Cap. IV Acerca del Alojamiento


Tan… tan… tururú… tutururu… tururururúúúúú… tara, taaa, taa, taa, ta, ta, ta, tarará.

En nuestro último capítulo, el pequeño y astuto tigre ruso se encaminaba hacía un tren camino a Tokio. Con su último destino cerca, el rubio no pierde la vista de su objetivo, a unos pasos de meta, espera Plisetsky no ser encontrado por sus dos perseguidores.

Pero, ¡cuidado, Yuri! El dueto Nikiforov-Katsuki se encuentra muy cerca. Ambos, a unos cuantos trenes detrás, no descansarán hasta atrapar al escurridizo gatito rockero amante del hielo.

¿Qué pasará? ¿Logrará Yuri llegar a Chiba y presenciar el primer concierto de su vida?

¡Averígüenlo en este nuevo episodio!

Túúúú tu, tu, tú, turururuuuururuuu, tararara ta ta, tararara ta ta, ¡tadááááá!

Hoy presentamos…

¡Guía de consejos para el viajero novato: acerca del alojamiento!

—¿Podrías dejar de actuar como el narrador de Dragon Ball Z? —Yura angelical observó a su “némesis malvado”, su cara denotaba resignación, pues la imitación del famoso narrador (incluidos efectos especiales), fueron algo vergonzoso de ver y escuchar.

—Solo quiero hacer el trayecto más ameno —respondió Yura rebelde a la defensiva—. Si no te has dado cuenta, ¡llevamos una eternidad en este tren!

—¿Qué pensabas? ¿Que Tokio estaba a la vuelta de la esquina? —Yura angelical se burló amargamente del Yura rebelde, su tono de superioridad competía con la de cualquier intelectual típico de Internet—. Prácticamente saltamos de una isla a otra, ¡no íbamos a llegar en media hora!

—Ya sé —respondió con hastío el pequeño Yura, se acomodó un poco la chamarra de su traje de Welcome to the Madness para señalar al Yuri mayor, quien con mirada perdida, observaba en vano el montón de colores que componían el paisaje que la rapidez del tren bala les impedía observar con nitidez, su cachete pegado al cristal del convoy provocaba que vaho proveniente de su respiración apareciera y desapareciera marcando el ritmo de una rara canción sincronizada por su propio cuerpo—. Lleva media hora perdido en Yuralandia, con algo debía volverlo a la realidad.

—¡Solo está aburrido! Recuerda que no puede usar su celular.

Después de recibir el mensaje de Katsuki, Yura desactivó su ubicación, la inminente persecución lo tenía constantemente alerta, el rubio sabía que, a pesar del aura tranquila y pacífica que Yuuri Katsuki solía proyectar, también podía llegar a ser alguien de temer. El ruso incluso lo creía capaz de convocarlos a juicio por la desaparición de su comida favorita.

“Algunas veces Katsudon da mucho miedo”. Pensó Plisetsky con nerviosismo. 

Y no era para menos; cada vez que llegaba a una estación, el rubio observaba la puerta como esperando ver aparecer al patinador japonés entre los nuevos pasajeros, a pesar de saber que él y Víctor se encontraban a miles de kilómetros detrás él. Aunque a Yuri no le extrañaría que su tocayo conociera la famosa técnica de la teletransportación y cual Goku, localizara su ki y apareciera mágicamente frente a él, provocando el inminente game over en este juego de vida o muerte que ambos habían empezado sin querer.

Eternos rivales ambos, dentro y fuera de la pista de hielo.

Ahora, a escasos minutos de llegar a Tokio, el ruso aprovechaba el momento para conectarse a la red wifi del tren y revisar la dirección del hotel en el que había reservado lugar unas tres horas atrás.

Capsule Value Kanda: 1-4-5 Kanda Kajicho, Chiyoda 101-0044 Tokyo Prefecture

Sin revisar sus redes sociales (aguantándose las ganas de entrar, pues de eso dependía su segura estadía), Yuri se incorporó de su asiento rápidamente, una vez que la voz mecánica del tren anunciara su pronto arribo a Tokio.

