Vetados (Cap 05)


Cap 05: Beta Confundido

Has compuesto dos canciones: «In Regards to Love: Eros» y «In Regards to Love: Agape». Ambas son versiones de una misma melodía, con ritmos y elementos que le dan un sentido opuesto. Cuando me hablaste de la idea, de inmediato mencionaste el recital que quieres organizar en el pueblo. Un recital como ningún otro, dijiste, y empezaste a trabajar sobre ello.

Quieres armar un evento con las personas de este pueblo y sorprender al público. Con esa idea, le pediste ayuda a Yuko para que te permitieran hacer una especie de audición con los niños de los colegios, porque necesitas una coral de voces infantiles en tu versión de ágape. También armaste una audición para jóvenes que supieran tocar un instrumento ya que lo necesitas en la versión de Eros. ¿En verdad estás pensando tomar a un grupo de personas sin experiencia para armar su recital? Sí, por muy loco que suene la idea, es justamente lo que estás buscando. Y no puedo evitar emocionarme cuando te veo tan decidido a hacerlo.

De mi parte, sigo trabajando duro todas las noches tratando de armar la partitura de mi nueva canción. Sé que nunca lo he hecho y he fallado mucho en el intento, pero escuchando a la melodía que improvisamos juntos, voy dándole forma a una composición que no tiene nombre aún, pero que aspira ser el regalo que te daré. Quiero que sea una sorpresa. Quiero terminarla para que podamos ensayarla junto con los otros temas y así, puedas llevártela cuando te tengas que ir del pueblo y de mi vida.

Pero mientras eso ocurre, no hemos dejado de practicar, organizar e improvisar. Nuestra relación no ha sufrido altibajo, más bien se vuelve más y más cercana. He notado que te gusta el contacto físico y pese a mi resistencia inicial, te he permitido ciertos gestos: como el abrazarnos, el tomarnos de la mano mientras caminamos en la playa o cuando corres para lanzarme a la arena en medio de un juego en el que damos vuelta hasta reir. Incluso quedarte agarrado a mí mientras te acuestas, o posar tu cabeza en mi estómago, pierna o pecho, se ha vuelto un hábito que sé voy a extrañar en el futuro.

El verano se acaba y el pueblo que recibió un poco de visitas por sus playas, de nuevo se queda con los de siempre. Septiembre ahora está aquí.

Tras juguetear hasta que el sol empezara a caer, nos encontramos cansados. Me has hecho sentar entre tus piernas y te has quedado pegado a mi espalda, mientras me transmites calor a mis músculos antes tensos. Es deliciosa esta calidez, quiero tenerla para siempre. Por ello mismo, cualquier pregunta de lo que piensas hacer después de esto, cuando no estés aquí, me la reservo para enfocarme en el presente.

Mientras Makkachin está acurrucado en mis brazos, siento tu nariz contra mi cuello, haciéndome cosquillas. No te conformas con saber que me provoca risa, sino que sigues y sigues, como un alfa buscando el lugar a donde marcar a su omega; que, viéndolo en ese sentido, si esto fuera alguna historia de amor entre alfa y omega, el ambiente es propicio para eso.

—Me haces cosquillas, Víctor —te digo, aunque sé de antemano que eso no detendrá tus avances. Ries contra mi piel y me provocas un erizamiento muy placentero—. ¿Me vas a morder? —bromeo con ello.

—¿Me dejarías? —me limito a encoger mis hombros.

—No es como si fueras a marcarme. —No me harás más daño que el sentir tus dientes desgarrando un poco de piel. Tampoco tendrá significado alguno.

—Tienes razón, tampoco hace falta marcarte.

—Sí, no hace falta.

No hace falta porque tampoco esperas atarte al pueblo o a mí. Esto es solo un paso temporal, como una suave brisa; y pese a saber eso y que el sabor se sienta tan amargo, trago y dejo pasar esa mala sensación para enfocarme en lo que tu compañía me provoca. Me apoyo contra tu pecho y siento el filo de tu nariz acariciándome el inicio de mis cabellos. Trato de concentrarme en solo esto.

Miro el cielo pintándose de naranja y violetas. El sol se esconde tras las faldas del mar y el oleaje se vuelve más fuerte y agresivo por los vientos de la noche. Las nubes también se colorean con el cielo, representando preciosos cúmulos de tonos cálidos y fríos mezclándose. Nosotros seguimos aquí, puedo sentir tu respiración calmada contra mi mejilla y quiero grabarme todo esto, quiero memorarlo con todos mis sentidos: el frío de la brisa que eriza mis brazos en contraste con tu calor a mis espaldas. El aroma marino de la noche y la playa, la calma de Makkachin en mi regazo, el sonido de sus respiraciones, del oleaje, del viento frío y de mis pálpitos. Los colores…

Dejo de escuchar todo.

