AdC 29: «Llegando a Moscú»


Por cuarta vez en la semana, Chris Nikiforov se despertaba sudando y muy agitado en medio de la noche fresca de Moscú. Sus cabellos, algo ondulados y húmedos sobre la almohada, le producían un calor que no lo dejaba siquiera pensar.

Su mente parecía no poder discriminar entre el día y la noche al momento de funcionar. Seguía pensando en Victor y en aquel momento en el que había dejado a su hermano a su suerte cuando, borracho, se despedía de él fuera de su edificio.

La culpa era algo con lo que había cargado durante muchos meses. Se sentía culpable por no haber cuidado a Victor mejor, por haberle fallado de forma aparatosa y por ya no tenerlo a su lado.
Y, aunque al principio se había sentido feliz al saber que estaba vivo, lo cierto es que su desaparición voluntaria le había dejado con una gran tristeza. ¿Por qué Victor había decidido irse de Moscú sin hablar con él? ¿Por qué estaba tan tranquilo estando tan lejos de su familia y vida?
¿Acaso Victor estaba molesto con él? Chris podía entender que eso era posible, después de todo, él no se había comportado como un buen hermano. 
Pero, aunque el entendimiento podría estar allí, Chris sabía que si eso era cierto jamás se lo podría perdonar.

Victor era la única familia que lo había acompañado en las buenas y malas, el único que conocía y aceptaba todo de él. Si Victor le faltaba, su vida no iba a volver a ser la misma.

Suspiró agotado. La falta de sueño y la sensación de soledad no habían querido irse de su lado desde la desaparición de Victor y, especialmente, esa semana.

Se dio la vuelta por enésima vez sobre la cama y deseó con todo su ser que las horas pasaran casi volando. Necesitaba que el día siguiente llegara pronto.

Después del fin de semana de campamento, la relación entre Mischa y Yuuri se afianzó y el nivel de confianza entre ambos se disparó.

Habían aceptado que ese encuentro sexual se había dado y, con algo más de confianza, Mischa no había querido dejarlo en un simple momento aislado. Mischa en realidad quería vivir más experiencias junto a Yuuri como pareja.

Por eso lo conversaron y decidieron pasar esas últimas dos semanas de vacaciones juntos, pese a las miradas curiosas de Hiroko y Toshiya, pese a los memes de doble sentido de Phichit desde Tailandia, pese a los comentarios de la señora Alina de la panadería, quien había exclamado frente a todos que se alegraba al saber que Yuuri y Mischa ya convivían juntos y que les deseaba lo mejor. Pese a las miradas de la gente del pueblo cuando Mischa o Yuuri pasaban por alguna calle. Pese a todo, habían decidido seguir conociéndose y demostrándose los grandes sentimientos que compartían.

Nada había cambiado mucho, en realidad. Ambos seguían yendo a trabajar, seguían apoyándose mutuamente en el día a día y seguían yendo al cine, encontrándose también para tomar algo con Minami, Seung Gil y Guang-Hong.

Pero ya en la intimidad de la habitación de Yuuri, siguieron besándose con pasión y dedicación, brindando caricias llenas de amor al otro y recorriendo con curiosidad sus cuerpos. Entre cuatro paredes se convertían en adolescentes juguetones deseosos de experimentar, ávidos por tocar y besar al otro.
Sus manos eran su instrumento de descubrimiento, sus gemidos su mejor brújula y sus besos cargados de placer orgásmico su mejor tesoro.

Mischa y Yuuri se amaban como podían, con sus ojos perdidos en el otro y con sus bocas uniéndose al bailar una pieza romántica en la sala. 
Se amaban con sus cuerpos creando melodías al dejarse recorrer por las manos del otro en la cama, unas melodías a veces átonas cuando ambos se plagaban de deseo y placer, a veces dulces y simbióticas cuando sus manos parecían sincronizarse en los toqueteos al otro. Se amaban con sus manos acariciando la piel febril que cubría sus miembros dentro del pantalón desabotonado y la prenda interior por donde sus manos se introducían, dejándose acariciar por la tela que rozaban y la suavidad de los vellos púbicos que se encontraban a su paso.

Ambos querían descubrirse roce tras rose, entregarse a la persona que más amaban en este mundo, conociéndose de manera más íntima por medio de fuertes besos y osadas caricias. Yuuri quería descubrir todo lugar que hacía temblar a Mischa, y este se maravillaba con el rostro de placer de Yuuri cada vez que se atrevía a tocar más allá de donde el pudor le permitía.

Mischa había aprendido un poco a través del ensayo y error lo que le gustaba a Yuuri. El ingeniero se derretía con los besos en el cuello y en los lóbulos de las orejas, adoraba las palabras cariñosas que le susurraba al oído mientras las manos de su amado recorrían su cuerpo. Los besos con sonrisas coquetas y deseosas le hacían suspirar. Mischa sabía también que a Yuuri le encantaba escuchar su propio nombre escapándose de sus labios, y Mischa no dudaba en pronunciarlo cuando eran las manos de su amado las que recorrían su miembro.