Al fin había llegado a su destino.

Al ser la capital del país del sol naciente, Tokio contaba con la mayor cantidad de líneas a su disposición para asegurar la movilidad de los millones de habitantes de la gran urbe. Con 13 líneas del metro, más las líneas de trenes de red la privada JR, convertían a Tokio en uno de los sitios con mayor afluencia en su transporte público. Cada estación, probablemente sin excepción, contenía al menos un transborde, siendo Tokio y Shinjuku las principales estaciones que conectaban la mayor cantidad de líneas en su haber.

No era de sorprenderse que la estación de Tokio fuera una de las grandes en las que el Yuri se hubiera transportado nunca.

—¡Increíble! —admiró Yuri una vez que bajó del convoy, después de dirigirse a las escaleras y bajar por ellas, la pequeña maleta que colgaba de su hombro, brincaba ligeramente al compás de sus pasos—. Es más grande de lo que pensaba.

—¡No pierdas la vista del objetivo, soldado! Recuerda que Nikiforov y Katsuki están pisándonos los talones —observó Yura rebelde, siempre tan enfocado en el objetivo.

—Tienes razón —concedió Yuri, quien entrecerró un poco los ojos para buscar el pasillo que lo conduciría al transborde correcto: la línea Keihintohoku, de color azul celeste.

Aun con el mar de gente, los letreros de indicación eran demasiado claros como para no perderse. El joven patinador, después de un rato, encontró el pasillo correcto y, sin perder más el tiempo, transbordó a la línea y, a la hora exacta que marcaba el reloj, es decir, dos minutos; ni un segundo más, ni un segundo menos, el patinador ruso llegó al fin a su destino.

Ahora solo debía usar Google Maps para encontrar el hotel en el que había reservado.

—Yuuri, ¿ya llegamos?

—No.

—Yuuri, ¿ya llegamos?

—Aún no, Vitya.

—¿Y ahora?

—No…

—¿Y qué tal ahora?

—¿Debo repetir la respuesta?

—¿Estamos más cerca ahora?

—Víctor, comienzas a fastidiarme…

—¿Yuuri, ¿ya…

—¡Si vuelves a preguntar si ya vamos a llegar, te juro que me cambio de vagón!

—¡No, Yuuri! —Víctor se restriega contra el brazo de su novio, aún cuando Yuuri no hizo siquiera el amago de moverse, el ruso se pegó a él cual muégano. Sí, ese dulce mexicano que está pegado con caramelo y es difícil de morder y separar.

A menos que no tengas respeto alguno por tus dientes.

—Perdón, amor —lloriqueó Víctor con lágrimas fingidas—. Es solo que estoy aburrido, ¡me voy a volver loco si no llegamos pronto! ¿Por qué no tomamos un avión?

Yuuri lo miró un momento sopesando la idea. No era tan mala después de todo, sin embargo:

—Creo que el tiempo de espera para abordar hubiera sido el mismo que el gastado viajando en Shinkansen. Además es ligeramente más barato —comentó Yuuri, de vez en cuando revisaba su celular, con la esperanza de pegarle otro susto al gatito ruso. La reacción al mensaje anterior le había divertido mucho—. Por cierto, Víctor, ¿reservaste la habitación?

—¡Claro! —el cambio de tema animó a ruso, con rapidez sacó su celular y mostró a Yuuri su logro—, Es el APA hotel Asakusa Ta… wa… ramachi Ekimae, ¡tiene un baño increíble con ducha y bañera!

Yuuri observó la pantalla del celular por un momento, buscó el precio de la habitación y sintió todo el peso del mundo caer a sus pies.

—¡Víctor, ese hotel es muy caro! Te dije que escogieras uno más barato.

