Golpe de Suerte – Parte III


Su espalda estaba sudada y su cadera en alto, mientras lo recibía. Los dedos de su mano estrujaban incesantemente los pliegues de las sábanas, mientras su cabeza se frotaba contra la almohada mojada de sudor.

Cada vez que entraba, sentía que todo su cuerpo se apretaba y tensaba, sobrecogido por la energía que hacía sensible al resto de su piel, sin ningún reparo. Cuando salía, extrañaba de inmediato el contacto y gemía solicitando que hubiera otro más.

Todo lo que podía pensar entre la maraña de sensaciones que era, es que no quería que terminara. Esas manos pálidas procuraban que no fuera así y le acariciaban desde su abdomen duro, hasta sus pectorales, al tiempo que él intentaba recoger aire. Entonces volvía a entrar, más duro. A esas alturas, su garganta raspaba cada vez que quería emitir un grito. Sentía golpearle, incesante, agresivo, justamente donde necesitaba mientras aceleraba y no mostraba misericordia. Duro. J.J. solo subía su cara de la almohada para gemir.

—¡Yuuri…! —gritó. Ni siquiera pensó si su hermana lo iba a escuchar desde la habitación de al lado. J.J. ya no aguantaba; la manera en que Yuuri arremetía dentro de él, sin ningún recato, era apabullante. Él apenas podía creérselo.

Cuando sintió el peso de Yuuri en su espalda, intentó mover su mano para agarrar piel y ya no encontró rollos de grasa. Ahora la piel de Yuuri era suave, pero dura, mostrando los cambios que había sufrido. Apretó lo que supo era su muslo; Yuuri empujó con más fuerza, alentado por la caricia. J.J. apenas pudo separar sus párpados para mirar la hora del despertador. Le quedaban tres minutos. 

Cerró sus ojos, dejándose llevar. Ahora sentía el peso de Yuuri tras él y la forma desenfrenada en que lo penetraba, buscando su propio alivio. Sin duda alguna, J.J. quería más… más…

«Bikutā ōji wa eregantona sukēto de, watashitachi o sukutte kudasai. O shiri de watashitachi o terasu.»

J.J. abrió los ojos, encontrándose sudado, con una mano en su dolorosa erección matutina, frotándose sin demora alguna contra el colchón. Sus calzoncillos apenas le tapaban medio trasero, mientras su teléfono vibraba y golpeaba la madera cantando la canción del opening. Y no, no estaba Yuuri en su cama, se encontraba solo, cediendo a la fantasía porque no podía más.

Suspiró descorazonado y apagó la alarma, solo para ver que ya Yuuri le había escrito. Eran las cinco y media de la mañana y ya tenía un adorable mensaje de su novio, avisándole que ya había despertado y que se estaba alistando para verse en el parque de siempre. J.J. no se encontró con fuerzas para responder, la erección le dolía y ansiaba ser atendida. Dejó caer el móvil a un lado e hizo lo propio, acercándose al clímax justo antes de que su teléfono comenzara a sonar. Por la canción intuyó que se trataba de Yuuri, así que sin premura se animó a responder; solo escuchar su voz fue necesario para dejarse ir con un ronco jadeo. Yuuri, quien estaba saludándolo, jadeó en respuesta.

—No me digas que… —escuchó su voz febril y él se limitó a reír mientras disfrutaba del delicioso orgasmo.

—Sí… me estaba masturbando, por eso no te contesté el mensaje… —Yuuri soltó un “oh” acalorado en la línea y J.J. se sonrió tontamente enamorado—. Pensaba en ti, mi rey. ¿Listo para trotar?

—Ahora tengo un asunto que atender por tu culpa… —recriminó sin real fuerza y J.J. respondió con un suspiro—. ¿Quién le daba a quién?

—Tú me dabas a mí, como ayer… —Yuuri rio tras la línea y J.J. empezaba a desperezarse—. ¿Te espero donde siempre?

—Sí…     

Se levantó sin demora, contento tras haber escuchado la voz de su novio y el beso enviado a través de la línea telefónica. Ansioso por ya encontrarse con él, se metió en la ducha helada y eliminó los restos de su idílico momento para luego salir y afeitarse. Se lavó la boca, se peinó sus alborotados cabellos y fijó su mirada en toda su piel expuesta. Tenía ganas de un nuevo tatuaje inspirado en Yuuri sobre su pectoral izquierdo, aunque todos dijeran que era muy mala idea tatuarse el nombre de su amante en la piel. No sabían cuánto iban a durar.

Para J.J. era más que evidente que eso no era un noviazgo pasajero.

Encantado con todo, se alistó para encontrarse con Yuuri en el parque más cercano y comenzar su rutina de ejercicio. Ya estaban pronto a cumplir un mes más de noviazgo, que sumaba a año y cinco meses juntos. Era increíble pensar que hubieran pasado tanto tiempo juntos y que el sexo a pesar de todo no había sido un tema de impacto para después. Aunque las ganas aumentaran y tuvieran que llegar al acuerdo de sexo telefónico para aguantar un poco más.  

J.J. pensaba que no había podido disfrutar de una mejor oportunidad en la vida que el hecho de tener a Yuuri con él. El haber sido atropellado por el contador japonés significó un cambio en su vida. Si ya estaba tratando de asimilar que le gustaban los hombres, Yuuri lo hizo completamente sencillo con su adorable mirada y su sonrisa tierna, que contrastaba con su trasero esponjoso, sus gruesos muslos y el calor que desataba en él cuando empezaron los besos. No temió caer, era simplemente un hombre fascinante. Desde la forma en que se sonrojaba y sus ojos brillaban tras los lentes, hasta la manera en que se apasionaba cuando estaba decidido a ganar en algo, fuera lo que fuera. Así se tratara del reto de su hermana de quien veía más capítulos sin dormir, o el reto matemático de su hermano de cuánto tardaba Yuuri en resolver una ecuación. Incluso, el reto de quién podía trotar más.

Así, J.J. se sabía completamente enamorado. No veía un futuro sin Yuuri allí, apoyándolo como ya lo había hecho en esa empresa personal y amándolo de la forma en que Yuuri solía amarle. Estaba sacando lo mejor de él, con Yuuri a su lado se animaba a superar sus propios límites. Así fue como abrió un nuevo gimnasio en Montreal y Yuuri le ayudó a calcular los costos asociados, en una noche que compartieron juntos solo sacando números y haciendo planes para esa nueva inversión.