Has sujetado mi mejilla, me has movido para verte y yo, sin imaginar nada, he cedido y ahora siento tus labios sobre los míos. Todo se quedó en silencio, excepto en mi cabeza donde mi corazón parece palpitar como en un campanario, haciendo eco y golpeando las paredes. El roce, tan íntimo, tan suave, tan sabor a menta del helado que comimos hace rato, tan simple… me embarga hasta hacerme jadear de sorpresa.

Mis ojos no se cerraron como los tuyos, no puedo. Los tengo muy abiertos observando tu concentración mientras acaricias mi boca con tus labios, con tal suavidad, que quema. Entonces los abres, tus iris azules confrontan a las mías y puedo verme reflejado en ellas. Toda mi sorpresa y turbación derramándose frente a tus pupilas, mientras que de ti… ¿qué puedo leer? pareces cohibido.

—¿Qué haces…? —logro preguntar, con mi garganta reseca y mi voz fluctuando con el temblor de mi cuerpo. Mis manos tienen frío y tiritan.

—Te beso —respondes la obviedad, mientras relames tus labios tibios. Los míos no dejan de sentir corriente desde aquel roce—. ¿Puedo hacerlo de nuevo?

No… debo decir no. Debería decir no. Sin embargo, Dios, ¿a quién engaño? Las ansias me carcomen cuando veo tus labios y mi corazón se paraliza ante la sola idea. Quiero sentirlo a pesar de saber que está mal. Quiero vivirlo aun con la certeza de que va a terminar. Esta relación con fecha de caducidad sé que me va a doler, pero quiero quedarme con el recuerdo. ¿Hasta qué punto puedo llegar a ser egoísta?

Asiento tímidamente porque todos mis huesos están ardiendo. Tú, con una sonrisa contenta, decides continuar. Cuando tus labios vuelven a tocar los míos, simplemente cierro mis ojos y abro mi boca para dejarme llevar. Ahora, los sonidos vuelven. El mar rumeando, el viento danzando, tu boca chispeando contra la mía y mis latidos volviéndome loco: todo se escucha como una melodía excitante que no quiero que calle. No más.

Estoy siendo egoísta, más creo que este egoísmo terminara haciéndome más daño a mí. No importa, porque el tiempo contigo fue lo que pedí y quiero aferrarme a esta utopía. Por eso, cuando me envuelves con tu brazo y acaricias con tus dedos mi mejilla, me dejo ir entregándome por completo hasta sentir tu húmeda lengua tocando dentro de mi boca. Tiemblo… hace tanto calor. Debo estar quemando porque mi rostro se siente ardiente y suspiro con ansiedad. Mi brazo te ha buscado porque no quiero que te alejes.

—Y-yo… no sé besar. —Se me ocurre decir para justificar mi poca participación, pero solo ríes sobre mi boca mientras tus yemas dibujan círculos en mi pómulo caliente. Tu nariz juega con la mía y eso me provoca cosquillas cada vez más fuerte en mi estómago.

—No parece, pero… practica conmigo —susurras tras sorberme un labio y provocarme un mareo delicioso—. Sígueme.

Y te sigo.

Te sigo, te sigo, te sigo.

El beso se extiende como la música, al infinito. Imparable: acaba una melodía y empieza otra, acaba un movimiento e inicia otro. Interminable… Y para cuando la noche llega, nos seguimos besando.

Besando, besando, besando…

Desde ese beso, no hemos podido parar. No sé siquiera si yo he hecho esfuerzo alguno para hacerlo. Y no, no solo son los besos que a veces se escapan cuando estamos abrazados o de la forma que tienes de apretarme contra tu cuerpo. Más bien, se trata del modo en que se pasa el tiempo cuando empezamos a tocar nuestros instrumentos y la tenue atmósfera de tensión que surge, como si ambos estuviéramos conscientes de que nuestros dedos desean acariciarnos.

