SinLímites: II. Raíces


Ya está aquí el segundo capítulo de SinLímites. Un nuevo alfa aparece ¿adivinan quién?
Disfruten de la lectura.

Yuri movió su pierna con nerviosismo. Tenía los brazos en jarras mientras seis doncellas lo envolvían en toneladas de seda fina.

Le habían cosido un top blanco, color que representaba la pureza, sin mangas. Únicamente las dos tiras de la tela que formaba la prenda salían de ella, cruzándose en el cuello y anudándose en su nuca mientras su vientre que, según las mujeres, era una de las partes que más atraía a un alfa, estaba totalmente descubierto, dejándolo enseñar claramente su ombligo.

Sus muslos también fueron cubiertos por la misma tela, enredados hasta imitar a una túnica blanca que finalizaba muy por encima de lo que eran sus rodillas. ¡Ni ropa interior le habían permitido usar!

Para contrarrestar el inmaculado atuendo, le habían colocado brazaletes brillantes de oro en muñecas y tobillos, señalizando que era un omega adinerado y de buena familia; Sus pies por el contrario iban descalzos. Era una costumbre que alfas y omegas acudieran sin calzado para poder sentir la conexión con la tierra. No en vano, ese bosque era llamado Raíces pues el aura que emanaba la floresta hacía emerger la naturaleza más profunda de las personas, sus deseos naturales y los instintos básicos de unos y otros.

La vida en sociedad, las ciudades, hacían que sus habitantes ocultaran sus instintos tras normas sociales y etiquetas, eso también cegaba sus sentidos y los desnaturalizaba. Los alfas y omegas especialmente, tenían un vínculo muy estrecho con su lado salvaje, y el sufrimiento de debilitar o romper ese vínculo primitivo podía llegar a hacerlos enloquecer.

Por eso las ciudades eran construidas cerca de bosques y montañas naturales, y por eso el ritual de apareamiento se llevaba a cabo allí también. Para no perder su conexión original con la tierra y las raíces que los unían a ella.

Se creía que en Raíces se formaban parejas complementarias, destinadas incluso, pues, cuando el bosque limpiaba sus auras de la toxicidad de las ciudades sus sentidos despertaban y las almas gemelas podían reconocerse fácilmente. Como si sus auras se contemplaran desnudas.

Yuri bufó cuando le apartaron el cabello de la cara para trenzarlo a los lados, dejándolo suelto en la parte de atrás. Llevaba horas sintiendo todas esas manos tocarlo a base de tirones y pinchazos de aguja, llenándolo de cumplidos que, lejos de alagarlo, lo estaban poniendo de peor humor.

Relájate. Sólo unas horas más y podrás escapar de esta tortura. Se repetía a si mismo.

Dos de las betas discutían casi a gritos sobre si usar maquillaje o no en el omega. La primera sostenía que era símbolo de elegancia y refinamiento y que no podía ser de otra forma para una ocasión tan importante, y la otra por su parte opinaba que su cara sin él destacaría su pureza.

Al final, resolvieron maquillarlo de forma muy natural. Un brillo en los labios y unos ojos delineados de forma suave en los extremos fue todo lo que le pusieron. Aunque la segunda mujer siguió refunfuñando por algún tiempo sobre lo bonitos que eran los rasgos de Yurio sin necesidad de adornarlos con polvos.

Y era cierto, su piel era blanca e inmaculada de manera natural, sin imperfecciones. Sus labios tenían un rubor natural muy atractivo y sus ojos brillaban como esmeraldas, sin necesidad de resaltarlos.

Cuando hubieron terminado los preparativos fue montado en el caballo más bonito que había en el establo. Un pura sangre canela, también acicalado para la ocasión.

Casi vomita al ver como su León-Tigre tenía ahora la crin trenzada y adornada con flores silvestres. Por el contrario, el caballo relinchó feliz cuando vio a su dueño sentarse en su lomo. A él no parecían importarle las flores en su cabello.

