Vetados (Cap 07)


Cap 07: Simplemente somos

Los aplausos caen sobre nosotros tras haber interpretado todo el repertorio que estuvimos preparando durante semanas. Con el invierno ya en nuestras cabezas, el teatro principal nos ha abierto las puertas para presentar aquello en lo que tú has estado trabajando. La gente está contenta, incluso los padres de algunos de los jóvenes que decidieron seguirte en este gran sueño aplauden orgullosos al ver lo que sus hijos son capaces de lograr. Hay un aura perpetua de alegría rodeándonos y cuando tu mano toma la mía, esta se siente con aún más fuerza.

Lo has llamado History Makers y no creo que haya mejor nombre para esto que has creado con tus manos. Eres un genio que nunca dejará de sorprendernos, Víctor. Y me siento tan orgulloso y afortunado de estar aquí contigo, acompañándote en esta aventura que has decidido iniciar, que no puedo ocultar mi sonrisa. Es como si toda esta alegría empañara mis lentes e hiciera que mi pecho se inflame con cada latido. Tú me miras, me sonríes de vuelta y aquí, frente a todos, alzas mi mano para besar mis nudillos. Los aplausos no menguan, mi rostro se calienta y mi corazón retumba como si fuera capaz de, por sí solo, armar una marcha marcial.

El telón va cayendo y no dejamos de inclinarnos ante todos con las manos tomadas. Se siente tan grandioso este sentimiento de plenitud ahora que todo ha acabado, porque es ver cómo estas semanas de esfuerzo han dado sus frutos, cómo ha tomado forma las huellas dejadas en el pentagrama y cómo, al final, sí fuimos capaces de lograr lo que pocos creyeron. Decidiste hacer algo completamente diferente al permitir a cualquiera, sin importar edad o sexo, participara en las audiciones y los tomaste a todos para darles un lugar donde lo único que valía era el talento, las ganas y la dedicación. Así hemos armado un grupo donde alfas, betas y omegas, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, tuvieron las mismas oportunidades de sobresalir.

—Yuuri, estuviste increíble —susurras mientras el grupo se dispersa. Ya con las cortinas ocultándonos del público, te acercas y me besas suavemente, rodeando mi espalda con uno de tus brazos mientras aún sostienes el violín con la otra.

—Tú también lo estuviste… —menciono sobre tu boca y dibujas una enorme sonrisa de corazón que me llena de calor.

Vistes un traje de marca, costosísimo y de diseño vanguardista que queda tan bien en ti. La camisa blanca y manga larga hasta las muñecas, tiene arriba una especie de chaleco con aberturas a los costados en tono gris que complementa el pantalón recto. La corbata negra a tono con tus zapatos de lujo termina de dar los últimos detalles a la elegancia que siempre te ha identificado. Aunque debo admitirte que estas aberturas todo lo que me provocan es jugar al escondite con mis manos y apretarte bajo ellas.

Nos miramos, nos sonreímos y nuestros cuerpos buscan este abrazo que se prolonga un poco más. Mis manos rodean tu espalda debajo del chaleco y siento tu nariz sobre mi cuello junto a la forma en que respiras sobre mi piel y la calidez nos envuelve. La calma me llena y me siento completo. El tiempo se detiene cuando estoy en tus brazos y te tengo en los míos.

—Creo que te gustó mi ropa. —Te ríes de mi ansiedad y del modo en que mis manos juegan con tu coxis. Siento mis mejillas calientes, pero no puedo evitarlo—. No eres el único que quiere cierta ropa fuera.

—¿Aun peleando por mi saco? A mí me gustó.

Hago un mohín descontento mientras veo la corbata negra y mi traje azul de cuadros que conseguimos en una tienda de marca a la que me obligaste a entrar. Por mucho que quisiste convencerme en modelos más nuevos y atrevidos, me fui al clásico conjunto que me hace sentir cómodo. En respuesta, peinas mi cabello hacia atrás con cuidado de no despeinarme y besas mi frente.

—La verdad, me encanta tu estilo clásico y molestarte por ello. Pero me gustas más desnudo y al alcance de mis manos.

