AdC 14: “Yuri Plisetsky”


De Lunes a viernes, a Mischa no le molestaba para nada su rutina.

Las obligaciones de un mayordomo de un castillo de provincia eran bastante manejables. La señora Plisetsky había dispuesto que ese mes, él se encargaría de la cocina y Yuuko de la administración de la casa, eso le daba la oportunidad de irse entrenando con Hiroko los fines de semana en las artes culinarias y en la administración del hogar. 
A Mischa le parecía más fácil cocinar que dirigir a otras personas en la casa, no porque el trabajo fuera menos exigente, sino porque en la cocina él tomaba las decisiones y no tenía que lidiar con nadie. En cambio, al dirigir el trabajo de limpieza, tenía que lidiar con el personal del castillo y ellos no lo querían aceptar tan fácilmente. No le gustaban las confrontaciones y tendría que luchar mucho para hacerse escuchar entre sus compañeros de trabajo.

Tenía que levantarse muy temprano para preparar el desayuno, sus labores acababan después de las 7 de la noche. Los Plisetsky no eran de molestar y, salvo el tema de los corsés, la familia era bastante inofensiva.

La señora Plisetsky amaba a Mischa. Él había encontrado el punto exacto de fuerza que la mujer necesitaba cuando le ajustaban el corsé. Ella deliraba de placer, gritaba excitada y él terminaba más rápido ese momento incómodo que atravesaba dos y hasta tres veces por semana. Con los tapones para oídos que Phichit le había conseguido, ya hasta la experiencia no le parecía tan traumante.

El moreno siempre se burlaba de ello pero nunca lo comentaba frente a otras personas. Mischa y él se habían vuelto muy buenos amigos y conpartían varios momentos al día conversando.

El señor Nicolai, pese a la primera impresión, había resultado ser un hombre muy amable. Claro, a veces venía a inspeccionar que los alimentos no hubieran sido manipulados por algún americano, pero también lo invitaba a jugar Rummykub por las tardes y le invitaba galletitas que a veces su hija le traía. También le contaba innumerables historias de sus experiencias en la época de la guerra fría, y de cómo su padre había sido de gran ayuda a la patria acabando con todos esos zaristas oportunistas después de la revolución.

Mischa escuchaba sus historias con atención, el señor Nicolai era muy apasionado cuando las contaba, le parecía gracioso e irónico el que hablara tan fervientemente de los comunistas viviendo en un castillo, rodeado de lujo y de muchos sirvientes.

Al que parecía no poder descifrar era al joven Plisetsky, llamado también Yuri y que siempre parecía molesto con el mundo, aunque tenía chispazos de amabilidad y ternura con su familia, más con su abuelo que con su madre.

Phichit llevaba a Yuri al colegio pero jamás lo dejaba en la puerta. Le daba vergüenza ser dejado en un auto lujoso por su chofer. Caminaba un par de cuadras, solo y escuchando música con sus audífonos.
Una vez en el colegio, se unía a su grupo de amigos deportistas y se burlaban de los nerds y los pocos populares. A veces se metía en líos por encerrar en un casillero a un compañero, por bajarle el pantalón a otros y por contestarle mal a un profesor. 
Su madre ya estaba cansada con la situación. Ella trataba de ser estricta con él pero no lograba que Yuri dejara de ser malcriado en el colegio.

Por las tardes, se quedaba a entrenar Hockey en la pista cercana al colegio. Sus compañeros al principio se habían burlado de su pequeño tamaño y de su rostro delicado. Por esa razón había empezado a comportarse como vándalo. De una u otra forma tenía que hacerse respetar y demostrar que era genial y retador.

Las chicas al principio lo buscaban porque se veía “lindo”, para terminar apodándolo como “el presumido”, nunca había querido tener alguna novia de la zona. No se le conocía gustos, salvo los estampados de leopardo y de tigre que resaltaban en sus camisetas, chaquetas y zapatillas.

