Tercer nivel: Tierra


No es lo que Víctor esperaba para esa noche, sin duda alguna, pero Yuuri ha tomado su decisión y no le queda más que apoyarlo en ella, aun cuando eso implique que deba salir de casa cuanto antes. Le preocupa el tono exasperado que escuchó en su voz cuando hablaron momentos antes, como si Yuuri pretendiera tener el control de las cosas cuando en realidad solo ve orificios abriéndose a cada segundo; sin embargo, una parte suya no deja de enternecerse ante tal acto de bondad de su parte. No cualquiera tomaría la responsabilidad de ayudar a un Omega en celo, sobre todo tratándose de un desconocido.

Aceptó su petición de irse de la casa para poder resguardar a ese Omega solo porque se trata justamente de uno… De ser un Alfa, Víctor se hubiera negado desde el primer instante; obviamente el instinto de ver su territorio profanado por otro de su mismo género nunca lo hubiera permitido, por más buenas intenciones que Yuuri tuviera, pero incluso sabe que él no es lo suficientemente inconsciente como para pretender ayudar a uno en celo. Además, después de todo Yuuri es su pareja, y aún él tratándose de un Beta, algo en su interior gruñe furioso de solo pensar en la idea de dejarlo a merced del celo de un Alfa.

Llama a Chris mientras se apresura a dejar la cena lista. De forma tan breve como Yuuri se lo explicó, le da a entender a su amigo por qué necesita que le dé asilo en su casa por un par de días. La respuesta es tan confusa como la que él terminó por darle a Yuuri, algunos balbuceos extraños antes de cerrar con un corto “Está bien”.

La maleta donde coloca algunos cambios de ropa solo tarda otro par de minutos en estar lista y, antes de salir de casa, deja una nota pegada en el refrigerador: un “Te amo, eres maravilloso” escrito en una pequeña hoja de papel. Después manda un mensaje directo al celular de Yuuri para anunciarle que ha salido y que puede llegar a casa ya.

Espera por un taxi justo en la entrada. Al ver al vehiculo llegar y estacionarse justo enfrente, saluda al chofer con un gesto de la mano, pero apenas logra dejar la maleta en el asiento trasero antes de notar al automóvil de Yuuri detenerse detrás. A través del parabrisas sus ojos se encuentran por un breve instante y reconoce cada gramo de urgencia y culpa que tiñe la expresión de Yuuri. Incluso temor, tal vez miedo de que él pudiera sentirse molesto porque prácticamente lo está corriendo de su propia casa por un desconocido. Claro que Víctor no lo ve de esa manera, por lo que es sencillo para él sonreírle y guiñarle un ojo, con ese dejo de coquetería que siempre le ha gustado usar a la distancia, como cuando se sonríen desde extremos opuestos del supermercado, la pista de hielo o incluso su propio hogar. Esa coquetería silenciosa de quien sabe expresarle en silencio al otro que todo estará bien.

Antes de girarse y finalmente subir, le lanza un beso en su dirección a modo de despedida. Víctor hubiera deseado ver el sonrojo de Yuuri que seguro surgió después de ese gesto, pero algo en su fosas nasales rebota con violencia y lo hace encogerse un poco: ha percibido el celo del Omega. Sus entrañas se sacuden y retuercen, al tiempo que el palpito en su corazón amenaza con volverse incontrolable. Le ha sorprendido que la peste de ese Omega haya traspasado de forma tan intensa las ventanas cerradas del vehículo de Yuuri y que el mismo aire del exterior no haya sido capaz de disipar el olor.

La urgencia de subirse al taxi e irse es notoria, sobre todo cuando siente el calor de su cuerpo subir e instalarse con violencia en cada fibra de su piel. La primera gota de sudor que resbala de su nuca es una cruel advertencia, pero para su suerte, el chofer logra intuir el peligro y arranca a toda velocidad. 

Durante todo el camino al departamento de Chris ese aroma queda impregnado en su memoria. De alguna forma le recuerda al perfume que su madre usaba cuando él era pequeño, uno que solía gustarle demasiado, pero que de esa forma, sabiendo que proviene del celo de un Omega, le genera un gusto nauseabundo que no logra eliminar.


