AdC 18: “Reflexiones del corazón”


Una mañana de primavera, como una de tantas, Mischa se levantó algo cansado pero muy feliz.

Era más fácil para él despertar en esa época del año. Los pájaros se escuchaban fuera de la ventana desde temprano, adornando el comienzo del día con sus cánticos, el sol salía para levantarle el ánimo y el aire ya no provocaba el tiritar automático del cuerpo.

A través de las cortinas, los rayos solares calentaban los colores sobrios de la habitación y la convertían en un sitio agradable y brillante para despertar. Abrió los ojos lentamente, dando paso a la luz a través de sus retinas y miró perezoso al techo.

Ya con varios meses inmerso en el mundo culinario, Mischa había descubierto muchas cosas. Tenía la oportunidad de ganar más tiempo libre si se apresuraba en sus labores y ya había aprendido a través de múltiples tutoriales por YouTube a cocinar diversos y sabrosos manjares.

Algunos platillos no le salían para nada bien, sobre todo los postres, pero para eso siempre tenía de reserva algunas latas de conserva de frutas variadas, que pudiera añadir al helado de vainilla que religiosamente mantenía en la nevera. El helado nunca tenía pierde y siempre era bien aceptado.

Le gustaba su trabajo porque no era extremadamente demandante y, terminando su turno, no tenía más en qué pensar. Su vida era suya después de la cena y muchas veces salía con Yuuri o Phichit o leía algún libro.

Ser mayordomo le había dado a Mischa un estilo de vida que jamás Victor Nikiforov hubiese podido imaginar. Ahora podía cocinar, limpiar, administrar una casa y, sobre todo, tenía una familia que lo amaba y se alegraba de verlo los fines de semana.

Ese amor estaba implícito en cada almuerzo y cena juntos, en cada partida de cartas, de scrabble o de monopolio que compartía con la familia Katsuki.
Estaba implícito en las galletitas y el vaso de leche que le llevaba Hiroko por las noches, en las palmadas cariñosas en el hombro de Toshiya, en los mimos de madre que Hiroko le daba cada vez que podía y estaba implícito, especialmente, en el corazón de Mischa.

Mischa era una persona feliz, una persona valorada, querida y protegida. Tenía, quizás, un pasado nebuloso pero era, sin lugar a dudas, un desconocido orgulloso y satisfecho de su presente.

Mischa Katsuki amaba su vida y respetaba su trabajo.
Amaba su tiempo libre y amaba a su familia. Porque sí, para él no habían dudas en el corazón. La familia Katsuki era su familia. No se imaginaba una vida mejor.

Y lo único capaz de sobrecoger a su inocente y poco experimentado corazón era ese sentimiento de apego que había nacido en Mischa desde un tiempo atrás hacia el hijo menor de la familia Katsuki.

Yuuri era especial para Mischa por muchos motivos.

Era, como principal motivo, la persona que lo había salvado de la muerte, le había ayudado a recuperarse, lo había apoyado aunque fuese un desconocido sin pasado, un hombre sin perspectivas aparentes.

Yuuri lo había aceptado así, exactamente como era: un ser en proceso, en camino a conocerse, una persona que se estaba creando paso a paso y eso había generado un cariño por Yuuri que no tenía comparación.

Yuuri era un hombre transparente, sincero con sus pensamientos y opiniones, dadivoso con su tiempo y dedicación.

Mischa sentía muchas cosas por ese Yuuri con el que chateaba a cada rato, con el que iba al cine y con el que reía y jugaba en casa de los Katsuki.

Y justamente esas muchas cosas se encontraban ese día muy presentes en su cabeza, como nubes cargadas de preguntas sin respuesta.

¿Qué estaba pasando con él? ¿Por qué no podía dejar de pensar en Yuuri? ¿Eran celos los que Dema causaba en él? ¿Por qué había disfrutado tanto el contacto con Yuuri aquel día en que regresaron en el auto de Phichit? ¿Era acaso normal sentir la piel erizarse con el mero contacto con la suya? ¿Por qué su corazón tenía la necesidad de saber de él a toda hora?

Mischa consideraba que Yuuri poseía muchísimos atributos personales, capaces de atraer a cualquiera. Su amigo era guapo, inteligente y muy bueno. No creía que Dema fuera una digna pareja para él. Yuuri necesitaba a alguien atento, inteligente, dedicado, sensible, y, aunque Dema cumplía con algunos de esos puntos, lo cierto es que Mischa nunca parecía estar convencido de que fuera el correcto para Yuuri.

