Vetados (Cap 06)


Cap 06: Dos enamorados

Recuerdo la primera vez que te vi. Fue la noche que arribamos al hotel. Por mera casualidad, yo volteé la mirada para verte entrar en compañía de tu grupo, envuelto en abrigos y con los labios tapados por la bufanda. No puedo decir que supe en ese momento que eras todo lo que yo quería y buscaba, no te mentiré al decirte semejante falacia. Solo te vi y lo único que recuerdo que pasó por mi cabeza, fue el calor que debías sentir al venir tan envuelto cuando todos a tu alrededor parecían manejar mejor el clima.

No tuve mayor pensamiento que ese, Yuuri. No pensé que fuera necesario más. Tan pronto te vi, alejé mi mirada y me ocupé de escuchar a Christophe que, una vez más, estaba coqueteando con la recepcionista a quien tenía ya bastante sonrojada. Me reí y sentí que todo estaba bien. Ese vacío sordo en el pecho no parecía molestar, aún.

Luego, te vi la noche siguiente. Los aplausos del auditorio te dieron la bienvenida y recuerdo haber reído al verte caminar con tanto nerviosismo. Parecías un muñeco de cartón siendo manipulado por un niño, abriendo las piernas más de lo necesario y mostrándote tan tieso como una varilla. Yuri, a mi lado, no paraba de reír. Te veías tan nervioso que yo estuve seguro de que lo arruinarías y, a pesar de las carcajadas de Yuri, no pude evitar sentir pena por ti gracias a ese pensamiento. Incluso esa fea corbata que hoy usaste y te acompañaba, era evidencia de que no te iría bien.

Pero me callaste. Me cautivaste cuando empezaste a tocar aquella preciosa composición de Chopin, dejándote llevar por la pasión que te embargaba. Emulaste el oleaje, el mar, tus dedos eran como burbujas que explotaban en la arena mientras se movían por cada tecla y tus movimientos eran el viento que creaba esas olas. Podía escuchar instrumentos de viento a tu espalda. Desordenado, raudo, voraz, la pasión parecía estallar en tus dedos y el mar era rojo, rojo por un atardecer bellísimo donde el sol tintaba la superficie.

Aun cuando te equivocaste y aceleraste o te atrasaste en algunos momentos, no pude dejar de aplaudirte, incluso de ponerme de pie. Me pareciste fascinante y me hiciste consciente, en ese momento en que te aplaudía, de ese agujero en mi corazón.

Yuuri, puedo recordar el preciso instante en que dejé de aplaudir cuando te vi salir de esa forma del escenario, como si hubieras cometido la peor de las equivocaciones y no merecieras nuestro apoyo. La forma en que temblaba tu espalda cuando tu director te detuvo antes de desaparecer y te guio hacia el filo para dar las reverencias. ¿Qué importaban los mínimos errores técnico cuando había tanta alma? Dime Yuuri, ¿qué importaba eso? Tú música era fuego, la mía era solo hielo frío cuya perfección empezaba a detestar. Solo que, en ese momento, no lo supe.

Lo que sí puedo confiarte, Yuuri, es que estuve esperando verte al día siguiente con la filarmónica que dirigía Celestino. Esperé con ansias verte tocar con todos los instrumentos porque tenía la certeza de que jamás vería algo igual. Quería conocer tu arte acompañado por la sinfónica, tu piano dominando el escenario, tú volviendo a moverte como alas de ave en el aire, planeando en los cielos y dejándote llevar. Mas me quedé esperando pues no apareciste, y con ello ese anhelo se quedó congelado en el tiempo. Casi estuve seguro de que jamás podría concretarse.

Sé que al inicio quizás no fue la mejor manera de acercarme a ti, pero no estaba seguro de que existiera alguna. Todo lo que me dijeron de ti es que eras un simple beta que se había acobardado en el último minuto. Sin embargo, yo estaba seguro de que había mucho más. Porque si algo había notado en tu trabajo de solista es que, a pesar de que hubieras notado tus errores, persististe tocando, incansable, necio y terco en tu empresa de acabarlo aún si cometías errores y te frustrara por eso. Que, por ello, tu música no podía ser más honesta.