Esa noche Víctor no puede conciliar el sueño. Le preocupa Yuuri, por supuesto, y cómo podría estar lidiando con el celo de ese Omega. Mientras está recostado en el sofá que Chris adecuó para que pudiera dormir, mira la pantalla de su celular, específicamente el chat que tiene con Yuuri. Observa sus últimos mensajes, esos donde le sugiere que compre unos supresores para dárselos al Omega y a los que Yuuri solo respondió con un presuroso “Ok”. Eso no lo había sugerido solo como un beneficio para él y que las cosas le fueran más sencillas, sino para que el propio Omega pudiera sentirse mejor.

De eso espera alguna novedad, y aunque por la hora (casi las dos de la mañana) podría creer que Yuuri duerme ya, algo dentro suyo sabe que no es así. No por instinto o alguna corazonada, es solo que Yuuri ya ha vivido muchas veces un escenario parecido y en todos ellos ya conoce muy bien las consecuencias. 

<< Imagino que no puedes dormir.

Solo diez segundos transcurren antes de que el estado de Yuuri aparezca “En línea” y este comience a escribir.

>> ¿Cómo lo supiste?

Víctor sonríe de medio lado, sintiendo algo de culpa amontonarse en torno a su garganta. De necesitar hablar en voz alta, seguro algunas de sus palabras se hubieran visto atoradas en un nudo.

<< Nunca puedes dormir durante mis celos.

Esa es una verdad absoluta que, aunque Yuuri nunca se lo ha dicho directamente, Víctor la conoce muy bien. Desde que ambos comenzaron a vivir juntos, y ante la evidente imposibilidad de compartir juntos un celo de Víctor, ambos acordaron que él pasaría esos días encerrado en la habitación de huéspedes. Víctor mejor que nadie es consciente que, durante sus celos, suele ser demasiado ruidoso, no solo por los jadeos de deseo que escapan sin control de su garganta, sino que esa misma desesperación le hace a veces azotar su cuerpo contra la pared o la puerta para intentar derribarlas, o desordenar la cama, tirar objetos del clóset o destrozar el buró. Él nunca le ha confesado a Yuuri que realmente sus celos nunca fueron tan violentos hasta que su aroma quedó impregnado en cada rincón de la casa. 

En una situación normal, Víctor no es capaz de percibir la esencia de Yuuri sino es de su propio cuerpo o sus prendas recién usadas; pero durante el celo, su percepción olfativa logra captar cada tono, cada matiz, esa dulzura suave y fresca, como de flores de cerezo a punto de brotar, que le hacen recordar cada momento en que han podido estar juntos, en que sus cuerpos le han pertenecido al otro hasta el punto de desfallecer. 

Sabe que si se lo dice a Yuuri, este preferirá pasar esos días fuera de casa y para Víctor es una satisfacción egoísta mantenerlo cerca, aunque eso termine por desesperarlo mucho más, aunque eso termine por costarle noches de sueño a Yuuri quien, imposibilitado de poder dormir, usualmente baja a la sala, enciende el televisor y pasa el resto de la noche ahí. 
Víctor se imagina que es en ese sitio donde Yuuri se encuentra en aquel momento, seguro de que los jadeos del Omega pueden llegar a ser más lascivos e incómodos que los de un Alfa.

Víctor no se esperó una respuesta así, una que logra arrancarle una alta carcajada. De inmediato aprieta sus labios y mira con miedo la puerta de la habitación de Chris esperando no haberle despertado. Cuando nota que todo se mantiene en calma y no hay ningún movimiento nuevo, vuelve su vista a la pantalla. Sabe que dentro de ese “son” lo está incluyendo principalmente a él.

<< Lo siento, no podemos evitarlo.

>> No creo que pueda dormir.

<< ¿No sirvieron los supresores?

Los minutos que Yuuri tarda en responder hacen desesperar a Víctor, pues aunque su pareja se mantiene “En línea”, no ve alguna clase de movimiento indicándole que está escribiendo. Entonces se pregunta si ha ocurrido algo. Sus dedos viborean en el deseo de llamar, sobre todo ahora que sabe que está despierto, pero finalmente ve la leyenda “Escribiendo…” que reemplaza a la de “En línea”.

>> No.

Esa respuesta corta le da mala espina, pero se abstiene de responder algo cuando nota que continúa.

>> Él no quiso tomarlos. Escupió la pastilla que logré meterle en la boca.

<< Qué extraño.

Y sin duda lo es.


