí, eso espero yo también. ¿Qué planes para hoy?

―Iremos a la librería y a caminar un poco por el centro. La última vez que estuve aquí fue contigo y me gustaría regresar a recorrer estos sitios con calma.

Calma era algo que Yuuri luchaba por mantener.

―Cuídate, ¿sí?

―No te preocupes, siempre lo hago.

―Por favor busca un médico.

―No presiones.

―Y dile a Phichit que salude de mi parte a ese idiota de Schmidt.

―Ya te he dicho que no ha intentado nada…

―Aún ―Yuuri no pudo evitar terminar la oración―. No te confíes de ese imbécil.

―Está bien, papi Katsuki. ¿Algo más?

―Solo decirte que te amo.

Mischa emitió un sonidito complacido, como un niño feliz por ser acariciado.

―Yo también te amo, amor y por eso quiero pedirte que me mandes muchos besos, ¿sí?

El chico en Kiritsy lo miró a través de la pantalla y, con mucha miel, hizo lo que le pedía, emitiendo soniditos con la boca, cientos de soniditos que fueron respondidos de la misma manera. Parecía una batalla de besos interminables y juguetones. Se sumaron a ellos palabras cursis con un tono infantil que terminaron siendo muy personales.

―¿Quién es tu papi? ―Preguntó Yuuri meloso.

―Tú, tú eres mi papi. Y yo soy tu bebé.

―Sí, mi bebé hermoso.

Pronto Mischa sintió un peso cayendo sobre él. Una almohada había caído sobre su cabeza y él, sorprendido, volteó a mirar al lado derecho de la cama.

―¿Pueden dejar sus cursilerías para otro momento, por favor? No quiero morir de diabetes.

―¡Phichit, no seas aguafiestas! ―Fue la queja de Mischa, quien se quitó el proyectil que había sido lanzado y lo tiró de regreso a su amigo.

―¡No soy un aguafiestas! ¡Son las ocho de la mañana de un domingo y estoy evitando que esto termine siendo una videollamada con hombres masturbándose!

―Buenos días, Phichit ―Saludó Yuuri divertido cuando Mischa volteó la pantalla para que lo viera.

―Buenos serán para ti, que ahora seguro colgarás y usarás tu mano para darte todo el cariño que Mischa no te puede dar en la ducha.

―¡Phichit! ―Mischa no pudo evitar que sus orejas enrojecieran.

―¡Nada de “Phichit”, no dejaré que mis oídos, ni los oídos de mis hermosos hámsters se profanen con sus gemidos!

―¿Qué, ahora resultaste ser todo un padre abnegado? ―contestó Yuuri burlón.

El comentario causó que Phichit se pusiera a la defensiva.

―¡Yuuri Katsuki, llevamos demasiados años siendo mejores amigos como para no defenderme! Sigue hablando así, papi y te juro que te haré pasar tal vergüenza que te quedarás sin bebé!

Toda esa semana Gregórovitch había movido influencias, buscado contactos y perseguido en completa anonimidad a diversos personajes que le permitieran saber la razón por la que un hombre como Victor Nikiforov había caído en desgracia ante los grandes del hampa rusa. Se había esmerado por establecer conexiones, por encontrar puntos de enlace e incluso había escarbado en la historia de la familia Nikiforov.

A pesar de todo esfuerzo no había encontrado nexo alguno que lo convenciera. La familia Nikiforov no se había ganado fama de incorruptible por nada. Yakov y Lilia se habían encargado de demostrar su firmeza moral durante toda la vida. Victor, a su vez, no había resaltado en ningún área política, tan solo había obtenido algo de reconocimiento laboral. Tampoco se le conocían salidas ni escándalos; no así su hermano Christophe, quien había salido en los tabloides internacionales múltiples veces, en ocasiones en la columna de espectáculos y en otro momento en la columna de chismes.