Él, en cambio…

―¡Dios, pero qué diablos estoy pensando!― negó con su cabeza una y otra vez, con la esperanza de que con ese movimiento podría espantar aquel pensamiento que acababa de posarse sobre él.

Pasado un rato, Mischa se metió a la ducha y trató de pensar en otras cosas, haciendo una lista de todo lo que tendría que hacer ese día.

Primero serviría la primera comida del día.
La señora Plisetsky se iría después del desayuno a sus clases de bicicleta estacionaria, el señor Nicolai probablemente se encerraría en la biblioteca para leer sobre la guerra fría, y el joven Yuri y él partirían hacia la pista de patinaje tan pronto Mischa terminara de lavar los servicios.

Esto lo emocionaba sobremanera.

El chico mismo lo había invitado y sentía curiosidad por la razón.
Aunque no había hablado mucho con él, sentía que las cosas iban por buen camino. ¿Quién hubiera imaginado que el patinaje artístico los uniría?

Una vez puesto el uniforme, se miró al espejo. Sonrió complacido al darse cuenta de que por fin se veía saludable y bronceado. Era la primera vez, desde que había despertado con amnesia, que se sentía satisfecho con su apariencia.

Se dirigió sin prisa al ala central del castillo. Los corredores se le hacían familiares y ya se sentía cómodo en la propiedad. Conocía todo de ella y se manejaba casi como el dueño allí.

En la cocina se entretuvo con la vajilla y la preparación de las cosas. Mientras preparaba todo, se puso a cantar una canción.

Era la favorita de Yuuri.

“¡Ahhhhh, deja de hacer eso!”. La vocecita interior seguía manifestándose y lo volvía loco con cada intervención intempestiva.

Lo salvó por la campana Yuri Plisetsky, quien entró con prisa, como siempre y se dirigió a él.

―Oye, Mischa―Lo llamó el rubio muy casualmente, mientras este guardaba unas tazas.

―Dígame, joven Yuri.

―¡Dime sólo Yuri!

―Está bien, disculpa. Dime, Yuri.

―¿Cuánto falta para el desayuno? Tengo hambre.

―Ya voy a empezar a servir, joven, quiero decir, Yuri.

Yuri gruñó y se sentó en el pequeño comedor de diario. Aunque Mischa le daba la espalda, podía sentir cómo esos ojos esmeralda perforaban su espalda, a tal punto que los sentía casi casi encima suyo.

―¿Mischa?

―¿Sí?

―He escuchado que Yuuri Katsuki está buscando ayudantes para este verano en sus terrenos, ¿es cierto?

Mischa, en efecto, había escuchado a Yuuri decir que pondría un anuncio en el periódico de Kiritsy para darle trabajo de medio tiempo a los chicos jóvenes que entrarían dentro de poco a vacaciones de verano.

―Pues sí, es cierto.

―¿Puedes hablarle bien de mi? Necesito el dinero.

Notó cierta incomodidad ante la petición por parte del rubio. Probablemente sentía que estaba rebajándose a mendigar un puesto de trabajo. Lo volteó a mirar con ternura, otorgándole una leve sonrisa.

―Yo le diré que serías de mucha ayuda.

Los labios de Yuri temblaron en un gesto que bien podría ser una sonrisa ínfima. Luego de eso, el intercambio de palabras cesó.

Cinco minutos después Yuri se iba al comedor a desayunar. Su madre y su abuelo le dieron el alcance y sólo hablaron rápidamente de lo que harían ese día.

Sin saber qué más decir, la familia siguió comiendo hasta que el desayuno se dio por concluido. Cada uno tomó su rumbo. Phichit llevó a la señora al gimnasio, Nicolai se fue a la biblioteca y mientras tanto, Yuri tomó su bolso y se dirigió a la cocina para esperar por el chofer.

Mischa enjuagó en silencio la vajilla, mirando de reojo cada cierto tiempo al joven. Este jugaba con una servilleta que había sacado del servilletero sobre la mesa.

Quince minutos después llegó Phichit a la casa. No esperó encontrarse al rubio sentado en la cocina, por lo que saludó y se disculpó:

―Joven, buenos días, disculpe que los interrumpa.

―Pasa, Phichit―dijo Mischa de lo más informal. Ya que Yuri le había dado la autorización para tutearlo, lo iba a tratar como alguien más de su círculo de amigos.