Un fogaje delicioso se derrama desde mi estómago hasta mis extremidades dejándome un hormigueo expectante. Cada vez que eso ocurre y veo tus ojos brillar con deseos, no me arrepiento de haber tomado el valor de intentar resolver lo que ocurrió esa noche de ese modo. Aún te sorprende el que haya tomado la iniciativa para entrar a tu cama, pero te confesé que quería hacerlo desde muchas semanas antes. Reímos tanto al darnos cuenta de lo tontos que fuimos por el tiempo perdido, que decidimos aprovecharlo ahora que ambos hemos aceptado nuestros sentimientos. Deseamos que cada día sea un pentagrama en blanco listo para llenar de nuevas notas.

Tenemos que separamos al escuchar la voz de mi madre buscándonos. Ella y mi padre lucen contentos con lo que acaban de presenciar y vienen con Minako, quien no tarda en alabar el resultado de nuestro trabajo, de lo hermoso que sonó mi piano acompañado y de lo sublime que fue escuchar el dueto contigo. Mi corazón se hincha de júbilo y tú ríes de forma cantarina. Te sientes parte de la familia y eso me hace feliz, Víctor, porque ya eres parte de mi vida.

Oh… para ellos no fue novedad cuando llegué diciendo que eras un beta y no un alfa como creí. ¡Me sentí tan avergonzado cuando mis padres se miraron y dijeron que ya lo sabían! Incluso Mari estuvo semanas molestándome, porque quedó claro que no todos creían que eras alfa como pensé, que yo era el único confundido y que para nadie resultó una novedad lo que yo acababa de descubrir. Tú estuviste durante días riéndote de eso, burlándote de mí y picando mis mejillas en venganza cada vez que me enojaba, hasta que yo fingía estar muy molesto y me levantaba para irme al cuarto. Allí me perseguías para contentarme con abrazos y mimos hasta avergonzarme, aunque admito que disfruté hacerlo a menudo.

Han sido los meses más felices que he vivido. En casa para nadie fue un secreto lo que surgió entre nosotros y ninguno nos ha juzgado por ello. Aunque a mis padres ya les queda claro que probablemente no tendrán nietos conmigo, nos han aceptado con una alegría contagiosa que nos llena de júbilo. Incluso, juegan con nosotros. Mi padre a veces bromea diciéndome que debería ya meterme a dormir contigo, en vez de estar gateando todas las noches por los pasillos para meternos en el cuarto del otro… y de eso tengo culpa porque, en una vez de las primeras veces, Mari me consiguió gateando en un intento de llegar a tu habitación. Estaba completamente seguro de que, si caminaba, se escucharían mis pasos.

Fue vergonzoso, porque, aunque llegué a tu cuarto después de aquello, la pena no me permitió hacer nada más y tu reíste con tanto desparpajo que terminaste con dolor de estómago. Ahora el recuerdo me sonrojo con la misma intensidad que me divierte.

—¡Víctor, amigo mío, eso fue magnifico!

Veo acercarse al arpista de la Gold Philharmonic, abordándonos cuando salimos al pasillo. Tú reaccionas con una enorme sonrisa corazonada y me sueltas para acercarte.

—¡Christophe! ¡Viniste!

—Después de recibir tu invitación, no podía perdérmelo. Mal amigo, te fuiste sin siquiera permitirme invitarte un trago.

—Todo surgió de repente —explicas tras un apretado abrazo mientras espero atrás—. Ven, tengo que presentarte a mi novio.

—¿Cómo que presentarnos? Ya tuve el placer de conocerlo, ¿no lo recuerdas? —El guiña el ojo, tú ríes y yo los miro como si hablaran en otro idioma. ¿A qué se refiere?

—No es cómo crees.

Antes de que pueda preguntarte, tu amigo me envuelve en un abrazo tan confiado que me siento como ratón fuera de su jaula. Suelto un chillido vergonzoso cuando siento sus manos demasiado abajo de mi espalda y lo aparto bruscamente. De inmediato, me tomas desde atrás y me rodeas en un abrazo. ¿Es normal que tu amigo se tome estas confianzas? Solo estoy acostumbrado a tus abrazos.