A diferencia de la mía.

Ese día me di cuenta de que mi música carecía de alma. Ya no había nada que transmitir, porque me había abocado más a seguir el régimen calculado de la composición y no a sentir mi corazón que llevaba tanto tiempo callado. Luego de eso, para mí ninguna composición era perfecta y a todas le faltaba algo importante. Todas fallaban en ese eso sin nombre que no podía denominar, que no podía identificar pero que estaba allí, como la sombra de un objeto inexistente, que debe y nunca estuvo. Tan hueca, tan insípida, que empecé a preferir el silencio.

Al venir aquí, los he encontrado. Y es un poco idiota pensar que son dos cosas que había dejado de lado a lo largo de mi vida, desde que me entregué plenamente en la música, desde mis siete años. Amor y Vida… ¿cómo podría haberlo olvidado? ¿Cómo hiciste para recordármelo?

Lograste hacerlo con tus risas, con tu pasión, con tu entrega y tu timidez. Dibujaste de miles de forma las palabras amor y vida en tus letras, en tus sonidos, en tus carcajadas y en el sonrojo de tu rostro después de reírte hasta que tu estómago doliera. En tus bromas de mal gusto, en tu inseguridad que a veces busca apagarte y la forma explosiva en que te enciendes al querer continuar. En tu esmero, tu imperfección, en toda esa amalgama de sentimientos que eres capaz de crearme con verte. Vi en ti una orquesta gritando amor y vida cada vez que me veías a los ojos, y me lo creí.

Duele…

Creo que he cometido tantos errores estos meses que no puedo cuantificarlos, más todos ellos me llevan a una sola conclusión: que esta equivocación que cometí duele más de lo que me ha dolido cualquier cosa en el pasado. Y que, aun así, con este dolor subyacente que parece pesarme en el corazón, tú sigues estando en mi mente, tan presente, que duele la distancia de ahora. Duele estar en este bar, tomando un trago de vodka y mirando la oscuridad entre las luces de neón y el brillo de las botellas llenas en el recibidor, mientras se escucha de lejos la lluvia. Duele estar aquí y no allá, contigo.

Debería sentirme enojado por haberte convertido en uno más que confunden mi esfuerzo y talento durante años con el hecho de ser un alfa. Se supone que debería estar irritado por ello. Pero, de alguna forma, quizás es este corazón tonto que no puede olvidar que la vida y amor obtuvo significado con tus ojos, lo que me impide enojarme y sentirme lastimado al mismo tiempo. ¿Te enamoraste del alfa, Yuuri? ¿O te enamoraste de Víctor? Es irónico pensar que, en estos meses, donde por fin me he sentido tan pleno de ser solo yo sin máscaras, sin reservas ni elaborados planes; tú pudieras haberte enamorado de algo diferente. Que en este tiempo que encontré de nuevo mi propia música a tu lado, tú hayas pensado que esta música solo puede ser tocada por un alfa y no por mí.

Sí, soy un simple beta confundido toda la vida con un alfa.

Sí, criado por mi padre alfa que no dudo de darnos tanto a mi como a mis hermanos el mismo trato, a pesar de nuestros distintos segundos sexos.

Un beta criado por un alfa, acostumbrado a ser confundido con un alfa.

—Hola —escucho a mi lado. El cansancio del viaje y de todo lo ocurrido ya empieza a pesarme y el alcohol no ha bajado el efecto. La persona a mi lado es un hombre, posiblemente de mi edad, de cabello y ojos oscuros junto a una mirada penetrante—. ¿Quieres otro trago? Yo invito.

Me niego con un movimiento efusivo de mi rostro. No quiero, ya ha sido suficiente. Espero que estas horas hayan servido para que te hayas quedado dormido y yo poder regresar así en calma para descansar, porque lo que menos deseo es siquiera darme la oportunidad de llenar el agujero que ha quedado en mi pecho, con la presencia de otro capaz de confundirme. Ya mañana veremos cómo manejamos esto.

—Vamos, seré una buena compañía —insiste con su voz ronca y antes de percatarme, ya se ha acercado y olisqueado mi cuello. ¿Es un alfa? ¿Un omega? —. Vaya, tus supresores parecen ser muy buenos. No logro olerte.

