Vetados (Cap 04)


Cap 04: Beta Encantado

—Quiero componer un concierto —lo dices de repente, mientras el movimiento adagio sostenuto del concierto para piano número dos de Rajmáninov está en la cúspide y yo me encuentro demasiado concentrado en ello. Aun así, he sido capaz de escucharte y me es inevitable voltear a mirarte para entender que tan en serio estás hablando.

Han pasado ya dos meses desde que tú y yo nos reímos en la playa hasta al fin dejar de lado todas mis dudas al respecto. Ahora, además de la rutina que habíamos iniciado antes de eso, hemos agregado noches de tertulias después de comer, donde nos acostamos en la alfombra a escuchar música clásica u otro tipo de composiciones que nos gusta. Jamás pensé que fueses fanático de Star Wars y sobre todo de su banda sonora. Hicimos maratones de otras sagas como el Señor de los Anillos o Harry Potter y, a veces, teníamos debates sin sentido sobre cuál era la mejor composición, eso cuando no nos distraigamos hablando de cuál fue la peor muerte. Nuestras noches pasaban muy rápidos, entretenidas y llenas de momentos donde más que estar con quien es mi inspiración, me siento con un amigo. Y es agradable saberme así en confianza.

Con el calor del verano, las tardes que descansamos y pasamos así nos obliga a estar con ropa cerca y tirados frente a un ventilador. A veces nos quedamos dormidos, sea en las noches después de las prácticas o los días libres que nos tomamos. Es relajante oír música juntos y comentar ciertas cosas. A ti le gusta formar historias con ella cuando la escuchas y me la relatas en voz alta, para hacerme imaginar justo lo que ves tras tus ojos cuando los cierra. Es como ver películas hechas solo para mí.

El que tenga este nivel de afinidad con un alfa no es raro para mí, ya me había pasado con Phichit. De hecho, es natural esto porque al ser un beta, los alfas suelen relajarse igual que los omegas, al no sentirse en peligro constante por lo que pudiera ocasionar un celo y no tener el problema de si percibimos su aroma o no. Es natural, no somos enemigos.

Justo ahora, que por tu silencio pensé que te habías quedado dormido como suele ocurrir, me sorprende que salgas con semejante idea. Te miro intrigado, aunque hay una sonrisa que baila en mis labios que intento mantener cerrados para que creas que me lo tomo en serio.

—Quiero componer un concierto, Yuuri. —Te giras para dirigirme la mirada y yo solo busco alguna muestra de que estás bromeando. Eso es otro nivel, aunque no dudo que puedas hacerlo. ¿Componer un concierto? Suena alucinante.

—Un concierto, ¿en serio?

—¿Por qué no? Imagina… ahora vamos a escuchar la composición de Nikiforov, concierto de violín y piano número uno, en do mayor —lo dices mientras alzas la mano al aire como si vieras algún aviso. Luces tan gracioso que me es imposible no reírme a esta altura.

—Suena muy bien —me acomodo sobre mis brazos, boca abajo en la alfombra mientras te sostienes de tu costado—. ¿Qué imaginas?

—Puede ser algo allegro en el inicio. Aunque me gustaría un intermedio en moderatto, para luego pasar a prestísimo; pero quizás…

—¿Quizás necesitas un pentagrama en la mano?

—¡Eso Yuuri! ¡Saca tu piano!

No es que tenga un piano, es solo un teclado usado que me compró mi padre hace años y que estuvo arrumado en la habitación desde que me fui. Ahora lo hemos vuelto a usar, lo hacemos cuando te llegan esos momentos de inspiración. Ya ha pasado varias veces, pero por lo mismo estoy seguro de que tu idea de concierto aún no se va a concretar porque tienes muchas ideas sueltas que no han llegado a ser representativas. Sin embargo, me gusta cuando puedo estar allí mirándote, aprovechando ese tiempo para conocer de ti y de tu obra.

