Augurio


A Víctor siempre le dijeron que iba a morir, que sacrificaría su alma y su carne para evitar que la maldición los matara a todos. Nunca le dijeron cuándo, nunca le dijeron cómo, siempre evitaron en todo momento darle detalles que no glorificaran su gran acto de amor y devoción hacia los demás. Con detalles gratificantes, con tratos esplendidos, Víctor siempre fue el niño, el joven, el hombre más querido de toda la aldea. No había nadie quien no le dedicara una sonrisa al verlo pasar, que incluso se postrara ante él y besara sus manos o pies en profundo agradecimiento; no había nadie que no cumpliera hasta el más mínimo capricho suyo, que procurará su bienestar para que todos sus días fueran los mejores de su vida.

Por esto, Víctor nunca tuvo miedo de morir: su vida fue tan excelente, y le prometían que su muerte lo sería aún más, que se había hecho una idea romantizada de ella e, incluso, añoraba que el momento llegara, el momento en que pudiera devolverle a toda la aldea ese amor que le habían brindado desde su nacimiento.

Sin embargo, cuando conoció a Yuuri, su perspectiva de la vida cambió por completo. Imaginarse que pudiera llegar el día en que ya no vería más esa sonrisa, esos ojos carmín, esa expresión que se avergonzaba con cada encuentro, comenzó a asustarlo, a llenarlo de dudas. ¿Cuándo debía morir?

Acudió a los sabios con la petición de que le brindaran la fecha de su muerte. Pero estos, temerosos de que el pedido implicara que buscaba dimitir de su destino, se negaron fehacientes a revelarle alguna fecha. Fue el primer deseo que nadie se atrevió a cumplir.

Pese a todo, Víctor realmente no pensaba traicionarlos. Lo habían educado demasiado bien para que creyera que su muerte era un honor que desear, más que un destino al cual temer. Por eso, aunque adorara a Yuuri más que a nada en el mundo, nunca pasó por su cabeza huir con él para tener una vida más larga a su lado. Lo único que quería era saber cuánto tiempo le restaba para que pudiera disfrutarlo plenamente.

Los sabios nunca fueron capaces de comprender ese deseo.

Conforme el tiempo pasó, sin saber cuándo sería el momento de su sacrificio, Víctor no era capaz de sentir entera complacencia por los momentos que pasaba con Yuuri: siempre temía que esa noche fuera la última; que, al despedirse, no podría besarlo una vez más.

A Yuuri no le pasó desapercibido lo taciturno que Víctor se había vuelto de un momento a otro, como la preocupación y las ansias encarnaban sobre su rostro cada vez que la vida le daba el tiempo y la oportunidad de pensar sobre aquello que le molestaba. Al final, Víctor no pudo contenerse y le confesó todos esos temores que lo aguardaban en cada esquina; ese deseo tan sencillo, pero incumplido, que lo atormentaba a cada instante del día.

Yuuri sintió que ese pesar había nacido por su causa, por tanto, quiso aliviarlo de alguna manera. Después de que su petición hacia los sabios de conocer la fecha del sacrificio de Víctor fuera rechazada también, le concedió a este un secreto que había jurado ante su madre que protegería: la existencia de un río cuyas aguas eran capaces de reflejar un augurio.

Era el río en el cual el poblado se administraba del agua para su consumo y el de sus cosechas, pero nadie a excepción de él y los sabios conocían esa otra cualidad que solo era descubierta en las noches de luna llena y en un punto específico de su corriente.

Su madre lo había descubierto por casualidad. Con él pudo anticipar su nacimiento, después de años de creerse infértil para traer un hijo a la vida. Se guardó el secreto para sí cuando descubrió que los sabios lo sabían. Ella se sintió segura que, si hasta entonces les habían guardado el secreto a todos, lo habían hecho por su propio bien, por lo que ella no deseaba perturbar la paz que ellos instauraron con su silencio.

Solo fue Yuuri a quien le concedió el secreto, como un último consejo dado antes de su muerte para que su hijo lo pudiera utilizar en caso de necesitarlo. Yuuri definitivamente nunca creyó que sería en una situación así donde se sentiría tentado por conocer el futuro.

—Tal vez puedas saber la fecha aproximada por alguna señal que aparezca en la visión. Quizá tu apariencia, o la de alguien más, pueda ser una pista.

Víctor creyó que no tenía nada que perder con intentarlo.


El cuerpo de Víctor comenzó a temblar cuando encontró su propio rostro sobre el reflejo disconforme del río, sobre esas facciones que se distorsionaban por la corriente del agua. Siempre se había preguntado cómo moriría y, ahora que la respuesta parecía estar tan cerca de él, humedeciendo sus dedos con la brisa, la tierra húmeda de la orilla, el corazón se le agolpaba como mil tormentas desarrollándose en su interior.