—No hay nada que oler —respondo tajante, aunque me es imposible no sonreírle como ya es costumbre. Me levanto del banquillo pues no estoy de ánimo para lidiar en este momento con un alfa u omega desesperado, pero él me sujeta del brazo y detiene mi avance de forma simple.

—Oye, no te enojes. Me encantaría conocerte. —Deja ir mi brazo mientras le observo con una sonrisa que he repetido tantas veces en el pasado y había abandonado en estos meses. Y a pesar de sentirla correcta al mismo tiempo me es extraña—. Tú estás solo, yo también y quizás podamos conocernos.

—De hecho, no estoy solo, tengo pareja.

El hombre deja de insistir y hace una mueca con sus labios. Yo decido pagar la cuenta y salir de allí. Aunque he dicho que eres mi pareja, no tengo nada que me asegure aquello a pesar de haber confiado sobre tus sentimientos sobre mí.

Pero duele saborear ese deseo de nuevo y sentirlo más lejos que nunca.

Nunca me ha gustado juzgar a las personas según sus sexos. Si algo me enseñó mi padre hace tantos años, fue que todos somos capaces de lograr lo imposible, independientemente del papel que la naturaleza les haya dado a nuestros cuerpos. Además, tenía un gran ejemplo: mi madre, una mujer beta, fue una psicóloga deportista durante muchos años y estuvo apoyando a grandes alfas en distintas categorías a lo largo de su carrera antes de que muriera en un accidente de tránsito. Mi padre, pese a ser alfa, no tuvo el éxito de ella y se abocó a nuestra crianza convirtiéndonos en una familia atípica. Si en algo mi padre destacó, fue haber sido el mejor padre del mundo.

Ante esta imagen no fue difícil el que yo me sintiera orgulloso de ser un beta como mi madre y relucir como ella lo hizo en su campo. Siempre hubo confusiones que me cansé de aclarar, porque quería que me vieran más que como un alfa exitoso o un beta con suerte. Quería que me vieran solo como Víctor Nikiforov: el hombre capaz de hacer historia.

En algún momento, las preguntas dejaron de estar y yo dejé de preocuparme por ello. Aboqué todo mi tiempo y energía en componer, en perfeccionar mi arte y crear cada vez mejor música, encontrando nuevas formas de jugar con ella y expresarme para contar con su belleza las historias que nadie había escuchado y las emociones que el mundo hubiera olvidado. En sorprender al público y sorprenderme a mí mismo, hasta que me descubrí carente de asombro, de magia y de futuro. Hasta que la perfección fue tan esperable que ya no quedaba ningún lugar al que avanzar, y ser perfecto comenzó a convertirse en la norma.

Si llegaras a ver la pared de mi apartamento en la capital, te darías cuenta de que todos los premios que he alcanzado a lo largo de mi carrera, desde mis dieciséis años, son capaces de cubrirla por completo. Y, sin embargo, no llenó nada en mí porque el vacío solo fue incrementando, paulatinamente, hasta hacerse insondable. Al punto que, cuando la noche llegaba y me encontraba solo con la compañía de Makkachin a mi lado, solo podía escuchar y encontrar calma en el vacío del silencio.

Yuuri, dejé de disfrutar la música antes de encontrarte.

¿Qué clase de músico era entonces?

Abro la puerta de nuestra habitación y te veo dormido en la cama. Procuro no acercarme porque no quiero despertarte ni memorar lo que ocurrió antes, el cómo sentí que estábamos en sintonía componiendo una melodía juntos para luego ser arrojado a la cruel realidad de que no, no existía tal cosa. Tan entusiasmado me encontraba que no me percaté que estábamos en octavas diferentes, que nuestros instrumentos desafinados intentaban en vano crear una sola melodía llena de amor y pasión. Solo éramos ruido intentando encajar en nuestras soledades.

¿Eso significó todo esto?

¿Solo ruido?

