AdC 9: “¿Qué clase de familia es ésta?”


Yuuri llevó a Mischa en el auto a la casa de los Plisetsky en su camino al campo. Hiroko lo abrazó muy fuerte y le hizo prometer que los visitaría el fin de semana. Le dio una maleta para poner las pocas cosas que tenía y se despidió de Toshiya con un gran apretón de manos. Este le dijo que le deseaba lo mejor y que las puertas de su casa siempre estarían abiertas para él.

En el auto no hablaron mucho más. Yuuri encendió la radio de su camioneta y se puso a tararear, lo que Mischa agradeció porque tampoco le quería decir mucho más. Sabía que a quien más extrañaría sería a Yuuri.
Llegaron al castillo y ambos bajaron de la camioneta. Mischa, cargando la ligera maleta, fue acompañado por Yuuri hasta la puerta.

―Quiero darte esto―Le dijo Yuuri poniendo un celular en sus manos.

―Yuuri, no puedo aceptar esto, es demasiado…

―Tranquilo―habló suave, tratando de calmarlo―acabo de cambiar de celular y este es el que usaba antes. Ahora que no vas a estar en casa, es la mejor manera para comunicarte con mis padres y cuando quieras, conmigo.

Mischa enrojeció nuevamente con vergüenza pero Yuuri siguió:

―Los contactos de mis padres y míos ya están grabados. Cuando quieras escríbenos.

―Gracias Yuur…

Antes de que terminara de hablar Yuuri se abalanzó contra sus brazos, tomándolo por la espalda fuertemente.
Mischa cerró los ojos y poco a poco se dejó llevar por el abrazo. Recostó su barbilla en el hombro de su amigo y aspiró el olor fresco del cuello de Yuuri. Olía delicioso. Podía sentir a Yuuri muy cerca y no le molestó, al contrario, amó tenerlo de esa forma. Lo apretó más fuerte y se quedaron así, en lo que parecieron horas y luego se separaron. Al hacerlo, Mischa no pudo dejar de sentirse triste.

―Cualquier cosa, no dudes en llamarnos, ¿ok?―Yuuri trató de mostrar una sonrisa y luego se fue.

Mischa vio cómo Yuuri se subía al auto y desaparecía hasta perderse en el camino. Suspiró y trató de calmarse antes de tocar la puerta. Sabía que desde ese día empezaba una vida por su propia cuenta y eso le asustaba.

―Buenos días, soy Mikhail…

―Sé quién eres―le dijo Vladimir sin dejarlo terminar la presentación―, ayer te abrí la puerta, llegas cinco minutos tarde. Eso no puede volver a ocurrir, a la señora no le gusta esperar.

Lo llevó para el lado posterior de la propiedad y entraron al jardín. Este estaba lleno de diversas flores de estación que se notaban estar muy bien cuidadas. Llegaron a una pérgola donde se encontraba sentada la señora Plisetsky, conversando con el que parecía un jardinero.

―¡Ah, Mikhail!―exclamó contenta―Bienvenido por fin― observó a su mayordomo y al jardinero― Muchas gracias, Vladimir, Igor, pueden retirarse.

Al irse, ambos se excusaron y fueron a continuar sus labores.

―Bueno, te mostraré donde dormirás y te mostraré la casa. Obviamente no serás responsable de mantener limpio todo el castillo, eso sería imposible para una persona. Te encargarás de supervisar a un grupo de gente y asumirás completamente el cuidado y limpieza del área de la parte más íntima de la casa, osea, nuestros aposentos.

Lo condujo por una galería impresionante llena de retratos para luego bajar una enorme escalera, llegando a una puerta que dio paso a una pequeña sala con una chimenea.

―Aquí empieza el ala de la servidumbre. Es una sala común con algunos sillones, televisor y mesas de juego. Aquí puedes tomar un descanso para tomar un café o simplemente platicar con los demás.

Siguieron caminando hasta que, al fondo, llegaron frente a dos puertas.

―La puerta de la izquierda corresponde a las habitaciones de las mujeres y la de la derecha es la de los hombres.

Cuando entraron a la de los hombres Mischa se dio cuenta de que, en realidad, eran pocas habitaciones.

―Como te darás cuenta no son muchos cuartos―explicó la señora Plisetsky como si le hubiera leído la mente―, eso es porque muy pocos de nuestros empleados se quedan a dormir en el castillo. Sólo los que se encargan de atender personalmente a la familia se quedan, los demás viven en el pueblo.