Por eso me apresuro a ir a mi habitación para buscar el teclado, regresar y conectarlo en la sala, mientras llegas con el pentagrama en mano y un lápiz. Nos sentamos en el mueble. Tomas el piano para ponerlo sobre tus piernas y yo tomo el pentagrama porque soy el encargado de anotar cuando eres quien toma el instrumento. Empiezas presionando algunas teclas, pero estás indeciso. Mis ojos van desde tus manos que se muestran inquietas sobre el teclado y tu rostro que hace muecas divertidas mientras piensas. Cuando te concentras, muerdes los labios, rozas con tu índice el mentón (o con ligeros toques) y luego haces una perfecta ‘eureka’ que me hace reír. Eres tan expresivo que puedo saber perfectamente el avance de sus pensamientos con solo observarte la cara.

Al cabo de una hora, ya tenemos más o menos una composición que has estado creando y yo escribiendo según me indicas. Pero cuando la lees de nuevo, no pareces conformarte con lo que has obtenido y empiezas a compararla con las otras anotaciones que tienes. Yo miro y observo todo el proceso, sin poder dejar de sentirme fascinado y hasta privilegiado. Quizás hoy no saldrá un concierto, pero me siento tan feliz y tranquilo que no importa, que no hace falta. Que está bien así.

Al final, te rindes. Reniegas con un movimiento firme y dejas todas las hojas sobre tus piernas, para luego bostezar y estirarte. El bostezo me lo contagias y termino haciendo lo mismo, frotando los párpados cansados que ya quieren cerrarse. Aprovechas mi distracción y me pellizcas la mejilla, yo apenas tengo tiempo de apartar el rostro y mirarte en clara reprimenda.

Me quedo en silencio, esperando. Tu mirada está sobre mí y me he acostumbrado a ella de tal forma que he dejado de sentirme nervioso. Solo cierro los ojos cuando pasas tus dedos por mi mejilla, como si pretendieras consolarme del pellizco y yo emito otro bostezo que pronto se te contagia. Debe ser tarde ya.

—¿Dormimos juntos? —Te levantas del mueble con un gran estirón y me invitas de nuevo, a pesar de saber mi respuesta noche tras noche.

—No.

Pese de mi negativa, no puedo evitar el sonreírme como si fuera una clase de juego tonto e inocente. Me guiñas el ojo de esa forma coqueta, como si usara todas tus armas alfas o pretendieras hacerlo.

—Algún día me dirás que sí —aseguras.

Y al despedirte para dejarme, solo suspiro. Porque no podría demostrarte que, pese a no ser omega, no detectar tu aroma ni tener nada que ver con lo biológicamente correcto: si me gustaría, a veces, que esto fuera más que un juego.

Según tus palabras, cada vez te sientes más inspirado. Me alegra pensar que el tiempo que pasamos juntos tenga algo que ver. Quizás estoy siendo muy optimista, algo raro para mis constantes ataques de ansiedad y mi desconfianza de lo que soy capaz de hacer; pero me gusta pensar que yo tengo algo que ver en tu creciente inspiración la cual es capaz de crear maravillas con tus manos.

En las tardes, nuestras prácticas ya no tienen que ver con el seguir y comprender el estricto rigor que existen en las partituras, sino en improvisar. Me das un par de notas y yo debo dejarme llevar. Los círculos armónicos se derraman en mis manos y es como si pudiera empezar a danzar entre las teclas. Parece gustarte que lo haga y tu expresión llena de gozo me inspira a continuar, hasta que me duelan los dedos. No puedo cansarme, es como si me llenara de energías eternas.

No suelo abrir los ojos al tocar, era una de las cosas que siempre me puntualizaba Celestino. Cuando estoy tocando, me inmerso tanto que dejo de ver todo, eso provoca que el tempo se pierda y se siga bajo mi ritmo, que en cierto modo podría funcionar si es que no tuviera que tocar con otros. Pero me he hallado con cada vez más facilidad de mantener los ojos abiertos y observar tus expresiones, para así saber en qué momento aumentar o bajar la velocidad y qué puedo provocarte cuando quiero jugar entre las notas y hacerla saltar entre mis yemas.

—Haz algo con Mi bemol, Yuuri. —Pides mientras caminas a lo largo del espacio, como si esperaras el momento en que yo dibujara un nuevo escenario sobre la madera con mi música.