Phichit hizo lo que su amigo le había dicho y pensó dos veces antes de sentarse en la misma mesa del joven Plisetsky. Lo miró curioso, sin estar seguro de cómo reaccionaría y Mischa volteó a preguntarle al rubio:

―Yuri, ¿A ti no te molesta que Phichit se siente aquí, no?

―No―contestó muy seco.

El joven Yuri no era muy sociable con los trabajadores. Por esa razón, Yuri había terminado sentado cerca de Phichit sin emitir palabra alguna.
Jamás era malcriado con ellos, pero sencillamente tenía la sensación de no tener nada que decirles.

Diez minutos después de un silencio algo incómodo, los tres fueron en rumbo hacia la pista de patinaje.

La pista de patinaje de Kiritsy era la más grande de la zona. El equipo de Hockey regional entrenaba allí temprano por la mañana y, a partir de las 9, la pista era abierta para el público en general.

Cuando llegaron, la pista estaba vacía. Ese día era feriado y Yuri se había propuesto pasar un par de horas en el hielo.

Phichit y Mischa se sentaron en las gradas mientras observaba al joven Plisetsky calentar. Al principio, el chico se limitó a dar vueltas alrededor de la pista, acelerando y desacelerando la marcha. Así se quedaron observándolo, entre comentarios sobre alguna nueva película en cartelera y la mudanza de Yuuri ese fin de semana. Al rato, Phichit tuvo que disculparse y salir pronto para recoger a la señora Plisetsky, por lo que Mischa se quedó sentado frente a la pista. Una vez a solas con Mischa, el cuerpo de Yuri se relajó.

Mischa podía sentir la satisfacción de Yuri en el hielo. La mirada atizada y concentrada del joven podía impresionar a cualquiera. Parecía que nada importaba más que el hielo. El joven hizo, poco después, unos estiramientos que dejaron a Mischa perplejo.

Yuri, mientras tanto, se sentía como en casa cuando patinaba. Desde que había recibido los patines se había sentido totalmente feliz. No quería admitirlo abiertamente pero sentía que le debía esa felicidad a Mischa Katsuki. Mischa, a quien había odiado desde aquellos arranques de su madre por buscar placer con los corsés. Mischa, el mayordomo algo tímido y muy educado que al principio parecía tenerle miedo.

Ese Mischa estaba ahora ahí, frente a él y quería demostrarle que la fe depositada en él valía la pena.

Pensando en ello, se dio un par de vueltas más alrededor de la pista, acelerando y desacelerando la marcha de forma natural, elevando los brazos con movimientos gráciles, que imitaban los suaves vuelos de las aves. 
Las piernas, la espalda, la forma cómo el cuerpo parecía sucumbir a una simbiosis con el hielo, todo se prestaba para hacer más icónica la escena.

Una vez con la sensación de que sus músculos quemaban deliciosamente, Yuri se acercó hacia las gradas para mirar a Mischa. Por primera vez en esos meses, Mischa vio en Yuri un pequeño tigre, maravillado con el hielo frente a él y deseoso por experimentar más. Sus mejillas, rosadas por la exigencia física, se tiñeron aún más cuando miró a aquel mayordomo, a quien le debía en parte la sensación de felicidad que lo acompañaba.

Yuri nunca había sido el tipo de persona demasiado amigable, siempre estaba a la defensiva y luchaba por tener ese aire de rudeza, por esto mismo jamás en su vida había pensado tener a alguien que como su mayordomo, le ayudara de manera desinteresada. Yuri podía llamar a Mischa un verdadero amigo.

―Escucha―dijo el menor, mirando fijamente a su mayordomo―, he estado preparando mi rutina en todo este tiempo, perfeccionándola para que te des cuenta que haberme comprado estos patines no fue un desperdicio de dinero. Mira lo que hago con ellos y trata de ver lo que yo amo del hielo.

Mischa lo miró sorprendido y asintió, se sentía orgulloso de saber que el pequeño tigre ahora sí podía ser libre de disfrutar su pasión sin sentirse humillado solo por adorar algo diferente a los demás. Mischa sabía que había hecho un buen trabajo, y apreciaba la nueva amistad con el joven Plisetsky.

―¡Mas te vale que no te distraigas! Porque cuando sea un profesional, todos desearán haber visto mis inicios.