Me apresuro a lavarme la cara y los dientes, también a desnudarme de estas ropas que ya me pesan. Suelto el aire cuando me enfrento al reflejo y aunque reconozco este deseo de derramarme en lágrimas, lo siento tan insulso que me contengo. Es tan duro pensar en que todo al final se resume en solo una cadena de errores de la cual ninguno se percató hasta que esta nos atropelló y nos hizo cuestionar lo que creíamos correcto. Supongo que todo lo que queda, Yuuri, es seguir con esto. Pensarte del modo correcto…

O convencerte que puedo ser tan bueno como cualquier alfa.

La idea se atraviesa cuando logro posar mi cabeza sobre la almohada, haciendo silencio tanto como me es posible para no despertaste, amortiguado por el sonido de la llovizna de afuera. Me acuesto dándote la espalda y miro con atención las cortinas que cubren la ventana, como si ellas pudieran darme luz sobre lo que debo hacer cuando mi mente ha hecho germinar esta posibilidad y mi corazón, aun doliendo, me suplica que sí. Que lo intente. Que te demuestre, así como le he demostrado al mundo que no tengo que ser un alfa para obtener tu corazón y para complementarte como mereces. Qué es lo de menos, que no importa. Que puedo ser tan apasionado en el amor como uno, tal como te lo he venido demostrando.

Mi orgullo me pide que deje de lamentarme por esta penosa situación y la voltee a mi favor. Que me levante como siempre lo he hecho y no me rinda. Yuuri, tú me has enseñado el amor y la vida que había dejado de lado, ¿voy a yo dejarte con todo ello solo por una simple palabra? Rendirme ahora sería darle razón al sin sentido de que los betas no podemos lograr lo que deseamos, que estamos vetados para el éxito y para el amor y debemos conformarnos con aquellos que a su vez se conforman con nuestra existencia. Convertirme en un número más de la población y dejar de ser lo que soy como individuo. Me niego a hacerlo… Me niego a rendirme contigo, Yuuri.

—¿Víctor?

Tu voz se escucha y me remuevo en la cama para buscarte con la mirada a pesar de la oscuridad. No esperaba oír tu voz en este momento, pero al girar te veo sentado en la cama mientras restriegas tus párpados con las manos.

—¿Qué ocurre, Yuuri? —alzo la voz un poco—. ¿Te desperté?

Al escucharte, me es imposible no sentir que toda determinación de hace unos minutos se apaga rápidamente. A pesar de que no he cedido al deseo de intentarlo una vez más, me duele pensar que, en este momento, en mi imaginación febril estaríamos ya envueltos en una misma sábana, desnudos debajo de ella, tras haber cedido a la pasión y deseo que me provocas. En este momento ya debería haberte tenido en mis brazos mientras acariciaba tu cabello negro y dejaba una estela de besos en tus mejillas. Yuuri, ya te hubiera hecho el amor, lejos de la fiebre de los celos, de los aromas predestinados y toda aquella parafernalia que complican los otros sexos y que agradezco no tener. Porque no hay mayor placer al amar que amar lo que he escogido con base al conocimiento, y por ello yo te preferí a ti.

Tú no respondes a mis preguntas. Repentinamente te levantas de la cama y, antes de que yo pueda decir algo, te veo de pie con solo tu bóxer cubriendo tu desnudez, al borde de la mía. Arrugas tus ojos como si me buscaras en la oscuridad y sí, comprendo que no estés usando tus lentes para verme. No sé qué tan apropiado sería que lo hicieras, mi asombro es imposible de ocultar.

—¿Puedo?

Preguntas, mientras miras con insistencia el espacio vacío de mi cama y yo siento mi corazón latir con tanta fuerza que, estoy seguro, podrías escucharlo. No lo pienso cuando aparto las sábanas para darte espacio, pero no sé qué esperar. No tengo idea de lo que pretendes ahora, Yuuri, y no sé si deba ilusionarme tan pronto.

Tú, con seguridad increíble, te haces espacio a mi lado y no te conforma con meterte bajo las sábanas, sino que te acercas hasta buscar un abrazo. No puedo negártelo, aunque mi corazón esté amenazando con huir, no puedo evitar el abrir mis brazos, darte el espacio que me pides y dejar que poses tu cabeza sobre mi hombro. No puedo hacerlo, aunque todo en mi cabeza ahora sea un caos provocado por ti.