—Cariño, todos los demás hoteles se veían muy pequeños. Yo soy grande, necesito un lugar más grande para descansar.

—No venimos a descansar, Víctor —repuso Yuuri, con seriedad—. Venimos a encontrar a un pequeño y travieso gatito perdido en Tokio.

—Mi Yuuri, —Víctor apeló a su lado persuasivo, ese que usaba cuando Yuuri se mostraba renuente a aceptar una nueva pirueta en sus rutinas, una dieta más estricta, o una nueva fantasía erótica a realizar en la cama—, recuerda que también son nuestras vacaciones. Entre todas mis preocupaciones, me alegra tener un momento para ambos, a solas.

Víctor tomó la mano de su novio y, como de costumbre, besar su torso con suavidad. Yuuri se sonrojó ligeramente, ese gesto dulce y caballeroso de su persona más amada lograba tranquilizarlo, además de recordarle lo mucho que Víctor lo amaba.

Sentimiento recíproco, aunque a veces el ruso lo sacara de sus casillas.

—Además, no podemos negarnos un momento de pasión ahora que es muy probable que el gran Máximo pueda perecer en días venideros. ¡Yuuri, debemos aprovechar todos los minutos que nos quedan! Después, todo lo que haremos será Yuuvic salvaje comandado por Kuma.

En ese momento, Yuuri rodó los ojos y decidió no discutir más. Aún no se explicaba el japonés cómo su novio podía ser algunas veces muy inteligente, astuto y seductor y otras, demasiado ingenuo. Víctor demostraba muchos matices, era un genio que nunca dejaba de sorprenderlo.

Además, ¿de dónde había sacado esos nombres tan raros? ¿Desde cuándo sus penes tenían nombres?

Yuuri sospechaba que era una de las cosas con las que vivía mejor si no las averiguaba.

Ambos guardaron silencio, observando la gran cantidad de edificios a los que se iban acercando con rapidez, la ciudad de Tokio les daba la bienvenida imponiéndose ante ellos.

Después de llegar y realizar el check-in, Yuri descansó un momento en la pequeña cápsula asignada. Tanto él como sus conciencias estaban cansados. El viaje había sido agotador. A la fecha, el rubio no se explicaba cómo era tan cansado viajar, cuando prácticamente no se hacía mucho en el trayecto.

“Misterios de la vida”. Pensaba el ruso, mientras escuchaba un rato su música preferida.

Yuri tomó su celular, y con emoción, abrió la app donde Katsudon le había ayudado a comprar su boleto con anterioridad. Observó el boleto y pensó que sería buena idea buscar un lugar donde imprimirlo. Le parecía a Yuri más seguro llevarlo impreso que en su dispositivo.

Con ese pretexto y con la idea de conocer la capital de Tokio un poco más, el rubio salió de la pequeña cápsula para conocer las maravillas que ofrecía una de las congregaciones urbanas más grandes del planeta.

Después de revisar sus opciones, Yuri decidió que aprovecharía el tiempo para conocer uno de los sitios más famosos de la capital: Akihabara era un lugar conocido por sus tiendas de anime y videojuegos, además de los departamentales dedicados a la venta de artículos electrónicos.

Una visita obligada si eras fanático de la tecnología y el entretenimiento japonés.

Llegar era muy sencillo: según Google Maps, solo se debía transbordar a la línea periférica de YamanoteAkihabara se encontraba una estación después.

Esa era la mayor ventaja de esa línea, al recorrer un circuito que conectaba a todas las estaciones principales y turísticas de la capital. Incluida Tokio, obviamente.

Yuri caminaba tranquilo por la estación, con calma se posicionó detrás de la línea amarilla de seguridad y observó fascinado el orden que en cada estación se repetía, como un patrón al que los ciudadanos japoneses estaban acostumbrados. Tokio era una de las ciudades con más habitantes; sin embargo, también era una de las más ordenadas y, sin duda, la más segura de todo el mundo. Un gran ejemplo de armonía y disciplina para las demás metrópolis en el globo terráqueo.

