Cap. II Acerca del Trayecto


El sonido insistente de un celular se escuchaba estridente en la habitación. Debido a la oscuridad que perduraba en el cuarto, era fácil localizar el dispositivo que “sin descanso” vibraba sin cesar sobre la mesita de noche esperando ser contestado pronto y cumplir con el propósito para el que había sido creado.

Finalmente, después de un par de intentos más, el dueño del celular, más dormido que despierto, se encaminó cual zombie acechando a su víctima a la mesita de noche en donde vibraba el dichoso aparato.

—…ushi, ushiii…

—¿Katsudon, eres tú? —la voz de Yuri Plisetsky se escuchaba en toda la habitación, pues el dueño del celular, en lugar de descolgar la llamada, había activado el altavoz del dispositivo.

—… eh… ¿quién habla? —arrastrando las palabras, el mismo Yuuri Katsuki intentaba darle un significado a su vida, o al menos despertar completamente e intentar vivir en ella.

—¿Cómo que quién habla? ¡Soy yo! ¡Yuri!

—Ahhhh… síííí… Yuri… —dijo Yuuri en medio de bostezos—. Lo lamento, pero hoy no tenemos pirozhkis viejos que regalar, pasa otro día con más calma.

—¡Demonios, Katsudon, despierta de una maldita vez! —gritó a todo pulmón Plisetsky, lo que provocó que a pesar de usar el altavoz, como un acto de mero reflejo, Yuuri despegara el dispositivo de su ser, o al menos lo que le permitió el largo de su brazo. El tono de voz de Yuri Plisetsky cambió a uno más bajo para decir la siguiente frase—. ¿Víctor está contigo?

—No, salió de madrugada para atender una entrevista, ¿qué pasa, Yura? Es muy temprano para llamadas…

—Temprano mis patines, ¡son las 11 de la mañana! —refutó Yuri, paciente y sereno como su personalidad dulce le dictaba ser—. En fin, es buena señal que no esté el calvo contigo. Katsudon, necesito tu ayuda.

Yuuri entornó la mirada tratando de identificar los borrosos objetos que su miopía le impedía ver sin sus anteojos. Cierto era que el cuarto se encontraba aún a oscuras, las gruesas cortinas impedían que los rayos de sol se colaran por las ventanas e interrumpieran su bien merecido descanso, y también le impedía localizar los conocidos objetos que convivían en el día a día con el patinador japonés. En eso estaba Yuuri mientras escuchaba atento, o lo más atento que podía estar con el sopor de sueño haciendo mella en él, el favor que Yuri iba a pedirle, hasta que las últimas oraciones del patinador ruso lo hicieron entrar en el uso de su conciencia. El sueño se le quitó de inmediato, siendo interrumpido por la sorpresa e, inmediatamente, un estado de alerta que solamente había experimentado en sus años de universidad junto a Phichit, cuando su mejor lo amigo lo influía para hacer alguna acción que quizás no era ni tan decente y en otras ocasiones de dudosa procedencia legal, de esas locuras que él mismo pensó, nunca más llegaría a realizar.

—¿Entonces qué dices, Yuuri? ¿Me ayudarás a escapar un rato de casa?

Yuri Plisetsky tomó su mochila y se la puso al hombro. El chico estimaba volver pronto al onsen, así que no tenía caso llevar su maleta completa. En completo silencio abrió la puerta de su habitación y, rogando a todos los dioses habidos y por haber, atravesó el pasillo lleno de madera que crujía una y otra vez sin cesar. Yura esperaba que el molesto sonido proveniente del contacto de sus pies contra el maldito piso no fuera lo suficientemente ruidoso como para despertar a los huéspedes.

O peor, a sus compañeros de pista.

—Sería irónico que tu maravilloso plan fracasara apenas comenzó —exclamó Yura rebelde, sobre el hombro izquierdo del patinador, atento a los movimientos del Yura mayor.

Yuri decidió ignorarlo al ser, literalmente, una voz que el rubio solo escuchaba dentro de su cabeza. Concentrado en hacer el menor ruido posible, el patinador ruso no se dió cuenta del momento en el que entró a la cocina de la familia Katsuki.