Tenía que admitir que estaba asustado, que por breves minutos consideró la posibilidad de irse de ahí sin conocer esa información que había añorado durante meses. Tal vez que los sabios se la ocultaran tenía un propósito muy preciso. Ellos siempre velaban por el bienestar de todos, incluso suyo, ¿con qué derecho juzgaba su decisión?

Pero, finalmente, el recuerdo de su Yuuri, quien esperaba por él varios metros atrás, lo hizo tomar valentía y seguridad. Era por su bien, por el de ambos, por la posibilidad de que su amor pudiera prevalecer con fuerza el tiempo que pudiera restarles.

Tomó un gran y profundo respiro, hasta que sus pulmones se inundaron de la esencia fresca del agua y la hierba viva. Entonces cerró sus ojos, concentró todas sus ideas en el bucle constante de pensar en el momento de su muerte, en el cómo sería, en el cuándo sucedería. Una y otra vez, por varios minutos, hasta que un ligero temblor debajo de sus manos, con las cuales se apoyaba sobre la orilla, lo hizo abrir sus ojos de golpe.

Sintió decepción al notar sobre el agua el mismo reflejo de su rostro de momentos antes y no la imagen, siquiera una mínima señal dispersa, de lo que deseaba conocer. Con la creencia de que había hecho algo mal para no lograrlo, intentó cerrar sus ojos una vez más y hacerlo de nuevo. Pero, justo instantes antes, logró captar por el rabillo del ojo un destello rojizo, breve, que perturbó la corriente del agua… el augurio de la destrucción.

Víctor contuvo el aliento cuando se concentró en ese punto y, poco a poco, vio a su reflejo deshacerse mientras era reemplazado por la imagen sanguinolenta de partes humanas siendo lanzadas al aire; arrancadas de figuras negruzcas que, con lentitud, tomaban formas cada vez más humanas. Víctor comenzó a reconocer, conforme los detalles y las facciones se hacían más definidos, a las personas del pueblo dentro de esas figuras, dentro de quienes se abalanzaban entre sí con desesperación para desgarrar la carne de los otros, para bañarse con su sangre como si supieran que con ello se aliviaría el ardor que corría bajo su piel, mismo que les hacía incluso arrancarse partes propias como si el dolor del desmembramiento fuera más soportable.

Lo que Víctor presenció en esos breves segundos, fue una carnicería completa, el infierno desarrollándose y explotando en el mundo real. Vomitó a un costado del río, con las entrañas revueltas, los pensamientos siendo un nido de animales ponzoñosos que se atacaban entre sí. Y en silencio, entre el pasto y el crujir del agua, Víctor lloró sin necesitar mayor detalle para comprender el augurio: que la maldición llegaría a ellos si lo sacrificaban.


Fue inminente su abrupto regreso a la aldea, sus gritos desgarradores alrededor de las cabañas para advertir lo que ocurriría si es que lo daban en sacrificio. Eso no detendría la maldición, eso realmente iba a propiciarla.

Pero nadie lo escuchó. Todos los miraron con terror, con decepción, no por lo que les estaba advirtiendo, sino porque temían que su más preciado sacrificio se había arrepentido de serlo y ahora quería evitarlo a toda costa.

Yuuri, por supuesto, le creyó desde la primera advertencia, desde que lo observó caminar hasta él al regresar del río, tambaleante, pálido, como si el horror de toda la existencia hubiera desfilado ante sus ojos. Confiaba en que Víctor velaba más por la seguridad de todos que por la propia. ¿Cómo no confiar? Cuando ante él, Víctor cayó de rodillas, desmoronado, y rompió nuevamente en lágrimas hasta deshacerse entre sus brazos como un niño lleno del más absoluto terror.

Creía tan ciegamente en su palabra que, cuando encerraron a Víctor ante el inevitable miedo de todos los habitantes de que pudiera huir y abandonarlos, se atrevió a traicionar a toda su gente y lo ayudó a escapar. Él se había enterado que los preparativos del rito dieron inicio justo el día en que viajaron al río. La fecha del sacrificio se había anunciado para dos días después de ese momento.

Se creyeron salvadores cuando lograron cruzar más allá de los límites del bosque sin que nadie los descubriera, pero no contaron con que el terror podía agitar a las personas mucho más que cualquier otra cosa. Casi todo el pueblo, tras darse cuenta de la desaparición, se emprendió en una búsqueda minuciosa por los alrededores y más allá. Una comitiva gigante de más de doscientas personas barrió cuanto tramo de bosque y pradera les fue posible.