Yuuri, por su parte, había descubierto emocionado que Mischa temblaba cuando acariciaba su cabello durante los besos profundos, que su debilidad era la estimulación suave de los pezones y muslos, que moría porque Yuuri lo recorriera con aquellas manos llenas de deseo. Se emocionaba con los susurros en el oído y adoraba las palabras cariñosas, las caricias y los besos luego de llegar al orgasmo.

Ambos se descubrían y se adoraban cada día más.

Claro que eso era sólo un aspecto que iban descubriendo del otro. También existían esas pequeñas-grandes cosas que se daban en la convivencia diaria.

Mischa no dormía antes de haber leído uno o dos libros de su enorme lista de cabecera, Yuuri no cedía el control remoto con facilidad, aún si se hubiera quedado dormido.
Yuuri muchas veces tenía que quitarle los lentes de lectura del rostro a Mischa porque se quedaba dormido a mitad de una página, Mischa cambiaba casi a diario la funda de la almohada de Yuuri porque en el sueño profundo Yuuri babeaba y Mischa se moría de amor al verlo tan agotado después de un largo día de trabajo.

Mischa amaba levantarse con la luz del día, Yuuri renegaba siempre al tener que hacerlo. Era como si su cama pertenecía a su cuerpo y al levantarse en la mañana parecía sufrir casi de un desmembramiento.
Por eso Mischa optaba por levantarse con sigilo, cuidando de no hacer el mínimo ruido y preparaba con dedicación el desayuno, mientras tarareaba en la cocina alguna canción.

Dejaba que su amado durmiera lo más posible hasta que la hora los presionaba. Luego de dejar todo arreglado sobre la mesa se metía rápidamente a la ducha y salía fresco y feliz.

Regresaba a la cocina y terminaba de servir la comida, al poco tiempo sentía pasos y el abrazo de Yuuri por la espalda, le besaba la nuca adormilado y murmuraba un suave «buenos días, amor», causando que se derritiera su corazón cuando, agotado, aprovechaba la nuca de su amado para recostarse y tratar de dormir parado allí nomás, usando de almohada su espalda.

Mischa reía y se volteaba, dándole un beso y acariciando sus mejillas, instándole a bañarse para empezar el día.

Para agradecer el desayuno, Yuuri preparaba con esmero la cena después de un largo día de trabajo, aunque Mischa terminaba de una u otra manera ayudándolo en el proceso.

Era un aprendizaje de ambos y una aceptación del otro que llevaba a la comprensión de pareja y adoración de los pequeños detalles, aquellos que sólo eran posibles con amor, con profundo amor y dedicación.

Mischa había tenido problemas para escoger la ropa que iba a llevar a Moscú. Yuuri le había dicho que llevara ropa cómoda pero también ropa algo formal, por lo que se había dejado pensativo. Su ropa nunca terminaba siendo deportiva, a él le agradaban las prendas con un toque más elegante pero ahora que lo pensaba, no tenía un traje tan formal. Cogió el saco gris que había guardado para una ocasión especial y le buscó una buena pareja, antes de sentirse satisfecho. Agregó al equipaje ropa interior, camisetas frescas y un par de camisas hermosas, dejó su maleta al costado de la puerta, ya estaba listo para partir.

Yuuri había tratado de planear un fin de semana lindo, romántico y algo cultural. Ya le había quedado claro que la vida natural no era para Mischa pero estaba seguro que en Moscú tendría muchas actividades que serían ideales para él.

Salieron temprano para aprovechar el día, se prepararon unos sándwiches para el camino y llevaron a Makkachin a la casa de los Katsuki. Hiroko fue quien abrió la puerta y saludó con efusividad a su hijo perdido.

―¡Mischa, qué lindo verte!

―¡Hiroko!―respondió Mischa muy feliz y abrazándola fuertemente.

―Hola mamá―dijo Yuuri fingiendo celos―, espero que también estés feliz de verme.

―Claro, hijo pero a ti ya te he visto 28 años, a Mischa no lo veo tan seguido.

―Ya sabemos que estás bien metido en tus cosas―agregó Toshiya, quien entraba a la habitación―, en cambio Mischa estuvo hasta hace poco, de una u otra forma bajo nuestras alas de padres sobreprotectores.

Los chicos pasaron un rato para conversar a groso modo de sus planes del fin de semana, les entregaron la comida de Makkachin y, antes de que se despidieran, Hiroko trajo un sobre a nombre de Yuuri.

―Cariño, esto llegó ayer, supongo que aún no has actualizado tu dirección.

―¿Qué es?―preguntó el chico de cabellos negros curioso.

Recibió el sobre y lo abrió. La misiva era enviada por el colegio de Ingenieros agrarios de Rusia. Lo leyó cuidadosamente y Mischa, a la expectativa, pudo apreciar cómo el rostro de Yuuri mutaba y su sonrisa se expandía.