Luego de los ensayos con el grupo de jóvenes que pasaron las audiciones, nos entregamos a la música como si fuéramos dos amantes escondiéndonos detrás de los instrumentos; una vana excusa para tratar de no expresar lo que en verdad queremos hacer, aunque intento convencerme de que son solo cosas que interpreto gracias a la naturaleza de mis sentimientos. Que no es que tú me mires así, que no es que el fuego recorre tu espalda cuando te miro al tocar. Y que, si fuera así, ¿qué haré con ello?

¿Qué haré si tú llegas a pedirme llevarlo más allá de los besos que nos robamos mutuamente?

Después del baño me encierro a mi habitación. Vistiendo mi pijama me quedo acostado con los pies aún en el suelo mientras veo el techo de mi cuarto, con los pensamientos aun moviéndose y haciendo ruido en mi cabeza. Las posibilidades son tantas y están tan al alcance que me da miedo extender mi mano y alcanzarlas. ¿Podría llevar mi egoísmo a ese punto? ¿Hasta dónde pueda sentir a Víctor en todo su esplendor y dejarle tocar música sobre mí?

Mi rostro va a quemar, lo presiento, me tapo con mis palmas porque estoy seguro de que va a arder. Mi mente no se queda con sólo dibujar las escenas que podrían ocurrir si tan solo diera el paso, sino que mi cuerpo comienza a reaccionar y tengo que detenerlo. Cada vez se me hace más patético tener que caer en la autoestimulación cuando sé que te tengo cerca, cuando estoy seguro de que, si te invitara tú, como alfa, no te detendrías. Bien… quizás estoy siendo muy optimista, quizás estoy dejándome llevar por la certeza de que te gusta besarme. ¿Qué podría pasar si te permito más?

¿Podré soportarlo? ¿El nudo de un alfa? Sé que los omegas tienen cuerpos mejores preparados para recibirlos, pero un hombre beta no cuenta con esa misma suerte y aunque no es impedimento, significará muchas más consideraciones a tomar. ¿No te parecerá eso igual de fastidioso que soportar el celo de un omega?

Celo… y sí todo ese calor que emanas, esa necesidad de besarme, abrazarme y sostenerme, ¿son solo síntomas de que tu celo de alfa está cerca? No lo había pensado…

—Yuuri —me llamas, justamente ahora que he llegado a una iluminación—. ¿Estás despierto?

El toque suave de tus nudillos a la madera me hace entender que, si no lo estuviera, no es tu intención despertarme. Sin embargo, debido a que la luz está encendida, creo que es evidente que aún no he ido a dormir. Me levanto y tomo aire. Verte ahora que mi cabeza se ha vuelto más creativa es bastante difícil de manejar. No obstante, al abrir la puerta y ver tu cabello despeinado y húmedo por el baño, así como sencilla pijama solo compuesta por una camiseta blanca y short de cuadros, no puedo dejar de pensar en lo afortunado que soy por conocerte en todas tus facetas y que todas las amo por igual.

Me sonríes cuando ajusto mis lentes y cierro la puerta a mis espaldas. La luz del pasillo aún encendida es la única testigo de este furtivo encuentro.

—Me alegra que aún estés despierto —me dices con una sonrisa, al tiempo que me extiendes la tablet a mis manos.

—¿Qué es?

—Mira. Había enviado una solicitud para dar un recital en el restaurant Mappa, sabes lo cotizado que es en la capital —Sinceramente, no lo sé, pero me dedico a leer lo que está escrito en el correo—. Apenas recibieron mi oferta, se mostraron complacidos. Podremos tocar este fin de semana allá.

—¿Eh? —Levanto mi mirada para asegurarme de que estás hablando en serio. No me extraña que te acepten, Víctor, eres famoso, pero yo…

—¿No te parece magnífico? —aseguras con total confianza y yo aún no me puedo creer que el tiempo del recital ya haya llegado—. Esto será solo un ensayo, para lo que viene. —Dios, solo un ensayo… ¿hablas en serio? Podría arruinarlo… —. Yuuri, ¿me estás escuchando? —asiento con un nudo en la garganta—. Ey, es muy pronto para ponerte nervioso.

—No, de hecho, siento que estoy a tiempo para ponerme nervioso. —Intento bromear, pero no sale, no cuando ya siento mi cuerpo temblar ante la situación. Tú solo te relajas, me miras con calma y aunque no hago ademán alguno para buscarlo, tú te acercas y me abrazas hasta cubrir mi cuerpo con tus manos. No puedo negar el efecto analgésico que tengo cuando haces esto.