Miro las teclas por un momento quizás largo. Tomo aire y cierro mis párpados. Al presionar mi mano izquierda sobre ellas, sigue la melodía en descenso que interpreto con el movimiento de mis dedos derechos. Empiezo así, es un ritmo en una velocidad estable, ni muy rápido, ni muy lento. Las notas se esparcen con facilidad de entre mis yemas, mientras son acompañadas con la fuerza de mi zurda, manteniendo el tempo necesario. Las blancas se cuelan en mi izquierda y mi derecha juega entre notas rápidas, ágiles, en alegro que va en aumento. Puedo oír en mi cabeza como podría escucharse la percusión de fondo y una coral de violín a mi espalda. Que sigan al ritmo que impulsa mis dedos, que se muevan de la forma en que yo muevo mis manos. Las teclas son tocadas y acariciadas en movimientos rápidos, más no fuertes. Son como suaves tonalidades de alegría que se dispersan.

Podría ser que esta es mi vida, ¿no? De repente me siento con ganas de tocarla. Todo lo que he hecho para continuar junto a todo lo que he aprendido durante estos años. El momento en que dejé mi casa, la forma en que tuve que tragarme la derrota y cuando volví, sin rumbo. El silencio que hago en ese punto sólo acompaña las ligeras notas que se escapan de mis dedos derechos. Mi izquierda adormece un sonido de fondo, está esperando el momento de acompañarme. Porque allí, por un instante, me sentí solo. Y eso puedo sentir en el vacío que se queda entre el toque de mis manos, en cada nota. Sin embargo, no pude quedarme allí. Yo quería ver el modo de superarme, quería volver a intentarlo. Mi mano derecha se mueve más confiada, buscando ese camino para sacarme de la oscuridad en la que entré y anima a mi izquierda a seguirme, como si hubiera visto la luz para escapar.

Y lo logré… pero no solo. Llegaste. Apareciste de forma rápida y las notas vuelven a aparecer, tan vibrantes, tan llenas de energía, tan estimulantes, así como aterradoras. Debo admitir que sí estaba tenso. Debo admitir que sí tuve miedo. Estaba nervioso de lo que podría pasar si me abría, de lo que podría ocurrir si permitía a mi corazón aferrarme a la locura de que sí habías venido a hacer conmigo ese sueño anhelado. Pero lo hice y contigo siento una orquesta tocar. Lo hiciste y contigo has traído música, violines, tambores, poesía. Lo lograste y…

El violín está aquí. No está en mi cabeza, está aquí. Abro los ojos y te veo tocándolo con tu atención en mí, con tus ojos puestos fijamente en donde mis dedos corren, como niños en la pradera, entre las teclas del piano. Una euforia se revuelve en mí al notarlo, es la primera vez que lo siento de esta manera y me dejo llevar. Esta vez no cierro mis ojos, esta vez tampoco te doy espacio para tomar el protagonismo. Solo toco y hago danzar mis manos en el teclado con velocidad, con pasión, con mis ojos fijos en ti. Haces la perfecta compañía, tu violín canta entre mis notas, lo acompaña como una suave brisa que agita las hojas del viento, con una hermosa música.

‘No te detengas’, puedo leer eso en el movimiento de tus labios, que callan la voz para no estropear el momento.

No me detengo.

Toco, toco, toco. Me desvivo. Cierro los ojos, respiro, siento el calor moverse por mis extremidades, la forma en que la música llueve y moja mi cabeza. El roce de tus labios lloviendo sobre mi cara, tu piel mojando mi cuerpo, tu sabor…

¿En qué demonios estoy pensando?

Un sonido estruendoso corta la inspiración y mis manos caen como piedras contra las teclas. Mi corazón se ha acelerado y puedo escucharlo en mi oído. Un profundo silencio nos envuelve, mientras que mi cuerpo se ve invadido de corriente y una honda corriente gélida llena la punta de mis dedos.

—¿Qué ocurre? —preguntas. Me siento incapaz de mirarte, mucho menos de contestar. Acaba de salir algo que me aterra y que no tiene sentido, pero suelto el aire y te escucho acercarte—. Te has puesto pálido, ¿estás bien? —asiento. Despejo mis manos del piano y las escondo entre mis piernas temblorosas, pero eso no parece calmarte, mas bien insistes hasta obligarme a subir el rostro. Igual, desvío la mirada a un lado—. Estás bastante pálido, Yuuri. Si no supiera que eres beta, pensaría que vas a entrar en celo o algo así.