Gregórovitch había llegado a la conclusión de que no había razón alguna para que la mafia rusa buscara vengarse de Nikiforov, por lo que empezó a buscar razones menos obvias: quizás el chico había terminado en amores con alguna novia de algún mafioso y los habían descubierto, o quizás había rechazado a alguna de las hijas de algún jefe del hampa. Fuese lo que fuese, ahora se hallaba desesperado con el teléfono en la mano, listo para grabar una nota en un buzón de voz. Esperó el timbre que le indicaba que podía dejar un mensaje y empezó.

―Buenos días, señor Giacometti, soy yo, Gregórovitch. Estoy tratando de llamarlo hace días, pero no me contesta. Hay un asunto muy serio del que tengo que hablar con usted. Llámeme por favor de inmediato, gracias.

Colgó el teléfono teniendo un mal presentimiento. Nunca había tenido problemas en contactarse con Chris y ciertamente era el peor momento para que eso sucediera.

Se levantó de la silla y se acercó a la ventana, observando con cuidado la calle, con un par de transeúntes en ella.
Si no se ponía en contacto con Giacometti pronto, temía que podía darse una tragedia y no quería que le pasara algo a Victor, no pensando que había sido tan solo una víctima de las circunstancias.

La plaza roja lucía prácticamente desierta a las once de la noche del domingo. Los cielos oscuros sin estrellas acompañaban una llovizna fría. Mischa Katsuki se había sentido decaído todo el día y con dolor de cabeza, pero se había negado a aceptar que su malestar lo venciera. Lamentablemente su cuerpo ya no daba más. No se sentía del todo bien; el dolor de cabeza había empezado al mediodía y no se había ido por completo; tenía mucho calor y, aunque no lo queria decir, no dejaba de temblar.

―Phichit ―exclamó débil mientras Phichit conversaba con el único turista que habían encontrado en el lugar a esa hora.

―Dime.

Phichit lo vio estornudar un par de veces más.

―Me siento algo cansado y con un poco de sueño. Creo que me voy a casa.

―Sí, creo que ha sido suficiente por hoy. Si deseas, podemos regresar caminando al lado del río.

―No, no tienes que venir conmigo, está bien si te quedas―exclamó rendido. Tosió un poco.

―¿Estás seguro? Porque solo quería explicarle a Charlie cómo llegar a su hostel.

―Sí, en serio, no hay problema―respondió algo desganado.

Phichit quería en verdad ir con el chico que había ganado su atención esa tarde, pero no podía dejar solo a Mischa. Sabía que estaba algo resfriado y todavía quedaban varias cuadras para llegar a su destino. Se sintió responsable del bienestar de su amigo y prefirió darle preferencia. Le indicó a Charlie sobre un papel cómo debía encontrar su hospedaje y le dio orgulloso su número de teléfono, dandole sus cuentas de redes sociales.

―Vamos, Mischa, vamos a llevarte a casa.

Mischa lamentaba que su malestar hubiera empeorado a través de las horas. 
Habían pasado gran parte de la tarde en la librería “Globus”, revisando diversas obras de sus escritores favoritos. Ahora, con una bolsa repleta de libros, se hallaban atravesando la plaza en dirección a la casa. La residencia de la familia Plisetsky se hallaba relativamente cerca. Cogieron la calle que se dirigía al río, caminando con sus chaquetas bien cerradas contra el viento que empezaba a hacerlos temblar.

―Estás muy callado, Mischa. ¿Seguro que estás bien?

Mischa sabía que ese dolor de cuerpo y calentura no podía ser otra cosa que fiebre. Estaba preocupado, pensando que quizás al día siguiente no podría levantarse de la cama. Aún así, no tenía intenciones de asustar a su amigo.

―Estoy bien, Phichit, solo algo cansado.

―Te veo rojo y bastante decaído.

―Solo caminemos hacia la casa, Phichit.

Se mantuvieron en silencio al lado del Moscova, con las luces tenuemente iluminadas. Ningún transeúnte se hallaba a esas horas por allí, probablemente porque la llovizna se había mantenido insistente y porque la hora había forzado que la gente regresara mucho antes a sus casas.