Sin embargo, lo que sucedió a continuación dejó al rubio sin habla.

¿Qué tan probable era encontrar a una persona conocida en medio de una ciudad tan grande? Veamos, ubicada en la región de Kanto, dentro de la Isla más grande de Japón, Honshu, con una extensión aproximada de 2,187 km y una densidad de población similar a la de Nueva York, constituida por 23 barrios, 26 ciudades, 1 distrito y 4 subprefecturas, encontrarte con una persona por casualidad sonaba inaudito; sin embargo, a veces el destino solía ser caprichoso y a los dioses les divertía ver las reacciones mundanas de los pobres humanos que observaban día a día desde sus puestos privilegiados en el cielo.

¡De algo debían entretenerse! ¿No?

Los ojos color esmeralda de Yuri Plisetsky se abrieron de la sorpresa al encontrarse frente a frente con un par de ojos color café enmarcados por unos grandes lentes de montura azul y la mirada combinada a esos lentes gruesos, pertenecientes a Yuuri Katsuki y Víctor Nikiforov, respectivamente.

Las puertas del convoy se abrieron y el trío no hizo más que mirarse fijamente por un momento.

—¡Al fin! —exclamó Víctor, los brazos extendidos a todo lo que daba, mientras él y Yuuri caminaban hacía el transbordo correspondiente para encaminarse directo a su hotel—. Recuérdame nunca volver a atravesar Japón en tren bala, cariño.

—Ni siquiera recorrimos la mitad del país —sonrió Yuuri, arrastraba la maleta con una mano y, después de que Víctor terminara de estirarse, tomó la mano que su novio le tendía, disfrutando del contacto cálido de la misma—. Solo llegamos a la mitad.

—Vaya, ¡sí que es largo Japón! —se sorprendió el ruso. Ahora se encontraban debajo del andén, Yuuri observaba con detenimiento los letreros que le indicaban hacia dónde dirigirse—. Afortunadamente, tengo al mejor guía del mundo —concedió Víctor, dejándose llevar por su lindo y tierno novio.

Yuuri sonrió, y junto a Víctor se dirigieron hacía la línea Yamanote, después de transbordar se bajarían en Ueno para cambiar de línea a Ginza y bajar en una de las terminales de esa línea y su destino final: Asakusa.

Víctor se encontraba fascinado con cada detalle del metro japonés, que era famoso por su conocida eficiencia, el ruso se sorprendió de la puntualidad de cada uno de los trenes y el orden de los citadinos al abordarlos y bajar de ellos.

Cuando arribó el tren, Yuuri y Víctor subieron con tranquilidad, cuatro estaciones los separaban de Ueno; sin embargo, debido al largo trayecto anteriormente recorrido, la pareja se quedó parada para descansar sus acolchados traseros del tiempo que se mantuvieron en los asientos.

Dos minutos más tarde, la siguiente estación fue anunciada y, a su vez, proyectada en la pantalla del moderno medio de transporte: en Kanda las puertas abrirían una vez más para que los usuarios pudieran subir y bajar a su conveniencia.

Al abrirse las puertas, la pareja Katsuki-Nikiforov, se encontró frente a frente con una cabellera rubia conocida, ¡quién diría que encontrar a Yuri Plisetsky sería más fácil de lo planeado!

Si mal no recuerdo, Einstein dijo que el tiempo era relativo. Por lo regular, los trenes japoneses llegan en promedio un minuto antes de su tiempo de partida. Un solo minuto que tenían los choferes para aparcar el tren, abrir las puertas, dejar que los usuarios hagan la maniobra de subir y bajar, asegurarse que las puertas cierren bien y partir a la siguiente estación. Un minuto que parecieron horas para el patinador más joven. Un minuto en el que Yuri tuvo que pensar con rapidez qué acción tomar. Un minuto en el que su pequeña travesura podría terminar.