—Buenos días, Yuri, ¿qué te gustaría desayunar hoy? —La voz amable y pausada de Hiroko Katsuki casi le provoca un infarto al rubio, quien asustado cayó cuan largo era al suelo, provocando un estrépito mayor al que él hubiese querido causar momento antes—. Ten cuidado, el piso está resbaloso, lo acabo de limpiar.

Yuri se llevó la mano derecha a la altura del pecho en un intento de calmar su agitado corazón. Respiró un par de veces y, con alivio combinado con miedo, comprobó que la Sra. Katsuki atendía con diligencia la cocina de la que era dueña. Nunca volteó la mirada y eso le hizo a Yuri pensar ¿acaso ella tenía ojos en la espalda?

—¿Te gustaría katsudon? ¿O quizás huevos fritos? Puedo hacer cualquier platillo si es que no estás acostumbrado a la sopa de miso y tofu para desayunar…

—Así estoy bien, muchas gracias —contestó después de un rato Yuri, una vez se hubo levantado y sacudido el inexistente polvo en su ropa con estampado de animal print.

—¿Irás a alguna parte? —preguntó Hiroko con tranquilidad, mientras cortaba con precisión algunas cebolletas que más tarde serían los ingredientes de su deliciosa sopa de miso.

—No… bueno, sí… aquí cerca, realmente —contestó nervioso Yuri, sintiendo un par de mini golpecitos de su mini compañero rebelde.

¡Compórtate, soldado! —exclamó el Yura con cuernitos.

—Ya veo, ¿le avisaste a Vicchan y a Yuuri? —preguntó la señora, comenzando la búsqueda implacable de la pasta miso en su alacena.

Yura balbuceó nervioso, a pesar de todo se sentía incapaz de mentirle a Hiroko Katsuki. La dulce mamá de Yuuri no era intimidante, y no es como si lo fuese o pudiese regañarlo; sin embargo, algo tenía en su forma despreocupada de hablar y dirigirse a él, que lo advertía que quizás mentirle no era la mejor idea.

“Pobre Katsudon” pensó Yuri al imaginar que su tocayo y compañero de pista habría pasado algo similar en su adolescencia. 

Una parte de él, no obstante, deseó que su propia madre hubiera sido igual a la señora Katsuki.

—Creo que se terminó el tofu, Yuri, ¿podrías cuidar el dashi mientras reviso si queda un poco en la bodega? Solo será un momento, disculpa.

Hiroko salió de la cocina sin esperar una respuesta. Yuri se recargó con alivió de la pared reconsiderando una vez más su plan. Tal vez la mejor idea era esperar lo mejor de Yuuri y su labor de convencimiento para con Víctor.

—Él lo prometió después de todo, ¿es eso lo que estás pensando? —Yuri angelical hizo su aparición, portando un cepillo para alas color plateado, especial para plumitas delicadas—. ¿Crees que Katsudon convencerá a Nikiforov de ir a Tokio?

—Es una posibilidad —admitió Yuri observando el caldo dashi humeando a metros de donde él se encontraba. Olía delicioso a decir verdad.

—Desde el primer día el cerdo quedó en decirle al calvo de las intenciones de tu viaje. Si no lo hizo cuando abordamos el avión, menos lo hará ahora, a dos días del concierto —atajó Yura rebelde.

—Es un buen punto, yo no voy a refutar nada —admitió Yura angelical, encogiéndose de hombros.

Por fin, Yuri, convencido de que su idea era la mejor y única opción en ese momento, colocó una vez más su mochila al hombro y, con decisión, deslizó la puerta de madera de la casa para dar con la entrada principal y así salir de una vez por todas de la residencia de los Katsuki.

—¡Yuri, buenos días!

Una vez más el corazón de Yuri dio un salto, ahora Toshiya Katsuki recibía con caluroso ánimo al rubio patinador. ¿Que en esta casa todos se levantaban temprano?

“El cerdo debe ser adoptado” pensó Yuri, mientras calmaba la arritmia cardiaca que le provocó el saludo del señor Katsuki.

—¿Te asusté? Lo siento, no esperaba que estuvieras despierto tan temprano. ¿Vas a alguna parte?

—A… ¡algas!

—Entonces no había algas, eres muy bueno y servicial. Juro que había algas en la bodega, estaban al lado del tofu. ¿Quieres que te acompañe?

—¡No es necesario! —se apresuró a contestar Yuri. Consciente de su mentira, el patinador debía salir de inmediato de la casa, antes que Hiroko regresara de la bodega—. Sé en dónde es.

