Vetados (Cap 03)


Cap 03: Beta Obstinado

Después de casi un infarto, tuvimos que hablar. La noche fresca de abril es perfecta, porque además de la brisa que ayuda un poco a mitigar el calor y la ansiedad que me embarga, es silenciosa y tranquila para que podamos caminar sin que haya nadie que pueda observarnos o acercarse.

Nos detenemos frente al boulevard. Con los faroles encendidos y sentados contra los bancos de concreto, nos quedamos en silencio mientras las aguas alborotadas del mar hacen espuma al llegar a la arena y acariciarla. De repente me siento con frío. Ya no sé si es producto del clima o de mi propio miedo a escuchar lo que tienes que decir. Has estado en silencio durante todo este tiempo y no estoy seguro de si esperas que te responda la pregunta que me hiciste justo en el instante que pensé me había quedado sin corazón.

Makkachin, tu enorme caniche, juguetea entre los matorrales mientras bate su cola. No parece molestarle la arena que se levanta por el viento y le golpea el hocico. Según me dijiste antes de convidarme a caminar, te diste cuenta de mi salida gracias a que Makkachin te despertó al escucharme salir. No quiero saber por qué razón decidiste seguirme con eso, pero me es imposible no dedicarle miradas de regaños al can que se mofa ignorándome ahora.

—De haber tocado así esa noche, hubieras dejado a todo el teatro en silencio.

Finalmente hablas, solo que has decidido comentar precisamente esa noche que preferí encerrarme a llorar por un ataque de pánico antes que salir; que mojé mi camisa y mi pantalón de sudor, con el frío metido en los huesos y la sensación de ver miles de finales catastrófico: donde yo olvidaba las notas, donde dejaba de ver las partituras o donde vomitaba en los zapatos de Celestino.

Había practicado por tanto tiempo, para al final arruinarlo de la forma más patética. No es precisamente de eso que me quiero acordar, pero persistes.

—¿Por qué no tocaste así esa noche? La noche anterior lo hiciste muy bien.

Era un solo… de mí no dependía todo el grupo, solo estaba yo y debo admitir que no dí lo mejor porque no pude seguir el tempo correcto y muchas veces me vi obligado a improvisar. No fue buena presentación y por eso estuve seguro de que lo arruinaría. Hoy en día, sigo seguro de ello, tan seguro que es vergonzoso admitirlo.

Hace frío así que me abrazo a mis rodillas, sin querer verte a los ojos para ver la decepción que debes tener en ellos. Tanto tiempo perdido en un viaje infructuoso que, en gran medida, no debiste emprender. Si yo fuera de tú, estaría buscando mi pasaje de regreso.

Pero no, me sigues mirando como si de verdad estuvieras esperando que te contestara algunas de tus preguntas. ¿Estarás pensando que soy grosero? ¿Creerás que simplemente no tengo ánimos de hablarte? ¿Cuánto tardarás en cansarte?

—Me gustó mucho como tocabas hoy. —Continúas—. Esa pasión es lo que vine a buscar. ¿En qué pensabas cuando tocabas?

—Víctor. —Me animo a hablar—. ¿Qué viniste a hacer aquí?

—Ya te dije, vine a prepararte para que toquemos juntos.

No entiendo… sigo sin entenderlo.

Te levantas y das un largo estirón. Me quedo mirando tu espalda mientras la franela ancha que llevas puesta se agita por la brisa que golpea de frente a nuestros rostros. Tu cabello claro se mueve también de forma desordenada. De repente, tengo la imagen muy clara de tu cabello largo cuando eras un adolescente y me vuelvo a sentir ese niño de doce años.

—Y-yo… —carraspeo, para aclarar mi voz. Ni siquiera me detengo a verificar que has volteado a verme, solo me dedico a observar los surcos abandonados en la arena—. Y-yo no pude tocar así esa noche porque tuve miedo. Lo había hecho mal en la noche anterior, temí dejar mal a todo el grupo, equivocarme, olvidar las partituras. Por eso… por eso no toqué esa noche.

—¿En serio? —Quisiera hundirme en la arena—. Entonces fue miedo…

Puedo ver como acaricias tu mentón con el índice, como si pensaras en algo importante. Te miro para asegurarme de la sinceridad de tus respuestas, aunque no puedo decir que soy capaz de leerte con facilidad. Repentinamente, me regresas la mirada y siento de nuevo calor en mi rostro. La intensidad con la que sueles mirar tiene ese efecto, algo inherente en un alfa.