Mischa observaba curioso la superficie oscura de las aguas hacia su izquierda, mientras que las paredes titánicas e iluminadas del Kremlin, a su derecha, provocaban en él muchas sensaciones, entre ellas miedo e inseguridad.

―A estas horas de la noche siempre esta zona se ve solitaria ―explicó Phichit al ver que su amigo miraba nervioso por todos lados―. Los autos pasan siempre por aquí, pero un domingo a las once la mayoría de gente ya está en sus casas. Mejor nos apuramos, no me gusta caminar por aquí a solas.

Las pisadas de ambos hacían eco sobre la superficie del piso, fuertes y ruidosas, casi como si tuvieran una voz profunda que atemorizaba.

Cuando pasaron por debajo de un puente algo dentro de Mischa empezó a causarle terror. La oscuridad y sensación de aprisionamiento trajo consigo unas imágenes que parecían proyectarse frente a Mischa de forma paulatina y real.

Mischa fue mirando el piso, cada vez con más extrañeza y empezó a sentir que el aire en el pecho se escapaba, el respirar empezó a hacerse pesado y el frío dominó su ser. Cada paso retumbaba en sus oídos y le causaba unas punzadas muy fuertes en la cabeza.
No entendía qué le pasaba pero sentía que estar allí no ayudaba.

―Phichit ―exclamó con dificultad―, necesitamos acelerar el paso, por favor.

―Mischa, ¿estás bien?

No, no lo estaba. Su cuerpo temblaba con vehemencia y su cara pálida se transfiguraba en una expresión de terror cuando sentía que por momentos el paisaje parecía cambiar, los árboles parecían pelarse, el suelo parecía cambiar de color.

Mischa miró a Phichit asustado, sin saber cómo reaccionar. Empezó a negar con la cabeza desesperado, tomando aire para decir algo más.

―Vámonos, rápido.

Phichit se preocupó. Durante todo ese tiempo había llegado a conocer a Mischa y no era exagerado cuando pedía ayuda. Ahora parecía que la necesitaba.

―Está bien, vamos rápido ―le aseguró.

Mischa trató de concentrarse en el camino, diciéndose a sí mismo que estaba soñando, que el cansancio lo hacía ver por momentos nieve sobre el piso y las pisadas que escuchaba por detrás eran solo su imaginación. Las punzadas en la cabeza fueron sintiéndose tan fuertes que empezó a sentir deseos de vomitar.

Quiso decirle algo más a Phichit, quiso decirle que tenía miedo, que no sabía qué hacer, pero no sabía cómo.

Aceleró la marcha sin dar explicaciones, tambaleándose un poco, como si hubiera tomado vodka toda la tarde . Phichit trató de llevarle el paso como pudo, convencido de que seguro Mischa estaba con fiebre o sencillamente tenía naúseas, pero Mischa empezó a trotar y Phichit empezó a aumentar la velocidad. Phichit era más pequeño, no podía alcanzarlo tan fácil.

No entendía cómo, no entendía por qué, pero de pronto estaba con el corazón tan acelerado, que parecía estar a punto de salirse por su boca. Trató de convencerse mentalmente que no podía estar pasando, que estaba con Phichit en ese lugar, caminando hacia su hogar, pero buscó a su amigo con la mirada y Phichit ya no estaba, al menos ya no para él.

Mischa empezó a desesperarse cuando, de pronto, le pareció ver que toda la superficie se había cubierto con nieve, como si en un abrir y cerrar de ojos Moscú hubiera acabado con el otoño y hubiera pasado al invierno.

La nieve alba cubría todo, la calle desierta y la voz constante del río le daban la sensación de que ya había estado allí antes, que todo esto ya había pasado y que ahora estaba a punto de vivir una pesadilla.

Mischa empezó a correr con toda su fuerza, tratando de huir de lo que pensaba que iba a aparecer de pronto ante sus ojos, una figura, una sonrisa aterradora, alguien que lo iba a matar.

Empezó a correr cada vez más rápido, seguro de que tenía que huir, tenía que protegerse y, si podía, buscar ayuda.