Y antes de que Toshiya pudiera añadir algún comentario más, Yuri se encaminó a la salida principal y como un bólido salió con paso presuroso de Yutopia Katsuki, mirando asustado el reloj para comprobar la hora:

5:30 a.m.

Si no se equivocaba, el servicio de trenes en Japón iniciaba a las 5 a.m. si conseguía abordar un tren en menos de media hora podría considerarse a salvo de ser descubierto.

¡Debía apurarse antes de que los señores Katsuki le avisaran a Yuuri y Víctor de su huída!


Yuri sonrió confiado en alcanzar la primera meta, el camino no sonaba tan complicado una vez hubo comenzado a moverse.

—¿Dicen que salen a Japón la siguiente semana? —la voz de Nikolai Plisetsky, a oídos de Víctor sonaba rasposa y fuerte, de tono cansado como suelen ser las voces de las personas mayores, pero con un peso indescriptible que el patinador ruso solo pudo atinar que era producto de la experiencia de sus años ya vividos.

—Así es —escuchó Víctor contestar a Yuuri—, será bueno para Yura ir de viaje y relajarse un rato lejos del bullicio de la ciudad.

El semblante serio y sobrio de Nikolai le recordaba un poco a Yakov cuando intentaba analizar una situación. Víctor lo observó atento esperando ver una reacción en su rostro.

—Hace días, Yuratchka se molestó conmigo porque no le di permiso para ir a un concierto de sus bandas de rock —comentó casual, Nikolai.

—En… ¿en serio? —preguntó Yuuri, y Víctor pudo notar un dejo de duda en su tono de voz.

—No me malinterpreten —se sinceró Nikolai, Víctor volvió a centrar su atención en el abuelo de Plisetsky—. No es como si Yuratchka solo tuviera que vivir para trabajar y estudiar. Es solo que, el ambiente de los conciertos de rock del país no son los adecuados para un joven de 16 años.

—Lo entiendo —intervino Víctor—, en lo personal, no soy de conciertos de rock. Los empujones, el sonido alto de la música y la cantidad de personas que se apretujan en un mismo lugar, tampoco son mi ambiente ideal. Su decisión no está basada en un capricho, Nikolai.

Nikolai compuso una ligera sonrisa que, en opinión de Víctor, le pareció anómala para el rostro de facciones severas del viejo Plisetsky.

—Espero Yura se alegre un poco con este viaje —comentó después de un momento, levantándose e invitando con este gesto a los dos patinadores que estaban frente a él a repetir su acción—. Le diré que vaya preparando sus maletas para que esté listo a tiempo.

—¡Seguramente eso lo alegrará mucho! —comentó Yuuri, realizando sin querer una reverencia. Víctor se percató que su novio seguía nervioso, siempre hacía reverencias cuando algo lo incomodaba, después de todo—. Muchas gracias por su tiempo, Señor Plisetsky.

—No deben preocuparse —repuso el anciano—, ustedes son amigos de Yuratchka, confío en que él está en buenas manos.

Yuuri hizo un par de reverencias más, Víctor observó con detalle a su novio, preguntándose por vez primera si ocultaba algo detrás del propósito del viaje de Yuri. No es como si a Nikiforov le molestara la compañía extra, solo que comenzaba a saltar en su brillante cabeza que el plan de incluir a Yuri Plisetsky en el viaje parecía sospechosamente repentino, por no decir apresurado y curiosamente conveniente.

“¿Me estoy perdiendo de algo?” se preguntó Víctor, caminando hacia la puerta de la residencia Plisetsky, junto a Yuuri.

—Una última cosa, antes de irse —Víctor escuchó la voz de Nikolai y sintió un leve agarre en su brazo derecho, de inmediato, el pentacampeón observó el semblante imponente y la mirada, de soldado, atravesando sus más oscuros pensamientos cual rayos láser detrás de esos orbes color esmeralda.

Esos ojos tan intimidantes, que comprendía Víctor, Yuri había heredado de su abuelo.

—Si algo le pasa a mi nieto en el viaje, te juro que…

Llegar a la estación de Hasetsu, en el centro del pequeño poblado, parecía más fácil de lo que Yura supuso. Aun con su cuerpo tan acostumbrado al ejercicio físico continuo, producto de sus incontables horas de entrenamiento diario, el correr constantemente con dirección a la estación, sumado a las escasas dos horas de sueño que tuvo el rubio, provocaron que el chico llegara hiperventilándose a su destino agregando a esto el molesto y típico dolor debajo de las costillas.

