Conteo


“Uno… dos… tres…”.

Yuuri cuenta para no dejar que la oscuridad y el silencio se traguen su mente.

“Cuatro… cinco… seis…”.

Su cordura.

“Siete… ocho… nueve…”.

Sus pensamientos.

“Diez… once… doce…”.

Su existencia.

“Trece… catorce… quince…”.

No sabe, por supuesto, que eso ha sucedido desde el instante que entró en esa habitación y nunca más ha salido de ella.

“Dieciséis… diecisiete… dieciocho…”.

Incluso desde mucho antes en realidad.

“Diecinueve… veinte… veintiuno…”.

Y aunque cuenta, una y otra vez.

“Veintidós… veintitrés… veinticuatro…”.

No sabe realmente cuánto tiempo lleva en esa existencia.

“Veinticinco… veintiséis… veintisiete…”.

Su tiempo es diferente al del resto del mundo.

“Veintiocho… veinti… nueve… treinta…”.

¿O es acaso él el mismo mundo?

“Treinta y uno… treinta y dos… treinta y tres…”.

¿Por qué cuenta?

“Treinta y cuatro… treinta y cinco… treinta y seis…”.

Muchas veces olvida la razón.

“Treinta y cinco… treinta y seis… treinta y siente…”.

Sobre todo cuando esa voz, reconocida, pero sin nombre dentro de su cabeza, se alza de pronto, justo sobre sus oídos, como si la persona dueña de ella estuviera pegada él, abrazada a su alrededor.

“Treinta y ocho… treinta y nueve… cincuenta…”.

¿Qué cuenta?

“Cincuenta y dos… cincuenta y tres… cincuenta y cuatro”.

¿Contará cada célula de su piel?

“Cincuenta y cinco… cincuenta y seis… cincuenta y ocho”.

Cada cabello que se arranca de la cabeza.

“Cincuenta y nueve… sesen… setenta…”.

Cada gota de sangre que salpica de las heridas provocadas cuando siente que ya no puede soportarlo más.

“Setenta y uno… setenta y dos… setenta y tres…”.

Cuando siente que la oscuridad y el silencio van a tragarlo finalmente y morirá.

“Ochenta…”.

No quiere saber qué hay detrás de la muerte.

“Noventa y cinco…”.

No sabe que ya está dentro de ella.

“Ciento dos”.

Que lo tragó desde hace tanto tiempo, que intentar contar los segundos transcurridos sobrepasaría a la propia eternidad.

“Ciento… treinta… y… y… ¿uno? Uno…”.

Y aun así cuenta.

“Dos… tres… cuatro… cinco…”.

Y la voz a veces cuenta junto con él.


—Seis, siete, ocho, nueve, diez… ¿Listo, Yuuri? ¡Ahí voy!

El aludido, un pequeño de no más de cinco años de edad, se encontraba oculto debajo de la cama mientras apretaba sus manos contra los labios para evitar que cualquier sonido revelara su escondite.

—Vamos, Yuuri… ¿Dónde estás?

Víctor, de quince, caminaba por la habitación. Había escuchado la risa ahogada del niño a quien cuidaba; pero, más aún, veía sus pequeños pies sobresalir de la cama. De todas formas, fingía no darse cuenta todavía y continuaba la búsqueda, incluso haciéndolo en lugares donde sería imposible que Yuuri cupiera, como los cajones del clóset o detrás del librero. Sabía que eso le divertía. Podía escuchar como intentaba contener de nuevo una suave risa.

Lo dejó creer por unos minutos que de verdad era invisible a sus ojos, un maestro del escondite al cual nunca podría vencer, hasta que fingió darse por vencido, exclamar un “¡Me rindo!” justo cuando se encontraba a un lado de la cama. Y antes de que Yuuri revelara su escondite, Víctor lo jaló suavemente de los pies y lo puso fuera, para después atacarlo con una multitud de cosquillas sobre su estómago. Yuuri rio de forma alta, retorciéndose en el suelo mientras intentaba protegerse con los brazos y alejar a Víctor, quien solo se detuvo cuando notó como las mejillas del menor se habían enrojecido ya.

Yuuri se mantuvo en el suelo, aún riendo, cada vez más bajo, hasta que recuperó el aire por completo. Víctor entonces lo tomó y alzó en sus brazos.