—Entonces deberé enfocarme en mejorar tu confianza. —Luces seguro—. Haré que veas lo que yo veo cuando tocas como hoy. Y haré que el mundo lo vea. Solo yo puedo hacerlo. —Le observo cohibido—. Pero para eso necesito que pongas de tu parte. Quiero que me muestres todo de ti.

Mi maestra Minako me dijo que, aunque fuera algo momentáneo lo que ocurría contigo, aprovechara la oportunidad. Que pensara en mí, en mi sueño, en lo mucho que me niego a rendirme para alcanzarlos. Si hay alguien que me ha impulsado siempre, has sido tú, ¿quién mejor que tú para seguirlo haciendo? Y tú has venido por tu cuenta, viste algo en mí, quiero creer que con ese algo puedo convencerte, sorprenderte y cumplir ese anhelado momento de tocar un recital juntos como me lo has sugerido.

Ella tiene razón, no debería desaprovecharlo. Aún si no entiendo cómo esto llegó a ocurrir, lo importante es que está ocurriendo. Las oportunidades no aparecen siempre y hay que saber notarlas para aprovecharlas.

Decido. Me lanzaré de lo alto, protegeré a mi corazón convenciéndome en cada día que esto puede terminar y tomaré de ti todo lo necesario para que cuando eso ocurra, esté más cerca de lograr mi sueño, de escribir mi propia historia, aunque sea un simple beta, aunque no seamos protagonistas de ninguna.

Parece que puedes leerlo cuando te miro, porque sonríes convencido mientras me extiendes la mano. Yo la tomo y aprieto con fuerza, aun con los nervios en la punta de mis dedos. El viento, el único testigo, sopla entre ambos como si marcara una mortal diferencia que no puedo olvidar. Eres alfa, yo soy beta y esto es solo una colaboración artística.

—Daré lo mejor de mí —aseguro. Siento la tensión de lo que lo estoy asumiendo en mi espalda, pero respiro hondo e intento mantener la mirada.

—Sacaré lo mejor de ti. —En cambio, dices.

Y así empezamos esta extraña colaboración.

La rutina contigo es bastante apretada. Es fácil comprender que eres un hombre de ciudad, acostumbrado a una amplia cantidad de actividades que te hacen ser lo que eres, un alfa dedicado, apuesto y exitoso.

Desde temprano, te levantas para hacer ejercicio. Rodeas con un trote calmo y persistente las cuadras de la ciudad y saludas a todos los que te encuentras en el camino, mientras Makkachin te persigue. Para ese punto ya habías comido algo, por lo tanto, tienes resistencia para estar una hora de trote antes de volver. Ya en casa, te das un nuevo baño, vuelves a comer y de allí salimos al teatro a practicar. Como no tengo un piano en casa es necesario tomar el de aquel lugar.

Luego de las prácticas, al medio día, comemos en casa y volvemos al teatro en la tarde para solo escucharte tocar el violín. Prefieres hacerlo allí por la acústica y mientras lo interpretas, solo puedo mirarte. Al final de la tarde caminas con Makkachin en la playa, juegas con él y te detienes frente a la costa, disfrutando del viento. Y en la noche, tras charlar con mis padres, empiezas a cabecear temprano para dormir.

Por cosas de la vida, he acabado siguiéndote en esa rutina desde las mañanas. Me has asegurado que para poder enseñarme y sacar lo mejor de mi talento, debes conocerme y el tiempo que pasemos juntos es vital. También has dicho que todo mi cuerpo es mi instrumento musical más importante y que debo cuidarlo con la dedicación que le ofrezco al piano al limpiar las teclas. Por esa razón, me has impulsado a moderar mi dieta y a hacer ejercicios contigo.