—Te dije, no es cómo crees. No toques de más —adviertes con un tono dulce que cualquiera no tomaría en serio, pero que he aprendido a reconocer. Christophe entonces ríe y nos mira con una peculiar atención.

—¡Yuuri! —La voz me sobresalta y, sin darme cuenta, me aparto de Víctor para buscarlo entre la gente que hay en el pasillo. Pronto veo a Phichit corriendo con prisa hacia mí y me desprendo por completo para acercarme a él hasta que me abraza muy contento de verme. Admito que también lo estoy, aunque mi respuesta sea un conjunto de palmaditas en su hombro.

—¿Qué haces aquí, Phichit?

—¡Vine al saber que estarías tocando aquí! Mal amigo que no me invitas. —Phichit se aparta y sonríe a mis espaldas, así giro y te veo con Christophe mirándonos—. ¿Me presentas?

—Sí… Phichit, él es Víctor. —Te miro mientras tomo aire. Aún me parece increíble poder decirlo—: Es mi novio.

—Un placer, Phichit.

—De hecho, Phichit entró a la filarmónica después de que partiste, es nuestro nuevo concertino —explica Christophe—. Vino conmigo, le avisé y no quiso despegarse de mí para que lo trajera.

—Me peleé con Celestino después del modo en que te trató —comenta Phichit con un gracioso puchero mientras vuelves a sujetarme desde la espalda. Empiezo a pensar que intentas marcas terreno, beta con instinto de alfa—. Así que salí de la orquesta casi a la semana de tu partida.

—Y como nuestro concertino principal había abandonado nuestra filarmónica —dice tu amigo mirándote—, tuve que buscar entre mis opciones antes de ver a J.J como concertino. Y así Phichit entró a la orquesta. —Allí soltaste una carcajada.

—No me puedo imaginar a J.J como concertino.

—Un grano en el trasero —admite Christophe entre risas. Incluso Phichit parece comprenderlo bien—. Pero mejor hablemos de ustedes, que seguro tuvieron unos meses más interesantes que los nuestros. Veo que la serenata de aquella noche surtió efecto.

¿Eh?

—A Yuuri no le gusta hablar de eso —No estoy entendiendo nada.

—Yo todavía tengo grabado eso. ¡Fue increíble! ¡Yuuri no había tocado con tanta pasión en mucho tiempo!

—¡Espera! —No puedo evitar detenerles—. ¿De qué serenata están hablando?

—¡Yuuri! ¿Te acuerdas? —me aprietas en un abrazo—. ¿Todas las canciones que tocaste y cantaste para mí esa noche? —me dices al oído y yo ya siento mi cabeza hervir—. Sé que te avergüenzas, pero… me gusta recordarlo. —El tono íntimo en que lo dices me pone más nervioso, porque no recuerdo haberte cantado ninguna serenata.

Me quiero morir…

Pronto los detalles salen a colación dejándome con un bochorno tal que todo lo que deseo es meterme bajo la cama. Phichit y Christophe sacan fotografías y videos del momento donde me veo caminando borracho por todos lados mientras pido un piano porque: ‘voy a tocar y a encender esa fiesta aburrida’. Mi quijada casi se desencaja al verlo y Phichit ríe entusiasmado, seguro recordando aquel momento memorable. Yo no lo puedo creer. ¿Hice todo eso? Necesito un hoyo para meterme y vivir allí el resto de mis días.

Los videos me dan más deseos de aplicarme un seppuku aquí mismo. Tiré la corbata, el saco, encontré el piano del salón que solo servía de adorno y empecé a tocar. ¿Christophe cantó conmigo? ¿Empecé a pedir todos los instrumentos? Apenas hubo un par de guitarras que se animaron a acompañarme mientras yo hacía el ridículo frente a todos.

—¿Por qué no me detuviste? —reclamo a Phichit y mi mal amigo solo encoje sus hombros con gracia.

—¿Por qué iba a hacerlo? ¡Estabas feliz! Oh mira, ¡este fue el momento histórico!