Qué ironía. Sonrió de lado y solo reniego, aunque siento la inevitable sensación de humedad que empieza a llenar mis ojos. Quiero llorar, mas no de dolor sino de burla hacia mí mismo. ¿Cómo iba a olvidar algo tan real como esto?

Eres alfa, seguro esperas a tu destinado o establecer una familia con un omega, o un alfa/beta mujer que te permita tener hijos. Pero prefieres los omegas, ya lo habías dicho, tus antiguas relaciones fueron con ellos y aunque puede que te parezca fastidioso el celo, definitivamente está en tu naturaleza responder a él.

Y no es que haya querido ser algo distinto a un beta antes, no me lo había planteado. Y en tal caso, sería para ser un alfa varón, lo cual sería aún más reprochable si me fijaba en otro. Eso sin contar que seguro sería igual de defectuoso…

—Voy a buscar un vaso de agua, me preocupas —dices mientras pretendes despedirte. El beso que dejas sobre mi cabeza duele, duele indeciblemente.

Es ridículo siquiera mencionarlo. Cuando me quedo solo, froto mis párpados para secar las lágrimas acumuladas y respiro hondo, resignándome de inmediato. No hay nada por lo cual pelear, no hay razón para siquiera llorar por esto porque es ridículo, lo es desde el principio. Solo le daré el peso que tiene y dejará que se deshaga todo. Después de todo, lo que está ocurriendo contigo es temporal y seguro cuando acabemos el debut y hagamos la colaboración, tu y yo tendremos que separar nuestros caminos porque te esperan grandes cosas y yo deberé seguir mi carrera tras tus pasos.

Así, sin más. No hay que darle nombre a aquello que debe ser enterrado. Estos sentimientos que estoy despertando por ti deben morir aquí. No quiero que algo como esto me arruine la oportunidad de convivir contigo, porque esto simplemente no va a avanzar.

Insististe en volver a casa, asustado y preocupado aún por mi estado. La verdad, acepté porque necesitaba estar un momento a solas.

En la oscuridad de mi habitación, me he dedicado a pensar una y otra vez en mis posibilidades para terminar de matar aquello que quiere nacer. Han pasado tres meses desde que nos reímos en la playa, cuatro desde que llegaste. Siete desde mi fracaso en ese recital. El verano está en su mejor momento y el otoño espera por llegar. El tiempo es una forma bastante idónea para darle fin a esto, porque el tiempo es acotado. Como toda melodía, está condenada a acabar. Igual que esto.

No quiero que esto acabe de forma triste, no quiero darte un adiós con la sensación de no haber aprovechado el tiempo. Quiero que cuando debas irte, te lleves de mi algo que te haga recordar este tiempo como uno de los mejores que has vivido. Quiero ser egoísta en ese sentido; desear dejarte una marca imborrable que perdure con el tiempo es quizás lo más arrogante que he pensado en mi vida. Pero quiero creer que sí es posible.

Debo encontrar un modo de hacerlo. Quizás es todo lo que pueda darte en agradecimiento a las fuerzas y la nueva motivación que inyectaste en mí con tu llegada. Tendré que pensarlo detenidamente, mas estoy seguro de que no descansaré hasta lograrlo.

Me levanto mucho más tranquilo, tras haber puesto en orden mis emociones y decidido el rumbo de mis acciones futuras. Me animo a salir para buscar un vaso de agua y me quedo viendo el cielo oscuro de la noche, despejado por la ausencia de nubes. Abrazado a mi pierna, solo pido un deseo a cualquier entidad que esté allá y quiera escucharme. Un poco más de tu tiempo, es todo lo que pido. Tiempo para poder retribuirte como mereces.

Durante todos estos meses, he descubierto tantas nuevas expresiones de ti que ahora estoy lleno. Y aunque sé que acabará, creo que tengo suficiente para vivir de esto durante toda mi vida. Dejo que los pensamientos se muevan como un riachuelo, con calma, igual que mi respiración carente de exaltación. Me dijiste que me darías pronto la fecha en la que querías debutar, aunque no tengamos mucho con lo cual hacerlo. No sé qué planeas, pero daré lo mejor de mí esa noche para que sea inolvidable.