Me obligo a respirar, a cerrar los ojos, a pensar que todo estará bien. Tu toque tranquilo sobre mi espalda ayuda en el proceso y pronto te devuelvo el gesto rodeando tu cintura con mis brazos y apretándote la espalda con suavidad. Siento tu calor, tan palpable, que puedo marearme y perder la consciencia con él. Además del aroma a tu shampoo, el jabón… bueno, se supone que no es eso lo que debería oler en un alfa, pero no tengo culpa de que mi naturaleza me impida detectar feromonas.

—Apartaré la habitación del hotel para nosotros —me comentas con simpleza y el hecho de que hables en singular me eriza la piel—. Nos quedaremos un par de noches allá.

—¿Hablas en serio…? —le digo—. ¿U-una habitación?

—Doble —aclaras. No es que esa acotación ayude a bajar la temperatura de mis mejillas—. Aunque no niego que me encantaría pensar que solo usaremos una cama.

Dios… Debo ser un farol navideño justo en este momento. Siento mis orejas quemar y carraspeo intentando mitigar lo que ya es bastante evidente. Te ríes, lo haces con gracia y soltura como si solo bromearas y no sé sinceramente si debería tomármelo como juego o empezar a pensar en todo lo que quedará de mí cuando esto acabe. Pensarlo en serio, con la razón, no con este corazón loco que palpita corriendo.

Aunque es difícil razonarlo con claridad cuando vuelves a deslizar la punta de tu nariz en mi pómulo y dejas un beso allí. Aprieto los labios, pero pronto cedo a la necesidad que también tengo de contacto y el beso se concreta sin réplicas.

—Lo haremos bien —me aseguras. Yo me limito a asentir—. Mañana practicaremos lo que tocaremos en esas dos noches.

Afirmo una vez más y me quedo apoyado en tu hombro, con la idea de que quisiera estar seguro de que no arruinaré… nada. Ni con mis ansias, ni con mis miedos, ni con el repentino presentimiento de que no querré usar solo la cama esas dos noches. ¿Debería mentalizarme? ¿No estaré jugando con fuego? Tu cuerpo se siente tan caliente y la posibilidad de un celo me perturba… ¿si esto ha sido planeado precisamente para pasar tu celo conmigo?

—¿Dormimos juntos? —preguntas y solo logras que el calor de mi rostro se expanda y se precipite a todas partes. Vuelvo a hacer ruido con mi garganta.

—N-no. —Y te ríes.

—Algún día dirás que sí.

Ya no lo siento como la confianza con la que hablas y estás seguro de obtener lo que quieres, ya es como una amenaza latente que está cerca de cumplirse. Me sueltas con suavidad, siento tus dedos largos moviéndose en círculos por mi espalda antes de abandonarme. Solo puedo levantar mi mirada para verte y rehuir cobardemente de ella cuando puedo percibir que tu brillo es genuino. Y así, sin más, me despido de forma tan tosca y torpe, que cuando cierro la puerta para que nos separe siento que apenas estoy volviendo a respirar.

Llegó el día del evento. Y antes de ello, he estado durante cuatro días imaginando situaciones indecorosas y muriéndome de vergüenza cuando te veo en el pasillo en las mañanas mirándome con total tranquilidad. Me tratas como si nada pasara, como si todo estuviera bien, como si ya no me estoy planteando que quizás, tendré que prepararme bien, sino quiero que después de ceder al capricho no pueda sentarme en el banquillo la noche siguiente.

Quizás me estoy apresurando, pero es justamente lo que siento que ocurre. Estoy avanzando de largo y a toda velocidad a una depresión en el que he querido lanzarme sin saber qué me encontraré debajo de toda esta caída libre. No hay freno que me detenga y por iluso que llegué a sonar en un principio, no estoy protegido por paracaídas alguno. Estoy plenamente seguro de que si dejo que la cosas avancen de los besos todo se pondrá peor, porque caeré, catastróficamente y me haré pedazos. Yuuri Katsuki, te vas a matar.

Y por mucho que sé esto, cada vez que me tomas de la mano, me sonríes y me alientas a abrazarte, no puedo dejar de verme rodar y rodar por el precipicio… aunque sé que no estoy rodando aún y más bien estoy subiendo cada vez más y más alto; precisamente por eso, en una alusión de las alturas que me llegas a tomar, no estoy midiendo el peligro cuando tenga que soltarte y caer de lleno.