Sin embargo, J.J. sabía que las cosas ya estaban empezando a hacerse difíciles para él cuando le costaba ponerles freno a sus manos, cuando ya el deseo incrementaba demás. Y todo había pasado desde año nuevo.

La familia de J.J. viajó a Japón junto a Yuuri, para por fin conocer a los Katsuki, una familia muy humilde en Hasetsu que presidían un hotel de aguas termales. Compartir aquellas termas con Yuuri desnudo significó la prueba de fuego, aún si estaban en el mismo lugar con sus dos padres y un par de hermanos. Sus ojos no podían evitar ir hacia el cuerpo de Yuuri y sus lugares regordetes, llamando su atención; y cuando se encontraba con los ojos apasionados de Yuuri mirándole, sentía perder la cordura.

Había significado un suplicio, lo sabía, porque despedirse cada vez era más difícil y se encontraba estrujándolo con ganas. Aun así, lograron sobreponerse a ello; J.J debía darle mucho mérito a Yuuri, que quizás también preocupado por el exceso de personas en la casa, le había instado a guardar la compostura, aunque luego, en la última noche y lleno de sake, lo tirara todo por la borda.

En el tiempo que llevaban juntos jamás lo había visto fuera de control por el alcohol, hasta esa noche nevada donde todos estaban muy alegres comiendo y bebiendo con gusto. Sus suegros habían recibido a Yuuri sin problemas al presentarles a su novio y habían dicho exactamente lo mismo que sus padres en su momento: que sabían que era gay desde hacía tiempo. Solo estaban esperando que su hijo se los dijera, aunque su forma de presionarlo no había sido la más sana. Yuuri se encontraba tan feliz, que en un instante (y tras dejar de bailar sobre la mesa en compañía de su padre mientras J.J. lo miraba atónito y divertido) se le fue encima, buscando con sobrada gracia a sus labios, para besarle mientras se restregaba sobre él sin pudor alguno.

—¡Cásate conmigo, J.J.! —exigió con desparpajo y J.J. sintió su color aumentar cuando notó la manera en que las caderas de Yuuri se restregaba sobre la suya y los ojos encendidos por alcohol daban paso al deseo—. ¡Y fóllame!

Aquello fue el chiste de la fiesta porque Mari, la hermana Katsuki, tuvo que quitárselo encima mientras J.J. era un nuevo farol navideño. No fue sorpresa que, al día siguiente, cuando Yuuri se enteró en el almuerzo lo que había pasado, se encerrara en su habitación esperando morir de combustión instantánea.

Después de tal evento, J.J. no tardó en hacer lo propio y, al llegar a Canadá, lo invitó a una cena elegante para pedirle matrimonio. Yuuri se sonrojó furiosamente y se vio sumamente incómodo, más aún cuando vio el anillo de compromiso allí, abierto y dispuesto a posar en su mano como un enlace y una promesa. Jamás se imaginó que tras escuchar a Yuuri decir aquello en Japón, fuera capaz de negarse en Canadá, con el rostro sumido en frustración.

—No quiero casarme aún, J.J.… —le explicó, visiblemente incómodo y se notaba por cómo sus ojos iban dubitativos de un lado y otro—. Esto… esto no está bien.

—¡Pero dijiste en Japón…! —Yuuri renegó, con una mano en la frente, argumentando que estaba borracho—. Los borrachos siempre dicen la verdad…

—Sí y recuerdo haber dicho: fóllame —le recordó y J.J. estrujó el rostro mostrándose confundido—. Quiero casarme contigo, pero esto es muy repentino… y sé que mis ganas de decirlo en ese momento eran porque estaba caliente.  

—¿O sea que no quieres casarte conmigo ahora…?  —Yuuri tuvo que tomarle las manos porque ya estaba a punto de salir corriendo. Fue muy paciente para suspirar y tratar de encontrar las palabras adecuadas para semejante situación.

—Te amo, ¿sí? Pero casarse… es un paso muy importante. No puedo dar el paso aún, menos sabiendo que una buena parte de mí quisiera hacerlo solo porque así… tendremos sexo. Pero la otra parte racional de mí sabe que eso no sería ni justo, ni inteligente… —Tomó la caja con el anillo, un precioso trabajo en oro blanco con una pequeña piedra de zafiro. Bonito y masculino. Se lo devolvió con un mohín en sus labios—. ¿Puedes guardarlo un poco más…?

Nunca se había sentido tan humillado como en ese día y se lo demostró con un ofuscamiento que Yuuri ignoró como si se tratara del berrinche de un infante. Pero cuando dejó a Yuuri en su departamento, lloró. Y al llegar a su apartamento, lloró en los hombros de Isabella, quien con cariño desmedido acarició su cabello invitándolo a desahogar sus penas, antes de hacerle entender. 

Ahora era J.J. quien se había amarrado con sus propias palabras y la promesa. En mucho, Yuuri tenía razón. Tomar la decisión de casarse por solo el deseo explícito que había en ambos podría llevarlos a cometer una gran equivocación. En todo caso, debía ser una decisión tomada conscientemente, no en la calentura y mucho menos influenciado por el alcohol. Y aunque el tema del matrimonio lo habían hablado y Yuuri ya había admitido que le gustaría hacerlo, ahora que veía posibilidades para ejercer el mismo derecho estando con J.J.; eso no significaba que casarse ahora fuera una posibilidad.

Cuando J.J. llegó al parque, Yuuri venía corriendo, cargando su morral en la espalda y con los audífonos puestos. Ya distaba del joven gordito que había conocido el año pasado. Después de aquellas navidades en Japón, Yuuri, al llegar en los primeros días del trabajo tuvo una severa subida de tensión, nada habitual para un joven de su edad. Los excesos que tenía al comer le pasaron facturas y, aunque J.J. jamás le había exigido seguir su estilo de vida o hacer ejercicio como solía hacer (más allá del voto de castidad), se mostró preocupado la ver que Yuuri pudiera enfermar y perder calidad de vida, así que le suplicó intentarlo.