―¡No puedo creerlo!―dijo emocionado―¡Me quieren otorgar un premio por promover la calidad e inventiva agraria en Rusia!

Todos cruzaron miradas y sonrisas, abrazando y felicitando a Yuuri con emoción. Todos lo miraban orgulloso y él volvía a releer la carta. Sus padres emocionados por ver el premio a todo su esfuerzo y Mischa enamorado y feliz al ver a la persona que amaba como un ejemplo a seguir.

―La premiación será en San Petersburgo, en Octubre―Siguió. Yuuri estaba muy entusiasmado y no dudó ni un segundo en mirar a Mischa a los ojos― Amor, ¿vamos?

Mischa no reparó en analizar la situación y radiante de alegría dijo que sí, tirándose a los brazos de Yuuri para besar sus labios por un segundo.
Luego se abrazaron fuertemente, compartiendo esa burbuja de amor, hasta que Hiroko la reventó.

―¡Awww, mira Toshi, le dice amor!―exclamó dulcemente. Los rostros de ambos se pusieron escarlata y dejaron de abrazarse al instante.

―Bueno, eso suena mejor que cuando me quisiste bautizar como tu conejito.

La angustia en el corazón de Chris no lo dejó dormir ni un segundo más. Al no tener con qué ocupar su mente, había tratado de pasar la madrugada practicando los diálogos que diría al día siguiente en el estudio de grabación y había tratado de demorarse en la ducha para que el tiempo transcurriera veloz. Fue en vano. Era demasiado temprano aún pero Chris no podía seguir encerrado allí, sintiendo que se pudría en vida.

Recién la ciudad empezaba a despertar cuando Chris salió apurado con el auto en busca del edificio que esperaba por él.
Había quedado que se encontrarían a las nueve de la mañana pero no podía esperar tanto. Necesitaba respuestas y las necesitaba ya.

No podía dejar de sentirse nervioso al llegar tan temprano al lugar y el cigarro encendido en su mano derecha era prueba fiel de ello. No fumaba desde hacía cinco años pero ese día lo ameritaba. No importaba si por falta de costumbre el olor a nicotina le resultaba repugnante, que su garganta quemaba cada vez que aspiraba aquel humo casi adictivo ni que le molestara que sus dedos apestaran por sostener el cigarrillo. Necesitaba hacerlo para matar la ansiedad que rebasaba sus emociones.

Gregórovitch le había prometido información real sobre la ubicación de Victor y, para Chris, el esperar hasta la hora pautada era una tortura.

Ahora se encontraba fuera del edificio de siempre y no podía pensar en nada más que en los benditos noventa minutos que le faltaban para poder ir en búsqueda del investigador.

Suspiró profundo tratando de calmarse, sacó el celular y buscó en su galería la última foto que le había sacado a Victor. Pocos segundos después se hallaba melancólico al ver a  su hermano mayor en la pantalla, sonriendo a la cámara junto a Chris en alguno de esos bares que cada seis meses obligaba al abogado a visitar.
Aunque los genes Nikiforov lo hacían un hombre hermoso, se notaban sus ojeras muy profundas y lucía bastante delgado y desmejorado. Sin embargo, esa foto representaba algo más para Chris, al menos en esa foto lo tenía a su lado y eso era lo que hacía que esa imagen valiera oro.

Maravillado, siguió observando las imágenes que guardaba de Victor, sonriendo frente a aquellos recuerdos que se sentían lejanos. Recordaba escenas, palabras y eventos que se entrelazaban en su memoria como cristales hermosos que se negaban a romperse frente al paso del tiempo. Se sintió inmerso en una hermosa telaraña de azúcar que parecía idealizar sus recuerdos hasta que, de pronto, una voz gruesa lo hizo saltar de improviso.

―Pensé que habíamos quedado para las nueve de la mañana, señor Giacometti.

―¡Por todos los cielos, Gregórovitch! ¿Quiere matarme de un susto?

―Lo siento, no fue mi intención asustarlo, yo también estoy sorprendido al verlo tan temprano por aquí.

El reclamo en su voz causó que Chris se sonrojara y se mostrara, sin querer, algo inseguro.

―Sí, bueno, no tenía nada más que hacer…

―Bueno, ya que estoy aquí, supongo que puede pasar, señor Giacometti.

Las escaleras del edificio volvieron a ser testigos de la fatiga y la impaciencia de Chris. Renegando abiertamente por el ascensor descompuesto y por la oficina ubicada tan arriba, Chris siguió durante el camino, no sin sentir que el corazón se le quería salir del pecho. Gregórovitch lucía muy tranquilo y relajado sin decirle palabra alguna, y Chris quería saber cómo diablos lo conseguía porque él se sentía demasiado cansado.