Víctor siempre creyó que terminaría emparejado con un Omega. Era lo normal, lo común, lo que todo el mundo a su alrededor le dijo que debía esperar de su vida una vez fuera más grande. Siempre miró con cierto encanto a ese tipo de relaciones, creyéndose por completo el cuento de que eran dos piezas que se encajaban a la perfección. Dos piezas que podrían comprenderse en silencio, que podrían sentir lo que el otro incluso a la distancia, como si ambos vibraran en una misma sintonía de existencia.

Por eso, cuando Yuuri apareció en su vida, todo se volteó de cabeza, pero de una forma tan lenta y natural, que no lo notó hasta que era ya demasiado tarde, hasta que ese Beta había plagado cada uno de sus pensamientos, incluso esos donde más lejano debía mantenerse.

Nunca se negó a aceptar sus sentimientos, para él siempre fueron tan claros, que los primeros besos le supieron a consecuencias esperables, que la primera vez que tomó su mano al caminar lo hizo sin pensarlo, que la primera que ambos se desnudaron fue con cuidado, con tiento, sabiendo que tenía que ser de esa forma para que ambos pudieran disfrutarlo por igual, sin importar que el calor y o el hambre estallara en la piel de Víctor cada que Yuuri lo tocaba. Nunca hubo arrepentimiento en ninguna de sus acciones, nunca hubo ni una sola pizca de duda por su parte, puesto que descubrió que todo lo que le dijeron de niño siempre fue verdad: que tarde o temprano encontraría a esa otra pieza que lo complementaría de manera ideal, con el cual entenderse incluso en sus silencios, con la cual compartir un mismo sentido de existencia. Solo que se equivocaron en el género con el cual ocurriría todo eso.

No solo se trataba de Yuuri intentado parecerse a un Omega, imitando hábitos, cumpliendo deseos que ingenuamente Víctor tuvo en su juventud; era por ser él, por ser ese Beta que supo adentrarse a su mundo sin volverlo un desastre, que lo supo cuidar hasta que logró plagarlo todo con sí mismo, hasta que le dio a entender que era él, que eran los dos, que podrían ser esas piezas que se encajan una con la otra aunque sus formas no fueran las esperadas.

Así que Yuuri podría hacer mil nidos en su intento de imitar a un Omega… o nunca haberlo hecho, ni una sola vez, pero eso no cambiaría en absoluto el amor que Víctor siente por él.


>> Es alérgico a los supresores. Es lo que me ha dicho.

>> Aún tiene fiebre, pero por lo menos ya puede hablar mejor.

>> Y eso me dijo.

>> También me dijo que su nombre es Bastian.

Víctor, extrañado al no haber escuchado nunca algo así, investiga en internet. Por supuesto, encuentra algunos casos sobre ello, tanto de Omegas como Alfas, que resultan alérgicos a alguno de los componentes de los supresores. Por ello, son imposibilitados de tomarlos para controlar sus celos y deben ser muy cuidadosos con sus ciclos. No son casos muy numerosos realmente, pero por lo menos le tranquiliza saber que lo que ha dicho ese Omega es verdad y que eso explica bastantes cosas también.

>> He podido hablar con él un poco más. Me contó que su celo se adelantó, que debía llegar dos días después. Por eso no se encontraba en casa.

>> Suena muy agradecido porque le ayudara. Incluso quiere pagármelo de alguna forma.
  
>> Obviamente le he dicho que no es necesario.

>> Es agradable…

Víctor alza una ceja. ¿Agradable?

<< ¿Agradable cómo?

>> No sé…

>> Solo es agradable.

<< Es una forma muy curiosa de referirse a un desconocido, ¿no?

Yuuri ve el mensaje, pero la respuesta tarda en llegar un par de instantes más de los necesarios, los mismos en los cuales Víctor siente subir un sabor ácido por su garganta.

>> ¿Espera?

>> ¿Estás celoso?

>> ¡Víctor!

<< No lo estoy.

Claro que lo está.

>> Eres un idiota.

>> Le he hablado de ti, ¿sabes?

>> Bueno, él me preguntó por qué vivía con un Alfa, ya que percibió tu aroma desde que llegó.

>> Y también vio nuestra foto, la que pusiste en la habitación de huéspedes.