Al escuchar el timbre de aviso de cierre de puertas, Yuri reaccionó y sin pensarlo más, emprendió la carrera hacia los pasillos que lo llevarían a otra línea. ¿Cuál? ¡No importaba! El punto ahora era escapar de los muchachos que lo seguían de cerca, pues Yuuri y Víctor también habían reaccionado al escuchar el tono de alerta.

—¡Corre, Yuri, corre! —coreaban sus conciencias apurados, ambos observaban cómo se acercaban poco a poco sus captores, debían abordar un tren pronto para perderlos.

—¡Se fue por allá, Yuuri! —señaló Víctor, sin dejar de correr, su privilegiada estatura le permitía estar al pendiente del camino del rubio. Yuuri, usando esa extraña habilidad de él de esquivar gente con precisión ninja, apresuró el paso, reconociendo que el rubio transbordaría a la línea de Ginza.

Yuri corrió con toda la velocidad que le permitieron sus piernas, aprovechando su complexión delgada, esquivaba gente con agilidad. Más de un policía intentó llamarle la atención, no obstante, su condición de atleta de alto rendimiento contribuyó a escapar con agilidad a la persecución en la que él era el protagonista.

Al fin, después de un par de largos pasillos, el rubio divisó el andén que le daba la bienvenida a la línea color naranja de Ginza. Para su fortuna, Yuri escuchó a lo lejos el anuncio de llegada del tren y, sin importarle la dirección, se adelantó al primer vagón que encontró, esperando que pronto abrieran las puertas. Yuri rogaba con todas sus fuerzas que ni Víctor, ni Yuuri fuesen capaces de alcanzarlo.

Cuando estaba a punto de llegar al vagón, alcanzó a observar la silueta de Yuuri Katsuki llegando al andén, Yura notó cómo el japonés escaneó el lugar y, al identificar su rubia cabellera, se dispuso a subir al convoy para abordar al adolescente, pues los vagones de los trenes de Japón estaban conectados entre sí.

El plan de Yuuri hubiese dado resultado, de no ser por las puertas que se cerraron justo en el momento en que él iba a abordar.

Yura observó el rostro serio del japonés, fue solo por unos momentos, sin embargo, observar su expresión ligeramente molesta y frustrada, contribuyó a que el rubio retrocediera un poco en el vagón.

El tren comenzó su camino y con él, Yuri soltó un suspiro de alivio. Ahora el rubio tenía que ser más cuidadoso, ya había confirmado que Yuuri no era una persona de la cual era fácil escapar.

Yuri no debía bajar la guardia bajo ningún motivo.

Por su parte, Yuuri Katsuki observó cómo el metro se alejaba y con él la oportunidad de atrapar a su homónimo ruso. Aunque la persecución lo había dejado agotado, la adrenalina que sintió en el momento le permitió disfrutar de la carrera. Yuuri sabía que Yura era un acérrimo competidor y que atraparlo sería más complicado de lo que todos podrían suponer.

Yuuri necesitaba ser más astuto si quería ganar ese juego.

—¡Yuuri! —Víctor llegó a su lado, la estación comenzaba a llenarse de nuevo de gente—. ¿Y Yurio?

—Escapó —respondió Yuuri señalando las vías. Ambos se dirigieron a la pared para no obstruir el paso.

—¿A dónde crees que haya ido? —preguntó Víctor, extrañado de la tranquilidad de su novio japonés.

—A cualquier sitio —respondió Yuuri, buscando algo en las piernas de Víctor, el ruso no atinaba a adivinar qué—. Víctor, ¿y la maleta?

Víctor observó sus piernas y luego las de su novio (torneadas y bien formadas, por cierto), y al fin comprendió:

—¿No la traías tú? —preguntó sorprendido.

—Te la pasé cuando comenzamos a perseguir a Yurio —argumentó Yuuri, al ver el chico de gafas la expresión de su novio de no comprender, Katsuki suspiró con resignación y tomó la mano de Víctor para comenzar a regresar por el camino por donde habían llegado.