Viajamos en el tren hasta la capital y mi corazón late cada vez más rápido conforme se acerca la hora de la función. En la habitación que alquilaste, ambos descansamos un poco en nuestras camas sin hacer movimiento alguno para buscar más, algo que no sé si me calma o me pone más nervioso. Luego, decido ser yo el primero en arreglarme. Tú lo haces después de mí, con tranquilidad. Y es imposible no desviar mi mirada hacia la forma en que te cubres con la camisa o como se ve tu perfecta espalda a pesar de haberla visto mil veces en todos estos meses.

Calma Yuuri, calma… no es momento de apreciar esto justo ahora, a un par de horas de la presentación. Me dedico a mirarme al espejo, a ajustar mi corbata celeste y a pensar en que debo concentrarme. Hay algo mucho más importante en lo que debo pensar: voy a tocar junto a ti, Víctor Nikiforov, tú has depositado tu confianza en mí para hacerlo. No puedo arruinarlo ni dejarte en mal. Tengo que dar todo de mí para que tu reputación se mantenga en alto.

—Odio esa corbata. —Escucho y es tan inesperado tu comentario que te miro desubicado. Luego veo a mi corbata, que es un regalo de mi padre cuando me fui de la ciudad a estudiar en la capital, hace tantos años—. ¿En serio, Yuuri? Debe haber otra.

—No hay otra, es la que tengo. —Sigo mirándola. ¿Qué hay de malo? Tiene un color celeste bonito.

—Puedes usar una de las mías.

—No voy a discutir por una corbata ahora, Víctor. —Aunque debo admitir que es buen distractor.

—Tengo ganas de quemarla de solo verla. —Ok, ya no puedo contenerlo y te miro con fastidio.

—Víctor, en serio, no voy a discutir por una corbata ahora.

Haces una mueca graciosa denotando tu caprichosa inconformidad y me deleito de ser yo quien la ha provocado, porque es como si tuviera el poder de no darte todo lo que buscas y que también tengas que acostumbrarte a mí. Sin embargo, te acercas y es como si todo poder se diluyera porque ahora siento de nuevo el temblor en mis piernas. Me acomodas un poco la corbata, luego pasas tu dedo por el filo de ella y mientras sigo el movimiento, puedo observar el momento justo en que alzas tu dedo tan rápido para golpearme la nariz.

—Para nuestra próxima presentación, te llevaré de compras.

No debería sorprenderme que tú, como buen alfa, intentes imponerte a mí, ni que quieras lucir mejor. Pero tampoco me das espacio para recriminarlo porque casi de inmediato te inclinas a besarme. Debo ser sincero conmigo mismo, tampoco me quejo de que me beses y me dejes momentáneamente sin palabras. Saboreo el roce suave antes de verme empujado hacia el filo de la cama y que mi corazón empiece a retumbar de forma irremediable. ¿Qué piensa hacer? ¿Tirarme ahora mismo para besarnos y acalorarnos antes de presentarnos?

—Voy a peinarte. —Me avisa al tiempo que me pasas una mano por mi cabello lacio—. Me encantaba como estaba tu cabello en esa presentación.

Oh…

Oh…

Debo dejar de pensar de más, esto va a terminar provocándome un paro cardiaco. Regresas con una crema para peinar en manos y yo estaba casi seguro de que terminaré con una incómoda erección camino al restaurant. Pero al menos, es relajante. Te sientas detrás de mí y empiezas a mover tus manos por mi cabello, echándolo para atrás. Tu toque es tan agradable que no tardo en sentirlo casi adormecedor, aunque aún la corriente caliente que se despliega desde tus dedos me causa cosquillas en el estómago.

—Quiero que des lo mejor de ti esta noche. Puedes hacerlo —susurras a mi oído, para calentarme el alma—. Sedúceme como lo haces en el teatro, Yuuri.

—No dejes de verme… —me golpeas suavemente con un beso en mi oreja.

—No podría hacerlo, Yuuri. Me encanta verte hacerle el amor al piano.

Jamás te he dicho que es justamente de esa forma como me imagino al tocar, así que tus palabras me toman desprevenido y mi sonrojo se dispara; soy capaz de verlo por el reflejo que el espejo me devuelve. Eso, más mi cabello peinado hacia atrás, los lentes y la frente despejada. Eso y tu rostro sonriente abrazándome desde la espalda y tu mirada ardiendo con intensidad.