Una vez recuperado el aliento, Yuri se apresuró a comprar su boleto hacia la estación de Hakata, subió al andén y, con impaciencia, esperó por el primer tren que arribaría a la estación. El rubio sabía que estaría a salvo una vez abordara el convoy.

Observando los horarios de los trenes, el chico se percató que el próximo llegaría a la estación en 10 minutos. Los mini Yuris le aconsejaron comprar un bocadillo para picar antes de salir de su destino.

Después de efectuar la compra en la pequeña plaza que había en la entrada de la estación, Yura volvió a subir al andén y se sentó en un punto estratégico donde pudiera engullir sus alimentos y observar las escaleras que conectaban con la entrada a la estación.

Nada más al abrir sus comida, el oficial a cargo de la estación se acercó a Yuri y le dijo algo al rubio en japonés.

—Disculpe, no lo entiendo —comentó el rubio en inglés, mientras engullía la comida—. No hablo taka-taka.

El oficial pensó un momento, señaló el obento que Yuri acababa de comprar para desayunar, y luego procedió a señalar un anuncio de conocimiento mundial: una hamburguesa y una soda tachados por un círculo rojo en señal de prohibición.

—¿Está prohibido comer aquí? —preguntó Yuri, el oficial asintió con la cabeza—. Oh, vamos, solo será un poco…

El oficial insistió, volvió a señalar el letrero, la comida de Yuri y el bote de basura.

—No voy a tirarla.

El anuncio del próximo arribo al tren alertó a Yuri, si no lograba abordar sería el fin de su aventura.

Sin pensarlo, el rubio engulló con rapidez todos los componentes del obento. Con la mano y con palillos, como dios le dio a entender, el punto era no quedarse sin desayunar. Ignorando las quejas del oficial que molesto le decía en un idioma que Yura no entendía y ni le importaba, el rubio se apresuró a tirar la basura correspondiente a su desayuno en el lugar indicado, al mismo tiempo que el convoy llegaba y abría las puertas.

—¡Disculpa, pero no te entiendo! —dijo Yuri en voz alta, mientras abordaba el tren—. Soy extranjero y no sé de sus costumbres.

Yuri observó con alivio cómo se cerraron las puertas automáticas del tren. Un tren viejito y confortable que daba traspiés mientras se abría paso entre la ligera neblina de esas horas de la mañana.

Después de observar al pueblo de Hasetsu alejarse de su vista, Yuri se sentó y observó con atención el paisaje de ese nuevo día: el mar que rompía en olas al lado del tren, parecía tan cercano y tan libre como Yuri se sentía en ese momento.

Toquidos a la puerta interrumpieron el sueño de los dos patinadores que descansaban en el cuarto del menor de la familia. Acostumbrado a ese tipo de despertares desde su tierna infancia, Yuuri Katsuki se arrastró por su habitación en modo gusanito en primavera hasta llegar a la puerta para abrirla.

Yuuri fue recibido por un par de lengüetazos en la cara, obsequio de Makkachin, nada más al entrar a la habitación. El perrito ladraba y movía la cola, esperando que alguno de los humanos ahí presentes le prestaran atención.

—Buenos días, Yuuri, Víctor.

—Buenos días, Mari-neechan —saludó Yuuri una vez se hubo sentado en el suelo para controlar al inquieto Makkachin—. ¿Qué hora es? ¿Cómo salió Makkachin de la habitación?

—Son las 7:30, hace media hora pasé por aquí y saqué a Makkachin, no dejaba de llorar. Supuse que quería ir al baño. Víctor y tú estaban tan profundamente dormidos que no se dieron cuenta de cuando abrí la puerta.

—Ya veo —después de estirarse, Yuuri se incorporó y observó un dejo de intranquilidad en la mirada de su hermana mayor—. ¿Sucede algo?

—Makkachin seguía muy inquieto aún después de salir, chillaba y olfateaba por toda la casa… Nuestros papás quieren hablar contigo.

Yuuri asintió sin decir nada más, así que preocupado por la actitud de su hermana, se vistió lo más rápido que pudo. Minutos después, acompañado por un adormilado Víctor, ambos esperaban sentados en la sala principal de Yutopia Katsuki.