Los primeros días pensé que me iba a morir. Nunca fui dado a hacer tanto ejercicio, he sido un poco propenso a tener más kilos de los adecuados, y si bien tiendo a subir y bajar de peso a causa de la ansiedad, siempre he estado por encima de mi peso ideal. A veces, debías detenerse en trote para esperar que yo recuperara el aliento; en otras, me esperaste mientras permanecía tendido en la banca, mirando los rayos de sol que se filtraba de los árboles mientras recobraba el aliento. Fue extraño, porque lo que fueron las primeras semanas de agotamiento, cansancio y estupor, mutaron. Comencé a sentirme mejor con mi cuerpo cuando me hallaba con energía en las mañanas, incluso empecé a volverme más creativo. Era fácil dejarme llegar; a pesar de que en un principio pensé que no tendría energía para tocar nada, con el tiempo me he acostumbrado al ejercicio y a este horario.

Entre tanto, también hemos conversado mucho más. Eres una persona que le gusta hablar largamente y preguntar sin descanso. Hablamos de la universidad, de nuestros inicios en la música, de cómo fue que llegué al piano y cómo iniciaste al violín. Conocer de a poco las cosas que han conformado la vida de un ídolo es quizás, lo más que podría esperar cualquier fan; pero siento que contigo esto ha dejado de ser así. He encontrado muchos defectos en ti como persona que contrasta con la perfección que eres de músico, y al mismo tiempo, te dan sentido.

Por ejemplo, sueles dormirte semidesnudo en la sala de la pensión, con Makkachin. Eres infantil y no te gusta recibir réplicas, tampoco obedecer órdenes, a pesar de que eres bastante ordenado y meticuloso. Hubo un par de noches que regresaste bebido y al día siguiente tuve que trotar solo, tratando de mantener la rutina que me ha costado forjar. También eres olvidadizo y parece ser que no te fuiste con buenos términos de la filarmónica.

Pero también he visto cosas muy agradables, tales como lo talentoso que eres al componer, lo amable y conversador que eres con mi familia y la gente del pueblo, lo humilde que eres, pese a todo los lujos con los que has vivido, y lo dedicado que eres por la música.

Es extraño el que cada vez cuesta menos estar cerca de ti. Escucharte y acostumbrarme a tu presencia es lo que he hecho mayormente en este mes. Y tocar, he vuelto a tocar piano y los errores que suelo cometer han ido disminuyendo de a poco. Eso es algo que también tienes. la franqueza con la que me regañas y corriges.

—¡Yuuri, suficiente! —Detengo el movimiento de mis manos al notar tu voz con reprimenda. Es evidente que de nuevo he estado haciendo algo mal porque empiezas a caminar en el escenario con una mano en la barbilla, como si pensaras en cómo hacerme entender en qué punto estoy fracasando.

Regresas tus pasos hacia mí y te posicionas detrás, erizándome. Tu presencia, a pesar de que me ha acostumbrado a ella, sigue recreándome estas reacciones.

—No estás viendo las partituras, ¿cierto? —preguntas y no me queda más que asentir. Muchas veces me pierdo en el tiempo y recreo las notas—. Tienes algunos problemas para mantener el tempo. Me gusta lo que haces, pero cuando estás en una orquesta, es necesario que los tiempos se respeten. Debes seguir el tempo del director, guiarte por él.

Me corriges con dedicación, me das consejos, haces que repita la composición y te colocas frente a mí, agitando el arco de tu violín como si fuera la batuta. A veces pienso que no deberías quedarse en solo tu trabajo como violín solista, el principal de cualquier orquesta, sino ir hasta la dirección. Lo haces muy bien: tienes talento, paciencia y un increíble oído musical.

En las mañanas, tus clases son bastante técnicas y exigentes. Me pides que repita la pieza hasta que esté perfecta y te enfocas en ayudarme a arreglar los puntos que tengo débiles en mi interpretación. La fuerza de las teclas y la velocidad de las notas deben ser perfeccionadas para convertirme en un músico ordenado y mi música pueda ser acompañada por toda una sinfónica como aseguras que debería ser. Que mi piano y mi talento merece ser respaldado por un ejército de instrumentos.

—De nuevo, Yuuri —insistes. Esta pieza de Brahms es bastante exigente y aunque amo su música, no puedo negar lo complicado que es a veces seguir algunas de sus composiciones—. Te estás enfocando mucho en la técnica, no abandones la pasión con la que sueles tocar. Tienes que encontrar el equilibrio: seguir el orden con pasión y apasionarte sin romper el orden. ¿Cómo fue la última vez que tuviste pareja? —preguntas repentinamente.