Después de eso, sin demora, bajamos para tomar el taxi. Los nervios que siento haciendo nudos en mi estómago se van disipando cuando el toque de tu mano me sostiene la mía en medio del camino, firme, pero suavemente. Al llegar al restaurant, somos recibidos por el encargado quien nos habla de donde estaremos ubicados y en qué momento entraremos. Como ya estás habituado, te encargas de todos los pormenores mientras me sostienes de la cintura y yo me entretengo mirando las mesas elegantes y la cantidad de personas que esperan la velada. A pesar de que los nervios quieren inmovilizarme, puedo manejarlos mientras te tengo cerca.

Cuando llega la hora, nos presenta a ambos y nos inclinamos a modo de saludo ante la audiencia que se levanta para aplaudirnos. Me es natural que mencionen los méritos que has alcanzado en tu carrera, como una forma de asegurar la calidad de todo lo que estamos por presentar. Sin embargo, cuando tomas la palabra, no dudas en resaltar que soy el mejor pianista que te ha tocado ver en tu vida y que esperas que todos sepan apreciarlo. Me cohíbo, es inevitable, tanto como es imposible contener el orgullo que me embarga y la forma en que siento mi corazón hincharse de emoción.

Así, tomo mi lugar frente al piano y miro las teclas que están allí, esperando por sentir el peso de mis dedos. Tú te posicionas frente a mi instrumento, justo donde puedo verte y me diriges una mirada elocuente que es mi señal.

Entonces, empiezo a tocar. Las teclas inician formando sonidos tenues, en una melodía que se asemeja a la caja de música de un cuento infantil. Y conforme va avanzando la música y las notas adquieren un tono más melancólico, entra tu violín, suave, casi bohemio, denotando notas como el canto de un ruiseñor en medio de una mañana. Es fácil embeberme en la melodía que adquiere un ritmo cada vez más alegre cuando se une con el violín, como la historia de un par de enamorados que se han encontrado entre los árboles primaverales. Puedo imaginarme la historia que tocas con tu instrumento y puedo acompañarla con los sonidos de mi piano, hasta hacerlo perfecto, darle colores a las líneas y fondo a los personajes.

Me sonríes, como si avalaras el seguimiento de mi música. Te sonrío como si pudiera transmitirte que a veces me siento así cuando hablamos, cuando caminamos frente a la costa y cuando simplemente disfrutamos de este espacio de perfecto mutismo que es cubierto por notas musicales. Que esta podría ser nuestra historia.

Cuando la melodía acaba, seguimos con otra, mucho más tranquila y menos romántica, pero igual de perfecta para seguir mostrándole al mundo nuestra pasión, mientras emitimos gritos sordos que nadie se siente capaz de escuchar o interpretar. El tiempo pasa tan rápido que me es inevitable no pensar que quizás así ocurra con lo que siento, con lo que sucede entre nosotros. Pero lo disfruto, lo aprovecho, amo hacerlo mientras me miras y sonríes con tus ojos, mientras te miro y te emito mensajes codificados a través de negras, blancas, redondas y mudas.

Cada melodía empieza con el toque del piano. A veces con notas altas y graciosas, incluso, con movimientos alegres. En otras, con sonidos graves, profundos y melancólicos. Contamos una historia que se esparce en el tiempo, encuentros y despedidas, fascinación y nostalgia, memorias y recuerdos que no caducan, sino que se siente reales, aun evocándolo tras décadas. Creo que tocaré estás melodías durante toda mi vida, me grabaré este momento y lo disfrutaré, cada vez que vuelva a memorarlo.

Porque sí, esto es para mí hacer el amor. Y en cada momento que toco a tu lado, siento que puedo ser capaz de hacerlo contigo porque puedo percibir la forma en que aumenta tu respiración, cómo se mueve rápido tu pecho, cómo se escapa un suspiro o cómo se presionan mis dedos en tus costados. Porque quizás, quizás, este sea el mejor recuerdo de todo lo que he vivido frente al piano.

Y al acabar, en medio de una pasión que nos envuelve, al punto que duele y arde, los aplausos llueven frente a nosotros y nos reciben como si hubiese sido un acto maravilloso. Me sonrío al recibir el agasajo y mi sonrisa se expande más cuando tomo tu mano y me haces levantar del banquillo, para hacer una reverencia juntos. Luego, recibo tu beso en mis nudillos y me es imposible no sonrojarme frente a todos, además de sentir a mi corazón golpear con insistencia mi tórax. Al final, recibo tu abrazo. Tu cálido abrazo.