—Buenos días, Yuuri-chan, Vicchan —los saludó su mamá con seriedad mientras se sentaba al lado de su marido. Víctor y el aludido contestaron el saludo con el debido respeto, extrañados por la actitud seria y preocupada de Hiroko—. Queremos hablar contigo, hijo. Verás, en la mañana mandamos a Yurio-kun por un par de condimentos necesarios para la sopa de miso que prepararía el día de hoy para el desayuno, ya son casi las 8 de la mañana y Yurio-kun aún no aparece. 

Yuuri observó a sus papás, de sus rostros ya con algunas arrugas producto de la edad, se notaba la preocupación latente que les provocaba la situación. Con un pequeño suspiro, Hiroko continuó con su declaración.

—Lo siento mucho, hijo, pero creo que perdimos a Yurio-kun.

—¿Eh?

—Como mamá lo dice.— intervino Toshiya, tomando la mano de su preocupada esposa— Yurio-kun salió temprano a comprar algas y no ha regresado.

—No contesta su teléfono —Víctor canceló la llamada que, con su celular, había realizado al número de Yuri, accedió a su whatsapp e intentó, de nueva cuenta, comunicarse con el más joven.

Sin éxito alguno, habría que agregar.

Al ver que el pequeño ruso no contestaba sus mensajes, Yuuri no necesito atar más cabos. Yura había escapado de la casa de los Katsuki dispuesto a asistir a ese bendito concierto a cualquier costo.

“Ese niño me las va a pagar” pensó Yuuri mientras se ponía de pie y se encaminaba a la salida.

—¿¡Yuuri, a dónde vas!? —Víctor se apresuró a alcanzar a su novio, seguido por Mari y Makkachin, quien cerraba el peculiar desfile improvisado a lo largo de la residencia Katsuki.

—¡A la estación de tren! —Yuuri, revisó sus bolsillos antes de salir, al darse cuenta que no contaba con efectivo, se apresuró a regresar a su cuarto y tomar una pequeña maleta con ruedas y empacar con rapidez algunas cosas de primera necesidad.

Víctor observó con curiosidad cómo Yuuri introducía con rapidez inhumana un peine, un par de pijamas, pasta de dientes y un par de cepillos y su estuche para lentes a la maleta. Miró asombrado Nikiforov cómo cerraba el pequeño equipaje azul marino. La prontitud con la que Yuuri guardó los artículos personales de ambos dejó en una pieza a la leyenda del patinaje artístico. ¿Por qué Yuuri se veía molesto?

—¿Qué sucede, Yuuri? —preguntó Víctor con seriedad. Definitivamente Yuuri le ocultaba algo—. ¿Tienes idea de a dónde fue Yurio?

Yuuri se rascó la cabeza intentando encontrar las palabras para explicar la extraña alianza que tenían él y su tocayo. En medio de su molestia por la huida de Yura a tempranas horas, también se le sumaba la culpabilidad de ocultarle algo a su persona más amada.

Después de un rato de indecisión, Yuuri decidió que lo mejor era decir la verdad.

—Yura fue a Tokio.

—¿A Tokio? ¿Por qué fue a Tokio?

—Quiere ir a un concierto de rock.

—¡Demonios, Yuuri!, ¿y por qué no me dijeron antes? Me imagino que por eso insistió tanto en venir.

—Él habló conmigo —comentó Yuuri—. Me explicó la situación y decidí ayudarlo ante su insistencia…

—¿Y cuándo pensaban decírmelo? —el tono molesto de Víctor se sumó a la ecuación.

—Traté… en serio traté de decirlo —intervino Yuuri—. Pero estabas tan emocionado con los planes para ir a Fukouka así que no encontraba el momento indicado para decírtelo. Entonces, Yura se desesperó y ahora se adelantó a Tokio… yo… lo siento —Yuuri bajó la mirada, aún sostenía su maleta, sintiéndose culpable por la situación.

—Entiendo. —Víctor se acercó a su novio y lo tomó de la barbilla, esperando así establecer contacto visual—. No tiene caso discutir, ¿sabes? Solo que me molesta el hecho de que no confíen en mí para estos asuntos.

—Lo siento —se sinceró Yuuri. Víctor sonrió con calma y lo abrazó contra su pecho.