Y allí estaba yo, llamando a Víctor y quejándome porque no me estaba prestando suficiente atención. ¿Te agarré de la corbata? ¿Qué demonios te dije desde tan cerca? ¿Y por qué estás tan sonrojado? Tapo mi rostro que a este punto debe emular a una manzana, pero no puedo evitar separar un par de mis dedos para ver con curiosidad lo que ocurrió después. Empecé a tocar tus composiciones y a cantarlas a viva voz, aunque con el estado de embriaguez sonaron patéticas. Qué ridículo hice… por el amor a algún dios.

—Me dijiste que, si lograbas sorprenderme, te dejaría hacer un dueto conmigo. Luego empezaste a tocar y cantar mis composiciones —me relatas mientras me cobijo convenientemente en tus brazos e intento esconder mi cara avergonzada de la vista de todos. Pareces comprender lo que necesito, porque me ocultas como si fuera el mejor refugio mientras palmeas mi espalda para consolarme y me susurras al oído—. Me flechaste, quedé tan encantado que te dejé mi teléfono en tu saco y esperé tu llamada, pero nunca lo hiciste. Entendí que Christophe tenía razón al decirme que solo fuiste un borracho muy osado, sin embargo, cuando encontré la grabación en internet que colgaron las trillizas, supe que no era así. Era más… por eso vine.

—¿Por qué no me dijiste todo esto?

—Yuuri, me huiste los primeros días, supuse que recordabas todo y estabas avergonzado. Me sorprendí un poco de no encontrar al pianista osado de esa noche, pero… de este pianista me enamoré.

—¡Espera! —me aparto de ti para mirarte a los ojos porque acabo de recordar algo—. Días después de haber regresado, recuerdo haber encontrado una nota en mi saco con un número de teléfono, una V.N y una carita con sonrisa corazonada.

—¿Por qué no me llamaste entonces? —preguntas y yo solo puedo recordar que la vi y la boté como si fuera cualquier cosa. ¿¡Qué iba a saber que eras tú!?—. ¡Yuuri!

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡Lo boté! —Te llevas la mano al pecho como si hubiera golpeado tu corazón. Dramáticamente, como sueles actuar—. ¡No sabía que eras tú! —agrego con prisa.

—Acabas de destruir de nuevo mi corazón.

—No exageres… —frunzo el ceño porque no caeré en tu juego.

—Par de tortolos. ¿Qué les parece si seguimos hablando en un mejor lugar? El bar de nuestro hotel se ve muy agradable. —Nos convida Christophe con tono jovial. Nos miramos y asentimos—. Porque quiero todos los detalles.

Era de esperarse lo que iba a ocurrir esa noche. Nos emborrachamos, hicimos el ridículo ahora juntos y amanecimos en una habitación de hotel desnudos, con nuestras ropas desperdigadas y clara evidencias de que la fiesta prosiguió sobre la cama. Adoloridos ambos tanto en la cabeza como en nuestros traseros, nos encontramos bastantes confundidos al despertar. Sin embargo, no salimos de la habitación hasta la tarde, después de seguir festejando en nuevos ritmos, aprovechando la ausencia de ropas.

Quien dijo que los betas eran incapaces de disfrutar el placer sexual y llevar una fogosa relación, estaban equivocados. Increíblemente siento que puedo estar así con Víctor toda una vida y el resto de la que sigue.

Phichit y Christophe no se quedaron por mucho tiempo, pero nos dijeron que querían volver. Estaban dispuesto a seguir viendo lo que crearías con History Makers y llevarían lo que habían observado a oídos de Yakov, tu antiguo director, asegurando que estaría encantado de saber lo que has logrado. Es bueno saber que te fuiste con buenas impresiones de allí, algo que yo no puedo decir del todo. Celestino me llamó y me felicitó por lo mis presentaciones a tu lado, ya que vio varias grabaciones en internet, pero es evidente de que no me pediría volver. Tampoco es que pensara en aceptar.