Las mejoras estaban a la vista. Tras cuatro meses de ejercicio, Yuuri era un joven en el peso correcto, comiendo saludablemente y mejorando su capacidad al tener ahora renovadas energías que le ayudaban a rendir mejor en el trabajo. También le demostró a J.J. el aguante que tenía para entrenar y se había convertido en un digno compañero de ejercicio. Eso también había significado problemas para la promesa que se habían hecho. Estar allí con Yuuri pasando tanto tiempo juntos y compartiendo tanto espacio, le hacía partícipe de cómo el cuerpo de Yuuri cambiaba hasta convertirse en un hombre aún más sensual. Sus gruesos muslos duros por el ejercicio, su redondo y levantado trasero de infarto… toda la grasa convertida en masa muscular enfatizando ciertas partes de su cuerpo, provocaban en J.J. intensos erizamientos al verlo.

Por eso no pudo entrenarlo él en el gym, dejándolo en las manos confiables de su amigo Otabek, después de cerciorarse de que no le iban los chicos. Excepto en las mañanas, que se veían muy temprano para correr aquellos kilómetros juntos.

Cuando lo alcanzó, lo tomó de la ahora angosta cintura para besarlo efusivamente, mientras Yuuri le abrazaba el cuello. El beso fue largo y profundo, compartiendo roces entre sus lenguas antes de separarse. Sin más demora, comenzaron a caminar primero, para calentar sus músculos y prepararse para la rutina, con las manos tomadas mientras comentaban algunas cosas. J.J. ya había metido el morral de Yuuri en el auto que había comprado, de manera que cuando fuera hora de entrar a la oficina, Yuuri ya hubiera tomado un baño en el gym y se hubiera cambiado.

Después de los cuarenta minutos de trote, los dos siguieron caminando, con la respiración agitada y sus cuerpos calientes y sudados. Yuuri se veía apetecible con el cabello húmedo y los labios rojos, así como su rostro del mismo tono. J.J. lo miró sin poder contenerlo y Yuuri le devolvió una sonrisa. Que contrastante era eso con la imagen que tuvo en la noche, mientras Yuuri gemía en el teléfono diciendo todo lo que quería hacerle, o en la madrugada, cuando revivió todas esas imágenes hasta que su cuerpo lo obligó a despertar.

—¿Pasa algo? —preguntó Yuuri, aunque su expresión pareciera decir que lo sabía. J.J., sin más dilación, lo agarró por la cintura y miró a los alrededores del solitario parque para empujarlo contra uno de los árboles.

Yuuri rio. Sus labios se mojaron ansiosos con lo que venía y J.J. no pudo detenerse más. La mañana era fría, a pesar de estar en primavera, pero con el cuerpo tan caliente y sudado resultaba refrescante. J.J. decidió que necesitaba más de eso cuando abrazó a Yuuri y buscó el beso.

—Estás cada vez más ansioso… —susurró Yuuri, mientras acariciaba el cabello húmedo de su novio en medio de los besos.   

—Es que estás muy guapo, mi rey —apretó las manos sobre el trasero de Yuuri y éste no pudo evitar gemir cerca de su boca. A Yuuri le apenaba cuando J.J. usaba ese apelativo, pero él insistía que si era el novio del rey J.J., por obvias razones era un rey también.

—Sí, pero vas a tener que guardar esto, amor —Yuuri apretó la erección que ya J.J asomaba bajo sus pantalones y éste se encogió, entre divertido y apenado. Su desvergonzado novio no perdía momento para hacerle ver lo mucho que lo deseaba a pesar de saber que no iban a llegar a más.  

La alarma de su móvil que les permitía cronometrar la rutina del día sonó, avisando que ya solo quedaba una hora para llegar al gym, alistarse e ir a la oficina. Yuuri procuró distancia, no sin mostrar el desagrado ante esa idea e invitándolo a seguirlo. J.J. empezaba a tener problemas para verlo alejarse y contener el impulso que ya pujaba dentro de él.

Así, cuando lo vio salir del gym con su traje -que ahora le quedaba impensablemente mejor-, en especial por el modo en que el pantalón de vestir cubría sus glúteos; J.J. supo que necesitaba ayuda pronta.     

Para las tres de la tarde, aprovechando que era hora muerta en el gym, J.J. se sentó junto a su amigo Otabek para alzar pesas, aprovechando que éste estaba cargando la suya en la barra horizontal. A pesar de que Otabek era bastante más bajo que él (incluso que Yuuri), tenía una musculatura formada a punta de ejercicio que lo hacía de temer. Venía de Kazajistán. Había venido a estudiar y terminó quedándose al conocer a Deborah, una preciosa canadiense. Estaba casado y tenía una adorable hija.

Por ello, aprovechó la ocasión para exponerle sus inquietudes, a sabiendas de que su amigo no lo dejaría solo.

—Quiero casarme y no sé cómo pedirle matrimonio de nuevo —dijo levantando la pesa de veinte kilos con su brazo derecho, mientras ejercitaba sus bíceps.

—Solo dilo — Otabek no parecía alguien de muchos rodeos, pero J.J resopló frustrado.

—No puedo… no quiero que piense que es solo porque estoy caliente.

—Pero sí es porque estás caliente —Otabek dejó descansar la barra de pesas en el aparato y se sentó mientras sacudía las manos enguantadas—. Jean, todo el gym te ha visto como brújula apuntando hacia el trasero de Katsuki cada vez que viene y no precisamente con la mano. 

Indignado por su poco aguante, J.J. se acostó en la barra para tomar las dos mancuernas y hacer estiramientos con ellas en el aire para fortalecer los músculos de su brazo. El sudor empezaba a correr lánguidamente por sus extremidades y su frente, pero todo lo que podía pensar era en las palabras acertadas de su amigo.

—No sé cómo han aguantado tanto —reflexionó mientras miraba a J.J. hacer su ronda de ejercicios—. Yo con Deborah no me esperé.

—Quiero hacer las cosas bien —tuvo que soltar el aire entre cada palabra para completar la oración hasta que acabó con la serie.

—Hacer las cosas bien… —repitió pensativo—. A ver, Jean, ¿si no fuera porque te quieres acostar con él, te casarías…?          