—Acepto la disculpa, cariño —ambos se mantuvieron en esa posición por unos momentos. Por lo regular, la discusiones de la pareja no eran tan largas ni tan comunes, siempre tenían una rápida resolución y, Víctor agradecía, una riquísima reconciliación.

Reconciliación que tendría que esperar, Víctor separó su cuerpo de su novio al recordar la conversación sostenida con Nikolai Plisetsky semanas atrás.

—Yuuri…

—¿Sí, Víctor?

Víctor no contestó, al contrario, palideció y, tomando a Yuuri de la mano, lo jaló con rapidez hasta llegar a la salida del Yutopia Katsuki.

—¡Por mis patines de cuchilla dorada, debemos encontrar a Yurio pronto! —exclamó Víctor desesperado, el miedo filtrándose por su tono de voz.

—Tranquilo —alcanzó a expresar Yuuri, sus lentes se tambaleaban cada vez que daba un paso, al mismo tiempo que procuraba no soltar la pequeña maleta, que daba traspiés con los pasos presurosos de ambos—. Tokio es un lugar muy seguro, no le pasará nada. Solo debemos ir a encontrarlo y todo estará bien.

—¡No, no lo estará! —refutó Nikiforov, quien se detuvo abruptamente, la inercia haciendo acto de presencia provocó que Yuuri chocará con todo su ser contra la espalda ancha y bien formada de su novio ruso. Víctor comenzó a morderse las uñas con nerviosismo—. Yuuri, Nikolai me matará… ¡me matará por permitir que su adorado nieto asista a uno de esos conciertos del mal!

—¿Qué? —preguntó confundido Yuuri, ajustando sus lentes, intentando mantener el hilo de la conversación.

Víctor observó la espalda de Yuuri alejarse, su novio lo esperaba ahora con paciencia, al lado del vehículo que ambos manejaban en Rusia.

—Una última cosa, antes de irse —sintiendo un leve agarre en su brazo derecho, el pentacampeón observó el semblante imponente y la mirada, cual soldado, del mayor, atravesando pensamientos detrás de esos orbes color esmeralda.

Esos ojos tan intimidantes, que comprendía Víctor, Yuri había heredado de su abuelo.

—Si algo le pasa a mi nieto en el viaje, te juro que iré a tu casa y te cortaré ese par de bolas que te cuelgan de la entrepierna.

—¿Disculpe? —Víctor miró directamente a Plisetsky, francamente confundido y, para qué negarlo, asustado por el cambio de actitud del anciano.

—Nada, nada —corroboró Nikolai cambiando su semblante al amable y calmado de siempre, dándole un par de palmadas en la espalda a Nikiforov para continuar—. ¡Disfruten de su viaje, bien merecido lo tienen!

Víctor entró a su vehículo, esta vez conducido por Yuuri, y el pentacampeón podía jurar que observó a Nikolai Plisetsky desde la ventana, advirtiéndole a Víctor que tuviera cuidado de su nieto en el viaje o, una parte de su cuerpo (una muy valiosa) pagaría las consecuencias.

—¡Yuuri, Nikolai me va a castrar! —gritó Víctor desesperado, atrayendo la atención de un par de niños que conducían su bicicleta para llegar a la escuela.

—No seas tan dramático, Víctor, él sería incapaz de hacer eso —Yuuri y él se dirigieron a la parada de taxis para encaminarse a la estación de Hasetsu.

—Tú no lo viste, cariño, estoy seguro que si Nikolai se entera que su tierno muchachito asistió a uno esos conciertos de mala muerte, mis panditas Nikiforov sufrirán las consecuencias.

—Víctor, Nikolai-san solo lo dijo como una pequeña broma, Yura nos ha contado del peculiar sentido del humor de su abuelo. No deberías preocuparte —Yuuri y Víctor subieron al práctico vehículo una vez el conductor asistió a Yuuri para poner la pequeña maleta en la cajuela—. A la estación Hasetsu, por favor—. Comandó Yuuri en su idioma natal.

—¿Entiendes lo que eso significa, amor? —prosiguió preocupado, Nikiforov, tomando la mano de Yuuri en un vano intento de tranquilizarse—. No podré metértela duro contra el muro, macizo contra el piso, lento contra el pavimento y… no me malinterpretes, no es como que no me guste que tú seas quien me haga gritar y gemir del placer hasta que los vecinos hablan a la policía para hacernos callar, es solo que también me gusta introducirme en ti y disfrutar de ese rincón tuyo que me hace alucinar y… oh, cielos, ¿hace calor no?