—Bien, te encontré. Así que gano yo. De todas formas, fue difícil, Yuuriiiii… — El chico extendió la última silaba mientras un puchero se formaba sobre su rostro —. Así que ganarás el premio. Eso significa…

—¡Leche! —festejó el niño al alzar sus brazos.

—¿Y…?

—¡Pi… pit… pi… che molo… co!

Yuuri intentaba pronunciar ptichie molokó, el nombre de un postre que la mamá de Víctor solía preparar con regularidad. Era el favorito de todos en casa y, un día, el joven niñero había cometido el error de dárselo a probar a Yuuri, quien se volvió loco por él desde el primer bocado. Tras eso, de alguna u otra forma, siempre intentaba ganarse la posibilidad de comer un poco.

A Víctor le costaba el no cumplir con sus antojos, sobre todo porque solía acompañarlo a la hora de satisfacerlos. Pero, de todas formas, trataba de medirlos con un sistema de recompensas: Yuuri solo podía comer ptichie molokó después de haber cumplido con algún deber, una orden, por buen comportamiento o ganar un juego. Pero, hablando de un niño de apenas cinco años, Víctor no era en lo absoluto estricto. Al contrario, todo parecía más una excusa con la cual poder mimar a quien era su niño favorito de todos los que cuidaba.


“Cien… ciento uno… ciento dos”.

“¡Yuuri! ¡Te lo ganaste hoy!”.

Yuuri interrumpe su conteo cuando escucha a la voz anunciándole que ha llegado el momento.

No sabe por qué, no sabe cómo, pues ni una sola luz estremece la oscuridad profunda para permitirle ver quien deja, cada tanto de un tiempo que no puede definir, un vaso de leche y un pequeño pedazo de pastel.

Solo es un sonido, solo una agitación dispersa que lo perturba, y la voz diciéndole que todo está listo y ahora puede comer.

“Pi… pit… pi… che mo… lo… ko…”.

El nombre de aquel postre aparece en la punta de su lengua, pero nunca llega a evocarlo del todo, como si fuera parte de un recuerdo corrupto que se ha estropeado con el tiempo.

Yuuri no siente hambre. Y, aun así, no puede evitar gatear a tientos sobre el suelo húmedo y pegajoso como si la tuviera, como si llevara días sin probar comida alguna y la necesitara para no morir. Siempre los encuentra con facilidad, siempre sus dedos se topan con el vaso de vidrio como si este apareciera de un momento a otro en su camino. Y siempre, justo a la derecha, encuentra el pastel, el cual engulle en apenas un par de bocados, los cuales arranca a puños de la pequeña porción que le dejan. Siempre el mismo sabor delicioso y dulce en el pastel, siempre el mismo sabor amargo que impregna en la leche, como si estuviera pasada. Y aun así a ambos los devora como si fuera su único propósito, su único deseo en el mundo.

Nunca tiene hambre, pero tampoco se siente satisfecho una vez comienza a comer.

Suele rogar a la voz por un trozo más cuando termina, por otro vaso de leche más. Y reinicia el conteo para esperar que su petición sea cumplida.

“Uno… dos… tres…”.

Después del número diez, olvida por qué ha comenzado a contar.

“Once… doce…”.


Víctor suspiró al ver como Yuuri, de diez años, le extendía el plato vacío para pedirle otro trozo de ptichie molokó. Era el tercero de esa tarde.

Víctor tomó el plato, pero lo hizo a un lado, sin pasarle desapercibido la sorpresa y la rencilla en las facciones del chico.

—¿No crees que es suficiente? Si engordas, no atraerás a chicas lindas.

Víctor, apoyado en la mesa, pinchó con un dedo la pequeña barriga que ya se formaba en el abdomen del chico. Ciertamente, aludía a un posible futuro, pero solo por respeto, pues el mismo se encontraba ya enfrente suyo. Yuuri superaba por unos cuantos kilos el límite que era saludable para alguien de su edad, y Víctor se sentía culpable por ello. Siempre le costaba negarle a Yuuri un trozo del postre que adoraba, especialmente por la expresión blanca y vacía que solía hacer como un berrinche en su contra. El silencio que se creaba entonces entre los dos superaba a Víctor por mucho, sobre todo cuando intentaba hablarle sobre otros temas, distraerlo, y el menor lo ignoraba por completo. Era como si se transportara a otra realidad, como si las líneas del mundo se desdibujaran para él. A Víctor le ponía ansioso la situación, preguntándose si de verdad Yuuri era capaz de poner su mente tan en blanco como lo parecía o la inundaba con pensamientos extraños para no pensar en aquello que lo había molestado.