Cuando llegaba a la casa lo hacía muchas veces furioso. Subía molesto a su habitación y tiraba la puerta de tal forma que se escuchaba hasta en el primer piso. A Mischa le daba pena verlo siempre de mal humor.

Recordaba cuando, en su primer día, había sido amable con él y lo había rescatado de su abuelo, explicándole las particularidades de este. Pero luego de eso no había tenido oportunidad de verlo tan amable.

Durante la hora del desayuno, al menos, ya no se quejaba. Mischa había tenido razón: el rubio sólo había querido que lo dejaran tomar decisiones por sí mismo.

Pero normalmente Yuri Plisetsky lo miraba con recelo y, cuando lo veía entrar al cuarto de su madre, le mandaba una mirada asesina.

Una noche, pasando por las habitaciones de la familia, Mischa encontró la puerta del cuarto de Yuri entreabierta, eso era raro porque el joven odiaba que entraran o vieran su habitación. Una pieza de ballet clásico se podía escuchar saliendo de allí. Mischa, curioso de escuchar tal tipo de música proveniente de la habitación del joven rebelde, se acercó para mirar lo que ocurría.

La imagen que apreció lo dejó sorprendido.

Una rutina de patinaje artístico de Yevgeni Plushensko se apreciaba en la pantalla del televisor. Era una pieza rápida y avezada, que demandaba mucha velocidad. El patinador se desplazaba con gracia, estirando elegantemente los brazos, alzándose majestuoso entre sonidos celestiales que lo hacían ver incluso más sorprendente.

Curiosamente, Plushensko parecía tener a un doble frente a él.
El joven Plisetsky repetía la rutina de saltos y giros con una agilidad impresionante. Mischa podía notar que no era nuevo realizando esa clase de movimientos, es más, a pesar de no saber nada del patinaje, podía apreciar cuánto talento tenía el chico.

Se quedó observando unos minutos hasta que el rubio notó su presencia.

Mischa jamás había visto ojos tan inyectados de rabia. Fue tal la mirada que se sintió obligado a retroceder unos pasos. El joven se acercó furioso y lanzó gritos desesperados.

― ¡Imbécil! ¿Quién carajos te crees para estar espiándome? ― el tono amenazador de la frase y su mirada indignada no dejó nada a la imaginación. Mischa sentía que había invadido un espacio muy privado del menudo rubio.

―Lo siento mucho, joven…

― ¡Más lo vas a sentir cuando haga que te boten de esta casa por estar metiendo tu nariz donde no te llaman! ¡Largo!

No lo dudó ni pensó dos veces, Mischa caminó lejos, poco a poco sus piernas iban cada vez más rápido hasta que se encontraba corriendo, le faltaba aire, sentía una presión tremenda en el pecho y no era por su condición física. Sentía que el aire faltaba, sus pulmones parecían no funcionar bien, se obligaba a respirar tranquilo, trataba de contar sin entender bien qué le pasaba. 
Necesitaba aire con urgencia, salió de la casa camino al jardín, apoyando sus manos en sus rodillas, respirando, abriendo sus ojos, sintiendo incluso el mundo dando vueltas. 
Respiraba, contaba números en su mente, buscaba algo que lo calmara. ¿Qué acababa de pasarle?
Pensar en las palabras del joven no hizo más que regresar esa presión en su pecho. 
“Más lo vas a sentir cuando haga que te boten de esta casa”
Saltó y dejó escapar un jadeo cuando alguien mencionó su nombre a sus espaldas, no había notado a nadie cerca suyo.

― ¿Mischa? ¿Qué pasa?—Logró respirar de nuevo al ver a su amigo , un rostro familiar era justo lo que necesitaba.

―Phichit ―dijo sobresaltado y tratando de controlar su respiración.

― ¿Estás bien? Parece que hubieras visto a un fantasma.

―Estoy bien. Sólo me sorprendí.

Mischa no tardó en contarle a Phichit lo que había visto y sobre lo mal que se sentía por las amenazas de despido.

―Tranquilo ―dijo Phichit―, el joven Yuri reniega mucho pero no muerde. No sabía que le gustaba el patinaje artístico, aunque ahora entiendo por qué se queda más tiempo en la pista, luego del entrenamiento de Hockey.