La tercera puerta de la derecha fue abierta y pudo ver cómo era el dormitorio. No era muy grande, tenía un escritorio, un armario y una mesa de noche. La cama era de plaza y media y tenía una ventana que daba para el jardín que había visto anteriormente. Además disponía de un baño propio, eso le agradó mucho.

―Bien, sé que aún falta el recorrido del resto de la casa pero en media hora tengo clases en la bicicleta estacionaria. Te dejaré por aquí para que acomodes tus cosas. En dos horas estoy por aquí de nuevo y podemos hablar de tus labores. Más tarde vendrá la modista a tomarte las medidas para el uniforme.

La señora se retiró apurada y Mischa se tiró en la cama. El colchón era suave y cómodo, seguro que podría dormir feliz allí.

Se imaginó despertando todos los días sin tener que pensar en el tráfico para ir a trabajar, sencillamente tendría que caminar hacia el ala central. Eso parecía genial. Pero después de veinte minutos de felicidad Mischa empezó a sentirse solo. En casa de los Katsuki siempre escuchaba la voz de Hiroko que cantaba o Toshiya que hablaba solo sobre las noticias del día. Miró el reloj y eran las 10 de la mañana. Una hora atrás había llegado pero recordaba que Yuuri siempre llamaba a casa entre las 10 y las 11 para preguntar cómo estaba todo y si necesitaban algo especial del campo para cocinar.
Sacó el teléfono de su abrigo. No pensó mucho antes de escribir un mensaje y mandarlo. Al segundo se arrepintió. ¿Por qué le mandaba un mensaje a Yuuri si había elegido justamente el trabajo para distanciarse un poco de la familia y él y no depender de ellos?

“Yuuri ¿qué tal? 🙂 ¿Ya llamaste a casa?”

“¡Hola! No, en un rato llamaré. Saludos.”

Seco, directo y cortante. Mischa sabía que una respuesta así era probable pero en el fondo había deseado equivocarse.

Había sido un tonto, la verdad. No había pasado una hora desde que había llegado a la casa de los Plisetsky y de pronto mandaba mensajes como si hubieran pasado días. De pronto se sintió como un idiota. Sintió su rostro arder por la vergüenza, estaba haciendo el ridículo y seguro que también dando pena.

Decidió apagar el celular y olvidarse de los Katsuki por un momento. No podía seguir pensando en ellos en un nuevo trabajo y una vida alejada de ellos. Él tenía que entender que antes de él, ellos tenían una vida y en esa vida él no existía.

Pensando en alguna actividad para tener otras cosas en qué pensar salió de la habitación y fue a recorrer el castillo.

Mischa se hallaba hacía media hora perdido en alguna parte del antiguo edificio. En algún momento se detuvo a observar una bella vasija, muy probablemente de alguna dinastía china, cuando lo sorprendió una voz.

―¡Tú eres amigo de esos sucios americanos!

La violencia como esta frase fue dicha fue la que hizo que Mischa volteara con algo de temor hacia su interlocutor.

A sus espaldas, un adulto mayor de ojos verdes y barba lo miraba furioso con una escopeta en la mano. Caminaba de manera lenta hacia él, su rostro rojo de cólera y sus manos temblando por la misma razón.

―¡Habla de una vez, cobarde! ¿Eres amigo de esos americanos, verdad?

Mischa sólo logró levantar las manos en señal de rendición y a sacudir la cabeza de un lado a otro para responder negativamente. Las palabras no podían salir de su boca. La escopeta apuntándole lo hacía sentir indefenso como un niño pequeño.

― ¡Todos ustedes deben morir!

― ¡Abuelo, detente!― dijo una voz por detrás que le parecía conocida.

A los pocos segundos la escopeta fue alzada por el chico rubio que le había hablado molesto la última vez que se habían cruzado.

―Abuelo, él no es amigo de los americanos, él está de nuestro lado.

De alguna manera le quitó la escopeta y la dejó sobre un mueble cercano.

―Yuratchka, esos americanos malditos vienen a apropiarse del mundo.

― Lo sé, abuelo pero aquí nadie es amigo de ellos, todos somos fieles al gobierno ruso.

Mischa sólo miraba la escena perplejo. El rubio le preguntó su nombre en voz baja y luego le explicó al abuelo más.

―Este es Mikhail, abuelo, trabaja aquí. Vladimir ya no va a estar aquí.

―Pero Vladimir era un buen miembro del partido.

―Sí, abuelo pero Mikhail también. Ha venido a jugar con nosotros Rummykub*.