Phichit le gritó varias veces, lo siguió por varios metros, corriendo, viendo cómo Mischa volteaba desesperado a verlo y trataba de alejarse mas de él.

¿Qué pasaba con su amigo? ¿Por qué de pronto parecía huir de algún fantasma? Tenía que alcanzarlo y pronto porque si huía le iba a perder el rastro. Aceleró aún mas su marcha, pero Mischa, a su vez, también. Phichit tuvo que correr despavorido para seguirlo, ya que su amigo no parecía hacer caso a lo que él le decía.

―¡Mischa, espera!―el último grito desesperado de Phichit pareció surtir efecto porque de pronto este se detuvo, volteando a mirarlo asustado, como si estuviera viendo un fantasma. Phichit pudo ver su rostro descompuesto, no observándolo directamente hacia él, sino hacia un punto indefinido en el espacio.

―Mischa, ¿pero qué?

―¿Quién es usted?

Phichit se asustó. Mischa miró por encima de él. Phichit giró sin ver absolutamente a nadie.

―¿Cómo que quién? Soy yo, Phichit…

Mischa sufría con la imagen que se presentaba ante él. Pudo ver claramente a aquel hombre con dientes dorados y todo su grupo de amigos. Se encontraban en esa orilla, frente a él, observándolo con burla y malicia. Era ahí. Estaba exactamente allí, en el sitio donde sus pesadillas habían ocurrido. Se sintió desprotegido y con la cabeza que estaba a punto de explotar.
Mischa luchaba por permanecer tranquilo frente a aquellos hombres que se burlaban de él con aquellas sonrisas macabras y retrocedió asustado, mirándolo tembloroso.

―¿Qué…qué quieren?

Phichit no entendía cómo ambos parecían estar en dos mundos completamente distintos.

―Mischa, por favor cálmate, no sé de qué estás hablando. Me preocupas.

Pero Mischa no lo escuchaba, él solo veía la nieve, el río y los hombres parados frente a él. Para él lo unico real en ese momento era la sensación de pánico, al ver que todo lo que había soñado antes y que le había causado tanta preocupación durante aquellas noches de Kiritsy se habían vuelto realidad. Él estaba ahí, frente a aquellos hombres, a punto de morir.

Pensé que era obvio ―escuchó Mischa decir a aquel hombre grande y atemorizante―. Te queremos a ti.

―¡No! ―gritó Mischa con todas sus fuerzas.

El abogado supo que lo único que podía hacer era huir para salvarse, por lo que giró y dio la carrera de su vida.

Las lágrimas caían de su rostro y el frío había pasado a un segundo lugar. ¿Por qué tenía que pasarle esto a él? ¿Por qué? Corrió sin importarle nada, quería huir y convencerse que no habían unos tipos corriendo tras él, a punto de matarlo.

Phichit trató de acelerar aún más el paso, sintiendo cómo el diafragma empezaba a molestarle por la mala respiración y el esfuerzo. Mischa tenía buen físico y sentía que poco a poco lo perdía en la distancia. El chofer lo quería y sabía que si le pasaba algo, Yuuri jamás se lo perdonaría. Phichit no podía con la culpa.

―¡Mischa! ―gritó desesperado con toda la fuerza que sus pulmones le permitieran.

Esta vez el grito fue escuchado, pero no era una voz, sino un balazo. Mischa tropezó del susto y cayó al suelo de piedra, mojándose y raspándose las mejillas. Se cubrió asustado la cabeza, esperando su final con miedo, pidiéndole a Dios que lo dejara vivir, que lo dejara ver a Yuuri una vez más, que lo dejara ser feliz como había sido hasta ese momento. Sintió unas manos sobre él y trató de gritar por ayuda, trató de gritar con todas sus fuerzas, pero su cuerpo ya no respondía. Cerró los ojos cuando alguien lo volteó y esperó su muerte, la esperó con dolor.

―Mischa, Mischa, por favor dime algo.