― ¿Juega Hockey? ―preguntó Mischa muy sorprendido― ¿No es demasiado chiquito y delgado para eso? ¿Cómo sobrevive a esos mastodontes?

Phichit no pudo evitar reír con el comentario.

―Créeme que también me lo pregunto. Lo que pasa es que su abuelo ama el Hockey y es por eso que entrena. Aunque nunca lo veo feliz después del entrenamiento. ¡Quién sabe, capaz y hasta lo odie!

Mischa se quedó pensando en ello un par de minutos en silencio. Yuri no parecía ser un chico feliz, sino todo lo contrario. Quizás vivía molesto con el mundo por sentirse obligado a hacer cosas que detestaba.
El de cabellos plateados hubiera seguido pensando en ello, si no hubiera sido por la mano que Phichit colocó en su hombro sacándolo del trance en el que se encontraba.

― ¿No quieres ir conmigo a casa de Yuuri?

― ¿No es muy tarde para estar yendo a verlo? ―preguntó temeroso, ya eran las 8:30 PM.

―Normalmente sí, pero hoy es una ocasión especial. Acaba de recibir dos respuestas de diversos bancos pre-aprobando un crédito y vamos a celebrar. Aún no sabe cuál elegir pero eso no quita el hecho de que lo festejaremos como si ya lo hubiera hecho.

Mischa no tenía palabras para expresar la felicidad que le causaba. Sabía que Yuuri ansiaba ese préstamo para ir creciendo en el negocio.
Aceptó gustoso la oferta, sabiendo que sus labores en el castillo habían culminado por ese día.

En casa de Yuuri todo era algarabía. El chico de cabellos negros sentía que su corazón iba a explotar de felicidad.
Había buscado por todos los rincones una entidad financiera que creyera en él y de pronto había encontrado dos.

Estaba a punto de salir al campo, cuando, en la mañana, había recibido los correos con la oferta. Se había decidido ya por uno que le había parecido más adecuado pero se alegraba como niño pequeño con caramelo por el otro también.

Y ahora, en la noche, se sumaban a su júbilo Phichit y Mischa, quienes se alegraban infinitamente por él.

Las copas llenas de espumante no tardaron en aparecer y brindaron por Yuuri y por su negocio, el cual sería un completo éxito.

Mischa había visto la oferta de cada banco sobre la mesa y, por un tiempo prolongado, no pudo evitar querer leerlas para analizar lo que decían.

―Mischa, ¿estás bien? ―le preguntó Yuuri, quien había notado la mirada perdida sobre la mesa del comedor.

― ¿Eh? ―dijo Mischa, volviendo con ello a la realidad―. Sí, no pasa nada. Yuuri, ¿puedo ver ambas ofertas? Me gustaría analizarlas y ver si tienen alguna cláusula o detalle perjudicial para ti.

No sabía por qué había dicho eso. Él desconocía lo que lo había movido a querer ver esas ofertas. Se sentía corto para “analizarlos” Y, no obstante, algo dentro suyo lo motivaba a hacerlo.

La familia había quedado sorprendida con sus palabras y, aunque no habían dicho nada, habían intercambiado miradas curiosas.

Yuuri le aseguró que no había problema, le puso ambas ofertas en las manos y le explicó por cuál ya se había decidido.

Mischa sintió un hormigueo por su cuerpo cuando empezó a leer con calma lo que decía. Allí se encontraban estipuladas todas las demandas de ambos bancos y Mischa se sintió sorprendido de entender y notar pequeñas y grandes diferencias entre ambas ofertas.

La que Yuuri había escogido parecía, superficialmente, la más conveniente. Sin embargo, a la larga, la del segundo banco era la mejor oferta.

Mischa leyó y releyó con sumo cuidado ambas. Sacó el celular y se puso a sacar cuentas, concentrándose con seriedad en su actividad.
Yuuri no le había prestado mucha atención hasta el momento en que el joven le había pedido a Hiroko un lápiz y un papel.