Te quedas en silencio, abrazado a mi cuerpo mientras siento una nota alargada de violín perdiéndose en el vacío. La tensión atenaza mis músculos, impiden que mis extremidades respondan y me coartan de acariciar tu espalda desnuda o buscar un beso, inseguro de cómo debería actuar. De nuevo, Yuuri, me desarmas; conviertes en espuma mis dudas y me haces sentir tan huérfano en tus aguas, en tu poderoso oleaje, que no tengo otra opción más que dejarme envolver en él. Eres como ese fuego que no puede dejar de quemar sin consumirme, solo purificarme.

Entonces, lo percibo. El movimiento de tus labios tímidos tiritando cuando se posan sobre mi mejilla. El roce dubitativo de tus manos sobre mi costado, como si pidieras una vez más permiso, mientras me conviertes en corriente eléctricas. Siento la manera en que tu tacto se revuelve debajo de mi piel como culebrillas y la forma en que tus labios fríos caen como golpes de calor sobre mis poros. Cierro los ojos y todo deja de doler. Tu timidez me envuelve en una melodía tenue, en toques de piano lejanos y cohibidos que buscan seducirme.

Así, mis manos deciden seguirte en esta suave melodía que has iniciado. Mis dedos buscan los espacios entre tus costados para devolverte las caricias y mi rostro te persigue hasta hallar tus labios. Respondes abriéndolos. Quieres tragarte mi corazón, Yuuri, lo presiento. Porque cuando rozo tu boca, cuando respiro tu aire, siento mi cuerpo convulsionar de expectativas al sentirte igual de entregado, como si lo ocurrido antes no significara nada, como si la confusión fuera insuficiente. Como si tenerte y tenernos fuera todo lo que deseáramos en este momento y poco pudiera importar los prejuicios ajenos de siempre.

Nos besamos como si todo lo que sentimos fuera correcto.

Eres música, Yuuri, me conviertes en música en tus manos. Desde que te vi por primera vez haciéndole el amor a tu piano, siempre me pregunté qué clase de pasión encerrabas en la vida. Ahora me lo demuestras, te tomas de mi nuca, me pides que me acerques. Respiras contra mis labios para seducirme a robarte el aire. Me miras con tus ojos marrones que brillan como los portales a mil maravillas y me invitas a besarte, a tomarte, a amarte.

—Yuuri… —me detengo sosteniendo tu nombre sobre mis dientes y contengo el deseo de seguir abriendo tus piernas mientras te siento apretar mis glúteos, invitándome a hundirme también.

Qué más quisiera, Yuuri, qué más quisiera. Pero antes…

—¿Estás seguro? —mi voz silabea la frase, entre el frío temor de la negación y el calor que me has provocado.

Tus ojos solo me buscan. Me miran con atención como si además de crear música fueras capaz de pintarla en el espacio. Como si fueran brochazos de luz ante mi rostro y pudiera inmortalizarme en mil lienzos blancos. Yuuri, ¿qué más eres capaz de crear en mí?

—Sí —respondes, con tu voz enronquecida—. Estoy seguro —confirmas al abrazarme sobre mis hombros—. Ya no tengo nudo del que preocuparme.

Tu respuesta me toma desprevenido al punto de hacerme soltar el aire que tenía guardado en mis pulmones, como si hubiera recibido un golpe seco en el estómago. Luego, me río. Me rio con ganas, me rio con libertad mientras froto mi nariz contra tu cuello, me rio y te ríes conmigo conforme me aprietas en tu abrazo. Nos reímos como imbéciles a pesar de estar desnudos, calurosos y expectantes, porque ahora siento que puedo estallar de amor al sentirte en la misma sintonía, amándome sin medida. Porque el miedo se volvió agua, porque las dudas ya no son relevantes y porque me aceptas tal como soy sin siquiera detenerte a preguntar ni a pedirme nada. Solo amor, y eso Yuuri, de eso pienso darte hasta rebosar.