—Por supuesto —respondió sin dudar.

—¿Te casarías ahora?  

—¡Claro que sí! Es decir… ¡no es que solo estoy caliente! Claro que muero de ganas de ponerle las manos encima… ¡más de lo que ya lo hago! Pero no se trata solo de eso —ofuscado, se sentó para intentar explicarse mientras dejaba caer las mancuernas al suelo—. Tengo ya éste y otro gimnasio, me gradué, compuse una canción y he estado haciendo todo cuanto he querido. Es natural querer dar ese otro paso, ¿no?

—Entonces vas a tener que acostarte con él antes de volvérselo a pedir para que te tome en serio —J.J. miró a Otabek con clara contrariedad—. Si no, creerá que es solo porque te quieres acostar ya.

—¿Cómo va a pensar en eso?

—Simple, porque tú mismo lo piensas así —la expresión de pasmo de J.J. le dio la razón—. Si no, no me estarías preguntando esto a mí. Ya estarías diciéndoselo a él.

Aquello tenía sentido y fue pensado por J.J. a lo largo de la jornada. Así, cuando se encontró con Yuuri en la cena, que solían compartir en el comedor del gimnasio, estaba distraído mirando a lo lejos y comiendo con desgano, llamando de ese modo la atención de Yuuri. De inmediato, preguntó si todo estaba bien y J.J. respondió afirmativamente, intentando fingir que era así cuando su cabeza se encontraba en otro lado. Yuuri no dejó de mirarlo con interés y J.J. de asegurarle que nada pasaba.

Obviamente, no se lo creyó. Para la noche, después de haber llegado cada uno a sus casas, la llamada de Yuuri le hizo saber que era la hora para cubrir sus fantasías a través del sexo telefónico. J.J. se acomodó en la cama preparado con pañuelos, lubricante y solo su bóxer puesto. Sin embargo, no estaba para nada entonado y no fue difícil para Yuuri notarlo.

—Lo siento… —se disculpó él, consciente que ese malestar que tenía no le ayudaba para poder responder a Yuuri como debía—. He estado algo distraído con una idea en la cabeza.

—¿Cuál idea? —Yuuri quiso saber. J.J. se acomodó mejor dejando aquellos implementos de un lado y cubriéndose con las cobijas.

Le dijo todo cuanto sentía, la conversación que tuvo con Otabek y lo que había quedado en su cabeza desde entonces. J.J. era un hombre muy honesto y no solía guardarse cosas, al contrario de Yuuri, que cuando era él quien callaba era difícil poder adivinar el porqué. Quizás eso ayudaba, porque si ambos fueran igual de reservados tendrían muchos más problemas en la comunicación. Más no, esto no era tan difícil para ellos, ya que J.J. hablaba y Yuuri solía escuchar, siempre atentamente.

Tras oír todo, se escuchó un suspiro en la línea y el movimiento de las sábanas. Se lo imaginó acomodándose justo como él.

—Hace días le comenté a Phichit algo que me ha estado dando vuelta desde hace semanas… —Y J.J. se preguntó por qué a Phichit y no a él que era su novio, pero no quiso interrumpirlo—. Es sobre lo de casarnos. He estado pensando mucho al respecto porque, aunque la idea me gusta, me sigue asustando.

—¿Qué te asusta? —Se animó a preguntar, al saber la naturaleza del tema. Yuuri volvió a suspirar.

—Que fracasemos… —Se escuchó un suspiro desesperanzado—. Tengo miedo de eso, de la presión que sentiré de no fracasar y que eso precisamente ocurra. Te amo, J.J., conocerte ha sido el golpe de suerte más loco y extraño que he tenido en mi vida. Y sinceramente no puedo imaginarme con nadie más… pero solo ha sido un año de noviazgo y, aunque nos hemos conocido, siento que aún falta más. Y no nos hemos visto en otras circunstancias…

—Todos los noviazgos que se casan pasan por eso.

—Lo sé… por eso, estaba pensando en proponerte algo —se quedó en silencio para permitirle hablar. Yuuri titubeó un poco antes de hacerlo—: ¿Qué te parece… si intentamos primero viviendo juntos?

—¿Eh? —desubicado, se levantó de la cama porque no podía creer lo que estaba escuchando. Yuuri pareció dudar.

—Es… es más sencillo para mí pensar así. No sentiré la presión de tus padres ni de los míos, ni de la sociedad. Podremos conocernos en todas nuestras facetas en la convivencia… incluso la sexual —aclaró—. Y si todo va bien, podríamos casarnos.

J.J. se quedó en un silencio largo, mientras intentaba ordenar sus propias ideas. Las palabras de Yuuri habían fluido así, certeras, y él sintió que todas las dudas que venía trayendo fueron disipadas con esa posibilidad. No lo había pensado y sonaba perfecto… justo para terminar de conocerse antes de dar tan importante paso.

—Joder Yuuri… —Se pasó una mano temblorosa a la cara—. ¿Cómo se te ocurre decirme esto por teléfono?

—Lo siento…

—Yuuri… Dios, ¡quiero abrazarte y besarte!

—¿Eso es un sí? —interrogó dubitativo y J.J. soltó una carcajada de júbilo.

—Eso es un: ¡mañana mismo busco apartamento!

—¡No se te ocurra hacerlo sin mí! —chilló Yuuri, provocando que J.J. soltara una carcajada animada—. ¡Te lo estoy advirtiendo Jean-Jacques Leroy! —Volvió a reír, imaginando el rostro enfurruñado de su novio—. ¡Y mucho menos se te ocurra pagarlo sin mí! 

El resto de la llamada se diluyó entre planes y las expectativas de vivir juntos. Cuando el día siguiente llegó, al encontrarse en el parque, J.J rebosante de felicidad le abrazó con fuerzas, casi sin permitirle empezar con el trote acordado. Lo besó tanto que Yuuri, ya despeinado y acalorado, suplicó que no le hiciera eso si no pensaba llevarlo a más. J.J. lo pensó por un momento, pero decidió darse un poco más de tiempo hasta el momento de empezar a convivir, que ya no era mucho. 