La familia y el amigo siguieron conversando pero, de reojo, seguían observando al otro invitado que miraba concentrado los papeles y anotaba, con seriedad, algunas cosas en el papel. Luego de unos minutos, Mischa se quedó pensando en silencio, analizando cómo iba a explicar lo que había sucedido. 
Sentía que lo que había acabado de hacer había sido natural, como si estuviera acostumbrado a hacerlo.
No había nada en aquellas ofertas que no hubiera entendido y eso lo había dejado sorprendido. ¿Acaso en la vida real habría trabajado en una entidad financiera?

―Yuuri, creo que deberías escoger la otra propuesta ―dijo de pronto. La seriedad de su voz había conseguido la atención de todos los presentes y el muchacho continuó―. La oferta que has decidido tomar no es tan mala pero si por algún motivo retrasas el pago, te irá multiplicando el interés. Además no te invita a pagar un seguro de pago. Obviamente, quieren que no puedas pagar para quitarte todo.

Yuuri lo miró sorprendido. ¿Cómo había sido Mischa capaz de identificar esas cosas de las que hablaba?

―El otro banco parece querer un poco más cada mes pero tiene menos intereses y lo terminarías pagando antes. Además, te ofrecen el seguro contra imposibilidad de pago sin recargo alguno y, al demorar el pago, la penalidad sigue manteniéndose igual.

En ese momento ya todos lo observaban con curiosidad. Mischa sintió las miradas taladrarlo y enrojeció como tomate, disculpándose por su atrevimiento.

― ¡Vaya! ―exclamó Hiroko―. Al parecer tenemos a un banquero en la familia.

―Bueno, ya vemos que la cocina y la limpieza te pueden servir como un buen pasatiempo, hijo ―agregó Toshiya, guiñándole el ojo juguetonamente―, pero creo que tenemos en ti a nuestro próximo Petr Kellner*

Yuuri lo miró impresionado. Tomó ambas propuestas y leyó meticulosamente cada una de ellas. Aún no le quedaba claro cómo había obtenido Mischa tal información, puesto que él no parecía encontrarla por ninguna parte.

―Bueno, Yuuri ―dijo Toshiya en son de broma―, creo que de aquí en adelante sabremos quién será nuestro hijo favorito. No te lo tomes a mal pero entiende que siempre quise ir con tu madre a recorrer el mundo. No es nada personal.

Todos rieron ante tales palabras y a Mischa, se le calentó el corazón. Toshiya y Hiroko lo reconocían, no sólo como parte de la familia, sino como un hijo más. Mischa no podía sentirse más conmovido.
Amaba a los Katsuki con todo su corazón.

― Papá, seguro ya desde mañana querrás que empiece a empacar mis cosas, ¿no? ― siguió Yuuri.

―Bueno, Mischa está en el castillo ―respondió Hiroko por su esposo―, supongo que aún tenemos espacio para tus pertenencias.

La noche transcurrió entre bromas y conversaciones amenas. Todos estaban felices y orgullosos de Yuuri.

Un par de horas más tarde Phichit y Mischa regresaron a casa. Ambos se durmieron inmediatamente. Al día siguiente tenían que trabajar.

A la mañana siguiente Mischa sirvió el desayuno como de costumbre. El señor Nicolai había pedido especialmente unos huevos con tocino que olían delicioso. La señora Plisetsky estaba tomando un jugo de frutas y había pesado en la balanza un pedazo de pan. Su hijo Yuri untaba en silencio mantequilla a su pan.

Había intercambiado miradas furiosas con Mischa pero no había mencionada nada. Era mejor no presionarlo.

―¡Oh Yuri, hoy es tu último día de entrenamiento de la temporada! ¿Verdad? ―señaló su madre.

―Sí ―contestó de mala gana―, no olvides que le prometiste al entrenador que te encargarías de los snacks.

―¡Por supuesto que no me he olvidado! ―dijo casi indignada.

