Vetados (Cap 02)


Cap 02: Beta Fracasado

Yuko es mi amiga de la infancia. Estudiamos juntos en la escuela y en las tardes teníamos clases de música en la academia de mi profesora Minako. Ella se casó con Takeshi, otro compañero de la escuela que, al inicio, se había burlado de mi peso, pero pronto nos convertimos en amigos. Ellos son una pareja de alfa y omega soñada.

La historia de ellos merece ser escrita porque en verdad es hermosa. Desde niños estuvieron juntos y se gustaron. La vez que Yuko entró en su primer celo, fue Takeshi quien la defendió de los compañeros del colegio cuando intentaron acercarse a ella. Y el día que Takeshi tuvo el suyo, fue él quien se encerró para no lastimarla a ella, metiéndose en el almacén de limpieza del colegio al que me pidió cerrar con llave.

Yo, en algún momento, me enamoré de ella. No, no percibí ningún aroma particular, no fue que me olió a fresa, zarzamora o miel. Simplemente, me gustó. Yuko tiene una habilidad casi nata para tocar cualquier instrumento con una belleza singular, aunque su favorito fuera la flauta dulce.

A veces, bajo el árbol de cerezos, me dedicaba a escucharla y a soñar que tendríamos un gran recital. No sé si aún la conserva; desde que se casó con Takeshi y tuvieron sus tres hijas, ha abandonado todo ello y se ha dedicado de cuidar el teatro principal del pueblo y estar al pendiente para las reservaciones que, por lo general, la escuela hace para sus propios eventos. Lo único que sé es que mantiene esa luz singular que dicen tener todos las omegas: la de deslumbrar a quien sea con su suave mirada.

—¡Yuuri! ¡Has vuelto! —corre a saludarme y le sonrió alegrándome de verla. Sus ojos grandes y castaños siguen siendo tan bonitos como la última vez que la vi, hace seis años.

—Sí, he vuelto.

—¡Bienvenido a casa, Yuuri! —dice—. Vienes a tocar, ¿verdad?

Ah… aquellos tiempos. Ella solía ayudarme a escapar de la vista de los profesores para volver a tocar el piano del salón de música, mientras vigilaba que nadie nos atrapara. Era nuestra travesura favorita. Me sonrío al reconocerlo y ella, como si fuera capaz de leerme la mente, me anima a ir por lo que he ido a buscar.

En algún momento, me pregunté si tendría alguna oportunidad de luchar por Yuko a pesar de que Takeshi era alfa y quien estaba destinado para estar con ella. Pero es de conocimiento común que los betas no nos atamos a sentimentalismos. No es que no amemos, no, pero al parecer no estamos hechos para tener relaciones duraderas como los alfas y los omegas. Y aunque considero que es una estupidez ya que los números de divorcios y separaciones entre una u otra pareja son demasiados similares, muchos argumentan que siendo betas y estando exentos del instinto, no deberíamos tenerlas. Que, por eso, no amamos. La verdad, no lo sé.

Solo con Yuko me he llegado a preguntar si podría haber soñado con una familia así. O amar del modo en que, una noche, Yuko me comentó entre lágrimas que amaba a Takeshi cuando supo que había pasado un celo inesperado con él. Por fortuna, de esa vez no ocurrió nada y a mi todo lo que se me ocurrió fue buscar ayuda de mi hermana para que la acompañara a un hospital fuera de la ciudad donde pudieran ayudarle con supresores y pastillas para protegerse, ya que tenía miedo de lo que sus padres podrían pensar de ellos. Mi hermana ayudó sin recriminar lo que sucedió.

Parece mentira que hayan pasado tantos años…

Y el piano se ve exactamente igual que como lo dejé, con aquella lámina lustrosa de la madera y algunos rayones que nosotros le hicimos en nuestra tierna infancia. Casi se siente ceremonial este momento en que posó las yemas de mis dedos sobre la superficie traslúcida. No hay polvo, se ve que Yuko hace un gran esfuerzo en el mantenimiento del lugar, pero puedo escucharlo gemir de soledad. Como si no hubiera podido cantar en mucho, como si le hiciera falta hacer el amor. Es extraño hacer este tipo de comparaciones, pero no hay forma en que pueda representar mejor este hecho que con la música, a pesar de ser virgen. Si hay alguna forma en que he hecho el amor, es esta.

