Descomposición


(Sangre seca que ya no recorre tus venas, 
que se ha atorado, taponeado)

Cuando Yuuri abre sus ojos, lo primero que la enfermera le anuncia, con una dulzura metódica, ensayada, es que su esposo, Víctor Nikiforov, ha muerto…  Acababa de suceder tan sólo instantes antes de que despertara. En la camilla de juntao se encuentra su cadáver, al cual le extraen cables, tubos, intravenosas que habían pretendido mantenerlo con vida. Ahora ya no tienen una razón de ser, una utilidad de estar conectados a ese cuerpo que se entibia.

(Órganos cayéndose a pedazos,  
desmoronándose secos en tu interior.
Inservibles, apagados)

Yuuri lo mira a su lado y siente mucha tristeza, como si un hueco se abriera en su estómago y se tragara todo lo de su interior hasta dejarlo sin nada, incluso sin ganas de llorar. Se pone de pie, su cuerpo finge no sentir el dolor de sus heridas y huesos rotos, y se arranca de la misma forma todo aquello a su alrededor, los mismos cables y tubos que se han vuelto inservibles para Víctor. Por alguna razón, piensa que él ya tampoco los necesita.

Camina hasta su esposo muerto, toma su mano, y observa la piel amoratada y ensangrentada de lo que alguna vez fue un hermoso rostro. Le parece algo deforme ahora, pero aún es capaz de visualizar todos esos detalles que alguna vez lo hicieron enamorarse de él, aunque con un formato más rígido, como si alguien le hubiese puesto una mascarilla de cera abollada. Yuuri piensa que así luce la muerte y lo toca, desliza sus dedos por esa piel tibia pero herida, adivinando una textura tan parecida a la suya. De pronto siente como si estuviera frente a un espejo, como si Víctor fuese un reflejo de su propia situación y existencia. Cree entonces que su rostro tiene ese mismo aspecto rígido y abollado, que su cuerpo se entibia también y que los órganos de su interior se han detenido hasta volverse amasijos de carne sin movimiento ni vida. Lo único que lo llena de duda es por qué él sí puede moverse y andar, pero su esposo se encuentra ahí, inmóvil frente él. ¿Ambos no son ahora lo mismo? ¿Acaso se encuentra dormido como él hace unos minutos? Con ese pensamiento lo llama para que reaccione.

(Consumo. Tu cabello cae, 
se desprende junto con la carne podrida)

Está solo, solo con un cadáver. El médico y las enfermeras han salido para anunciar a los familiares del deceso y llenar los datos de registro del occiso, respectivamente. Nadie puede notar que Yuuri se ha levantado de la camilla, por lo menos no hasta que una de las enfermeras vuelve y lo ve, y se apresura a él para guiarlo de vuelta. Pero tiene miedo de tocarlo, un paciente con sus heridas es un artículo de cristal desquebrajado que puede terminar de romperse ante el más mínimo movimiento.

—No, no, cariño. Debes de volver a la camilla, no estás bien —le dice la mujer—. Siento mucho lo de tu esposo, pero no estás en condiciones. Tus heridas pueden volverse graves y no queremos que empeores…

—Pero no puedo empeorar —responde Yuuri con la misma convicción que sintió cuando le dijo el “Sí” a Víctor—. También estoy muerto.

(Putrefacción. La peste en cada rincón de tu casa, 
hundida hasta en tu nariz)

Su regreso a casa fue extraño, aunque no tanto como la idea absurda de mantener un cadáver en descomposición ocupando una camilla que seguramente alguien más necesitaba. A Víctor se lo llevaron casi al instante, ¿por qué su caso era diferente?, ¿por qué permitir que la peste de su cuerpo contaminara un sitio que debía mantenerse estéril, desinfectado? Manchando sábanas blancas con los residuos de su descomposición, vomitando en el suelo los pedazos de sus entrañas podridas y negruzcas, vaciándose hasta volverse sólo huesos y carne guanga. Pero ni su familia ni los doctores fueron capaces de comprenderlo. ¿Por qué insistir en salvar un cadáver? En llenarlo de pastillas y medicamentos que se echaron a perder con él, en mostrarle latidos de un corazón inexistente, la actividad cerebral en una cabeza que se ha vaciado…  Y ahora llevándolo de vuelta a casa en lugar de a un cementerio, junto a su esposo. ¿Por qué insistir?

(Una cabeza vacía, 
un cerebro que ya no existe)

Yuuri ve algunas fotos y no recuerda nada, no se reconoce a sí mismo en ellas ni recuerda las situaciones que enmarca cada una; es como si el contexto hubiera quedado difumado en las líneas de un tiempo que dejó de tener sentido para él. Ni aunque su hermana o madre se tomen el tiempo de relatarle cada evento con detalle puede recordarlo.

Siempre supo que los fantasmas no tenían memoria, que ésta desaparecía al momento en que su cuerpo y su alma se desprendían y se volvían dos parte incompletas de un ser; aunque, más que un fantasma, Yuuri cree que el término correcto para denominarlo es un zombi. Y ahora sabe que los zombis tampoco tienen memoria.

(Entonces, carne y sangre de gusanos entre tus uñas)

Lo que Yuuri más odia es sentir esos gusanos deslizándose bajo su piel, devorándolo. Por eso escarba dentro de su carne, se rasguña y abre hasta que un líquido rojo y viscoso inunda sus dedos. Yuuri no cree que eso es su propia sangre, sabe que ésta se secó cuando murió, Yuuri cree más bien que eso son las entrañas del gusano que ha reventado por fin. Sólo se limpia con un pañuelo y vuelve a partirse la carne en busca de más. Y éstos siempre explotan y son rojos… cálidos.