Los nervios comenzaron a acumularse en su estómago. Esperaba que Mila se olvidara de él cuando se adentrara en el bosque para cazar a algún omega pero, ¿y Otabek? ¿podría cumplir su palabra de sacarlo de allí?

Varias doncellas y un grupo de soldados del ejército le escoltaron hasta llegar a los límites del bosque. Mila también los seguía en su propio caballo, mucho más seria y concentrada que de costumbre, parecía no apartar la vista de él.

Respiró para tranquilizarse, repitiéndose a sí mismo que todo iba a salir bien, que era si no se calmaba cuando alertaría a los soldados de que algo pasaba y adiós a su plan.

Los límites del bosque estaban llenos de familias que llevaban a sus omegas debutantes orgullosos; se respiraba todo un ambiente festivo contrario al resto del año en el que se ciudad estaba bastante tranquila. Muchas personas vestían máscaras en honor a los espíritus del bosque y los alfas también tenían adornados sus cuerpos con pinturas de guerra y tribales para atraer la buena fortuna y la caza exitosa. No había duda de que el ritual de emparejamiento era la fiesta más esperada del año por sus habitantes y los vecinos de reinos amigos.

Yuri fue bajado del caballo para ser llevado con el resto de omegas, todos vestidos de blanco, justo antes de que el sumo sacerdote apareciera encendiendo el fuego sagrado.

El anciano comenzó a dar la bienvenida a habitantes y extranjeros para después anunciar el comienzo de las fiestas y continuó su discurso con voz solemne, recordando que esa tradición se venía sucediendo por generaciones e invocó la ayuda divina de los espíritus para que se formaran relaciones amorosas y duraderas. Para terminar, bendijo a los omegas debutantes para que el espíritu de la fertilidad les concediera el don de dar a sus alfas cachorros sanos y fuertes y a los alfas, deseando que encontraran la fuerza en sus corazones para proteger a su patria y sus parejas omegas.

Pero Yuri apenas podía oír sus palabras entre los gritos y cuchicheos de sus compañeros omegas. Especialmente cuando alguno de los alfas, situados en el extremo opuesto de la celebración, miraba en su dirección y sus compañeros chillaban como colegialas enamoradas.

—¡No me importaría que cualquiera de ellos me tomara!

Yuri se encrespó. Por esa razón jamás se había hecho amigo de ningún omega, eran tan estúpidos.

Los alfas reunidos eran todos jóvenes, altos, fuertes y por demás, atractivos. Mila también se encontraba allí con ellos. Ella había dejado su expresión de seriedad para lucir su típica sonrisa y bromear con el resto de sus compañeros alfas. Los malditos se lo estaba pasando en grande, emocionados por lo que venía mientras él temblaba de nervios.

Su vista entonces se posó como una flecha que vuela directa hasta la diana, en un alfa moreno que también reía enseñando una hilera de dientes perfectos al lado derecho de su prima.

Sus manos cerradas se tensaron y comenzó a gruñir inconscientemente, con los dientes apretados.

Así que ese estúpido y odioso alfa también iba a participar en el ritual.

El sacerdote alzó la voz por encima del resto para indicar que alfas y omegas podían adentrarse en el bosque.

—Cuando la música de las campanas del templo repique en vuestros oídos será la señal para dar comienzo la cacería —anunció marcando sus palabras mientras los participantes abandonaban los inicios del bosque.

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En otro lugar, Otabek había llegado a uno de los flancos del bosque, una zona desierta de personas que pudieran descubrirlo. Era lo más cerca que podía colocarse de la entrada sin ser sorprendido por algún paseante curioso. Si Yuri caminaba en línea recta, como habían acordado, podría encontrarlo y sacarlo de allí antes de que comenzara la cacería.

Él se había puesto un suéter negro a juego con sus pantalones oscuros, y guardaba un cambio de ropa igual de oscura para Yuri en su mochila. Esperaba que con eso y algunas provisiones —una hogaza de pan y algo de salchichón seco y queso que había sacado de la despensa— pudieran pasar la noche, al menos.