Cuando el abuelo escuchó esa última palabra sus ojos se llenaron de alegría y le brindó a Mischa, por primera vez, una sonrisa.

― ¿En serio, jovencito? Pues me temo que yo soy muy bueno en el Rummykub.

El señor sonrió, no era muy propenso a las pequeñas pláticas, se veía más tranquilo y poco a poco su rostro regresaba a un color más natural, sin decir mucho más, se alejó caminando lentamente hasta llegar a una mesa donde yacía el juego, cuando estuvo a una distancia prudente, el joven rubio habló.

―Mi abuelo fue fiel miembro del partido comunista y odia a los americanos más que a nada en el mundo―explicó el chico mientras le indicaba con la mano que debía seguir al anciano―. Si juegas con él Rummykub te dejará en paz.

Los dos jóvenes se pasaron la siguiente hora perdiendo contra el anciano, algunas veces a propósito, otras en serio perdiendo. Hubieran seguido de no haber sido porque la señora Plisetsky apareció de pronto.

―¡Oh, Mikhail, veo que ya conociste a mi padre!―Su sonrisa de complacencia lo tranquilizó.

―Les gané―explicó el hombre mayor con una sonrisa de oreja a oreja.

― ¡Qué bueno, papá!―respondió la señora con cariño― Papá, Mikhail se va a quedar en la casa, ¿ya? Ya lo revisamos: no tiene amigos americanos pero es miembro del partido como tú y yo.

La mujer le pidió a Mischa que se levantara y la siguiera. El joven siguió con su abuelo jugando.

―¿Te amenazó con la escopeta?―le preguntó apenas cerraron la puerta tras de ellos.

―Sí―respondió con cierta vergüenza.

―No temas, desde hace tiempo todas las armas en esta casa están sin balas. No hay ni una, así que pierde cuidado.

Mischa caminó lentamente sin saber qué decir. Su vocecita interior no dejaba de repetirle: “¿Qué? ¿Y se supone que eso debe calmarme?”

―Mikhail, quiero presentarte a Yuuko, ella es la ama de llaves de la propiedad y con quien compartirás responsabilidades.

Caminaron por unos corredores que a Mischa le parecieron interminables hasta que, por fin, entraron a un bello gran comedor interconectado con un pasillo que terminaba en la cocina.

―Yuuko, ¿Dónde estás?

―Aquí, señora Plisetsky.

―Yuuko, déjame presentarte a tu nuevo compañero de labores, el nuevo mayordomo de la casa: Mikhail Katsuki.

―¿Katsuki?―El asombro reluciendo en sus palabras fue evidente.

―¡Sí!―agregó la señora riendo levemente― ¡Yo también me sorprendí! Es familiar indirecto de Yuuri, ¿no es curioso?

Yuuko era una chica muy guapa y joven. Lo miró de arriba a abajo, escaneando todos los detalles de Mischa.

―Bueno, los dejo solos. Yuuko, por favor orienta a Mikhail en sus labores. Tengo mucho que hacer. Acabo de enterarme que Mascha Petrovski acaba de hacerse otra cirugía de nariz… ¡Como si eso fuera a quitarle lo fea! Bueno, estaré en mi cuarto haciendo llamadas telefónicas, no me molesten si pueden solucionarlo solos.

―Sí, señora― contestó Yuuko .

Una vez desaparecida la dueña de casa Yuuko se acercó emocionada a Mischa y le dijo:

―¡Así que tú eres el que estaba en la casa de Yuuri como huésped todo este tiempo!― dijo emocionada, dándole palmadas confianzudas en la espalda.

―Pues sí, soy yo―Fue lo único que respondió, algo avergonzado. No la conocía y se sentía extraño viendo que ella se acercaba mucho a él.

― ¡Pues Yuuri no me quería decir nada de ti!―reclamó haciendo un puchero.

Mischa sonrió. No le sorprendía escuchar eso de Yuuri. Probablemente quería mantener un perfil bajo, era de las cosas que le gustaba de Yuuri.

Yuuko quería empezar con una ronda de preguntas personales pero Mischa le dijo que por favor le enseñe lo que le faltaba de la casa, lo cual distrajo a la chica y caminaron por una hora por los sitios que aún no había conocido.

La casa no sólo era enorme, sino también muy bonita. La familia Plisetsky la mantenía muy bien cuidada. Tenían varios jardineros, los cuales vieron durante la caminata y todos parecían ser muy amables. Luego llegaron al estacionamiento, donde una cara conocida se hallaba sentada en un cómodo sillón reclinable.