Sin un plan por parte de los dos, fue demasiado sencillo para los pobladores encontrarlos y traerlos de vuelta. Pero todo ocurría contra reloj. Habían perdido demasiado tiempo en esa búsqueda y faltaba muy poco para que se cumpliera el plazo límite, para que el ciclo de la doceava luna llena del año 27 llegara a su fin. Para ese entonces, Víctor debía ya encontrarse muerto para que la maldición no se propagara.

Lo que debió ser un rito pacífico, en el cual adornarían el cuerpo de Víctor con esencias dulces para procurarle una muerte en paz, rodeado del amor y agradecimiento de los suyos, se había vuelto una trifulca que desgarraba su garganta al implorar su muerte.

Yuuri fue alejado del sacrificio, entre ruegos y lágrimas que eran ahogados por los propios insultos que ahora dedicaban a Víctor con tanto odio y rencor. Este, entre forcejeos que no lograban más que enfurecer a la turba, pedía que lo escucharan, que comprendieran el horrible error que cometían. Y agonizaba por dentro al notar como las personas del pueblo, a quienes tanto quiso y respetó, ahora procuraban su ejecución, le escupían y lanzaban piedras al rostro mientras el temor y la desesperación de sentirse traicionados se acrecentaba conforme el tiempo límite llegaba a su fin.

Víctor, sujeto con fuerza por varios hombres de la aldea, fue puesto de rodillas contra el suelo al instante que uno de los sabios, Yakov, blandía un hacha para degollarlo. Pero, justo después de cumplirse la medianoche, antes de que el filo del arma se enterrara en el cuello de Víctor y le arrebatara su último aliento, suscitó el primer alarido lleno de dolor.

Todo fue silencio tras él, por lo menos hasta que el segundo, el tercero, el quinto y una infinidad más se unieron al terror de quienes observaban conscientes lo que comenzó a desarrollarse frente a sus ojos. Quienes gritaban, lo hacían quejándose de un horrible ardor que les invadía la piel. Y su desesperación por aliviarlo se volvía tal, que comenzaban a desgarrar su propia carne. Pero ello no lo mitigaba en absoluto, por lo que no tardaron en abalanzarse entre sí, en arrancar pedazos del otro y bañarse con su sangre. Los trozos de piel, miembros deshaciéndose a pedazos, llovían junto una tenue brisa carmesí que tiñó al pueblo entero.

Víctor no pudo encontrar a Yuuri nunca más, pero supo, justo al amanecer, que él seguramente formaba parte de alguno de los montículos de carne y entrañas que ahora desolaban todo a su alrededor, vacío de vida más que la suya.

Si bien fue el único a quien la maldición no atacó en cuerpo, su mente era el mismo escenario rojizo, deshecho y horrendo que, ante sus ojos, se volvía cada vez más irreal e incomprensible. Quiso reír al sentir las lágrimas nuevamente agolpándose sobre su vista, quiso gritar con la misma fuerza con que deseaba morir en igual agonía que todos los demás.

Víctor vagó por el pueblo, sin un propósito fijo más que el de castigarse a sí mismo al contemplar más detalles de todo lo que había provocado… Si tan solo no se hubiera tentado en conocer su futuro, si tan solo hubiera seguido con los planes que tenían para él desde su nacimiento. Y, aun así, no comprendía por qué el augurio le hizo entender que eso ocurriría solo si era sacrificado. ¿Dónde cometió el error?

Y de pronto, un alarido, un grito se agitó en una maldición hacia su persona, y Víctor, justo al filo del bosque, pudo ver en el suelo a un hombre que, sin brazos y varias partes de sí arrancadas a cuajos, se aferraba a la poca vida que aún le restaba. Era uno de los sabios. Era Yakov.

Víctor no dudó en correr hacia él, en postrarse a su lado mientras que lloraba suplicando por un perdón.

—¡Tú nos condensarse, bastardo! —pudo pronunciar ese desgajo humano que apenas respiraba, con toda la rabia, el odio y el dolor de quien cree tan injusta su muerte.

—¡No! ¡No es así! ¡Yo lo vi! ¡Lo vi en el río! ¡Vi el futuro que sucedería si moría! ¡Y era así! ¡Pasaba esto! ¡Yo solo quería salvarlos a todos!

Con la consciencia sujeta apenas en un hilo, Yakov supo a qué río Víctor se refería y una sonrisa grotesca, sanguinolenta, se delineó sobre sus labios.

—Estábamos condenados, sin importar qué… ¡Íbamos a morir!

Tras sus palabras, Yakov murió ahogado en el propio vómito de su sangre, sin poderle decir a Víctor que aquel río no mostraba futuros probables de acuerdo a sus deseos, sino aquellos que sucederían sin importar qué. 


Especial de Halloween. Reto impuesto por SekaRoma para la dinámica #CongeladosDeMiedo2018.   

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