Minutos después llegaron al lugar, la puerta fue abierta con calma, el investigador hizo pasar primero a Chris, quien se apresuró a tomar la silla frente al escritorio donde ya antes lo habían hecho sentar.
Gregórovitch se disculpó un momento y desapareció por el pasillo hacia las otras habitaciones del lugar.

El reloj de pared detrás de Christophe lo volvía loco con el tic tac que causaba desconcierto en su alma. Cada tic que pasaba sentía que se moría un poco. ¿Dónde diablos se había metido el hombre? ¿No entendía que él necesitaba saber de inmediato dónde se encontraba Victor?

Se dedicó a pasar los siguientes diez minutos volteando hacia el pasillo oscuro para ver si el hombre regresaba aunque no obtuvo resultados. ¿Pero qué se creía para jugar con su tiempo así?

Empezó a mover la pierna inquieto, emitiendo sonidos insoportables y no pudiendo más con el suspenso. Cada cosa de la habitación, cada mueble mal ubicado y cada cuadro mustio fue haciéndole sentir incómodo e impaciente. La habitación fue haciéndose más pequeña, la luz que escurría a cuentagotas a través de las cortinas lo molestaba y el olor a madera húmeda hicieron crecer su impaciencia hasta el punto que tuvo que levantarse y recorrer el cuarto para tratar de olvidar que quería que el hombre apareciera ya.

Algún tiempo después sus deseos parecieron volverse realidad y apareció el hombre con algunos ficheros y un periódico. Chris no pudo evitar expresar su molestia.

―Gegórovitch, me está haciendo perder el tiempo.  Llevo aquí esperándolo una eternidad. ¡Lo que tenga que decir, dígamelo ya!

―Le recuerdo, señor Giacometti, que tengo una vida y otros clientes. Usted no tenía una cita pactada conmigo a las siete y media de la mañana, sino a las nueve, ¿recuerda?

El bufido molesto del rubio dejó muy en claro que estaba molesto por lo que se le había dicho pero sabía que no podía refutar eso.

Chris regresó a sentarse sobre el sillón mientras con las manos acarició sus sienes para aliviar el dolor de cabeza causado por la tensión. Con mucha tranquilidad, el hombre colocó el periódico y los archivos sobre la mesa antes de mirar a Chris con ojos brillantes.

―Por fin lo encontré.  No fue fácil peinar un área tan extensa y ciertamente me impresionó ver a su hermano tan campante en un pueblo medio olvidado a cuatro horas de Moscú.

Los ojos de Chris se dilataron, su corazón empezó a palpitar descontroladamente y su rostro palideció.

―¿Lo vio?―dijo emocionado―¿Qué dijo? ¿Qué pasó?

El investigador sonrió, como quien disfruta haciendo larga la entrega de un regalo a un niño en navidad. Se levantó del sillón y en silencio se dio una vuelta por toda la habitación. Adoraba esos momentos en los que tenía el poder emocional sobre otros.

―¡Por Dios, Gregórovitch, hable ya!

Se detuvo frente a Chris, quien lo miró retadoramente a los ojos y volvió a abrir la boca.

―Señor Giacometti, su hermano no desapareció a propósito. Su hermano no tiene idea de quién es.

Las palabras mojaron el cuerpo de Chris como agua helada en pleno invierno, su cerebro no parecía entender el mensaje. ¿Había escuchado bien?

―¿Cómo que no tiene idea de quién es? ¿Está hablando en serio?

―Hice unas averiguaciones porque yo tampoco lo entendía muy bien―aclaró―. Me encontré cara a cara con él y, aunque lo llamé por su nombre, él me dijo llamarse Mikhail Katsuki.

―¿Katsuki? Pero…

―Luego de ese encuentro repentino con su hermano, me di el tiempo para averiguar más en la ciudad―siguió sin darle respuesta a sus preguntas―. Al parecer Victor Nikiforov fue secuestrado por algunos malhechores y encontrado medio muerto por la familia Katsuki en medio del bosque―la cara de Chris se tornó oscura por el dolor al escuchar eso y con una mano cubrió sus labios temblorosos―. Ellos lo salvaron y le dieron casa y comida pero me temo que su hermano sufre de amnesia y no recuerda nada de su pasado.

Chris no pudo procesar la información tan rápido. Pensaba en Victor, abandonado a su suerte y herido en medio del bosque y empezó a temblar y a derramar lágrimas sin sutileza alguna, movido por la impotencia. Una cosa era saber que seguía con vida. Otra era no poder perdonarse por no haber estado allí para ayudarlo.

El investigador dejó que el actor lidiara con sus sentimientos, yendo a la cocina para servirle agua. Chris tomó el vaso entre sus manos, bebiendo de él tan pronto pudo, haciendo pequeñas pausas para respirar con dificultad.

―Señor Giacometti, su hermano se encuentra bien y eso es lo importante. Aunque desconoce sobre su verdadera identidad, ahora trabaja en el castillo de Kiritsy como mayordomo y chef de la residencia.