Mi pensamiento se detiene ante el sonido de mi móvil. Cuando reviso, en la mensajería privada está tu ventana parpadeando con una nota de voz. Pensé que me dirías algo en especial para las prácticas de mañana, pero lo que escucho es la música que estaba tocando esta tarde, antes de que cayera sobre mí como un yunque la verdadera naturaleza de mis sentimientos por ti. Después de escucharla, fascinándome por lo bien que se oye el dueto de las cuerdas de tu violín con mi piano, decido que mereces también unas disculpas por el abrupto momento de la interrupción.

Me animo a levantarme y me dirijo hasta la habitación que ocupas en casa. En cuestión de nada, escucho los ladridos de Makkachin y sus toques contra la puerta, aún si yo no había alcanzado a tocar la madera. Abres unos minutos después, con un par de audífonos colgando de tus hombros desnudos y un sencillo pantalón que te cubre. Yo me agacho a acariciar la cabeza de tu mascota y luego levanto la mirada para verte.

—¿Cómo sigues? —preguntas de inmediato. Yo antes de responder miro hacia atrás, entre tus piernas, para ver el teclado en la cama con algunas partituras.

—Estoy mejor… —vuelvo a levantarme—. ¿Estás ocupado?

—No. Pasa.

Me das espacio para ingresar a la habitación que tú has decidido decorar a tu gusto. No sé qué piensas hacer con todo este mobiliario cuando te toque irte. ¿Lo venderás? ¿o se lo regalarás a mamá? No estoy seguro. Pero como no es algo que sea importante ahora, me siento en la cama y reviso las hojas desperdigadas, dejando de prestarle a aquello la atención que no merece.

Te sientas a mi lado, sin dejar de mirarme. Parecieras esperar el justo momento en que vaya a tener un desmayo para sujetarme y tu preocupación además de provocarme un calorcito, me hace sonreír. Pero no, nada de poner caras de idiota ahora.

—¿Seguro estás mejor? Estaba pensando que quizás estoy exagerando con tu dieta, aunque estabas bien hace unos días —continúas preguntando. Yo en cambio, no dejo de ver las hojas en mis manos, con curiosidad.

—Estoy bien Víctor y no es eso. La verdad… no había despertado con tanta energía nunca en mi vida. —Te sonrío un poco para calmarte y parece funcionar. Me devuelves el gesto y me despeinas con tu mano—. ¿Qué es? —sacudo las hojas para hacerte ver de qué hablo. Ahora aumentas tu sonrisa.

—Mi nueva composición.

Dios… no puedes hacerme esto justo ahora que siento que todo está claro y la razón de mi calma contigo obedece a algo más que una costumbre rutinaria. Te deslizas para acostarte y apoyar tu cabeza en mis piernas, provocándome un vacío en el estómago. Te miro como reprendiéndote, pero solo me sonríes en ese tono inocente.

Si, claro, maldito alfa. Como si no supiera tus intenciones. Pero aquí caigo, de nuevo rendido a tu increíble carisma y dejándome doblegar por este sentimiento que ya tiene forma. Dejo que mis manos caigan en tus cabellos y peinen tus hebras en medios de las caricias calmas que sé disfrutas.

—Es una composición basada en el amor. Tengo dos versiones, la he estado trabajando durante estas noches por más de dos semanas.

—Y no me habías dicho —reclamo. Ríes sobre mis piernas.

—Quería sorprenderte cuando ya estuviera completa.

—Se ve muy buena…

Me estiro para provocar que te levantes y así poder controlar un poco el calor que tu cercanía me provoca. Me muevo hasta el piano y ahora este ocupa el espacio que abandonaste en mis piernas. Coloco las partituras en posición y ajusto mis lentes, mientras tu peso reposa sobre mi hombro. Hasta ese momento analizo que ni siquiera te he pedido permiso de hacerlo, así que me quedo en silencio, esperando si de ti obtendré alguna especie de traba. Por el contrario, dejas un beso electrizante en mi hombro.

—Hazlo, me gustaría escucharte.