Por lo tanto, las tardes las invirtieron viendo apartamentos, ya que ambos querían cambiar de ambiente aprovechando esa oportunidad. Por eso, mudarse al de Yuuri que era muy pequeño, no era una posibilidad. Visitaron varias inmobiliarias y debido al estatus migratorio de Yuuri, decidieron que los papeles serían presentados por J.J para que el proceso fuera mucho más llevadero.

Escogieron uno cercano a sus trabajos, por el cual podrían ir en bicicletas sin problema. En un edificio recientemente remodelado; el apartamento tenía además de la habitación principal, una de huéspedes, un baño social y una cocina completamente acondicionada. Tenía a su vez una chimenea y el baño de la habitación principal era grande, con una tina y una ducha espaciosa. Mentirían ambos si dijeran que no pensaron en los múltiples usos que le darían a ella.      

De inmediato, empezaron con los trámites. Ahora las tardes se llevaban en buscar tiendas departamentales para comprar lo que creían necesario. Yuuri se llevaría de su apartamento el comedor y el sofá cama, así como su cama, la cual usarían para la habitación secundaria. J.J. se llevaría todo su juego de cuarto para la habitación principal. Tenían que invertir un poco más en la cocina, además de sábanas, toallas y paños. J.J. se emocionaba con cada día que pasaba, viendo también lo feliz y entusiasmado que Yuuri estaba con ello. Eran evidentes sus ansias porque, al despedirse, era cada vez más difícil despegarse de esos labios.

El día de la mudanza llegó cuando los papeles fueron firmados. Por pedido de Yuuri, ninguno de los dos avisó a su familia, solo Isabella conocía de sus planes y les felicitaba por ellos. Ayudó a J.J. a empacar su parte y lo despidió con el rostro conmocionado aguantándose las ganas de llorar de felicidad. J.J. partía felizmente de su lado para unirse a la persona que Isabella catalogaba como la mejor casualidad de la vida.

Después de una mañana agotadora cargando muebles y medio acomodando todo, la tarde los agarró a ambos demasiados cansados para continuar. Yuuri sugirió arreglar primero la cama para reposar porque muy a pesar de su resistencia los nervios no le habían dejado dormir en las últimas noches. J.J. lo ayudó, también exhausto, ambos dejándose caer de espalda al colchón para quedarse mirando al techo mientras se adaptaban a la nueva sensación. La estática de nuevo se hizo presente, viajando en el aire como esporas.

—Ya estamos aquí… —dijo J.J. con la voz filtrando la emoción contenida—. ¡Me siento casado! —Yuuri rio en respuesta.

—Con todo lo que tuviste que firmar, casi fue eso. Te casaste con el banco, la aseguradora, la inmobiliaria… —J.J. se giró hacia Yuuri mientras reía, quien también se puso de costado, acomodando su rostro entre sus manos juntas. Para J.J. la imagen no podía ser más adorable—. Gracias por aceptar esto…

—Gracias por proponérmelo —la mano de J.J. cayó sobre los mechones largos del cabello de Yuuri, tan encantador en esa posición relajada—. Ya me tocaba ceder, ¿no es así?

La modorra de Yuuri lo llevó a dormirse casi al instante y J.J. le siguió poco después. Se quedaron dormidos por un par de horas y, para cuando J.J. abrió los ojos, tenía a Yuuri abrazándolo dormido, con una pierna flexionada sobre su cuerpo y sus brazos buscándolo mientras yacía relajado contra su hombro. J.J. se sonrió y no pudo contener el impulso que lo llevó a besar su frente, así como también el puente de su nariz. Comenzó a derramar besos pequeños por el rostro, despertándolo de ese modo y cuando Yuuri subió un poco la cabeza, tomó sus labios en un beso suave y placentero.   

Fue imposible que sus labios no buscaran cada vez mayor contacto y que sus manos no les siguieran. Yuuri despertó en medio del beso y comenzó a responder en el mismo ritmo, dejándose llevar por la forma lenta y profunda que J.J. había iniciado, mientras sus dedos tocaban por encima de su camisa roja. J.J. tenía una de sus palmas sobre el trasero cubierto por sus vaqueros de Yuuri, estrujando con gusto mientras dejaba a su lengua jugar dentro de la boca de Yuuri y sentía los escalofríos que recibía en respuesta.  

Los dedos de J.J. se movieron por inercia y alzaron el suéter tejido de Yuuri para retirarlo de su cuerpo en medio de los besos. Yuuri colaboró al sentarse mejor sobre su cadera y alzar sus brazos. Los lentes cayeron pronto al colchón y su cabello despeinado se desperdigó sobre su frente. Pudo notar en ese momento cuán oscuros que se veían los ojos de Yuuri al estar encendidos por el deseo, sus manos inquietas volviendo a moverse, esta vez para desabotonar la camisa azul. En su mirada se notaba que ya ambos sabían lo que vendría y ninguno de los dos buscaría detenerlo. Por el contrario, ellos disfrutarían de cada avance, eufóricos y ansiosos por la novedad.

J.J. soltó un jadeo cuando las manos de Yuuri buscaron quitarle su camisa roja, sin perderlo de vista, mientras colaboraba en el retiro de la suya. Cuando los botones estuvieron lejos, Yuuri se quitó la tela que aún colgaba y J.J. aprovechó el momento para empujarlo contra el colchón, escuchándolo gemir con el movimiento. Se le fue encima, besando con insistencia su cuello, su clavícula, bajando con ansias desmedida por su pecho. Yuuri comenzó a respirar con dificultad con el cabello revuelto. J.J. se detuvo solo para quitarse la camisa que aún colgaba de sus brazos para poder sentir las manos de Yuuri acariciando sus pectorales. Se tocaron mutuamente, sin quitarse la mirada de encima y sintiendo que todo ese tiempo invertido en disfrutar aquel momento era más que bienvenido.

No, no querían aun dejarse llevar por el ardor de sus deseos. Querían reconocerse, juntarse, percibir cada diferencia en sus cuerpos e identificarse; antes de darle paso a la pasión, para que ésta pudiera absorberlos, devorarlos, llevarlos a la locura.

—Te amo… —susurró J.J. al abandonar el colchón para inclinarse sobre el abdomen de Yuuri, quien tembló ante la cercanía. Las manos extendidas de Yuuri sobre el colchón se hicieron puños y J.J. respiró cerca de la piel erizada, temblando de ganas, de anhelo, de emoción.