—¿No iremos detrás de Yurio, amor? —preguntó Víctor confundido, dejándose llevar por el tranquilo Yuuri.

—Vamos por la maleta —contestó Yuuri, caminando con calma—. Seguro está en el departamento de objetos perdidos.

Yuuri se divirtió un rato ante la sorpresa de Víctor al averiguar que Tokio era una ciudad en donde nada se perdía, ni siquiera el dinero, pues un mágico departamento de objetos perdidos se encargaba de resguardar las cosas que los olvidadizos dueños dejaban desatendidas y que, alguien más encontraba para remitirlas al curioso lugar.

La tranquilidad de Yuuri tenía una lógica razón de ser: él sabía a dónde quería llegar el rubio, si no lo atrapaban hoy, mañana seguro lo acorralarían. Yuuri dejaría que por hoy Yura disfrutara la victoria en ese combate, el día de mañana él, Yuuri Katsuki, definitivamente ganaría la guerra.

—¡Eso estuvo cerca! —comentó con alivio Yura rebelde. Él, y su contraparte angelical se lanzaban miradas preocupadas ante el silencio en que se había sumido Yuri.

Habían pasado ya varias estaciones. El próximo destino anunciado era la estación de Ginza y el rubio seguía ensimismado en sus pensamientos. Eso había estado demasiado cerca, fue mera suerte el que él hubiera escapado a penas por un pelo.

—¡Tierra llamando a Yuri, repito, tierra llamando a Yuri! —Yura angelical intentó llamar su atención. El rubio mayor al fin reaccionó, justo cuando la puertas abrían, después de haber llegado a la estación. Con rapidez, Yuri salió y optó por sentarse un rato en un asiento solitario al fondo, alejado del casi imperceptible ruido del lugar.

“¿Qué haré?”. Pensó el rubio observando el piso como si de él dependiera la respuesta.

En verdad Yuri esperaba enfrentarse a ese panorama al siguiente día. Plisetsky no era tonto, al ser Yuuri quien le había ayudado a comprar su boleto, era obvio que el patinador japonés sabría llegar al recinto. 

Yura solo esperaba postergar ese momento inevitable.

—Estás pensando en renunciar —adivinó Yura rebelde. Yuri asintió con la cabeza sin mover la mirada del mismo lugar.

—¿Y crees que serás feliz con eso? —preguntó Yuri angelical, ambas conciencias se habían cruzado de brazos, dispuestas a hacer entrar a Yuri en razón.

Yuri volvió a concentrarse. Una parte de él estaba consciente de que la situación era solo un capricho de su parte. Sin embargo, la libertad experimentada por él en la últimas horas y la perspectiva de asistir a ese concierto, le proporcionaban al chico la motivación adecuada para seguir adelante con su plan. Aplicaría después una frase que hace tiempo había escuchado en Víctor, Georgie e incluso Mila: mejor pedir perdón que pedir permiso.

Ahora entendía exactamente a qué se referían sus tres compañeros de pista y entrenamiento con esa frase.

—¡Seguiré adelante! —confesó Yuri en voz alta atrayendo la atención de algunos usuarios—. Solo debo idear el plan perfecto para evitar que ese par de tórtolos me atrape.

—Y es aquí donde insertaremos la canción del opening de Death Note —comentó divertido Yura rebelde.

—¿A dónde iremos ahora? —preguntó Yura angelical.

—Seguiré como si nada hubiera pasado. Iré a Akihabara y disfrutaré este día con normalidad.

—¿Y si el cerdo nos encuentra? —inquirió Yura rebelde, como de costumbre siendo un diablillo precavido.