Mi vida aquí contigo adquirió nuevos significados y no quiero perderla. Ahora que he acabado la composición a la que tanto esfuerzo le puse, que tanto borré, deseché y volví a intentar; tengo la certeza de que tu presencia en mi vida ha sido tan provechosa y feliz, que no quiero nada más. Me siento completo y acompañado, como si me hubieras hecho consciente del montón de cosas que tengo y no había querido notar; además de darme la certeza de que podré seguir explotando todas ellas caminando a tu lado.

Por eso me he tomado el atrevimiento de pedirte venir a estas horas al teatro. Le supliqué a Yuko que me diera las llaves para poder entrar, porque necesitaba mostrarte lo que por fin he creado. Las partituras las tengo en las manos, tú me miras curioso y expectante esperando entender a qué te he traído. Espero que no te lleves una decepción después.

—¿Qué debería hacer? ¿Quedarme aquí acostado sobre el piano y esperar que te subas? —Mientras abro el respaldo de las teclas, te subes sobre el piano como si se tratara de una cama. Debo estar sonrojado, ya siento mi cara arder.

—¡Víctor! ¡Bájate, pensaba tocar!

—¡Qué aburrido, Yuuri! Toca así, para mí.

—No va a sonar bien y lo sabes. —Te giras hasta quedar recostado sobre la madera. Acaricias tus labios y empiezo a sentir ansiedad de tomarlos y tomarte como pides. Pero… no he venido a eso.

—Ven a besarme entonces para bajar. —Sé tú juego, te conozco, pero me es inevitable no caer en él una y otra vez.

Así que me levantó del banquillo y me acerco para besarte. Tú no te conformas con un beso pequeño, ruedas de nuevo sobre la madera para quedar de espalda a ella y vuelves a llevarme al pozo de tu boca. Mi nariz toca tu mentón y nuestros labios se unen en una danza adictiva que hace temblar a mis piernas. Si no es porque sostengo mi rodilla en el banquillo, seguramente ya hubiera caído víctima de esta energía invasiva que me llena cada vez que te beso.

Nuestras lenguas se entrelazan, bailan, se seducen y vuelven a tocarse al punto en que siento que me falta el aire y mi corazón palpita en todos lados. Muerdes mi labio y lo arrastras, yo succiono el tuyo en cuanto tengo oportunidad. Jamás pensé que besarnos se sintiera de este modo y ya no me importa si los alfas y omegas aseguran de que lo sienten con mayor intensidad. Yo lo vivo de forma tan viva que quema, que arde y me hace estallar. Muero y renazco en tu boca.

—Víctor… Quiero tocarte.

—Hazlo. —Y me invitas obscenamente mientras desatas los botones de tu camisa. Yo me río sin aire porque me has malinterpretado, aunque la sugerencia no deja de ser tentadora.

—No… tonto. Tocarte… algo que compuse. Una serenata que sí pueda recordar.

—¿Compusiste algo para mí? —Allí te giras entusiasmado, como un niño al que le acaban de decir que le guardan un regalo. Me rio avergonzado y asiento esperando que lo que he trabajado sea de tu agrado y que supere tus expectativas.

—Sí, pero si sigues mostrándote así… no podré hacerlo. —Porque como te desabotonaste gran parte de tu camisa, tu piel me llama en esa sugerente posición. Tu ríes y bajas del piano.

—Pero me pediste que trajera mi violín, ¿para qué?

—Eso es porque tú me ayudarás.

Empiezo a ponerme nervioso y se nota porque me pierdo entre mis propias partituras que ya había traído previamente organizadas. Camino a prisa para buscar el atril y colocarlo donde sueles posicionarte, donde dejo las partituras que te tocan interpretar. Me miras curioso, pero en vez de preguntar simplemente empiezas a preparar a tu instrumento mientras me encargo de los últimos detalles. Me permites espacio para hacer lo que quiero y me siento eufórico, no puedo negarlo. Quiero sorprenderte y quiero demostrarte lo que has logrado en mí, este es el momento en que puedo hacerlo.

Respiro hondo y ajusto mis lentes antes apresurarme al banquillo. Mis partituras ya están en posición. Sin embargo, los nervios me dominan y empiezo a sudar, lo sé, de nuevo este conocido terror de arruinarlo todo.