—Al menos… ya no es una barriga rechoncha —Yuuri tenía la voz ronca, mientras le miraba atento a cualquiera de sus movimientos. J.J. relamió sus labios y Yuuri fue capaz de ver como el negro de sus pupilas se comía al azul de sus irises.

—¿Qué dices…? —J.J. se inclinó para besar y morder pedacitos de piel en el vientre de Yuuri, provocando erizamientos incontrolables—. Amaba tu acumulación de felicidad —entonces se apartó. Era increíble la manera en que la ansiedad en ambos los hacía más sensibles a cada mínimo roce. Como si toda ella se hubiera convertido en corrientes bajo la piel. J.J. se levantó solo lo suficiente para liberar el cinturón y abrir el botón junto a la cremallera. Yuuri alzó sus caderas para ayudarlo a retirarle los vaqueros, los cuales dejó caer por allí.

Trago grueso cuando la visión de los muslos desnudos y gruesos de Yuuri golpeó sus retinas. Desde allí podían verse las pequeñas líneas que había dejado el cambio de peso, pero para él fueron parte del perfecto encanto que era Yuuri Katsuki. Soltó el aire, desbocado y sus manos se movieron con torpe firmeza para apretar el bulto que ya se veía en el bóxer gris que Yuuri cargaba. Éste respondió con un jadeo y su cabeza se dejó caer en las sábanas. J.J. sentía la garganta seca al notarlo. De nuevo la forma de ese pene que tocó en aquella oportunidad, crecía ahora cálido bajo su palma, mientras él lo movía y Yuuri comenzaba a responder al ritmo de su mano.         

Cuando lo creyó necesario, le retiró la prenda que faltaba y contempló fascinado cada parte del sexo de Yuuri. Su pene ya estaba erecto por los toques y la alfombra de vello negro y recortado custodiaba su base. Yuuri pasó saliva, atorado. J.J. hizo lo mismo, presa de su fascinación. Se subió en la cama de nuevo y tomó el miembro de Yuuri para atenderlo, mientras buscaba su boca e iniciaba un nuevo beso lleno de deseo. Los gemidos de Yuuri golpeando sus labios se volvieron tan estimulantes como cualquier caricia. Yuuri había usado sus antebrazos para sostener la espalda mientras respondía aquellos contactos húmedos de su lengua. La mano de J.J. abandonó un momento el pene para bajar y acariciar sus testículos, provocando en Yuuri una deliciosa reacción en cadena. Estaba allí, hecho un precioso desastre en sus manos y J.J. lo observaba hechizado.

—Tus bolas siguen siendo gorditas… —comentó con desparpajo y Yuuri no supo si reír, gemir por el apretón suave que J.J. dejó en su escroto, o taparse la cara de la vergüenza.

—No puedo creer que digas algo como eso… —dijo sediento y dejó caer su espalda al colchón cuando los dedos de J.J bajaron por el perineo—. ¿Me volteo, amor…?

—No… —susurró contra su oreja al inclinarse sobre él, mientras pasaba su nariz por el cabello negro y mojado de sudor—. Quiero que me folles a mí.

—Oh… —Nuevas corrientes le envolvieron y Yuuri sintió que todo se volvía oscuro, caliente, salado.

—¿Tienes los condones y lubricante al alcance? No recuerdo en qué maleta los metí.

Yuuri rio y agitó su cabeza para despejar las gotitas de sudor que ya le mojaban la frente.

—En el morral sobre la mesa, allí puse lo mío… hombre prevenido vale por dos, ¿no?

J.J. rio en respuesta y besó una última vez a Yuuri antes de salir completamente emocionado en busca de dicho morral. Yuuri aprovechó el momento para sentarse, aún con las piernas temblorosas por la estimulación, viendo a su pareja a través de la puerta removiendo el interior del morral, hasta conseguir el pequeño estuche de Makkachin donde se encontraban guardados. J.J. fijó su mirada hacia Yuuri, viéndolo sentado en el borde de la cama, desnudo por completo, con sus piernas abiertas y su sexo erecto. La estampa del japonés con su piel clarísima y mojada, su rostro sonrojado y su cabello despeinado era lo más sensual que podía haber.   

Así, al regresar, J.J. dejó caer el estuche en la cama, pero Yuuri no le permitió continuar, pidiéndole en silencio que se quedara así de pie, mientras sus manos lo tocaban por encima de sus vaqueros. Jadeó expectante, observando los oscurecidos ojos de su novio mientras las manos delgadas y pálidas acariciaban el bronceado de su piel, la forma de sus oblicuos, la dureza de sus pectorales. De un momento a otro, el índice derecho de Yuuri se posó en su esternón y comenzó a bajar. Los suaves vellos que cubrían bajo su ombligo se erizaron ante el deslizamiento de esa yema que hizo que J.J. sintiera su respiración flaquear.

Las piernas le temblaron, pero fue capaz de sostenerlas un poco más mientras Yuuri se deshacía del cinturón, del botón y bajaba la cremallera. Luego apretó con ambas manos los glúteos pronunciados de J.J. y éste jadeó en respuesta con la estimulación agresiva que los dedos le hacían al mismo tiempo que la lengua de Yuuri recorría la piel dura de su abdomen con ansias. 

De un solo movimiento, Yuuri bajó los vaqueros y miró las fuertes y torneadas piernas de su pareja, mientras éste le ayudaba sacando sus pies del pantalón. Al retirar la prenda, los dedos del japonés tomaron el bóxer negro que J.J. cargaba para bajarlo y ver liberarse el pene endurecido con toda la estimulación que estaban provocándose. Cuando J.J. se vio tan increíblemente cerca de los labios de Yuuri, su estómago se volvió un puño, sobre todo porque esos labios se habían humedecido con el pase de su lengua. Casi lo supo antes de que ocurriera. La boca de Yuuri envolvió suavemente el glande y J.J. dejó salir un suspiro angustiado por lo bien que aquello se sentía.