―¡Phichit!― exclamó Mischa feliz de verlo.

―¡Mischa, buenos días!― dijo alegre― ¿Te trajo Yuuri a la casa?

―Phichit, no te cuesta nada saludarme a mi también― se quejó Yuuko.

―Hola, Yuuko― dijo él algo más seco.

―Mikhail, tengo que terminar de hacer unas cosas en la cocina. Te veo después allá, ¿sí?

Yuuko se fue molesta y entró a la casa. Phichit sonrió y agregó en voz baja:

―Adiós, bruja.

―Creo que no te cae bien―dijo Mischa sonriendo―¿Por qué es eso?

―Es que siempre está detrás de Yuuri, está enamorada de él desde el colegio.

Mischa se puso serio. Quizás Yuuko no sabía de la orientación sexual de Yuuri.

―Sé lo que estás pensando― le dijo Phichit con una ceja levantada y una sonrisa cómplice―Ya Yuuri le ha dicho que tiene otros gustos pero no puede evitarlo porque fue su novia en noveno grado. Asumo que cree que lo puede “convencer” para que vuelva al “camino del bien”.

Eso no se lo esperaba Mischa. Nunca se imaginó que Yuuri hubiera estado con una chica antes.

― ¿Y cómo te sientes en esta casa, Mischa?―la pregunta de Phichit lo hizo volver a la realidad.

―Bastante bien considerando que el señor Nicolai me quería matar con su escopeta porque decía que yo tenía amigos americanos.

Phichit no pudo evitar reírse por el comentario.

―Bueno, al principio quiere matar a todos, bienvenido al club ―le dijo a Mischa―. Pero,¿te hizo jugar Rummykub?

―Sí y se alegró de que formara parte del partido comunista.

―¡Muy bien!―exclamó el moreno― Entonces ya estás bautizado, asi que no te volverá a tratar de matar. Y, ¿todo bien con Yuuri?

―Pues, sí―respondió el recién llegado―. Le mandé un mensaje hace un rato y me contestó al instante. Pero fue muy cortante, así que ya apagué el celular.

―Dale su espacio―explicó―. Está bien que hayas apagado el celular, buen chico.

Mischa no pareció tan convencido de ello. No había querido admitirlo pero todo el día había pensado en ir corriendo a encender el celular. Aún así le dio la razón y pensó que volvería a encenderlo en la noche, cuando le escriba a Hiroko contándole sobre su día.

El tiempo pasó volando mientras conversó con Phichit. Cuando se dio cuenta de la hora tuvo que ir corriendo a ver lo que Yuuko hacía. Al regresar a la cocina vio que estaba terminando de cocinar.

Al ver a Mischa ella automáticamente le pidió que pusiera la mesa para el señor Nicolai, la señora Plisetsky y el joven Yuri.

Mischa obedeció pero se sintió inservible. No tenía idea de cómo colocar cubiertos o copas ni mucho menos dónde estaban guardados.

―Disculpa Yuuko―su voz suave y temerosa delataba su inseguridad―,  no sé dónde están los cubiertos.

―¡Ay, verdad! Ven, yo te ayudo.

Mischa observó detenidamente a su compañera de trabajo. No tardó en entender el orden de los cubiertos y se sorprendió de su gran memoria fotográfica. Incluso pudo imitar el ave que Yuuko realizó con una servilleta con tan sólo mirar hacerlo. Se quedó boquiabierto con lo que logró. Quizás en su vida real también era mayordomo o mesero.

Una vez lista la mesa, Yuuko procedió a hacer sonar una campanita, causando que los Plisetsky aparecieran en el comedor.

―Mikhail, dile a Yuuko que me traiga la balanza―ordenó la mujer.

A Mischa le pareció rara la orden pero obedeció. Fue a la cocina y pronto regresó al comedor. La señora empezó a pesar cada pedazo de comida que había en su plato. Después de pesar la comida se quedó sólo con la mitad en el plato.

Nadie habló en la mesa. El joven movía el pie juguetón de un lado a otro y comía de mala gana, el señor Nicholai parecía degustar lentamente la comida, quizás como esperando a sentir alguna clase de veneno colocado por algún americano y la señora suspiraba viendo el resto de la comida que había dejado abandonada.

Cuando terminaron, los tres se levantaron de la mesa al unísono, dejando servilletas y cubiertos al mismo tiempo.