De nuevo Mischa sonrió, con el orgullo resplandeciente en sus ojos. Entendía ahora la manera de comportarse de Yuri, sabía que muchas veces, en sus oraciones toscas iba escondido un mensaje suave o una plegaria de un niño que rogaba atención.

Yuri sacó el celular y unos pequeños parlantes, que colocó frente a Mischa y encendió la música que Mischa antes había escuchado en el cuarto del joven.

Yuri levantó suavemente su rostro al cielo, colocando sus manos en el pecho. Se deslizó en retroceso de una manera delicada, formando ondas que marcaban el hielo.

Cada paso, cada movimiento de brazos, pies y caderas, cada cosa parecía hilvanar una cadena de sensaciones, de sentimientos y de pasión.

La música acompañaba los suaves y delicados movimientos hechos por Yuri, quien parecía entregar su alma entera en esos minutos sobre la pista.

Un silencio imposible de prever en la tonada dio de pronto paso a un salto espectacular que dejó a Mischa anonadado. El mayordomo no pudo evitar quedarse con la boca abierta cuando, en la rutina, Yuri volvió a saltar tres veces más, otorgándole en total dos triples y dos dobles, que dejaron al único espectador sin palabras.

Mischa supo que había terminado cuando Yuri quedó estático en medio de la pista, con los brazos levantados hacia el cielo. No pudo de dejar de aplaudir entusiasmado. Nunca se había sentido tan feliz de gastar 300 euros en un par de zapatos.

Una vez recuperado el aliento, el rubio patinó hacia el lado de Mischa, quien lo esperaba con una sonrisa. Esbozó la primera sonrisa completa que Mischa había visto de él en su vida y se dirigió a él.

―Quise que vinieras, Mischa, para demostrarte lo que es el hielo para mi.
Siempre he odiado el hockey y me he despreciado por practicarlo, aún en contra de mi voluntad. Lo he hecho por mucho tiempo, para cumplir las expectativas de otros. Primero las de mi abuelo y las de mi madre y segundo la de mis compañeros de equipo.

Mischa podía comprender a lo que se refería. El hacer algo sólo para satisfacer a los demás parecía ser algo con lo que antes había experimentado. Lo podía sentir en su interior.

―Desde que recibí estos patines, me he dado cuenta de todo el tiempo que perdí, tratando de hacer a otros feliz y desentendiéndome de lo que yo mismo quería para mi. Me he dado cuenta que he sido miserable porque no he luchado por lo que amo. Pero ya no volverá a ser así.

La seguridad y determinación del rubio era avasalladora. Sus ojos le brillaban, como si a través de sus palabras, pudiera dominar el mundo.

―En verdad me alegra saber eso, joven, quiero decir, Yuri―Mischa aún tenía que aprender a tenerle confianza a ese chiquillo que le estaba abriendo una parte de su corazón.

―Ya decidí que hablaré con mi abuelo y mi madre, pero primero quería enseñarte lo que soy capaz de hacer. Trabajaré en el verano para pagarte por los patines.

―No tienes que hacer eso―contestó Mischa―, con que seas feliz es suficiente para mi.

Yuri lo observó con seriedad.

―¿Y tú eres feliz?

La pregunta del joven lo cogió desprevenido.

―¿A qué te refieres?

―Bueno, no te lo tomes a mal pero eres un sirviente, haces lo que otros quieren que hagas. ¿Eso te hace feliz?

La pregunta era válida. 
Ser mayordomo no era su oficio favorito pero no lo detestaba para nada. Más bien agradecía serlo. Le daba dinero al final del mes, nada de estrés al momento de ir a dormir y tenía todo el fin de semana para pasarla en familia, y con Yuuri. Al pensar en él y  en sus momentos juntos no pudo evitar sonreír.

―No sólo se es feliz con las cosas que tienes o haciendo algo en particular―Le respondió Mischa―, muchas veces son las personas a tu alrededor la razón de tu felicidad.

―¿Entonces quién te hace feliz?

Mischa se quedó inmóvil ante tal pregunta. No le salían las palabras pero sabía, muy dentro suyo, la respuesta.

Mischa era feliz con las caricias maternales de Hiroko, con los momentos cómplices con Toshiya pero, sobre todo, era feliz con Yuuri.

Se ruborizó ante tal pensamiento. El adolescente que lo acompañaba, sin embargo, no esperó respuesta y regresó al hielo, para seguir saltando y ejecutando bellos pasos.