Atraparé todas estas sensaciones en un frasco que veré cuando te vayas, como pequeñas estrellas que brillen en la oscuridad. Como un pedazo de noche arrebatado del espacio, lo convertiré en mi regalo para así disfrutar de cada nueva emoción mientras me resigno a abandonarla de nuevo.

La primera composición se llama “In Regards to Love: Eros”, es rítmica, vivaz y hay algunas anotaciones de los instrumentos que deberían estar. Has pensado esta pieza especialmente para un violín como principal, sin embargo, la melodía puedo interpretarla con el piano.

—Eros trata del amor pasional, de aquel que tienen los amantes —me explicas—. El calor y el estupor de la cercanía, las llama del deseo que nos llena a todos.

Solo un alfa podría hablar así del amor, con esa intensidad. Yo no sabría hacerlo porque jamás la he vivido y quizás lo que estoy sintiendo ahora es poco para lo que tú puedes sentir cuando encuentras a tu persona amada.

La ejecuto. No está completa pero lo que existe ya soy capaz de interpretarlo en el tiempo adecuado, con la técnica que es necesaria y sin dejar mi pasión. Quiero imaginar que de algún modo puedo transmitirte el agradecimiento que siento hacia ti, ya que el sentimiento que viene después de eso es mejor que se quede en el silencio. Toco para hacerlo, trato de comunicarte de este modo mi profundo amor y tú escuchas mudo. Dejas que todo te envuelva: mi amor, mi música.

Cuando acabo, tomas mi mano izquierda y besas mis nudillos. Es la primera vez que lo haces y ha sido como sentir tu beso directo al ombligo.

¿Cómo se puede sentir así con tanta fuerza? ¿No que acaso los betas no conocemos del amor?

—Amo la música que haces con tu cuerpo, Yuuri —murmuras y siento que tengo lava en la sangre. Todo mi cuerpo empieza a quemar y puntos de calor se concentra en varias partes de mi cara—. Por qué no es solo con tus dedos o manos, es con tu cuerpo que la haces.

—¿M-mi cuerpo?

—Sí, cuando tocas, todo tu cuerpo se mueve. Pareces una orquesta sinfónica, puedo escucharla —dices sin dejar de sujetarme la mano y sonreírme.

¿Cómo demonio debería responder a esto? ¿Es real? Siento humo en mi cara, humo caliente, como vapor…

Repentinamente, me abrazas. Tus brazos me rodean y yo me quedo mudo mirando un punto en la pared, con los latidos golpeándome el tórax y la seguridad de que bien podrías estar escuchando. Mi cuerpo se estremece bajo tu toque, pero tú solo has posado tu barbilla en mi hombro. Es tan desbordante y tan demoledora esta sensación de felicidad, que es como un fuego que emana por todas partes, como un geiser que se va abriendo paso en la aridez de la tierra. Siento la garganta seca, pero, aun así, te respondo el abrazo y trató de imitar la calma que tienes y soy incapaz de sentir.

No puedo dejar de sonreír. Es tan increíble esto que siento, que me dejo llevar por él. Este es el tiempo que tengo contigo, las estrellas que quiero coleccionar para cuando llegue el final. Tengo que disfrutarlo, aunque duela después.

—Ah… estoy tan feliz de que estés bien. —Como buen alfa, me olfateas el cuello como si buscaras reconocer algún aroma. Seguro todo lo que puedes oler es jabón, pero me rio porque me haces cosquillas—. Quiero escucharte tocar por siempre.

Ay Víctor… si supieras. Aguanto el temblor de mi garganta y la humedad de mis ojos, mientras te aprieto más.

Tú quieres oírme tocar por siempre… yo quiero que no te vayas nunca.

Notas de autor: Cosa hermosa, cosa bien hecha. Llegué a la parte que quería publicar, cuando todo empieza a tomar forma y el enamoramiento ya está en el aire. Ya Yuuri está enamorado, ¿qué creen de Víctor?

Publico hoy y no mañana porque tengo que concentrarme en un trabajo, así que dejo adelantada la actualización. De aquí solo faltan tres capítulos para acabarlo. Espero les guste el desarrollo de este pequeño shortfic que no tiene mayores pretensiones, pero al que le puse mucho cariño y love victuuri xD

Por cierto, ¿cuál creen que tocaron esta vez? ¿Ya vimos mención de Eros pero antes…?

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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