Cap. I Introducción


Comenzamos en Hasetsu… ¡Quiero ir a ese concierto!

Yuri Plisetsky era un joven de 16 años de edad a quien le apasionaba el deporte que practicaba de forma profesional: el patinaje artístico; el cual era una disciplina que el autoproclamado “Tigre Ruso” practicaba desde su tierna infancia.

Fue nada más cumplir la edad mínima requerida para poder calzarse los patines, que el pequeño Yuri y su corte de cabello al estilo “El Príncipe Valiente“, se atrevió a patinar sobre ese enorme espejo de hielo que lo llamaba, que lo invitaba a deslizarse sobre él para realizar maravillosas piruetas y extraordinarios saltos para alzarse, al final, como el triunfador que él  siempre supo estuvo destinado a ser.

Pasó el tiempo, y después de infinitas horas de prácticas, años de entrenamiento y una que otra caída, la joven promesa del patinaje ruso cumplió uno de sus más anhelados sueños: ser el campeón más joven en el Grand Prix Final con tan solo 15 primaveras cumplidas.

Al estar parado en el podio, orgulloso y radiante con esa brillante medalla de oro colgando de su delgado cuello, el joven Yuri rememoró todas las horas de dedicación y sacrificio invertidas en el deporte que él ya consideraba su vida entera, y por supuesto que ese momento valía la pena. Lo valía, y nunca se arrepentiría de ello. Entre flashes, felicitaciones y fotografías, ese día quedaría grabado en la memoria del rubio como uno de los mejores en su corta, pero fructífera vida.

Ahora, semanas después de terminada la temporada de patinaje, cada uno de los patinadores se preparaba para relajarse unos cuantos días antes de volver a la extenuante rutina de entrenamiento necesaria para mantener el nivel adecuado requerido para las competencias internacionales que la ISU llevaba a cabo temporada tras temporada.

Y ahí estaba, el delicado y grácil patinador apodado por sus Yuri Angels como el “Hada Rusa“, desparramado cual verdolaga en la cama de su habitación intentando serenarse mientras escuchaba la “tranquila” música producto de sus bandas favoritas de metal, rock, punk y uno que otro alternativo que conformaban la alocada y estruendosa lista de reproducción del rubio rebelde.

Era curioso cómo esta “música del diablo”, como algunos le llamaban, lograba relajar a Yuri; y es que escuchar el fuerte sonido del ritmo de la batería, los rítmicos solos de la guitarra eléctrica, complementado con el grave sonido del bajo junto a la voz de los múltiples vocalistas de su elección, ayudaban a Plisetsky a encontrar un punto medio para no descargar su furia a golpes o gritos a la pobre alma que se interpusiera en el camino.

Y precisamente eso era lo que quería lograr, el adolescente trataba de sosegarse, recién había tenido una pequeña discusión con su abuelo y, pese al duro carácter de Yuri, por nada del mundo, el ruso quería contestarle de mala forma a su querido abuelo Nikolai.

El punto era que Yuri quería ir a un concierto, quería saber qué se sentía escuchar su música favorita en vivo, cantar a todo pulmón cada una de las letras de las canciones que tanto amaba y brincar hasta desfallecer.

La respuesta de Nikolai Plisetsky fue, por supuesto, un rotundo no, y su nieto no estaba nada contento con la negativa proveniente de su abuelo, pues además Nikolai había argumentado que Yuri aún era muy pequeño para asistir a tales eventos, ya que el ambiente solía tornarse muy pesado y ni se diga de los incidentes que llegan a ocurrir con una congregación tan grande de gente en un solo lugar. No y no seguiría siendo su respuesta. Su pequeño campeón no viajaría solo, de nuevo.

—¡Abuelo, puedo cuidarme yo solo, ya fui a Japón por mi cuenta una vez! —había argumentado Yuri, en un intento por mantener su postura.

—¡Y por eso mismo no irás a ese concierto! En esa ocasión, te fuiste sin avisar —insistió Nikolai, irrascible.

—¡Entonces vamos juntos! —en un vano intento de lograr su objetivo, el Plisetsky menor hizo una buena recomendación—. Acompáñame al concierto, ¡será divertido!

—Yura, yo ya estoy grande para esos eventos —su abuelo terminó la discusión con ese simple argumento. El mayor no quería ser demasiado estricto con el joven patinador, y menos hacerle sentir que aun cuando dejara el alma en la pista él, como su abuelo, no quería dejar que se divirtiera; sin embargo, la reputación de ese tipo de conciertos en Rusia no era muy buena. Nikolai pensaba que de momento, no era un buen lugar para un chico de 16 años. Se sentía mal con su decisión, pero debía mantenerse firme. Yuri aún era menor de edad y él, como la persona encargada de su bienestar, debía asegurar también su integridad.

El rubio había escuchado que ir a un concierto o un festival de música era agotador cualquiera fuese el género del que se tratara; sin embargo, las mismas personas que expresaban su cansancio también tenían un brillo especial en sus ojos al rememorar dichos recuerdos; una chispa que a Yuri le indicaba que ninguno de ellos se arrepentía de asistir; pues cada empujón, apretujón y todo tipo de inconvenientes, valían la pena al experimentar el escuchar su música favorita en vivo y en directo. Yuri observaba absorto, como cada uno de ellos le indicaba que, sin duda, volverían a repetir la experiencia.

A pesar de sus medallas y triunfos, Yuri seguía siendo un adolescente. Un joven con gustos banales que quería experimentar nuevas experiencias, como viajar y conocer nuevos horizontes que lo ayudaran a madurar y a definir su personalidad.

En otras palabras: ser único y detergente… como dicen en algunos lugares.

“Es único y diferente” pensó Yura con desdén, pues siempre confundía ambas palabras. Suspiró y se volteó del lado derecho, acomodando su brazo para que los audífonos que usaba no lastimaran su oreja derecha.

Decidido a despejarse, Yuri tomó su teléfono celular, lo desbloqueó y empezó a navegar por la red, mientras las notas estridentes de Thoughtless de la banda de nu metal, Korn comenzaba a reproducirse a todo volumen en el dispositivo. En el inicio de su cuenta de Instagram se encontraba el anuncio de un concierto que se llevaría a cabo la siguiente semana en Japón, un festival de música donde precisamente se presentaría la banda que estaba escuchando en esos momentos.

Yuri frunció el ceño y bajó la imagen a su dispositivo para revisar el cartel a detalle más tarde y con más calma, siguió su búsqueda de nada en la red y encontró una foto en la cuenta de Víctor Nikiforov, donde indicaba que el calvo estaba emocionado, pues la próxima semana partirían hacia Japón a pasar unos días de descanso a la casa de Katsudon.

El foco de las ideas perversas marca Plisetsky se prendió. Observó un poco la foto de las maletas en la cuenta del anciano de Víctor (como él solía llamarlo) y, sonriendo confiado, buscó el contacto que lo ayudaría a cumplir con ese capricho de adolescente que no dejaba de pasar por su mente.

—¡Al fin hemos llegado! —exclamó con alivio Víctor Nikiforov, estirándose sin pudor alguno mientras, somnoliento, observaba la solitaria estación de tren de Hasetsu—. Ya quiero llegar al onsen, necesito con urgencia un baño caliente. Además de que solicito a mi Yuuri desnudo, junto a mi.

—Pero qué asco, ¡consíganse un hotel! —la voz de Yuri Plisetski se hizo escuchar, arrastraba también su maleta, esa que suele destacar por su característico estampado de animal print.

—¿A dónde crees que vamos, Yurio? —preguntó Víctor con su típica sonrisa de corazón, el buen humor de la leyenda del patinaje artístico crecía de forma directamente proporcional al mal humor del ruso menor. Nunca desaprovechaba la oportunidad de jugar con el humor de pocas pulgas del pequeño de 16 años.

—No le hagas caso, Yuri —intervino Yuuri Katsuki envuelto en su abrigo de viaje, Yura lo miró extrañado, la temperatura era demasiado cálida para traer puesto un abrigo así de grueso—. Vamos, la parada de taxis está por allá.

Los tres patinadores arrastraron sus maletas dirigiéndose hacia la parada, el ruido de las ruedas hacía eco en la estación nada concurrida de Hasetsu que, como siempre, los recibía de forma pacífica y tranquila.

Argumentando que estaba extremadamente cansado, Víctor se apresuró a tomar su lugar en el taxi en el asiento del copiloto dejando al par de Yuris a cargo de las maletas.

Tampoco era como si le pudiera pasar nada a su equipaje, si Japón era un país seguro, Hasetsu se llevaba el premio mayor a la seguridad de lo tranquilo y solitario que era.

Con un poco de ayuda del chofer, las maletas al fin cupieron en la cajuela del pequeño vehículo. Después de cerrarla, tan diligente como todas las personas que desempeñan un trabajo en Japón, el conductor se dirigió sin demora a su puesto manteniendo el mecanismo de las puertas traseras abiertas para que entrasen sus clientes y comenzar así con su viaje.

—Oye, Katsudon —Yuri llamó la atención de su tocayo, tomando la manga de su abrigo—. ¿Estás seguro que podrás ayudarme con esto?

Yuuri observó a su compañero, ligeramente más alto que la última vez que habían competido juntos. Yura estaba creciendo muy rápido.

—Sabes que no estoy de acuerdo en que le hayas ocultado a tu abuelo el propósito de tu viaje —expresó con incomodidad el japonés—. Sin embargo, tampoco dejaría que te aventures tu solo viajando hasta Chiba o te pierdas en Tokio. Te voy a ayudar, pero déjame convencer a Víctor de viajar ese día a la capital. Estaré más tranquilo si, al menos, vamos juntos.

—Está bien —aceptó Plisetsky después de un minuto de silencio—. No deberá ser tan difícil entonces, solo necesitas modelar para él desnudo o cumplirle alguno de sus fetiches.

Yuri corrió a su puesto dentro del vehículo antes de que Yuuri reclamara por el atrevimiento. Al ingresar, un curioso Víctor le preguntó a su novio el porqué estaba más rojo que un tomate.

—¡Nada, no es nada! —se apresuró a aclarar Yuuri agregando a su vestuario su característico cubrebocas—. A Yuutopia Katsuki, por favor—. Indicó Yuuri al conductor en su idioma natal.

—Debe ser ese abrigo que traes puesto —inquirió Víctor volteando tanto como le era posible en el estrecho lugar—. Estamos a 20 °C, no hay necesidad de traer un abrigo tan grueso…

—Es solo que Katsudon está caliente —argumentó Yuri confiado de que el conductor poco o nada sabía de Inglés—. Creo que deberías aprovechar, ¿o no?

El trayecto al onsen de los Katsuki transcurrió entre bromas entre los tres patinadores. A final de cuentas era un momento para relajarse y realizar lo que, en épocas de entrenamiento, son incapaces de hacer normalmente.


—¿¡Cómo que no has convencido a Víctor!? —vociferó Yuri una vez que el patinador japonés le hubo dicho que Víctor quería pasar todas sus vacaciones en Hasetsu y sus alrededores, y no moverse más lejos, mucho menos a Tokio. La voz del rubio denotaba molestia, y es que su plan se podría estar desmoronando justo frente a sus ojos color jade—, entonces iré solo. —Determinó Plisetsky, cruzándose de brazos.

—¡No tienes por qué ir solo! —argumentó Yuuri tratando de sonar imparcial—. Solo dame un día, hay muchos huéspedes en el onsen y me gustaría ayudar un poco. Cuando hablé con el Sr. Nikolai le prometí que Víctor y yo te cuidaríamos, y eso pienso hacer, Yurio.

Después de un poco de convencimiento, Yuri, al fin accedió a esperar un día más. Tranquilo, el patinador japonés se dispuso a continuar ayudando a las tareas que surgían en el onsen, mientras ambos rusos procedían a acomodar sus maletas en los lugares correspondientes. En esta ocasión, y por obvias razones, Víctor compartiría habitación con Yuuri al ser novios, mientras Plisetsky ocuparía la antigua habitación de Víctor.

Para instalarse en la habitación a Yura solo le bastó poner su maleta sobre la mullida cama que lo esperaba, se echó junto a ella y contempló un rato el techo de madera del onsen, sopesando cada una de sus posibilidades. Yuuri le había dicho que lo acompañaría a Tokio al día siguiente. Él podría asistir al concierto mientras Yuuri aprovechaba el tiempo para hacer un par de compras (aunque el mismo Katsudon había admitido que no le agradaba del todo ir solo a la capital).

Una parte de la conciencia de Yuri, esa que todos tenemos y siempre nos mal aconseja, solía ser más realista sobretodo en ocasiones como esta. Un pequeño Yurito vestido con el atuendo que el chico patinador usó para su exhibición de Welcome to the Madness, hizo su aparición sobre la cama, sonriendo confiado como Yuri recordaba hacía él mismo siempre que salía a la pista, antes de presentarse en una competición. Yura lo observó curioso y decidió que nunca más comería katsudon para la cena.

—¿En serio crees que el cerdo te llevará a Tokio? —cuestionó el mini Yuri—. ¡No seas estúpido!, a él solo le preocupa estar con el calvo.

Como en todas las historias, cuando hay una conciencia mala siempre debe haber una conciencia buena, el rubio observó que al lado del Yura rebelde, como lo conoceremos desde este momento, aparecía otra mini versión suya con el traje que utilizó en la temporada para patinar el tema de Ágape. Blanco e inmaculado, cabello rubio cual oro reluciente, perfectamente recogido en una delicada coleta de caballo. El mismísimo retrato de un ángel que…

—Katsudon no te ayudará, acéptalo —dijo el mini Yuri vestido de blanco.

Plot twist: en esta historia no hay una conciencia buena.

—¿No se supone que tú —Yuri señaló al enanito blanco que lo miraba con el ceño fruncido y su expresión número 29 titulada “mi cara de pocos amigos”—, deberías aconsejarme tener algo de paciencia y prudencia?

—Esa imagen del niño tierno y recatado no va conmigo —explicó molesto Yura angelical para agregar con cara de asco—. Me hace querer vomitar.

Yuri, muy a su pesar, aceptó que su “conciencia buena” tenía la razón. Esa imagen del niño bueno no iba con él, para nada. No era su estilo y no quería que lo encasillaran como tal.

Ni en un millón de años él sería el niñito bien portado.

—Tal vez debería esperar a mañana y hablar bien con Katsudon —sugirió Yuri para sí, literalmente.

—¿Y por qué no enfrentarlo de una vez? —consideró Yura rebelde, quien señaló la puerta y agregó—. Aunque ya es tarde y la mayoría de personas ya se fueron a dormir.

—¡Podríamos encontrarlos haciendo cochinadas! —expresó Yura angelical componiendo una expresión de terror—. ¡No quiero tener esa fea imagen en mi mente de por vida!

—Tocaremos la puerta antes de pasar —argumentó Yura rebelde.

—¡Tocarse es lo que han de estar haciendo ellos! —dramatizó Yura angelical—. Cambie de opinión, es mejor preguntar mañana, ¡buenas noches!

—¡Hoy! —insistió Yura rebelde acompañado de un azotón de pies.

—¡Mañana! —debatió Yura angelical, cruzando los brazos en señal de “no pienso ceder, mi salud mental también es importante para nosotros”.

—¡Hoy!

—¡Mañana!

—¡Te digo que hoy, angelito de cuarta!

—¡Y yo te digo que mañana, emo remasterizado!

—¡Silencio! —intervino Yura levantándose de la cama, junto a él sus conciencias se pusieron en estado de alerta, ya que se escuchaban pasos provenientes del pasillo. Como Yuri bien sabía que ese camino solo llevaba a las habitaciones de la familia Katsuki, así que optó por esperar un poco. Quizá podría abordar a Yuuri y preguntarle si lo acordado hace días vía telefónica no fue más que una promesa vacía.

El sonido de las garritas de un perro raspando el piso de madera del pasillo, le ayudó al rubio a deducir que Yuuri y Víctor se encaminaban a su habitación, dispuestos a pasar unas horas de descanso.

O eso quería pensar el rubio.

A punto estaba de abrir la puerta y lanzar de forma inesperada su pregunta, cuando la voz de Víctor se escuchó:

—¡Estoy ansioso por conocer Fukouka mañana!

—Víctor, respecto a eso…

—¿No iremos?, pero Yuuri, me gustaría que comiéramos juntos un poco de ramen. No siempre podemos venir a Japón a comer ramen o katsudon.

—Lo sé, pero… verás… hay algo que tienes que saber… Yurio…

—Yurio puede venir con nosotros, ¡no veo el problema!

—Pero…

—Pero nada, hemos planeado estas vacaciones con antelación. Me agrada la idea de pasar un tiempo libre con mi Yuuri y, aunque fue sorpresa, también con Yurio. Mañana descansarás e iremos a Fukouka, así lo planeamos y así será.

El adolescente escuchó la puerta de la habitación de Yuuri cerrarse y, aunque el ruido cesó, el rubio no se movió de su posición. Aun cuando el adolescente sintió alivio al descubrir que no era ninguna molestia, experimentó una pizca de desasosiego al darse cuenta que, por nada del mundo, Víctor estaba dispuesto a cambiar sus planes vacacionales, al contrario, lo estaba incluyendo en ellos también.

No habiendo otra opción, el rubio decidió que era momento de tomar medidas extremas, total, ¿qué podía salir mal?

—¿Qué estás haciendo? —preguntó con curiosidad Yuri angelical, después de unos minutos observando a un concentrado Yuri que buscaba algo en su celular.

—La primera vez que vine a Hasetsu simplemente busqué la ruta a seguir en el celular. Llegar a Chiba es más fácil, ya me encuentro en Japón, solo debo encontrar una ruta para llegar por tren.

—Es una buena idea —corroboró Yura rebelde, mientras daba un vistazo al celular también—. Después de todo, ya hemos viajado solos al extranjero.

—¡Exacto! —agregó Yuri—. No necesito de nadie para viajar. Ya soy lo suficientemente grande como para viajar por mi cuenta. —El celular de Plisetsky indicó la ruta a seguir para llegar al Makuhari Messe, el recinto donde se llevaría a cabo el concierto. Solo debía abordar un tren en dirección a Hakata, viajar unas cuantas horas por Shinkansen y después, al llegar a la capital, transbordar con dirección a Chiba. La ruta se veía fácil, nada complicada para que cualquier un chico de 16 años (o incluso menos, pensó Plisetsky) fuera capaz de viajar sin existir ningún inconveniente. Cualquier indicación la podía buscar en su celular, mapas, lugares, eventos, opciones de comida y hasta la compra de sus boletos. Definitivamente el mejor amigo virtual de todo ser humano: un smartphone.

Ahora bien, aún había un último obstáculo que sortear si Yuri quería aprovechar esta oportunidad. El rubio se propuso salir temprano, con la esperanza de que, ni Víctor ni Yuuri estuviesen despiertos a esas horas.

—Espero jueguen twister toda la noche —mencionó Yura angelical, recostado tranquilamente en la almohada de la cama, a punto de prepararse para dormir. La coleta que traía hace unos momentos había desaparecido, ahora su cabello rubio libre era de estorbar lo que quisiera.

—Sabes que ellos no juegan twister en la noche —argumentó Yura rebelde, con ese dejo de maldad característico de él.

—Entonces… ¡clavan un cuadro en la pared en la madrugada! —discutió Yura angelical, con un tono de no aceptar ninguna réplica a su comentario.

—Si clavan, pero no en la pared…

—¡Guarden silencio, estoy pensando! —exasperado, Yuri de carne y hueso reprendió a sus conciencias. Como todo buen adolescente de hormonas alborotadas, estaba comenzando a hartarse hasta de sí mismo… ¡Quién lo diría!—. Guardaré la ruta en el celular. Aquí dice que una vez llegando a Kai…hi…mma…ku…ha…ri Station solo debo caminar aproximadamente 8 minutos. ¡Excelente!

—Esa ruta se ve muy larga —intervino Yura rebelde, a diferencia de Yura angelical, él se amarraba el cabello para dormir—. ¿Seguro que llegaremos a tiempo?

—El concierto es en la noche, pasado mañana. Puedo quedarme en Tokio una noche y, solo trasladarme a Chiba al día siguiente —mencionó Yuri mientras buscaba opciones de qué hacer en Tokio en su “día libre”.

Después de preparar una precaria maleta que no llamara la atención, Yuri se dirigió a la cama dispuesto a descansar. El día de mañana aguardaba y como buen chico empoderado e independiente, estaba dispuesto a demostrarles a todos que era capaz de cuidarse por sí mismo, viajar hasta Tokio, pasar un día relajado en la capital del país del sol naciente, ir al otro día al concierto y regresar como si nada hubiera pasado.

Y con este gran preámbulo inauguramos esta sencilla pero práctica Guía de supervivencia para viajeros novatos, comenzando con el primer consejo se supervivencia básica para el viajero principiante.

Yuri sonrió pensando en el consejo en su mente. Tal vez debía escribir el manual de viaje después.

Continuará…

¡Hola!

Primero que nada, si llegaste hasta aquí, ¡mil gracias por leer el primer capítulo de esta historia! Por diversos motivos he mudado mis historias de plataforma y ahora me encuentro publicando en este blog y algunas otras plataformas.

Espero esta historia sea de tu agrado y te saque algunas risas (que es su propósito). Aprovechando el momento, te presento a mis dos hermosas y traviesas conciencias que hacen aparición en este primer capítulo. ¡Atento porque ambos “mini Yuri” estarán muy presentes en la historia.

La comisión estuvo a cargo de la hermosa Mariv, quien es una talentosísima artista. ¡No pierdas la oportunidad de comisionarla, vale mucho la pena!

¡Espero verte próximamente en el siguiente capítulo!

Hasta la próxima.

xoxo

Sam.

Publicado por salemayuzawa

Me gusta leer, escribir, ver películas, anime y platicar con mis amigas. ¡Adoro imaginar historias!

2 comentarios sobre “Cap. I Introducción

  1. Ya sabes que adoro este fic. Me encanta sentir la adrenalina al leerlo porque me recuerda a las salidas que hice en mis momentos de idiotez 😀

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    1. Hola!!
      Awww mil gracias! Opino lo mismo, me divierto mucho escribiendo esta historia porque Yuri haciendo un viaje al mochilazo es algo que hice (y haría, upss) XD ¡Espero terminarlo pronto!

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