¿Pareja? ¿De qué demonios hablas?

—El concierto de piano número dos de Brahms, empieza romántico, entregado y pronto va acercándose a la pasión. El primer movimiento de Allegro non trompo debería mostrar eso mismo.

—¿Qué tiene que ver una pareja con todo esto? —¿Por qué me molesta que lo preguntes? Solo alzas la mirada y luego sonríes de esa simpática forma que no logra convencerme.

—Pues esta melodía siempre me hace pensar en el periodo de cortejo de una relación, en como Brahms amaba a Clara Schumann e intentaba llegar a ella a través de su música —hablas con propiedad y claro que conozco la historia tras esta composición, pero…—. No hay otra forma de pensarlo que esa. Así que, ¿cómo fue con tu última pareja? ¿Era beta? ¿Omega? ¿Alfa?

—¿Eh? —Sin medirlo, he acompañado mi frustración con un pesado sonido del piano que se ha creado por mis dedos. Me miras con atención, incluso pareces sorprendido.

—Oh, cierto que no has tenido parejas.

Claro, eres un alfa además de guapo, talentoso. Es evidente que has debido tener tantas que debes considerar una estupidez que yo, a mi edad, no hubiera tenido mi primera relación.

Sé que es ridículo, pero no puedo controlarlo. El grado de ofuscación me domina y termino rechazándote lo que queda del día. Te veo intentar acercarte para arreglarlo, convidándome a seguir las actividades que ya habíamos compartido antes y otras en las que ya me he negado a rajatabla. Para la noche, te cierro la puerta de mi cuarto en la cara. Por suerte, ya había limpiado las paredes porque no creo que puedas controlar tu curiosidad y no te asomes a ver; ahora sirve porque soy yo quien no quiere verte.

Y menos mal que lo hice, porque al despertar en la mañana, sintiendo el peso de la culpa que no me dejó pegar el ojo, azotas mi puerta y apareces con una expresión que me hace tener miedo. Tu sonrisa parece hueca y tus ojos fulminan en la distancia, y aun así, tu voz suena calmada… espeluznantemente calmada.

—Yuuri, vamos a la playa.

Incapaz de negarme, terminamos en el mismo sitio donde empezó todo. La mañana ha amanecido un poco fría y nubes se ven a lo lejos declarando que pronto va a llover. No nos hemos venido preparado para ello, ambos estamos con ropas frescas y Makkachin disfruta del ambiente olfateando y jugueteando con lo que hay en la arena. Tú y yo estamos sentado también en la arena, con la mirada en la costa, sin ningún punto de conexión.

Hay silencio, no es un silencio cómodo. Tú estás a mi lado pero sé que esperas algo de mí, algo que no estoy seguro de dar. ¿Quizás una disculpa? Creo que te la mereces… mi incapacidad de mantener relaciones no significa que merecieras esa respuesta de mi parte. ¿Se vale decir que estoy enojado conmigo? Porque en verdad, nunca me he imagino en una relación y la única posibilidad la perdí hace casi diez años.

No quiero escuchar de ti lo que he escuchado toda mi vida: que es normal, es por ser betas, los betas no conocen del amor, mucho menos del placer, que solo tienen sexo para reproducirse pero no lo van a disfrutar como lo haría un alfa o un omega y mucho menos entenderá la importancia del destino, del amor para siempre, de lo que es verdaderamente estar enamorado. Porque a pesar de que no me interesa nada de eso, me ofusca pensar que vine desde mi nacimiento vetado para entender lo mejor de la vida. Vetado para relucir, vetado para amar. Por mucho que quiero convencerme de que no es así, es como si la vida se dedicará a confirmarme lo contrario.

Pero algo tengo que decir.

—Me gustó una omega hace mucho tiempo, cuando era adolescente. —Decido hablar—. Pero antes de poder declararme, ella consiguió a su alfa destinado y se enamoraron. Siguen juntos, incluso se casaron. De eso ha pasado mucho tiempo.

—Wow —murmuras—. ¿No te enamoraste luego de nadie más? —niego—. Vaya…

—Según alfas y omegas, los betas no sabemos lo que es amar con intensidad. Quizás tengan razón… —Desligo ese tema de conversación y bajo la mirada hacia mis pies descalzos—. Lo que sea, yo solo quiero seguir tocando. No creo que eso sea problema.