Cuando me permito pensarlo, al llegar al hotel, me siento desbordado. Aún la euforia de lo ocurrido llena mis dedos y me siento quemar. Tus ojos están tan encendidos que, a pesar de no querer pensarlo, puedo ver lo que ocurre en ellos y lo que pasa por tu cabeza. Y a pesar de estar sentado al borde de la cama y verte caminar con la copa de champagne recién servida, regalo del restaurant, no puedo dejar de sentirme alerta, como si cualquier cosa pudiera pasar. Esa misma alerta que me hace ver que sí, que sí puede pasar justo ahora.

Te arrodillas frente a mí y me extiendes la copa de champagne para que la tome entre mis manos. Lo hago con un movimiento inerte de emoción y luego la llevo a mis labios porque necesito de alguna manera controlar mis nervios. Haces lo mismo, aunque contrario a mí que bebo tres tragos, tú solo la saboreas. Luego me tocas la rodilla y yo suelto un suspiro.

—Estuviste fascinante hoy, Yuuri. —Bebo otro trago más. Ríes y me acompañas, aunque no has llenado la copa así que no es demasiado por beber—. ¿Por qué estás tan nervioso ahora? Ya la presentación acabó.

—No lo sé… —alargas tu sonrisa y vuelvo a beber del último trago que me queda. Tú saboreas el tuyo, aunque no sé si es intencional ese movimiento que hizo tu lengua al apartar las gotitas efervescentes. Luego tomas mi copa vacía y te levantas para dejarla de lado, junto a la tuya. Me quedo mirando como un tonto la botella.

Tu boca fría busca dejarme un beso corto en mi mandíbula. Luego otro, en mi mejilla y ya me siento temblar. Mi respiración se vuelve difusa, jalo aire y lo suelto tan rápido como lo siento en mi estómago. Tú, sin embargo, como si aquello no fuera relevante, sueltas tu aliento contra mi comisura y esperas.

Hay tanta tensión… es como la melodía que se queda esperando en el silencio a la nueva nota. Como el violín que recibe la vibración y se extiende al infinito. Es como mis dedos cuando escucho el nuevo sonido que hace tu boca sobre la mía, la ansiedad que me embarga y la forma en que abro mi boca porque, ¿para qué mentirme? Sí lo quiero. Tú me abrazas de inmediato, apretándome y yo deslizo mis dedos en tu nuca, invitándote. A pesar de tener el estómago hecho un puño, la sensación envolvente que me deja nuestros besos tomando velocidad, no me permite más que pensar en este momento.

Nos hemos besado tantas veces, pero ninguna como esta. Hay tanta necesidad y abandono que quema cada caricia. Cuando me percato, tengo la cama contra mi espalda, tu cuerpo encima y mi mente yéndose al escusado. Solo puedo vivir el vértigo que tu boca me produce con cada succión y que tu lengua me deja con cada nueva lamida. Por momento, recogemos aire, respiramos acompañados sobre el otro con el calor que tu piel irradia en la mía, como brasas. Y luego, volvemos, volvemos a acelerarnos no en dueto, si no en un duelo por ver quien desordena más a quien.

Cuando presionas contra mi cuerpo, acelerándote, mis manos se entumecen contra tu espalda. Siento tanto calor que todo lo que viene, repentinamente, como un golpe de raciocinio en este momento, es el hecho de que nunca has tenido un celo, que los alfas deben tener celo, que puedes estar teniendo el celo justo ahora y no sé cómo lidiar con eso. Que todo puede ser solo eso, que quizás estoy confundiendo de más las cosas. Y mientras tu boca sigue deleitándose con mi cuello, cuando alzo mi rostro, cuando me permito gemir, mi cabeza levanta alarmas cada vez más ruidosas que dejan mi cuerpo hecho piedra.

Y no te detienes, aunque tampoco me atropellas con la pasión que puedo sentir con el calor que se percibe en tu piel. Solo ralentizas tus movimientos, como un suave adagio que dibujas a besos sobre mi rostro.

—Víctor… —me atrevo a hablar. La garganta la tengo seca, la boca me arde. Tú, en un murmullo, me instas a seguir—. Tú… ¿estás en celo?

Te ríes. Lo haces de forma ronca contra mi pómulo y dejas un beso nuevo justo en mi oreja.

—Puede que sí. Me pones en celo.

Es un movimiento raudo que no me detengo a pensar con claridad. Impulso con mis manos tus hombros hasta obligarte a apartarte y mantengo mis brazos en esa posición al sentarme. Me miras como si no entendiera nada. Claro, que vas a entender si vas a entrar en celo, tus instintos pueden más y de repente, me siento justamente como confesaste que te sentías en la playa, cuando los omegas te buscaban para complacerlos por el celo.