Al irse los dos varones, la señora se acercó a la cocina y le dijo a Yuuko.

―Yuuko, la próxima semana se encargará Mikhail de la cocina. Oriéntalo lo mejor que puedas. Hay que aprovechar la experiencia ganada en el Cordon Bleu.

―Sí, señora.

Mischa palideció. Empezó a enumerar en su cabeza los platos que sabía hacer: cero.

―Esta semana quiero que conozcas el castillo―Le explicó―. Encárgate de la limpieza y de las habitaciones. Yuuko te ayudará con lo que necesites.

La señora Plisetsky se estaba retirando de la cocina cuando volteó a mirar a Mischa y le dijo:

―Mikhail, en cualquier momento vendrá la costurera a tomarte las medidas para el uniforme pero quiero que vengas a mi dormitorio a las 6:30 de la tarde, sin falta ¿ok?

―Por supuesto, señora Plisetsky.

Tal como dijo su ama, pronto tocó la puerta una pequeña mujer de la tercera edad con unos anteojos que por lo gruesos que eran,  parecían de fondo de botella.

―Así que tú eres “el nuevo”.

Mischa estaba a punto de responderle cuando la mujer se le acercó y pasó  rápidamente sus manos por los glúteos y la entrepierna alta del chico. Él sólo pudo emitir un “¡Ay!” Y zafarse rápidamente de las manos de la mujer.

Madame Koslov era una mujer muy particular. Demostraba que disfrutaba su trabajo al máximo, mientras toqueteaba a su cliente de una forma descarada. A Mischa le dedicó cumplidos sobre su cuerpo esbelto, el largo de sus piernas y “sus atributos” en general.
Se tomó su tiempo, maravillándose con el chico de cabellos plateados y, poco antes de las 6:30 p.m terminó con las medidas.

Mischa sintió que llegaría tarde a la reunión con la señora Plisetsky, así que caminó apresurado hasta la habitación que le había descrito Yuuko. Tocó la puerta y la señora Plisetsky ordenó que entrara.

El hombre quedó en shock al ver a la rubia de ojos verdes en ropa interior y un corsé con bordados.

―Mikhail, ¿puedo llamarte Mischa?―Su voz sensual podía provocar muchas cosas.

―Sí, sí, claro―tartamudeó nervioso. Sus mejillas parecían que se derrerretían por el calor que de ellas emanaba.

―Debo pedirte algo muy especial. Durante casi 20 años Vladimir ha estado encargado de la casa y en los últimos 5 además  estuvo ahí para apoyarme con mi pasión por el corsé.

Y ahora Mischa entendía de pronto  la razón por la que Vladimir no quería retirarse tan fácilmente de su trabajo.

―No será todos los días pero quizás dos veces por semana― siguió la mujer―necesito que lo ajustes lo más que puedas, hasta que esté satisfecha.

El muchacho de cabellos selenos entonces se calmó. Ajustar el corsé de la señora Plisetsky dos veces por semana no sonaba tan mal. Se acercó más tranquilo a la mujer. Cogió los cordones de dicha prenda y jaló.

―Más fuerte―exigió la mujer.

Mischa entonces fue más brusco.

―¡Ay, sí! ¡Dame más, más duro!

Los gemidos deseosos de la señora fueron los que lo hicieron reflexionar: dos veces a la semana de eso sí estaba mal.

―¡Eso, eso, dame duro! ¡Oh, Mischa eres genial, con más fuerza!

Mischa trataba de concentrarse  lo mejor que podía.

―¡Ahí, sí, sigue, sigue! ¡Más!

Los gritos obscenos de la mujer eran difíciles de soportar. Cualquier visitante que pasara cerca podría e iba a pensar que estaban teniendo una sesión de sexo. Una sesión de sexo muy dura.

La mujer gritaba más con cada jalón, jadeaba fuertemente y se enloquecía excitada mientras su cintura se hacía más pequeña. El morbo con que lo disfrutaba hacía sudar a Mischa, quién había decidido cerrar los ojos y ajustar lo más fuerte que podía para acabar con el martirio lo más rápido posible.

―¡Mischa, ah, eres genial, dame más!

La mujer empezó a gritar de placer, a sudar y a temblar, continuando con la tortura por muchos minutos más acabando el jaloneo cuando ella por fin emitió el “¡Sí!” más largo y alto de todos. Después de eso se quedó quieta y rígida, mientras pasaba su lengua por sus labios y con los ojos cerrados, sonreía plácidamente.