(Miembros rotos, desencajados de tu cuerpo)

Yuuri, en varias ocasiones, ha pasado mucho tiempo sin levantarse de la cama. Cuando alguien de su familia sube a buscarlo ante las negativas de una respuesta, lo encuentra recostado, tan tieso e inmóvil, con una mirada blanca y vacía encajada en el techo, que realmente lo creen muerto. Le lloran, lo abrazan…    Y notan entonces que todavía respira. Momentos después (minutos, horas, al día siguiente), Yuuri se levanta y camina, se mueve como si nada hubiera ocurrido.

Ante las preguntas, él sólo responde:

—No podía moverme. Mis piernas (o brazos, o parte inferior, o cabeza) se habían desprendido. 

 (Y todo con sabor a ausencia,  
a muerte sobre tu paladar)

Yuuri visita muy seguido el cementerio y la tumba de su esposo. Suele pasar el tiempo parado frente a ella, sin flores, cuestionándose y cuestionándole al mármol por qué se mantiene ahí, entre los vivos, pero Víctor sí ha podido irse. También le recrimina a él por haberlo dejado solo, varado en una inexistencia pero un “estar” físico, ser sólo cuerpo podrido pero tener la conciencia de esa descomposición lenta y eterna (nunca se termina de deshacer, creía que ese era el único final al cual podía aspirar). Es algo más que un simple cadáver, pero toda su estructura vacía no llega a humano vivo tampoco.

Piensa que alguien ha querido castigarlo al atar su cuerpo muerto a un mundo que ya no es suyo, que ya no le pertenece, con el cual no congenia y menos encaja; pero no sabe quién y mucho menos entiende por qué. Si no es capaz de recordar el día de su boda o el momento en que conoció a Víctor, ¿cómo podría saber qué pecado es el que lo ha condenado a esa putrefacción consciente?

(Sin sentidos. Sin pálpitos ni aliento)

Cuando alguno de sus padres o su hermana sale a buscarlo, sabiendo con una seguridad del noventa por ciento que lo encontraran ahí; Yuuri, al verlos llegar, los mira y les pregunta con una sincera confusión:

—¿Por qué yo no tengo una tumba?

Su madre, entonces, llora desconsolada; su padre guarda silencio mientras se hiere por dentro, y su hermana se acerca a él para abrazarlo con fuerza. Aunque Yuuri cree que su cuerpo es frío, ella lo siente tibio…   y tirita bajo sus brazos.

(No hay nada)

Yuuri ha bajado mucho de peso y sufre de constante deshidratación. Se niega a comer o beber algo, alegando que no lo necesita. No siente hambre, no siente sed, después de todo, no hay órganos funcionales a los cuales alimentar para mantenerlos vivos. Ni siquiera su apetito se abre cuando ponen ante él un katsudon humeante, su comida favorita en vida. Ni siquiera nace la necesidad instintiva de alimentarse cuando su cuerpo tropieza en su propia debilidad y cansancio.

Yuuri se consume en muerte.

(No hay nada después de la muerte, 
sólo una inexistencia igual a tu propia vida anterior,
sólo el infierno vertido en esas personas que te insisten con vida…)

En las sesiones con el psiquiatra, Yuuri le asegura que está muerto, que murió junto a su esposo en aquel accidente automovilístico. La idea está tan aferrada a él que no nota la obvio: su corazón que palpita, sus pulmones que le exigen aire, la sangre en sus heridas que escapa de sus venas llenas, el movimiento cerebral que le permite procesar ideas, hablar, moverse. Todo eso es un sinsentido para Yuuri.

(Cuando la carne se cae a jirones, podrida, 
¿por qué lo siguen llamando vida?)

El psiquiatra, algunas veces, le pide que cierre los ojos y que se describa a sí mismo. Él no se concibe, tiene que intentarlo varias veces para que las palabras nazcan de sus labios con sentido, inspirado en todo eso que alguna vez le dijeron que era la muerte: sangre seca, órganos en pedazos e inservibles, vacío, putrefacción, inexistencia, peste, olvido, ausencia… muerte… sólo muerte.  

(Cuando se está solo)

Yuuri muchas veces asiste a funerales y entierros. Aunque no reconoce a las personas alrededor del finado en turno, siempre tiene la esperanza de que es él, su cuerpo, el que finalmente se encuentra dentro del ataúd, de que es su funeral el que se celebra, que es él mismo quien desciende bajo tierra y es cubierto por una manta muy gruesa de polvo oscuro que le permitirá el descanso eterno, la no existencia absoluta.

Cuando se acerca y logra ver el cuerpo, cuando se da cuenta que ése no es su rostro muerto (busca el rostro de Víctor reflejado, no el suyo), pierde un poco la esperanza de que algún día encontrará su funeral y podrá dejar este mundo…  que podrá unirse a su esposo.

(Cuando has muerto pero sigues aquí, 
en penitencias,
pagando pecados que no eres capaz de recordar)

Yuuri ha cruzado la línea en que puede morir de verdad…  por inanición, por deshidratación, por tristeza. Es lo que quiere, lo que más anhela, cruzar ese supuesto lumbral con una luz al final del camino para reencontrarse con Víctor. Pero su familia se niega a dejarlo morir. De pronto Yuuri piensa que es culpa de ellos que aún siga ahí, vagando, que son ellos quienes lo tienen atado con la negación de aceptarlo muerto.

(Pero el peor castigo no es estar atado al mundo vivo 
cuando ya no se forma parte de él,
es estarlo siendo soledad, es estarlo sin Víctor... 
Él se fue, pero yo sigo aquí, para siempre)

Justo cuando Yuuri se ha creído perdido, eterno, descubre que está a punto de ganar la batalla. Puede sentirlo, saborearlo…  Víctor está cerca, muy…  Víctor ha vuelto por él.

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