Después de rodearlo, con un roce lento en sus curvas y sus rectas, me siento frente a él. Mis dedos hormiguean ante la certeza de que volveré a hacer lo que me gusta, que me volveré a dejar llevar por la pasión. Así abro el resguardo de las teclas y miró las finas piezas en marfil y negro que me aguardan. Toco una, luego otra… Si, Do, Fa, Si bemol, las letras se derraman entre mis dedos y las notas empiezan a formar filas de hilos que se esparcen en mi cabeza, se desparrama como un carrete entre mis manos. Comienzo a tocar, me desvivo en este momento mágico en que el piano resuena al compás de mis latidos y me dejo llevar por la velocidad y la forma en que mis manos danzan sobre él. No tengo una melodía en específica y por eso empiezo a jugar con los círculos armónicos; me gusta la forma en que la música, así como el tiempo y el espacio, se puede volver eterna, interminable. Se extiende al infinito y se vuelve inagotable.

Con solo eso, con esas siete notas esparciéndose en distintos espacios del pentagrama, entre redondas y negras, entre blancas y mudas, se crea un nuevo universo. Cuando acabo, después de derramarme con ellas hasta convertirse en solo una parte de esa imperecedera belleza, miro hacia Yuko y ella me devuelve una mirada llena de amor que me da la bienvenida.

A partir de allí, todas las tardes después de ayudar en casa, vuelvo frente al piano. Dejo que mis dedos sean libres como si estuvieran recorriendo un campo de trigo dorado, que se hagan el amor entre las teclas del piano y escuche el eco de los gemidos de aquel instrumento entre las paredes y el techo alto. Que se hagan para mí, que me hagan para ellas, hasta que al final deja de ser importante todo porque sigo estando allí y aquí, en este mundo que construyó con ellas, no soy ni beta, ni omega, ni alfa, ni nada.

Solo soy.

Es primavera y las flores se abren entre los árboles.

Es primavera y tú estás aquí.

He cerrado la puerta con tanta fuerza que creo he hecho temblar la casa. Mis dedos tiemblan y mi corazón retumba como si fuera a salir. Has venido precisamente a buscarme y yo estoy pensando que algo debe estar pasando para que esto ocurra. Alguna broma del destino, alguna calamidad, una pesadilla que empieza con eso y termina con despertar en un sueño donde sigo siendo yo y solo yo quien vive.

Mamá ha venido a tocar para convencerme de abrir, pero yo aún no puedo creerlo. Menos cuando, sin saber que estabas aquí, he entrado al baño de la casa pretendiendo bañarme para salir corriendo en una perfecta y descabellada imitación de una escena de drama coreano de los que suele ver Mari en las noches.

Trato de recuperar el aliento, pero mis rodillas aplauden. No puedo creer que estés aquí, es un mal chiste. Podría ser que viniste solo de visita, después de todo este pueblo es conocido por sus atracciones turística, aunque ha perdido fuerza en los últimos años. Tiene que ser eso, porque de otro modo no tiene sentido. ¿Qué haría alguien como tú aquí?

Es algo que no podré responder encerrado en la habitación, por mucho que he dejado que las horas pasen mientras me niego a enfrentar lo imposible. Cuando decido salir, al final, te encuentro dormido en el mueble, con un enorme caniche sobre tu estómago retozando a tu lado. Así, sin más, luces muy diferente que en los folletos. Relajado, incluso vulnerable, es muy lejos de la imagen del exitoso alfa que todo el mundo conoce. Incluso te ves más joven y me es difícil quitarte la mirada, aunque aún se mantiene esta sensación de que al pestañar dejarás de estar aquí.

No te he dejado de escuchar desde que renuncié a la sinfónica, tampoco he dejado de tocar tus canciones y otras que me inspiran en un momento de debilidad o pasión. Sin embargo, jamás pensé que te volvería a ver, mucho menos tan cerca como ahora. Mi corazón sigue corriendo dentro de mi pecho y yo no sé qué pensar. No sé si resignarme a ese hecho o mantenerme escéptico. Tú no puedes estar aquí, no puedes, mucho menos por mí.

—¡Yuuri! —escucho la voz de mi maestra gritando en el pasillo y volteo, buscándola—. ¿Cómo es eso que Víctor Nikiforov ha decidido ayudart…?

Por la cara que ella ha puesto, casi dejando soltar su mandíbula, supongo que ya sabe que cualquier cosa que diga la red tiene mucha más verdad de la que soy capaz de asimilar, pues yo mismo siento que la sangre ha abandonado mi cuerpo y el frío se ha quedado sobre mi piel. Mi corazón me va a partir el pecho. Sujeto con fuerza ese sitio como si quisiera contenerlo antes de que me rompa y me desangre.