“Estás pensando en un hombre”, sintió que le decía la vocecita.
Y sí, era cierto, estaba pensando en un hombre pero eso ya se había vuelto algo normal en su día a día.
Todo el tiempo pensaba en Yuuri. Cuando estaba feliz, era porque estaba con él o porque pensaba en él. Y cuando no lo tenía cerca, lo extrañaba y pensaba en lo que haría apenas lo viera.

Yuuri Katsuki hacía feliz a Mischa. 
Su felicidad la provocaba él. Incluso en ese momento  pensaba en él y sonreía como bobo.

Se sintió más confundido que antes cuando recordó aquella sensación de hormigueo corporal al tener la nariz de Yuuri recorriendo sutilmente su cuello en el auto de Phichit.

Recordó la quemazón en la parte baja de su vientre causada por aquella situación, recordó los abrazos tiernos y entregados de Yuuri, las cosquillas y las sonrisas hermosas que le regalaba y no pudo evitar que se le escarapelara el cuerpo.

Recordó sus bellos ojos rasgados y saltarines, llenos de intensidad y colores chispeantes, recordó sus brazos fuertes y su espalda hermosamente cincelada.

Recordó sus cabellos lacios y azabaches, rebeldes y juguetones durante el día pero hermosos cuando se peinaba hacia atrás. Recordó su voz, tan varonil pero a la vez tan suave. 
Recordó su preciosa risa y había en ella razón suficiente para sentir miles de mariposas más en el estómago. Porque sí, las sentía, sentía mariposas revoloteando agitadas y locas.

Mischa de pronto se sintió algo mareado. En verdad Yuuri provocaba algo en él, algo fuerte e imposible de negar. Algo que ni sus creencias ni la vocecita interna podía evitar.

―Oye, estás pensando en Katsuki, ¿verdad?

La voz de Yuri, acercándose al borde de la pista para hablarle, lo sacó del trance emocional en el que se encontraba.

―¿Qué?―preguntó distraído. El cúmulo de sensaciones que lo acompañaban era demasiado embriagador para prestar mucha atención.

―Katsuki. Estás pensando en él.

Su rostro enrojeció como tomate. Fue tan obvio que Yuri rió escandalosamente.

―He visto cuando hablas de él con Phichit. Es asqueroso. Tus ojos brillan y tu rostro se ilumina.

Mischa no podía decir que no. Hablaba siempre emocionado cuando era sobre Yuuri. Se tragó su orgullo, sonrió a medias y contestó:

―Sí, estoy pensando en él.

―Estar enamorado es lo peor―Le dijo Yuri, burlón―te vuelves un zombie sin cerebro. Por eso no me enamoraré nunca.
El chico volvió a dar vueltas en el hielo pero todo era nebuloso alrededor de Mischa.

“Estar enamorado es lo peor…”. Las palabras de Yuri resonaron fuertes en su cabeza. ¿Acaso eso era lo que le pasaba? ¿Estaba enamorado de Yuuri?

Pero Yuuri era un hombre, eso no podía ser.

Pero, a la vez, Yuuri no era cualquier hombre. Yuuri era el mejor hombre que había conocido Mischa, el más amable, el más gracioso y el más inteligente que recordaba conocer en toda su vida.
Yuuri, además, era la razón por la que él seguía con vida . Si Mischa estaba ahí, era porque Yuuri lo había salvado.

No se imaginaba en realidad una vida sin Yuuri. Su vida tenía sentido porque él estaba allí. Mischa no pudo evitar sentir la sudoración fría en su cuerpo. Se le había bajado la presión y se sentía mal.

Felizmente Phichit no tardó en llegar a recogerlos. Yuri desapareció en los vestidores y ambos amigos se dirigieron al auto para esperar por él.

― ¿Estás bien, Mischa?―Phichit parecía preocupado―Te veo algo pálido.

―Estoy bien, sólo me siento algo mareado. Creo que, antes de preparar el almuerzo, me acostaré un rato.

Mischa sabía que tendría una hora como máximo para descansar antes de empezar a cocinar. Haría alguna pasta con verduras fáciles de picar y serviría su clásico helado de vainilla con frambuesas.

Su cabeza parecía darle vueltas y cerró  las cortinas para evitar molestias por la luz del sol.