—Yuuri. —Me llamas. Levanto mi mirada hacia ti y tú me observas con esa dulzura tan palpable que abraza a mi corazón—. Cariño, nadie podría satisfacerme como tú.

¿Cómo sabes justamente lo que necesito oír? ¿Cómo puedes llenarme de tantas fuerzas y voluntad con unas pocas palabras? Mis ojos se empapan, pero no tengo ganas de llorar, solo de reír, de abrazarte, de besarte tanto… no obstante, mi mayor deseo es hacerte llegar todo esto a través de mi música.

—Te amo, Víctor…

—Lo sé, cielo. Ahora sedúceme con tu música. Muero por escucharla…

Suspiro tras una sonrisa y vuelvo mi vista hacia las teclas que me están esperando. Quiero poder transmitirte lo que has sido capaz de crear en mí a través de esto que nos une, la música. Ella misma no tiene un solo espacio en el que puede brotar, está en todas partes y así siento precisamente mi amor por ti: omnipresente.

Llevo mis manos y comienzo con las primeras notas que inician la composición. Me aboco a disfrutarla porque la única manera que tengo de hacerte llegar mi pasión es a través de la melodía que forman mis manos al acariciar al piano, al presionar, tantear, correr y brincar. Y por ello inicio primero, tomo yo el control y lleno la estancia de las notas que escapan de mis manos en una velocidad media, tendiendo a aumentar. Empiezo a relatarte la historia de un beta que creyó que sus sueños estaban lejos de cumplirse.

¿Te acuerdas de esta melodía? Al mirarte puedo notarlo. Tus ojos reflejan esa sorpresa que yo quería crear y eso me entusiasma a seguir tocando. Ese día cuando esta melodía nació, recordé mi vida, lo que había sido para mí la música y el largo camino que había recorrido con ella. También evoqué mis intentos por crecer, la decepción de fallar en cada momento y como me limitaba ante mis errados pensamientos de que todo se debía a mi naturaleza. Entonces llegaste tú; lo interpretas cuando te guiño desde la distancia y te sonríes al ocupar tu violín para posicionarlo. Entras siguiendo las notas que he dejado plasmadas en el pentagrama y me llena saber que estás dispuesto a seguirme también, a buscarme también, a estar conmigo, también. Apareces para demostrarme que estaba equivocado y que todo este tiempo había condicionado mi pasión por convencionalismos sin sentido que tuve la disposición de creer.

Porque Víctor, esta melodía nació cuando supe que gracias a ti mi música había cobrado un nuevo sentido, que siempre fuiste mi inspiración y que ahora también eres el hombre que amo. Esa melodía me hizo confrontarme con mis sentimientos, darme de golpe con él y al mismo tiempo resignarme en un primer momento, seguro de que no podría alcanzarte. Por eso existe este silencio del violín donde mi piano luce nostálgico, fue cuando creí que en cualquier momento tendría que dejarte ir. Esta melodía fue mi consuelo en medio del desconcierto para convertirse luego en el impulso que me hace sonreír cuando recuerdo cada nuevo momento que hemos creado juntos. Esta melodía es la historia de quién soy yo, de cómo te conocí y quién soy ahora a tu lado.

Aprieto mis labios porque estoy desbordado, casi al punto de llorar por la emoción que se precipita a mi garganta, ahogándome, mientras mis manos corren con prisa y revolotean entre las notas con amor. Puedo ver tus ojos azules tan claros y tan limpios también expresándome tu sentir a través de las notas que tu violín canta. Cuando acabamos, juntos, sé que mis sentimientos te han alcanzado.

—Quiero tocarla con una orquesta de instrumentos. Me la imagino con muchos violines y percusión —te digo, mientras nos mecemos sobre la silla del columpio.

Seguimos muy al pendiente de no caernos, ya que te sentaste en él conmigo en tus piernas, y así me abrazas mientras vemos la nevada suave llover. Son copos de nieves lentos que danza ante nuestros ojos y parecen algodón que baila con la brisa, pero a pesar del frío y del modo en que tiritan mis labios, siento el calor de tu presencia abrazándome y manteniéndome tibio.

