Un sueño


—¿Cómo se encuentra?

Víctor se sienta ante un cristal grueso, cuyo grosor impide que escuche la voz de Yuri al otro lado. Por eso, ambos deben comunicarse a través de un auricular.

—Eso debería preguntarte a ti —Víctor lo dice por la imagen de Yuri que tiene frente a él: un cabello largo que, en el extremo derecho, parece haber sido cortado por alguna navaja; una herida sobre la mejilla que no se encontraba ahí la última ocasión que lo vio; un overol naranja algo sucio, como si se hubiera arrastrado por el suelo durante varios metros.

—No bromees, anciano. Si has venido hoy, es porque algo ha ocurrido.

Víctor suspira. No tiene más opción que ser directo e ir al grano. De todas formas, no tienen mucho tiempo.

—Encontró los registros, Yuri, sus memorias. Te lo había comentado la última vez: él de alguna forma te recuerda. Lo siento, parece que no realizamos un buen vaciado de sus registros.

—¡Maldita sea, anciano! ¡Solo tenían que sacarle todas sus memorias!

Yuri se ha puesto de pie de forma abrupta al momento que, con uno de sus puños, golpea el vidrio que tiene frente a él.

Las guardias que se encuentran más cercanos a ellos reaccionan ante el levantamiento de voz y la violencia. Se apresuran hacia Yuri con obvias intenciones de someterlo y llevarlo de vuelta a su celda, pero Víctor se levanta de inmediato y les hace una señal para que se detengan, asegurándoles que todo está bien.

Cuando vuelven a su sitio, Víctor y Yuri se encuentran de nuevo sentados, uno frente al otro en completo silencio. Este último parece a punto de estallar en llamas mientras espera alguna otra palabra, alguna solución.

—Hay… alguna forma en que esto no vuelva a ocurrir —comienza Víctor, pero el tono que utiliza le hace entender a Yuri que su respuesta no es la solución que desea escuchar—. Pero, para ello, deberemos borrar los registros para siempre, sin almacenarlos en algún sitio. No habrá forma de recuperarlo. Yuri, cuando salgas de aquí, no podrá recordarte.

La ira parece difuminarse de sus pupilas y, en cambio, se muestran varias señales de tristeza y dolor. Sin embargo, contrario a lo que aparece con claridad sobre sus ojos, muestra una sonrisa en los labios.

—Él es tan idiota que vendrá si me recuerda, si sabe que estoy aquí… —la voz de Yuri se corta al tragar algo saliva seca de una sola vez—. Hazlo. Lo único que quiero es que esté bien.

No quiere escuchar el “Lo siento” que Víctor le dedica. Se pone de pie, cuelga el auricular y camina por el pasillo que lo sacara del área de visitas.

Nunca se ha arrepentido de las decisiones que lo llevaron hasta ahí, de estar pagando por un delito que no cometió; pero la idea de que Otabek lo olvide para siempre si logra hacerlo trizas, bajar sus últimas defensas hasta que, una vez en el resguardo de su celda, ya no es capaz de soportarlo más.

Todo es su culpa: él fue quien no supo defenderse del hombre que intentó violarlo, por eso Otabek lo atacó, lo mató, para salvarlo cuando no pudo hacerlo por sí mismo. Se culpabilizó porque un ciborg que asesina a un hombre merece ser desconectado y, con ello, que su parte humana muera. En cambio, al ser Yuri catalogado como el asesino, sobre todo al ser por “defensa propia”, solo debía pagar varios años de encarcelamiento. Por eso decidió que era lo mejor.

Siempre le generó esperanza y fuerza que, una vez saliera de ahí, Otabek podría recuperar los registros que Yuuri y Víctor quitaron de él. Todos sabían que ese ciborg era capaz de penetrar las paredes de la prisión con tal de sacar a Yuri de ahí. Y ninguno lo deseaba, el esfuerzo no habría valido la pena…

Pero, justo ahora, ¿dónde obtendría la fuerza para soportar los cinco años que le hacían falta de su condena si una vez afuera encontraría a un Otabek para quien solo sería un completo extraño?

Simplemente se deja caer sobre la litera de arriba al momento en que escucha la puerta de la celda abrirse. Supone que es su compañero y sabe lo terrible que la pasara si este es capaz de ver sus lágrimas.

—¡Yuri!

Se levanta de golpe.

Esa voz.

No…

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