―¡Muy bien, mi Yurochka! ― dijo el abuelo―. ¡Un jugador de Hockey como su abuelo!

Yuri se despidió al ver a Phichit y se llevó su pan a medio terminar. Apenas desapareció de la habitación, la señora Plisetsky volteó a mirar a Mischa y le dijo:

―¡Me olvidé por completo que tenía que pedirte que prepares algo para los chicos! Por favor, cocina algo sencillo y encárgate de preparar sandwichitos y demás. Llamaré a Yuuri para que te traiga lo que necesites.

Mischa no estaba preparado para un pedido así. La semana en la cocina no le había salido tan mal porque había practicado con Hiroko algunos platos y había repetido la misma fórmula con otros ingredientes pero ahora la señora Plisetsky esperaba comida y snacks. Si con las justas terminaba a tiempo, ¿cómo se supone que lo iba a solucionar?

Entró a la cocina y trató de organizarse para lograr su meta. Revisó los ingredientes ya existentes en la despensa. Al pensarlo mucho decidió hacer algo horneado porque le daba tiempo a preparar los sandwiches sin tener que mover o estar atento al fuego.

Tenía pollo pero le faltaban lechuga y tomate para los bocadillos. Le pidió a Yuuri que le trajera ambos y le prometió que pasaría por allí más tarde.

Viendo videos por youtube y cortando la verdura se le pasó la vida. Eran las 12 y aún no terminaba la preparación de  su pollo a la rosmarín. No estaba seguro si las palpitaciones que sentía y el sudor eran normales en situaciones de estrés como esas.
A la una y media recién metió el pollo al horno. Sabía que la familia almorzaba a la una y media así que tuvo que subir y disculparse por el retraso.

―Disculpe, señora Plisetsky.

―Dime, Mischa.

―Quiero avisarle que, con todos los preparativos de los snacks, el almuerzo está tomando más tiempo del que creí. Me demoraré una hora más para servir el almuerzo.

― ¡Oh, Mischa pero papá se molestará!―contestó la mujer contrariada. Mischa sabía que la contrariada sería ella, no el señor Nicolai.

Je suis désolé, madame. Je fais ce que je peux faire.*

Con el francés no tenía pierde. La señora Plisetsky no era una mujer de grandes conocimientos académicos. Hablándole en otro idioma la dejaría sorprendida y guardaría silencio.

Mischa se alegraba al ver que en poco tiempo la conocía tan bien. Ella lo miró contrariada.

―Está bien. Puedes retirarte.

Mischa se dio la vuelta sin poder evitar sonreír con el sabor a victoria en su boca. Pero cuando estaba yéndose la señora añadió:

―¡Ah, Mischa, me gustaría que vinieras hoy a las 7 a mi cuarto para otra sesión de corsé!

El muchacho tuvo que voltear para mirar a su interlocutora con la cara pálida. No. No la conocía tan bien después de todo, dos días atrás la mujer ya había gritado su nombre a voz en cuello durante una sesión muy gutural.  Ella quería la revancha.

Oui, Madame.

―Y trae ese acento francés contigo. Me excita.

“Merde!”, pensó esa vocecita que siempre lo acompañaba.

La carne para las mini hamburguesas ya estaba sobre la mesa de la cocina.

Mischa se encontraba viendo un tutorial de cómo hacer entremeses de forma rápida y trataba de retener toda la información visual que había podido.

Se remangó la camisa y se puso manos a la obra.

―¡Hola! ―era la voz de Yuuri que interrumpía su concentración.

―¡Yuuri! ― exclamó feliz. Siempre era bueno ver a Yuuri. Sobre todo si era él que traía los ingredientes que le faltaban.

―Alguien me llamó por una emergencia―contestó sonriendo.

Mientras Mischa y Yuuri conversaban amenamente sobre los pormenores de la vida en el castillo, el tiempo pasó volando. Mischa se sintió nuevamente en casa de los Katsuki y no pudo quitar la sonrisa plácida de sus labios. Yuuri le contaba emocionado que ya había mandado respuesta a ambos bancos y que pronto adquiriría otros terrenos. Sonaba tan emocionado como cuando le traía el almuerzo a su cuarto y le contaba de su día a día. Era refrescante verlo feliz, hablando de un trabajo que tanto lo apasionaba.