Chris pestañeó observando al hombre como si acabara de hablarle en swahili.

―¿Mayordomo y cocinero?―La incredulidad teñía su voz con sorna― ¡Victor nunca ha hecho trabajos en casa y no sabe ni cocer agua! ¡Lo que me está diciendo es absurdo!

―Pues aunque no lo crea, es así―siguió―. Hablé con mucha gente para verificar que mi información fuera correcta antes de llamarlo. Soy un profesional.

Chris no parecía entender nada. Se levantó del asiento tratando de ordenar sus ideas y pensó en su siguiente paso.

A la mente le vinieron todos los recuerdos de niños, todos los abrazos compartidos, la sonrisa inocente de Victor y su apoyo incondicional durante sus estudios de teatro. Chris le debía media vida de castigos evitados gracias a las mentiras piadosas de Victor, le debía sus estudios y le debía el no  haberse alejado totalmente de su familia. Y ahora era Victor quien lo necesitaba.

―Tengo que ir donde Victor. Tengo que traerlo de vuelta a Moscú, contarle quién es, el trabajo que tiene… ¡Tengo que regresarlo a su vida!

―Señor Giacometti, lo que dice es irresponsable y no lo debe hacer bajo ningún motivo.

―¡Usted no me va a venir a decir qué hacer con mi hermano!

―Señor Giacometti, entienda que su hermano sufre de amnesia. Es un cuadro muy particular y puede ser traumatizante si de buenas a primeras usted viene a decirle todo sobre su vida pasada. Él ahora tiene una vida y quitársela de pronto no es aconsejable.

―Pero…

―Entiendo que esté preocupado y que esté ansioso por verlo, pero no le aconsejo que vaya con la idea de confundirlo más. La amnesia termina yéndose con el paso del tiempo, quizás incluso ya está empezando a recordar algunas cosas, pero debe ser paciente. Por favor, no lo olvide.

Chris se sintió nuevamente impotente. El tener a Victor tan cerca pero a la vez tan lejos le lastimaba el corazón y no sabía en verdad cómo reaccionar a todo. Se sintió incapaz de pensar de forma coherente y, tratando de huir como siempre hacía, se despidió del investigador. Decidió irse al estudio de grabación, donde pasaría todo el día tratando de olvidar esa sensación de desamparo que en esos momentos lo cubría.

Ya más descansados, Yuuri y Mischa decidieron darse un baño antes de salir a comer algo. Yuuri le quería mostrar su restaurante favorito cuando vivía en Moscú y Mischa sólo quería pasar tiempo con él. El abogado sabía que una visita a Moscú probablemente le ayudaría a recordar partes de su pasado y estaba dispuesto para ello a recorrer toda la ciudad a pie si era necesario.

Eran las tres de la tarde cuando dejaron su tarjeta en recepción y se fueron a descubrir parte de la ciudad.

Ya que se encontraban prácticamente junto al Kremlin, decidieron empezar allí, tomándose selfies y fotos en la plaza roja, abarrotada de turistas y de uno que otro violinista deseoso por ganarse algún rublo.

Yuuri le contaba a Mischa emocionado sobre sus bonitos recuerdos durante su época de estudiante en Moscú, sobre algunas anécdotas con Phichit y sobre cómo pasaba sus fines de semana cuando no estaba en Kiritsy. Toda información emocionaba a Mischa, quien amaba escuchar hablar a Yuuri sobre su vida antes de él. Le parecía increíble imaginar a Yuuri en un ambiente citadino, donde él se sentía tan cómodo, sabiendo que Yuuri le pertenecía por completo a la naturaleza. Por un instante, al escucharlo hablar tan bien de la ciudad, se imaginó a Yuuri viviendo con él allí, intentando llevar una vida de ciudad. Quizás podría volverse realidad cuando el negocio de Yuuri se expandiera tanto que tendría que mover su central a la ciudad.
Eso podría ser genial. Mischa siempre podía encontrar trabajo, era joven y sabía que era más inteligente que el promedio, sabía cuántos idiomas dominaba, sabía que conocía mucho de diversos temas y manejaba los números bien. Fuera quien fuera en realidad, Mischa sabía que trabajo no le iba a faltar en una ciudad tan grande como Moscú. Algo dentro del corazón se lo decía.

Luego del Kremlin, las catedrales de San Basilio, Kazán y la plaza roja se dirigieron a comer a un pequeño local cerca de la universidad de Moscú.
Mischa trató de hacer memoria, pensando quizás que había estudiado allí, pero nada de la universidad se le hizo conocido, así que se dejó guiar por su novio, terminaron conversando y comiendo pirohzki y otras cosas típicas rusas que acapararon por momentos toda la atención de ambos. Ambos reían, se miraban y conversaban contentos con estar ahí.

Ya eran casi las cinco de la tarde cuando Yuuri decidió llevar a Mischa a un viaje con el metro.