Apenas se había adentrado en el bosque, mientras trataba de convencerse de que no sentía miedo. Él no era un cobarde. Sólo eran nervios porque se estaba jugando el cuello de muchas formas ese día.

Si lo descubrían, lo mataban. Eso era un hecho.

Además, ese bosque estaba prohibido para los betas. Era un lugar sagrado, sólo para alfas y omegas, que él no tenía derecho a pisar. Podía sentir murmullos en el aire, como si los árboles tuvieran voz y trataran de advertirle. También un aura fría e inquietante comenzaba a calarle el cuerpo hasta los huesos.

Apoyó su espalda en el tronco de un árbol de enormes raíces, acurrucándose a sí mismo contra él hasta que vio a Yuri aparecer a toda prisa.

Entonces se levantó del suelo y agitando los brazos lo llamó discretamente para que pudiera localizarlo. El omega se acercó trotando alegremente hasta él al verlo, y Otabek le tendió la mochila que instantes antes llevaba a la espalda.

—Hay un recambio de ropa de camuflaje, ve a cambiarte, yo te esperaré aquí.

Yurio abrió la mochila, comprobando la muda de pantalones, camisa y zapatos que se veían de su talla.

—¡No te entretengas! Incluso si Mila está participando en el ritual, sólo le tomará unas horas darse cuenta de que escapaste.

—Aah… ¿unas horas? ¿en serio? —La respiración de ambos se cortó y lentamente se giraron hacia la tercera voz con los cuerpos rígidos como piedras. La alfa pelirroja se veía imponente, con cierto brillo de diversión en sus ojos y una sonrisa que avecinaba lo peor, bailando en sus labios —. Da gusto ver lo poco que confían en mis habilidades.

Yuri fue el primero que reaccionó, temblando de frustración mientras la acusaba con el dedo.

—¡¿Qué estás haciendo aquí?! ¡Deberías…! ¡Deberías…!

Y Mila fue incapaz de aguantar una carcajada, frustrándolo más.

—Vamos Yuri, ¿mi adorable primito dejándose vestir, escoltar y entrando al bosque por su propio pie sin hacer ningún berrinche? Obviamente tramabas algo, sólo tuve que seguirte.

El omega gruñó. Debía haber supuesto que Mila no sería tan fácil de engañar, analizaba todo como si fuese la estrategia a seguir en una batalla.

—¡No pienso participar en esta mierda! ¡No me uniré a ningún alfa!

La mirada de la pelirroja cambió a una mucho más dura. Tomó a Yuri de sus mejillas, levantándole la barbilla para que le mirase a los ojos.

—Lo harás. ¿Sabes por qué? Porque no me apetece ver como mi primito pasa el resto de su vida solo y amargado. Doblándose de dolor en cada celo, sin nadie que pueda ayudarlo. O violado por cualquier viejo desgraciado que se aproveche de que no has sido marcado.

Mila lo soltó, había desplegado todas sus feromonas de alfa y su dominio se sentía en el aire, asfixiante tanto para el omega como para el beta que no se atrevían a pronunciar palabra.

—¡Y tú! —Mila se giró hacia el moreno, mordiéndose el labio instantes después.

¿Cielos, de verdad era un beta? Era cierto que sus facciones no eran de una belleza andrógina como las de su primo, pero no es que fuese un problema para ella. Le gustaban los omegas masculinos y duros, aquellos con los que podía desfogarse y desplegar su dominio sin estar temiendo que se rompieran. Y su altura era… ¡absolutamente perfecta!, el tamaño ideal para que pudiera manejarlo y someterlo. Encontrar un beta masculino de su estatura era como encontrar una bella flor en el desierto, amaba las cosas inusuales.

Sacudió sus pensamientos volviendo a concentrarse. —El castigo por secuestrar a un omega de mi familia es la muerte.

Otabek se tensó, pero no dio un paso atrás, sosteniéndole la mirada. La pelirroja debía admitir que estaba impresionada, también era un beta valiente.