Víctor puede evocarla en su memoria a la perfección, ya que esa es su foto favorita de toda la vida. Es una que Chris les tomó de improviso, cuando habían ido a pasar la tarde en la pista de hielo donde se conocieron. En ella, los dos se encuentran patinando juntos, en el momento justo en que Víctor decidió alzar a Yuuri entre sus brazos como si ambos interpretaran una coreografía en el hielo. Sus miradas solo están enfocadas el uno con en el otro, y con sus rostros tan cerca, como si estuvieran a punto de besarse si sus sonrisas no fueran tan amplias para lograrlo. Es hermosa, a Víctor le encanta admirarla siempre y escudriñar a detalle cómo es que Yuuri parece tan cómodo y seguro entre sus brazos, cómo es que no muestra ni un solo atisbo de duda o temor por creer que podría tirarlo, o cómo se aferra a él, cómo se miran creyendo que el mundo entero está frente suyo.

>> Así que le conté sobre nosotros. 

>> Estaba muy sorprendido.

>> Pero fue bastante agradable su reacción.

>> Dijo que nunca había conocido a una pareja como nosotros, pero que eso le parecía admirable.

Víctor no sabe en qué momento comenzó a sonreír… Y no tanto por las palabras que ve escritas, sino porque se imagina la clase de conversación que Yuuri ha tenido con ese Omega, pues siempre se sonroja cuando habla de él, cuando habla de su relación: primero lo hace con frases cortas, titubeantes, algo avergonzado y temeroso hasta que poco a poco toma confianza y permite que sus labios sonrían, que la luz ilumine sus ojos y cada rasgo de su expresión. Víctor nunca será capaz de dudar un solo segundo del amor que Yuuri siente por él y, justamente por eso, a veces se torna desesperante que no pueda transmitirle esa misma seguridad a Yuuri sobre su amor, uno por el cual sería capaz de hacer lo que fuera.

<< ¿Y qué le contaste exactamente?

>> Que te amo.


Hay un ramo de rosas rojas en su mano cuando Víctor baja del taxi. Siente su corazón latir ansioso, lleno de tantos deseos de poder estrechar finalmente a Yuuri entre sus brazos como si su tiempo separado de él hubiera sido mayor a un mes en lugar de tan solo tres días. Pero es imposible para Víctor no enternecerse por lo que Yuuri hizo y no buscar recompensarlo de alguna manera. 

Sabe que cuando abra la puerta de su hogar, el Omega ya se habrá ido, y estará ahí Yuuri esperándolo solo a él. Piensa en que tal vez es una buena ocasión para que salgan a comer juntos y que, a su regreso, es también la ocasión perfecta para recordarle cuanto lo ama mientras sus cuerpos se convierten en esas piezas que encajan a la perfección.

Se detiene justo frente a su puerta. Saca las llaves de su bolsillo mientras todo su gesto explota en emoción y prepara la mejor de sus sonrisas para cuando Yuuri lo vea, pero justo al meter la llave correcta en la cerradura, se detiene al percibir un aroma muy parecido al perfume de su madre… Ese que tanto le encantaba… Ese que ahora ha hecho explotar al mundo a su alrededor en tan solo segundo.

Un jadeo queda atorado en su garganta cuando gira su cuerpo, completamente tieso, y ve frente suyo a un joven de cabello castaño y ojos azules, quien lo observa con la misma expresión atónita que él también tiene sobre su rostro. Los labios de ambos tiemblan, titubean, pero ninguno parece feliz de ese encuentro pese a que sus cuerpos han comenzado a convulsionar en calor y agonía, en necesidad y deseos de rasgar su ropa, su piel, su propia carne para arrojarse hacia el otro. Y, sin embargo, ninguno es capaz de moverse, ni para alejar la vista ni para alejarse a sí mismo y huir de lo que el instinto les está ordenando que hagan.
Víctor debió imaginarlo cuando el olor llegó por primera vez a su nariz hace tres días atrás, la forma como su cuerpo reaccionó, la forma en que su corazón casi deseó deshacerse en su pecho y toda su piel se encendió en llamas. Justo como ocurre en ese momento.

—T-tú… tú eres…

Víctor quiere gruñir, gritarle con todas sus fuerzas que se largue, pero apenas es capaz de mover su cabeza en negación, pues es su propio cuerpo el que grita, el que con desesperación le ruega que vaya hacia él, su Omega destinado, y se complementen.

El joven, Bastian, da un paso para acercarse, pero Víctor logra utilizar toda su fuerza para obligar a sus músculos moverse hacia atrás. Su espalda debió toparse en ese momento con una puerta cerrada, pero esta fue abierta en ese justo instante.