―¿A dónde vamos?―preguntó el chico de cabellos plateados.

―Ya vas a ver, es una sorpresa.

Pasaron por muchas estaciones que Mischa conocía, que recordaba haber pisado en algún momento y que le causaban algo de nostalgia hacia lo desconocido, algo que no podía describir con palabras.

Yuuri obligó a Mischa a cerrar los ojos cuando se enteró que debían bajar en la estación Lubyanka.

Lo cogió de los hombros y Mischa tuvo que hacer grandes esfuerzos para evitar abrir los ojos por la curiosidad.
El sonido de la gente en campo abierto le avisó que se encontraba nuevamente en la calle y, de un momento a otro, Yuuri le pidió que abriera los ojos.

Cuando Mischa lo hizo se encontró frente a un  edificio enorme que captó con su nombre toda su atención.

Biblio Globus – Moscú

―Sé que te devoras libros en un par de días y sé que nada te haría más feliz que llevarte unos nuevos a la casa―le explicó Yuuri―, en el segundo piso incluso hay libros en varios idiomas así que puedes llevarte algunos en francés.

Mischa quería aventarse sobre Yuuri pero tuvo que contener sus emociones por el bien de los dos. Sabía que el tema de la homosexualidad era muy criticado en la ciudad y lo único que quería era pasarla bien con Yuuri, sin armar escándalos ni situaciones incómodas.
Le sonrió y saltó de emoción un poco, agradeciéndole por el detalle y entraron gustosos a descubrir el enorme emporio de libros que se encontraba ante sus ojos.

―No sé qué diablos sucede contigo, Chris pero ya vamos 25 tomas de esta escena y no sale nada bien.

Chris sabía que no podía hacerlo mejor. Toda la mañana y parte de la tarde se la había pasado encerrado en el estudio tratando de concentrarse en las escenas pero no lo había logrado.
La noticia del paradero de Victor y la imposibilidad de llevárselo de regreso a Moscú lo habían dejado preocupado. ¿En verdad su hermano estaba trabajando de mayordomo y cocinero? ¿Siendo el abogado de renombre que era? ¿Siendo aquel apasionado por su trabajo de pronto se había conformado con labores domésticas?

―¡Corte! Chris, de nuevo…

El rubio no estaba allí, su cuerpo estaba en automático y en su cabeza sólo había espacio para Victor.
Tendría que ir al día siguiente a Kiritsy, buscar el tal castillo donde trabajaba para saber más de él. Quizás con sus usuales encantos no necesitaba conquistar su atención con muchas palabras. Quizás podría convencerlo de entablar una amistad y…

―¡Chris, de nuevo!

El chico suspiró molesto consigo mismo y trató de concentrarse en la colega que tenía delante de él, esbozando una de esas sonrisas que sólo otorgaba cuando no quería que nadie lo molestara por algo.
Se enfocó en sus ojos y se imaginó por un momento que estaba en una situación real y que en verdad amaba a esa mujer delante suyo. Aunque nada de eso era cierto, al contrario, la actriz lo odiaba desde que se había acostado con ella y le había dicho que no quería una relación.

Se esforzó al máximo por jugar con los diálogos, por entregarlos correctamente, por intercambiar miradas y, por fin, después de todo se esfuerzo, lo consiguió.

―¡Queda! ¡Por fin!

El director lo mandó a casa a descansar, diciendo que así de despistado era inútil trabajar con él y Chris salió molesto del estudio, poniéndose los lentes de sol y partiendo hacia su hogar.

Dos horas y diez libros después, Mischa y Yuuri salían emocionados de la librería. Yuuri se había tomado el tiempo para escuchar las recomendaciones de Mischa y había terminado comprando dos libros para él. Quería regalarle a Mischa los libros pero este se negó, diciendo que ya estaba gastando mucho.
Regresaron agotados al hotel para dejar las cosas y descansar un rato.

Mischa dejó sobre el escritorio la bolsa con libros, tres de ellos en francés y uno en inglés y observó emocionado a Yuuri, quien se había recostado sobre la cama y había prendido el televisor. Adoraba a ese hombre. Aquel chico de cabellos negros y lentes anticuados que se reía de alguna estupidez que había escuchado en la televisión. Cogió sus zapatos que, como siempre, Yuuri dejaba regados cerca a la cama y se recostó junto a él, tratando de encontrarle gracia al programa que el otro apreciaba.

Media hora después ambos andaban riéndose de lo que veían, mientras se abrazaban felices, disfrutando del momento.

Casi a las siete de la noche, Yuuri empezó a roncar y Mischa le quitó los anteojos. Lo invitó a acomodarse y a taparse y Mischa se levantó para coger uno de los libros recién comprados y se abocó a su lectura.

Chris se había tomado algunos shots de Vodka cuando agotado, cedió al sueño y roncaba tirado sobre su cama. 
No había sido un día espectacular para él y lo único que quería era que llegara el día siguiente para buscar a Victor en Kiritsy.

No sabía cuánto tiempo se había quedado dormido cuando su teléfono empezó a vibrar y sonar descaradamente, renegando con algo de dolor de cabeza al despertar.

―¿Aló?

―Chris, ¿dónde estás?

Era Alek, su manager.

―¿Alek, qué pasa?

―¿Cómo que qué pasa? ¡Estoy sentado hace media hora con los del comercial y tú no apareces!

Demonios, se había olvidado. La cabeza lo mataba y no tenía ganas de nada pero el contrato era importante. No podía fallar.

―Disculpa, ya llego. Por favor, espérenme.

Renegando fue corriendo al baño, se dio una ducha fría y se cambió, sintiéndose como nuevo y en dirección a la bendita reunión a la que tenía que asistir.
Sólo esperaba que a Alek no se le ocurriera seguir la reunión de largo hasta la madrugada como normalmente lo hacía. Al día siguiente se iba a Kiritsy y mientras más temprano mejor.

Eran casi las nueve de la noche cuando Yuuri Katsuki despertó sintiéndose como nuevo.

Mischa se hallaba leyendo y le habló con cariño mostrándole una sonrisa.

―Has dormido muy bien, mi Yuuri.

Yuuri lo miró algo adormilado pero sintiéndose mejor que nunca.

―Sí, me siento como nuevo―explicó feliz, estirando sus brazos y bostezando relajado. Mischa se agachó hacia él y le dio un suave beso, que fue contestado inmediatamente.

―Tengo algo de hambre, Yuuri. Vamos a comer.

―¡Muero de hambre!—contestó con una enorme sonrisa llena de emoción.

Yuuri entonces propuso ir a un café cerca de la plaza, donde podrían llegar fácilmente caminando y que estaba abierto hasta tarde.

Se cambiaron y se pusieron pantalones cómodos y unas chaquetas para las noches frescas de final de verano. Salieron a las nueve y se enrumbaron hacia otro sitio donde pudieran relajarse.

Chris había llegado al sitio tan rápido como pudo pero eso no evitó que Alek lo viera algo molesto. Chris tuvo que sonreír y ser la persona más amigable con gente que en verdad no quería ver. Hablaron de lo mismo, de las personas de la farándula, de los próximos éxitos, del dinero, de los viajes de campaña y de muchas cosas más. Chris representaría un perfume de Dior y lo más probable era que triplicaría su fortuna al final de su contrato. No era un negocio que podía rechazar y esa era la última entrevista para conversar sobre el tipo de comerciales que haría.

―Todavía estamos a tiempo para un par de tomas en la Côte D’azûr. Pero tendríamos que arreglar una cita lo antes posible con Jean Marois de la central. Creo que si agendamos para la próxima semana estaremos bien con el tiempo.

―Por supuesto, eso sería genial―contestó Chris esbozando una sonrisa sin brillo, odiosa y vacía como la conversación que llevaban.

Minuto tras minuto, Chris sentía que le quitaban tiempo de su vida lentamente. ¿En verdad esa clase de reuniones y conocidos le agradaban? ¿Cuándo había empezado a ser tan plástico?

Le costó mucho trabajo negarse a beber alcohol. Normalmente lo hubiera tomado sin remordimientos, pero la imagen de Victor a salvo lo mantenía atento. En algún momento la conversación dejó de tener sentido para él y empezó a navegar por sus pensamientos.

¿Qué le diría a Victor, al llegar allá? No podía presentarse como su hermano, tampoco como alguien amigo de la familia. Había buscado por internet la referencia del castillo de los Plisetsky y había visto el nombre de «Mischa Katsuki» en la relación de trabajadores del lugar. Incluso habían actualizado la página y había una foto de todo el personal reunido. Atrás, sonriente, se podía ver un rostro conocido. Chris casi había gritado al verlo horas atrás y ahora se le hacía un nudo en la garganta.

Pensar en Victor como Mischa Katsuki era raro, no era natural. Pensar en Victor, un genio de los contratos y millonario gracias a su esfuerzo, trabajando de sirviente en la cocina se le hacía imposible. Era un abogado, que ahora ejercía en la cocina y en el hogar. No había en su cabeza entendimiento para la idea de un abogado de cocina. Mischa no podía ser Victor Nikiforov pero a la vez, moría porque fuera así porque ya no había que buscarlo más. Victor se encontraba allí, esperando que alguien lo buscara y allí estaría él para hacerlo.

Chris se alegró cuando por fin pudo despedirse de Alek y de esa gente detestable. Se levantaron y se fueron, prometiendo una segunda reunión.

Estaban en el Four Seasons, el último lugar donde Victor y él habían tomado para olvidar el ascenso que jamás le llegaron a dar. Se acordaba de ese día como si fuera ayer y lamentaba eso. Dolía mucho sentirse culpable por todo. Dolía mucho no poder retroceder el tiempo.

Se sentó en la barra luego de despedir a sus visitantes y saludó a Sergei, el barman que se había hecho «amigo» aquella vez de ellos. Este le ofreció un shot de Vodka pero él le pidió agua mineral antes de regresar a su casa. Se quedó pensando en lo que le diría a Victor y lo que sentiría al verlo. Tenía que pensar que su hermano no iba a recordarlo y, aunque esa idea le dolía, debía aceptarlo y tratar de entrar en confianza con él  poco a poco.

Al día siguiente se levantaría a las seis, comería algo y de ahí partiría a Kiritsy. Las cuatro horas de viaje le servirían para pensar en algo que decirle a Victor, o más bien a Mischa.
Luego de una hora se despidió de Sergei, quien le deseó buenas noches y se dirigió a la entrada del hotel.

Caminó con pasos lentos y pesados, con la cabeza baja y con los pensamientos en otro lado. Cuando se dio cuenta, había dejado los lentes sobre la barra, por lo que tendría que regresar al lugar antes de marcharse. Maldijo agotado y regresó por el camino por donde había venido.

Mischa y Yuuri habían pasado una velada muy agradable y amena en el café donde habían cenado. Conversaron y rieron enamorados, tomándose la mano porque era un café pequeño y nadie los estaba mirando. Pidieron postre, demoraron en levantarse y, cuando por fin decidieron hacerlo, eran los últimos del local.
Caminaron lentamente para cruzar la Plaza Roja y así llegar al hotel.

Para Mischa no había mejor momento que ese en su vida. No era la ciudad, tampoco el clima ni el fin de semana. Era Yuuri en su día a día, Yuuri en sus noches y Yuuri en sus sueños. Todo lo que más amaba estaba unido a él y Mischa estaba seguro que así siempre sería.
Miró curioso a todos lados y se dio cuenta que estaban prácticamente solos muy cerca a la plaza. 
No lo pensó mucho. Era el momento perfecto, con las luces y los techos coloridos, era la medianoche que los acompañaba. Era la plaza vacía, para ellos de forma exclusiva.

―Yuuri…

Su novio volteó a mirarlo y no pudo hacer otra cosa que corresponderle el beso que intempestivamente le robó. Mischa no lo dejó pensar porque lo tomó del cuello de la chaqueta y lo acercó a sus labios. Fue un beso juguetón, suave, que llevaba la alegría que embargaba su corazón. Yuuri suspiró profundamente y rodeó con sus brazos a Mischa mientras lo besaba una y otra vez.

La noche fue testigo de las palabras no dichas por sus corazones, de las caricias furtivas llenas de emociones, muchísimas más de lo que podían decir. Mischa, sin aliento colocó su cabeza sobre el hombro de Yuuri  y lo abrazó lo más fuerte que pudo, rogando a los cielos que ese abrazo fuese suficiente en ese momento para transmitir sus sentimientos.
Fue soltándose lento y se miraron, sólo eso bastó para confirmar lo que para Yuuri iba implícito en el abrazo. Observó emocionado a Mischa y de pronto, al mirarlo, Yuuri tuvo  enormes ganas de decirle «te amo» pero Mischa le hizo cosquillas que lo hicieron retroceder unos pasos.

―¡A que no me ganas!―gritó el abogado emocionado y salió disparado cual bólido.

Yuuri, riéndose de aquella acción lo persiguió como pudo pero casi resbala en el camino y tuvo que desacelerar el paso. Le gritaba «Mischa, tramposo», mientras el otro se reía y corría adelante emocionado por sentirse vivo, emocionado por ser él y tener el amor al lado y la vida que tenía.

Siguió riendo y volteando a ver a Yuuri, quién, muy atrás de él, le gritaba y reía.
Estaba a un par de cuadras del hotel y seguía corriendo emocionado cuando, de pronto, se chocó con alguien que salía del edificio por donde estaba pasando. Ambos cayeron al suelo y Mischa reaccionó rápido, tratando de levantarse para ayudar a la persona con quien había chocado. Grande fue su sorpresa cuando el hermoso hombre con cabellos rubios y ojos verdes lo quedó mirando petrificado, como si acabara de ver un fantasma.
―Lo siento, señor―dijo apenado, dándole la mano para que pudiera levantarse. El chico sin embargo, lo miró incrédulo desde el suelo y con voz quebradiza contestó.

―¿Vitya?

Después de todo, Chris no había tenido que ir hasta Kiritsy para reencontrarse con su hermano.

Publicado por natsolano

Soy una escritora de fanfics desde hace tres años. Amo escribir y quisiera dedicarle más tiempo, amo cantar y amo a Yuri on Ice!! Lo que más me gusta escribir es romance, aunque por algún motivo termino mezclándolo con drama. Además olvidé decir que amo la comedia. Mi pareja favorita de toda la vida son Yuuri & Victor, siempre diré que mi corazón late por el victuuri, pero me considero multishipper ❤

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