Y como el amor no puede venir sin risas, nos permitimos reír hasta que nos falta el aliento y nos encontramos energizados. Hasta que nuestros dedos se encuentran en el rostro ajeno y nos miramos seguros y enamorados. Porque sabemos lo que viene, lo mucho que lo queremos y lo correcto que se siente. Porque si esto no es amar, son ellos los que no entienden. Los que no saben lo que es amar por el reconocimiento de esa persona que te hace mejor más allá de la atracción sexual, los que no comprenden que amar es una elección constante de vida. Si nosotros estamos vetados por ello, prefiero mil veces pertenecer a este pequeño porcentaje que entiende que amor es tenerte en mis brazos sabiendo que nada más que nuestras propias decisiones nos han llevado a esto.

Hacer el amor así es sinónimo de libertad.

El borde del mediodía nos encuentra acurrucados con las sábanas enredadas en nuestras piernas juntos a nuestros cuerpos entrelazados. El peso delicioso de tu cuerpo me despierta con un agradable hormigueo que me recuerda que no he movido bien la pierna y seguramente estará dormida por la mala posición. No me importa. Pese a lo incómodo que pueda resultar compartir el espacio de mi cama, mi cuerpo y mi vida contigo en un principio, no cambiaría por nada este despertar; aunque te veo despeinado con tu cabello como una maraña de hojas sin forma y tu hilo de baba me moja el brazo. Ahora puedo olerte y hueles a hombre lleno de sudor y sexo. Me rio al pensar que me encantaría olerte así toda la vida a sabiendas de que es por mí.

A pesar de las ganas que tengo de moverme, me detengo a apreciarte un poco más. A jugar con tus labios entreabiertos mientras los bordeo con mi pulgar y a secar la saliva que se escurre de tu comisura. No eres la epitome de la sensualidad, no voy a mentirte. Pero, aun así, te presentas ante mí de forma tan bella, tan dulce y tan tentadora que no puedo dejar de admirar tu rostro dormido y las arrugas que haces con tu entrecejo cuando dejó caer toque de mis dedos por tu rostro. Eres arte, incomprensible pero tan lleno de vida que no puedes dejar de verlo, de sentirlo, de vivirlo.

Mis constantes picoteos sobre tu mejilla han provocado que arrugues la boca, sueltes un sonido amorfo de tu garganta y te estires incómodo. Dejo un beso en tu mejilla al sentirte bajar sobre mí y me levanto de la cama para asearme y orinar. Quiero aprovechar el tiempo que tenemos aquí a solas y por ello me apresuró a prepararme para salir. Cuando dejo la ducha y vuelvo al cuarto, te encuentro visiblemente adormilado mirando hacia mí con tu rostro arrugado. Me rio al encontrarte así y me apresuró a abrir en par las cortinas, para que la luz del sol penetre en la habitación y verte dar vueltas hasta cubrir tu cabeza con las sábanas…

—¿No quieres salir a comer, Yuuri? —recorro sobre las sábanas tus turgentes muslos mientras intento convencerte de levantarte. Dejo caer besos sobre tus orejas y tu cabello despeinado, mientras contengo las ganas de meterme de nuevo bajo ellas y hacerte el amor una vez más, a pesar de las veces de la noche—. Tengo ganas de que comamos a la terraza, hace buen sol. ¿No quieres, bello durmiente?

—Tengo hambre… —murmuras ronco contra la almohada y te siento removerte bajo mi tacto, casi seduciéndome a quedarme contigo bajo estas pocas telas.

—Entonces muévete para que salgamos a comer. Y cuando regresemos, podemos acostarnos una vez más antes de la presentación de esta noche.

Logro convencerte con ello porque sacas tu cabeza completamente de la sábana y me miras con tus párpados arrugados. Te doy espacio para que salgas y te permito el tiempo que necesitas para asearte, mientras me preparo con ropa casual y un suéter tejido por si el viento de otoño se vuelve un poco más frío. Me emociono con la idea de recorrer estas calles desconocidas con tu mano tomando la mía, con tu cuerpo cerca del mío para compartir y disfrutar del momento. Como una primera cita.