Recostado por fin sobre la cama, Mischa decidió cerrar los ojos, obligándose a respirar profundo. Su pensamiento divagaba confundido entre lo que decía su cabeza y lo que decía su corazón. Dentro de él, las palabras de Yuri resonaban como potentes tambores y quería darles otro significado. Se desesperaba por  tomar otra ruta en el laberinto de su mente, pero todas, sin excepción, daban un mismo resultado:
Estaba enamorado.

Abriendo nuevamente aquellos ojos turquesas sobre su cama, pensó en todo el miedo que lo inundaba.

Tenía miedo de dos cosas: la primera, de estar enamorado de un hombre. La segunda, de saber que ese hombre ya tenía novio y probablemente era absurdo conversar con él sobre sus sentimientos.

¿Por qué no se había dado cuenta antes? Todos en casa de Yuuri lo sabían. Lo sabían antes que él. Para ellos era claro que Mischa estaba enamorado de Yuuri.

―¡Soy un imbécil!―se reclamó molesto.

Por supuesto que era un imbécil. Estaba enamorado de un chico y encima de uno que ya era feliz con alguien más.

El solo hecho de pensar en esto le revolvía el estómago, porque aún sin memoria, él sabía la intensidad de sus sentimientos. Lo que sentía por Yuuri no era un simple gustar pasajero, eso era imposible debido a todo lo vivido con él. Lo conocía demasiado como para sentirse tan sólo atraído a él por su físico. Para Mischa, Yuuri no sólo era un hombre atractivo, lo cual, dicho sea de paso, era imposible pasar inadvertido. Los sentimientos de por medio pesaban muchísimo más a la hora de pensar en un romance  con él, era algo más profundo, más tierno y, justamente por eso, podía llegar a ser más doloroso.

O mejor dicho, era más doloroso.
Porque, a pesar de ahora poder reconocer lo que sentía, Yuuri estaba con otro hombre.

Mischa dio media vuelta y abrazó una de sus almohadas. No podía evitar poner mala cara al sentir el dolor en su pecho. Pensar en Yuuri sonriente en brazos ajenos era como si alguien tomara su corazón en su puño y lo apretujara. Odiaba a Dema. Odiaba todo el tiempo que le había arrebatado con Yuuri. Odiaba haber dejado pasar tanto tiempo y no haber hecho nada al respecto. 
Sintió de pronto sus ojos arder y suspiró varias veces para tranquilizarse.

En realidad, si lo pensaba detenidamente,  estar enamorado de otro hombre ya no le aterraba tanto como el hecho de que Yuuri estuviera con alguien. La vocecita interna, extrañamente, parecía no querer contradecir sus sentimientos, como si sólo se hubiera rendido de una batalla perdida hace tiempo.

Creyó que pensar  en otras cosas quizás lo tranquilizaría, así que miró su celular para tratar de despejar su mente pero, tan pronto desbloqueó su pantalla apareció una foto de Yuuri y él en el fondo, juntos y sonrientes.

Le gustaba mucho esa foto, se la habían tomado en el cumpleaños de Phichit. Los dos habían puesto un brazo rodeando al otro, felices y sonrientes ante la cámara. Se veían perfectos juntos. Excepto que no lo estaban.

¿Ahora cómo iba a hacer para verlo de nuevo a los ojos? ¿Cómo iba a dejar que lo toque sin sentirse nervioso? ¿Cómo iba a sonreírle de la misma manera si esos sentimientos cambiaban toda su relación?
Y lo peor, ¿cómo iba a resistir ver a Yuuri con Dema, sin querer empujarlo de un abismo, así como él había caído?

Se quejó interiormente de sí mismo y de Dema.

Pensó que debía pensar más en el asunto pero, al mirar el reloj, se dio cuenta que no podría.

Se quejó agotado pero se obligó a levantarse. No podía olvidarse del mundo ni del trabajo, por más ofuscado y nervioso que se encontraba. Suspiró profundamente antes de dirigirse hacia la cocina.

Con suerte tendría suficiente tiempo para cocinar.

Publicado por natsolano

Soy una escritora de fanfics desde hace tres años. Amo escribir y quisiera dedicarle más tiempo, amo cantar y amo a Yuri on Ice!! Lo que más me gusta escribir es romance, aunque por algún motivo termino mezclándolo con drama. Además olvidé decir que amo la comedia. Mi pareja favorita de toda la vida son Yuuri & Victor, siempre diré que mi corazón late por el victuuri, pero me considero multishipper ❤

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