¿En serio lo estaba considerando? ¿En serio lo iba a hacer? ¿Katsuki Yuuri, en serio ibas a dejar que te destrozara a este punto solo por el temor de perder la oportunidad?

No. No lo haré. Mi egoísmo no puede llegar a esos niveles.

—Debes buscar un omega entonces si vas a entrar en celo. —Te digo con seguridad, sin dejarte un solo espacio para que intentes convencerme—. No conmigo.

—Yuuri, no entiendo de qué hablas.

—¡Claro que no sabes! —No reprimo mi malestar—. ¡Vas a entrar en celo! ¡Me has estado buscando solo por eso! ¿No ves que soy un beta? ¡No creo poder ayudarte para eso! ¡Sé que no te gusta estar en celos de omega pero yo…!

—Yuuri…

—¡Pero no pretendas tratarme también como ellos te trataron a tí! ¡No quiero pasar un celo contigo, Víctor!

—¡Yuuri, yo no tengo celo! ¡Soy un beta!

Cuando toco el piano, la presión que le doy a los pedales alarga de forma tortuosa a los sonidos. En este momento, siento que justamente he estado alargando una nota Do profunda, casi macabra, que se quiebra en mi cabeza.

Tú me sueltas. Yo me siento mareado y repentinamente confundido. Te veo levantarte, pasar las manos en la cara y luego en el cuello, con la camisa arrugada, con tu cabello despeinado y con el rojo cubriendo el tono de tu piel. Yo… ¿qué soy yo ahora? Acabas de decir que eres beta… pero eso es ridículo. Tú… tú debes ser alfa. No hay otra forma, es decir, todo el mundo está seguro de que eres un alfa.

—¿En verdad creíste que soy un alfa? —Me callo. Soy incapaz de mirarte, no puedo porque empiezo a sentir que todo el ardor acumulado en mi piel se ha ido a mis ojos—. Vaya, que decepcionante.

—Eres el mejor… —intento hablar, intento justificarme—. Y-yo p-pensé qué…

—Bueno, lamento decepcionarte, soy un simple beta más en este mundo. —No me gusta para nada el tono de voz que usas. Levanto mi mirada, quiero asegurarme de que la forma en que hablas no dice lo que temo escuchar, pero tu rostro es mucho más elocuente. Dios… ¿tanta decepción hay en ti?

Ahora no hay notas alargándose ni perdiéndose ni difuminándose en el espacio. Ahora hay nada. Trago grueso y puedo sentir el recorrido de una de mis primeras lágrimas mojar mi mejilla. Ya no quedan ganas de nada y hace tanto frío que pareciera que el invierno se ha adelantado. Tú, en cambio, te acercas. Acaricias mis pómulos llevándote la lágrima, sueltas el aire como si dejaras ir una pena.

—Voy a caminar, necesito hacerlo. —Me avisas. Yo solo muerdo mi labio para no soltar un chillido de vergüenza—. Tú puedes descansar.

—Víctor… —¿Qué diablos voy a decirle?

—Tranquilo, no pasa nada. —Me dices, dejándome un beso frío en la mejilla—. Lamento que te hayas enamorado de una fantasía.

Hubiera preferido una bofetada. Hubiera preferido eso, Víctor. Pero no, no me golpeas, solo te vas. Y ahora sí, estoy seguro de haberlo arruinado todo.

Notas de autor: ¿Ups…?

A ver, ¿quisiera saber cuántos estaban tan convencidos como Yuuri que Víctor era alfa? xD Por esta razón no puse nada sobre los verdaderos géneros en la sinopsis. Yuuri estaba convencido de que Víctor y todo su comportamiento era por ser alfa cuando no, es un beta como él enamorado. Quería usar esto del relato no confiable desde la voz de Yuuri y espero haber logrado el efecto.

Dios, este capítulo lo ame. Me ponía muy contenta imaginarlos tocar juntos mientras se miran con ganas de comerse. El beso creo que ha sido uno de los más lindos que he escrito de ellos, al menos me quedé satisfecha con la escena. Espero que también ustedes.

Ya solo faltan dos capítulos para acabar este shortfic, espero de corazón que lo disfruten tanto como yo lo estoy haciendo.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Primeros pasos
A %d blogueros les gusta esto: