Golpe de Suerte – Parte I


—¿Sumaste todos los valores?

—Sí…

—¿Dónde? ¡No veo tu calculadora!

—Soy contador, Phichit, los sumé en la cabeza.

—¡Oh…!

Cualquiera que viera al asesor contable junto al gerente de la entidad financiera tan concentrados en la mesa, pensaría que buscaban resolver algo muy grave para el bien de la empresa y todos sus empleados. Ceños fruncidos y concentrados, expresión circunspecta y clara contrariedad más nerviosismo dibujado en su semblante; eran solo parte de la estampa presentada. Sin embargo, esa impresión estaba lejos de la realidad.

—¿Puedes decirme de una vez el resultado? —pidió Yuuri, torciendo la boca.

—Di el número.

—24.

—Oh mal… ¡muy mal! 

—Deja de dramatizar tanto…

—¡Es tan terrible, Yuuri!

—Phichit, por favor, suéltame.

—¡Es hetero, Yuuri! ¡La desgracia te persigue!  

El contador rodó los ojos, mientras era zarandeado por su amigo y jefe, Phichit. Con la cafetería deshabitada a esa hora de la mañana, no fue extraño encontrarse allí pensando en café mientras terminaban unos de los ridículos test que a Phichit le llegaban por correo. No, no trataban de salvar a la empresa de un fiasco legal, solo respondían a un test con el que pretendía tener una respuesta en la vida para dejar de sentir lo patético que era. Ya Phichit lo había embaucado anteriormente con otros títulos menos osados, tales como: ¿necesitas solucionar tu vida?, ¡Averigua qué tipo de animal fuiste en tu vida pasada!, ¿cuál será el último viaje?, ¿con qué famoso se casaba?… Sí, un montón de test estúpidos que al final demostraba que ser gerente derivaba en una gran pérdida de tiempo.

No obstante, cuando su amigo-jefe lo había convencido de responder las preguntas del test: “¿Cómo saber si tu crush es hetero?”, el maldito había salido con 24 de: ¡Olvídalo! ¡Es tan hetero que, si se le cae el jabón, ¡tendrá un letrero de no pasar en el trasero!”. Si necesitaba algún tipo de confirmación de los astros sobre su mala suerte: era esa.   

Frustrado, dejó el asunto así y se quitó a Phichit de encima. Su amigo y gerente se rio de lo lindo mirándolo caminar como si cargara el peso de Atlas en su espalda.

—¡Al menos anímate a declararte! ¡Quién no arriesga no gana!

Si las cosas fueran así de fáciles, seguramente no estaría allí buscando que una revista de novedades les diera la respuesta a todas sus inquietudes. Pero en esta ocasión, no le sorprendía. Es más, ya lo sabía. Haber cedido había sido solo un fausto intento para no sentirse tan desesperanzado porque todo en su vida hasta el momento, salía patéticamente mal.

Hubiera volteado para responderle si no fuera porque el tono de su móvil sonó. La canción pegajosa de Love Princes Victooru sonó en la cafetería y Yuuri se animó con solo oír la melodía, al punto de empezar a mover la cabeza. ¡Ahh… esos pequeños placeres de la vida! Yuuri podría ser un solterón de 24 años virgen con problemas de peso y feliz al escuchar ese opening una y otra vez. Además, la foto que le había tomado a su reciente tormento también se movía con el ritmo de la música y, sinceramente, le gustaba eso.

Decidió contestar y tomó suficiente aire para hacerlo. Pronto escuchó la estruendosa voz de su adorado suplicio:

—¡Yuuri! ¿Cuánto más vas a tardar en venir? ¡Se me han antojado unas alitas picantes con un baúl de papas francesas y mucho, mucho kétchup! ¿Me traes?

—¿No es malo para tu cuerpo? —replicó, pensando que igual tendría que ir a buscarlas.

—Jajajajaja ¡pero si con el J.J Style es imposible que pierda mi glorioso físico!

—Eh… bueno. Ya te llevaré.

Yuuri se pasó la mano por la cabeza, antes de soltar un suspiro frustrado y sonreír. Lo peor era que ya Phichit estaba preparado para lanzarle una carcajada en la cara, porque sabía quién había llamado gracias al tono de su rostro. 

¿Cómo pudo enamorarse de él?

Todo empezó una tarde de la semana pasada, que, tras haber sobrevivido a uno de los días más espeluznante de su vida, salió muy agotado de su oficina. Su auto, un pequeño Ford de segunda mano, estaba aparcado frente al gimnasio ubicado a una cuadra de su centro empresarial. Yuuri avanzó muy apurado, porque la nieve empezó

 a caer y lo que menos quería era volver a tener que palear la acera. Así que se internó en el auto, puso a calentar el motor y se distrajo. Ese fue su garrafal error.

Había aprovechado el wifi de la oficina para descargar el nuevo capítulo de su anime favorito en el móvil; y como otaku consagrado, empezó a cantar el alegre opening de Love Princes Victooru justo cuando soltó el freno y empezó a moverse. Tan mala suerte tuvo que, por no ver bien por el retrovisor derecho, le llegó a una moto que estaba acercándose.

La moto del dueño del gimnasio que estaba llegando a trabajar.

Maldita sea.

Había salido en cuanto pudo, temblando de pies a cabeza, para ver al chico tirado, gritando de dolor, con la pierna en una posición muy horrorosa. Y entonces se llenó de gente, montones de personas que salieron tanto del gimnasio como de los alrededores y Yuuri solo pudo escuchar entre todas ellas el grito angustiado de la joven que luego supo era su media hermana, cuando ésta lo golpeó en el pecho mientras él pasaba a un pálido color papel.

«¡Te voy a denunciar!» 

Yuuri suspiró y entró al apartamento con la copia de llave que le habían dado, abandonando aquel recuerdo. Había iniciado ese conjunto de visitas obligatorias al inicio por el miedo de tener una demanda que hiciera peligrar tanto su contrato laboral como su permanencia en el país; pero luego, los intereses habían cambiado mucho. Mientras atendían al joven herido se había percatado de ese cuerpo de infarto, aquellos oblicuos, esos enormes muslos duros como hierro y esos deliciosos glúteos. Casi se sintió babear y tuvo que darse patadas mentales para dejar de pensar en lo muy atractivo que se veía. Así que, mientras mostraba por fuera la preocupación real de lo que estaba pasando, por dentro estaba callando a su gay interior que gritaba: “quiero comer carne canadiense”, con solo ver al perfecto pecho desnudo de aquel hombre.

Pero dicho hombre era hetero, tan herero que sería más fácil ver a los dinosaurios repoblar la tierra que tener una oportunidad con él. ¡Y allí estaba la mejor muestra! Cuando llegó, J.J estaba viendo con gusto un programa de ejercicio donde un trío de rubias de talla 42 llenas de silicona se movían con un ajustado traje de baño rojo mientras hacían “ejercicios”. Yuuri miró aburrido los movimientos oscilantes de los pechos aquí y allá.

Él estaba seguro de que, si subiera diez kilos más, tendría unos senos como esos; pero era completamente equitativa a la certeza de que eso no sería nada agradable para Jean Jacques Leroy, o como se hacía llamar a sí mismo, J.J El dueño del gimnasio King J.J con el método de “conviértete en el mejor con el J.J Style”.

—¿No vas a comer? —Yuuri volteó para mirar a su paciente estrella tendido en la cama, con una pierna enyesada sobre las colchas. El yeso estaba lleno de un sin fin de firmas y su pecho desnudo, estaba con todo ese bronceado delicioso a su vista.

—Ya comí —se acomodó en el borde del colchón, un tanto inquieto—. ¿Por qué no comes más? Allí hay más kétchup. 

—Mentira, ¡ven, come! —Convidó con su buen ánimo y Yuuri tuvo que resoplar, resignado.

Decidió seguirle la corriente, porque J.J podía llegar a ser tan insistente que le costaba decirle no y no quería tenerlo allí encima persistiendo a sabiendas de lo mal que la pasaba tratando de aguantar sus pensamientos indecorosos. Era mejor limitarse a morder el ala picante y no discutir. Pero, de repente, sintió el colchón moverse. Cuando volteó para ver si debía ayudarlo a acomodar las almohadas, casi escupe todo y hueso a la cama al ver a J.J mostrando su metro setenta y ocho desnudo en todo su esplendor, en especial su gloriosa espalda.

¡Iba a morir de un infarto!

—¡Qué demonios contigo! —chilló mientras se volteaba mientras se agarraba el pecho casi cayéndose de la cama donde estaba sentado—. ¿Por qué estás desnudo? ¡Estamos en Canadá!   

—¡No estoy desnudo! ¡Tengo bóxer! —acotó. Yuuri se sintió sudar como puerco en el matadero, pero tuvo el valor de mirarle de muy mala manera, por encima del hombro. La cara de tribulación era muy elocuente—. ¿Ves? ¡Oh! ¡Creo que no te he mostrado este tatuaje!

¿Qué clase de karma estaba pagando en vida? Yuuri por dentro quería llorar, era tan frustrante tener tanta belleza a su alcance y saber que no podría tocarla al menos que, además de una demanda por intento de asesinato, le quisiera agregar un intento de violación.  Soltó el aire y contó hasta diez. Claro que podía ser fuerte. Infló su pecho, sacando toda la gallardía que carecía, para voltear y ver el despampanante trasero de J.J enmarcado en ese pequeñísimo bóxer rojo mientras le mostraba el sexy tatuaje de dos J y alas dibujado en la piel.

Todo lo que hizo después, es todo lo que había hecho en su vida: Huir con la dignidad en alto.

—Tengo que irme…

—¡Ey!

J.J solo pudo escuchar a la puerta cerrarse con fuerza sin más despedida.

Solo para cuando Yuuri llegó al auto recién pudo respirar, el corazón le bombeaba con fuerza y tenía la sensación de adrenalina al haber corrido por su vida. Solo que a veces no sabía si él era la dulce caperucita rechoncha que debía salir corriendo del lobo feroz, o era el lobo feroz pasado de peso que se quería comer a la caperucita inválida. Ante semejante disyuntiva, lo mejor era salir corriendo antes de morder, porque estaba seguro de que todo estaba en su contra.

¿Cómo podría tener una mínima oportunidad con J.J? Vamos, J.J era el maldito tipo sexy, con bronceado de película, corte a la moda, tatuajes que te dejaban pasando saliva y cuerpo de atleta. Con seguridad apabullante, decenas de mujeres tras de él, sonrisa coqueta y un carisma que podría ser la envidia de cualquier súper estrella… ¿Qué posibilidades tendría él?

Yuuri era un japonés otaku que prefirió salir del país para trabajar en contaduría, que tener que vivir con la presión de su casa y familiares porque debía casarse, cuando él era un gay de closet cuyo único deseo había sido que el príncipe Victooru del anime fuera real. Sí, era tan patético que su novio de ensueño era un personaje de anime de nacionalidad rusa y pelo claro, con las nalgas más gloriosas del mundo de la animación.

Toda su experiencia amatoria se limitaba a encuentros del cuarto tipo con una fantasía del bishounen más popular de Japón, su dakimakura y su mano. ¿Qué iba a poder hacer él para convertir a J.J en gay?

Con una dosis de objetividad, Yuuri partió de aquella zona residencial para seguir con su deprimente vida, aunque sabía que en los días consecutivos esa rutina se repetiría hasta el cansancio.

Como era ya un ritual, todas las tardes Yuuri abandonaba las oficinas de su trabajo aburrido, para desajustar la corbata y atiborrarse de abrigos, con el fin de dirigirse al apartamento de J.J. Desde el accidente, era común encontrarse familia allí pese a que J.J, por lo que le había comentado, hacía tiempo se había independizado con su media hermana. Ambos atendían negocios comunes: J.J un gimnasio que había ganado fama en Montreal e Isabella un spa que cada vez ganaba más nombre y manejaban descuentos especiales entre ellos.

Así que era habitual que fuera Isabella quien se encargara de los negocios de ambos mientras J.J obedecía a su reposo y que, cuando Yuuri llegara al apartamento, se encontrara con cualquier miembro de la enorme familia de Leroy. Durante una tarde, la madre, Nathalie Leroy, le había invitado a cenar y no pudo resistirse a su deliciosa sazón. Después, fue el padre de Jean, Alain Leroy, quien lo había convidado a ver un partido de fútbol americano mientras se sentía cohibido entre los gritos que el padre hacía por el pase de una pelota. Así también había ayudado a uno de sus hermanos menores a resolver su tarea de matemática y a otra de sus hermanas a descargar el nuevo anime de temporada porque según ella, todos los japoneses eran otakus.

Y al final siempre terminaba corriendo para volver a la habitación de J.J porque, según palabras de su exclusivo paciente, lo estaba abandonando para atender a los demás y no a él que era el herido.

Así terminaron en la cama el viernes, aunque para fortuna de Yuuri, ésta era tan espaciosa que podría sentarse en ella, u obedecer al pedido de J.J de ponerse más cómodo sin sentir que le estaba invadiendo espacio personal. J.J quería ver una película de Marvel de las que él poco o nada sabía. Tenía que estarle preguntando por los nombres de los personajes, de lo cual J.J hablaba sin parar. En algún momento subió una pierna, luego la otra, después aflojó la corbata y, cuando se dio cuenta, se había quedado dormido.

No pudo estar seguro de cuánto tardó con los ojos cerrados, pero cuando los abrió la habitación estaba a oscuras y tenía una colcha sobre su cuerpo. Pensó por un momento que estaba en su propia casa, pero su cama no era así de cómoda, ni tenía a ese olor a suavizante de bebé. Se removió inquieto, sin ánimos de despertar del todo, pero sintiendo en su mente una lejana alarma. Una que sonó estruendosamente cuando escuchó esa voz en su oído.

—¿Despertaste?

—¡Ahhh!

Aparatosamente, se dio media vuelta y terminó en el suelo con un duro golpe en la cadera y un par de cosas tiradas de la mesa de noche. J.J se asomó al borde del colchón, con gesto preocupado, mientras Yuuri se sobaba con dolor. Estaba despeinado, incluso tenía un hilo de baba en la cara. ¡Cómo podía llegar a ser tan patético!

—¿Estás bien? ¡Eso debió doler!

—¡Debiste haberme despertado! —replicó mortificado, mientras buscaba con su mirada a donde se encontraba su móvil, para ver lo tarde que ya era.

—En la cama del gran J.J hay espacio. —Y el aludido para demostrarlo palmeó el espacio que había abandonado, como si se tratara de un gran sultán. A Yuuri le vino la repentina revelación de que esa enorme cama podría ser el espacio de las aventuras que J.J tenía con chicas de talla 40 que caían ante esos precisos encantos que mostraba en ese momento.

Yuuri negó con tal fuerza que le dolió el cuello. J.J lo vio con cara de despiste.

—¿Por qué? ¡Somos dos hombres!

Y allí estaba, la típica expresión que un hombre hetero haría, completamente seguro de que su integridad jamás sería violada. Yuuri se pasó una mano por la angustiada cara. Estaba tan sonrojado, agitado y ahora amargado porque J.J no hacía más que enviarle las señales correctas de que su crush era tan imposible como el crush que tenía desde sus doce años por Victooru.

—Debo irme —se levantó con todo lo que quedaba de su dignidad para intentar avanzar y J.J le miró con rostro confundido.

—¿Vienes mañana? ¡Recuerda que me dijiste que me traerías comida tradicional japonesa! ¡Y no se te olvide…!

Yuuri cerró la puerta, agarrando el abrigo del perchero para cubrirse con rapidez. Cuando bajó la mirada para subir la cremallera notó la erección que se le estaba notando en el pantalón. Quiso chillar, ¡era tan frustrante! Si J.J lo hubiera notado se hubiera desaparecido, así tuviera que pedir al gobierno canadiense que lo deportaran de por vida a Japón. Entró a su auto, dejando que algunos bloques de hielo cayeran al cerrar con fuerza la puerta y se metió en los archivos para buscar el opening de su serie favorita, su único consuelo en semejante situación.

Solo faltaban un par de semanas más, sólo unas… viendo el video de cuando Victooru aparecía entre arcoíris patinando con un caniche que en realidad era un demonio en el mundo de los vivos (igual que Victooru), Yuuri se preguntaba porque no podía ser su mundo como el anime. Ser patinador (como alguna vez quiso), conocer a un tipo como Víctor y vivir una gay historia de amor. Se rio de su desgracia.

Claro que eso nunca pasaría.

Lo que Yuuri no imaginaba era que, de hecho J.J no era tan hetero como aparentaba y estaba empezando a tener una crisis emocional porque ninguno de sus intentos por conquistar al japonés funcionaba. Yuuri era tímido y reservado, a veces llegando a rozar el ser grosero cuando se veía superado; pero era gentil, tenía muchas atenciones con él y, a pesar de su trabajo, siempre sacaba tiempo para buscarlo. Y él, que no entendía de sutilezas, se le ocurría tratar de conquistarlo con su mejor arma.

¿Por qué era tan difícil?

Frustrado, miraba con desdén la porción de pizza servida con salami, mientras sus padres veían muy acaramelados la tele, sus hermanos menores corrían por la mesa e Isabella se tomaba una nueva selfie con su nuevo esmalte de uñas. Era medio día, Yuuri había dicho que iría más tarde y J.J esperaba que todos se fueran para tener otro tiempo a solas con él, aunque lo más cerca que lo había tenido era lo de la noche anterior y no pudo hacer más que quedarse como un bobo mirándolo dormir con los lentes mal puestos.

—¡No vas a conquistar a nadie si solo hablas de ti, J.J! —el aludido torció la boca. ¡Y qué más iba a hacer si él era perfecto!—. Interésate por sus gustos, pregúntale que le gusta hacer por las noches, su comida favorita, ¡esas cosas! Por ejemplo, ¡podrías preguntarle de dónde sacó esa horrorosa canción que tiene de ringtone!

—¿No te asusta? —Isabella enarcó una ceja ante la pregunta—. Que yo… tú sabes… 

—¿Qué seas gay? —Su hermana sonrió largamente mientras le alborotaba el cabello—. Todos en la casa lo sabíamos.

Sí, J.J no era que había tenido decenas de chicas que hubieran pasado en su casa. Tampoco era el casanova que aparentaba a pesar de tener siempre la coqueta sonrisa y buscar apabullar a todos con su increíble seguridad. J.J era un joven que se había mantenido virgen por su sueño de llegar casto al matrimonio, aunque nunca, ninguna de las chicas con las que había salido, le había creado esa necesidad de intimar. Siempre lo habían dejado porque ellas querían tener sexo y él salía con la importancia de seguir una relación sana y demostrar que estaría sustentada en otras cosas que no fuera eso.

Había creído que todo estaba bien considerando que con ninguna había tenido mayor deseo y que eso mostraba toda su capacidad para seguir ese designio propio con creces. El problema vino al abrir el gimnasio y tener mayor contacto con cuerpos semidesnudos de varones. Sentirse acalorado, tener erecciones involuntarias, todo aquello empezó a crearle una crisis interna; pero ya había quedado todo aclarado cuando se dio cuenta que los ojitos rasgados del japonés y el sonrojo que solía cargar impreso en sus mejillas (además de ese gordo trasero), lo encendía más que cualquier cuerpo escultural femenino que viera por TV o en vida real.

Ya, estaba definido: le gustaba Yuuri. Ahora, ¿cómo hacer para acercarse a Yuuri? Se veía como un chico serio, con un trabajo estable, que tenía gustos diferentes y no parecían gustarle los chicos; seguro era de esos japoneses que, como decía su hermana, solo veía eichi.

Y allí estaban. Afortunadamente su hermana había decidido ayudarlo, convenciendo a sus padres de salir con sus hermanos a un centro de juegos. Lo que les propició un espacio para estar a solas, mientras estaban en la sala, compartiendo la extraña comida que Yuuri había traído.

Conforme lo veía sacar todo de sus tuppers refractarios, J.J miraba con curiosidad lo diferente que Yuuri se veía con ropa casual (unos sencillos vaqueros, un suéter grueso tejido color beige y una bufanda que aún llevaba amarraba en su cuello), en comparación a su traje de oficina. ¿Eran cosas suyas o esos vaqueros le hacían ver más gordo el trasero? Además, se le adivinaba por el suéter la acumulación de grasa en su abdomen.

—Entonces, el método J.J Style para bajar de peso y vivir una vida saludable, incluye una buena alimentación que elimina la mayor parte de los carbohidratos, una rutina de ejercicio moderada y visitas al spa de Isabella, obvio, ¡porque mi hermana tiene manos gloriosas! ¡Y ser feliz, muy feliz, disfrutando lo que les gusta!

—Oh… quizás fue mala idea traerte esto entonces…

J.J notó tarde la expresión atribulada de Yuuri y decidió levantarse, cojeando de la pierna aún enyesada para revisar qué era lo que había traído. Olía muy bien, sin duda alguna, pero también olía a mucha grasa y cuando se acercó, vio huevos… cerdo, huevo… ¡Aquello era una bomba de carbohidratos!

Las alarmas internas resonaban en su cabeza, pero J.J veía el rostro cabizbajo de Yuuri y las mandó a callar. Eso iba en contra de su dieta, pero una vez en la vida… Además, ya había faltado a su dieta anteriormente desde que no podía hacer ejercicios.

—¿Qué es?

—Es katsudon… tiene arroz, cerdo frito y huevo… Creo que esto mejor me lo como yo y busco algo más —Yuuri dejó el paño en el mesón y se apresuró a moverse para salir. J.J lo agarró del brazo.

—No, ¡espera! —carraspeó y lo soltó, al notar el sonrojo de Yuuri y sentirse él igual de apenado—. ¡Yo lo comeré! ¿Cómo dijiste que era? ¡El J.J Style no sería tan genial si no puede contra esta bomba de calorías!

—No lo digas así…

—¡Bajaré toda la grasa que tenga este plato apenas pueda recuperar mi pierna!

—En serio puedo comérmelo yo todo y busco algo… digno a tu J.J Style —la sonrisa apenada de Yuuri era tan linda de ver, pero no iba a dejarse convencer por ella. ¡Se comería ese plato para obesos! ¡Y seguiría siendo tan perfecto como ya era!

—¡No! ¡Lo comeré! ¡Está decidido! Además, ¡es mucha comida, ¡dudo que puedas comerla to…!

Yuuri miró sospechosamente hacia un lado y J.J tuvo la idea de que sí, que Yuuri si estaba acostumbrado a comer esas cantidades; no pudo evitar golpearse la frente

—¡Te quieres morir del corazón! —acusó dramáticamente y Yuuri, agitando los brazos como si buscara defenderse, intentó exonerarse de toda culpa.

—¡Un Yuuri comiendo es un Yuuri feliz! —La cara de J.J fue un perfecto desastre, se había quedado sin palabras mientras lo miraba con el rostro confundido. Yuuri apretó sus labios y se animó a agregar—. O… eso es lo que decía mamá —dijo con culpa, ocultando entre sus manos su pequeña acumulación de grasa. J.J inevitablemente se murió de la risa.

Yuuri no podía creer hasta donde podía llegar su patetismo, porque aquello había sido la confirmación de ser un gay de closet hijo de mami que le gustaba comer más que dormir. Mientras pasaba su pequeña crisis de dignidad, vio a J.J comer su plato de katsudon y comió el suyo en silencio. Sabía que había sido mala idea traer katsudon, porque a toda legua J.J no era persona de ese tipo de comida. Pero se veía muy contento y decía que podría agregarle a su J.J Style un día sin culpas al mes donde el katsudon pudiera ser bienvenido.

Porque había que hacer a Yuuri feliz comiendo, añadió J.J; y ante esa expresión, Yuuri se sintió un farol navideño.

Al acabar, los dos se sentaron muy satisfechos en el mueble, mientras dejaban reposar la comida. J.J, con la desfachatez de siempre, levantó su camiseta para ver su perfecto y torneado abdomen, sacando barriga a propósito para hacerle ver lo lleno que quedó. Yuuri veía aquello como quien no quería ver, aunque le frustraba que él no pudiera hacer lo mismo, ya que si llegara a subirse el suéter, su bella acumulación de grasas y estrías saldrían.

—¡Estoy tan lleno! —Se quejó golpeando su duro abdomen—. ¡Muéstrame tu pequeña acumulación de felicidad!

—Deja de meterte con mi acumulación de felicidad verdadera —replicó sin tanta fuerza, escapándose de la queja en medio de una risita divertida. Pero Yuuri, a pesar de haber escuchado a J.J diciendo que quería verla, no lo creyó capaz de prácticamente lanzarse a subirle su suéter. Así fue como salió su barriga blanca y pálida a relucir—. ¡Por Dios! ¡Deja!

—¡Estoy diagnosticando tu estado para darte una buena programación de ejercicio! —dijo pasándose los dedos bajo la barbilla. Yuuri, enrojecido, se tapó la cara.

Todo lo que podía decir de semejante situación era que se trataba de un hecho surrealista. Yuuri no hizo nada para evitar que J.J siguiera viendo su abultado estómago, pero tuvo que inclinarse a taparlo cuando se le ocurrió dar picotazos con los dedos, porque le daba cosquilla y le era inevitable contenerse.

—¡Deja eso! —dijo apenado y J.J lo miró con bastante curiosidad. Justo empezó a sonar su móvil y Yuuri aprovechó para levantarse, acomodarse el suéter e ir a buscar su móvil que había sobre el mesón.

 “Bikutā ōji wa eregantona sukēto de, watashitachi o sukutte kudasai. O shiri de watashitachi o terasu” resonaba con animado tono femenino y un estridente conjunto de sonidos electrónicos. J.J se acomodó con el brazo en el respaldo del mueble y se quedó mirando a Yuuri de pie, hablando en japonés con quien se imaginó era alguien de la familia debido a la forma en la que se le había iluminado el rostro.

Yuuri se sentía feliz cada vez que su hermana lo llamaba y podía escuchar a sus padres hablar por el auricular, muy contentos de saber de él. Incluso cuando al llegar a la temible pregunta de si ya tenía novia, Yuuri tuviera que decir que estaba muy ocupado y que no había tenido suerte aún. Con un suspiro nostálgico, colgó la llamada y devolvió la atención hacia el canadiense, quien lo miraba con bastante curiosidad. Yuuri se sonrojó; no le era muy común hablar en su idioma natal con alguien más delante.

 —¿Tus papás? —asintió sin mucho protocolo y J.J dibujó una despampanante sonrisa—. ¡Oh! ¡Te escuchas tan raro hablando japonés!

—Bueno, es mi idioma natal —dijo, restándole importancia mientras se acercaba para volver a sentarse.

—¿Qué es lo que dice esa canción? —Yuuri miró a su acompañante con clara interrogante—. La de tu tono de llamada. Esa que dice algo como “bita oi aelegaa”. —Yuuri se sonrojó furiosamente ante la patética imitación que J.J le hizo al opening.

—Es el opening de mi serie favorita…

—¿Puedo verla?

Era extraño que en ese país alguien se hubiera interesado por sus gustos, así que el que enrojeciera no significó ninguna novedad. Sin embargo, Yuuri se preparó mentalmente para el momento en que, al ponerle el primer episodio con subtítulos, J.J se aburriera o terminara diciendo que eso era de niños y no le interesaba. Mas no fue así, contrario a todos los pronósticos que Yuuri se hubiera hecho en esos cortos veinte minutos, J.J estuvo mirando muy atento, preguntándole algunas cosas que veía en el anime y riéndose con algunas de las situaciones hilarantes. Yuuri se sintió tan bien que olvidó cualquier prejuicio pasado por el momento.

Cuando acabó, Yuuri comenzó a buscar el siguiente por pedido de J.J, emocionado y con un brillo diferente en sus ojos del que no se percató, pero que J.J notó. Ajustó sus lentes mientras hacía cargar el nuevo episodio.

Así como pasó el segundo episodio, siguió el tercero y el cuarto, comentando y riéndose entre cada interacción que el demonio Víctor tenía con el mundo mortal y humano cuando entraba en el patinaje. El demonio, que había tomado la apariencia de un ruso sexy, tenía situaciones descabelladas que les arrancaba las carcajadas y el ending final con todos los patinadores moviendo el trasero los ponía muy alegres. Yuuri prácticamente había lanzado toda su timidez a un lugar bastante lejos de allí; se veía abierto, espontáneo, reía y le comentaba sobre cosas varias de la animación tales como el estudio, los seiyus, la parte de los efectos. J.J veía todo y lo absorbía como si se tratara de una esponja, aprovechando el momento y felicitando internamente a su hermana con la idea.

Tenía razón, era mejor dejar que Yuuri hablara. El problema era que ahora se sentía más enamorado y dudaba que hasta el momento hubiera algún avance en su plan para conquistar al japonés.

Antes de darse cuenta, ya estaban en el capítulo ocho de la serie y con un Yuuri tan relajado, que incluso había subido su pierna al mueble. J.J dejó caer su mano en el muslo fibroso de Yuuri y, de inmediato, se percató del calor que empezaba a sentir, no necesariamente por la calefacción. Pero haciéndose el desentendido, siguió mirando la serie.

Yuuri, literal, se le habían disparado los sentidos y no podía dejar de bajar su mirada hacia la mano que lo tocaba, sobre la mitad de su muslo. Sentía que a partir de allí había empezado un incendio de proporciones ilógicas por toda su piel. Apretó los labios e intentó sentirse cómodo, pero se estaba removiendo muy inquieto con la sensación de estar respirando pura electricidad. Sus propios vellos estaban erizados y su piel receptiva, mientras que todo lo que pasaba por su mente era cuánto quería que esa mano subiera hasta su entrepierna, la cual también parecía tener vida propia, comenzando a apretarle el pantalón.

No estuvo seguro de si fue acaso alguna clase de jugarreta de su cabeza, pero simplemente se encontró dando la orden a su mano[1] [2] [3] [4] [5] [6] [7]  antes de siquiera pensarlo.[8] [9] [10] [11] [12] [13] [14]  Esta se alargó hasta la de J.J, posándose suavemente sobre la ajena y buscó con su mirada la reacción de J.J Por dentro, sabía que estaba cometiendo un enorme error, pero sus neuronas se veían afectadas por la bruma del deseo. Estaba arriesgándolo todo y poco le importaba con tanta adrenalina disparada, pero al encontrar los ojos azul oscuro de J.J supo que no había problemas porque pudo notar que sus pupilas estaban de dilatadas.

Soltó el aire con dificultad, sintiéndose sediento. Los pálpitos se le habían disparado mientras se miraban, alternando sus puntos de enfoque entre los labios y los ojos ajenos. Yuuri se sentía nervioso, pero también animado por un arranque de impulsividad. J.J parecía haber perdido la capacidad de hablar y, ante la falta de movimiento de aquel, Yuuri hizo algo que jamás hubiera pensado si estuviera usando sus cinco sentidos: llevar la mano de J.J justo hacia donde la quería.

J.J abrió la boca y expulsó el aire contenido. Yuuri estuvo al pendiente de cualquier reacción adversa aunque, al no encontrarla, le instó a apretar. Debía sentirlo: la forma en que su erección se endurecía, las pulsaciones que tenía; su corazón se había alojado ahora en su cabeza y en la punta de su pene, moviendo sangre hasta sentirse mareado. El cataclismo fue aún peor cuando J.J se inclinó y comenzó a mover su mano por voluntad propia, percibiendo su forma. Yuuri sabía que era pequeño a pesar de su estatura, pero estaba seguro de que jamás había estado tan duro como en ese momento.

—Nunca había tocado uno aparte del mío… —comentó J.J con la garganta seca y Yuuri se dejó vencer por la bruma de excitación. Su espalda se acomodó en el espaldar del mueble y sus párpados cayeron sobre sus ojos, dándole una imagen casi soñadora.

—Estamos igual… —admitió, mientras respiraba con dificultad. Yuuri de repente se veía como un adorable desastre. J.J tragó grueso mientras se inclinaba un poco más, acercándose a mirar fijamente su cara para observar las reacciones que provocaba con solo apretarle.

Dios, estaba haciendo tanto calor… J.J sentía que su corazón iba a abrirle huecos por todo el cuerpo, porque podía escucharlo palpitando por todos lados. Yuuri soltó un gemido en uno de los apretones y J.J estaba derritiéndose de tanto fuego que empezó a sudar. Se quedó mirando todo el rostro de Yuuri, encontrándolo encantador con ese rojo en sus regordetas mejillas, con la forma en que empezaba a transpirar y los mechones negros se pegaban en su frente. La manera en que entreabría los labios, casi como si le incitara besarlo, aunque J.J no se atrevía a tanto aún. Yuuri frunció el ceño, como si se encontrara afectado.

Intempestivamente, sus pálpitos volvieron a subir la velocidad cuando Yuuri, aún tímido pese a las circunstancias, posó la mano sobre su muslo derecho. J.J cerró los ojos un momento para respirar solo calor, mientras podía percibir el temblor de aquella mano por encima de su pantalón de algodón. Yuuri comenzó a subir. Ahora el canadiense era quien sentía que todo su cuerpo estaba a punto de una combustión; porque cuando esa mano se posó sobre su pene, él tuvo que jadear y abrir los ojos para transmitirle el agradecimiento. Joder, cuánto lo necesitaba.

Así, solo mirándose, se dedicaron a tocarse y a aprender la forma ajena en medio de suspiros acalorados y miradas invitantes. Yuuri quería que lo besaran. Jamás lo había hecho más que en sus fantasías con cierto personaje que ya no le importaba, pero quería que lo besaran. Veía esa boca con apremio y debatía entre si acercarse él o dejar que J.J lo hiciera. Hasta el momento, todo eso podrían hacerlo pasar solo como dos hombres que, producto a la calentura del momento, se atendían. ¿Sería posible ir más allá?

Primero, accionó sus dedos, que encontrándose cuán apretado estaba allí abajo, fueron a desatar el botón de su pantalón para poder respirar. J.J soltó un gemido más ronco y aquello fue como si les inyectaran fuego a las venas. Antes de siquiera analizarlo, sus manos estaban bajando la cremallera y J.J se apresuró a meter la suya bajo la tela para arrancarle un suspiro profundo a Yuuri. Así, Yuuri levantó su cadera y se inclinó más hacia J.J para darle espacio de meter la mano hasta la muñeca y atrapar todo su sexo pulsante. El canadiense apenas podía respirar por la boca, inhalando ahora puro fuego porque los labios de Yuuri estaba imposiblemente cerca y su aliento era como llamaradas sobre su piel.

Antes de percatarse, Yuuri buscó hacer lo mismo con él y lo logró con gran facilidad porque su pantalón deportivo se lo permitió. J.J alzó su cadera para ofrecerle mayor acceso y ante el contacto directo con los dedos de Yuuri, J.J casi sollozó de felicidad. Estaba tan caliente y se sentía tan húmedo el ambiente donde estaban que ninguno escatimó nada para continuar aquello mientras se observaban a los ojos. Ambos se encontraban despeinados, sonrojados hasta los hombros y percibían la sensación de que aún no era suficiente mientras se rozaban lánguidamente los rostros y estimulaban con fuerza sus penes.

Entonces, Yuuri decidió. Buscó esa boca con torpeza y la atrapó queriendo un beso lleno de fuego, aunque tuvo que apartarse cuando de pronto chocaron los dientes. No importó; la verdad, estaban tan excitados que no se iban a detener por nimiedades como esas. Volvieron a intentarlo y ahora con el pleno permiso de J.J se acercó para encajar sus labios en un beso apasionado. Al inicio fue descolocado, desorganizado y carente de cualquier ritmo, solo buscando sentir al otro mientras soltaban gemidos, porque la nueva estimulación hacía que lo que estaban sintiendo en sus miembros se multiplicara. Los lentes estaban resultando un verdadero estorbo y J.J se movió para quitarlos y acomodar su brazo en torno a Yuuri. Cambiaron las manos con las que se estimulaban sin ningún tipo de acuerdo, buscando el reacomodarlos mejor a ambos para disfrutar más y, ahora, con una mano libre para tocar, Yuuri fue por el duro pecho del canadiense mientras que éste buscaba de nuevo su boca con la intención de ya no separarse, ansioso de esperar lo que sea que fuera a suceder.