Nunca supo que lo que Yuuri realmente hacía era contar en su mente.

—No me interesan las chicas.

Pero ese día, le sorprendió aquella respuesta tan espontánea.

—Algún día sucederá.

—¡No! Nunca.

Yuuri le dedicó una mirada penetrante, intensa. Por un momento, Víctor creyó que se había molestado con él, pero se dio cuenta que no era así cuando un escalofrío, producto de aquellos ojos fuego clavados en los suyos, le atravesó la espina dorsal en un solo impacto, como si alguien se la hubiera roto.

No era enojo, pero tampoco estuvo muy seguro de lo que eso fue.

—¿Quieres jugar? —sugirió para alejar esa sensación abrumante de su cuerpo.

—¿Videojuegos?

—Escondidas… hace mucho que no lo hacemos.

—Yo cuento esta vez. —Y antes de que Víctor pudiera protestar, Yuuri ya se había puesto de pie para colocarse contra la pared y comenzar a contar…

En silencio.


“Setenta y nueve”.

Yuuri a veces intenta mirar sus brazos, sus piernas, sus manos, alguna parte de su cuerpo.

“Ochenta”.

Pero siempre es inútil.

“Ochenta y uno”.

La oscuridad en esa habitación es total.

“Ochenta y dos”.

Penetrante.

“Ochenta y tres”.

No es capaz de ver más allá de sus propias pupilas.

“Ochenta y cuatro”.

No sabe siquiera cuál es la forma de su cuerpo.

“Ochenta y cinco”.

Por eso muchas veces se toca.

“Ochenta y seis”.

Se explora a sí mismo para reconocerse con el tacto.

“Ochenta y siete”.

Ahí es cuando más se hiere.

“Ochenta y ocho”.

Cuando entierra sus dedos.

“Ochenta y nueve”.

Nueve en total.

“Ochenta”.

Hasta que las uñas abren paso por su piel para comprobar que sus miembros están todavía ahí.

“Ochenta y uno”.

Que siguen vivos.

“Ochenta y dos”.

Que la oscuridad no los ha devorado aún.

“Noventa y tres”.

Una sensación reconfortante lo invade con cada herida.

“Noventa y cuatro”.

Con cada trozo de sí mismo que se arranca.

“Noventa y cinco”.

Y los cuenta.

“Ochenta y seis”.

Siempre cuenta sus desgajos de piel.

“Ochenta y siete”.

Está seguro que, en otra realidad, ya habría muerto por ello.

“Ochenta y ocho”.

Ya se hubiera deshecho entre sus propios dedos.

“Ochenta y nueve”.

Nueve en total.

“Noventa…”.


Cuando le dijeron que Yuuri, de quince años, había perdido el dedo índice de su mano izquierda, Víctor tardó demasiado tiempo en comprender lo que eso realmente significaba.

Ocurrió un día que había salido a una cita con una chica de su recién adquirido trabajo. Un día que le dijo a Yuuri que no podría verlo. Un día que, decidido a hacer de Yuuri un ser más social, que se relacionara con personas más allá del pequeño círculo que ambos habían instaurado, le pidió a otro de los vecinos de su misma edad que pasara la tarde con él.

La escena que Phichit encontró al llegar a casa de Yuuri no fue para nada halagadora. Para ese entonces, el accidente ya había ocurrido y, más allá de la sangre cubriendo las baldosas de la cocina y la ropa de Yuuri, lo que le perturbó fue ver la pasividad con la que él lo estaba tomando todo.

Había enredado un trapo de cocina en su mano para contener un poco el sangrado, pero no era como si realmente eso le preocupara. Y en lugar de quejarse del dolor que debía estar sintiendo, se encontraba sentado en el sofá, con la mirada fija en un televisor apagado, con unos ojos que no parecían decir nada… tan vacíos, pero concentrados en algo que iba más allá de sus límites.

Phichit no lo sabía, pero Yuuri contaba para controlar el dolor de haberse mutilado un dedo.