Ella se deja caer. Seguro estoy imitando esa palidez que ella me muestra. Es comprensible, ella y Yuko fueron las primeras en presentarme tu música, son también tus fans, y tú has venido aquí a irrumpir en nuestro día y acabar con nuestra calma de un modo injustificable. ¿Qué has venido a buscar aquí?

—Dijo que te escuchó tocar en un video que se hizo viral —responde mi maestra, como si hubiera escuchado la pregunta que me he estado haciendo desde que te vi. ¿Pero a qué se refiere con viral? ¿Cuál video?—. Y que, al hacerlo, se vio envuelto por una repentina inspiración. Por eso ha venido a buscarte, para pulir tus habilidades y, según sus palabras, prepararte para un recital con él.

¿Un recital… conmigo?

Espera, espera, no entiendo. ¿Qué video se volvió viral? ¿Qué tiene que ver eso conmigo? Mi maestra se acerca con su móvil y me permite ver lo que yo he estado ignorando y lo que dejaría muy en claro tu presencia en mi hogar. Casi me desmayo al ver la cantidad de visitas y comentarios que tiene un video sobre mi tocando en el piano del teatro una de tus últimas composiciones.

Hay algo mal en este mundo. Hay algo mal en este justo instante. No es posible que tú hayas bajado del cielo para posar en mi tierra con ánimos de hacerme volar contigo. Es ridículo…

Se supone que eso solo le pasa a los omegas.

Las hijas de Yuko me grabaron en algún momento mientras tocaba en el teatro y este video fue viralizado. Así fue como llegaste.

Si lo pienso con detenimiento, esto no puede tener otro significado más que locura, pese a que han pasado ya varios días y nada parece indicar que esto se va a arreglar en poco tiempo o que tú, en un arranque de lucidez, regreses a tu casa. Has abandonado la capital, dejaste la Gold Philharmonic donde tocabas y en vez de irte al extranjero como cualquiera esperaría para tocar en los mejores recintos, has venido a este pueblo abandonado por Dios, para entrenarme a mí. Suena irracional desde cualquier punto de vista.

Sigo incrédulo, porque algo en mí sabe que, si se aferra a esta hilaridad, pronto podría acabar y yo caer desde las alturas para estrellarme al suelo. Así que me obligo a mantener los pies en la tierra lo más que me es posible. Lo más que se puede hacer en una situación así.

Eres un alfa muy apuesto y se nota porque has llamado la atención de cualquiera por donde vas. Has decidido quedarse en nuestra posada y mi madre no tardó en prepararte una habitación para ello. Además, me has pedido dormir juntos, como si yo fuera tal como una mascota. Entiendo que los alfas se sientan cómodos con los betas por la ausencia de respuesta sexual instintiva que hay entre nosotros, pero esto me resulta ridículo. Además, solo lo hice un par de veces con Phichit y porque estaba enfermo… Pensándolo bien, realmente Phichit se metió en mi cama sin avisarme con la excusa de cuidarme cuando me resfriaba.

De todos modos, por mucho que no pueda captar tus feromonas y no resulte un peligro para ti, no podría siquiera pensar en compartir la cama contigo. ¡Apenas me acostumbro a respirar tú mismo aire! No podría siquiera pensar en que podríamos compartir más espacio que ese.

Estamos en el teatro, como has insistido. Además, no has dejado de regañarme por lo mucho que he comido y he engordado, como si fuese algún tipo de problema ser un pianista obeso. No todos nacimos para ser modelos de excelencia y perfección en la revista como tú y no es como si pretendiera serlo. Pareces no comprender que no puedes medirnos a todos en la estatura de tus logros, que resulta a veces molesto la manera en la que hablas y me quieres hacer sentir un fracasado por no poder acercarme a ti.

Sin embargo, debo admitir que no puedo enojarme. No puedo porque tienes todo lo que no he alcanzado. Y aunque es posible que esto sea alguna treta de publicidad, o alguna excusa para esconderte, como le dije a mi maestra Minako, aprovecharé todo lo que me es posible de esta oportunidad.

—Tengo días aquí y aún no te he escuchado tocar —me reclamas como si yo hubiera hecho alguna clase de promesa para que vinieras aquí a hacerlo. Tuerzo el labio y miro el piano, sin saber exactamente qué reproducir—. Quiero escucharte.