Llenos de deseo, se vieron por inercia, se restregaron con rudeza y se acariciaron lo que podían con aprehensión. Sus dedos dibujaron las formas del otro y, a veces, cuando detenían sus besos, miraban mutuamente la erección ajena para contemplar su trabajo. El pene de Yuuri era más pequeño que el de J.J, pero le gustaba; se sentía como tocar algo fascinante. Además, la forma en que los ojos de Yuuri habían pasado de marrón a un bellísimo color chocolate por el deseo, era lo mejor que podía observar en esos momentos.

La mano de Yuuri que no estaba ocupada en el largo pene de J.J, viajó por debajo de la camiseta deportiva, tocando por fin los oblicuos con los que tanto había llegado a fantasear, junto a su espalda. J.J hizo lo mismo con aquel pesado suéter de lana, el cual levantó para poder rozar y apretujar la suave piel del abultado costado de Yuuri. Sonidos morbosos se escuchaban entre el chapoteo de la piel humedecida, la incomodidad de la ropa puesta y los besos desatados que ambos ya no podían detener. Lo sentían cerca… ¡tan cerca!

Yuuri soltó un pequeño grito al llegar, manchando con su semen la mano inquieta de J.J, la cual se había paralizado contra la novedad. J.J miró con interés la forma en que su acompañante soltaba todo el placer en su mano y su rostro se transformaba para mostrar un doloroso alivio, con las mejillas rojas como manzanas y sus pestañas vibrantes y húmedas. Su garganta se apretó, soltó un jadeo atribulado porque la imagen de Yuuri era estimulante; porque su pene dolió de ganas de terminar, porque no sabía qué hacer y quería hacer de todo. Quería tirar a Yuuri Katsuki al mueble aunque no tuviera idea de cómo continuar luego.

Se quedó estático, indeciso. Yuuri volvió a abrir los ojos y se relamió los labios hinchados por los besos. J.J estaba seguro de que cada imagen erótica de Yuuri, era superada por una nueva aún más erótica que la anterior, en cuestión de segundos. Pero Yuuri se había detenido y él estaba tan empalmado, que sentía que todo su cuerpo estaba a punto de explotar, dolorosamente expectante. Yuuri dirigió una mirada hacía el pene aún duro de J.J y luego a su rostro angustiado, desesperado y sudado. Vaya hermoso desastre había hecho con él.

—Yo me encargo… —suspiró, su cuerpo todavía estaba temblando pero ya recuperaba un poco el control. Y sí, aún la calentura lo dominaba.

J.J pensó que de nuevo lo tomaría con la mano, pero ésta solo lo agarró de la base para tenerlo derecho. Le costó procesar lo que pasaba, cuando Yuuri subió ambas piernas al mueble, levantó su fibroso trasero semidesnudo (porque el bóxer se le había bajado gracias a su previa estimulación) y acercó su rostro peligrosamente hacia su pene. Casi escupió el corazón por la garganta. El aire se le escapó como si hubiera recibido un golpe en la boca del estómago y el fuego se volviera insoportable.

Fue aún peor, cuando Yuuri levantó sus ojos cargados de deseo, con los labios húmedos de saliva y la mirada más inocente que pudiera poner en un momento así…

—Nunca lo he hecho… espero hacerlo bien.

J.J se sintió como si hubiera sido lanzado directo al cielo, sus ojos poniéndose en blanco cuando la descarga de energía lo acogió al mismo tiempo que la húmeda y caliente boca de Yuuri recibió su miembro erecto. No duró nada, estaba tan excitado que bastaron dos movimientos de la boca y lengua de Yuuri para venirse dentro de ella sin siquiera avisarle. El japonés, sorprendido, levantó la cabeza para toser la descarga que lo había ahogado y recibió más encima porque el pene de J.J aún seguía lanzando. El canadiense se quedó electrizado, con los ojos cerrados mientras apretaba el mueble y levantaba la cadera. Yuuri, sin decoro alguno, se pasó el suéter en la cara para limpiar el resto de la eyaculación.

Mantuvieron un silencio mutuo por varios minutos mientras respiraban. Dándose cuenta de que habían pasado apenas treinta minutos porque el ending del capítulo acababa de terminar. Entonces, Yuuri tuvo la idea. No quería perder el ambiente, en ese momento nada le importaba más que la certeza de que J.J no era tan hetero como pensaba y que tenía una oportunidad. Se le sentó sobre las piernas, mirando la cara de sorpresa del canadiense, mientras abrazaba su cuello y le miraba con aprehensión. J.J tragó grueso, sin saber si tocarlo o no; Yuuri se animó a soltar aquello que venía zumbando desde que todo inició.

—¡M-me gustas! —dijo rojo de pena y ansiedad, mientras J.J lo miraba con sus ojos azules, despeinado y aun sudado por lo ocurrido.

—T-tú también… —dejó salir con la voz seca—. Pero, Yuuri… yo quiero llegar virgen.

—¿Eh?

Porque, como todo en su vida, las cosas no podían venir con facilidad. Yuuri sintió que le había bajado la libido a los pies.

—Tú sabes… virgen para casarme.

Y allí quedaba patente que su vida estaba destinada para la desgracia, porque al final se había enamorado de un hetero flexible, sí, pero era uno que quería llegar virgen al matrimonio.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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