Había una complicidad implícita en sus actos y, a pesar de jamás haberlos experimentado, habían sido tanto las ansias, el deseo y la espera, que ambos sabían exactamente lo que esperaba y le gustaba al otro. También había ayudado todo lo que habían fantaseado juntos a través del teléfono, permitiéndoles saber lo que ambos esperaban de esa experiencia, Cada paso era nuevo para ellos, pero se sentía como si supieran qué hacer exactamente para agradarse. J.J. clavó sus dedos en la cabeza de Yuuri, apretando sus cabellos cuando esa boca le engulló su pene y lo llenó de espesa saliva. Las manos de Yuuri en cambio, se mantenían acariciando las nalgas de su novio, apretándolas, juntándolas y separándolas, mientras su boca jugaba con el miembro como si tuviera un caramelo dentro.

—Dios Yuuri… tu boca… —soltó, perdido en la bruma placentera de la felación, mientras Yuuri no dejaba de mover la lengua en la punta de su glande.

Entonces se separó, con los labios hinchados junto a un hilo de saliva entre la erección y su boca. J.J. miró la preciosa imagen de los ojos de Yuuri oscurecidos y al verlo pasar saliva, hizo lo mismo, con la piel erizada.

—Acuéstate —le ordenó.

J.J. no tardó nada en hacerlo; presto, con las rodillas temblándole, se subió en la cama y se puso boca arriba mientras abría sus piernas para ofrecerse. Yuuri también subió, a horcajadas. Se veía rojo, sediento de placer, ávido y entusiasmado. Era increíble porque era como estar bajo la merced de otro Yuuri. Y le fascinaba la idea.

Cuando Yuuri buscó el estuche y lo abrió, dejó caer tanto el lubricante como los envoltorios de los condones en el colchón. Por un momento dudó de si usarlos, pero decidió hacerlo de todos modos para probar la sensación. J.J. tomó por su lado el lubricante y ansioso como estaba, lo echó entre sus dedos para calentarlo, frotándolo entre sus manos.

Yuuri no intervino. Quiso embeberse en la imagen de J.J. moviendo sus dedos húmedos entre sus piernas, abriéndose paso en su recto. Su pene palpitó con fuerza, sintiendo endurecerse aún más; la imagen era demasiado erótica y entendía que J.J. era quien mejor sabía cómo lo deseaba, así que le dejó hacer. Buscó por su cuenta el bote de lubricante para cubrir con él su pene sin dejar de mirar lo que J.J. hacía. El calor ya era insoportable y no creía poder aguantar más. 

Se inclinó sobre J.J y con los dedos llenos de lubricante decidió penetrarle para reconocer su interior. J.J. dejó salir los suyos mientras respondía a los besos que Yuuri le propiciaba. Ambos cuerpos desnudos se buscaron para sentirse por completo; Yuuri dejó caer su peso sobre el pecho desnudo de J.J. y siguió estimulándolo con paciencia, mientras sus labios se buscaban hambrientos y sus lenguas necesitadas se frotaban, hasta que llegó el momento en que toda estimulación fue insuficiente. J.J. y Yuuri se sentían al rojo vivo y necesitaban concretar. Así que, sin más demora, Yuuri llevó su pene y penetró a su novio mientras éste se sujetaba de las sábanas para acostumbrarse a la sobrecogedora experiencia.

Yuuri no tuvo reparo alguno y tras sujetarle las caderas, comenzó a penetrar con fuerzas, sin dejarle tiempo a pensar. J.J. no podía pedir nada más, era incluso mejor que en los sueños húmedos que había tenido y vocalizaba su placer de esa forma, sin contenerse. Yuuri empujó su erección y sus labios cayeron desordenados entre el cuello y el pecho de su novio, afiebrado. Sus propias caderas se movían sola con vida propia y su boca dejaban salir jadeos azorados, mientras sentía todo y nada en medio de la vorágine de emociones que lo había tragado.  

Era perfecto, jamás había logrado imaginar que las sensaciones serían así de apabullantes. Temieron en algún momento el estar sobrevalorando el sexo y las sensaciones aderezadas por su imaginación, pero nada se comparaba a verdaderamente sentirse y tenerse. J.J. le tomó una de las manos de Yuuri, apretándola mientras sus bocas se buscaban una vez más y sus párpados caídos les permitían disfrutar de la experiencia con el resto de los sentidos. Yuuri llevó su mano por la ancha espalda de J.J para apretarla y sostenerla, mientras la cama se movía por la fuerza de cada embestida y sus cuerpos convulsionaba del delicioso placer.

J.J. fue el primero en llegar, eyaculando con fuerza contra el abdomen de Yuuri mientras éste le seguía azotando sin misericordia aun sintiendo la forma en que el cuerpo de J.J. le apretaba en medio de su orgasmo y, desatado, tomó sus caderas más en alto para arremeter con fuerza y aún aguante, buscando ahora sin contemplaciones su propio placer. El orgasmo lo sorprendió poco después, robándole las fuerzas y transformando su rostro en una mueca de intenso éxtasis. J.J., quien estaba recuperando el aliento mientras sentía a su pareja golpear dentro de él con todos sus sentidos aún despiertos, tuvo la preciosa imagen de un Yuuri sonrojado hasta el pecho, sudado y despeinado, llegando al clímax.

Así, ambos se quedaron en silencio, abrazándose para terminar de complementar aquel acto y hacerlo ver como una muestra más de todo el amor que ya ellos sentían por el otro. Yuuri buscó un beso que J.J. respondió con gusto y, pegando sus rostros sudados, se dedicaron a respirar sobre el otro mientras escuchaban los desaforados latidos de sus corazones.

—Eso fue… —intentó decir Yuuri, antes de responder al nuevo beso de J.J, mucho más suave y sosegado.

—Eso fue genial —dijo encantado—. ¡Tengo ganas de hacértelo todos los días!

—Técnicamente todavía no me lo has hecho —aclaró Yuuri mientras movía sus dedos por el pecho mojado de su novio, a lo que J.J. se mordió los labios con la idea. Los ojos de Yuuri, a pesar de lucir satisfecho, mantenían aún la llama encendida del deseo oculto.

—Ya me ocuparé de eso —aseguró, dándole una palmada al fibroso trasero de Yuuri quien rio en respuesta—. ¿Nos bañamos? Quiero estrenar esa ducha.