—Él no volverá —aseguró Yuri, quien más tranquilo, observaba la línea del metro buscando el transbordo adecuado para llegar a Akihabara—. No gastará energías buscándome estando consciente de que podría estar en cualquier sitio, cuando sabe a la perfección dónde estaré mañana. Ese cerdo es demasiado astuto. —Yuri sonrió confiado, y comenzó su camino; esta vez por precaución, transbordaría a la línea Hibiya, la cual lo dejaría exactamente en su destino—. ¡Pero yo lo soy más!

Yuri comenzó a reírse cual maniático asustando un poco a las personas que pasaban a su lado. El rubio hubiera continuado con su teatro de no ser porque un policía le advirtió con amabilidad que bajara el volumen de su estruendosa risa.

—Es aquí donde podríamos insertar el opening de Death Note —argumentó Yura angelical mientras Yuri se disculpaba torpemente por su arrebato.

La tarde había caído en Tokio, los altos edificios reflejaban el cielo en tonos naranjas que anunciaba la cuesta de Sol para dar paso poco a poco a la oscuridad de la noche. Las calles concurridas de la capital del país se llenaban de personas en trajes que salían de sus trabajos y comenzaban su regreso a casa.

Víctor y Yuuri habían logrado encontrar su maleta. Después de ubicar el departamento de objetos perdidos, Yuuri solo había descrito las características principales de la pequeña valija azul. La cual, después de unos minutos les comunicaron que un usuario la había sacado del metro y, responsablemente, se había dirigido a entregarla a las oficinas del departamento que se encontraban en la estación de Tokio. Lo que ocurrió fue lo siguiente: Yuuri y Víctor regresaron a Tokio, recogieron la maleta y, sin más preámbulo, se encaminaron una vez más a Ueno para, posteriormente, transbordar hacia Asakusa.

Afortunadamente para la pareja, el hotel estaba muy cerca de la estación. Yuuri apreció la habitación que les otorgaron; aunque pequeña, el lugar era bonito, confortable, y cara para variar.

Al ver la cara de felicidad de Víctor, quien admiraba con emoción la bañera, Yuuri se olvidó del precio por la noche por estancia en el hotel. En realidad, en todo el camino, el enojo inicial de Víctor se había esfumado por completo. Eso era algo admirable del ruso de cabello plateado, su capacidad de perdonar superaba por mucho las expectativas del patinador japonés.

“Víctor es noble y amable”. Pensó sonriendo Yuuri con diversión cuando observó cómo su novio saltaba sobre la suave cama y se acurrucaba un rato para descansar.

Al obviar que Yura se podría encontrar en cualquier lugar, Yuuri decidió que su búsqueda se concretaría el día de mañana; por hoy, lo importante era aprovechar la oportunidad que Víctor le había comentado hace unas cuantas horas: un momento para ambos, donde pudiesen convivir solos, como los novios enamorados que eran.

—¿Te parece si vamos a conocer el lugar? —preguntó Yuuri.

La exclamación emocionada de Víctor y la sonrisa radiante que le dedicó a Yuuri después de besarlo un par de veces, provocaron en Yuuri un calorcito agradable que se resguardó en su corazón.

Continuará…

¡Hola!

Comenzamos a llegar al climax de esta divertida historia, ¡y estoy muy emocionada por ello!

Antes de despedirme, me gustaría comentar un poco acerca del metro de Tokio, además de eficiente y puntual, Tokio cuenta con una maravillosa línea circular que conecta los principales puntos de la ciudad. ¡Es muy práctica si nos ponemos a pensar en el tiempo que se ahorra transbordando de ella!

Adjunto una imagen de las estaciones, para que observen cómo, efectivamente, era probable que Yuri cruzara caminos con los novios Katsuki- Nikiforov.

¡Me divertí mucho escribiendo este capítulo! ¡Me alegra publicarlo, y ver cómo está avanzando esta historia!

¡Gracias por leer!

xoxo

Sam.

Publicado por salemayuzawa

Me gusta leer, escribir, ver películas, anime y platicar con mis amigas. ¡Adoro imaginar historias!

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