―Mischa…

―¿Sí?

― ¿No huele a quemado?

Salió de su estupor y saltó corriendo hacia el horno. El pollo estaba prácticamente carbonizado.

―¡Oh no! ―Se quejó contrariado―. ¡La señora Plisetsky me va a matar!

Mischa corría de un lado a otro ofuscado y temeroso. Pronto tendría que llamar a almorzar y no tenía nada que ofrecer.

―Calma ―le dijo Yuuri―, termina los sandwiches. Yo cocino.

―¿Tú cocinas? ―le preguntó curioso el menor. Yuuri lo miró sorprendido y emitió esa risa que le había escuchado antes, una risa genuina, pura y escandalosa. El tipo de risa que captaba inmediatamente la atención de Mischa.

―¡Pero por supuesto que cocino!―exclamó Yuuri muy divertido―. No siempre he vivido con mis padres, cuando vivía en Moscú tenía que cocinar para mi.

Mischa se quedó pensando en ello. No se imaginaba a alguien como Yuuri viviendo en una ciudad tan grande como Moscú. A Yuuri se lo imaginaba feliz en medio de la naturaleza, viviendo una vida tranquila.

Yuuri lo animó a que continuara con sus sandwiches y él se puso a buscar ingredientes para preparar algún platillo. Haría algo simple pero atractivo.

El ruso de cabellos plateados lucía totalmente concentrado cuando Yuuri le avisó, media hora después, que podía invitar a los Plisetsky al comedor.
Estaba salvado. Yuuri había manipulado lo que más conocía: verduras. Usó pimientos coloridos, calabacines, cebollas, zanahorias y alegró un rico plato de tagliatelles. Además hizo crutones con la tostadora y los colocó en una sencilla ensalada verde mientras los tagliatelles se cocían.

Mischa quedó anonadado con la simpleza y belleza de los platos.

―Yuuri, jamás creí que pudieras hacer lucir algo tan bien siendo tan práctico.

―Bueno, creo que yo también tendré que darte clases de cocina cuando las de mi madre terminen…

Mischa fue corriendo a servir la mesa y la familia Plisetsky se quedó muy satisfecha con aquella elección de platos.

A las tres y media vino Phichit a recoger los sandwiches y demás. La señora Plisetsky ordenó a Mischa que se fuera con él a atender a los comensales y Yuuri le siguió el paso por si necesitaban apoyo en algo.

Lo que había preparado Mischa también lucía delicioso. Phichit exigió que le invitaran un par y Mischa accedió, aunque le dio el doble a Yuuri.

―¡Hey! Yo también quiero más ―Se quejó Phichit.

―Lo siento, Phi ―La sonrisa de Yuuri mostraba implícita su felicidad―, yo le salvé la vida.

―Muy cierto―agregó Mischa―, está en todo su derecho de pedir doble.

Alegres, llegaron a la pista de hielo y bajaron todo lo que habían traído. Les proporcionaron una mesa grande donde pudieron distribuir lo preparado. Esperaron media hora más hasta  que acabara el entrenamiento.

Durante ese tiempo Mischa se quedó observando la práctica. Yuri no lo disfrutaba para nada.
Se pasaba la mayor parte del tiempo esquivando a sus toscos compañeros y deslizándose por el hielo. No podía entender cómo podía pasar a esos movimientos toscos después de haberlo visto deslizarse como un auténtico bailarín.

Terminada la práctica, los enormes muchachos fueron en dirección a los bocadillos. Se entretuvieron una hora, eran las cinco y media cuando todos se despidieron, prometiendo volver a encontrarse en las siguientes semanas.

Los tres adultos recogieron todo y luego Phichit habló.

―Vámonos, chicos.

―Espera ―preguntó Mischa―. ¿No vamos a ir con Yuri?