Sin embargo, como siempre, me sorprendes. Me agarras de espalda cuando termino de peinarme y pegas tu cuerpo desnudo y tibio contra mí. Hundes tu frente contra mi hombro y envuelves mi cintura con tus brazos, a los que no tardo en cubrir con los míos para avalar este gesto tan cálido que me hace reprimir un jadeo de ansiedad. Porque todo lo que me provocas, Yuuri, es seguirme hundiendo en ti. Dejarme hundir para bucear en tus profundidades hasta conseguir la nota más alta que pueda dibujar tu garganta.

Pero tú solo restriegas tu rostro contra mi cuello y me provocas despeinar tu cabello húmedo con mis dedos, casi a modo de consuelo.

—Pensé que no vendrías… —me dices, con aún el miedo vertiéndose en tus palabras. Y yo pronto entiendo que hay una conversación pendiente que debemos iniciar.

—Yo pensé que te había decepcionado al no ser un alfa —le hago saber, peinando sus cabellos desordenados—. ¿Realmente está bien así?

—Te amo… —me confiesas y mi corazón retumba de lleno contra mi pecho—. Amo a Víctor. No me importa si eres alfa, omega, beta, hombre o mujer, o ninguna de esas… te amo, Víctor, y tenía miedo… de que te fueras. Nunca pensé que podría amar así y cuando empiezo… quise aferrarme a esto aun a sabiendas de que algo podría andar mal… Y repentinamente, tuve miedo de…

Eres sorprendente, Yuuri… siempre logras sorprenderme. La forma en que tu honestidad fluye sin tregua siempre me deja perplejo, sobrecogido ante tu pureza y admirado de tu valentía que nunca ha dejado de estar allí.

Me giro para enfrentarme a tus ojos rojos por las lágrimas acumuladas, a tu piel blanca y tibia por el baño junto a tu expresión llena de arrepentimiento, dudas y certezas, a su vez. Yo también he tenido miedo, pero me has mostrado cosas tan maravillosas que simplemente me entregué, como aquel barco de papel sobre las aguas, dejándome confiado de que todo cuánto pudieras mostrarme fuera más de esas maravillas encerradas en tus ojos, Yuuri.

También tuve miedo, pero al mismo tiempo he tenido fe de que todo lo que me has hecho sentir también germinara en ti. Y, vez tras vez, noche tras noche aun cuando te negabas a decirme que sí, estuve paciente porque podía ver ese sí ilegible en tu mirada.

Y ahora que tengo la seguridad de que sí, sí logré alcanzarte, que también sientes lo mismo por mí ya no solo por el lenguaje de nuestros cuerpos en la noche sino por tus palabras formándolo como una realidad irremplazable, a mí no me queda duda. Te tomo las mejillas redondas y atrapo con mi pulgar el par de lágrimas que han rodado por ellas. Es fascinante el brillo de tus ojos chocolates y húmedos, como si me invitaran a quedarme allí amarrado de ellos por siempre.

—Yuuri, también te amo —te confirmo y respondes con una sonrisa sosegada. Esto es todo lo que importa Yuuri, todo lo que debe importarnos—. Quiero seguir haciendo música contigo.

Me atrevo a acercarme para besar tus labios ahora con el sabor de la pasta dental y recibo tu abrazo fuerte, potente, que me envuelve en esta dulce certeza de que estamos enamorados. Y que, gracias a eso, mi música ha vuelto a vivir.

Notas de autor: Esto ha sido especialmente difícil. Además de mi resfriado del fin de semana pasado, abordar la perspectiva de Víctor me costó un poco. Increíblemente me había acostumbrado con la de Yuuri.

¿Qué les parece su lado de la moneda? Víctor se me hace una persona demasiado persistente como para derrumbarse por completo gracias a lo ocurrido y sí lo imaginé en plan: cambiar a modo conquista fase dos.

¿Y Yuuri? ¿Esperaban esa forma de resolver todo? Creo que Yuuri es más de acciones que de palabras y que buscaría de alguna forma hacerle ver que no le importaba que el cuerpo de Víctor fuera el de un beta y no el de un alfa.

Ya estamos a solo un capítulo del final y de verdad que extrañaré esta historia.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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