Se levantaron ambos de la cama y Yuuri se retiró el condón usado, arrojándolo a la papelera mientras su pareja ajustaba la temperatura del agua. Entonces, ambos se metieron en la ducha conforme compartían besos y caricias o reían de los juegos entre ellos. J.J. se dio el tiempo de tallar la espalda de Yuuri y repartir besos en su cuello; Yuuri de enjabonarse lentamente para llamar la atención de su pareja. Seduciéndose, disfrutaban del momento sin buscar nada más.

Con el vapor empañando los vidrios, en un momento en que los juegos se volvieron invitaciones al sexo, se marcó la mano de Yuuri sobre uno de ellos. J.J. le besaba la nuca, el cuello, las orejas y sus dedos húmedos se adentraban en el ano de Yuuri, expandiéndolo. Era tanto el deseo que se sorprendió de estar duro tan pronto, pero recordó luego que durante esas semanas buscando apartamento, no habían tenido tiempo de estimularse como antes de que la propuesta llegara. Así que, sin ya ninguna restricción, decidieron hacerlo ahora. 

J.J. cumplió su parte, Yuuri no llegó siquiera bien a la cama cuando ya se encontraba arrodillado en el suelo, con su cadera en alto, recibiendo los dedos de J.J. ahora húmedos por el lubricante. Las gotas de agua caían en el piso de madera debido a que J.J. no le dio tiempo ni siquiera a secarse. Apenas cerraron la llave de la ducha al salir y por temor de mojar la cama, Yuuri decidió arrastrarse en el suelo mientras J.J. se arrodillaba. Los dedos largos del canadiense se movieron sin demora dentro de Yuuri, buscando estimular la próstata y recibiendo guía a través de sus gemidos. Cuando la halló, lo supo por la forma en que el jadeo de Yuuri se escuchó y, emocionado, envolvió su tronco con un brazo, invitándolo a levantarse un poco. Compartieron besos desordenados mientras sacaba sus dedos, llevando ahora su pene endurecido y húmedo hacia el interior de Yuuri, entrando de a poco debido al largo de su miembro. De un movimiento, fue Yuuri quien se penetró con fuerza arrancándole un ronco grito a su novio.

De allí, fue imposible detenerse. Incluso olvidaron el hecho de estar húmedos y goteando agua por todos lados. Yuuri posó sus brazos en la piecera de la cama, levantando sus caderas e intentando sostenerse de pie mientras J.J. arremetía a su espalda, con todo su ser. La estimulación resultó sobrecogedora y ambos expresaban su placer sin recato alguno, sintiendo de todo y permitiéndose ese grado de pasión desenfrenada. Yuuri lo quería más dentro, lo decía, lo exigía y J.J. sentía que se le derretían los oídos al escucharlo pedirle ir más duro, más fuerte y un ‘fóllame’ exigente que lo alentaba. La nalgada que cayó sobre su trasero hizo que el cuerpo de Yuuri temblara como gelatina mientras soltaba un grito exaltado y su interior lo apretaba aún más. Aquello fue tan placentero que J.J. lo repitió varias veces mientras lo embestía y Yuuri se sintió lloriquear de puro placer.

Cuando el clímax llegó, los sorprendió a ambos. Yuuri había alcanzado primero el orgasmo y el apretón de su cuerpo provocó que J.J. llegara al suyo. Así, ambos agotados, se dejaron caer sobre el piso tratando de recuperar el aire. Afocados, se buscaron con torpeza hasta procurar un abrazo en medio de los escalofríos que el cambio de temperatura y su humedad les provocaba. Cansados, compartieron un beso pequeño y caricias suaves y embelesadas.

—Mi rey… —murmuró J.J. mientras pasaba su nariz por la mejilla aún roja de Yuuri—. Olvidé el condón.

Yuuri le miró por un momento, antes de empezar a reír y J.J. hizo exactamente lo mismo. Se abrazaron con gracia ante lo torpe que aún se sentían con todo y supieron, aún sin hablarlo, que disfrutarían de cada paso que les ayudara a tener la experiencia para entenderse y complacerse mutuamente.

Por lo tanto, no fue sorpresa que el fin de semana acabara y el lunes amaneciera con todo en sus cajas y ellos dos desnudos. Todo el fin se invirtió en el placer de tenerse en todas sus formas, experimentando un sinfín de situaciones. Ni siquiera se animaron a vestirse, estaban desnudos y prestos, caminando así por toda la casa mientras se acostumbraban a ello. Jugaron como niños, experimentaron como adultos, solo hicieron pausas para sus necesidades y comer.

Cuando la alarma sonó, Yuuri se levantó completamente despeinado y desubicado mirando que ya solo faltaba una hora para entrar al trabajo. J.J., perezoso, se removió en la cama dejando ver su trasero en medio de las sábanas mientras Yuuri luchaba por salir del enredijo que habían dejado tras el ferviente sexo en la madrugada. Lo escuchó remover entre las maletas y J.J. solo abrió sus ojos para ver la bella estampa de Yuuri buscando donde había dejado sus sacos y su camisa.

La sonrisa bobalicona fue atacada por la almohada de Yuuri, quien desesperado porque odiaba llegar tarde al trabajo, le impulsaba a prestar ayuda. J.J. se levantó muy a regañadientes y le miró vestirse después de un rápido baño. Decidió salir, preparar rápido una buena merengada con algunas frutas que habían llevado en la mudanza y aún esperaban por ser puesta en la nevera y despidió a Yuuri con ese batido. Fue difícil salir a trabajar tras haber abrazado el cuerpo desnudo y caliente de J.J. con una erección matutina.

Cuando ambos llegaron a sus respectivos trabajos, la enorme sonrisa que portaban en sus rostros fue la mayor prueba que todos sus conocidos necesitaron para saber que el paso que habían dado parecía ser el correcto. Ambos no podían sentirse más felices de esa nueva a etapa.

La vida estaba llena de oportunidades. El aprovecharlas justamente y encontrar en ella la felicidad muchos lo llamaban un golpe de suerte. Pero no, J.J. en lo personal jamás lo vio como un acto de la casualidad, porque él había sabido identificarlas para tomarlas y la mayor de ellas vino en los ojos marrones de aquel japonés que lo auxilió tras el accidente. No se arrepentía de haber decidido apostarle a ella. 

FIN

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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