Después de lo que tocamos, nos besamos tanto que al final tuvimos que buscar un lugar para sentirnos más porque todo era insuficiente. Tus manos inspeccionaron ansiosas los recovecos de mis ropas para tocar mi piel desnuda y desviví mis ansias sobre tu boca, mientras te abrazaba, te empujaba y me frotaba contra tu cuerpo ardiente. ¿Quién iba a pensar que lo haríamos en el piso del escenario? No pudimos detenernos, nos despeinamos y disfrutamos de nuestros cuerpos porque era el único nivel que nos faltaba para hacer el amor.

Pero ahora estamos aquí. Fue buena idea dejar el violín en el teatro para poder pasear a gusto, sin el temor de que sufriera daño. Hemos caminado un largo tramo en nuestras vidas para estar en este lugar, tomados de manos y abrazados, viendo la nieve caer en este invierno que ya no se siente frío.

—Me gustan tus ideas. Pero ¿cómo se llama la composición? —No lo sé y eso te hago entender con el movimiento de mis hombros. Dejas un beso cálido sobre mi cuello y suspiras luego contra mi mejilla—. Hay que buscarle un nombre.

—Ahora solo quiero seguir así abrazado a ti.

—Mira de qué modo me seduces.

Nos reímos mientras dejas mordisco sobre mi piel sensible y te doy codazos en respuesta. Es extraño pensar que hace un año, yo estaba en el hotel lamentándome por la mala presentación y por mi cobardía, seguro de que esto era parte del destino impuesto como beta, incapaz de lograr más. Ahora estoy aquí contigo y siento aquellas ideas tan lejanas y banales, que me pregunto cómo pude darles el tiempo de asentarse en mí y llenarme de barreras. Como pudieron detenerme y coartarme en el pasado. Contigo he aprendido que no hay fronteras, más que las que nosotros dibujamos.

—¿Qué hay allá? —señalas. Yo enfoco mi mirada hacia las flores de colores que estallan en el cielo a la distancia, donde algunas casas y edificios las cubre.

—Es el centro. Deben estar celebrando algo. —Y entonces, recuerdo—. ¡Oh Víctor! Allá debe estar la pista sobre hielo. —Me levanto con entusiasmo y te tomó la mano para invitarte—. La debieron poner ya. ¡Vayamos a patinar un rato!

—¡Tengo años sin patinar!

—También yo, pero puede ser divertido. —Te ríes de la gracia mientras te pones de pie.

—¿Quieres verme caer al hielo, Katsuki Yuuri?

—Al menos te golpearas la nariz antes que la frente —bromeo disfrutando tu desconcierto y sé que debo correr, porque vas a atraparme para hacerme arrepentir de mi juego usando tu terrible ataque de cosquillas.

Así empezó. Envueltos en los gruesos abrigos, con gorros, guantes y bufandas tejidas, nos embarcamos en un juego tonto como dos infantes y comenzamos a correr hasta que nos cansamos por el clima helado que nos rodea, recordándonos que no estamos para eso. Nos reímos como niños en medio de la noche, nos tomamos de la mano y nos vamos caminando hasta la plaza en donde la pista de hielo ha sido colocada para el disfrute de todas las familias. Pasamos alrededor de muchas personas que nos conocen y saludan, alfas, betas y omegas mirándonos como si no hubiera nada malo en nosotros, como si simplemente somos parte de este mundo tan diverso y lleno de color que nos rodea. Entender esto es clave, porque no somos ni más ni menos, solo somos en un mismo mundo, sobre la misma tierra y bajo el mismo cielo que nos llueve nieve blanca mientras la música se escucha en las calles, los niños juegan sin pensar en segundos géneros y todos disfrutamos del momento.

Cuando llegamos, no perdemos tiempo. Hacemos la fila para acceder a la pista y alquilamos los patines para calzarnos. Dejamos nuestras pertenencias en el casillero y nos metemos en el hielo, tratando de salvar nuestro equilibrio en la resbalosa superficie mientras reímos y nos sostenemos las manos como si eso fuera a ayudarnos a mantenernos de pie. O seguimos estables juntos o nos caemos juntos, no hay otra opción para nosotros, y es la perfecta estampa de lo que queremos juntos en nuestra vida.