Víctor llegó al hospital justo después de los padres de Yuuri. La culpa, el hecho de creer que su presencia lo hubiera evitado, le impidió ver más allá de lo obvio, de lo que todos los demás aseguraban a viva voz: Yuuri lo había hecho a propósito. ¿Pero por qué?

Ni siquiera los subsecuentes psiquiatras que lo trataron después de eso pudieron obtener una respuesta, porque era muy difícil hablar con él. Siempre los miraba con expresiones vagas, móviles hacia todas partes, como si mucho pasara dentro de su cabeza y procurara no sacarlo a flote.

Todo siempre era contar. Cada vez que le hablaban, que le hacían una pregunta que lo ponía incomodo, que le pedían expresar sus sentimientos después de haberse herido otra vez.

Víctor era el único que lo supo en ese entonces y para siempre. A él fue al único a quien le confesó lo que hacía cada vez que se callaba y miraba sin pestañear.

Y eso tranquilizó los demonios, a las voces, a sus propias ganas de contar hasta que el mundo se hubiera terminado.


“Yuuri”.

Cuando no cuenta, a Yuuri le gusta que esa voz le hable.

“Yuuri”.

Para no tener que soportar el silencio.

“¿Dónde estás?”.

Para que quizá pueda encontrarlo y lo saque de ahí.

“Aquí”.

Muchas veces intenta imaginarse cómo es quien le habla.

“No, Yuuri, así no se juega”.

Si acaso tiene el cabello negro o grisáceo.

“No debes responder”.

Los ojos castaños o azules.

“Debes dejar que yo te busque”.

Si es más alto y grande que él.

“Volveré a contar”.

Si acaso puede dejar de llevarle pastel y leche agría y, a cambio, concederle un abrazo.

“Entonces, tú buscarás un escondite”.

Quedarse con él en esa oscuridad para que sea menos espesa.

“Entre más oscuro, mejor”.

Para que le hable y no lo deje estar nunca más en silencio.

“Para que no pueda encontrarte fácilmente”.

Para que pueda dejar de contar de una vez por todas.

“¿De acuerdo?”.

Pero la voz desaparece siempre.

“Uno… dos… tres…”.

Y Yuuri tiene que volver a contar.

“Cuatro… cinco…”.


Cuando le dijeron que Víctor, de treinta años, había tenido un accidente y que podría morir en cualquier instante, Yuuri tardó demasiado tiempo en comprender lo que eso realmente significaba. No fue hasta que, acompañado por sus padres, pudo ver el cuerpo destrozado del mayor sobre una camilla, envuelto en tantas vendas, gasas, yesos y tubos que apenas si sostenían su inestable vida.

El pitido que marcaba sus latidos, Yuuri contó las repeticiones para perder de vista aquello que le rompía el corazón, la posibilidad de que en algún momento todo quedara en silencio y el único sostén de su existencia se desvaneciera junto con el sonido.

Pero no fue así, aunque Víctor más lo hubiera deseado.

Si bien sobrevivió, el estado parapléjico de su cuerpo no era la forma en que alguien quisiera realmente vivir. Sobre todo cuando, dentro del porcentaje, pertenecía a aquellos que sentían un terrible dolor interno, mismo que los medicamentos nunca pudieron aliviar del todo.

Para los padres de Víctor, Yuuri fue como un ángel inmerecido que llegó a su auxilio, porque mientras este se desvivía en cuidar a Víctor cada que le era posible, ellos podían trabajar turnos dobles para poder costear todos los gastos médicos y de equipación a su casa que ahora su hijo necesitaba.

Era incluso gracioso cuando se hacía notar la ironía de la situación: como Víctor y Yuuri se habían conocido cuando el primero tuvo que cuidar de él de pequeño y como tendrían que despedirse, siendo ahora Yuuri quien lo cuidara.

Por esa cercanía, por esas horas impuestas en una habitación que Víctor prefería oscura, como para no sentirse turbado por la luz, Yuuri fue el primero en darse cuenta y en comprender el deseo que más imperaba en la cabeza del mayor.

Él quería morir.

Nunca se lo dijo directamente, pero para Yuuri fue obvio, en especial, tras sorprenderlo algunas veces contando para sí mismo, cuando el dolor le era tan insoportable que solo así podía resistir un poco más.