¿Era Yuuri? Las caricias sobre su rostro eran suaves y se fundían con las pequeñas gotas de lluvia que se mezclaban con sus lágrimas. Trató de abrir los ojos.

―¿Yuuri?―preguntó tratando de sonreir sin exito. Pudo ver a un chico con tez cobriza, con el rostro pálido y desencajado.

―¡Maldición, estás hirviendo en fiebre! En verdad deberia llamar a Yuuri.

Es en ese momento que se dio cuenta que se encontraba con su amigo.

―¿Phichit?

―Si, soy yo. No te preocupes, estás conmigo.

Sintió que el alma regresaba a su cuerpo. No iba a morir, estaba a salvo, con su amigo. Trato de sentarse sobre el suelo y Phichit se acomodó a su lado, lo tomó entre sus brazos y fue sobándole la espalda. Le dio palabras de aliento, le pidió que se tranquilizara y, aunque la tembladera seguía, el miedo salió de su cuerpo. Su estómago no pudo más, se volteó, alejándose de Phichit y empezó a vomitar. Phichit trató de apoyarlo y, cuando terminó se limpió la boca sacando unos pañuelos desechables que llevaba en el bolsillo.

―Estás mal, Mischa, hay que llevarte a casa pronto.

Mischa asintió y rompió a llorar feliz de vivir, pero odiando sentirse débil, odiando Moscú y odiando ese pasado que lo seguía a todas partes sin tregua.

―Me quisieron matar, Phichit ―explicó entre lágrimas, ahogándose por momentos con su llanto―, ahora lo sé, sé que es aquí donde me quisieron matar.

―¡Shhh! Olvídalo, ya pasó. Vas a estar bien, te prometo que vas a estar bien.

Mischa se aferró a Phichit, sabiendo que sí, que iba a estar bien porque ya no se encontraba solo como en el pasado.

―Tengo que saber quién soy, Phichit, tengo que dejar de huir de mi pasado.

Phichit lo sabía, pero no quiso hablar al respecto. Sentía que todo lo sobrepasaba, pero igual iba a esforzarse para apoyarlo. Siguió acobijándolo entre sus brazos un rato más, dándole paz, hasta que Mischa volvió a sentirse más tranquilo. Pasaron minutos en silencio, allí, húmedos y abrazados, pero más relajados. Cuando Phichit sintió a su amigo más repuesto lo instó a seguir el camino.

―Vamos a casa, Mischa. Ven, te ayudo.

El chico se levantó con esfuerzo, colocando su brazo alrededor de los hombros de Phichit y emprendiendo el camino que aún les faltaba por recorrer.

La cabeza seguía doliendo y el cuerpo seguía temblando, pero solo quería alejarse de aquel lugar, llegar a casa y olvidarse de todo lo que había ocurrido.

Nota de autor:

El pasado de Mischa no lo deja tranquilo.

Voronin no va a descansar hasta lograr su objetivo.

Gregórovitch no quiere que Victor caiga en las manos equivocadas, pero Chris no le contesta. ¿Qué debe hacer?

Adoro a Mischa y a Yuuri porque es lo más cursi que hay en el mundo xD
Hay una referencia a otro fic que amo. ¿Alguien sabe cuál es? 😊❤

Ya he empezado a escribir el siguiente capítulo. Este no está beteado, lo lamento.

Este capítulo está dedicado a mariv_ayala23 , quien acertó la trivia de la otra vez en mi página de facebook ❤

Y quiero decirles lo emocionada que estoy por el nuevo gif de otra hermosa artista Eikoblaster . ¡Muchísimas gracias!😍😘😘😘😘

Publicado por natsolano

Soy una escritora de fanfics desde hace tres años. Amo escribir y quisiera dedicarle más tiempo, amo cantar y amo a Yuri on Ice!! Lo que más me gusta escribir es romance, aunque por algún motivo termino mezclándolo con drama. Además olvidé decir que amo la comedia. Mi pareja favorita de toda la vida son Yuuri & Victor, siempre diré que mi corazón late por el victuuri, pero me considero multishipper ❤

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