Yuuri, rojo, más rojo que el tomate más rojo de la huerta del tío Juan, agradeció a los dioses que prácticamente ninguna persona en Hasetsu hablara ruso (porque Víctor, de lo nervioso que estaba, se había olvidado de activar su swicht del inglés), si no, Yuuri juraba habría muerto de combustión espontánea hace mucho tiempo por la vergüenza que le causaban las palabras subidas de tono de su novio de cabello plateado.

“Este será un largo viaje” pensó resignado el patinador japonés, aún avergonzado por los comentarios inadecuados de su casi esposo que comentaba sin pensar en su grave preocupación por el “patrimonio Nikiforov” como Yuuri lo escuchó alguna vez nombrarlo.

8:00 a.m.

Después de arribar a la estación de Hakata, Yuri Plisetsky se apresuró a buscar las taquillas en donde podría adquirir el boleto necesario para arribar a Osaka, lugar donde a su vez, tomaría el tren que lo llevaría a Tokio.

Aunque era más grande y concurrida que la estación de Hasetsu, Hakata aún conservaba ese aire rural de la zona. El trasborde del tren al anden del shinkansen no era complicado, todo parecía indicar que el trayecto sería pan comido, como los saltos que el ruso solía realizar en la pista.

—¿Y tú querías esperar al cerdo? —expresó Yura rebelde, quien como el Yura normal, bebía una soda que había comprado en el café especial dedicado al famoso anime Neon Genesis Evangelion.

—Hasta ahora todo ha ido bien, admito eso —corroboró Yuri sentado sin pudor alguno, con sus piernas sobre la mesa. El sonido de su celular al vibrar lo sorprendió un poco.

De inmediato, el rubio observó el remitente, Víctor estaba tratando de localizarlo. Había sucedido lo que más temía, y aunque él sabía que era inevitable, esperaba que ambos tardaran más en darse cuenta de lo ocurrido: lo habían descubierto.

Ahora la duda llegaba a la mente del rubio, ¿se habrán dado cuenta en este momento? ¿Irán tras él? ¿Ya irán camino a la estación? No había necesidad en pensar si Yuuri se encaminaría a Tokio, ese cerdo era más astuto de lo que aparentaba.

Afortunadamente, analizando el tiempo, el tren bala que lo llevaría a Osaka saldría en 40 minutos. Haciendo cálculos  Hakata se encontraba aproximadamente a hora y media de Hasetsu; por lo tanto, era prácticamente imposible para Yuuri y Víctor darle alcance a él, Yuri, en ese lugar. 

Los hados de la suerte parecían estar favoreciendo a Yuri, quien tranquilo, bloqueó los números de ambos patinadores y se dedicó a seguir disfrutando de la rica soda con temática de Azuka, su personaje favorito del anime.

Después de un rato de espera, Yuri se acercó al andén de salida. El shinkansen, el famoso tren de alta velocidad que atravesaba tres de las cuatro islas principales que conformaban Japón, hizo su entrada imponente a la estación.

Yuri se aseguró de buscar el andén que indicaba su boleto, al leerlo una vez más para asegurarse que estaba tomando el convoy indicado, algo llamó su atención.

08:36 a.m. Hakata – Kobe

¿Kobe? ¿No que su teléfono le había indicado que debía bajar en Osaka?

Demasiado tarde para ir a preguntar y, teniendo en cuenta que Víctor y Yuuri se encontraban en marcha para atraparlo en la estación, Yura tomó una rápida decisión; agarró su maleta con fuerza y abordó el shinkansen con seguridad. Una vez dentro buscó su lugar y, al ver al convoy comenzar a avanzar una vez cerradas las puertas, rogó con todas sus fuerzas que este bendito tren lo acercara al menos a Tokio.

Y si no era así, al menos debía hacer tiempo para que el anciano y el katsudon no le dieran alcance.

Continuará…

¡Muchas gracias por leer!

xoxo

Sam.

Publicado por salemayuzawa

Me gusta leer, escribir, ver películas, anime y platicar con mis amigas. ¡Adoro imaginar historias!

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