—¡No puedes! ¡Mila! ¡No te atrevas!

—¡Silencio, Yuri! —El aludido gimoteó pero cerró la boca.

—Acepto mi castigo.

Mila se volteó hacia él, sorprendida.

—Hice esto por Yuri, ya aceptaba que si fallaba sólo me esperaría la muerte y estoy dispuesto a asumirlo.

Ella sonrió. Un pequeño beta con agallas que estaba dispuesto a asumir las consecuencias de haber perdido una batalla mejor que muchos oficiales alfa que había conocido. Podía ver el orgullo de un soldado reluciendo en él.

—Decidiré el castigo después del ritual, puede que me suavice si las cosas salen bien a partir de ahora —Dirigió una mirada de reproche a Yuri y este bajó la cabeza asintiendo, después miró al beta.

—Me esperarás en tu habitación hasta que yo llegue. No salgas hasta entonces o lo consideraré una huida. Créeme, no llegarás lejos.

Otabek también asintió y Mila quitó la mochila de los brazos de Yuri para devolvérsela.

Cuando el beta se fue, la joven alfa tomó a su primo por el codo llevándolo al interior del bosque.

—Yuri, es normal que los omegas primerizos tengan miedo, después de todo no sabes lo maravillo que en realidad es y … vi a los alfas que participan, todos son jóvenes y guapos. Serás feliz con cualquiera de ellos.

El omega gruñó por toda respuesta. Era inútil razonar con ella, como todos los alfas tendía a minimizar los problemas de los omegas y pensaba que si se rebelaba contra esa forma de vida era por “miedo” y “cabezonería”.

Las campanas del templo comenzaron a repicar, y el sonido flotó durante minutos en el ambiente, como si pequeñas campanas invisibles siguieran tocando en el aire o el bosque deseara hacerlas oír de forma sublime.

El ambiente también cambió, las pupilas de Mila se rasgaron como las de un depredador felino. Ella dio un beso en la frente de Yuri antes de perderse en el bosque.

“Todo irá bien, diviértete”.

Fueron sus palabras de despedida.

Yuri sintió todos los nervios concentrándose en su estómago, sus piernas deseaban correr y eso fue lo que hicieron.

Todos los omegas corrían cuando se internaban en el bosque, no por miedo sino por estrategia.

Los alfas buscaban omegas fuertes, capaces de darles muchos hijos y aguantar los partos; un omega que era cazado fácilmente era considerado débil e indigno del alfa. Entonces ocurría lo peor para cualquier omega que soñara con formar una familia, el alfa copulaba sin dejarle su marca por encontrarlo indigno y sin asumir ninguna responsabilidad sobre él después.

Encontrar un alfa que se comprometiera con un omega ya desvirgado era casi imposible. Así que en ese caso, los omegas más acaudalados recurrían a la vergonzosa práctica de “pagar marido” y los menos afortunados, frecuentemente acababan como segundos esposos o prostitutos en tabernas de mala muerte.

Pero Yuri no corría para demostrar que era un omega digno ni para dar juego a un alfa. Corría deseando escapar de allí, deseando sobrevivir a la noche, sin obtener una marca en su cuello.

Nunca había corrido descalzo, le molestaba hasta pisar el suelo frío de su casa cuando se levantaba de la cama pero, sorprendentemente, sus pies se acostumbraron bien a correr por la tierra, la hierba y las ramas. Como si su cuerpo siempre hubiese estado hecho para ello.

La sensación de adrenalina lo inundaba y el corazón parecía galopar contra su pecho, sentía todo el bosque entrar en sus pulmones con cada bocanada de aire, por increíble que pareciera se sentía…feliz. Como si flotara, como si siempre hubiera pertenecido a ese mundo. No recordaba hace cuanto no corría y dejaba salir su lado salvaje de esa manera, probablemente nunca lo había hecho.