—Víctor… —La voz entusiasmada que pudo salir de los labios de Yuuri se mengua en la sílaba final, cuando sus ojos ven el escenario extraño sin lograr comprenderlo del todo. Varias preguntas surgen al reconocer la espalda y el cabello de Víctor, pero este no se gira para verlo; al notar que Bastian ha vuelto, pero sus ojos están clavados sobre los de Víctor y no lo mira de vuelta. Es como si para ellos se hubiera vuelto invisible, como si ambos se encontraran en una especie de limbo en el cual es incapaz de entrar. Yuuri desea preguntar qué ocurre, pero la presión que se ha quedado en su pecho lo sofoca y le impide decir más. Y, aunque se siente ajeno a lo que ocurre en esas dos miradas que se devoran en silencio, la verdad es que ambos, tanto Omega como Alfa, son conscientes de su presencia, del meollo que están provocando en su persona.

Los labios de Víctor no dejan de temblar, y es por ello que son sus orbes gélidos los que terminan por expresar sus deseos, esa orden al Omega de que no se atreva, que no lo diga… Y que se largue de una maldita vez. Víctor casi se atreve a mostrar sus dientes en contra suyo, como si le gruñera al estar amenazando la estabilidad de su hogar. 

—Ah…

Bastian jadea tratando de recuperar el aire. Su rostro se ha sonrojado, sobre su frente se notan las primeras gotas de sudor. Y, aun cuando su cuerpo entero se agita en violentos temblores, es el único que logra recuperar mínimamente la compostura para decir algo.

—Yuuri. Yo… lo siento. No encontraba mi cartera. Creeí que pudo haberse quedado aquí, pero… Creo que ya sé donde está. Lamento molestarlos…

Por supuesto, para Yuuri es tan extraño que Bastian le hable sin mirarlo directamente, que sus ojos sigan clavados en Víctor como si fuera incapaz de apartarlos de él. Y como ni siquiera lo mira antes de irse, antes de que su cuerpo comience a moverse con lentitud, con pesadumbre… y algo que parece dolor.

—¿Qué ocurre…? ¿Víctor?

La voz de Yuuri tiembla… La voz de Yuuri se tiñe en duda y temor. Víctor lo reconoce y toma un gran suspiro para tratar de aspirar algo de aire fresco, algo que no esté contaminado con ese hedor frutal que sigue recordándole al perfume de su madre. Cuando de su vista finalmente desaparece la figura del Omega y logra girarse, se estrella contra Yuuri en un fuerte abrazo, uno donde lo aprisiona con necesidad y dominio, uno que lo hace trastabillar por unos segundos, haciéndolos peligrar con caer.

—Solo que te extrañé mucho. Y que te amo demasiado. Demasiado, Yuuri.

Yuuri escucha las palabras de Víctor vibrar en una sintonía tan baja, tan doliente, que incluso logran que todo su ser se encoja como un papel arrugado. Corresponde el abrazo, más porque cree que el corazón de Víctor va saltarle del pecho en cualquier momento y desea evitarlo. De pronto, siente la nariz del Alfa restregarse contra la piel de su cuello y aspirando con fuerza su aroma una y otra vez, como si quisiera inundarse en ella para olvidar el de alguien más… Después siguen los besos, esos mismos que comienzan a subir por su barbilla hasta encontrarse con sus labios. Esos mismos que a Yuuri le saben a ansiedad. A desesperación. A heridas.

Aunque la cabeza de Víctor es consciente de que eso es lo que deseaba, también se ahoga en la agonía de haberse separado de su destinado… Porque esa separación le comienza a doler, comienza a crujir en cada uno de sus huesos al tiempo que percibe que algo dentro suyo se desgarra hasta dejar un vacío que, durante algunos segundos, parece incapaz de llenarse. Sin embargo, el calor y la sola presencia de Yuuri, de esos brazos que sostienen con firmeza su cuerpo a punto de desmoronarse, logran tranquilizarlo un poco.

—Víctor… 

El Alfa sisea en sus labios y lo hace callar. Ambos lo saben, ambos lo entienden, pero si ninguno lo menciona en voz alta, ambos podrán fingir que ese momento nunca ha existido.

—Yuuri, te amo.

No solo se trata de Yuuri haciendo nidos para llenar huecos inexistentes, es Víctor dejando que su parte Alfa agonice porque su corazón, al fin de cuentas, es el único que realmente manda, y es el que ha elegido a Yuuri ahora y para toda la eternidad. 

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