—No creo eso que dicen sobre los betas —hablas y me obligas a mirarte—. La pasión no está atado a tu segundo sexo. Mira, tuve dos parejas omegas. Eran muy guapos, agradables, cariñosos. De verdad me gustaban —presto atención a tus palabras que fluyen como agua cristalina entre piedras, de forma muy relajante—, pero cuando llegó el primer celo fue extenuante. Dicen que los omegas son lo seres más sensuales que hay en la tierra, que verlos en celos es la epitome de la pasión. Yo, sinceramente, no lo ví así. Tanto que los dejé después de su primer celo.

—¿En serio? —Es raro escuchar eso de un alfa. Tú me sonríes como si fuera cualquier cosa—. Pero se supone que cuando un omega entra en celo…

—Sí, es super sensible, quiere mucho sexo, pierde la consciencia. Para algunos puede ser eso excitante, para mí no lo fue. Además de lo agotador que era. Tenía que quedarme allí por tanto tiempo… ¡con tantas cosas que podría hacer! Y no lo confundas, suelo tener mucho apetito sexual, pero con ellos no pude disfrutarlo. ¿De qué vale estar e intimar con alguien cuando no puedes controlar el instinto? Me gusta pasional, pero suelo ser bastante romántico a su vez. Tenía que esperar y quedar agotado por días para poder pensar en algo más íntimo. Porque tener sexo así nunca lo sentí íntimo.

Eres un alfa diferente, sin duda alguna. Es la primera vez que escucho hablar así a un alfa… pensé que todos disfrutan de pasar el celo con su omega y anudar dentro, más si es su pareja. De hecho, en los baños de la universidad siempre escuchaba de lo excitante que era solo el anudar. Oír esto de ti ha cambiado mi perspectiva.

—No tienes que pensar en eso para tocar, solo estaba intentando una manera de explicarte. Me temo no fue la correcta —hablas para ti, en voz alta. Como si me permitieras ver las maquinaciones a las que llegas.

—Tú… ¿en qué piensas para tocar?

—En que sorprendo al mundo —dices con una sonrisa que llega a tu mirada—. Me gusta pensar en los rostros extasiados, en las sonrisas en los labios y el brillo en los ojos. En eso pienso.

—Y n-no… ¿no extrañas seguirlo haciendo? —Es inevitable no preguntarlo, aunque me siento intimidado al tener tu atención. Después de todo, quizás sea algo muy personal. Tú me dirige la mirada con calma.

—Extrañaba más la pasión que sentía yo al tocar. —No entiendo—. ¿Y tú? ¿En qué piensas al tocar?

—Y-yo… —¿No será muy raro decirte lo que realmente pienso?—. Yo cuando toco pienso que bailo… o me deslizo. Es raro.

—¿Cómo patinar? —Te miro sorprendido… No puedo creerlo, ¡de verdad has entendido lo que quise decir! Me emociono al poder leer el brillo en tus ojos y saber que estamos en sintonía al respecto. ¡Es genial!

—¡Sí! ¡Como patinar! ¿Cómo…?

—Era lo que yo pensaba hace mucho tiempo —me confiesas y claro que tiene sentido, por eso me transmitiste la misma sensación con tu música—. Como patinar, saltar…

—Dar giros en el aire —digo al unísono, justo cuando lo dices.

Por muy extraño que parezca esta extraña casualidad, ríes y yo lo hago también. La presión que aún tenía sobre mis hombros por lo ocurrido en la tarde anterior se disipa hasta desaparecer por completo. Solo reímos en medio de un cielo nublado y el rumor del mar. Reímos hasta que me quedo sin aire y mis mejillas queman.

Notas de autor: ¡Hola de nuevo! Aquí les dejo el nuevo capítulo de este fic. De paso los invito a leer mi oneshot «Tiempo extra», Victuuri basado en un AU Futbolero.

Me gusta mucho esta parte, porque sigue habiendo paralelismo en el anime, mucho más que en mi fic Iridiscencia. Pero creo que cada uno de ellos tienen una razón de ser que espero se descubra pronto. Por otro lado, me gusta mucho este concierto de Brahms, lo coloco porque seguro ayudar a ambientar mejor la historia.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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