Quien mejor que Yuuri para comprenderlo, para saber que contar podía hacerle sobrevivir, pero que no lo salvaba realmente del infierno. Y algo dentro suyo se agasajaba con la idea: Víctor se había vuelto cómo él, Víctor… quien siempre lo comprendió como ninguno, y que en ese momento comenzaba a experimentar en carne propia lo que era la verdadera asfixia de la oscuridad y el encierro, lo mucho que necesitaba contar para salvaguardar su mente y su cordura de ese silencio que podía llegar a destrozarlo.

Quizá, desde ese punto, ambos podrían hacerse compañía en la habitación, para no sentirse nunca más solos, desamparados, para dejar atrás ese dolor y la soledad que les pesaba con cada cuenta.

Por ello y más, porque amaba a Víctor más que a sí mismo, por sobre toda culpa o cuestionamiento moral, le concedió su deseo más ferviente, mismo con el cual cumpliría el suyo también.

Esa tarde, Yuuri entró a la habitación con una rebanada de ptichie molokó y un vaso de leche fría. Era en este último donde el arsénico había sido mezclado con una cantidad mayor a la recomendada que, según investigó, sería fatal para cualquiera. El ptichie molokó, aun con los años, seguía siendo el postre favorito de ambos, la excusa puesta por los dos para que, aun cuando Víctor dejó de ser su niñero, Yuuri lo visitara con regularidad. Por eso lo eligió como la última comida que disfrutarían juntos, algo que incluso desearía comer por toda la eternidad de ser posible.

Yuuri apenas dio unos cuantos bocados: le concedió a Víctor que degustara la mayor parte del pedazo que trajo consigo, uno exquisito, azucarado, con el cual endulzar sus últimos momentos. 

La leche quedó al final. Yuuri colocó el vaso contra los labios de Víctor y lo dejó beber poco a poco. Después de un par de tragos, el mayor hizo un gesto de desagrado y escupió un poco la leche que ya se encontraba en su boca.

—Sabe amarga —se quejó, con sus ojos pendientes en un hilo de sospecha sobre Yuuri.

—¿En serio?

Una sonrisa, un gesto de triunfo que hizo a Víctor estremecerse en sus entrañas, como si él hubiera esperado aquella misma queja para actuar. Y así, ante su rostro atónito, Yuuri bebió de un solo trago el resto de leche envenenada que quedó en el vaso.

—¡Yuuri!

Víctor se hubiera levantando de haber podido para detener esa locura… Porque no era idiota, sabía y entendía muy bien lo que Yuuri estaba haciendo con él y lo que hacía consigo mismo.

—Está bien.

La sonrisa que Yuuri le dedicó para tranquilizarlo fue suave, armónica… Y, mientras limpiaba con un trapo la leche derramada sobre los labios, Víctor pudo notar vida dentro de su mirada, más incendiaria y entusiasta como nunca antes. Se sintió perturbado con la misma intensidad que también sintió fascinación. Yuuri, su pequeño Yuuri, por primera vez lo miraba más allá del vacío y la oscuridad… y, entendía, que eso realmente los estaba condenando a ello.

Pero Yuuri era feliz, creía que lo hacía feliz, ¿no era eso lo único que importaba?

—¿Cuánto…?

—No sé. Pero, podemos contar hasta averiguarlo… Siempre quise contar hasta que ya no pudiera hacerlo.


“Quinientos siete… quinientos ocho… quinientos…”.

“Yuuri…”.

La voz habla lánguida, casi sin vida.

“¿Sí?”.

Pero la voz ya no responde a su llamado.

Yuuri abre sus ojos y, ante él, se extiende soledad y silencio, se extiende un cuadro negro, una habitación oscura, tan llena de penumbras que no puede ver nada más allá de sus propias pestañas.

No sabe quién es, no sabe cómo llegó ahí…

No sabe siquiera qué hacer para que esa oscuridad y ese silencio no se traguen su mente.

Su cordura.

Sus pensamientos.

Su existencia.

Hasta que la voz vuelve de pronto.

“¡Yuuri! ¿Quieres jugar al escondite?”.

Y Yuuri desea que nunca más se aleje de él.

“Yo cuento esta vez”.


Especial de Halloween. Reto impuesto por PajaritoDeAgua para la dinámica #CongeladosDeMiedo2018.  

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