Mischa abandonó la habitación sintiéndose sucio, así que se fue a su cuarto a recuperarse, para luego regresar y atender a la familia antes de la cena.

Yuuri regresaba a casa después de una jornada larga. En la tarde, después del almuerzo, había sacado a pasear a Makkachin como lo hacía antes de que apareciese Mischa en su vida.

Ahora instintivamente manejaba sin pensarlo mucho y cuando se dio cuenta, había terminado en el estacionamiento de los Plisetsky.

Podía pasar a saludar a Mischa y ver si estaba bien. Después de todo, había conseguido no escribirle durante el día. El mensaje en la mañana pretendía ser seco y cortante para que Mischa pudiera concentrarse en el trabajo y no dependiera del celular. Pero tampoco podía engañarse. Era su manera de poner distancia para cuidar a su propio corazón. Temía que con cada mensaje de Mischa, terminara sonriendo tontamente como en la mañana, pensando en él durante el día.

Suspiró abatido y se negó a salir del auto. Había sido un tonto. Yuuri no tenía excusa alguna para estar ahí, los Plisetsky no habían hecho ningún pedido y el castillo quedaba lo suficientemente alejado del pueblo como para pasar por casualidad. Reclinó con cólera su cabeza contra las manos que sostenían el volante.

―¡Eres un tonto, Yuuri! ―Se dijo en voz alta a sí mismo―¿Qué diablos haces aquí?

―Es lo mismo que yo me pregunto―dijo una voz que lo hizo saltar de susto. Era Phichit, quién luego se acercó al asiento del copiloto y se sentó a su lado.

―¿Qué haces aquí, Yuuri?

―Vine a ver a Mischa.

―Ya lo viste en la mañana.

―Sí pero no he sabido nada de él en todo el día. En la mañana le envié un mensaje muy cortante.

―Y eso me parece genial―le dijo su mejor amigo―. Ahora regresa en silencio a casa. Haremos de cuenta que nunca estuviste aquí.

―Pero, quisiera saber si está bien…

―Está bien, no te preocupes. Tu mensaje cortante lo entendió a la perfección y hoy tuvo una de esas sesiones con el corsé de la señora Plisetsky así que debe estar agotado por ahí.

―¿Con el corsé? ¿En el primer día?― preguntó con preocupación

Phichit rió un poco.

―Pues sí, debe ser que lo encontró demasiado guapo para no hacerlo. Creo que todo el mundo en este castillo se enteró con los gritos que la señora dio. Imposible no desear algo con él viendo lo guapo que es, ¿verdad?

Yuuri sabía que no podía mentirle a su amigo. Se sentía como adolescente enamorado por primera vez y estaba molesto consigo mismo. Esa situación no iba a traer nada bueno y lo sabía.

―Vete a casa, Yuuri. Debes tomar distancia.

―¡Lo sé, Phichit, yo lo sé!―respondió rendido― ¡Estoy buscándome problemas!

―Sí y muchos―El moreno respondió, cruzándose de brazos― Estás enamorándote de un chico que no es gay, el que va a terminar sufriendo eres tú.

Yuuri bajó la cabeza triste y decepcionado de sí mismo. Se prometió que nunca más dejaría que pasara algo como lo que había sufrido con Adrik. Claro que Mischa no era de la calaña de su ex. Las cosas no terminarían de la misma manera que con él pero de una u otra forma terminaría sufriendo por un amor imposible. Suspiró y dijo:

―Me voy, gracias Phichit.

―No te preocupes, Yuuri. Te aconsejo que te apartes un poco. Te prometo que si sucede algo, el primero al que se lo diré serás tú.

Yuuri se despidió de su amigo, agradecido por haberle servido de voz de su conciencia y se fue a casa, manejando lentamente y recordando aquella pesadilla que había sido su relación con Adrik. Quizás pensando en ello volvería a entrar en razón.

Nota de autor:

*Rummykub:  es un juego de mesa para 2 a 4 jugadores. Ganó el Spiel des Jahres (juego del año en alemania) en 1980.El juego es parecido a un juego turco llamado okey.

Publicado por natsolano

Soy una escritora de fanfics desde hace tres años. Amo escribir y quisiera dedicarle más tiempo, amo cantar y amo a Yuri on Ice!! Lo que más me gusta escribir es romance, aunque por algún motivo termino mezclándolo con drama. Además olvidé decir que amo la comedia. Mi pareja favorita de toda la vida son Yuuri & Victor, siempre diré que mi corazón late por el victuuri, pero me considero multishipper ❤

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