―Se quiere quedar más ―explicó―, siempre lo dejo y luego pasó nuevamente por aquí.

―Pero no es lo mismo, Phichit. Eso es normalmente más temprano, con gente en la pista. Ahora no hay nadie.

―Mischa, ¿por qué no te quedas y luego viene Phichit por ambos?― sugirió Yuuri.

Y es así que quedaron. Mischa entró al local sin hacer ruido y se acercó a la pista de hielo, grande fue su sorpresa cuando encontró a Yuri haciendo la rutina que le había visto haciendo en su dormitorio.
El muchacho tenía talento para ello. Sus saltos eran espectaculares aunque aún debía pulir algunos pasos.

Patinó sin parar por media hora y, cuando se detuvo para tomar aire, levantó la cabeza al escuchar aplausos que provenían del lado derecho de la pista.

―¡Eso fue espectacular! ―exclamó el mayor, auténticamente feliz.

―¡Te dije que no metieras tus narices en los asuntos de otros! ―el rubio se veía furioso. Pero esta vez, Mischa estaba dispuesto a lidiar con la situación de otra forma.

―Joven, no se preocupe. Yo no pienso  decirle nada a nadie. Se lo prometo.

Aunque Yuri seguía con el rostro tenso, su mirada se suavizó un poco.

―De verdad usted es muy bueno ―siguió Mischa―. ¿Por qué no hace mejor patinaje artístico? Tiene talento de sobra.

―A ti no te importa por qué no lo practico. ¿Por qué sigues aquí? Ya dile a Phichit que se vaya contigo.


El adolescente se veía muy contrariado y en su tono se evidenciaba mucha agresividad. Mischa tendría que ser inteligente para responder.

―Phichit ya se ha ido con el auto ―le daba en un tono muy calmado para aliviar la tensión―. Yo me quedaré a acompañarlo…

― ¡No necesito de una porquería de niñera, menos una que se folla a mi madre varias veces por semana!

Mischa se quedó sin saber qué decir. El tono era muy amenazador. Llevaba rencor y rabia muy dentro. Algo que él no podía solucionar.

―¿Crees que no he escuchado sus gritos como si fuera una asquerosa actriz porno? ―siguió el chico―. Me da asco verte entrar a su cuarto. Lo peor es toda la mierda que se habla en Kiritsy y yo tengo que defenderla cada vez que la insultan  aunque ni siquiera tenga ganas de protegerla.¡Es una puta que se acuesta con un maldito mayordomo de cuarta!

Mischa entendió perfectamente el malestar. Podía imaginarse en su situación, y lo más probable era que su reacción sería la misma.

―Joven Yuri, no es lo que usted cree, se lo juro.

―¿Piensas que te voy a creer?

―Joven, créame, su madre no se acuesta conmigo. Ella me llama para ajustar el corsé.

―¿Corsé? ¿Qué corsé?

―Su madre tiene una pasión… algo curiosa. Le gusta que le ajuste el corsé muy fuerte.

Yuri lo miró como si acabara de descubrir América. Nunca le había visto a su madre corsé alguno. 


―¡Eres un enfermo mentiroso! ¡No te creo ni una puta palabra de lo que dices! ¡Te odio y odio a mi madre por hacer eso!

Yuri cogió molesto sus cosas y no dijo palabra alguna hasta llegar a la casa.

Mischa de pronto sintió que no era justo que el rubio no supiera lo que sucedía. Su madre tenía que hablar con él. No era sano para ninguno de los dos.

Se propuso hablar ese mismo día con la señora Plisetsky. Tenía que hacerlo, así perdiera su trabajo.

Publicado por natsolano

Soy una escritora de fanfics desde hace tres años. Amo escribir y quisiera dedicarle más tiempo, amo cantar y amo a Yuri on Ice!! Lo que más me gusta escribir es romance, aunque por algún motivo termino mezclándolo con drama. Además olvidé decir que amo la comedia. Mi pareja favorita de toda la vida son Yuuri & Victor, siempre diré que mi corazón late por el victuuri, pero me considero multishipper ❤

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