Pero no fue tan malo como creí, de hecho, mi cuerpo recuerda bastante bien el moverse en el hielo y el tuyo igual, y con las manos tomadas pronto logramos movernos con precaución de no tropezarnos con la pareja de alfa y omega ancianos que recorren la pista a la velocidad de los copos de nieve, o los tres niños que agarrados de las manos caen y dan vueltas como tortugas acostadas en su caparazón. Me sostienes las manos, a veces me atrapas entre tus brazos y nos movemos lento, en otras no medimos la velocidad y terminamos golpeándonos contra el muro y sí, al final sí terminamos cayéndonos hasta mojar nuestros traseros y reír a todo pulmón.

Jugamos, nos divertimos y nos amamos. Porque el amor no está limitado a un solo momento o a una sola acción. He descubierto que hacer el amor es el arte de vivir contigo y ser feliz en el proceso. De procurarnos, de escucharnos, de sentirnos y conectarnos en más de un nivel. Y eso justo hacemos ahora mientras nuestros pies resbalan, nos abrazamos y soltamos carcajadas. Hacer el amor frente al mundo, siendo felices.

—¡Víctor! —te llamo al abrazarte desde la espalda mientras sujetas mis manos sobre tu estómago. Me acerco a tu oído—. Ya sé cómo llamarla.

—¿A la canción? —asiento mientras bajamos la velocidad. Das vuelta, me abrazas y me sostengo en tus brazos—. ¿Cómo?

—Yuri on ice.

Lo piensas, me miras y sonríes. No necesitas decírmelo para saber que también te has acordado de nuestras conversaciones cuando confesamos que nos veíamos bailando en el hielo al tocar, que tú en algún momento soñaste con patinar y yo también soñé con lo mismo. Como si estuviéramos conectados por algún ente, sabemos que a pesar de que no exista lazos de destinados, la vida quiso darnos el placer de conocernos, de encontrarnos, esperando que quizás esto surgiera tan fuerte como lo es el amor. Simplemente somos dos betas vetados según la sociedad, pero con la valentía de enfrentarnos a los prejuicios para ser lo que queremos ser por encima de los demás. Dos betas dispuestos a vivir la vida como sentimos que debemos vivirla. Tú me enseñaste eso.

Me abrazas al detenernos sobre el hielo, con la nieve que cae, con nuestros labios juntándose en un beso lento y necesario.

Y me alegra saber que esto es solo el principio, porque la mejor historia es aquella que no tiene final.

FIN

Notas de autor: He llegado al final de la historia y no se hacen una idea de lo feliz que me siento. Creo que no hay mejor frase para acabarla que aquella que Yuuri usa en el capítulo final de Yuri on Ice. Sabemos que estos dos seguirán viviendo, y seguirán enfrentándose al mundo, pero con ese amor que se tienen es difícil imaginar que no puedan lograrlo. Dos betas en el mundo, en un mundo gobernado por alfas y omegas demostrando que son tan capaces como todos y que amar es posible.

De algún modo, quería expresar algo que he aprendido en estos últimos años viviendo en el extranjero. La gente estamos acostumbrados a dar y recibir etiquetas que al final estigmatiza lo que podemos o no ser, cuando somos individuos con capacidades, posibilidades y sentimientos que nos permiten crear nuestra propia historia. Nos detenemos a pensar en si somos nacionales o foráneos, si somos heteros o gays, si somos negros o blancos, hombre o mujer, ateo o religioso y así una gran cantidad de cosas que buscan definirnos; pero, al final no son más que un conjunto de datos que no logra representarnos. Somos más que eso.

¡Gracias por animarse a leer! Me hace muy feliz saber que el trabajo les gusto y les animo a leer hasta el final. Si creen y consideran que merece ser leído por más personas, anímense a compartirlo y a recomendarlo. Estas letras tienen voz cuando hay respuesta al eco.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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