De repente, su oído podía captarlo todo, podía oír pájaros y pequeños roedores escabulléndose a sus madrigueras cuando él corría muy cerca de ellos. También el sonido de las ramas pisadas que dejaban los pequeños animalitos cuando cruzaban sobre ellas. Motivado por la sensación que provocaban las endorfinas hizo algo que, en cualquier otra ocasión, hubiera considerado estúpido.

Gritó. O rugió.

Un sonido que nunca antes había emitido salió de su garganta. Se sentía todo un tigre.

Fue justo después que se dio cuenta de lo que había hecho, cuando un corpulento alfa salió a su encuentro, cortándole el paso con una sonrisa macabra en la cara.

Caminó dos pasos hacia atrás antes de empezar a correr en dirección contraria, pero fue inútil. El alfa en apenas unas zancadas se había puesto delante de él y vuelto a cortar el camino de huida. Yuri volvió lentamente hacia atrás, sobre sus pasos, mientras él se acercaba, acechándolo, a la misma velocidad.

Bajo la oscuridad de la noche apenas podía enfocar bien lo que parecía un hombre, su cabello se veía oscuro pero en realidad creía que podía ser un rubio ceniza. Sus ojos también se veían negros y la sombra que despedían le daba miedo.

-Vete….no quiero nada contigo… ¡vete, idiota!

El alfa emitió un gruñido peligroso y Yuri se desconcentró, su tobillo se dobló e, inevitablemente, cayó de culo sobre el suelo.

Oyó al desconocido reír maliciosamente, preparándose para saltar sobre él, no podía hacer nada, la diferencia de fuerza y de habilidades físicas entre alfas y omegas era demasiado cruel.

Aun así, lejos de rendirse, tomó una piedra y la lanzó con todas sus fuerzas, golpeándolo en la cara.

El alfa se sobó el golpe y, cambiando su cara por una furiosa, rugió. Un sonido aterrador, muy diferente al que él había hecho antes. Los ojos del alfa ahora estaban tan inyectados en sangre que Yuri creyó ver el infierno a través de ellos.

Tenía miedo, mucho miedo. Ese hombre parecía querer hacerle verdadero daño. Todo su cuerpo empezó a temblar y su vista se volvió borrosa.

Cerró los ojos pensando en lo desagradable que sería su primera vez y esperó segundos a que sucediera lo inevitable, concentrando sus fuerzas en no llorar… pero nada ocurrió. Cuando abrió los ojos, vio la espalda bien formada de otro alfa justo delante de él, protegiéndolo. Era increíble que no lo hubiera oído llegar, cuando estaba tan cerca que podría tocarlo si solo estiraba sus dedos.

El primer alfa rugió antes de lanzarse sobre su salvador, Yuri seguía teniendo la vista borrosa pero podía distinguir uñas y colmillos afilados. Era un espectáculo sangriento y bárbaro, pero lejos de encontrarlo repulsivo, se sentía fascinado.

Estaban peleando por él.

Y su cuerpo  empezaba a sentirse caliente, enfebrecido. Un calor que parecía originarse en su vientre bajo y se extendía hacia el resto de su cuerpo. Abrió las piernas, tratando de aliviar el fuego, mientras veía como el misterioso alfa recién llegado tenía al primero contra las cuerdas.

El pensamiento de escapar ahora que los alfas estaban ocupados, cruzó fugazmente su mente, pero no se movió. En lugar de eso comenzó a producir sonidos bajos, como ronroneos, llamando al alfa… su alfa. Las feromonas del celo se despertaron por primera vez en su vida.

Su alfa había obligado a huir al anterior, podía ver que sus brazos descubiertos poseían bellos músculos llenos de heridas aún sangrantes, pero no le importó. A ninguno de los dos. Solo quería sentirse rodeado por esos fuertes brazos, ser acariciado por sus manos grandes. Quería que le calmara el ardor que comenzaba a ser insoportable.

De vez en cuando, incluiré dibujos y otros edits en esta historia. Los dibujos son originales para el fic y de mi autoría. Si deseean ver más pueden consultarlos en esta página (Facebook).
Para el próximo capítulo ¡Se viene el lemon!

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