Desde que estás aquí, ha sido imposible para mi volver a tocar con calma. Estoy en constante vigilia pensando que alguien puede escucharme y, contigo frente a mí, cometo errores impensables gracias a los nervios. Me observas, lo haces con una atención que me revuelve las entrañas. A veces, como si todo lo que estuviera haciendo está mal o como si te aburrieras. Me has pedido que me detenga y me has hecho levantar para mostrarme cómo hacerlo, para de nuevo hacer alarde de la belleza de tu talento.

Cuando me sostengo sobre la madera del piano para verte tocar, me quedo embelesado. Tocas con una destreza única, sin igual, sin importar cuál sea el instrumento estás destinado a sacar las mejores melodías de él. Porque sea en el piano, donde tus dedos se mueven con impulsividad, agresividad, alegría y tristeza, o en el violín, donde el arco se desliza al son de tus movimientos raudos o lentos: haces magia.

No dejas de sorprenderme.

Quisiera poder hacer lo mismo.

Quisiera poder sorprenderte también.

Como es de noche y ese pensamiento no me deja descansar, decido escaparme de la casa como ya es mi costumbre. Yuko me había dado una copia de la llave de la puerta trasera del teatro para poder practicar cuando quisiera, y es así como me interno de nuevo a ese espacio conocido para tratar de expresar mi frustración. Si no me sintiera tan nervioso, no tendría problema alguno de mostrarte lo que soy capaz de hacer. Sé que no puedo brillar como tú, pero los años que he dedicado al piano no han sido en vano. Me gustaría mostrarte todo lo que has inspirado en mí, todo lo que has hecho que mejore gracias a ti. Ya que soy incapaz de decirlo con palabras, el piano sería el perfecto elemento para hacerlo.

Mis dedos de nuevo llueven sobre las teclas. En la soledad y la oscuridad que me rodea, me es fácil poder sacarlo todo. Esta vez no es la música lenta que acostumbraba antes de tu llegada, como si pretendiera dibujar puntos de luz en medio del firmamento. Ahora es lluvia, una lluvia regia que cae sobre mí, que golpea mis músculos adoloridos por la tensión y me calman, porque no hace falta ni quiero llorar. Una lluvia tan densa que es capaz de tragarse mis gritos.

La música surge presto, incrementando gradualmente conforme me siento más en confianza. Mi cuerpo se mueve por entero mientras arrecio contras las teclas y las desmiembro en la fuerza de mis pisadas. Me dejo llevar y me convierto en uno con ella, hasta que ella me arrolla. De repente ya no estoy en la lluvia, solo me dejo llevar por sus corrientes poderosas que me envuelven. Es mágico. Es aterrador. No puedo dejarlo de hacer porque me llena, brota mientras mi cuerpo cobra vida propia, me desobedece y me lleva a un trance sin igual.

Muerdo mis labios porque la aspereza de mi voz no puede acabar con el idilio. No quiero arruinar el canto de las cuerdas que hago vibrar con cada presión en sus blancas y negras, ni la música que brota del interior del piano gracias a mis manos. Me siento caliente, empiezo a sudar, mis manos se siguen moviendo como expertas y mi cuerpo cede a la melodía que cantan. Soy tan libre que es como si estuviera corriendo, como si pudiera volar. Como si saltara, diera vueltas y aterrizara para seguir en movimiento. Cómo patinar. Me siento tan yo que puedo casi reír y al mismo tiempo llorar. Hacer el amor de esta manera es la mejor forma que conozco de amarme. Por eso solo puedo hacerlo a solas.

Cuando llegó al clímax, siento una corriente iniciando y muriendo en mis dedos después de recorrerme. Mis manos tiemblan y se quedan estáticas sobre las teclas, dejándome morir para renacer en su perfecto canto. Esa corriente me revive sin pensarlo y por primera vez en días me siento calmado, como si hubiera necesitado de esto para descargar toda mi frustración. Y ahora, el silencio me da la bienvenida como una madre; porque es el perfecto acompañante de la música. Porque en el silencio ella tiene sentido y puedo escucharme respirar…

—¿Por qué no tocas así para mí?

Grito. Del susto, me caigo del banquillo.

Y tú sigues allí, mirándome caído, como si no pudieras darte cuenta de lo que provocas en mí.

Notas de autor: Para cerrar con broche de oro esté día de noticias de Yoi, el segundo capítulo de vetados. Esta historia me gusta porque estoy experimentando de nuevo con la primera persona. No la considero fácil de escribir, porque es difícil darle verosimilitud. Espero que les guste el resultado. Nos veremos hasta el próximo domingo con la siguiente actualización.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

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